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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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muerte

El vividor

13 junio, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

Di con él en el lugar donde sabía que lo encontraría, en el chiringuito de su playa favorita de Formentera. Tocaba la guitarra mientras tomaba una jarra de cerveza, sentado en la única mesa. En toda la playa solo estábamos él y yo.
Me acerqué despacio, temiendo romper un momento mágico. En la agonía del último acorde me atreví a hablarle.

Hola Pau.
Hola.
Te preguntarás quién soy.
No, en absoluto. Te conozco desde que escucharas mi primera canción.
He venido porque tenía que decirte adiós.
¿Cómo me has encontrado?
Siempre has sido un vividor. Lo tuyo no es ponerte a dormir eternamente. Solo podías estar en dos lugares: o en esta playa o en tu rincón favorito de los Pirineos. Probé suerte primero aquí porque sabía que no dejarías pasar la oportunidad de escribir una última canción inspirándote en las olas del mar.
Te equivocas en una cosa. No será la última. Ahora, que el tiempo no existe, tengo una eternidad para crear.
¿Y qué harás con esas canciones?
Tengo pensado susurrarlas en los sueños de alguna chica con alma de compositora.
Yo te quería regalar también una canción, una que habla de ti, pero no sabía si en los sueños habría melodía.
Claro que la hay, pero depende de tu imaginación. Venga, cántamela y yo te sigo con la guitarra.

Al callar me di cuenta de que las olas habían desaparecido de aquella playa de fantasía. Pau había ido dando sorbos a su cerveza, pero la jarra seguía llena. Se había dejado el pelo más largo, de nuevo llevaba coleta. La barba la tenía más arreglada y volvía a tener el físico pletórico de antes de la enfermedad. Me miraba esperando a que me arrancara a cantar. Pensé en sus canciones, en aquellas no tan conocidas pero que más me marcaron: Corazón, Perro apaleao, Dos días en la vida, Vivo en un saco, Avisa a tu madre, Grita, Tiempo, Adiós …. Tantas y tantas canciones fuera del repertorio más comercial.

Y empecé a cantar, y al momento su guitarra me dio una melodía que no podré recordar, porque los sueños humo son.

Puede que creas que ganaste
Puede que creas que perdí
Pero hay una cosa solo cierta
Que nunca dejé de vivir.
Algunos nacen derrotados
Pidiendo ya la rendición
No será ese mi caso
No verás mi sumisión.
Sí, ya sé que llegará
el esperado momento final
pero siempre encontraré
cuando me vayas a atrapar
una manera de escapar
y otra vez, volverá el juego a comenzar.
Puede que seas invencible
y yo solo un simple mortal
la verdad es que solo existes
si yo me dejo dominar.
Soy tu misión imposible
a mi nunca vencerás
porque solo creo en la vida
en el amor y la amistad.
Sí, ya sé que llegará
el esperado momento final
pero siempre encontraré
cuando me vayas a atrapar
una manera de escapar
y otra vez, volverá el juego a comenzar.
Y es que la vida es un juego
que hemos venido a jugar
no entiendo que se pierda el tiempo
pensando en lo que no ha de pasar.
No me verás compadeciendo
lo que pudo ser y no será
la vida es este momento
me subí en marcha a toda velocidad.
Sí, ya sé que llegará
el esperado momento final
pero siempre encontraré
cuando me vayas a atrapar
una manera de escapar
y otra vez, volverá el juego a comenzar.
Y si quieres que abandone
esta vida que es mi hogar
a patadas vieja amiga
me tendrás que desalojar.
Y quizás en el momento
de mi último suspiro
encuentre aún algo de aliento
para decir Yo no me rindo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Jarabe de Palo, muerte, Pau Donés

La variable

4 abril, 2019 by JAP Vidal 6 comentarios

«He aquí tu regalo, Pandora. Este don te dará el poder, mas cuando lo abras empezará tu final.»

