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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Religión

El evangelio perdido

7 mayo, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

– ¿Nos estás diciendo que has encontrado otro evangelio apócrifo?
– Otro no, hermano supremo. Se trata sin duda del Evangelio Apócrifo más importante de la Historia.

Tanto el hermano supremo como los capataces del tribunal de la «Santa Garduña» guardaron silencio durante lo que pareció una eternidad. La información que estaba a punto de revelar el «capataz» Eduardo podía ser de vital importancia para sus intereses. O quizás solo fuera la enésima bravuconada de un pseudo-periodista a sueldo.

– A ver hermano, hay miles de evangelios perdidos, de versiones sobre la vida y las enseñanzas del Mesías. La mayoría de estos evangelios desaparecieron en los primeros siglos del Cristianismo.
– Este lo encontraron mis mejores investigadores en unas dependencias romanas.
– ¿Romanas? ¿De Judea o tal vez Egipto?
– ¡Romanas de Sevilla, hermano supremo!
– ¿Qué quieres decir?
– Estaba oculto entre otros pergaminos olvidados en los archivos de la ciudad. Alguien lo había dejado allí sin saber quién lo había escrito y lo que aquel texto significaba.
– ¿Y de quién es? ¿De algún Apóstol?
– No, de Séneca.
– ¡Imposible! ¡Eso es absurdo! – Interrumpió Pedro, otro de los capataces de aquella red de personajes misteriosos y peligrosos. Sus desavenencias con el hermano Eduardo eran conocidas por el resto de capataces y el hermano supremo.
– En absoluto – apuntó Eduardo – ya habían rumores de que Séneca conocía personalmente a Saulo de Tarso, San Pablo. Pero no había pruebas. Ahora sí las hay.  

Eduardo repartió unos documentos entre los miembros del tribunal.

– ¿Qué es esto? ¿El supuesto Evangelio? – el tono de despreció en las palabras de Pedro no pasó desapercibido.
– ¿Se acuerda el hermano supremo de las famosas «Cartas a Lucilio»? – Eduardo hizo oídos sordos a la burla de su enemigo.
– Las ciento veinticuatro epístolas de Séneca a su misterioso amigo – indicó el hermano supremo.
– No se han encontrado pruebas de que Lucilio existiera, pero lo que sí se ha podido probar es la existencia de otra nueva carta, la ciento veinticinco.
– ¿Es esta? – preguntó el hermano supremo.
– Sí. Y no es una carta cualquiera. Lo que esconde este texto es de una magnitud sísmica.
– «Seneca suo Lucilio salutem…» ¿Y por qué no lo han traducido tus investigadores? – protestó Pedro.
– Lo hicieron, aquí tengo la traducción. El texto dice lo siguiente:

«Séneca saluda a su Lucilio. He dejado para el final la más importante de mis epístolas, y la más peligrosa. Guarda en el rincón más escondido de tu memoria mis palabras y a continuación quema este papiro antes de que llegue a manos de alguno de mis muchos enemigos.
Sabes bien que siempre me he caracterizado por ser una persona de convicciones firmes, recto y honesto conmigo mismo. No me ha sido fácil, incluso he de confesar que con frecuencia me he dejado llevar por la avaricia y el deseo. No soy de piedra aunque a veces lo parezca. Pero cada vez que he tropezado en el camino de la vida, me he vuelto a levantar con más fuerza gracias a mi fe cristiana.
Sí, Lucilio, soy cristiano. Todo comenzó hace unos años cuando encontré a Saulo, un personaje muy importante de la comunidad cristiana y con el que pude hablar en su visita a Roma. Él no conoció al Mesías directamente, pero me explicó cómo era en realidad, muy diferente de la imagen desvirtuada que ha llegado hasta nosotros. Lo más importante de todo, Lucilio, es que Jesús no era judío, sino que era uno de los nuestros, un militar romano. Su origen era hispano, igual que el mío. Saulo me lo contó con las siguientes palabras: 

