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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Terror

Carnival Killers

19 febrero, 2018 by JAP Vidal 1 comentario

– ¿Te apetece que vayamos a una fiesta privada?
– ¿Dónde?
– En la mansión LaLaurie.
– ¡Mon dieu! ¿Esa no es la casa de la mujer aquella que torturaba y mataba a sus esclavos?
– ¡Esa misma! Dicen que la casa está maldita ¡Menuda tontería! El caso es que unos amigos han conseguido alquilarla para dar una fiesta esta noche de Mardi Gras y estoy invitado, y por supuesto tú también como acompañante mía, claro.
– ¡Me encantaría ir!
– ¡Será toda una experiencia!

Y le besé, de nuevo. Nos habíamos conocido esa misma noche, en plena fiesta de Mardi Gras en Nueva Orleans. Fue un flechazo a primera vista. Él, Tom, un pelirrojo paliducho de Boston. Yo, una francesa de origen haitiano, o eso le expliqué. Él llevaba un disfraz de Guardia Civil español, muy exótico. Yo iba disfrazada de vampiresa, con una capa roja y negra, de seda, que remarcaba mi piel mulata.
Aprovechamos el paseo junto al río Misisipi para conocernos mejor. Tom me explicó que venía cada año para Carnaval desde que cumplió los veintiuno, y que en diez años de Mardi Gras, era la primera vez que se encaprichaba de una chica. Yo le sonreí, dando a entender que me creía tal bulo. En Boston ejercía de abogado de un bufete en el que le habían prometido que pronto le harían socio. Según él, llevaba un año divorciado, sin llegar a tener hijos. Es decir, se dibujó a él mismo como un tipo legal. Yo no iba a ser menos. En mi caso lo había dejado con mi novio, un tipo guapo pero muy posesivo, tres meses antes, poco antes de Navidad. Estaba estudiando la carrera de Medicina y ya me faltaba muy poco para terminar las prácticas.

– ¿Y tú por qué te has disfrazado de militar?- le pregunté.
– Es un uniforme de Guardia Civil.
– Eso es una especie de «Gendarmerie» española, ¿Verdad?
– Sí. Son famosos porque en los tiempos del dictador Franco abusaban de su poder, sobre todo en las zonas rurales; se dice que torturaban y mataban a los que se enfrentaban con ellos con total impugnidad.
– ¿Y por qué lo elegiste? ¿Para dar miedo?
– Porque me gusta mucho España y el verde es el color de mi ciudad, Boston.
– Espero que no me tortures y mates si te enfadas conmigo hoy.
– Te torturaré en la cama si no te portas bien.
– ¡Wow! ¡Eso suena muy sexy!
– ¿Y tú por qué vas de vampiresa?
– En realidad voy de hechicera vudú, en la capa hay unos símbolos que sirven para que los espíritus no me ataquen.
– ¿No me irás a convertir en un zombi?
– ¡Por supuesto! ¡Y haré contigo lo que quiera!

Tom me pasó el brazo izquierdo por el hombro y yo me acurruqué sobre su pecho tiernamente. Giramos por la calle Governor Nicholls en dirección sur.

– Ahí se ve la casa a donde vamos. – indicó Tom.

La mansión era muy alta en comparación con el resto de construcciones cercanas. De las más altas del barrio francés.

– ¿Sabes la historia de Madame Delphine LaLaurie, Marie?
– Algo he oído, pero seguro que tú me la puedes explicar mejor.
– Ella era un mujer de la alta sociedad de esta ciudad. Un día hubo un incendio en su casa y los bomberos encontraron varios esclavos encadenados y mutilados de forma horrible, pero además hallaron decenas de cadáveres que también habían sido descuartizados. La señora tenía la afición de descuartizar a sus esclavos. Se han dicho muchas cosas sobre las razones por las que lo hacía. Algunos dicen que lo hacía por placer, otros para pactar con el Diablo.
– ¿Pactar?
– Sí, era una mujer muy bella y le aterraba la idea de envejecer. Tuvo tres maridos, el primero español, por cierto. El caso es que huyó, dicen que a Paris, y nunca se volvió a saber de ella.
– ¡Qué horrible! ¡Sus crímenes quedaron sin castigo!
– Algunos aseguran que no, que en realidad la reina del Vudú de Nueva Orleans, consiguió vengar la muerte de su novio, uno de los esclavos asesinados por LaLaurie.
– Ojalá tengan razón.
– Por cierto, esa bruja se llamaba como tú, Marie. Marie Laveau.
– ¡Otra casualidad!
– Ya hemos llegado.

Nos dirigimos a la puerta de la mansión, que se encontraba por el lado de la casa que da a Royal Street. Nada hacía pensar que en aquella casa tan lujosa podían haber sucedido hechos tan terribles hace menos de dos siglos. Sin embargo, hasta mí llegaba el aura maligna de aquel lugar. Además, estaba segura de que los horrores no habían acabado con la desaparición de LaLaurie. Entramos en la casa y una embestida de música electrónica invadió nuestros oídos.

– ¡Ya veo que aún siguen las torturas! – bromeé.
– ¿No te gusta? ¿Quieres que nos vayamos?
– ¡No, no! ¡Seguro que vale la pena soportarlo!
– ¡Ya verás cuando aparezcan mis amigos!
– ¿Cómo alquilaron este lugar? ¡Es impresionante!
– Gracias a Nicolas Cage. Era el antiguo dueño de la casa y les ayudó a contactar con la empresa que ahora la gestiona.
– ¡Qué interesante!
– No tardarán en aparecer.
– ¿También ha venido Nicolas?
– No lo sé. Es imposible adivinarlo con todo el mundo disfrazado.

Nos encontrábamos en lo que parecía el salón principal. Allí era donde la familia Lalaurie había celebrado sus fiestas, con toda seguridad más elegantes que esta.

– Tom ¿Dónde se puede tomar algo aquí?
– Me parece que no hay barra. Es la única pega.

En aquellas fiestas de la alta sociedad de Nueva Orleans, los invitados jamás escucharían los lamentos de los esclavos tullidos, encadenados en la tercera planta.

