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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Castellano

Metamorfosis

27 agosto, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

 

– ¡Qué asco, una cucaracha! ¡Toma pisotón!
– ¡Isabel, noooo!
– ¡No puede ser! ¡Ese bicho ha hablado! ¡Ha dicho mi nombre!
– ¡Soy yo, Gregorio!
– ¡Gre…Gregorio! ¿Eres tú, en serio?
– Sí, soy yo.
– ¿Cómo te has convertido en una cucaracha?
– Cuando te lo explique no te lo creerás.
– ¡Gregorio, estoy hablando con una cucaracha panza arriba, creo que podré creerme cualquier cosa que me cuentes!
– De acuerdo. Aquí va la terrible y sorprendente crónica de mi desgracia:

«Esta mañana, cuando me desperté, todavía rondaba por mi cabeza el último sueño de la noche que acababa de dejar atrás. Mantenía los ojos cerrados mientras mi mente proyectaba la imagen de una pantalla de ordenador. Concretando más, mi cerebro releía virtualmente la última frase de aquel correo electrónico que convertía mi sueño en pesadilla.

«En virtud de la potestad que la empresa me otorga, le informo de que ha sido usted DESPEDIDO«

Aún en plena angustia post-onírica, rebobiné mentalmente intentando descubrir cómo había llegado hasta ese momento. No sin considerable esfuerzo, alcancé a recordar que en el sueño me sentía bajo un fuerte estrés laboral, temeroso de perder el reconocimiento conseguido durante años de trabajo duro, con tareas cada vez más exigentes, más complicadas y menos agradecidas. En ese contexto hostil, de repente me entraba una llamada telefónica. Un compañero «me exigía» un favor. Los favores no se exigen, me habría gustado decirle, pero incluso en mi propio sueño me callaba por miedo a perder mi reputación tan duramente labrada. Sin embargo, esta vez al colgar, me daba cuenta de que algo había sucedido, que por mucho que quisiera sabía que jamás iba a hacer lo que se me había pedido. Ni eso ni nada más. Aunque lo desease, tanto mi cuerpo como mi cerebro se resistirían a obedecer. No recuerdo mucho más del sueño, seguramente haya dado un salto temporal, los sueños son así de caprichosos y anárquicos. Puede ser que pasasen semanas, meses o años,durante todo ese tiempo intentaba mostrar interés, disimular que seguía siendo el mismo profesional responsable. Hasta que al final, una mañana, recibía el correo electrónico de la directora de Recursos Inhumanos, y leía esa frase que lapidaba muchos años de ilusión y muchos más de frustración.

Abrí los ojos y ya no veía el mundo igual que ayer. Me sentía más pequeño, más ínfimo. Sin ningún valor para la sociedad. No me extrañó comprobar que mi cuerpo humano se había convertido en una vulgar cucaracha asquerosa, con una vida sin sentido.«

– Joder. Gregorio. Está claro lo que te ha pasado.
– ¿A qué te refieres?
– Sufres el síndrome Burnout.

– ¿Y eso qué es?
– En palabras vulgares, que has acabado tan hasta las pelotas de tu trabajo que ya te la suda todo. Vamos, que estás quemadísimo.
– Pues me temo que tienes razón.
– Tú mismo te haces la película de que te has convertido en una cucaracha.
– Cierto.
– Pero no lo eres.
– ¿Eh?
– En realidad, te sientes como una cucaracha y mientras no consigas cambiarlo, los demás te veremos igual que tú te ves a ti mismo.
– ¿Y qué puedo hacer?
– Reaccionar.
– Lo veo muy difícil.
– No creo que más que cambiar tu situación actual.
– ¿Qué quieres decir?
– Mírate, eres una cucaracha panza arriba. Si no te das la vuelta tendrás una muerte agónica. Tienes que girarte para poder seguir hacia delante.
– Ya lo he intentado y soy incapaz de hacerlo.
– ¿Por qué no pides ayuda?
– Ya lo he hecho. Pero todos los que han pasado por aquí, incluso varios conocidos, han huido de mi como si yo fuera un bicho asqueroso.
– A mi también me das grima, pero eres mi amigo. ¡Vamos allá!
– ¡Por fin!
– Y ahora, volver a transformarte depende de ti. No temas pedir ayuda. Los amigos de verdad te apoyaremos para que puedas transformarte las veces que haga falta.
– ¡Gracias! El esfuerzo de darme la vuelta me ha abierto el apetito. Voy a ver si puedo comer algo en ese bar de la esquina.
– ¡Cuidado! – gritó Isabel, demasiado tarde.

«¡Qué asco, una cucaracha! ¡Toma pisotón!». Gregorio no tuvo tiempo esta vez de reaccionar. Cuando el zapato se alzó de nuevo, Isabel contempló aterrorizada el espachurrado cuerpo de su viejo amigo contra la acera. Ya no cumplía el único requisito indispensable para la metamorfosis : estar vivo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Burnout, Castellano, Comedia, Ficción, Social

La Momia

22 agosto, 2018 by JAP Vidal 2 comentarios

La furgoneta avanzaba a toda velocidad, con los focos apagados, oculta en la oscuridad de la noche sin luna, atravesando un campo de baches etiquetado en los mapas con la categoría de carretera comarcal. Se trataba de la peor elección posible para realizar un trayecto entre el punto A  y el punto B, y por esa razón había sido el  camino y el momento escogido para la misión secreta. Nadie esperaría que aquella delicada y siniestra carga fuera transportada en secreto, con nocturnidad, por una carretera solo digna para conejos y zorros.

¿Nadie?

El conductor de aquella furgoneta sin luces, detectó demasiado tarde el remolque atravesado en medio de la carretera, justo a la salida de una curva de poca visibilidad. Ni siquiera tuvo tiempo de frenar antes del golpe. Los dos seres vivos de la cabina murieron en el acto.  El cadáver transportado no sufrió daños vitales, más bien todo lo contrario.

Un par de horas más tarde, el presidente de la nación recibe una llamada. Aunque lleva toda la noche esperándola,  se ve sorprendido por la información que le da su secretario y que le hiela la sangre. Esperaba poder descansar unos días después de colgar el teléfono, relajarse de la tensión de los últimos meses. Sin embargo, para su desasosiego, el hecho imprevisto, acaecido de madrugada en algún lugar entre el Escorial y Avila, cae como una bomba sobre su ánimo.

