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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Castellano

Idus de marzo

15 marzo, 2022 by JAP Vidal Deja un comentario

Las cabalgaduras de los cuatro jinetes resoplan, agitando sus cascos sin cesar. Sienten que ha llegado su momento, volverán a sobrevolar el planeta sembrando la destrucción, la enfermedad y la desesperación a su paso. Sus relinchos llegan a oídos de Caesar. Él se pregunta si es el único que los oye agitando los vientos, si nadie más se estremece con el chocar de sus cascos contra las nubes provocando oscuras tempestades, si en todo el planeta solo él es consciente de que ha llegado la hora decisiva para la Humanidad

 Dos personas se encuentran de pie, enfrente de él en Speakers’ Corner, centrando toda su atención en la pantalla de sus móviles. Caesar no sabe si le ignoran o están esperando a que él comience a hablar. Traga saliva y…

“Cuídate de los Idus de Marzo, le dijo el vidente a César. El emperador era tan soberbio que no hizo caso de la advertencia, pero no la olvidó. Poco antes de morir, César se cruzó con aquel vidente y con sorna le dijo que los Idus de marzo habían llegado, a lo que el vidente contestó que sí, que habían llegado y aún no habían acabado.
Seguramente César rememoraba esa frase en su mente poco más tarde, mientras sus asesinos le apuñalaban una y otra vez. Apuesto unas cuantas libras a que también debió pensar en todo lo que habría podido conseguir si hubiese hecho caso de la advertencia.
Cuando dos milenios después Hitler devastó Europa, nadie se atrevió a pararlo hasta que ya fue demasiado tarde para millones de personas, a pesar de que ese loco llevaba años dando muestras de su locura.
La historia nos demuestra que los hechos más terribles no llegan de repente, hay un proceso de maduración del desastre que todo aquel que no quiera cerrar los ojos puede ver. Ahora, por ejemplo, nos escandalizamos porque un dictador que lleva veinte años despreciando la democracia rusa lanza su puño contra un país vecino. No hemos querido ver durante todo este tiempo que este hombre con aspecto de zorro cada vez era más poderoso y que su codicia no tenía límite, que no se iba a contentar con ser el dueño de Rusia. Al contrario, hemos hecho que el mundo sea cada vez más dependiente de sus recursos, q él sea más fuerte y ahora mismo sea imposible pararle. Tal y como permitimos en los años treinta del siglo pasado.
Al contrario que los dinosaurios, que no pudieron prever su final por la llegada de un hecho imprevisto, la humanidad sí parece que está predestinada a ser testigo de su desastre, con la consciencia de ver cómo hemos ido destruyendo nuestro ecosistema, como hemos dejado que los poderosos sean cada vez más poderosos hasta el punto de amenazar nuestra vida en el planeta con armas, enfermedades y hambre. Porque no lo olvidéis, quien está en peligro no es el planeta, somos nosotros. El planeta seguirá girando sin nosotros igual que hizo tras la desaparición de los dinosaurios. Sin embargo, el ser humano se encuentra ahora mismo a las puertas de su extinción. Nuestro ritmo frenético de progreso incontrolado nos ha llevado a un callejón sin salida, es imposible seguir a esta velocidad, a menos que…”

Caesar, de repente, es consciente de que está con la mirada gacha, observándose las manos entrelazadas. Alza la vista y se sorprende al ver que las dos personas que antes miraban el móvil y le ignoraban ahora le prestan toda la atención y le graban con sus móviles, al igual que otro centenar de personas que han aparecido de la nada. Se queda mudo.

“¿A menos que…?” Se atreve a preguntar uno de sus oyentes.

Caesar lo mira. Ha estado improvisando todo el rato, las frases le salían solas, vomitando los pensamientos sin filtro, sin formato, tal y como le venían a la cabeza, descargando toda la carga de su cuerpo. Ahora que se siente aliviado, libre, de repente le ha llegado una idea a la cabeza, un boomerang contra tanta negatividad.

“Los idus de marzo han llegado pero no han acabado, dijo el vidente. Para los romanos los idus de marzo era una fiesta de buenos augurios, que sin embargo en esa fecha se empañaron con un magnicidio que cambió la historia. Pero, ¿Y si ahora, que tenemos los peores augurios, los desafiamos con esperanza? ¿Y si la clave no es frenar la velocidad de la humanidad sino que lo que debemos hacer es intentar dar una curva de 180 grados y volcar todos nuestros esfuerzos en cambiar nuestra forma de vida y de paso nuestro futuro?”