– ¿Una fiesta sin alcohol?
– Mis amigos son un poco extraños.

La música hipnótica no podía evitar que hasta mi cerebro llegaran aquellos mismos lamentos del pasado. Estaban ahí, despiertos, la casa los retenía, los mantenía atrapados entre sus paredes.

– ¿Qué te parece si buscamos algo de beber en la cocina?
– Me parece buena idea – dijo Tom.

Cruzamos entre la multitud que abarrotaba el camino hasta la cocina.

– ¡Qué gente más rara! Todos bailan esta música igual, parece que estén en trance.
– Están en trance. ¿No te dan ganas de bailar igual que ellos? Deberías dejarte llevar.

No se me  escapó el detalle de que ellos eran blancos y ellas chicas de color como yo. No era ninguna casualidad.

– Prefiero beber algo. Estoy seca.

La cocina estaba desierta. Arrastré a Tom hasta la despensa. Estaba a oscuras pero, aún así, no me costó encontrar las botellas de ron. Cogí una, la más antigua. Tom  me miraba sorprendido.

– ¿Qué haces? – me preguntó.
– Busca un cuchillo en la cocina para romper el precinto de la botella.
– Esa botella tiene pinta de ser muy cara.
– ¡Bah! Seguro que tus amigos tienen más como esta.

Tom fue a la cocina y volvió con el cuchillo en la mano. Se detuvo a medio metro de mi cuerpo, con el cuchillo apuntando a mi vientre. Miró la hoja oscura y luego a mí, con una sonrisa en la cara. De repente, fuera de la cocina, la música se detuvo.

– ¡Queridos invitados! ¡Mi hermano Wayne y yo os queremos dar la bienvenida a nuestra fiesta!

La gente comenzó a corear un nombre. “¡John! ¡John! ¡John!”. Tom  se giró, curioso, se le notaba nervioso. La hoja del cuchillo seguía apuntando hacia mi vientre ¿Lo había hecho de manera inconsciente?

– Son mis amigos. Tenemos que ir. – dijo Tom, aún mirando hacia afuera.

Aproveché su descuido. Rompí el cuello de la botella contra la pared de la despensa. Él no me oyó, absorto como estaba en lo que sucedía fuera de la cocina. Solo se dio cuenta de que había sucedido algo malo para él cuando le clavé la botella en el cuello y de su yugular brotó un gran chorro de sangre que no paraba de manar como si de una fuente se tratase. Hizo un intento desesperado por mantenerse en pie, pero acabó resbalando con su propia sangre que manchaba todo el suelo y cayó de espaldas. El tricornio negro salió despedido, deslizándose sobre la sangre hasta la cocina, el uniforme verde se tiñó casi por completo de rojo. Sus ojos parecían estar a punto de reventar, mirando hinchados hacia un punto fijo en el techo. Antes de morir descubrió que había llegado la hora de los espíritus atormentados. El momento de su liberación, de su venganza. Fuera, en el salón, el anfitrión John Carter continuaba su discurso.

– Los dos estamos encantados de teneros un nuevo Mardi Gras con nosotros. Como cada año, nosotros ponemos la casa y vosotros la diversión. ¡Qué empiece la matanza!

Todos los hombres lanzaron un grito bestial y de entre sus disfraces sacaron cuchillos, hoces o martillos con los que golpeaban y destrozaban las caras de sus atónitas parejas, que morían sin entender nada de lo que estaba sucediendo. La sangre comenzó a esparcirse por todo el salón.

Mientras tanto, yo seguía escondida en la despensa. Cerré los ojos y abstrayéndome del aquelarre sangriento que se desarrollaba a poca distancia de mí, me puse a cantar la siguiente plegaria:

“Papa Legba ouvre baye pou mwen, Ago eh! Papa Legba Ouvre baye pou mwen, Ouvre baye pou mwen, Papa Pou mwen passe, Le’m tounnen map remesi Lwa yo! “

(“Papa Legba, Abra la puerta para mí. Papa Legba, Abra la puerta para mí.Abre la puerta, Papa, para que pueda pasar. Cuando regrese, le daré las gracias al Loa!”)

Abrí los ojos y me giré, adivinando una presencia detrás de mí. En medio de la cocina estaba Papa Legba, con su sombrero de copa.

– ¿Qué quieres Marie?
– Quiero liberar a los espíritus atormentados de esta casa.
– ¿Qué me darás a cambio?
– La sangre de este asesino.
– ¿Quién es?
– Se llamaba Tom Walton. En Boston le llaman “El leprechaun sangriento”. Ha matado a más de veinte personas y hoy quería asesinarme a mi. Yo he sido más rápida.

Papa Legba me miró con una sonrisa traviesa y me saludó inclinando la cabeza hacia delante.

– Sea tu voluntad. Abriré las puertas a los espíritus de la casa.

De repente, centenares de formas espectrales, se deslizaron desde los pisos superiores de la mansión LaLaurie hacia la parte inferior. Los asesinos, enloquecidos por el frenesí de sangre, ni siquiera se dieron cuenta de que estaban siendo atacados. Demasiado tarde sentían como una masa de hectoplasma se introducía en su interior y les hurgaba el cerebro, retorciéndoles con un dolor horrible. Incapaces de liberarse, acababan suicidándose con sus propias armas. Los hermanos Carter, John y Wayne, los anfitriones, escaparon lanzándose por la ventana del primer piso al vacío. El resto de asesinos que se habían dado cita en aquella fiesta sangrienta, homenaje a la antigua dueña de la mansión, murieron y sus espíritus ocuparon el lugar de los esclavos ahora liberados de sus cadenas.

Aún me queda mucho trabajo por hacer. De haber podido habría quemado la mansión, pero es mi sino seguir acabando periódicamente con el mal que ella atrae. El destino nos ha unido eternamente, o al menos hasta que toda la ciudad haya sido destruida. Vampiros como los hermanos Carter, psicópatas como Delphine LaLaurie o Tom Walton, la mansión de la Calle Real siempre atraerá alguna personificación del Mal que yo tendré que combatir. Porque soy Marie Laveau, la reina del vudú de La Nouvelle Orleans, la vengadora de esclavos.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, hermanos Carter, Madame LaLaurie, Mardi Grass, Marie Laveau, Nueva Orleans, Terror

El último hombre bueno

26 diciembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Al entrar en el edificio me encuentro con la señora María, intentando subir el carrito de la compra, lleno hasta los topes, por las escaleras del portal.