Odiaban su uniforme. Odiaban su hombría, su pecho descubierto. Jesús el hebreo en realidad era Manuel el legionario, varón de largas patillas, mentón prominente y músculos endurecidos en mil batallas. Se granjeó poderosos enemigos, envidiosos de su bravura y desapego al miedo. Por desgracia, Manuel también tenía un gran virtud y a su vez defecto: era un hombre de principios, atado de pies y manos a un código particular de conducta que le obligaba a honrar a nuestro Dios y a la Patria por encima de su persona. Esa fue su perdición.
Su padre, un carpintero de la lejana Hispania, un tal Pepe, siempre había ido allá donde Roma necesitaba de su servicio. Estaba trabajando en la construcción de la Vía Agrippa, junto al asentamiento de Arbiun, cuando su mujer dio a luz el primer hijo de la pareja. Manuel nació en medio del frío y la lluvia con la que el Cantábrico avisaba a los romanos de que no eran bienvenidos en aquella tierra. Los várdulos, autóctonos de aquella región maldita, jamás les dieron tregua. La familia de Manuel abandonó Arbiun poco antes de que aquellos bárbaros atacaran el emplazamiento y acabaran con todos los niños romanos. Volvieron a Tarraco y desde allí decidieron cruzar el Mare Nostrum en busca de fortuna. Llegaron a Judea cuando Manuel tenía doce años. Desde pequeño, él siempre estuvo obsesionado en proteger a sus vecinos, seguramente sensibilizado por la hostilidad que había sufrido en el norte de Hispania. Por esa razón, en cuanto tuvo edad, se alistó a la legión. Pronto sus compañeros descubrieron que era un hombre especial, destacando como un ejemplo de valentía y de honor. No tardó en convertirse en centurión. Era un líder, sin duda.
Su fama se extendió por toda Jerusalén, pero también el odio hacia él como símbolo del poder de Roma. Un día, su centuria fue reclamada por la guardia de Herodes, para ayudar a sofocar una pequeña insurrección, que acabó siendo una emboscada en la que miles de rebeldes se lanzaron sobre los valientes romanos, ante la permisividad de la guardia local. Manuel podía haber huido, pero sus principios le impedían abandonar a uno solo de sus soldados. Defendió con honor, hasta el final, a sus hombres y a su patria. Rehén de los insurrectos, estos pretendían chantajear al delegado del Emperador en Judea para que los romanos abandonasen aquella región. Sin embargo, Manuel aprovechó un pequeño despiste de sus guardianes para darse muerte con un puñal que había conseguido arrebatar a uno de ellos. Al día siguiente, su cuerpo apareció colgado en una cruz a las afueras de Jerusalén.
Tres días después de su muerte, su espíritu se apareció a aquellos de sus hombres que habían sobrevivido a la emboscada. Les hizo jurar que nunca olvidarían la ofensa de los rebeldes de Judea y que los perseguirían hasta que no quedase uno con vida, sin cuartel. Desde entonces, los legionarios son el azote de todos los rebeldes del mundo. Por Dios y por la Patria. Y por Manuel, el legionario.

Estas fueron las palabras de Saulo de Tarso, y ahora las mías, mi evangelio. Nuestro Mesías no era un hombre de paz, Lucilio. Jesús, es decir, Manuel, era un hombre de justicia. Ojo por ojo y diente por diente. La historia desvirtuó su mensaje porque a ciertos poderes no les interesaba, era más fácil controlar a sus fieles si estos creían en una doctrina de paz. El problema, querido amigo, es que no puedo proclamar esta verdad sin poner en peligro mi vida. Esa es mi desgracia y el secreto que debes guardarme. Esta será mi última carta, la que jamás deberá ver la luz. Vale (adiós).»

