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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Castellano

TU LIBRO

16 octubre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

No recordaba haber visto antes aquel ejemplar en las estanterías de mi biblioteca. Si mi mano nunca lo hubiese rozado, si jamás le hubiera prestado atención…

“TU LIBRO” era el título impreso en letras mayúsculas doradas sobre su oscuro lomo. Las tapas eran negras y aterciopeladas como las del Necronomicón.

Impaciente, me dispuse a leerlo de inmediato y, asombrado, confirmé que, en efecto, narraba mi vida. No podía frenar su lectura obsesiva, empujado por el deseo, no, la necesidad, de descubrir hasta dónde me llevarían sus hojas. No tardé en alcanzar el momento redundante en el cual me observaba a mi mismo digiriendo, excitado, los párrafos de aquel misterioso libro. En ese punto, la angustia y el pánico que de repente me embargaron no me dejaron continuar: tan solo me quedaban tres páginas para llegar al final. ¿Se podría explicar el resto de mi vida en tan pocos párrafos? ¿Pudiera ser que ese libro fuese mi sentencia de muerte?

He tardado varios días hasta tomar una decisión. En un principio mi pensamiento se bloqueó. Luego pensé que, si no lo terminaba, quizás, el libro no me afectaría. Al final he decidido enfrentarme cara a cara con el destino, completar la lectura y aceptar la condena que esas últimas lineas me deparen. Retomo la lectura donde la dejé.

Las dos siguientes páginas me han llevado por un fiel reflejo de lo que han sido para mí estos últimos días, mis pensamientos y temores, mis lágrimas y mis noches sin dormir.

Ya solo me queda pasar a la última de las páginas.

El sudor cae por mi frente.

Noto una leve presión en mi corazón.

Siento como los dedos de la mano se me agarrotan, a duras penas consiguen girar la hoja para que pueda leer:

 

“Continuará….”

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Terror

Aplicando la ley proporcionalmente

3 octubre, 2017 by JAP Vidal 3 comentarios

Ciudad de Los Angeles, año 2017.

– ¡Hostia! ¡Si es Robocop! ¡Qué fuerte!
– Está usted contraviniendo el artículo 678 barra 9 de la ley urbana de Los Angeles.
– ¿Qué pasa?  ¡Si es María, buena pal body, tronco! ¿Quieres un porrito?
– Eliminando amenaza.

Media hora después, en otro punto de la ciudad.

– ¡Robocop! ¡Perdona! ¡Te juro que ha sido una urgencia!
– Está usted contraviniendo la prohibición del uso del teléfono móvil mientras se conduce.
– Mi mujer está dando a luz y…
– Eliminando amenaza.

Una hora más tarde, en el centro de Los Ángeles.

– Está usted contraviniendo el artículo 728 barra 16 de la ley de Salud e higiene del ayuntamiento de Los Ángeles.
– ¡Pero si solo he tirado una colilla al suelo!
– Eliminando amenaza.

Otra hora después, en el laboratorio del Departamento de Policía de L.A.

El alcalde se asustó al entrar y encontrarse al androide justo delante. Todavía no se había acostumbrado a la imponente presencia de Robocop, una mole de acero de dos metros de altura. Su mandíbula protuberante era la envidia de todos los agentes de policía de la ciudad. Pero Robocop, el orgullo del cuerpo, estaba sufriendo una crisis en esos momentos.