– Permita que le ayude.
– Eres un sol, Salva.
– ¡Uf, cómo pesa! Pero…¡Aquí lo tiene!
– Muchas gracias, joven. ¡Y feliz Navidad!
– Feliz Navidad, señora María.

Así soy yo, siempre dispuesto a ayudar a mis vecinos y a todo aquel que lo necesite. Mi mayor ilusión sería convertirme en el último hombre bueno. Como Santa Claus, que con su magia hace realidad los sueños de las personas. Quizás hoy, por fin, lo conozca. Caliento la cena en el microondas y la como mientras escucho los villancicos que suenan en una emisora de radio. Después, agarro a “Charlie” y me siento en mi mecedora delante de la puerta. ¡Sí, puede que este año aparezca!

Unas horas más tarde, en plena madrugada, se abre la puerta de casa. ¿Será él? ¡Sí, es él! ¡Después de tantos años evitándome! Me levanto y me acerco para saludarle. ¡Qué sorpresa se va a llevar el viejo!

– ¡Hola Santa!
– ¡Eh, uh, hola!
– Te estaba esperando.
– Pues aquí estoy.
– Desde hace veinte años. ¿Por qué no venías?
– ¿Por qué no dejas ese rifle?
– ¿A Charlie? Ni lo sueñes. Desnúdate.
– Soy Santa Claus.
– Y yo tu peor pesadilla.

Le doy un fuerte golpe en la cabeza con la culata. El pobre abuelo cae al suelo inconsciente. No os podéis imaginar lo que me cuesta arrastrar al viejo gordo hasta mi habitación de las torturas. Lo ato a la cama por brazos y piernas. Dejaré que se despierte para disfrutar más.

– ¿Dónde estoy?
– En mi habitación favorita.
– ¿Por qué haces esto?
– Porque cuando tú mueras me convertiré en el último hombre bueno.
– ¿El último hombre bueno?
– Me llevó años matar a todos los demás y hacer desaparecer sus cuerpos.
– ¿Cuántos has asesinado?
– No sé, muchos.
– ¿Por qué?
– Pues porque un día mis padres me dijeron que no me traerías regalos hasta que me portase bien. Los maté por decir eso, pero luego, arrepentido, me porté muy bien, y ese año seguiste sin visitarme. Y el siguiente, y el otro. Entonces pensé que, quizás, si mataba a todos los hombres buenos al final te fijarías en mí, y así ha sido. Al principio te pedía juguetes, luego deseos adultos, pero desde hace tiempo solo quiero ser tú, el más bueno de todos. Y hoy has venido a concederme ese regalo.
– En realidad no te traía nada.
– ¿Entonces por qué has venido a mi casa?
– ¿Sabes que me puedo liberar cuando quiera?
– No puedes hacerlo. Te conozco perfectamente y sé que sólo puedes usar la magia para hacer realidad los deseos que te piden.

De repente una niebla dorada envuelve al viejo durante un instante y, al desaparecer, Santa Claus está de pie delante de mi, desnudo pero libre de ataduras.

– Una mujer llamada Carla, que se ha portado muy bien, me pidió que vengara la muerte de su marido. Él era la mejor persona del mundo, según afirmaba ella en su carta. Por eso estoy aquí.
– No puede ser.
– Yo siempre cumplo los deseos de las personas buenas.
– Pero yo soy bueno, ayudo a la gente, doy limosna, voy a misa…
– Siento decirte, Salva, que no eres bueno.
– Entonces ¿Qué soy? – le grito desesperado.
– Hoy eres el regalo de Carla.

No sé de dónde ha sacado el cuchillo, me lo clava una y otra vez. Al principio duele, pero llega un momento en el que mi cerebro se abstrae del dolor y se pregunta ¿Santa Claus me tiene envidia porque soy mejor que él? ¡Sí, eso es, no soporta que yo sea más bueno que él! Y mi último pensamiento antes de desaparecer es de alegría, porque soy el último hombre bueno del mundo y él lo sabe.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Navidad, Terror

La maldición de Ramsés

20 noviembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Vagaba por un laberinto de callejones oscuros, en una noche de luna escarlata. El silencio era tal que ni tan solo alcanzaba a escuchar el sonido de mis pasos sobre los charcos de aguas putrefactas que cubrían aquel suelo inmundo. Era consciente de que me encontraba en medio de una pesadilla que no podía controlar. No me importaba, ni siquiera me preocupaba sentir de vez en cuando el roce en mis piernas de alguna rata perdida. Solo deseaba encontrar el objetivo de toda aquella aventura delirante: la puerta dorada.
Di con aquella entrada mágica justo cuando más perdido me sentía. Por eso creo que ella me encontró a mi y no al revés. Era una puerta inmensa, el doble de alta que yo y diez veces más ancha. A la altura de mi cabeza había un inmenso picaporte en forma de cabeza de dragón que, más negro que el futuro de la Humanidad, resaltaba sobre aquella superficie áurea.  Agarré el picaporte con ambas manos, su tacto era frío como los dedos de la Muerte. Lo golpeé contra la puerta y seguí sin escuchar ningún sonido, a pesar de sentir una vibración tan potente que reverberó en todo mi cuerpo, desde las manos hasta el corazón.
La puerta comenzó a abrirse. Un torrente de gritos, risas y llantos inundaron de repente mis oídos, que a punto estuvieron de reventar. No alcancé a ver al sujeto que abría la puerta. Delante mío había un pasillo enmoquetado, hediondo e infinito; a los lados puertas y puertas cerradas que jamás acababan. Del interior de aquellas habitaciones surgían los sonidos que atormentaban mi mente.
Me detuve delante de una puerta. No sé por qué escogí aquella habitación, quizás el número me pareció exótico, 666. Seguramente me escogió ella.
Abrí la puerta sin avisar. Comprendía que lo que se encontrase allí dentro, llevaba siglos esperándome. Una señora de unos sesenta años, en bata gris y con rulos en la cabeza que, sentada en un sofá viejo, observaba la tele atentamente. Sus ojos color naranja helaron mi sangre. No pareció percibir mi presencia o eso pensaba yo. Esperé unos minutos sin atreverme a molestarle, hasta que, de pronto, cogió el mando de una mesita de madera que había a su izquierda y cambió de canal. Oí mi nombre saliendo de la caja tonta. Miré y allí estaba yo, vestido de forma elegante, sonriendo y charlando con unas bellezas que me devoraban con sus miradas.