Caesar se guarda de expresar esta idea. Se marcha de allí sin decir una palabra. El público expectante lo observa desilusionado, no pueden comprender su silencio. Para qué decirles que el futuro depende de algo tan sencillo como su esfuerzo y voluntad de sacrificio. En el momento que escucharan esas palabras le aplaudirían, le darían golpecitos en la espalda y se volverían a sus casas a continuar con sus vidas de consumo y derroche, adictos a móviles, drogas o compras, o quizás a todo ello. El optimismo que él les proporcionaría les duraría, en el mejor de los casos, unas horas, hasta que un virus infecte su ordenador, o comprueben lo que les cuesta llenar el depósito de gasolina de sus coches, o se discutan con sus parejas por los planes de las próximas vacaciones.

Los caballos siguen relinchando en las alturas, esperando que en cualquier momento sus jinetes los espoleen para dar comienzo a un nuevo Apocalipsis. Porque los Idus de marzo han llegado, pero desgraciadamente no han acabado.

Publicado en: 2022, Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano

Las diez patas de Carcinos

5 julio, 2020 by JAP Vidal 1 comentario

La sencilla cabaña se erigía en un alto desde el que se divisaba la fortificación de Olissipo, el mar de Océano y el río Tagus. El pescador no había escogido aquel emplazamiento de forma caprichosa. Él sabía que algún día, su viejo enemigo volvería para cobrarse las deudas del pasado. Mientras tanto, él disfrutaba padeciendo la vida de un hombre normal. Vivía allí, en el extremo occidental del mundo, con Penélope, su mujer. Su hijo, Telémaco, le había sucedido en el trono de un lejano reino llamado Ítaca. Pero eso había ocurrido muchos años atrás. Como cada noche, el pescador y su esposa cenaban juntos, era el único momento que él compartía con ella. El pescador lamió los restos de la escudilla y se levantó. Su mujer alzó la mirada hacia aquel viejo que conservaba todavía el brillo y la astucia en sus ojos arrugados.

– Voy a mirar las estrellas – quiso excusarse el hombre.
– ¿Volverás a domir? – preguntó Penélope.
– Quizás.

El pescador salió de la cabaña y bajó el complicado camino por la ladera que llevaba hasta la playa. Era una noche despejada y sin luna. El hombre sabía que era una noche perfecta para que sucediera lo inevitable. Y así fue.

En la playa le esperaba un hombre con larga melena y barba blanca, desnudo, con un tridente en la mano derecha. No era anciano pues no tenía ninguna arruga y el abundante pelo que cubría su cabeza no era exactamente pelo sino espuma del mar. Su cuerpo era musculoso, digno del extraordinario Áyax. El pescador se acercó a él, conocedor de que estaba delante de un dios y, dicho sea de paso, el peor de sus enemigos. La voz del dios retumbó directamente en su mente.

– Mírate, viejo Odiseo ¿Así piensas enfrentarte a tu destino? ¿Con tus manos desnudas? ¿Dónde has dejado tu lanza? ¿Perdiste tu krános, la coraza y las grebas? ¿O lo vendiste todo para poder comprar una barca y poder malvivir como un simple pescador?

Los ojos de Poseidón, azules como la más cristalina de las aguas, estaban rodeados de iris rojos, mares de sangre como los que había ayudado a teñir el legendario héroe de la guerra de Troya, en un pasado que nunca queda atrás. El hombre, Odiseo para unos, Ulises para otros, contestó con su silencio. Su mejor arma siempre había sido su mente, sabía que si se mostraba vulnerable quizás su enemigo se confiaría y ahí tendría una oportunidad. Poseidón, el dios del Mediterraneo, al ver que su odiado adversario no tenía nada que decir, tras una larga pausa, volvió a tronar en la mente del hombre.

– ¿Creías que podrías vivir en la orilla de este mar porque está fuera de mis dominios? Océano lo domina, y entre él y yo hay un pacto. Los señores que dominamos el agua estamos todos conectados. Y si Océano se entera de que mi viejo enemigo Odiseo se alimenta de sus criaturas, no tardaré en enterarme yo también. Hace tiempo que lo sé, y no te voy a negar que he disfrutado escribiendo tu tragedia. Mira al cielo, en la dirección que apunta mi tridente.