10
El día que mi vida tocó fondo por primera vez no llovía. Era un día primaveral, soleado y agradable. Tal incoherencia me hizo ser consciente de que, a pesar del duro golpe que acababa de recibir, en el fondo, aquellos desgraciados me hacían un favor. Necesitaba un cambio, un estímulo que me devolviera la sensación de ser un profesional válido. «¿Por qué no desarrollas una app?», me aconsejó un amigo. Él entendía que ese ejercicio podría darme aquello que echaba tanto en falta: motivación, auto-aprendizaje y la satisfacción de crear un producto totalmente mío. Hacía mucho tiempo que había dejado de programar, desde que con mi ascenso me había acostumbrado a ser parte de una maquinaria de la que finalmente yo también fui víctima. La idea de mi amigo me pareció interesante y me puse manos a la obra. Lo primero era pensar en algo original y excitante. ¿Original? Imposible. Pero siempre podía hacer algo mejor que lo que se había implementado hasta el momento.

9
Después de mucho pensar e investigar, un día encontré la respuesta en la barra de una cafetería. Una anciana, de aspecto cándido, hizo un comentario en voz alta justo a mi lado. «Pobre diablo, toda la vida ahorrando y se muere de repente». Observé que la mujer estaba leyendo la sección necrológica. Se giró y me miró a la cara. «Hijo, lo que daría la gente por saber lo que va a durar en este mundo». ¡Eureka! ¡Al momento supe que esa sería mi gran idea! Iba a hacer una app que vaticinaría el momento de la muerte. Con esa aplicación, la gente podría prepararse para el momento fatal, saber si le sería necesario un plan de pensiones, ahorrar, tener hijos, no esperar más a hacer ese viaje que siempre deseó realizar o hacer el amor como si no hubiera un mañana…porque realmente no lo iba a haber.

8
Salí de la cafetería corriendo, tras pagar mi café y el de la anciana de aspecto cándido, que se despidió de mí con una sonrisa bondadosa y un beso inocente. En mi mente comenzaba a gestar los detalles de mi nuevo trabajo: En primer lugar escogí un nombre, «Decesus», un latinajo que significa muerte y que encontré muy apropiado y con gancho. Luego pensé que debería ser una aplicación fácil de desarrollar: un formulario sobre salud, otro sobre hábitos de vida, y un último formulario que preguntara sobre la longevidad y causa de muerte de los familiares más próximos. Los resultados los añadiría en una fórmula secreta que descifraría la cifra de años que esa persona viviría. Por supuesto, no pretendía dar una fecha exacta de expiración, eso era un punto que debía recalcar en la pantalla de inicio, que quedase claro. Simplemente se trataba de una aproximación definida por todas las variables de salud, hábitos de vida y genética introducidas. La fórmula que combinaría todos esos datos la encontré buscando por internet en páginas de salud, tampoco me maté mucho, lo confieso. Y por esa razón, me salió una chapuza. Un juego al que el usuario acudía cuando se aburría del Candy Crush.

7
Fue un desastre. Poco más de veinte descargas el primer mes. No hacía más de lo que ya hacían una docena más de aplicaciones que podías encontrar gratis en Google Play. A mi aplicación le faltaba algo y no sabía el qué. Fue la misma anciana, de nuevo en aquella cafetería, quien me mostró la clave del éxito cuando yo ya estaba a punto de tirar la toalla. De nuevo estaba leyendo la página de decesos y, como en la ocasión anterior, realizó un comentario que me activó. «¡Qué lástima! Por mucho que uno se cuide, por mucho cuidado que tenga, nunca estará del todo seguro. Siempre habrá algo que se le escape y le mande al hoyo». Ese «algo», pensé de repente, ha de ser la Variable que mide nuestra suerte, que define nuestra capacidad para esquivar la adversidad, o para caer a las primeras de cambio aunque tengamos la salud de un toro. ¿Pero cómo medir esa Variable? Ese era el quid de la cuestión. Si conseguía descubrir cómo calcular el valor de esa variable me haría de oro…y muy poderoso. Y entonces me pasó algo muy curioso. La anciana me miró, como aquel otro día, y me dijo «Hijo, solo las Moiras conocen lo que nos depara el Destino a cada uno de nosotros. Solo ellas saben cuánto duraremos en este mundo». Lo comprendí al momento. Mi fórmula no servía para una mierda. Nuestro destino, nuestra vida, nuestra muerte, dependían de una única Variable, una especie de Lotería. Y yo me lo iba a jugar el todo por el todo. Salí escopeteado de la cafetería, ni siquiera recuerdo si en esta ocasión llegué a pagar mi café. Actualicé la fórmula de la app y volví a subirla a los diferentes Stores. Simplifiqué la aplicación a una Variable sin un valor informado. Por alguna razón incompresible yo sabía que su valor concreto para cada usuario se mostraría sin necesidad de que yo me preocupase de calcularlo.