– ¿Te gusta? – me preguntó la mujer con voz ronca y vieja. Ahora me miraba fijamente con sus ojos de fuego – ¿O quizás prefieres esto?

Volvió a cambiar de canal. De nuevo aparecía yo, sentado en un trono y, hasta donde llegaba la imagen del televisor, las gentes se arrodillaban ante mí.

– No sé. Quizás seas demasiado joven para ser emperador. Puede que te guste más esto.

Ahora en el televisor me veía en lo alto de un escenario, alzando un brazo hacia la multitud, mientras miles de gargantas coreaban mi nombre. Algo debió ver la mujer en mi rostro porque sonrió satisfecha, a sabiendas de que había acertado.

– ¿Qué quieres a cambio? – quise preguntar, aunque las palabras se ahogaron dentro de mi cabeza.
– Lo típico. Tu alma cuando mueras.
– ¿Cuándo?
– No te lo puedo decir. Eso es cosa de Aaron.
– ¿Quién es Aaron?
– El cobrador de la guadaña, hace muchos siglos le llamaban Ramsés el Maldito. Es quien segará tu alma cuando llegue el momento. Él decide cuando ha llegado el momento de pagar.

No lo dudé un instante. Sabía que debía aceptar el trato si alguna vez quería ser alguien poderoso. Sin saber de dónde ni cómo, en las manos de la mujer aparecieron un miserable bolígrafo y un folio de papel impreso con tinta roja. Me los dio alargando los brazos de una manera antinatural. Leí en aquel contrato las palabras que en sueños había dictado mi alma. La letra pequeña era completamente ininteligible, no perdí el tiempo preguntando pues estaba seguro de que no me gustaría saber lo que ponía. Me decepcionó lo del bolígrafo, ¿dónde había quedado la pluma empapada en sangre? Firmé… y me desperté.

Esa misma semana, como por arte de magia, la fortuna comenzó a sonreírme. En menos de un mes conseguí ser famoso. Mi sueño se había cumplido. Sólo faltaba esperar que la pesadilla también se cumpliese. Vivía obsesionado pensando que el tal Aaron aparecería un día cualquiera de la nada y vaciaría un cargador entero en mi cabeza. Sin embargo nada sucedía, y el tal Aaron no aparecía, para mi alivio.
Pero un día descubrí algo que me heló la sangre. Leyendo un diario vi la foto de un jugador de fútbol. El titular de la noticia era el siguiente: «De nuevo se cumple la maldición de Ramsey». Seguí leyendo, «Esta semana, otra vez tras marcar un gol el jugador galés Aaron Ramsey, ha fallecido un famoso. En este caso se trata del actor…» . No necesitaba seguir leyendo. Ya sabía quién era Aaron. Desde entonces no me pierdo ninguno de los partidos que juega, apostando siempre a que no marcará gol. Si gano, gano dos veces. Si pierdo, no me importará tanto mientras pueda conservar el alma.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Futbol, Maldición, Terror

Macabro placer

13 noviembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 Al cerrar el ataúd se hundió en la oscuridad.

Quebrando el silencio, a sus oídos llegaban sonidos de un fuelle y golpes de martillo sobre un yunque. Esos ruidos, sin embargo, no eran lo que parecían. Se trataba de su propia respiración acelerada y de los latidos de su corazón desbocado. El índice de su mano izquierda acarició despacio, tembloroso pero con gran delicadeza, la areola de su siniestro seno, mientras con la mano derecha pellizcaba el pezón del diestro. Sentía una gran excitación, un macabro placer en el morboso acto de sumergirse en aquella caja de madera de caoba, con su elegante y acolchado interior de blanco satén. Desde pequeña se había sentido atraída por los ataúdes, le fascinaban de una forma que era incapaz de explicar.
A la tierna edad de seis años, intentó introducirse en el féretro de su tía Isabel. Llegó a acurrucarse al lado de aquel cuerpo, ahora rígido, que unas horas antes le había besado con sus labios ahora fríos. Alguien se acercaba silbando una canción que a ella le gustaba mucho, «Close to you», de «The Carpenters». La melodía murió de pronto al tiempo que una mano le agarraba con fuerza de su frondosa melena rubia y le sacaba a pulso del ataúd. Era su padre. Miraba a un lado y a otro para confirmar que nadie les había visto. Él jamás habló de aquella aberración y ella prefirió no provocar su furia con nuevas tentativas. Hasta que abandonó la mansión familiar. El mismo día de su emancipación, fue a comprarse un ataúd y lo hizo llevar a su nueva casa. Lo guardaba en una habitación donde solo entraba ella. Cuando necesitaba relajarse, se introducía en su sarcófago particular y se dejaba llevar por el placer sexual de imaginarse atrapada en aquel pequeño mundo eternamente. Después, ya completamente relajada, llegaba a dormirse en aquel ataúd para despertar unas horas más tarde, repleta de energía.
Y mientras excitada, pensaba todo esto en su sarcófago, su padre estaba a pocos metros, de cuerpo presente en su propio ataúd. El día antes había fallecido de un infarto de miocardio. Ya no podría impedirle que fuese ella misma. “¡Qué lástima!”, pensó. “El mismo día que se mudó a su casa, va y se muere”. Ya no le quedaba nada, se había arruinado porque alguien anónimo había hundido su empresa. ¡Qué sorpresa se llevó cuando ella le confesó ser ese personaje anónimo que había acabado con su negocio! No lo pudo soportar, su corazón petó. El sentimiento de culpa, a ella, le duró diez segundos. Al fin y al cabo, él siempre había sido débil, algo que ella despreciaba. Los débiles sólo sirven para ser el alimento de los fuertes como ella.
Sus manos continuaron bajando poco a poco, tocando ligeramente el ombligo, acariciando las caderas y deslizándose entre sus muslos. Dejó escapar un leve gemido cuando sus dedos se encontraron con la zona más sensible de su cuerpo, fue en ese momento cuando escuchó “clic”. Al instante se dio cuenta de que algo iba  mal e instintivamente impulsó sus brazos contra la tapa del ataúd, pero ésta no cedió, se mantenía cerrada por mucha fuerza que ella aplicara. ¿Qué había ocurrido? Jamás en todos esos años se había cerrado el ataúd por fuera, ¿Cómo había sido posible? Intentó levantarse y empujar con todo su cuerpo, pero no sucedió nada. Gritó, aunque sabía que sus súplicas morirían absorbidas por el perfecto acolchado del interior del féretro. Lo peor de todo es que nadie la iba a echar de menos; con la muerte de su padre ya no le quedaba ningún familiar cercano vivo y se había cogido unas vacaciones con el argumento de poder recuperar el ánimo. Tampoco tenía amigos, era un ser asocial. Cómo deseó en ese momento tener a alguien ahí fuera que se preocupara por ella, como se había preocupado el viejo.