– ¡Joder Eduardo, esto es la bomba! ¡Dios era legionario, ni más ni menos! – el hermano supremo no ocultó su sorpresa y entusiasmo.
– ¡Y un patriota español! – apuntó, emocionado, uno de los capataces.
– ¡Y no era un rojo de mierda! – dijo otro capataz del ámbito militar.
– ¿Cómo iba a ser Dios comunista? ¡Era evidente que no podía ser así! – afirmó un eufórico Eduardo.
– ¡Tienes que publicarlo en tu periódico! – le exhortó el hermano supremo.
– Tengo una duda – interrumpió Pedro, que no parecía compartir la alegría de sus compañeros – ¿Quienes son tus investigadores? ¿No serán los mismos que la cagaron la última vez? ¡Se rieron de nosotros en toda Europa!
– ¡Me ofendes, Pedro! – contestó Eduardo, indignado – ¡Esos hombres son unos patriotas y aquello fue un accidente que no volverá a ocurrir!
– Pero el papiro es auténtico ¿Verdad? – preguntó un tanto preocupado el hermano mayor.
– Auténtico, auténtico…

– ¡Da igual! Mañana lo publicarás y nuestra maquinaria mediática lo difundirá. Si al final se descubre que no es del todo cierto ya lo taparemos como hacemos siempre.
– ¡Pero José Mari, luego los que quedamos como gilipollas somos nosotros. Tú nunca das la cara!

Pedro no se mordió la lengua. El rostro del hermano supremo reflejaba su enojo tras mencionar aquel vasallo su nombre de pila.

–  Capataz Pedro, mi función es la de organizar las acciones a ejecutar por todos los miembros de esta santa hermandad : nobles, jueces,  empresarios, políticos, militares, policías, eruditos, periodistas, matones o putas. Todos deben seguir mis órdenes y respetar mi jerarquía. No perdonaré el más leve asomo de rebeldía. ¡Ahora marcha y prepara la maquinaria mediática para expandir el mensaje del evangelio de Séneca por toda España!

El hermano supremo se levantó de la mesa y, a continuación, el resto de capataces que le secundaban se dispersaron a la búsqueda de nuevas conjuras con las que evitar que el poder de España se les fuera de las manos.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Ficción, Historia, Política, Religión, Santa Garduña

El antropófago del Gayxample

27 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

—  ¡Te has comido a mi novio!
— No es lo que parece, te lo puedo explicar.
— ¿Qué vas a explicarme? He visto cómo te lo tragabas.
— ¡Ha sido él quien ha querido que yo me lo comiera!
— ¿Pero qué dices? ¿Por qué iba a querer tal cosa?
— ¿Te tranquilizas y me dejas que te lo explique?
— Te doy un minuto, luego llamo a la policía.
— ¿Y qué le vas a decir? ¿Que un contenedor de basura se ha comido a tu novio? ¿Te das cuenta que te tomarán por loco?
— ¿Cómo es que puedes hablar?
— No lo sé. El otro día un tipo llegó corriendo y me tiró unas cuantas mierdas químicas. Me debieron sentar fatal porque desde entonces tengo la capacidad del raciocinio y la del habla.
— ¡Pero tienes vida!
— ¡Y tú también, qué raro! ¿No te das cuenta de que tú y yo estamos compuestos de materia orgánica y en nuestro interior se producen complejas reacciones químicas? 
— ¡Qué raro eres! Eres capaz de argumentar como un científico.
— No solo eso. Te puedo garantizar que soy un dios.
— ¿Un dios?
— Sí, el dios de los contenedores de la basura. Soy un ser superior sobre el resto de contenedores de este planeta.
— Hombre, visto así…
— Mira Ramón…
— ¿Cómo sabes mi nombre?
— Iván, tu novio, me lo ha dicho. Me ha pedido que te diga que desea que te unas con él en mi interior.
— ¿Me quieres comer? ¡Voy a llamar a la policía!
— ¡Detente! ¡No te voy a comer! Si tú no quieres. Yo solo te digo que Iván lo tuvo muy claro. Mi panza es inmensa, mucho más grande de lo que parece desde fuera. Allí tendréis todo lo que necesitéis. Comida, cobijo, intimidad… Y si un día lo queréis dejar, pues nada, me lo decís y tan amigos. Nadie os molestará, te lo aseguro. Vosotros no os merecéis las miradas de desprecio de esos homínidos que tienen más pelos en el culo que neuronas en el cerebro. ¿Para qué sufrir malos ratos cuando aquí podéis estar tranquilos todo el tiempo que queráis? Nadie os mirará mal, ni hablará a vuestras espaldas. Yo sé lo que es ser rechazado, en mi caso por mi olor y mi condición de recipiente de desechos.
— Odio sus cuchicheos.
— Dan asco.
— Y sus miradas impertinentes.
— Sí, son tan imbéciles que se te quedan mirando fijamente, como si fueran invisibles.
— Es una sociedad de mierda.
— Tú lo has dicho. Yo os puedo proporcionar un paréntesis de paz y vosotros llenarlo de amor.
— Nos podremos besar.
— Y coger la mano.
— Sí, sin que nadie nos insulte.
— Libres de las miradas de los necios.