6
Durante días busqué con ansiedad indicios en los diarios digitales de todo el mundo. Un par de semanas después de mi actualización, encontré un comentario en un diario de Alemania: «Mi marido estaba muy nervioso porque una app le había avisado que moriría esta noche pasada. Estuvo horas sin dormir pero al final se durmió. Y ya no despertó». Busqué la forma de ponerme en contacto con la viuda de aquel hombre. Lo conseguí, y confirmó lo que pensaba. Aquella app era la mía.

5
Puse la maquinaria mediática a funcionar: redes sociales, comentarios en diarios digitales, llamadas a radios y televisiones. Con mi ayuda, una noticia tan morbosa como esa no tardó en hacerse viral. En pocos días, mi app comenzó a descargarse por millares. Las ofertas publicitarias me llegaban a cientos. El proyecto tuvo un éxito rotundo y adquirió dimensiones extraordinarias.

4
Sin embargo, la fama no tardó en comportarme problemas. La policía vino a verme varias veces, sospechando que yo pudiera estar detrás de alguna de las muertes que mi app había vaticinado con exactitud. Intentaron implicarme en aquellos casos, pero no tenían pruebas, por lo que se contentaron con vigilarme las 24 horas. Por otra parte, grandes compañías de seguros y bancos trataron por todos los medios de convencerme para que les vendiera la aplicación. Para ellos era de vital importancia controlar un elemento que se escapaba de su comprensión y que suponía un gran riesgo para su negocio. No poseerlo les dejaba en una situación de gran fragilidad. Poseerlo significaba el poder absoluto. Primero me ofrecieron migajas, creyendo que trataban con un pelele. Después subieron sus ofertas hasta cifras astronómicas. Al ver que no cedía, llegaron las amenazas a mi vida. Sin embargo, yo también utilizaba mi propia aplicación y sabía que aún tardaría en llegar mi momento.

3
Por desgracia, cuando la situación no podía ser mejor, de repente dio un vuelco. A alguien le dio por llegar a su trabajo con un rifle y comenzar a pegar tiros a sus compañeros. La policía lo redujo acribillándole a balazos. En su casa encontraron una nota en la que decía que le quedaba una hora antes de morir y la frustración y rabia por toda una vida perdida le llevaba a vengarse de la gente que él había considerado que le habían amargado la existencia. Los familiares de las víctimas me acusaron de haber provocado la reacción psicópata de aquel loco. Tuve que acudir a los mejores abogados para conseguir frenar aquella amenaza. Pero la campaña mediática ya había empezado. Los bancos y las aseguradoras se dieron cuenta de que era el momento perfecto para hundirme. Y a fe que lo consiguieron. Invirtieron mucho dinero en difundir el mensaje de que mi aplicación no adivinaba la fecha de la muerte del usuario, si no que la provocaba y por eso acertaba siempre. Según los medios a sueldo, yo era el culpable de las muertes que vaticinaba. Consiguieron que la aplicación fuera expulsada de todos los app stores oficiales, me quedé sin contratos publicitarios, me cayeron miles de demandas judiciales. Mi economía se hundió a la vez que se hundían mi aplicación y mi propia imagen.