Ulises miró la bóveda iluminada por millones de estrellas. Vio algo extraño, un vacío donde, en esa época del año y si tenías buena vista, debería haber estado la constelación del cangrejo.

– Hera me debía un favor y le he pedido que me preste una de sus criaturas, un viejo amigo de Iraklis. ¿Recuerdas a Carcinos? Luchó contra el bastardo y, en recompensa a su muerte, Hera lo transformó en una constelación, esperando a regresar cuando su presencia fuese requerida por los dioses.
– ¿Y dónde está ahora el cangrejo? – preguntó Ulises, poniendo todos sus sentidos en alerta.
– En tu interior.

Poseidón apuntó con su tridente al pecho del héroe. Ulises observó con pánico como en su piel, sobre uno de sus pectorales, se dibujaba una pequeña mancha en forma de cangrejo.

– ¿Pensabas que dejaría en esta playa a una bestia para que te deshicieses de ella con tus argucias como hiciste con mi hijo Polifemo? No podrás decir que esta vez no he estado a la altura de tu inteligencia, Odiseo. Si quieres matar a mi bestia tendrás que matarte a ti mismo, y si no lo haces, ella lo hará por ti, poco a poco, desde tu interior.
– Es un simple tatuaje, no me da miedo.
– Observa.

De repente, el dibujo cobró vida. Las diez patas del crustáceo se animaron y el animal desapareció.  Ulises, que lo contemplaba aterrorizado, sintió que aquella bestia pequeña se sumergía en su carne.

– El camino del héroe termina en su interior. Bonito epitafio para Odiseo. – Las carcajadas de Poseidón tronaron en la mente de Ulises.

Una ola gigante se acercaba a la playa, Poseidón se adentró en el mar para recibirla con los brazos abiertos. Ulises reaccionó a tiempo para correr  hacia la ladera y conseguir evitar por muy poco de que la fuerza de la ola le aplastase contra las rocas. El héroe y el pescador volvieron a la cabaña en el cuerpo de un mortal asustado. Por suerte, su mujer ya dormía. Ulises se quedó junto al hogar, observando el crepitar de la madera al ser devorada por el fuego ¿Estaría ya el cangrejo devorándole por dentro? ¿Cómo podía combatirlo? Ulises pensó durante horas, hasta el alba. En sus pensamientos no encontraba la forma de derrotar a Carcinos sin derrotarse a sí mismo. Solo halló una posibilidad: que Carcinos abandonase su cuerpo. Y en su corazón se formó una esperanza.

A partir de aquel día, Ulises regresó cada noche a aquella playa, se adentraba en el mar sabiendo que este no le atacaría, la venganza ya se había ejecutado, por lo que Ulises no tenía nada más que temer. Ulises se quedaba flotando, meciéndose boca arriba sobre las aguas, con sus ojos observando el cielo con anhelo. «Debe ser bonito estar allí, ojalá ese sea mi próximo destino». Noche tras noche, durante muchos meses, incluso lloviendo o nevando, Ulises realizaba el mismo ritual. Su mujer, a veces, lo observaba desde lo alto, pensando que su marido se había vuelto loco y se había enamorado de las estrellas. La verdad es que Ulises siempre había estado un poco loco, o quizás loco por completo, gracias a ello había sobrevivido a más de una aventura.

Una noche, Ulises se introdujo en el mar de nuevo y al contemplar las estrellas mientras flotaba, se dio cuenta de que el hueco en el cielo había sido ocupado otra vez por Carcinos. Una sonrisa se dibujó en su boca. Nadó lo más rápido que pudo para salir del mar, subió la ladera, despertó a su mujer y le dijo que se vistiera porque se marchaban de aquel lugar. Tenían que alejarse del mar lo más pronto posible. Poseidón no tardaría en darse cuenta de que Ulises había engañado a Carcinos convenciéndole de que la bóveda celeste era mucho mejor lugar para vivir que el cuerpo de un mortal. Entonces, Poseidón volvería a perseguirle, pero Ulises ya estaría lejos.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Cáncer, Castellano, Mitología, Poseidón, Ulises

El vividor

13 junio, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

Di con él en el lugar donde sabía que lo encontraría, en el chiringuito de su playa favorita de Formentera. Tocaba la guitarra mientras tomaba una jarra de cerveza, sentado en la única mesa. En toda la playa solo estábamos él y yo.
Me acerqué despacio, temiendo romper un momento mágico. En la agonía del último acorde me atreví a hablarle.