– ¿Qué demonios ha sucedido hoy, doctor Jones?
– Buenos días, alcalde. Parece ser que el comportamiento psicópata del agente Robocop se debe a una alteración en su configuración.
– Explíquese Jones.
– Ya sabrá usted que ayer nos fue devuelta esta unidad desde Europa, donde la habíamos cedido para una operación especial que debía llevarse a cabo allí, durante una semana.
– Lo sé, lo sé. La idea era prestarles la unidad para que la probasen y acabaran comprando a nuestro fabricante americano unas cuantas unidades.¿Y qué ha pasado?
– Pues que a algún gracioso allí, se le ha ocurrido poner el modo «BESTIA» para testear, o para hacer la gracia, vaya usted a saber.
– La madre que lo…
– En consecuencia, cada vez que Robocop ha de analizar la severidad del castigo a aplicar en aquellos delitos que descubre, lo hace de forma proporcional al modo «BESTIA».
– ¡Joder! ¿De cuántas bajas estamos hablando?
– Trescientas doce víctimas en cinco horas de servicio. Y lo peor es que no hemos sido capaces de deshabilitarlo.
– ¿Cómo que no han sido…? ¿Por qué está ese piloto encendido? 

La voz metálica del androide resonó poderosa en la sala hermética.

– Está usted implicado en cuatro casos de corrupción.
– ¿Qué vas a hacer? Soy el alcalde, tu jefe. ¡Detente! ¡No!
– Eliminando amenaza.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor

Tú decides

30 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

– ¡Alto! ¡No lo hagas!

El potencial criminal se detuvo en seco. El agente de policía le miraba fijamente, con las piernas ligeramente flexionadas, apuntándole con el índice de su mano izquierda, mientras con la diestra acariciaba la culata de su pistola todavía enfundada, una HK USP Compact. La posición de su cuerpo reflejaba la tensión del momento.

– No te atreverás a disparar, hay mucha gente.
– Te lo aviso, si lo haces no me dejarás otra alternativa.
– No tienes por qué hacerlo.
– Son las órdenes. No me obligues, por favor.

El policía se reafirmó en su amenaza desenfundando su pistola. La apuntó contra aquel hombre, a su lado había una mujer y una niña, ambas llorando. El hombre volvió a hablar, en su voz había nerviosismo pero también firmeza.

– Me llamo Raúl, mis padres son de Extremadura. Esta mujer de aquí es mi mujer, Isabel, sus padres son de Andalucía. La niña que se esconde de ti apretándose contra mis piernas es mi hija, Ona. Por favor, míralas bien. Si estamos aquí y vamos a votar es por su futuro, no para hacerte daño a ti ni a nadie.

El policía no contestó. Todo aquello era un sinsentido. Pero tenía una orden explícita y no podía permitir que nadie se la saltara. ¡Qué fácil habría sido enfrentarse contra un encapuchado armado!

– Y ahora observa a tu alrededor. ¿Qué ves? ¿Terroristas? ¿Alguna amenaza a  tu vida?
– Te lo aviso por última vez. Suéltalo o dispararé.

Alguien, dentro de la inmensa cola que se había hecho para votar, comenzó a gritar «Votarem! Votarem!», y al momento centenares de voces le siguieron, firmes, sin miedo.

– Tú decides, yo ya lo he hecho.

Y dicho esto, Raúl dejó de mirar al agente y se dispuso a depositar su voto en la urna. El policía dudaba, su dedo sobre el gatillo también. ¿A quién debía proteger? ¿A quién debía servir? ¿Al pueblo o a la ley? ¿Y qué sucede cuando el pueblo y la ley siguen caminos opuestos? En todo caso, ¿debía pulsar el gatillo?

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Catalunya, Ficción, Libertad, Referèndum

Muerte sin resurrección (Roberto Martínez Guzmán)

28 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 

Título : «Muerte sin resurrección  (Eva Santiago Nº1)»
Autor : Roberto Martínez Guzmán
Año : 2012
Volúmen : 260 páginas.
Género : Novela policíaca.
Idiomas disponibles : Castellano.

Sinopsis:

Una serie de asesinatos amenazan la tranquila ciudad de Ourense, sin aparentemente relación alguna entre ellos. Pero una señal de identidad de la asesina deja claro que se trata de la misma persona, Emma, una chica sumamente inteligente con un plan elaborado y un motivo que la lleva a actuar de esa forma. Eva, inspectora de policía, es la encargada del caso. Así comienza una carrera contrarreloj para evitar más muertes.