2
De nuevo he tocado fondo. Esta mañana he desafiado la lluvia torrencial para regresar a la cafetería. Como esperaba, allí estaba la anciana. Me ha sonreído al verme. Le he explicado mis problemas y ella me ha escuchado mientras leía las cronológicas del diario. Cuando ha terminado de leerlas me ha hecho un gesto con la mano para que pare de hablar. Me ha dicho cuatro palabras: «Tú dominas la Variable». Al momento he sabido que tenía que hacer . Mi aplicación había caído en desgracia, pero millones de personas seguían consultándola a diario y, aunque ya no se podía descargar, muy pocos la habían borrado de sus dispositivos. El morbo es la mayor droga del ser humano. Le he pagado de nuevo el café a la anciana y ella me lo ha agradecido otra vez con un beso muy tierno. Pero antes de alejar su boca de mi mejilla me ha susurrado algo que ha helado mi sangre: «¿Recuerdas cuando te suplicaban una explicación, impotentes, con los ojos encharcados? ¿Recuerdas la sensación de poder? Haz el trabajo que siempre se te dio tan bien, despáchalos a todos y tendrás un lugar a mi lado. Nos volveremos a ver pronto».

1
Esta vez he salido de la cafetería sin prisas, con todo el tiempo del mundo para llegar a casa, conectar mi computadora y modificar la Variable con un valor definido para todos los usuarios de la aplicación, incluido yo mismo: 10 segundos. 

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Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, muerte, Tecnología

A través de la ventana

31 octubre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Sé que es una pesadilla. Ha de serlo, porque solo si así lo pienso podré mantener la cordura hasta que me despierte con la primera luz del sol. Mientras tanto, no me queda más remedio que seguir mirando a través de esta ventana que me enfrenta a mis más terribles miedos. Primero fue la muerte de una mascota cariñosa y fiel. Después la pesadilla me obligó a presenciar la terrible muerte de una mujer buena, madre de dos pequeños que aún preguntan por ella cada día. Y luego siguieron otras escenas más, todas partiendo desde el ciprés de la colina de enfrente. Es sorprendente lo vívido que puede ser el dolor de estómago que el terror onírico provoca. Tan real como su banda sonora. Fuera se oye el viento ulular, cruel y frío. Mientras en el cálido interior, en algún lugar de esta estancia oscura, hay un reproductor de música que repite en cada escena la misma canción de Tom Waits, con su voz profunda arrastrando posos de nicotina y café en cada sílaba pronunciada. Y otra vez, la canción empieza de nuevo ¿Qué sucederá ahora?

“I’d sell your heart to the junkman, baby, for a buck, for a buck” (vendería tu corazón al chatarrero, cariño, por un dolar, por un dólar). A través del cristal de la ventana, entre las decenas de manchas que dejan las gotas de barro que caen desde un cielo marrón como las heces descompuestas, veo una niña de pie junto al ciprés.

“If you’re looking for someone to pull you out of that ditch You’re out of luck, you’re out of luck” (Si estás buscando alguien que te saque de la zanja no estás de suerte). La niña, como antes los otros, desciende la colina y se acerca. Esta criatura me trae a la memoria ese icono del cine de terror, aquella inocente niña en camisón, corrompida por el espíritu de un demonio que la posee.

“The ship is sinking,the ship is sinking, the ship is sinking, there’s leak, there’s leak, in the boiler room” (El barco se hunde, hay una fuga en la sala de calderas). Podría reconocer la cara de la niña si no fuese porque ya no es una niña, ahora es una adolescente, no, una mujer hermosa que envejece nota a nota, con cada letra pronunciada por la voz atormentada de Waits. Mientras camina, alarga la mano hacia mí ¿Me pide ayuda?

“God’s away, God’s away, God’s away on Business. Business. God’s away, God’s away, God’s away on Business. Business” (Dios está ausente). La anciana cae de rodillas junto a la ventana. En un último esfuerzo, alza una mano con la que toca el frío vidrio. Intento enlazar su mano con la mía a través del cristal. Pero su brazo se desliza poco a poco hacia abajo. Allá donde su mano se posa, el cristal se enfría como el hielo, como la muerte ¿Será que lo que hay al otro lado del cristal no tiene vida? Quizás tampoco la haya en esta
oscura habitación, cálida como el infierno.

“Digging up the dead with a shovel and a pick it’s a job, it’s a job “ (Desenterrar el muerto con una pala y un pico es un trabajo) Su mano acaba por perderse por debajo de la ventana. Lo único que queda de la niña, la adolescente, la mujer, la anciana, es el rastro sucio, marrón, que ha dejado su mano deslizándose sobre el vidrio mojado. ¿Cómo la podría haber salvado si estoy aquí dentro, en mi propio mundo de cuatro paredes? No tengo más opción que sufrir la tortura de observar a través del cristal como el resto de las vidas que me acompañan se marchitan y acaban hundidas en el barro ante mis ojos.