— ¿Y podemos salir cuando queramos?
— Solo tenéis que pedírmelo y en un periquete estáis de vuelta.
— Pues allá voy.  Abre la boca.
— Cuidado no te hagas daño al caer dentro.
— ¡Iván! ¡Ya voy!
— ¡Ñam, ñam!

…

— ¡Al monstruo, al monstruo!
— ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?
— Te has comido a ese chico! ¡Voy a llamar a la policía!
— ¡Tiene una explicación! Dame solo un minuto y te lo explico. ¿Te he dicho ya que soy un dios?

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor, Religión, Social

El clérigo

29 mayo, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Cuando oyeron el sonido de los cascos, el equino ya estaba muy próximo a ellos. Ninguno de aquellos tres agresores se había percatado de su presencia, seguramente porque estaban demasiado concentrados en patear a su víctima, que intentaba desde el suelo protegerse de las patadas. El poderoso caballo negro azabache se detuvo a una distancia prudencial.

– ¿Qué os ha hecho este hombre?

La voz del gigante era grave y poderosa. Su presencia era imponente. Bajo su coraza abollada se adivinaban unos músculos poderosos y curtidos en mil batallas. El forastero se acomodó sobre su montura, asiendo con una mano las riendas y la otra apoyada en el pomo de la silla, el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante.

– Sigue tu camino, extranjero. Aquí no hay nada que ver.

El portavoz de los bandidos no consiguió darle a su voz un tono tan decidido como esperaba. Una cosa es apalear a un hombre indefenso y otra es tener que preocuparse por la intervención de un guerrero entrometido al que no se espera por aquellos lares.

– Dejadle marchar.
– Te he dicho que no te metas donde no te llaman – esta vez, la voz del bandido sonó más dura, pero insuficiente.
– He dicho que le dejéis marchar.

Ya no hubo más palabras. El bandido echó mano a la empuñadura de su espada, pero ni siquiera pudo desenvainar la hoja. Ninguno de ellos descubrió antes de morir de dónde había sacado las dagas tan rápidamente aquel extraño. Dos hojas, una para el cuello del pretérito portavoz y otra para el entrecejo del que se encontraba más cerca del guerrero. Este, para hacer frente a su tercer contendiente, descabalgó de salto felino, cayendo sobre su enemigo, que tampoco había tenido tiempo de desenvainar. El gigante le rompió la cabeza después de un par de golpes contra el suelo. Subió de nuevo al caballo y continuó su camino. El hombre apaleado le seguía unos pasos por detrás, caminando.

– Te doy gracias Señor por salvar a tu miserable siervo.

El guerrero lo miró con desprecio. Debió darse cuenta antes, aquel hábito marrón solo podía pertenecer a un clérigo de Mitra.