Detuvo sus pensamientos de repente pues a sus oídos llegó un sonido del exterior, muy debilitado pero perfectamente reconocible. Alguien estaba silbando una canción que le era muy familiar, una canción de «The Carpenters».

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Erótico, Ficción, Terror

La castañera

30 octubre, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

– ¿Te apetece una papelina de castañas?
– ¡Qué romántico eres, cariño!

Hasta mi olfato había llegado el maravilloso aroma de las castañas asadas, una tentación irresistible. En un rincón de la plaza principal del barrio, escondido de las luces y del frío, se encontraba el puesto de la entrañable castañera que cada mes de noviembre nos visitaba desde que yo tenía uso de razón. Recuerdo haber llorado de pequeño al descubrir que a mediados de diciembre, su pequeño puesto era ocupado por el paje real, al que yo me negaba a entregarle mi carta para los reyes magos. Prefería dejarla en el buzón amarillo de toda la vida y que le llegase a sus Majestades por correo ordinario a dejar mis deseos en manos de aquel impostor.
La castañera reflejaba en su rostro el calor rojo que desprendía el brasero. Cuando me vio, ese rostro concentrado dibujó una amplia sonrisa. Me había reconocido al instante.

– Hola, señora María.
– ¡Hola guapo, qué alegría! ¡Te he echado mucho de menos!
– Y yo sus castañas y moniatos. ¡Y a usted también, claro!
– ¿Y esa chiquilla?
– Mi novia. Emma, te presento a la señora María, la castañera más famosa del barrio.
– ¡Hola, señora María!
– ¡Toma, guapa! Esta papelina te la regalo. A tu novio le toca pagar, que esto es un negocio y necesito ganar algo de dinero, aunque sea poca cosa.

La señora María puso cara de circunstancias, pero a los pocos segundos volvió a sonreír. Le pagué tres euros por la papelina y  otro de propina, agradecido por el regalo que había hecho a Emma. Nos alejamos del puestecito de la entrañable abuelita entre saludos, sonrisas y promesas de volver pronto a visitarla. Emma se acurrucó bajo mi brazo, protegiéndose conmigo del frío que este año había llegado tarde pero con fuerza redoblada, con ganas de recuperar el tiempo perdido.

Estuvimos unos minutos sujetando nuestras papelinas con ambas manos, calentándonos al calor que desprendían las castañas recién salidas del brasero. Emma peló la primera castaña y la introdujo en su boca. Cerró los ojos para saborear aquel pequeño manjar. Pero al momento los abrió, y en su rostro se dibujó una expresión de terror.

– ¿Qué sucede?
– ¡Dios mío!
– ¿Qué? ¡Habla, por favor!
– Al probar la castaña, con los ojos cerrados, he tenido una visión, un mal presagio.
– ¿Pero qué has visto?
– ¡Me he visto a mí misma, desnuda en una cama! ¡Degollada! ¡Muerta!
– ¡Madre mía! ¡No te preocupes, no es más que una tontería!
– ¿Una tontería, Antonio? ¡Es mi muerte la que he visto!
– ¡No es más que una ilusión! No le des importancia, cariño.
– ¡Vamos a ver a la castañera!
– ¿Por qué?
– ¡Estoy segura de que esa maldita bruja me ha lanzado un mal de ojo!
– ¿Pero qué dices? ¡Es la señora María! ¿Por qué te iba a maldecir?
– ¿Y yo qué sé? Por eso quiero preguntarle.
– Emma, por favor, déjalo estar. Esto es absurdo.

Emma no me hizo caso. Se liberó de mi mano y con paso decidido volvió a la plazoleta, a la esquina donde se situaba el pequeño puesto, que desprendía calor y bondad.

– ¿Qué llevan esas castañas, vieja? –gritó Emma, fuera de sus cabales.
– ¿Qué dices, niña?
– ¡Pregunto qué llevan tus castañas! ¿Qué les has puesto? ¿Por qué me han provocado visiones?
– No sé de qué me hablas, cariño.
– ¡Déjese de tonterías, bruja! ¡Me ha envenenado! ¿Por qué me quiere matar?
– Cariño, vámonos, estás muy nerviosa. – intenté llevarme a Emma, pero ella estaba furiosa.
– ¡Déjame! ¡Necesito saber si me ha lanzado un mal de ojo y por qué!
– Vámonos, cariño. Perdone señora María.
– No te preocupes, guapo. No pasa nada.

Arrastré a mi novia fuera de la plaza, mientras la pobre abuelita nos miraba con ojos tiernos y tristes. La envolví en un abrazo protector y me la llevé a mi casa. Ella no paraba de llorar. Al final, después de muchos sollozos, Emma se quedó dormida entre mis brazos.