“I narrow my eyes like a coin slot baby. Let her ring, let her ring. God’s away, God’s away, God’s away on Business.” (Estrecho mis ojos como una ranura para monedas. Deja que suene. Dios está ausente) Espero despertar pronto. Ya. Porque cada segundo que pasa me entra más la duda. ¿Y si esta no es una pesadilla cualquiera? La primavera llena todo de vida, el verano nos hace creer que seremos eternos. Sin embargo, el otoño nos avisa de que el invierno se acerca, de que igual que caen las hojas caeremos nosotros. Puede que yo ya haya caído y esta sea una pesadilla de difunto.

Publicado en: Castellano Etiquetado como: Castellano, Fantasia, Fantasía Oscura, muerte

La bala que no oiga llegar

4 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

«Allahu akbar» Mientras grito la takbir, me dispongo a abandonar este mundo como un mártir. En el mismo momento en el que oigo los disparos siento decenas de zarpazos de dolor sobre mi cuerpo. No me da tiempo ni de cerrar los ojos. Quizás, de haberlo hecho, podría volverlos a abrir en la Yanna, rodeado por un grupo de huríes sonrientes y dispuestas a servirme eternamente.

Sin embargo, no los he cerrado, y en una fracción de segundo paso de estar agonizante, entre unos viñedos, a regresar a las Ramblas. Pero no son las Ramblas. Todo ha cambiado. No hay colores, es un mundo en blanco y negro…y vacío, a excepción de un niño agarrado a su osito de peluche y que llora en medio del paseo, a unos cien metros de distancia. Los dos somos las únicas notas discordantes de color en este escenario monocromático. Los gemidos del pequeño rompen el silencio sepulcral de este lugar siempre tan concurrido. Ni siquiera corre una gota de aire. Puede que esté soñando con que me he introducido en la escena de una foto antigua.

Camino hasta el pequeño sin escuchar el sonido de mis zapatos. Me agacho a su lado y le pregunto dónde están sus padres. No me contesta, sigue gimiendo. Sus ojos me miran con miedo. Quiero decirle que no debe temerme, que no le voy a hacer ningún daño, pero cuando alargo el brazo el niño observa que la mano que le ofrezco está empapada de sangre que no es mía. Aún así, él acepta mi ayuda y se pone en pie. Sus lloros se van apagando poco a poco hasta que, en completo silencio, los dos continuamos cogidos de la mano en dirección a la estatua de ese descubridor que con su dedo apunta hacia la tierra de donde vendrán los que juraron acabar con los infieles.

Pienso en mi imán, Abdelbaki, en sus palabras.

«¿Qué sentido tiene tu miserable existencia si no es el de hacer cosas importantes? ¿Quién se acordará de ti si mueres como un cordero? Venimos al mundo con un objetivo, Youness. El tuyo y el mío es el de convertirnos en mártires de Alá y tener un lugar de privilegio en la Yanna.«

¿Dónde está él ahora? Espera, quizás sea esa figura oscura de ahí delante. No, no lo parece, este personaje es mucho más alto. Al acercarnos puedo distinguir que lleva un hábito negro, como si fuera un fraile, con una capucha que oculta su rostro. En su mano derecha lleva una guadaña. Nos espera justo encima de donde abandoné la furgoneta, sobre el mosaico de colores vivos, ahora blanco y negro. Puede que sea uno de los mimos de las Ramblas. Su disfraz es tan bueno que ha conseguido ponerme la piel de gallina. Al llegar a su altura, quiero pasar de largo pero interpone su guadaña en mi camino. Su voz grave y poderosa retumba por toda la rambla. No es una voz masculina, tampoco femenina. No es una voz joven, tampoco anciana.

– ¿Dónde crees que vas, Youness?
– Estoy ayudando a este niño a encontrar a sus padres.
– Él se queda aquí. Su alma no puede abandonar las Ramblas.
– ¿Por qué?
– Porque tú le mataste.
– No puede ser.