Hola Pau.
Hola.
Te preguntarás quién soy.
No, en absoluto. Te conozco desde que escucharas mi primera canción.
He venido porque tenía que decirte adiós.
¿Cómo me has encontrado?
Siempre has sido un vividor. Lo tuyo no es ponerte a dormir eternamente. Solo podías estar en dos lugares: o en esta playa o en tu rincón favorito de los Pirineos. Probé suerte primero aquí porque sabía que no dejarías pasar la oportunidad de escribir una última canción inspirándote en las olas del mar.
Te equivocas en una cosa. No será la última. Ahora, que el tiempo no existe, tengo una eternidad para crear.
¿Y qué harás con esas canciones?
Tengo pensado susurrarlas en los sueños de alguna chica con alma de compositora.
Yo te quería regalar también una canción, una que habla de ti, pero no sabía si en los sueños habría melodía.
Claro que la hay, pero depende de tu imaginación. Venga, cántamela y yo te sigo con la guitarra.

Al callar me di cuenta de que las olas habían desaparecido de aquella playa de fantasía. Pau había ido dando sorbos a su cerveza, pero la jarra seguía llena. Se había dejado el pelo más largo, de nuevo llevaba coleta. La barba la tenía más arreglada y volvía a tener el físico pletórico de antes de la enfermedad. Me miraba esperando a que me arrancara a cantar. Pensé en sus canciones, en aquellas no tan conocidas pero que más me marcaron: Corazón, Perro apaleao, Dos días en la vida, Vivo en un saco, Avisa a tu madre, Grita, Tiempo, Adiós …. Tantas y tantas canciones fuera del repertorio más comercial.

Y empecé a cantar, y al momento su guitarra me dio una melodía que no podré recordar, porque los sueños humo son.

Puede que creas que ganaste
Puede que creas que perdí
Pero hay una cosa solo cierta
Que nunca dejé de vivir.
Algunos nacen derrotados
Pidiendo ya la rendición
No será ese mi caso
No verás mi sumisión.
Sí, ya sé que llegará
el esperado momento final
pero siempre encontraré
cuando me vayas a atrapar
una manera de escapar
y otra vez, volverá el juego a comenzar.
Puede que seas invencible
y yo solo un simple mortal
la verdad es que solo existes
si yo me dejo dominar.
Soy tu misión imposible
a mi nunca vencerás
porque solo creo en la vida
en el amor y la amistad.
Sí, ya sé que llegará
el esperado momento final
pero siempre encontraré
cuando me vayas a atrapar
una manera de escapar
y otra vez, volverá el juego a comenzar.
Y es que la vida es un juego
que hemos venido a jugar
no entiendo que se pierda el tiempo
pensando en lo que no ha de pasar.
No me verás compadeciendo
lo que pudo ser y no será
la vida es este momento
me subí en marcha a toda velocidad.
Sí, ya sé que llegará
el esperado momento final
pero siempre encontraré
cuando me vayas a atrapar
una manera de escapar
y otra vez, volverá el juego a comenzar.
Y si quieres que abandone
esta vida que es mi hogar
a patadas vieja amiga
me tendrás que desalojar.
Y quizás en el momento
de mi último suspiro
encuentre aún algo de aliento
para decir Yo no me rindo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Jarabe de Palo, muerte, Pau Donés

El año de la rata – Perdidos

7 abril, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«El ser humano necesita sentir que la estabilidad rige sus vidas para no hundirse en la desesperación»

Athena y Bruno se habían convertido en nómadas. El verano anterior habían abandonado las comodidades de su París natal y se habían embarcado en una aventura que sabían cómo empezaría pero poco más. De Francia volaron hacia Estambul, allí iban a pasar el primer mes de su viaje, después ya no había ningún plan establecido. Poco a poco fueron haciendo un plan de viaje que primero les llevó a Nepal y seguidamente a la India. Hubiese sido la aventura perfecta de vivir en un mundo perfecto, sin alteraciones constantes que moldean e incluso pervierten nuestros propósitos originales.