 

La opinión de JAP Vidal :

No hace mucho os dejaba en este apartado del blog mi opinión sobre «Siete libros para Eva«, el libro en el que Roberto nos explica «la génesis» de la inspectora de policía Eva Santiago. De aquella novela, la última de la saga de la inspectora gallega hasta el momento, destacaba su precisión detallista. Este verano, entre otras lecturas, seleccioné la primera de toda la saga, escrita hace cinco años, cuatro antes que «Siete libros para Eva». Ha sido para mí una lectura interesante pues he podido comprobar la evolución en el estilo de escritura de Roberto Martínez Guzmán.

Me gustaría saber la opinión del autor sobre lo que voy a comentar, saber si está de acuerdo con mi opinión o quizás discrepa. Me arriesgo a algún «zasca» del tipo «¡Que sepas, listillo, que escribí primero Siete libros para Eva!«, pero apostaría mi dudosa reputación como crítico literario a que no me equivoco demasiado.

Ambos libros son muy diferentes. Mientras «Siete libros para Eva» es un libro con unos personajes muy definidos, en «Muerte y resurrección» el escritor da prioridad a la acción. Es mucho más trepidante y no se detiene tanto en mostrar los miedos, ambiciones y pecados de los personajes de la historia, no hurga tanto en su interior. Tampoco es necesario para el lector, que ya se ha subido al tren de la narración  y lo que quiere es devorar las páginas hasta llegar a descubrir el final, quizás un poco previsible. Por tanto, me da la impresión que estos dos libros tienen objetivos diferentes: «Muerte sin resurrección» pretende entretener con una historia de acción y «Siete libros para Eva», el más reciente, nos plantea una crítica social.

Tengo que decir que aunque «Muerte sin resurrección» consigue su objetivo de entretener y tiene un final muy redondo, me gustó más «Siete libros para Eva» (siempre en mi opinión, por supuesto). Como he dicho, son libros muy diferentes, con diferente objetivo, pero considero más logrado este último (en cierto punto es algo lógico si debemos contar con la evolución en la madurez del autor). Por hacer una crítica constructiva, hay momentos de «Muerte sin resurrección» que me han parecido un poco forzados para conseguir que todas las piezas encajen. Pero este detalle es perdonable a cambio de disfrutar de una lectura de ritmo trepidante y que al final también me ha dejado un buen sabor de boca. Ahora tendré que leerme la siguiente novela de Eva Santiago para poder seguir observando la evolución de este personaje. Con mucho gusto.

 

Dónde comprarlo :

Enlace de «Muerte sin resurrección» en Amazon.

 

Publicado en: Lecturas Etiquetado como: Castellano, Policíaca, Reseñas, Roberto Martínez Guzmán