– Presidente, ¿sigue ahí?
– Sí, sí. ¿Se sabe quién puede haber saboteado la misión?
– Ahora mismo hay muchos sospechosos. Desde la extrema derecha a la extrema izquierda.
– Debe haber sido un chivatazo, pero ¿quién?
– Solo lo sabíamos nosotros dos y los dos agentes del CNI que han sido asesinados.
– ¿Asesinados?
– Sí, señor. A parte de las contusiones mortales del choque, ambos cadáveres tenían un impacto de bala en la frente. Sus verdugos se querían asegurar.
– ¿Se llevaron el ataúd o solo el cadáver?
– El cadáver. El féretro estaba completamente destrozado. Tampoco creo que estuviese en demasiado buen estado cuando lo sacaron de la tumba.
– Necesitamos recuperar el cuerpo antes de que se hagan eco los medios.
– Pero señor Presidente, ni siquiera sabemos quién lo ha robado. ¿Cómo vamos a saber la razón por la que lo han hecho?
– Me temo que pronto lo descubriremos. Ponga a todos sus agentes a buscar el cuerpo sin decir en ningún momento de quién se trata.
– ¿Y qué les digo?
– Dígales que buscan un objeto de culto que si cae en malas manos puede provocar una guerra civil.

No muy lejos de la residencia del presidente de la nación, en los sótanos de un museo de la capital, un centenar de personas se preparan en ese mismo momento para realizar un macabro rito ancestral. Los presentes se envuelven en capas que ocultan trajes caros, uniformes militares o sotanas clericales. No esconden sus rostros bajo capuchas, todos se conocen desde hace medio siglo o más, son los que siempre han cortado el bacalao. Sin embargo, ahora el sistema está en peligro. Sabían que esto podría suceder aunque no pensaban que tan pronto. Necesitan que su líder regrese y les guíe de nuevo por la senda correcta. Entre todos ellos, una figura se alza alta y majestuosa. Todos le conocen como el Elegido, el sucesor ungido por el Líder, que ha resultado no estar a la altura de las expectativas, a pesar de que ninguno de los presentes lo afirmará en voz alta. Este grupo de fieles se caracteriza por la mentira, el secretismo y la traición. El Elegido aguarda en silencio a que el resto de congregados abandonen los corrillos que se han formado alrededor de un altar, en medio de la estancia, en el que yace un cadáver en estado de descomposición.
El hombre hace un gesto con la mano derecha para pedir silencio, sin embargo, un famoso intelectual de origen sudamericano no se entera. El Elegido espera un poco más hasta que al final se le agota la paciencia y grita.

– ¿Por qué no te callas???? 

Ahora sí se hace el silencio. El Elegido se acerca hasta el altar y se arrodilla junto el cadáver.

– ¡Oh, gran Líder! ¡Tus fieles te ruegan humildemente que te levantes y nos guíes en estos tiempos convulsos!

El cadáver no pierde su sonrisa, obligado por el rigor mortis. No hay piel, los músculos podridos atraen la atención de las moscas  que vuelan en una danza macabra por encima de los restos sin vida.

– ¡Tapadlo con algo antes de que se lo coman las moscas!

Alguien obedece y tapa el cadáver con una bandera rojigualda adornada con un escudo preconstitucional.

– ¿Alguien sabe cómo sigue el ritual? – pregunta el heredero incapacitado, cada vez más impaciente.
– Pruebe su Excelencia de invocar al Líder con las palabras «Una, grande y libre». Es mano de santo – le aconseja un tipo con bigote invisible.
– ¡Una, grande y libre!

El cadáver se mantiene imperturbable.

– Parece que no ha funcionado – confirma un asistente de uniforme y con galones de capitán general, ni más ni menos.
– Tengo una idea – dice de repente un asistente de los de traje y corbata, con gafas y ojos de avispado. Sin duda es uno de los que corta mucho bacalao.

Se acerca al Elegido y le pone algo en las manos.

– Lea esto su Excelencia, usted que conoce el idioma.
– ¿Pero qué es?
– Algo infalible. Lo he traído como último recurso.

El Heredero comienza a leer en un idioma que pone la piel de gallina a muchos de los presentes. Algunos optan por taparse los oídos directamente.

– «Arribats en aquest moment històric, i com a president de la Generalitat, assumeixo, en presentar-los els resultats del referèndum davant del Parlament i dels nostres conciutadans, el mandat que Catalunya esdevingui un estat independent en forma de república…«

De repente, un grito de ultratumba envuelve toda la estancia. Es una voz aguda, se podría considerar hasta cómica sino fuera porque surge desde la garganta seca de una momia que no es una momia cualquiera. Es LA MOMIA.

– ¡Hijo de putaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

El cadáver se levanta de un salto y la bandera que lo cubría cae a un lado. El grito desgarrador enmudece y un silencio terrorífico invade la estancia. El ser resucitado posa sus cuencas vacías sobre cada uno de los atónitos presentes.

– ¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué me molestáis?
– Oh, Excelencia. ¡Necesitamos de ti para que corrijas el rumbo de la patria! – contesta el Elegido.
– ¡Coño! ¿Y para qué os dejé a vosotros?
– Señor, nos vigilan desde Europa, tenemos las manos atadas – añade un temeroso teniente coronel.
– ¿Y acudís a mi para que os salve el culo y os haga el trabajo sucio?

El Elegido opta por callar, avergonzado.

– Sois una panda de nenazas. ¡Vamos, decidme qué ocurre!
– Excelencia, los separatistas y los rojos quieren romper el país – afirma el del bigote invisible.
– ¿Otra vez? ¡Panda de cabrones! ¿Y por qué no los fusiláis a todos?
– Porque Europa…
– Os vigila, sí. Ya lo has dicho antes. ¡Me importa una mierda lo que piensen los demás! ¡Os voy a decir lo que vamos a hacer!
– ¡Sí, por favor! Usted ordene y nosotros obedecemos.
– En primer lugar, vais a detener a todos los cabecillas rebeldes.
– Eso lo hemos hecho ya, excelencia – afirma el Elegido.
– Muy bien. Después vais a obligar a los jueces a que sean lo más duros posibles aplicando las leyes sobre estos traidores. ¡Que se ceben!
– También lo hemos hecho.
– Vale. Luego, utilizaréis los medios de comunicación para aplaudir las acciones de estos jueces.
– Hecho.
– Bien, bien. Vamos por el buen camino. Entonces ¿Cuál es el problema con Europa?
– ¡El problema es que este inútil dejó escapar a los cabecillas separatistas!