Athena y Bruno, como la mayoría de franceses, o como la mayoría de los que vivimos en el mundo occidental, creían vivir en un mundo global que comparte problemas, inquietudes y aficiones, te encuentres en Francia, Turquía, Nepal o la India. Este mundo global puede darnos una falsa imagen de estabilidad, porque puedes comunicarte con el inglés allá donde vayas, o encontrar hoteles con los mismos lujos en cualquier ciudad, o haber probado cualquier comida exótica en un restaurante de tu ciudad antes de hacerlo en Katmandú o Estambul. Incluso puedes comer la misma hamburguesa en un McDonald’s de París o Mumbai.

Cuando damos un paseo por la playa, observando una plácida puesta de sol, el mar nos parece bello y acogedor. Sin embargo, la opinión sobre el mar no será la misma si nos encontramos en un barco en medio del océano en plena tempestad. Esa es la diferencia entre la India como la veían Athena y Bruno con ojos de turistas, a como comenzaron a verla con ojos de supervivientes cuando se declaró la pandemia en el país. Se encontraban en el estado indio de Goa, cuando en pocas horas pasaron de disfrutar de mil olores y sabores, a la obligación de confinarse en su alojamiento sin posibilidad de ir a comprar ni siquiera los alimentos básicos. El toque de queda decretado por el gobierno indio prohibía el comercio y la libre circulación de las personas. Estaban atrapados a miles de kilómetros de sus familias.
Aquí es donde aparecí yo. Poco a poco, en sus mentes fueron tomando forma ideas sobre un futuro de hambre, soledad e incluso hostilidad por parte de la población nativa. A pesar de que los pocos nativos con los que trataban se portaron bien con ellos, eran conscientes de que en medio del caos cualquier cosa podía suceder. La embajada francesa les avisó de la salida de un último vuelo desde la isla en la que ellos se alojaban, para evacuar a los franceses que allí se encontrasen. Después de un viaje de un par de horas, en medio de la noche, por caminos de cabras, se encontraron con que se quedarían en tierra, como muchos otros franceses que no cabían en el avión. Otra vez de vuelta, con más cansancio, más desánimo y más miedo.
Sin embargo, con el paso de los días, la pareja fue adaptándose a una rutina de supervivencia. Su casero y el dueño del restaurante al que antes de la pandemia iban a comer, les conseguían víveres y les animaban. Volvieron a comunicarse por las redes sociales con sus familias y amigos, que se preocupaban por su situación. Conseguían burlar el toque de queda, con un ratito cada día de paseo. Poco a poco, le cogían el ritmo a la situación. Por eso, un nuevo aviso de la embajada francesa informando de otra evacuación de compatriotas, les pilló con cierta apatía. No sabían qué les podía deparar el regreso a Francia. Ellos habían decidido ser nómadas. ¿Puede un nómada volver a casa?

Decidieron coger ese vuelo. Yo lo cogí con ellos. Porque el miedo siempre acompaña todas las decisiones humanas.

Publicado en: Castellano, El año de la rata, Relatos Etiquetado como: Castellano, Coronavirus, Fantasía Oscura, Realismo-mágico

El año de la rata – Amuletos

28 marzo, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«¿De verdad eres tan estúpido como para pensar que un amuleto te hace inmune a la fatalidad?»

Ramón era el rey del barrio desde que el gobierno decretara el estado de alerta en todo el territorio. Toda la población estaba obligada a no salir de casa salvo para necesidades básicas relacionadas con la alimentación, la sanidad y el trabajo. Pero había una excepción. Todo el mundo veía restringida su capacidad de desplazamiento salvo aquellos que sacasen los perros a hacer sus necesidades en la vía pública.