El antropófago del Gayxample

27 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

—  ¡Te has comido a mi novio!
— No es lo que parece, te lo puedo explicar.
— ¿Qué vas a explicarme? He visto cómo te lo tragabas.
— ¡Ha sido él quien ha querido que yo me lo comiera!
— ¿Pero qué dices? ¿Por qué iba a querer tal cosa?
— ¿Te tranquilizas y me dejas que te lo explique?
— Te doy un minuto, luego llamo a la policía.
— ¿Y qué le vas a decir? ¿Que un contenedor de basura se ha comido a tu novio? ¿Te das cuenta que te tomarán por loco?
— ¿Cómo es que puedes hablar?
— No lo sé. El otro día un tipo llegó corriendo y me tiró unas cuantas mierdas químicas. Me debieron sentar fatal porque desde entonces tengo la capacidad del raciocinio y la del habla.
— ¡Pero tienes vida!
— ¡Y tú también, qué raro! ¿No te das cuenta de que tú y yo estamos compuestos de materia orgánica y en nuestro interior se producen complejas reacciones químicas? 
— ¡Qué raro eres! Eres capaz de argumentar como un científico.
— No solo eso. Te puedo garantizar que soy un dios.
— ¿Un dios?
— Sí, el dios de los contenedores de la basura. Soy un ser superior sobre el resto de contenedores de este planeta.
— Hombre, visto así…
— Mira Ramón…
— ¿Cómo sabes mi nombre?
— Iván, tu novio, me lo ha dicho. Me ha pedido que te diga que desea que te unas con él en mi interior.
— ¿Me quieres comer? ¡Voy a llamar a la policía!
— ¡Detente! ¡No te voy a comer! Si tú no quieres. Yo solo te digo que Iván lo tuvo muy claro. Mi panza es inmensa, mucho más grande de lo que parece desde fuera. Allí tendréis todo lo que necesitéis. Comida, cobijo, intimidad… Y si un día lo queréis dejar, pues nada, me lo decís y tan amigos. Nadie os molestará, te lo aseguro. Vosotros no os merecéis las miradas de desprecio de esos homínidos que tienen más pelos en el culo que neuronas en el cerebro. ¿Para qué sufrir malos ratos cuando aquí podéis estar tranquilos todo el tiempo que queráis? Nadie os mirará mal, ni hablará a vuestras espaldas. Yo sé lo que es ser rechazado, en mi caso por mi olor y mi condición de recipiente de desechos.
— Odio sus cuchicheos.
— Dan asco.
— Y sus miradas impertinentes.
— Sí, son tan imbéciles que se te quedan mirando fijamente, como si fueran invisibles.
— Es una sociedad de mierda.
— Tú lo has dicho. Yo os puedo proporcionar un paréntesis de paz y vosotros llenarlo de amor.
— Nos podremos besar.
— Y coger la mano.
— Sí, sin que nadie nos insulte.
— Libres de las miradas de los necios.

— ¿Y podemos salir cuando queramos?
— Solo tenéis que pedírmelo y en un periquete estáis de vuelta.
— Pues allá voy.  Abre la boca.
— Cuidado no te hagas daño al caer dentro.
— ¡Iván! ¡Ya voy!
— ¡Ñam, ñam!

…

— ¡Al monstruo, al monstruo!
— ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?
— Te has comido a ese chico! ¡Voy a llamar a la policía!
— ¡Tiene una explicación! Dame solo un minuto y te lo explico. ¿Te he dicho ya que soy un dios?

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor, Religión, Social

El cácaro

18 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 

– ¡Cácaro! ¡Cácaro! – Se oyen los gritos de pánico. Todo está oscuro.
– ¡Cácaro! ¡Chingada! ¿A qué le tiras, compadre? – insiste la voz.

El salón se ilumina y la claridad  nos presenta a un Lucio confuso, la butaca dónde está sentado y delante suyo una gran pantalla. Al fondo del habitáculo una puerta se abre y aparece en escena un hombre alto y de panza descomunal. Su camisa, que alguna vez quizás fuera blanca, parece el uniforme de un cocinero incompetente, llena de lamparones como la paleta de un pintor;  le va tan  pequeña que es incapaz de esconder a un ombligo desesperado por saltar y huir  lejos de allá. Los tejanos, arrugados y empujados hacia el suelo por la fuerza de la obesidad, capitularon mucho tiempo atrás  y flotan  tan por debajo de los calzones que hasta la carne de los muslos se nos muestran desvergonzados. Asunto aparte son los dientes de tal esperpento, podridamente negros del tabaco y el alcohol, los de arriba y los de abajo, que ya no se sabe cuáles son los unos y cuáles los otros. En su manaza agarra la llave con la que ha abierto la puerta.

Lucio no sabe si está soñando. Él se encontraba tan tranquilito, paseando bajo la luna llena por las calles de Tecomán; un chavo se le había acercado a pedir lumbre, y mientras él buscaba su mechero por los bolsillos de sus pantalones, algo pasó. Todo se hizo oscuro y de repente apareció en aquel cine minúsculo.