«Este es clavado a José Antonio», piensa la Momia al observar al joven con cara de fino señorito que apunta con el dedo a un viejo con barba y cara de tontito.

– ¡No es verdad! – se defiende el de la barba, que al Líder le recuerda a un viejo amigo suyo gallego – ¡Excelencia, nadie podía pensar que iban a fugarse y que un juez alemán les daría luego la razón!
– ¿Y los jueces belgas? ¿Y los suizos? ¿Y los escoceses? ¡Media Europa protege a los separatistas y a otros indeseables! -insiste la versión 2.0 de Primo de Rivera.
– ¡Callad! Tengo la solución.  – dice la Momia – Vamos a enviar a Bélgica un montón de criminales que van a pedir asilo político argumentando que son inocentes y que se les persigue por sus ideas. Cuando los belgas se den cuenta de que se les llena el país de indeseables ya no diferenciarán entre políticos y criminales.
-¡Sólo verán prófugos! ¡Qué gran idea, Excelencia! – el finolis sacude la cabeza con satisfacción. Parece en éxtasis.
– ¡La misma que os dejé apuntada para rebajar las pretensiones de las regiones históricas, catetos!
– ¡Por supuesto! Se trata de banalizar aquello que no nos interesa que destaque. Es una estrategia muy uti….
– ¿Quién eres tú?
– ¡Excelencia, me presento! Soy el famoso y aclamado escritor Mario …
– ¡Un escritor «sudaca» que va de listillo! ¡Fuera de mi vista, desgraciado! 

Entre varios presentes – que ya le tenían ganas – se llevan a trompicones al famoso y aclamado escritor, mientras el Líder explica su plan de Reconquista a sus fieles seguidores. Pero pronto la paz se rompe. Los fieles que habían ido a «sacar la basura» entran corriendo en la sala.

– ¡Excelencia, nos han descubierto! – dice uno de los de uniforme verde caqui bajo la capa – ¡Debemos salir de aquí y ponerle a salvo!
– ¡Yo sé dónde llevar al Líder! – dice el señorito finolis.
– ¡De acuerdo, encárgate tú, Albert! – ordena el Elegido, que ha recuperado la voz de mando tras digerir la humillación pública a la que le ha expuesto el Líder.
– ¿Albert? – pregunta el Líder, mientras entre cuatro fieles lo llevan en volandas hasta la furgoneta que lo ha traído escondido hasta aquí.

El finolis se pone al volante y sale a toda leche destrozando la puerta del garaje. Está sudando copiosamente, no tiene ni idea de qué hacer con el Líder. Como siempre, ha hablado para dárselas de importante sin tener ni idea. Su compartimento está separado por una puerta del compartimento de carga. Desde allí le llegan golpes y gritos. ¿Qué le sucederá al líder? Ahora no puede parar, debe irse lejos de allí, evitar los controles del CNI. Si atrapan al líder todo se irá al garete… La puerta del compartimento de carga salta por los aires. Aparece la figura macabra del Líder que coge por el cuello al finolis, que intenta evitar que el volante se le escape.

– ¿Albert? ¿Eres catalufo?
– ¡Eh, sí! ¡Pero muy español! ¡Porque no hay catalanes ni madrileños, solo espa..
– ¡Calla soplagaitas! ¡Deja de decir tonterías!

El Líder comienza a golpear la cabeza del finolis, que al final pierde el control de la furgoneta justo a la altura de una curva peligrosa. El vehículo se sale de la carretera, da cuatro vueltas de campana y acaba panza arriba. El finolis llevaba el cinturón de seguridad, nunca hace nada sin sentirse protegido, por si acaso, eso le ha salvado aunque esté inconsciente. Sin embargo, el Líder ha salido despedido por el parabrisas, cayendo en la cuneta de la carretera. Una cuneta con memoria histórica.

– ¡Maldito catalufo! Voy a darte palos hasta que se me deshaga la mano…¿Por qué no puedo levantarme? ¿Quién me agarra?

Varias manos, surgidas de la tierra como gusanos, atrapan el cuerpo de la Momia. «Ven con nosotros. Vamos a pasarlo muy bien», le susurran las voces de los olvidados, espíritus que duermen en las cunetas de las carreteras españolas desde hace ochenta años. Cada vez más manos agarran su cadáver y lo atraen hacia ellos. Lo que hace un momento era tierra seca, ahora parecen arenas movedizas que lo engullen por completo.

Cuando el señorito finolis catalufo despierta, busca desesperado el cuerpo de su Líder. No lo encontrará, ni él ni nadie. Tampoco ningún ser vivo sabrá el sufrimiento que tendrá que padecer el Líder antes de volver a su descanso enterno en el Infierno.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Fantasía Oscura, Ficción, Política