Cada día, Ramón llevaba a pasear a su mascota, Toby, cinco veces. La primera por la mañana, la segunda antes de comer, la tercera después de la siesta, la cuarta antes de cenar y la quinta y última antes de sentarse en el sofá a ver el programa nocturno con el que se quedaría dormido.
Antes de la crisis, Toby salía a hacer sus necesidades tres veces al día acompañando a su solitario dueño. Sin embargo, Ramón consideró que aquel decreto le concedía un privilegio que no podía desperdiciar, y de tres pasaron a cinco paseos, a pesar de que al pobre perro, cuando llegaba la tarde, ya no le quedaban heces que excretar ni orina con la que marcar las ruedas de las bicis. Algunos vecinos que se quedaron con la copla le comenzaron a mirar mal, unos pocos hasta le dejaron de saludar, y uno, Matías el del tercero, el más borde de su edificio, cada vez que lo veía desde su balcón – que era siempre, porque Matías vivía en el balcón desde que se puso como obligación vigilar que el vecindario cumpliera con el confinamiento – le gritaba «Ramón, coño, ¿otra vez sacas al chucho?». Ramón no le contestaba, simplemente ralentizaba el paso y caminaba con las piernas más abiertas, como el pistolero que, a punto de enfrentarse en un duelo a muerte, desafía con bravura y temeridad al destino.
Pero también hubo algún vecino que le ofreció dinero por poder pasear a Toby un par de veces al día. En un principio, Ramón se negó. Sin embargo, después de ver que con tanta visita al supermercado la cuenta se le estaba vaciando, cerró un acuerdo de diez euros al día, setenta a la semana, con el vecino del ático. El acuerdo comenzó bien, pero a la semana se torció. El vecino no se tomó muy bien los improperios que Matías el del tercero le lanzaba desde su balcón «¡Eh tú! ¿Qué haces paseando el perro de Ramón?» «¡Cabrón, así te pille el virus!». Entre ese detalle y que el vecino se hacía el despistado a la hora de pagar, el acuerdo duró ocho días. Fueron suficientes días como para que, de alguna manera que solo sabe la vida, el gafe de Matías se cebara con el vecino y este, a su vez, se lo contagiara a Ramón.

Aquella noche, entré en la casa de Ramón sin llamar a la puerta. Yo nunca llamo a la puerta. Él estaba en su sofá, viendo el programa nocturno con el que aquella noche no iba a dormirse. Tosía y sudaba mucho, también temblaba de frío y…  de miedo. Allí estaba yo, reinando en la casa de aquel que se había creído el rey del barrio. Hasta ese momento, Ramón había pensado que todo aquello era una especie de obra de teatro sin consecuencias vitales. Su inconsciencia le había llevado a creer que por tener un perro estaba por encima de todo, incluso de la enfermedad. No había utilizado ninguna medida de protección, ¿para qué las necesitaba si tenía un perro y podía pasear con él por todo el barrio sin temor a ninguna amenaza? Toby era su amuleto.

Ramón no tenía ni fuerzas para levantarse por el móvil, aún así haría un último esfuerzo por pedir una ambulancia. Tenía miedo. Miedo a saber qué sería de él. Miedo a saber qué pasaría con Toby si él no estaba. Miedo a morir solo. Yo, de nuevo, había ganado.

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El año de la rata – Fe

26 marzo, 2020 by JAP Vidal 2 comentarios

«La ventaja de ser creyente es que siempre puedes confiar en que otro resolverá tus problemas.»


Luz siempre tuvo fe. Era una persona creyente hasta la médula. Además, era buena, humilde y paciente. También era pobre, condición que suele venir de serie con las virtudes anteriores. Trabajaba limpiando las casas de otras familias al tiempo que el cuerpo comenzaba a avisarle de que no podría seguir con ese trabajo mucho más.

Cuando los achaques empezaron a ser demasiado molestos se produjo un acontecimiento con el que no contaba. Un respiro forzado por una plaga digna de tener su capítulo en la sagrada Biblia. Recibió una llamada de uno de sus clientes para decirle que prescindían de sus servicios laborales durante un tiempo, debido al confinamiento obligatorio. Cinco minutos después llamó otro cliente para explicarle lo mismo. Ese día, prácticamente todos sus clientes llamaron para cerrarle las puertas. Luz, entonces, hizo gala de su mayor virtud. Una sonrisa en su rostro mientras por su mente cruzaba un pensamiento : «Dios proveerá». Fue lo mismo que pensó cuando dejó su país natal y llegó a España con lo puesto. Entonces, no le fue mal, por lo qué no creyó que ahora fuera a ser diferente. Luz lo había pasado muy mal en su vida pero, aún así, nunca había perdido la sonrisa y siempre había tirado hacia delante. Porque la fe mueve montañas, y si algo le sobraba a Luz era fe. A mí, personalmente, la fe me irrita muchísimo. Soy incapaz de luchar contra un un sentimiento irracional con el que millones de personas han conseguido capear crisis terribles a lo largo de la historia. Sí, ya sé que a mí también se me considera a menudo un sentimiento irracional, quizás por eso, porque somos tan semejantes, no nos soportamos, nos repelemos.