– ¡Ya voy, compadre, ya voy! –exclama el esperpento.
– ¿Eres el operador? ¿El cácaro?
– Po..po..po sí, soy yo, sí, yo.
– ¿Y qué pasó? Yo estaba en la calle, me pidieron fuego y..¡Aparecí acá! ¡En este cine a oscuras!  ¿Cómo es posible? ¿Me secuestraron? ¿Eres  mi  secuestrador?
– No, no, tranquilo, no eeee..no soy un secuestrador. Yo solo soy el cácaro, el encargado de proyectar las películas.
– ¿Qué películas?
– Pu, pu, eeee..las películas de la vida, sí, eso, de la vida.
– No entiendo ni verga. ¿Qué me cuentas?
– Eeee..po..po..po que este es el cine de la vida. La gente que hay acá es la que vive la vida  ¿Lo comprendes ahora?
– ¿Me chacoteas, huevón?
– ¡No, noooo! Mira, ven conmigo compadre, ya verás.

El hombre empieza a caminar hacia la salida y Lucio le sigue. Salen a un pasillo larguísimo, infinito, con incontables puertas a cada lado, separadas a una distancia de un metro unas de otras. El pasillo está tan inclinado hacia la derecha que a Lucio le cuesta mantener el equilibrio. Bajo sus pies se extiende por todo el corredor, hasta donde llega su vista, una inmensa moqueta que apesta a humedad.

– ¿Pero qué es esta chingada?
– Son…son… ¡Son vidas! En cada sala de estas se proyecta una vida. ¡Mira, mira!

Intenta abrir una de las puertas pero no cede, debe estar oxidada. Al final, el cácaro la abre a lo buey. Se introducen en una sala como en la que apareció Lucio. Hay una mujer sentada en la única butaca. La sala está a oscuras, únicamente iluminada por la luz de la pantalla, que muestra una película rodada en plano subjetivo. La cámara se acerca a un espejo que refleja a la misma mujer que está sentada allá.

– ¡Hija de la gran chingada! ¡Se está viendo a ella misma! ¿Cómo es posible? ¿Dónde estamos?
– Te lo dije, compadre. Estás en el cine de la vida.
– ¿Y qué pasa cuando acaba la película?
– Po..po..que desaparecen los espectadores.
– ¿Y por qué yo estoy ahorita acá?
– Po..po..po no sé. Es la primera vez que pasa algo parecido.
– ¿También aparecemos de repente?
– También.
– ¿Cómo?
– Po..po..po de la misma manera que…
– ¡Que desaparece, sí, lo sé, huevón! ¿Me refiero cómo puede pasar que aparezcamos y desaparezcamos así, sin más? ¿Lo sabes?
– Po..po..po no.
– Pero ¿quién eres tú?
– ¿Yo? El cácaro.
– ¿Tú pones las proyecciones?
– Sí.
– ¿Cómo?
– Po..po..po voy recorriendo todas las salas y coloco en el proyector  la cinta que me encuentro. Después de recorrerlas todas vuelvo a empezar. Siempre que entro en una sala no hay nadie, pero cuando salgo, hay un bebé sentado.
– ¿Me estás diciendo que el espectador crece mientras dura la película?
– Eee…sí, eso.
– ¿Y alguna vez has visto desaparecer a alguien?
– Eee, no se lo digas a nadie.
– ¿A quién se lo iba a decir?
– No sé.
– ¿Qué viste, wey?
– Entré en una sala donde no había acabado la película, iba a salir y esperar pero, de pronto, la pantalla se oscureció y la luces se apagaron. Cuando encendí de nuevo la luz, ya no había nadie en la butaca.
– ¿Y por qué yo no he desaparecido?
– Po..po..no lo sé.
– Pero si se ha apagado la luz, quiere decir, que he muerto. ¿Cómo?
– No lo sé.
– ¿No podemos volver a poner la cinta?
– ¡No, no! Tu cinta también debe haber desaparecido.
– Si yo no he desaparecido podría ser que aún estuviera en la sala.
– Eeee, pues no sé.
– ¡Tenemos que averigüarlo!