El ente sombra

21 agosto, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Las dos de la tarde de un tórrido día de verano. Ni un ser vivo en la calle. Hasta ahora. Junto a la persiana cerrada de una librería aparece una sombra desubicada, fuera de lugar. Ocupa un espacio pequeño, de unos cinco centímetros de diámetro. No, no tan pequeño, serán quizás unos diez centímetros…¡Rectifico! De manera lenta pero constante, la oscuridad se estira y estira como si despertara de un largo sueño o se relajara tras completar un largo viaje. Si algún insensato se atreviera a pasar en este momento junto a la tienda de libros y se percatara de su presencia, podría tomarla por una extensa mancha de aceite de motor en plena acera, un ejemplo más del incivismo urbano. El sentido común le impedirá descubrir la siniestra realidad: esta mancha es una forma bidimensional, oscura e inteligente, que repta como una serpiente hacia el extremo de la acera mientras su superficie se expande en todas las direcciones. Cuando alcanza el bordillo, la sombra mide cerca de dos metros de uno a otro extremo.
La forma baja de la acera y se desliza entre las rejillas de una cloaca, fundiéndose con las tinieblas de su interior. Ahora se siente más protegida, oculta a la vista de posibles enemigos. Sin embargo. aún sigue confusa. ¿Dónde está su ejército de entes sombra? Sin él no podrá colonizar este planeta rico en recursos. Esta sombra es la mente que coordina millones de seres oscuros, cada uno de ellos capaz de dominar los sentimientos de mentes más frágiles, más sencillas, como las de ese planeta azul que les enseñó aquel niño ermitaño. ¡El niño! ¡Le engañó! Seguro que su ejército lo ha castigado como se merece. Pero eso no soluciona nada. Tiene un problema. Necesita encontrar una puerta como la que le ha traído hasta aquí, aprender cómo funciona, y entonces podrá recuperar a su ejército invencible. La sombra volverá a estar completa. Pero primero ha de alimentarse, está débil, apenas puede reptar. En este agujero no hay nada que le pueda alimentar. Sin embargo, a través de las canalizaciones detecta la presencia de un ser vivo.
La rata limpia su rostro en el sucio río subterráneo. De pronto el roedor se detiene, se estira en el suelo y comienza a llorar. Si alguien piensa que los roedores no lloran es que jamás se ha parado a pensar que son mamíferos como los seres humanos, tienen su pequeño cerebro, inteligente y sensible ¿Por qué no iban a poder llorar pequeñas lágrimas de tristeza o de miedo? Lágrimas que caen justo encima de la sombra del roedor. El pobre animal, cuando ya no le quedan más lágrimas, se lanza al gran reguero de aguas pestilentes sin hacer ningún esfuerzo por mantenerse a flote. Muere ahogada por su tristeza. La impostora sombra, por el contrario, permanece allí donde la rata descansaba, asimilando la energía que le revitaliza. Necesitará absorber la vida de muchos más animales de este tamaño antes de salir al exterior y enfrentarse con garantías de éxito a un mundo desconocido.

Días más tarde nos encontramos en un puente que atraviesa un caudaloso río que cruza la ciudad. Aquí, un mendigo se prueba el abrigo marrón claro que le ha regalado una viuda generosa. Está feliz porque este abrigo le ayudará a protegerse del duro invierno que está a punto de llegar. Solo hay un problema, que la prenda no le pega con el sombrero de fieltro y los zapatos rojos que le regalaron la semana anterior. En un principio piensa que tampoco pasa nada porque no combinen, que mientras él esté caliente poco importan las apariencias. Sin embargo, el abrigo le trae a la memoria los tiempos en que las apariencias lo eran todo para él, más importantes incluso que la familia o las amistades. Hasta que lo perdió todo. «¡Seré tonto! Con las lágrimas voy a manchar el abrigo», piensa. Se lo quita y está a punto de tirarlo al río.  Se detiene porque otro pensamiento ocupa su cabeza: «No es el abrigo lo que merece acabar en esas aguas oscuras». Se quita el sombrero y los zapatos rojos, por si alguien puede aprovecharlos, los lanza con desidia a unos metros de distancia  y se prepara para saltar al río. En ese momento, una de las dos sombras del hombre se libera de su figura para pegarse a los zapatos. El hombre parpadea como si despertara de un sueño. Mira el abrigo, luego los zapatos y sale huyendo a toda prisa del puente. Le ha salvado la vida la curiosidad del ente sombra, al que de repente se le ha ocurrido una idea.

A partir de este momento, el ente sombra oculta su oscuridad bidimensional bajo un sombrero de fieltro, un abrigo marrón con las solapas levantadas y los zapatos rojos que desvían la observación de los curiosos hacia el suelo. Siempre pegado a las paredes, deslizándose sobre ellas, buscará sin descanso la puerta que de acceso al planeta azul a su ejército oscuro. 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, cazador de lágrimas, Ficción

Mientras haya un lobo vivo

2 junio, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

«El Norte recuerda».  (Casa Stark)

Viernes, 24 de mayo de 2018. Salón del palacio de la Casa Brey.

– Señor, le traigo los diarios del día.
– Tú no eres uno de los míos, ¿verdad? 
– No, señor.
– Lo he adivinado por tu acento, no es de aquí. Eres el chico vasco que acaba de llegar ¿A qué sí?
– Así es, señor  – contesté y mi rostro reflejó una sonrisa llena de inocencia. 
– ¡Ja, ja , ja! No se le escapa una al viejo Brey. 
– Es usted muy agudo.
– ¿Y qué cuentas? ¿Estás contento con el trato que te da mi familia?
– Mucho, no tengo queja. 
– ¿Y dónde están mis consejeros? ¿No quedamos que hoy prepararíamos el viaje a Kiev de mañana?
– ¿Se va usted a Kiev?
– ¡Pues claro! Ahora que tu familia y la mía han llegado a un buen acuerdo ya puedo irme tranquilo a ver la final de la Champions. Vamos a ver qué dice el Marca al respecto.
– Le sugiero que eche un ojo antes a la Razón.
– Luego, luego. Primero quiero ver si ya tenemos el once titular para mañana.
– Por favor, mire antes la crónica política.
– ¡Joder, te he dicho que primero…! ¡Un momento! ¿Qué es esto? 
– ¿Lo ve? Ya se lo decía yo. Parece ser que la justicia ha condenado a vuestra Casa por corrupción.
– ¿Salía hoy la sentencia? No me acordaba.
– ¿No le asusta? Podría ser su fin.
– ¡Ja! ¿Con quién te crees que hablas, joven?  ¡Soy Mariano Brey! 
– Aquí dice que los Rose han pedido vuestra cabeza.
– ¡Malditos imbéciles! ¡Acabaré con ellos igual que hice con los presuntuosos lobos del Norte! ¡Llama a mis nobles! ¿Dónde narices se han metido?
– ¡Están aquí, señor! – le aseguré con énfasis.
– ¿Y qué están haciendo? ¿Contando billetes?
– ¿No los ve usted?
– ¿Pero dónde se supone que los estás viendo?

– Fíjese bien en los periódicos.
– ¿Cómo?

Mi voz se convirtió en un susurro afilado.

– ¿Los ves ahora? Todos ellos han caído y ahora tu Casa desparecerá con tu muerte. Estás solo.
– Mire usted, su familia y la mía siempre se han entendido bien. Y lo que es bueno para la familia mucho mejor para mí.
– No he venido aquí a negociar contigo.

– ¿Quién es usted?

Y en ese momento me quité la máscara. 

– ¡Es imposible! – Es lo único que pudo atinar a decir el pobre desgraciado.
– Si dejas vivo a un lobo, las ovejas nunca estarán a salvo. 