El caso es que Luz se sentó a coser junto a la ventana, lo más lejos posible de la oscuridad que envolvía casi toda su casa al atardecer. Tarareando la canción de la bicicleta de Carlos Vives y Shakira, cosía una puntada tras otra. A su lado, yo esperaba mi oportunidad. En algún momento ella tendría que dudar, y su debilidad me abriría la puerta de su mente. Así que mientras ella cantaba, yo esperaba. Hasta que el celular repitió de pronto la misma tonadilla que ella estaba tarareando.

– Dígameeee – dijo en tono dulce.
– Hola Luz, soy Paquita.
– Hola Paquita ¡Qué alegría oírle! ¿Cómo está usted?
– Por ahora bien. ¿Y tú?
– Yo aquí, muy bien, en casita.
– Oye Luz, te tengo que decir una cosa.
– No se preocupe, sé lo que me va a decir. Son días muy malos para todos.
– Mi hija y yo vamos a hacer la limpieza de casa…
– Lo entiendo, Paquita.
– …Pero no te preocupes que te seguiremos pagando como si vinieras a trabajar.
– Paquita, no es necesario, no se preocupe.
– ¡Que sí! No hay más que hablar. Solo faltaría que por culpa de esta enfermedad te quedases sin tu paga. No me lo perdonaría. Así que no hay más que hablar.
– Muchas gracias, Paquita. Es usted un sol.
– Tú sí que eres un sol. Cuídate mucho Luz.
– Y usted también, Paquita, cuídese mucho. Muchas gracias.
– A ti, Luz, a ti.

Luz colgó la llamada. «Dios proveerá», pensó, y siguió tarareando aquella canción de la bicicleta. Yo me alejé de su lado a sabiendas de que en aquella casa no tenía nada que hacer.

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El año de la rata – Héroes

21 marzo, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«Crees que soy una heroína porque no temo a nada. Al contrario, lo soy porque tengo mucho miedo.»

En aquellos días del año de la rata, hubo muchos héroes anónimos. Cada tarde, la gente salía a los balcones a aplaudirles en reconocimiento a su trabajo. Para aquellos héroes sin nombre que, en vez de capa y antifaz, llevaban bata y máscara, los aplausos se transformaban en energía positiva que les ayudaba a continuar luchando, a soportar las derrotas y no desfallecer, a autoconvencerse de que por muchas batallas perdidas que hubiera, ganarían aquella guerra.

Uno de aquellos héroes era Isabel. Aquella mujer corría de un lado a otro sin parar, intentando ayudar en todo lo que pudiera. Las horas pasaban y el cansancio no parecía hacer mella en su físico. Turnos de doce horas sin apenas un descanso para sentarse tranquilamente a comer un bocadillo. Sin embargo, siempre había un pequeño hueco por donde alguien como yo puedo colarme y hacer mucho daño. Con Isabel no fue diferente, esperé pacientemente mi oportunidad y también llegó. Fue la tarde que un paciente le dio las gracias por su trabajo.

–  ¿Sabes? Yo cada tarde salgo al balcón a aplaudiros. – se entrecorta la voz porque le cuesta respirar – Sois unos héroes. Gracias, gracias.
– Gracias a usted. Ahora descanse.

El hombre, en la cincuentena, se puso a llorar como un niño.

– No merezco tu ayuda. – dijo.
– No diga tonterías.
– No. No me la merezco. Yo he sido uno de – pausa para respirar – uno de esos imbéciles despreocupados que pensaba – pausa para respirar – que no le iba a pasar nada y paseaba cada día – pausa para respirar – el perro, tres horas – pausa para respirar – delante de los vecinos, como si por llevar perro – pausa para respirar – fuese inmune.
– Descanse un poco. – contestó Isabel.

La doctora no pudo más. Fue al lavabo, se escondió tras una puerta y allí soltó a llorar desconsoladamente. Dejó salir toda la impotencia que sentía en forma de lágrimas. ¿Cómo iban a ganar si la gente seguía siendo tan estúpida? No se daban cuenta de que peligraban sus vidas, las de sus vecinos y las de aquellos que luchaban por salvarlas todas. En ese momento, ella sintió mi presencia. Le obligué a pensar en su hijo, en su marido, en sus padres. Isabel estuvo a punto de salir huyendo en dirección a su casa. A punto estuve de vencerle. Pero cuando salió corriendo de su escondite, desconcertada y hundida, vio a otra compañera sollozando delante del espejo del lavabo, y entonces se frenó. Se dio cuenta de que si todos hacían lo mismo que ella estaba a punto de hacer, el mundo se hundiría, y de nada serviría que ella se escondiera ahora en casa con su familia. No quedaba más remedio que seguir luchando, minuto a minuto, hora tras hora, un día tras otro. Hasta el final, fuese el que fuese. Y solo esperaba que en algún momento yo hiciera recapacitar a la población, pues no es más valiente el que desafía de manera inconsciente y estúpida a la muerte, sino el que conoce el miedo y aún así lo combate.