Sin embargo, cuando se dirige a su sala, Lucio se detiene en la puerta vecina. No sabe por qué, algo intuye y por eso le arrebata al cácaro por sorpresa la llave maestra que este tiene agarrada en su flácida mano izquierda, entrando veloz en el habitáculo. En la pantalla dos pinches discuten, forcejean por una cartera. Lucio primero reconoce a uno de los tipos, es el que le pedía lumbre. Luego se reconoce a sí mismo, tirado en el  suelo junto a ellos, muerto, con la cabeza reventada de una pedrada. La rabia le quema por dentro.

– ¡Hijos de la gran chingada!

A su lado, sentado en una butaca, tiene al otro tipo, el que lo ha asesinado por la espalda. Está mirando la pantalla fijamente sin hacer caso de la presencia de Lucio. Este comienza a emprenderla a puñetazos con él. Le golpea con ambos puños, una y otra vez, con toda su fuerza, hasta que ya no puede más. Ni se ha inmutado, el de la sala sigue mirando la pantalla, y el de la pantalla sigue discutiendo con su compadre por la cartera.

– Eee..no puedes hacerles daño.
– Algún día tendrá que despertar. Ojalá yo pudiera estar en tu lugar y esperarle aquí hasta ese día.

Abandonan la sala y entran en la estancia de Lucio, en la pequeña sala de máquinas del cácaro. En el proyector no hay nada.

– ¡Joder! ¿Por qué estoy aquí?  ¿No puedo hablar con tu jefe?
– No tengo mero mero.
– Pero alguien tendrá que decirte como manejar esto.
– Nadie me ha dicho nunca cómo hacerlo.
– ¿Nunca?
– Eee…desde que tengo memoria.
– ¿Y no has tenido tu propia vida?
– No lo sé, no lo recuerdo. Solo recuerdo ser cácaro.
– ¿No serás Dios?
– No sé, quizás.
– Si fueses Dios serías inmortal. Eso explicaría por qué  no te acuerdas de toda  tu vida, debe ser muy larga.
– Po..po.. quizás si que sea eeee…eee….eee….
– ¿Qué sucede?
– Arggggg
– ¿Te ahogas?
– Argggg
– ¿Qué te pasa?

El cácaro cae K.O. al suelo, dando un golpe tremendo que hace temblar todo el estudio. Está muerto. Al lado de su mano está la llave maestra. Lucio la mira unos segundos, o unos minutos, quizás horas. Luego la coge y se dirige a la siguiente sala. Está vacía pero encima de la mesa del cácaro hay una película que Lucio introduce en el proyector. Al comenzar la proyección aparece de repente un bebé en la butaca de la sala. Lucio entonces sale y se dirige a la siguiente puerta, y así seguirá toda una eternidad hasta que llegue su relevo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, México, Realismo-mágico