De un rápido movimiento le rajé el cuello con su apreciado Marca. La sangre comenzó a brotar de su garganta en abundancia, manchando toda la estancia. Introduje los dedos de mi mano derecha en la herida y a continuación dejé que esos mismos dedos, llenos de sangre, surcaran su rostro pálido, casi amarillo, desde la frente hasta la barba. Lo último que el viejo vio fue la sonrisa de un enemigo mortal, lo último que escuchó fue su epitafio:

– El Invierno ha llegado a la casa Brey.  

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Humor, Juego de tronos, Política

Hermes Wings

15 mayo, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

16 de mayo de 2028, 17:00 horas. En una oficina cualquiera de Barcelona.

– ¡Felicidades Sergio!
– Gracias Isabel.
– ¿Y cual es tu plan mañana? ¿Ya sabes lo que vas a hacer?
– ¿Mañana? He pensado que será un buen día para practicar deporte.
– ¡Qué buenas que están las croquetas! ¿Dónde las has comprado?
– En una tienda de reparto a domicilio. Les salen muy bien.
– Pues ha sido todo un acierto para esta fiesta. Esas tiendas tienen muy buenos productos, lástima que todas ellas exploten a sus trabajadores.
– Tienes razón.
– Disculpa, antes te he cambiado de tema. Así que, ahora que te jubilas, vas a aprovechar para hacer deporte, dices.
– Mañana mismo empiezo.
– Con la de años que llevamos trabajando juntos y ni siquiera sabía que te gustase el deporte.
– Bueno, es que hasta ahora no tenía tiempo para practicar bicicleta.
– ¡Bicicleta, qué bien! Es un deporte muy sano. Perdona pero me hace gracia imaginarte con pantalones cortos y marcando…
– ¡Qué mala eres Isabel! Cómo te aprovechas que mañana ya no seré tu jefe.
– Te echaremos de menos.
– Gracias. Pero no te preocupes que seguro que nos volveremos a ver.
– Sería genial. Matías, el nuevo jefe es un capullo y ya estamos planeando como fastidiarle. Te avisaremos para todas las celebraciones que hagamos y a él no le invitaremos. Cuando se entere se pondrá como una moto.
– Eso me lo hacíais a mí cuando me ascendieron.
– ¿En serio? No lo recuerdo ¡Si tu siempre fuiste muy bueno con nosotros!

Detrás de su sonrisa de complicidad, Sergio esconde el recuerdo muy presente en su mente del día en que Isabel se chivó al director de que él había llegado una hora tarde al trabajo. Aquel día había tenido que ir al médico y, por suerte, ya había tenido la precaución de avisar a su superior. Así había sido la vida siempre en aquella oficina, una jungla repleta de depredadores sin escrúpulos, más falsos que las auditorías que realizaban. Por fin iba a poder mandarlos a todos al carajo. En unos minutos iba a abandonar aquellas dependencias iluminadas por una luz artificial de palidez espectral y podría pasarse todo el día al aire libre, disfrutando de esa bicicleta que solo ha visitado en los últimos años para sacarle brillo.

 

 

17 de mayo de 2028, 08:00 horas. En una empresa de reparto a domicilio de Barcelona.

– ¡Buenos días, chicos! Me presento, soy Julio Greña, responsable de personal de Hermes Wings, la mejor empresa de reparto a domicilio de Barcelona. Vosotros sois, a ver si no me equivoco, Andrés, Sergio y Juan ¿Correcto? Mañana uno de vosotros será miembro de nuestra familia, una nueva ala de Hermes Wings. Tendrá este privilegio aquel que hoy complete antes este reparto de prueba. Los tres iréis a la misma empresa a entregar unos almuerzos. Es importante también que la mercancía llegue en buen estado, si no quedaréis descalificados.

Sergio observa a sus competidores. Andrés es un chico de unos veinte años, seguramente un estudiante con necesidad de un dinero extra mientras cursa la carrera que ha de garantizarle un porvenir fuera de este país sin futuro. Por el contrario, Juan parece ser un caso similar al suyo, un pensionista que necesita completar su pensión de mierda con otro sueldo, un «minijob» que debería ser de tres o cuatro horas al día pero que en la práctica se convierte en una jornada completa de ocho horas por el abuso de las empresas, que saben que tienen la sartén por el mango y el beneplácito de un sistema neoliberal perpetuado en el poder.

– Nuestra empresa, comprometida con el medio ambiente – continua su discurso promocional el señor Greña – no utiliza energías contaminantes, por eso nuestros repartidores circulan en bicicletas y patines. Podéis escoger vuestro medio de transporte, lo que os sea más cómodo. Lo innegociable es que la comida ha de llegar en perfecta presentación al cliente. ¿Tenéis alguna pregunta sobre vuestro trabajo?

– ¿Cuál es el horario de trabajo?

Es la clásica pregunta que ningún veterano se atrevería a formular. Andrés demuestra ser muy valiente o poco pillo, errores de juventud. Sergio observa la bicicleta de carreras del chico, una máquina que cuesta más dinero de lo que el chaval ganará en cinco años trabajando en esta empresa. El casco es otra maravilla, quizás más valiosa que la misma bicicleta ¿De verdad necesita este trabajo? Quizás ambas cosas son regalos de sus padres. Juan, por su parte, lleva unos patines de linea que a cualquiera que lo viese le daría por pensar que ha perdido a su nieta de diez años por el camino. Sergio, sin embargo, tiene una bicicleta de más de veinte años, poco usada pero tan mimada como esa nieta que él nunca tuvo.

– La jornada laboral es de seis horas, tres por la mañana y tres por la tarde, seis días a la semana. Por supuesto, se presupone que algunos días la jornada se puede alargar un poco según la demanda. Esos días se pide a cocineros y repartidores que sean comprensivos y hagan un esfuerzo extra.
– ¿Pero se nos pagará ese esfuerzo extra?

Andrés está tensando demasiado la cuerda. El señor Greña tuerce el gesto sin disimulo alguno. Su media melena canosa junto con su americana de color azul celeste y la camisa blanca impoluta, le dan una imagen de elegancia y soberbia.