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El año de la rata

21 marzo, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«Les avisé de la llegada del Diablo y todos se rieron de mí. Cuando mucho tiempo después salí de mi escondite, sus calaveras aún seguían sonriendo.»
El año de la rata es el correspondiente al primer signo del horóscopo chino. Se le supone un año positivo, perfecto para comenzar nuevos proyectos, para cambiar la vida de forma radical. Sin embargo, los cambios a menudo comportan sacrificios que pocas veces estamos dispuestos a afrontar. Puede que por tal razón, el año de la rata del dos mil veinte del calendario occidental será recordado en el futuro como mi año. ¿Qué quién soy yo, te preguntas? Seguramente pienses que soy la Muerte o Dios o, por el contrario, el mismo Diablo. No, soy algo peor, más temido, soy lo que se siente cuando se entra en un túnel oscuro. Pero por ahora, simplemente soy la voz narrativa que te guiará por algunas de las desgracias y de los milagros que aquel año acontecieron. Me gustaría comenzar a contarte esta historia, con tu permiso, por lo que parecería el desenlace, por la luz al final de aquel túnel.
Llegó el día en el que la pesadilla terminó. La gente pudo salir de sus casas y regresar a las empresas, a los colegios, a los comercios. Todos ansiaban volver a vivir. Yago no era una excepción. Su empresa le había despedido temporalmente cuando tuvo que cerrar porque el negocio no podía seguir funcionando en aquellas condiciones. Se pasó todo el confinamiento en su casa, saliendo solo a comprar mientras se permitió que las tiendas de alimentación estuvieran abiertas. Después, cuando llegó el apagón general y todo quedó cerrado a cal y canto, solo le quedó dar vueltas como un tigre enjaulado en los dos metros cuadrados del balcón que tenía. Por suerte esa etapa no duró mucho, no hubiesen podido sobrevivir, de hecho muchos no lo consiguieron, pero eso ya será otra historia que te contaré. El hecho es que por fin un día, el gobierno dio la noticia esperada durante mucho, mucho tiempo: al día siguiente se levantaría el toque de queda y la población podría salir de sus casas. Ese mismo día, Yago recibió una llamada de su antiguo jefe para confirmarle que le esperaba el lunes de la semana siguiente en la oficina. «Hay mucho trabajo a hacer, todo el mundo va a necesitar de nuestro servicio después de tanto tiempo de parón obligado. Yago, lo hemos pasado muy mal, todos, pero ahora se abre ante nosotros un mundo nuevo de oportunidades», dijo su jefe. Quizás fuera ese el día más feliz en la vida de Yago.
Llegó el lunes y Yago entró por la puerta de la oficina. Allí estaban todos sus viejos compañeros ¡Qué cambiados! Algunos habían aprovechado para cambiar su imagen de manera radical, rapándose al cero, dejándose melena, barba o unos bigotes dignos de un mosquetero del rey Luis XVI. La mayoría parecían estar en muy buena forma, habían aprovechado el parón para tonificar sus cuerpos o hacer dieta. Todo eran risas y lágrimas de alegría pero sobretodo abrazos. En aquellos momentos, los abrazos eran el símbolo de la victoria ante la enfermedad. Por fin la gente podía volver a tocarse, abrazarse, acariciarse o besarse. Había una obsesión por el contacto, por aquello que les había estado prohibido durante tanto tiempo.
Y entonces alguien preguntó ¿Y Alberto? Los abrazos, cesaron. Las risas también. Las lágrimas no. Alberto, Clara y David no estaban. El jefe les explicó que la semana anterior, al llamar a sus casas se enteró de que la enfermedad se los había llevado, como a otros muchos. En ese momento todos pudieron sentir mi presencia, de nuevo.
Como dije antes, todo cambio suele conllevar un sacrificio de algún tipo. El año de la rata comportó un sacrificio muy grande ¿Valió la pena? Dependerá del precio que tuviera que pagar cada uno y de lo que obtuviera a cambio.

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