Piel

11 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

– Perdóname, tienes razón. Sólo que …
– Sólo que tú pensabas que con el tiempo cambiaría de parecer, ¿verdad?
– Sí.
– Sabes que… Deberías saber que… ¡Tendrías que saberlo!
– ¡Sí, sí, lo sé! ¡Pero yo también tengo derecho a tener ilusiones! ¿O no? Durante años he sido paciente, esperando que llegara el momento en que me dijeras que estabas preparado.
– ¡No es justo! Te avisé antes de que habláramos tan siquiera de matrimonio, te pregunté si podrías vivir con ello. Sabías que nunca podríamos plantearnos tener hijos.
– Pensé que «nunca» sería unos años.
– ¡»Nunca» es nunca! ¿Lo entiendes? ¡Nunca!
– ¡No me grites así! ¡No me lo merezco!
Silencio.
– Perdona.
– ¿Te vas ya?
– Tengo que volver al trabajo.
– Es en lo único en lo que piensas.
– No es cierto. Sabes que no es cierto.
– Te quiero…
– Y yo a ti.
– ..pero no sé si podré soportarlo. Lo tienes que entender.
– Lo entiendo. Aún eres joven.
– ¿No lucharás por nuestro amor?
– Sí. Te quiero.
– ¿Por qué no quieres tener hijos?
– Tengo que marchar.
– ¿Es porque eres policía? ¿Tienes miedo de lo que te pueda pasar?
– No es eso.
– No sé que trabajo haces allí, no sé lo peligroso que es, nunca me lo dices. Pero sea lo que sea, no podemos vivir siempre con miedo al futuro.
– Es más complicado que eso.
– ¿Por qué más complicado?
– Ahora no puedo…
– ¿Por qué más complicado?
– … tengo que marchar.
– ¿Por qué?
Se fue sin mirar atrás, dejándola sola y hundida. Pero él no sintió pena. Le había dicho que él no quería tener hijos, que no podía. Ella le preguntó por qué, pero él no se lo quiso decir. La verdad era demasiado dolorosa, a menudo ni él mismo era capaz de soportarla. Alguna vez llegó a presionar el cañón de su arma reglamentaria contra su propia sien, pero en el último momento no se atrevió a poner fin a aquella locura por ella, porque no tenía ninguna culpa. El problema no era su esposa  sino su trabajo.
Llegó a las oficinas del departamento de policía, cruzó los largos pasillos y bajó dos plantas subterráneas para adentrarse en aquel bunker que era su casa. En la sala había tres ordenadores, dos compañeros más miraban en silencio las pantallas con gesto adusto, concentrados en lo que observaban. Él se sentó en su puesto, conectó su pc y entró en la aplicación que presentaba las imágenes con las que trabajaba. Se mostraban las fotos y videos, con los datos referentes a su envío: correos electrónicos, servidores, usuarios y redes sociales.
Cinco años llevaba mirando día tras día esas imágenes, intentando descubrir quién estaba detrás de cada una de ellas. Curas, profesores, informáticos, famosos, incluso mujeres, aquellas que se supone que deberían ser más sensibles a todo aquel material, ni siquiera ellas se libraban. Ningún grupo social se libraba de la enfermedad del mal. Cualquiera podía ser culpable de traficar con las imágenes de niños y niñas vejados. Y él los hubiera matado, sin pestañear. Esas bestias le habían convertido en lo que era, en una persona que no creía en el futuro, con la piel dura como el cemento, incapaz de sentir piedad por aquellos criminales que escondían su perversión bajo máscaras de seres amables, a menudo queridos y admirados por la comunidad.
Pero a ella nunca le había confesado su verdadero trabajo, hubiese tenido que hablar de todo ello, vomitar toda la mierda que se veía obligado a ver, que él mismo se obligaba a ver, con el objetivo de descubrir a esos malnacidos. No le quedaba más remedio que endurecer su piel para soportar tanto sufrimiento, para evitar volverse loco, y seguir desenmascarando a esas bestias aunque el precio fuese su propia vida.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, novela-negra, paronomasia

La bala que no oiga llegar

4 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

«Allahu akbar» Mientras grito la takbir, me dispongo a abandonar este mundo como un mártir. En el mismo momento en el que oigo los disparos siento decenas de zarpazos de dolor sobre mi cuerpo. No me da tiempo ni de cerrar los ojos. Quizás, de haberlo hecho, podría volverlos a abrir en la Yanna, rodeado por un grupo de huríes sonrientes y dispuestas a servirme eternamente.