– No son esfuerzos retribuibles. Pero no te preocupes porque son voluntarios. Si no podéis hacerlo no se os exigirá. ¿Alguna pregunta más? ¿No? Pues entonces vamos a hablar de la prueba. Tenéis que ir a esta dirección y entregar estos paquetes de comida. Son las oficinas de nuestra empresa, donde se toman los pedidos y donde también se ubica mi despacho. Preparaos porque en un par de minutos salís. El primero que llegue y entregue el pedido en perfecto estado se lleva el puesto de trabajo.

Los tres se colocan los cascos y las mochilas con los pedidos. Sergio observa a Juan, un anciano en patines. Se pregunta si él también estará tan ridículo en su bicicleta con tejanos cortos, camiseta y casco. Llega a la conclusión de que lo absurdo no son ellos, lo ridículo es que a su edad estén obligados a hacer esto para poder sobrevivir después de toda una vida trabajando.

– ¿Listos? – pregunta impaciente el señor Greña.

Todos se ponen en sus puestos. El chico, Andrés, está tocando unos mandos en su manillar.  Se da cuenta de que Sergio le mira.

– Estoy configurando el GPS de mi casco – le explica a Sergio mientras sonríe.

El viejo no dice nada, su casco es de lo más básico, solo sirve para evitar que sus sesos se desparramen por el cemento.

– ¡Ya!

Los tres aspirantes a repartidores salen a toda velocidad. Cruzan las primeras cinco calles separados a muy poca distancia, el joven un poco más adelantado a los dos ancianos. De pronto Sergio gira a la izquierda, mientras sonríe porque conoce un atajo que el GPS de Andrés no detecta. Sin embargo, Juan le ha seguido. Sergio acelera para intentar despegarse pero los patines de su adversario son tan rápidos como su bicicleta. Juan se convierte en su sombra. Diez minutos más tarde, los tres vuelven a coincidir en la recta final. Andrés los ve aparecer doscientos metros por delante de él, aprieta los dientes y lanza un sprint suicida en un intento desesperado por darles alcance. Cuando Sergio aparca la bicicleta de cualquier manera, Juan aprovecha para sacarle una pequeña ventaja sin quitarse los patines. Sin embargo, trata de subir unos cuantos escalones de manera torpe y Sergio está a punto de alcanzarle cuando, de repente, Juan cae de bruces sobre las escaleras. Es la oportunidad de Sergio, tiene vía libre para ganar. Juan no se mueve, permanece tendido boca abajo. Sergio lo adelanta, continúa directo hacia la victoria. Y se detiene. Vuelve hacia atrás y se agacha junto a Juan. En su juventud, Sergio aprendió a realizar masajes cardíacos que ahora aplica sobre su competidor. Mientras tanto, Andrés ya ha aparcado la bici y se acerca corriendo a toda velocidad a ambos ancianos. La victoria parece que al final va a ser suya. Juan despierta y Sergio respira aliviado. Andrés salta por encima de ellos pero tropieza con un pie y se estampa contra el suelo. A Sergio le ha parecido ver como Juan levantaba la pierna para entorpecer al joven. Ahora están todos en el suelo, pero Andrés es más ágil y se levanta más rápido. Corre los diez metros que le separan de la puerta, de la meta. Pulsa el timbre y aparece Julio Greña, sonriente.

– Vaya, parece que la victoria ha sido para el joven Andrés.

El chico sonríe prepotente mientras abre su bolsa y le entrega la mercancía al cliente ficticio. Al ver el estado de la comida, Julio Greña se pone serio, muy serio.

– No puedo aceptar este pedido. Ha llegado en un estado lamentable. Quedas eliminado.

Los dos ancianos se acaban de levantar del suelo, ayudándose uno al otro. Caminan hacia Julio Greña y el derrotado Andrés. Sin embargo, Juan se queda un poco por detrás, cediendo a Sergio el segundo puesto. Este le da las gracias, pero Juan le resta importancia con un gesto de su mano.

El señor Greña alarga la mano y Sergio le entrega el pedido, que no ha sufrido ningún desperfecto.

– Bienvenido a Hermes Wings, Sergio. Te deseamos una larga y productiva carrera en nuestra empresa.

Sergio no sabe si sentirse halagado o maldecir su suerte. El caso es que a partir de ahora podrá disfrutar de muchos días de deporte al aire libre.

 

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El evangelio perdido

7 mayo, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

– ¿Nos estás diciendo que has encontrado otro evangelio apócrifo?
– Otro no, hermano supremo. Se trata sin duda del Evangelio Apócrifo más importante de la Historia.

Tanto el hermano supremo como los capataces del tribunal de la «Santa Garduña» guardaron silencio durante lo que pareció una eternidad. La información que estaba a punto de revelar el «capataz» Eduardo podía ser de vital importancia para sus intereses. O quizás solo fuera la enésima bravuconada de un pseudo-periodista a sueldo.

– A ver hermano, hay miles de evangelios perdidos, de versiones sobre la vida y las enseñanzas del Mesías. La mayoría de estos evangelios desaparecieron en los primeros siglos del Cristianismo.
– Este lo encontraron mis mejores investigadores en unas dependencias romanas.
– ¿Romanas? ¿De Judea o tal vez Egipto?
– ¡Romanas de Sevilla, hermano supremo!
– ¿Qué quieres decir?
– Estaba oculto entre otros pergaminos olvidados en los archivos de la ciudad. Alguien lo había dejado allí sin saber quién lo había escrito y lo que aquel texto significaba.
– ¿Y de quién es? ¿De algún Apóstol?
– No, de Séneca.
– ¡Imposible! ¡Eso es absurdo! – Interrumpió Pedro, otro de los capataces de aquella red de personajes misteriosos y peligrosos. Sus desavenencias con el hermano Eduardo eran conocidas por el resto de capataces y el hermano supremo.
– En absoluto – apuntó Eduardo – ya habían rumores de que Séneca conocía personalmente a Saulo de Tarso, San Pablo. Pero no había pruebas. Ahora sí las hay.  

Eduardo repartió unos documentos entre los miembros del tribunal.