Siento como la mano del pequeño ya no me agarra, me giro hacia él para ver cómo también se ha convertido en una foto en blanco y negro que se desvanece poco a poco. Sus ojos me miran confusos, sin odio, sin miedo, solo con una pregunta en ellos: «¿Por qué?»

– No te preocupes en contestar lo que no sabes.
– Yo no quería matar niños.
– Lo hecho, hecho está. Al fin y al cabo, dentro de cien años nadie se acordará de ti, como tampoco nadie se acuerda ya de otros asesinos que sembraron de sangre esta ciudad. No eres más que una pieza en un engranaje que nunca entenderás. Ni siquiera eres consciente de que una bala acaba de matarte.

A la Muerte le dan igual mis respuestas, mis sueños o mis ideales. A Ella solo le importa una cosa: hacer bien su trabajo. Me derrumbo sobre mis rodillas a sabiendas de que no iré a la Yanna, que jamás sentiré las caricias de las huríes. Me dispongo a desaparecer comprendiendo que mi muerte y la de mis víctimas ha sido un completo absurdo.

Mientras la guadaña cae sobre mi, me doy cuenta de que su hoja es la bala que no he oído llegar.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Absurdo, Castellano, muerte, Ramblas, Terrorismo, Yihad

Back in Black

19 julio, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

No recordaba nada más que un fogonazo. Al instante siguiente se encontraba en un camino de tierra. A lo lejos se veía una muralla tan alta que alcanzaba las nubes, que en ese punto reflejaban un color rojo intenso como el fuego, mientras que el resto de la bóveda celeste era  tan oscura como el pozo más profundo.

El hombre, con sus ropas de caza empapadas en sangre, caminó hasta llegar a la entrada de aquella enorme muralla. Quizás tardó días en alcanzarla, puede que tan solo fuera un segundo, en aquella dimensión no parecía existir el concepto tiempo. Se detuvo delante de unas puertas colosales, había un pequeño picaporte con la forma de la cabeza de una víbora. Cuando lo agarró, notó como la cabeza se movía bajo la palma de su mano, sintió el dolor repentino de una picadura. Soltó de inmediato la cabeza de la víbora y el ofidio se deslizó hasta el suelo. Donde antes había el picaporte ahora había un pequeño hueco. El hombre miró por aquel agujero y se encontró con otro ojo que le observaba a él. De pronto comenzaron a crujir los goznes de las puertas con tal estruendo que semejaban los truenos provocados por una tormenta brutal. Las puertas se abrieron de par en par y ante aquel hombre, a apenas diez metros de distancia, se alzaba una gigantesca hoguera de San Juan.

De entre el fuego apareció un hombre trajeado, con un móvil en la mano y hablando por unos auriculares bluetooth. Aquel ser era un clon de él mismo pero más joven y arrogante, el personaje triunfador que había logrado el éxito devorando a los que se cruzaban en su camino. Sin embargo, sus pupilas eran rojas como el fuego de las llamas de las que había surgido. Lucía la sonrisa de un cocainómano. Le hizo un gesto con la mano para que esperase su turno. Cuando terminó la conversación telefónica guardó el móvil y rodeó con su brazo al sorprendido huésped, animándole a acercarse a la hoguera.

– Sé bienvenido a la que será tu nueva casa.
– ¿Estoy en el infierno?
– En efecto. Pero no te debes preocupar.
– ¿No? Es que dicen que es un lugar terrible.
– ¿Te acuerdas del dolor de la picadura de la víbora de la puerta?
– Sí.
– Pues sufrirás ese dolor eternamente. Sí, es un lugar terrible. Pero mira el lado bueno, te vas a reunir con muchos amigos.
– ¿Muchos?
– ¡Y los que faltan por llegar! ¿Pero sabes qué es lo mejor?
– ¿Qué?
– Resulta que al “Jefe” le has reportado grandes beneficios. Almas de timadores, ladrones, asesinos y suicidas, principalmente . Por eso ha decidido darte un trato “preferente”.