Cuando desperté, sus ojos miraban al techo. Su boca estaba abierta mostrando una sonrisa exagerada por la que brotaba aún la sangre fresca. Su garganta también estaba desgarrada, tal y como ella había predicho. Parecía una muñeca inerte, destrozada. En las palmas de sus manos, abiertas, descansaban sendas castañas. Destrozado, las cogí, también las otras que yacían desparramadas por otras partes de su cuerpo, y salí de casa.

Las brasas continuaban ardiendo en el pequeño puesto de la castañera. El barrio dormía pero ella seguía allí, esperándome a mí.

– Hola abuela.
– Hola guapo – me dijo con una sonrisa llena de ternura y tristeza.
– Te traigo las castañas encantadas.
– ¡Qué lástima, cariño! ¡Ojalá algún día des con la chica indicada!
– Sí, lo sé, aquella que no tenga visiones funestas cuando pruebe tus castañas.
– No te preocupes, estoy seguro que algún día sucederá, como sucedió con tu padre, con tu abuelo, y con tu bisabuelo.
– Sí, abuela, lo sé. Sólo podré casarme con aquella mujer que las castañas acepten para que algún día pueda seguir la tradición familiar de la castañera.
– Eso mismo. Por cierto, no te olvides de traerme los trocitos del cuerpo. La grasa humana le da un aroma especial al fuego. El resto hazlo desaparecer como tú sabes.
– Sí, abuela.

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TU LIBRO

16 octubre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

No recordaba haber visto antes aquel ejemplar en las estanterías de mi biblioteca. Si mi mano nunca lo hubiese rozado, si jamás le hubiera prestado atención…

“TU LIBRO” era el título impreso en letras mayúsculas doradas sobre su oscuro lomo. Las tapas eran negras y aterciopeladas como las del Necronomicón.

Impaciente, me dispuse a leerlo de inmediato y, asombrado, confirmé que, en efecto, narraba mi vida. No podía frenar su lectura obsesiva, empujado por el deseo, no, la necesidad, de descubrir hasta dónde me llevarían sus hojas. No tardé en alcanzar el momento redundante en el cual me observaba a mi mismo digiriendo, excitado, los párrafos de aquel misterioso libro. En ese punto, la angustia y el pánico que de repente me embargaron no me dejaron continuar: tan solo me quedaban tres páginas para llegar al final. ¿Se podría explicar el resto de mi vida en tan pocos párrafos? ¿Pudiera ser que ese libro fuese mi sentencia de muerte?

He tardado varios días hasta tomar una decisión. En un principio mi pensamiento se bloqueó. Luego pensé que, si no lo terminaba, quizás, el libro no me afectaría. Al final he decidido enfrentarme cara a cara con el destino, completar la lectura y aceptar la condena que esas últimas lineas me deparen. Retomo la lectura donde la dejé.

Las dos siguientes páginas me han llevado por un fiel reflejo de lo que han sido para mí estos últimos días, mis pensamientos y temores, mis lágrimas y mis noches sin dormir.

Ya solo me queda pasar a la última de las páginas.

El sudor cae por mi frente.

Noto una leve presión en mi corazón.

Siento como los dedos de la mano se me agarrotan, a duras penas consiguen girar la hoja para que pueda leer:

 

“Continuará….”

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A puerta fría

10 julio, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

Otro día en este trabajo de mierda. 

Otra escalera de mierda con vecinos de mierda. Lo más seguro es que esté lleno de viejas sordas que ni se enteren de que suena el timbre. Y las que solo sean medio sordas me mirarán por la mirilla sin decir nada, o peor, gritando “quién es” y me tendrán diez minutos explicándoles quién soy hasta que se enteren y digan “no, no quiero nada, y la vecina de al lado tampoco, que es sorda”. Suerte que de vez en cuando algún pringado que no se entera de nada me abre como quien abre la nevera y cuando se da cuenta “¡Zas!”, contrato firmado. A ver si hay suerte con estos cabrones.

Lo primero de todo es estar atento y esperar disimuladamente a que alguien entre o salga del edificio. La experiencia me ha enseñado que si utilizo el interfono pongo en alerta a la gente y luego no me van a querer abrir la puerta de su casa. Es mejor llamar a la puerta directamente, que de la sensación de que tengo permiso para merodear por el edificio. Me quedo a un par de metros de la puerta, con la libreta en la mano, simulando que apunto algo. Sale una chica, ¡perfecto!, aprovecho a entrar, serio, sin mirar a la chica, no le doy ni las gracias, ha de parecer que reboso confianza. Cojo el ascensor y subo hasta la última planta, y luego iré bajando hasta completar todo el edificio.

En la planta más alta  solo hay dos viviendas. Pico el timbre de una de ellas, dos, tres veces seguidas. Además, para presionar un poquito, golpeo con los nudillos en la puerta “toc toc toc”, que se den prisa que uno tiene mucha faena por delante. Nadie contesta. Vuelvo a picar el timbre un par de veces y a golpear con los nudillos, “El gaaaas”. Ni puto caso. La tele está a tope, oigo a la Terelu Campos claramente. La «vieja sorda como una tapia» vive en este piso. Más vale que pase al siguiente.
Riiing, Riiiing, Toc, toc, toc. También se oye la tele, pero el sonido queda casi tapado por completo por la voz de la Terelu que sale de tele de la sorda. Oigo unos pasos, se paran delante de la puerta, noto como me miran por la mirilla. No dicen nada. La desconfiada. Vuelvo a llamar al timbre, esto las pone muy nerviosas, Riing, Riiing, y un par de Toc Toc más. Miro descaradamente a la mirilla, “El gaaaaas”.