– Ni soy tu señor ni tú eres mi siervo.
– No me refería a ti, bárbaro.
– ¿No? Entonces, ¿a quién le agradeces que estos tres no te hayan matado a golpes?
– A mi Dios, al único Dios al que debemos servir todos los hombres y mujeres del mundo.
– ¿Él te ha salvado?
– Evidentemente.
– ¿Y yo qué?
– Tú has sido su brazo ejecutor. La Divina Providencia te ha traído en mi socorro.
– ¿De qué hablas, monje? Da igual, sigue tu camino y agradécele tu suerte a quien te dé la gana.
– ¿Dónde vas, bárbaro?
– A un lugar llamado “A ti no te importa”.
– Creo que estás equivocado. Dios no te ha traído hasta aquí para que ahora tú sigas un camino y yo vaya por otro. Evidentemente, él quiere que vayamos juntos.
– ¿A cambio de qué?
– Te parece poco salvar tu alma.
– No quiero salvar algo que no tengo.
– Todos tenemos alma, ignorante.
– Te estás ganando una buena raja en el cuello, imbécil.
– No te temo. Solo me postro ante Mitra. Y tú deberías hacer lo mismo. Te enseñaré a amarle y servirle. Así te ganarás la entrada al paraíso.
– No me interesa un dios que necesita siervos. El mío es más natural, te deja en paz para que vivas o mueras por tus propios méritos. Yo no le debo nada a mi dios y él tampoco me debe nada a mí. Es un trato justo. Así deberían ser las relaciones entre dioses y humanos.
– Tu dios no es más que la fantasía de un pueblo bárbaro. Mitra es real.
– ¿Lo has visto?
– Lo veo cada día en la naturaleza, en el sol que sale cada mañana, en los actos puros de los seres bondadosos.
– ¿Y tú cómo me ves a mi? ¿Es un acto puro matar a tres miserables para salvarte?
– Son los designios del Señor, no se pueden poner en duda.
– Entiendo. Según tú, todo lo que pasa en este mundo es decisión divina y por lo tanto no debemos preocuparnos por ello. ¿Verdad?
– Así es. Veo que no eres tan tonto.
– Pues mejor olvídate de mí. Yo decido mi destino con la hoja de mi espada.
– Me decepcionas, amigo. Es obvio que no has pensado mucho en ello. Fíjate en ese excremento de vaca al lado del camino. Tú puedes estar seguro de que no te vas a manchar con él porque no tienes intención de tocarlo o pisarlo, sin embargo, no puedes evitar que la mosca que se alimenta de ese desecho se introduzca en tu boca por un descuido tuyo. Si Mitra desea que pruebes el excremento, ten por su seguro que lo probarás, por mucho que te esfuerces en evitarlo.
– Buen intento, monje. Pero tu filosofía barata tiene un fallo.
– ¿Cuál?
– Puedo mantener la boca cerrada y convencer a la mosca para que se olvide de mí.
– ¿Y cómo vas a convencer … aaaaarg!

El monje no llegó a ver volar la daga hacia su persona. Se llevó ambas manos al cuello, intentando evitar lo inevitable. La energía vital se le escapaba a través de la herida en chorros de color púrpura. Intentó en vano arrancarse el cuchillo. Cayó de rodillas y así quedó, como si orase a un dios al que poco parecía importarle su suerte.

El guerrero descabalgó al lado del moribundo, dispuesto a recuperar su arma. Cerró bien la boca pues una docena de moscas golosas zumbaban alrededor de la herida mortal. Extrajo la daga de la herida y en ese preciso momento una repentina explosión de luz blanca le cegó. Escuchó un relincho a sus espaldas. Se giró pero no vio nada, sus ojos continuaban ciegos. Algo muy grande impactó contra el suelo con un golpe seco. “El caballo, algo le ha atacado” pensó. Tiró la daga al suelo y desenvainó su espada, dispuesto a vender cara la vida. No esperaba que la muerte llegara desde el suelo, en forma de picadura de escorpión. No lo vio, no podía, pero sintió la picadura y al momento supo que había llegado su hora. Sin embargo, antes de morir aún tuvo tiempo para sentir algo que lo aterrorizó más que la propia muerte. Su cuerpo se transformó. Notó que en su cabeza crecían con rapidez dos pesadas astas. A su vez, sus brazos y piernas se deformaban hasta convertirse en las patas de un toro. Y unas manos asieron con fuerza sus cuernos, tirando de ellos hacia atrás.

– ¡Qué lástima! Tanta fuerza, tanta vitalidad, desperdiciada por culpa de la ignorancia.

El guerrero, ciego, hubiese jurado que era la voz del clérigo muerto la que le hablaba. Mientras su cuello cedía a la fuerza de unas manos poderosas e invisibles, él intentaba convencerse de que todo eso no podía ser más que una pesadilla, que pronto despertaría en algún lupanar de Shadizar en compañía de un par de bellas rameras. Todo acabó cuando oyó el “crac”.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Religión

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