Y ambas figuras, alma y álter ego demoníaco, se fusionaron con las llamas para siempre jamás.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Corrupción, Humor, Infierno, muerte

Inés

3 julio, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

El viejo campesino reconoció a uno de los chicos del grupo de su hija. Aquel rapaz se había hecho mayor, un hombre adulto que paseaba de la mano de su mujer y con una niña correteando por delante de ellos, recogiendo margaritas. «El tiempo pasa rápido para algunos», pensó el viejo. “¿A qué habrá venido? Hace años que no le veía por aquí.” La mayoría de los amigos de Inés habían marchado a vivir su vida lejos del pueblo; otros eran forasteros, como este del que no recordaba el nombre. Allí solo se quedó Inés, su hija. No pudo reprimir una mueca de desprecio que percibió el forastero. Si aquel hombre tenía la intención de saludarle se lo pensó mejor. Se cruzaron en silencio. El viejo sintió de nuevo un dolor oprimiéndole el pecho; algún día se lo llevaría, «ojalá pronto», pensó. Si en vez de ella hubiese sido él… Dieciséis años tenía, un ángel hermoso de ojos azules y cabellos rubios. Primero cayeron sus cabellos, al poco su belleza se marchitó y por último los ojos azules se apagaron. Al final solo quedó el ángel. Maldito cáncer. Lágrimas. Treinta años después seguía sin poder reprimirlas. Su ángel, de seguir viva, seguro que ya le habría hecho abuelo. En lugar de eso, no era más que un viejo solitario. ¿Por qué la Parca no se me llevó a mí?

Volvió sus pensamientos hacia aquel forastero. Seguro que le estaba enseñando a su mujer y a su hija el pueblo de sus abuelos. Les estaría explicando lo bien que lo pasaba allí durante las vacaciones de verano, divirtiéndose junto a sus amigos. Al viejo le pudo la curiosidad y decidió dar la vuelta y seguir a aquella familia. ¿Irían al río? ¿Al campo de fútbol? ¿Al monte? Se acercaron al camino que transcurre casi en paralelo a la carretera y que conduce a la salida del pueblo en dirección a Astorga. Caminaban hacia el cementerio. El viejo, confuso, les seguía de lejos. Cuando llegó al portón del camposanto echó una mirada dentro. Vio como la niña ponía las flores que había ido recogiendo encima de una tumba, sus padres observaban en silencio. “¿Era tu amiga?”, preguntó la pequeña. “Sí, aunque por desgracia no sé si ella jamás lo supo. Ojalá, esté donde esté, sepa que aún la tengo en mi recuerdo”. La familia se abrazó delante de la tumba, en silencio. Mientras, el viejo se alejaba del cementerio triste y al tiempo emocionado, porque su hija seguía viva en el corazón de otras personas a parte de él, a pesar de los años transcurridos. 

Aquella misma noche, aquel forastero se levantó de madrugada, no podía dormir. Tenía la garganta seca y se dirigió sigilosamente hacia la cocina por un vaso de agua, pero inconscientemente pasó de largo hasta llegar a la entrada de la casa. Nada más abrir la puerta la vio, estaba a unos cien metros, junto a la carretera, esperándole. Sin decir nada, ella se puso en marcha y él la siguió. Inés se deslizaba un par de dedos por encima del asfalto, su vestido blanco y vaporoso se extendía al viento iluminado por las farolas. Dejaron la carretera y tomaron el camino que les adentraba en la oscuridad. No tardaron en llegar al cementerio del pueblo. La segunda vez que él lo visitaba en veinticuatro horas. Ella vivía allí. La joven se sentó sobre su tumba y él se quedó de pie, a su lado.

– Pensaba que sería suficiente con las flores. – dijo él, en un susurro apenas audible para oídos humanos.

Ella negó con un delicado giro de su cabeza. Las cuencas de sus ojos eran negras, no había vida en ellos, sin embargo conservaba la belleza de su adolescencia. Sus cabellos rubios, su rostro de ángel. Tal y como se le había presentado en sueños por primera vez un par de meses antes. A raíz de aquel momento él había decidido volver al pueblo a despedirse de ella y a decirle que guardaba su recuerdo en el corazón.

– ¿Qué quieres, Inés?