– ¿Qué quiere? – es la voz de un hombre, vaya, me había equivocado.
– El gas, abra la puerta por favor. – le planto en la mirilla mi carnet de pega que me han hecho en la oficina y que tiene menos valor que si enseñara el carnet del Carrefour.
– Yo ya les di la lectura del contador. 
– Sí, lo sabemos – ni lo sé ni me importa-. Venimos a hacerle nuestro «plan ahorro».
– Ya, pero es que ya les di la lectura.
– No es por la lectura, necesito una factura suya para hacerle el «plan ahorro».
– ¿Para qué quiere una factura?
– Para hacerle el «plan ahorro». Abra, por favor.
– ¿Y no tienen ustedes mis facturas?
– Sí, pero le agilizamos la gestión si nos la proporciona usted.
– ¿Pero es usted del gas?
– Claro que soy del gas – vuelvo a plantarle el carnet encima de la mirilla, esta vez a mala hostia.
–  No quiero nada, váyase.
–  ¿Cómo que me vaya?, le voy a hacer ahorrar mucho dinero.
– No, váyase. Y no moleste a la vecina de al lado, que es una anciana sorda.

Lo dicho, vaya mierda de trabajo. Bajo por las escaleras y pico en la primera puerta que me encuentro. No llega ningún ruido. Riing Riing, Toc Toc Toc, El gaaaas, nada, ni Dios. El capullo de arriba ya me ha hecho perder mucho tiempo así que voy por faena y pico también al timbre del otro piso, y así me espero si alguno de los dos me abre. El gaaas. En ninguno de los dos pisos se oye nada, estoy a punto de irme cuando de repente oigo unas llaves tintinear, una cerradura gira y se abre la puerta del último piso en el que había picado. Se asoma la cara de una mujer en bata de unos setenta años, complexión fuerte, pelo blanco lleno de rulos y cara de bulldog.

– ¿Qué quiere? – no parece muy amistosa, pienso si no debería llevar bozal.
– Soy de la compañía del gas, vengo a hacerle nuestro «plan ahorro». Para ello necesito una factura reciente del gas. – le planto el carnet en todo el jeto y lo quito al medio segundo, por si acaso, que parece tener buena vista.

La mujer se esfuerza por ver el carnet, luego me mira a mí con cara de mala leche. No dice nada, me da la sensación que en cualquier momento me va a escupir o a morder. De pronto se gira y sin cerrar la puerta se interna en la casa. Entiendo que es una invitación a que le siga, así que me meto en la casa, cierro la puerta con cuidado y sigo a la mujer por el estrecho pasillo de su vivienda. Parece que se dirige al comedor. Entro en la sala y veo el cuerpo de un hombre destripado en medio de la estancia. Mi mirada se queda atrapada por los ojos abiertos del cadáver. Me comienzan a temblar las piernas y solo ruego que le vejiga no me haga una mala jugada. De pronto siento como algo afilado presiona mi nuca:

– No grites, ni te muevas, no hagas ninguna tontería o te mato. 

Sin dejar de presionarme el gaznate, la mujer se pone a buscar algo entre un montón de hojas que tiene encima de una mesa. Coge algo y me lo enseña.

– Esta es la factura que querías, ¿no?
– ¿Eh?
– ¿Que si esta es la factura que te voy a meter por el culo?
– ¿Qué quiere?, yo no he visto nada. Déjeme ir y me olvidaré del tema.
– ¿De qué tema, imbécil?
– Del cadáver.
– ¿Qué sabes tú del cadáver?
– Nada.
– Pues yo te diré algo de él. Era un puto vendedor que hace un par de meses me timó. El hijo puta se volvió a presentar aquí para volver a timarme. Se ve que se había cambiado de empresa y ahora me quería vender otra compañía telefónica. 
– Yo soy del gas.
– Tú eres otro mierda como este. Un puto timador al que le voy a dar su merecido. A éste le dije que esperase que tenía que pedirle consejo a mi hijo, jejeje. Le dejé sentarse en el sillón y me fue muy fácil cogerle por sorpresa y romperle la cabeza. Ni se enteró. Lo de sacarle los intestinos fue un ataque de mala leche que me dio. Me tenéis muy harta, panda de ladrones. Ya está bien de robar a la gente mayor, es hora de que os den vuestro merecido.
– Por favor, déjeme irme y no diré nada – noté como me meaba encima, la vejiga no había aguantado tanta presión.
– Y el mes que viene vendrás otra vez a intentar timarme, ¿no?
– No, no. Le juro que no volveré nunca por aquí.

La mujer se me acerca hasta que sus labios casi tocan mi oreja izquierda. Cuando me habla, su lengua me provoca cosquillas en el oído.

– Es tu día de suerte, te voy a dejar ir. ¿Sabes por qué?, porque eres tan mierda que lo que ha pasado aquí te da igual, tú lo único que quieres es estafar. ¡Vete fuera de mi casa antes de que me arrepienta! ¡Corre hijo puta!

Mis piernas no me responden, no comprenden que estoy libre hasta que me doy cuenta que el filo de la navaja que tenía detrás ya no me presiona. Sin mirar hacia atrás salgo de aquel comedor corriendo por el pasillo, abro la puerta y la cierro de un portazo. Bajo corriendo las escaleras con la idea de pedir ayuda. Llamo al timbre de las dos viviendas de esa planta, Riiing riiing, Toc toc toc, Riiing riiing, “Ayuda, ayuda, por favor”. Una de las puertas se abre, seguramente al ver que la persona que llama a la puerta se ha meado encima.

– Necesito su ayuda por favor. Déjeme entrar, mi vida corre peligro y necesito llamar a la policía.
– Entre y tranquilícese.

El hombre me lleva hasta su comedor. Me indica donde está el teléfono, va a la cocina y viene con un vaso de agua.

– He pensado que le vendría bien.

Yo, que ya estaba llamando a la policía, cuelgo. Bebo el agua de un trago y noto que me siento mejor, ya estoy más tranquilo.

– Gracias, es usted muy amable. Y si no es abusar de su hospitalidad…si tuviera usted la última factura del gas le podría ayudar a ahorrar con nuestro «plan ahorro».

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El vigilant de nit

29 junio, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 

«VAMPIRS ENTRE NOSALTRES?»

 

El titular de l’article crida la meva atenció. Però després d’una ullada  ràpida, em sento decebut. Simplement es tracta d’una nova obra de teatre que s’estrenarà pròximament al Paral·lel.

– Què mires?

La veu del meu cap, m’agafa de sorpresa i em sobresalto. Està darrere meu, tafanejant el meu diari.