– ¿Qué es esto? ¿El supuesto Evangelio? – el tono de despreció en las palabras de Pedro no pasó desapercibido.
– ¿Se acuerda el hermano supremo de las famosas «Cartas a Lucilio»? – Eduardo hizo oídos sordos a la burla de su enemigo.
– Las ciento veinticuatro epístolas de Séneca a su misterioso amigo – indicó el hermano supremo.
– No se han encontrado pruebas de que Lucilio existiera, pero lo que sí se ha podido probar es la existencia de otra nueva carta, la ciento veinticinco.
– ¿Es esta? – preguntó el hermano supremo.
– Sí. Y no es una carta cualquiera. Lo que esconde este texto es de una magnitud sísmica.
– «Seneca suo Lucilio salutem…» ¿Y por qué no lo han traducido tus investigadores? – protestó Pedro.
– Lo hicieron, aquí tengo la traducción. El texto dice lo siguiente:

«Séneca saluda a su Lucilio. He dejado para el final la más importante de mis epístolas, y la más peligrosa. Guarda en el rincón más escondido de tu memoria mis palabras y a continuación quema este papiro antes de que llegue a manos de alguno de mis muchos enemigos.
Sabes bien que siempre me he caracterizado por ser una persona de convicciones firmes, recto y honesto conmigo mismo. No me ha sido fácil, incluso he de confesar que con frecuencia me he dejado llevar por la avaricia y el deseo. No soy de piedra aunque a veces lo parezca. Pero cada vez que he tropezado en el camino de la vida, me he vuelto a levantar con más fuerza gracias a mi fe cristiana.
Sí, Lucilio, soy cristiano. Todo comenzó hace unos años cuando encontré a Saulo, un personaje muy importante de la comunidad cristiana y con el que pude hablar en su visita a Roma. Él no conoció al Mesías directamente, pero me explicó cómo era en realidad, muy diferente de la imagen desvirtuada que ha llegado hasta nosotros. Lo más importante de todo, Lucilio, es que Jesús no era judío, sino que era uno de los nuestros, un militar romano. Su origen era hispano, igual que el mío. Saulo me lo contó con las siguientes palabras: 

Odiaban su uniforme. Odiaban su hombría, su pecho descubierto. Jesús el hebreo en realidad era Manuel el legionario, varón de largas patillas, mentón prominente y músculos endurecidos en mil batallas. Se granjeó poderosos enemigos, envidiosos de su bravura y desapego al miedo. Por desgracia, Manuel también tenía un gran virtud y a su vez defecto: era un hombre de principios, atado de pies y manos a un código particular de conducta que le obligaba a honrar a nuestro Dios y a la Patria por encima de su persona. Esa fue su perdición.
Su padre, un carpintero de la lejana Hispania, un tal Pepe, siempre había ido allá donde Roma necesitaba de su servicio. Estaba trabajando en la construcción de la Vía Agrippa, junto al asentamiento de Arbiun, cuando su mujer dio a luz el primer hijo de la pareja. Manuel nació en medio del frío y la lluvia con la que el Cantábrico avisaba a los romanos de que no eran bienvenidos en aquella tierra. Los várdulos, autóctonos de aquella región maldita, jamás les dieron tregua. La familia de Manuel abandonó Arbiun poco antes de que aquellos bárbaros atacaran el emplazamiento y acabaran con todos los niños romanos. Volvieron a Tarraco y desde allí decidieron cruzar el Mare Nostrum en busca de fortuna. Llegaron a Judea cuando Manuel tenía doce años. Desde pequeño, él siempre estuvo obsesionado en proteger a sus vecinos, seguramente sensibilizado por la hostilidad que había sufrido en el norte de Hispania. Por esa razón, en cuanto tuvo edad, se alistó a la legión. Pronto sus compañeros descubrieron que era un hombre especial, destacando como un ejemplo de valentía y de honor. No tardó en convertirse en centurión. Era un líder, sin duda.
Su fama se extendió por toda Jerusalén, pero también el odio hacia él como símbolo del poder de Roma. Un día, su centuria fue reclamada por la guardia de Herodes, para ayudar a sofocar una pequeña insurrección, que acabó siendo una emboscada en la que miles de rebeldes se lanzaron sobre los valientes romanos, ante la permisividad de la guardia local. Manuel podía haber huido, pero sus principios le impedían abandonar a uno solo de sus soldados. Defendió con honor, hasta el final, a sus hombres y a su patria. Rehén de los insurrectos, estos pretendían chantajear al delegado del Emperador en Judea para que los romanos abandonasen aquella región. Sin embargo, Manuel aprovechó un pequeño despiste de sus guardianes para darse muerte con un puñal que había conseguido arrebatar a uno de ellos. Al día siguiente, su cuerpo apareció colgado en una cruz a las afueras de Jerusalén.
Tres días después de su muerte, su espíritu se apareció a aquellos de sus hombres que habían sobrevivido a la emboscada. Les hizo jurar que nunca olvidarían la ofensa de los rebeldes de Judea y que los perseguirían hasta que no quedase uno con vida, sin cuartel. Desde entonces, los legionarios son el azote de todos los rebeldes del mundo. Por Dios y por la Patria. Y por Manuel, el legionario.

Estas fueron las palabras de Saulo de Tarso, y ahora las mías, mi evangelio. Nuestro Mesías no era un hombre de paz, Lucilio. Jesús, es decir, Manuel, era un hombre de justicia. Ojo por ojo y diente por diente. La historia desvirtuó su mensaje porque a ciertos poderes no les interesaba, era más fácil controlar a sus fieles si estos creían en una doctrina de paz. El problema, querido amigo, es que no puedo proclamar esta verdad sin poner en peligro mi vida. Esa es mi desgracia y el secreto que debes guardarme. Esta será mi última carta, la que jamás deberá ver la luz. Vale (adiós).»

– ¡Joder Eduardo, esto es la bomba! ¡Dios era legionario, ni más ni menos! – el hermano supremo no ocultó su sorpresa y entusiasmo.
– ¡Y un patriota español! – apuntó, emocionado, uno de los capataces.
– ¡Y no era un rojo de mierda! – dijo otro capataz del ámbito militar.
– ¿Cómo iba a ser Dios comunista? ¡Era evidente que no podía ser así! – afirmó un eufórico Eduardo.
– ¡Tienes que publicarlo en tu periódico! – le exhortó el hermano supremo.
– Tengo una duda – interrumpió Pedro, que no parecía compartir la alegría de sus compañeros – ¿Quienes son tus investigadores? ¿No serán los mismos que la cagaron la última vez? ¡Se rieron de nosotros en toda Europa!
– ¡Me ofendes, Pedro! – contestó Eduardo, indignado – ¡Esos hombres son unos patriotas y aquello fue un accidente que no volverá a ocurrir!
– Pero el papiro es auténtico ¿Verdad? – preguntó un tanto preocupado el hermano mayor.
– Auténtico, auténtico…

– ¡Da igual! Mañana lo publicarás y nuestra maquinaria mediática lo difundirá. Si al final se descubre que no es del todo cierto ya lo taparemos como hacemos siempre.
– ¡Pero José Mari, luego los que quedamos como gilipollas somos nosotros. Tú nunca das la cara!