Sin embargo, no los he cerrado, y en una fracción de segundo paso de estar agonizante, entre unos viñedos, a regresar a las Ramblas. Pero no son las Ramblas. Todo ha cambiado. No hay colores, es un mundo en blanco y negro…y vacío, a excepción de un niño agarrado a su osito de peluche y que llora en medio del paseo, a unos cien metros de distancia. Los dos somos las únicas notas discordantes de color en este escenario monocromático. Los gemidos del pequeño rompen el silencio sepulcral de este lugar siempre tan concurrido. Ni siquiera corre una gota de aire. Puede que esté soñando con que me he introducido en la escena de una foto antigua.

Camino hasta el pequeño sin escuchar el sonido de mis zapatos. Me agacho a su lado y le pregunto dónde están sus padres. No me contesta, sigue gimiendo. Sus ojos me miran con miedo. Quiero decirle que no debe temerme, que no le voy a hacer ningún daño, pero cuando alargo el brazo el niño observa que la mano que le ofrezco está empapada de sangre que no es mía. Aún así, él acepta mi ayuda y se pone en pie. Sus lloros se van apagando poco a poco hasta que, en completo silencio, los dos continuamos cogidos de la mano en dirección a la estatua de ese descubridor que con su dedo apunta hacia la tierra de donde vendrán los que juraron acabar con los infieles.

Pienso en mi imán, Abdelbaki, en sus palabras.

«¿Qué sentido tiene tu miserable existencia si no es el de hacer cosas importantes? ¿Quién se acordará de ti si mueres como un cordero? Venimos al mundo con un objetivo, Youness. El tuyo y el mío es el de convertirnos en mártires de Alá y tener un lugar de privilegio en la Yanna.«

¿Dónde está él ahora? Espera, quizás sea esa figura oscura de ahí delante. No, no lo parece, este personaje es mucho más alto. Al acercarnos puedo distinguir que lleva un hábito negro, como si fuera un fraile, con una capucha que oculta su rostro. En su mano derecha lleva una guadaña. Nos espera justo encima de donde abandoné la furgoneta, sobre el mosaico de colores vivos, ahora blanco y negro. Puede que sea uno de los mimos de las Ramblas. Su disfraz es tan bueno que ha conseguido ponerme la piel de gallina. Al llegar a su altura, quiero pasar de largo pero interpone su guadaña en mi camino. Su voz grave y poderosa retumba por toda la rambla. No es una voz masculina, tampoco femenina. No es una voz joven, tampoco anciana.

– ¿Dónde crees que vas, Youness?
– Estoy ayudando a este niño a encontrar a sus padres.
– Él se queda aquí. Su alma no puede abandonar las Ramblas.
– ¿Por qué?
– Porque tú le mataste.
– No puede ser.

Siento como la mano del pequeño ya no me agarra, me giro hacia él para ver cómo también se ha convertido en una foto en blanco y negro que se desvanece poco a poco. Sus ojos me miran confusos, sin odio, sin miedo, solo con una pregunta en ellos: «¿Por qué?»

– No te preocupes en contestar lo que no sabes.
– Yo no quería matar niños.
– Lo hecho, hecho está. Al fin y al cabo, dentro de cien años nadie se acordará de ti, como tampoco nadie se acuerda ya de otros asesinos que sembraron de sangre esta ciudad. No eres más que una pieza en un engranaje que nunca entenderás. Ni siquiera eres consciente de que una bala acaba de matarte.

A la Muerte le dan igual mis respuestas, mis sueños o mis ideales. A Ella solo le importa una cosa: hacer bien su trabajo. Me derrumbo sobre mis rodillas a sabiendas de que no iré a la Yanna, que jamás sentiré las caricias de las huríes. Me dispongo a desaparecer comprendiendo que mi muerte y la de mis víctimas ha sido un completo absurdo.

Mientras la guadaña cae sobre mi, me doy cuenta de que su hoja es la bala que no he oído llegar.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Absurdo, Castellano, muerte, Ramblas, Terrorismo, Yihad

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