Ella, lentamente y sin dejar de mirarle, cogió la mano derecha de él y la acercó hasta su pecho. Solo era un gesto simbólico pues el corazón había dejado de latir hacía mucho tiempo, pero él sabía lo que significaba. Entendía que él había sido el elegido, entre todos los demás, porque ella había amado a aquel joven que alguna vez le hizo sentirse especial. Pero nunca tuvo la oportunidad de decirle adiós. Él estaba lejos cuando ella enfermó y finalmente murió. Jamás se dieron un beso de despedida.

El hombre se levantó y cogió la pala que alguien había dejado casualmente junto la tumba. Cavó olvidándose del tiempo, de su familia, de todo. Debía complacer el último deseo de Inés. Cuando el féretro, medio desecho, quedó a la vista, él lo abrió. Allí estaban sus restos. Vio su calavera descarnada y  acercó sus labios hasta el lugar donde una vez habían estado los de Inés. Rozó su sonrisa, aún joven y completa, y la besó. En ese momento sintió que el frío hueso se convertía en sendos labios cálidos y carnosos que también le besaban a él. Abrió los ojos y delante suyo comprobó que ella le miraba de nuevo con aquellos ojos azules llenos de vida. Ese beso rompía una espera de treinta años. Ahora, Inés por fin podría descansar en paz.

Al llegar el alba, él se despertó sentado a la puerta de su casa, entumecido por el frío de la madrugada. Después de aquel beso no recordaba nada más. Sin embargo, su pijama estaba manchado de tierra y en su mano aguantaba el tallo de una margarita.

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El rincón más oscuro

22 mayo, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

 

– Te pondrás bien.

Ella no contestó, permaneció con los ojos cerrados mientras su marido, su compañero, la observaba con rostro turbado. “Te pondrás bien, amor mío”  insistió, con el imperioso deseo de creer en sus propias palabras. La estancia se mantiene  en penumbras, aunque siempre existe un rincón en toda habitación donde las sombras aún pueden ser más negras, cerniéndose amenazantes esperando la ocasión de cobrar vida.

Invisible, latente, la Segadora de vidas acecha desde aquel rincón opaco dispuesta a cobrarse el alma que ha venido a buscar. Las lágrimas vertidas por los ojos del hombre, el dolor marcado en el pálido semblante de la mujer, Ella no entiende de sentimientos; dolor,  amor, tristeza, nostalgia, todas ellas son palabras vacías para el ángel exterminador. Nadie sería capaz de apreciar como sus huesudas manos se alzan poco a poco, los brazos se estiran buscando la vida que envidia, que anhela devorar. Se acerca el momento.

La mujer no es consciente de esa presencia, ni siquiera se da cuenta de que ha sonado el timbre y que su marido ha ido a abrir la puerta.  Ahora las tinieblas custodian su sueño. Se oyen ruidos en el vestíbulo, algo sucede. El marido vuelve a entrar en la habitación, pero un cuchillo presiona su garganta. Detrás suyo un hombre con cara de rata le empuja hacia adentro, sujetándole de un brazo.

– ¿Quién es esta?  ¿Tu mujer?
– Está muy enferma, por favor no le hagas daño. Te daré todo lo que tenemos.
– Calla y vete sacando las joyas. Si intentas joderme la rajo.

El ladrón suelta al hombre y se acerca hasta la mujer que permanece con los ojos cerrados, ajena a lo que sucede a su alrededor, no siente nada cuando le arrancan el collar de un tirón, ni cuando le quitan el anillo de su dedo de forma violenta. El tipo rodea la cama para comprobar si ella tiene alguna pulsera en el otro brazo.

Sin aviso siente un fuerte dolor en su pecho, una mano invisible está apretando su corazón y lo exprime como si fuera un limón extrayéndole hasta su último aliento de vida. La muerte abre su puño liberando a su presa, que cae al suelo a plomo. Al oír el ruido, el marido que estaba buscando las joyas en el armario se vuelve, alcanzando a ver como una sombra regresa a las tinieblas de aquel rincón al que nunca llega la luz. La muerte vino a cobrarse una vida y su hambre ha sido  saciada… por ahora. 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, muerte, Terror

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