Pedro no se mordió la lengua. El rostro del hermano supremo reflejaba su enojo tras mencionar aquel vasallo su nombre de pila.

–  Capataz Pedro, mi función es la de organizar las acciones a ejecutar por todos los miembros de esta santa hermandad : nobles, jueces,  empresarios, políticos, militares, policías, eruditos, periodistas, matones o putas. Todos deben seguir mis órdenes y respetar mi jerarquía. No perdonaré el más leve asomo de rebeldía. ¡Ahora marcha y prepara la maquinaria mediática para expandir el mensaje del evangelio de Séneca por toda España!

El hermano supremo se levantó de la mesa y, a continuación, el resto de capataces que le secundaban se dispersaron a la búsqueda de nuevas conjuras con las que evitar que el poder de España se les fuera de las manos.

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Neska

1 mayo, 2018 by JAP Vidal 4 comentarios

Se había quedado dormida en aquella sala y quizás esto no fuera más que un sueño. Uno muy extraño, eso sí, sin comida sabrosa, ni «cosas interesantes» con olores llamativos. Tampoco estaba el amo. Solo un fondo de oscuridad y pequeñas luces que brillaban muy lejanas. «Es el Universo, Neska», dijo una voz en su cabeza, pero, ¿Dónde estaba su cabeza? No la encontraba, ni tampoco sus patas ni su cola. Volaba sin cuerpo y sin saber hacia dónde. «No tengas miedo bonita, pronto comenzarás una nueva aventura».  ¿De quién era esa voz? No era la del amo, ni la de nadie conocido, ¿o quizás sí? Una vez, recuerda, habló con … ¿Una tortuga? , tenía esa voz. Ella entonces no era una perrita todavía, era algo más grande, más poderoso, pero con la misma bondad en su interior. ¿Volvería ahora a aquella vida? ¿Volvería a ser una dragona? Seguía volando y volando en aquella oscuridad que esperaba no fuera eterna, deseaba poder despertar. Y despertó, pero no estaba el amo allí. Tampoco era su casa, la que conocía tan bien porque allí había vivido siempre. Sin embargo, aunque aquel sitio le era desconocido, descubrió voces y olores que recordaba muy bien y que le tranquilizaron. Tenía cuerpo pero no podía moverse, algo había cambiado desde que se durmiera. 

Laia estaba sentada sobre la cama de sus padres, apoyaba su pequeño cuerpo de seis años sobre el peluche gigante. Le plantó un beso sonoro en todos los morros.

– Papá, ¿tú crees que si le doy un beso a mi Neska, la de verdad lo notará? 
– Seguro que sí. No me extrañaría nada que ahora el espíritu de Neska viva en tu peluche. Así que has de mimarla mucho, por si acaso.

Laia abrazó a su peluda mascota sin vida. ¿Sin vida? Quizás la vieja Neska añore no poder comer y oler «cosas interesantes» y, por supuesto, también echará de menos a su querido amo, pero está contenta de poder acompañar a alguien que le quiere tanto. A partir de ahora será un peluche feliz.

(En memoria de la perrita labrador más bonita del mundo. Ojalá sea feliz allá donde esté ahora)

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Laia, Neska

Las marionetas del Poder

27 abril, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

«Los secretos inconfesables de una persona son como hilos que sujetan su alma. Descubre esos oscuros detalles y dominarás su voluntad como si de una marioneta se tratase.»

Cita de Selim Turgat, general otomano.

 

 

– Déjeme solo, por favor.
– Como desee, señoría.

La secretaria cerró la puerta del despacho. El juez esperó un minuto antes de abrir el primer cajón de su escritorio. Sacó dos objetos: una carta y su pistola. Revisó el arma, una sola bala, la única que necesitaba si tomaba la decisión. La dejó con suavidad sobre la mesa de madera de roble, todo un lujo en la Alemania comunista. Cogió la carta, no venía firmada,  era escueta pero concisa. La típica carta que enviaría la Stasi para avisarte de que te tenían cogido de los huevos:

«Hemos comprobado que su señoría presenta determinadas dudas éticas sobre cierto caso que debería resolver. Por si le puede ayudar a tomar una decisión, sepa que disponemos de documentos gráficos que detallan sus frecuentes visitas a Kurfürstenstraße. Aunque su querida Erika es camarada nuestra, no ha sido necesario que nos explique cuales son sus caprichos inconfesables. Los tenemos todos grabados. Saludos, camarada Wegner.»

El juez de la Corte Suprema en Berlín sabía perfectamente cuál era el objetivo de aquella carta. Aquella misma semana había recaído sobre él la responsabilidad de juzgar el homicidio con violación de una menor. El principal sospechoso era un profesor de instituto que apestaba a agente de la policía secreta. Un infiltrado que se habría obsesionado con una de sus alumnas hasta perder el control. Las fotos del cadáver de la pobre chica a punto estuvieron de hacerle vomitar. Pero lo peor fue comprobar el sigilo con el que el ministerio del Interior había movido el caso de un tribunal a otro, hasta recaer finalmente en su jurisprudencia. Y a los pocos días recibe la carta. 

Wegner tiene mujer y dos hijas de quince y diez años respectivamente. Si fuera por él, enviaría a ese animal ante un pelotón de fusilamiento. Pero también tiene una reputación y necesita mantenerla. Solo tiene dos opciones : una bala o ceder al chantaje. Sabe que no es el primero ni será el último. Está seguro que la mayoría de sus colegas han sido o están siendo manipulados en casos que afectan a las fuerzas del Orden.  La Stasi lo sabe todo de ellos, de cualquier ciudadano. 

El juez vuelve a guardar la pistola en el cajón. A continuación prende fuego a la carta y deja que se consuma en el cenicero de vidrio. Ya ha dictado sentencia.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Política

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