– Res, només hi ha anuncis.
– I que esperes d’un diari gratuït?
– Doncs que sigui un diari i expliqui notícies.
– No et queixis tant i treballa una mica! Jo me’n vaig a casa.
– Molt bé, ens veiem demà al matí.
– Què vagi bé el torn de nit! Adéu.

I em quedo sol al garatge. El meu treball consisteix a vigilar els cotxes que entren i surten tota la nit. Avui, dilluns, gairebé ni un. És un treball molt avorrit, però a mi ja em va bé així. Em permet llegir, estudiar i altres coses que ara no vénen al cas, i ningú em toca els nassos per fer-ho. No, ningú em toca els nassos, però tampoc ningú m’ajudarà en cas que necessiti ajuda. Fins ara m’ha anat bastant bé però mai se sap què ens portarà la nit.

El garatge s’omple del soroll d’uns pneumàtics girant sobre el sòl de vinil. Uns focus m’enlluernen. El vehicle s’atura al costat de la meva garita, el conductor obre la porta i surt del cotxe. Vesteix casual però amb classe, marques cares. És jove, però sembla que ja hagi guanyat el seu primer milió, amb la seva melena de noi bo i modern. El gendre amb el que tots els pares somien per la seva filla, un noi «Tommy Hilfiger» en tota regla.

– Eh, amic, aparca’m el cotxe!

El paio em tira llença les claus del seu Audi A5 blanc i desapareix per la porta de sortida de vianants. Un clauer amb l’escut d’un famós club de futbol. De vegades et trobes amb imbècils com aquest, coses de l’ofici, no tot havia de ser perfecte. Aparco el cotxe del nen fatxenda i em poso a estudiar, que en un parell de dies tinc examen.

Passen un parell d’hores i se sent l’alarma d’un cotxe. Pels monitors veig que es tracta de l’Audi A5 que roman aparcat en  a la planta tres. No hi ha ningú al seu costat. De vegades, quan sona una alarma no faig cas, però avui decideixo anar a veure què passa i així, de pas, estirar les cames. Quan arribo no hi ha ningú i l’alarma ja ha deixat de sonar. Faig un cop d’ull al voltant del cotxe però no veig res estrany. Mentre torno a la garita decideixo que ja està bé d’estudiar i que puc gaudir una estona de l’últim capítol de True Blood a la meva tablet.

No han passat ni cinc minuts i la maleïda alarma torna a sonar. No hi vull anar però el meu instint m’alerta d’una presència perillosa. Torno a comprovar l’ Audi A5 de la planta tres i veig que les portes ara estan obertes, l’alarma ha tornat a emmudir. A algú li ha donat per fotre’m  la nit. Tanco les portes després de comprovar que l’interior del cotxe sembla intacte. Ara em tocarà tornar a la garita a agafar les claus del vehicle i una altra vegada refer el camí per tancar-ho. Si enxampo al graciós… I les maleïdes claus?  Les havia deixat al tauler i ara no hi són!

– Busques això?

Em giro i veig un tipus vestit de negre assegut al meu seient amb les cames damunt de la taula. Cabells engominats i negres com la seva jaqueta de cuir, porta ulleres de sol i em recorda al cantant dels U2, el Bono. Un somriure entremaliat es dibuixa al seu rostre mentre m’ensenya les claus de l’Audi. Els dits de la seva mà dreta tenen unes ungles llargues i esmolades. Ja no tinc cap dubte, aquesta serà la nit.

– Què vols? Saps que hi ha càmeres per tot arreu?
– Ja no.
– Aquí no hi ha diners.
– Ho sé.
– I què t’emportaràs? Un cotxe? L’Audi?
– No.

S’aixeca del meu seient lentament i s’acosta a mi sense treure’m  els ulls de sobre. Amb la mà esquerra, la que no porta les claus del cotxe, m’acaricia la galta, passant les seves ungles per sobre de la meva pell. Un petit pessic de dolor, noto una gota de sang baixar lentament fins al meu coll.

– Has de venir amb mi.

No intento resistir-me. Fa temps que ho esperava. Mentre caminem junts cap a la sortida del garatge, ell passa el seu braç per sobre de les meves espatlles.

– Ja saps on et porto?
– Ho imagino.
– I no et fa por?
– Sí.
– Ets un valent.
– Per tenir por?
– Precisament per això i no sortir corrent.

Segueixo caminant al seu costat fins que creuem la porta de sortida dels vianants. Sota les escales hi ha algú assegut amb les cames encreuades i els ulls ben oberts. Sembla estar drogat.

– El coneixes?
– És el imbècil de l’Audi.
– Doncs ja saps el que has de fer.

M’acosto a poc a poc. El jove em mira però no fa cap moviment, segurament està paralitzat pel terror o potser  hipnotitzat. Només uns gemecs incomprensibles s’escapen per la seva boca. És una imatge trista, no queda res en aquest home que recordi al jove triomfador i egòlatra que  unes hores abans em tractava amb menyspreu. Tinc el seu coll a uns centímetres de la meva boca, observo com l’artèria bombeja sang amb molta velocitat. M’acosto més i més. Oloro la seva por. Finalment, els meus ullals es claven amb força a la seva jugular. Noto com la carn cedeix a la pressió i la sang comença a córrer lliure. L’absorbeixo amb l’ànsia de l’assedegat, fins a l’última gota. Quan acabo, el jove ja no gemega, els seus ulls romanen oberts però apagats, sense vida. El seu cor ja no batega.

– Ara fes desaparèixer a aquest imbècil i no deixis cap prova. Ells no poden saber que existim.
– D’acord.
– Ja saps qui ets. No em donis les gràcies.

L’home de negre desapareix amb la mateixa discreció que va arribar.

Sí, ara ja sé qui sóc. He descobert per què m’agrada tant la nit i per què no suporto la llum del dia, malgrat que tampoc em fa cap mal.

I tu, quan hagis de deixar el teu cotxe en un garatge públic a la nit, vés amb compte, no et passis de llest. Perquè quan te n’adonis de qui és el vigilant, potser ja serà  massa tard.

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