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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Fantasía Oscura

El año de la rata – Perdidos

7 abril, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«El ser humano necesita sentir que la estabilidad rige sus vidas para no hundirse en la desesperación»

Athena y Bruno se habían convertido en nómadas. El verano anterior habían abandonado las comodidades de su París natal y se habían embarcado en una aventura que sabían cómo empezaría pero poco más. De Francia volaron hacia Estambul, allí iban a pasar el primer mes de su viaje, después ya no había ningún plan establecido. Poco a poco fueron haciendo un plan de viaje que primero les llevó a Nepal y seguidamente a la India. Hubiese sido la aventura perfecta de vivir en un mundo perfecto, sin alteraciones constantes que moldean e incluso pervierten nuestros propósitos originales.

Athena y Bruno, como la mayoría de franceses, o como la mayoría de los que vivimos en el mundo occidental, creían vivir en un mundo global que comparte problemas, inquietudes y aficiones, te encuentres en Francia, Turquía, Nepal o la India. Este mundo global puede darnos una falsa imagen de estabilidad, porque puedes comunicarte con el inglés allá donde vayas, o encontrar hoteles con los mismos lujos en cualquier ciudad, o haber probado cualquier comida exótica en un restaurante de tu ciudad antes de hacerlo en Katmandú o Estambul. Incluso puedes comer la misma hamburguesa en un McDonald’s de París o Mumbai.

Cuando damos un paseo por la playa, observando una plácida puesta de sol, el mar nos parece bello y acogedor. Sin embargo, la opinión sobre el mar no será la misma si nos encontramos en un barco en medio del océano en plena tempestad. Esa es la diferencia entre la India como la veían Athena y Bruno con ojos de turistas, a como comenzaron a verla con ojos de supervivientes cuando se declaró la pandemia en el país. Se encontraban en el estado indio de Goa, cuando en pocas horas pasaron de disfrutar de mil olores y sabores, a la obligación de confinarse en su alojamiento sin posibilidad de ir a comprar ni siquiera los alimentos básicos. El toque de queda decretado por el gobierno indio prohibía el comercio y la libre circulación de las personas. Estaban atrapados a miles de kilómetros de sus familias.
Aquí es donde aparecí yo. Poco a poco, en sus mentes fueron tomando forma ideas sobre un futuro de hambre, soledad e incluso hostilidad por parte de la población nativa. A pesar de que los pocos nativos con los que trataban se portaron bien con ellos, eran conscientes de que en medio del caos cualquier cosa podía suceder. La embajada francesa les avisó de la salida de un último vuelo desde la isla en la que ellos se alojaban, para evacuar a los franceses que allí se encontrasen. Después de un viaje de un par de horas, en medio de la noche, por caminos de cabras, se encontraron con que se quedarían en tierra, como muchos otros franceses que no cabían en el avión. Otra vez de vuelta, con más cansancio, más desánimo y más miedo.
Sin embargo, con el paso de los días, la pareja fue adaptándose a una rutina de supervivencia. Su casero y el dueño del restaurante al que antes de la pandemia iban a comer, les conseguían víveres y les animaban. Volvieron a comunicarse por las redes sociales con sus familias y amigos, que se preocupaban por su situación. Conseguían burlar el toque de queda, con un ratito cada día de paseo. Poco a poco, le cogían el ritmo a la situación. Por eso, un nuevo aviso de la embajada francesa informando de otra evacuación de compatriotas, les pilló con cierta apatía. No sabían qué les podía deparar el regreso a Francia. Ellos habían decidido ser nómadas. ¿Puede un nómada volver a casa?

Decidieron coger ese vuelo. Yo lo cogí con ellos. Porque el miedo siempre acompaña todas las decisiones humanas.

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El año de la rata – Amuletos

28 marzo, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«¿De verdad eres tan estúpido como para pensar que un amuleto te hace inmune a la fatalidad?»

Ramón era el rey del barrio desde que el gobierno decretara el estado de alerta en todo el territorio. Toda la población estaba obligada a no salir de casa salvo para necesidades básicas relacionadas con la alimentación, la sanidad y el trabajo. Pero había una excepción. Todo el mundo veía restringida su capacidad de desplazamiento salvo aquellos que sacasen los perros a hacer sus necesidades en la vía pública.

Cada día, Ramón llevaba a pasear a su mascota, Toby, cinco veces. La primera por la mañana, la segunda antes de comer, la tercera después de la siesta, la cuarta antes de cenar y la quinta y última antes de sentarse en el sofá a ver el programa nocturno con el que se quedaría dormido.
Antes de la crisis, Toby salía a hacer sus necesidades tres veces al día acompañando a su solitario dueño. Sin embargo, Ramón consideró que aquel decreto le concedía un privilegio que no podía desperdiciar, y de tres pasaron a cinco paseos, a pesar de que al pobre perro, cuando llegaba la tarde, ya no le quedaban heces que excretar ni orina con la que marcar las ruedas de las bicis. Algunos vecinos que se quedaron con la copla le comenzaron a mirar mal, unos pocos hasta le dejaron de saludar, y uno, Matías el del tercero, el más borde de su edificio, cada vez que lo veía desde su balcón – que era siempre, porque Matías vivía en el balcón desde que se puso como obligación vigilar que el vecindario cumpliera con el confinamiento – le gritaba «Ramón, coño, ¿otra vez sacas al chucho?». Ramón no le contestaba, simplemente ralentizaba el paso y caminaba con las piernas más abiertas, como el pistolero que, a punto de enfrentarse en un duelo a muerte, desafía con bravura y temeridad al destino.
Pero también hubo algún vecino que le ofreció dinero por poder pasear a Toby un par de veces al día. En un principio, Ramón se negó. Sin embargo, después de ver que con tanta visita al supermercado la cuenta se le estaba vaciando, cerró un acuerdo de diez euros al día, setenta a la semana, con el vecino del ático. El acuerdo comenzó bien, pero a la semana se torció. El vecino no se tomó muy bien los improperios que Matías el del tercero le lanzaba desde su balcón «¡Eh tú! ¿Qué haces paseando el perro de Ramón?» «¡Cabrón, así te pille el virus!». Entre ese detalle y que el vecino se hacía el despistado a la hora de pagar, el acuerdo duró ocho días. Fueron suficientes días como para que, de alguna manera que solo sabe la vida, el gafe de Matías se cebara con el vecino y este, a su vez, se lo contagiara a Ramón.

Aquella noche, entré en la casa de Ramón sin llamar a la puerta. Yo nunca llamo a la puerta. Él estaba en su sofá, viendo el programa nocturno con el que aquella noche no iba a dormirse. Tosía y sudaba mucho, también temblaba de frío y…  de miedo. Allí estaba yo, reinando en la casa de aquel que se había creído el rey del barrio. Hasta ese momento, Ramón había pensado que todo aquello era una especie de obra de teatro sin consecuencias vitales. Su inconsciencia le había llevado a creer que por tener un perro estaba por encima de todo, incluso de la enfermedad. No había utilizado ninguna medida de protección, ¿para qué las necesitaba si tenía un perro y podía pasear con él por todo el barrio sin temor a ninguna amenaza? Toby era su amuleto.

Ramón no tenía ni fuerzas para levantarse por el móvil, aún así haría un último esfuerzo por pedir una ambulancia. Tenía miedo. Miedo a saber qué sería de él. Miedo a saber qué pasaría con Toby si él no estaba. Miedo a morir solo. Yo, de nuevo, había ganado.

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El año de la rata – Fe

26 marzo, 2020 by JAP Vidal 2 comentarios

«La ventaja de ser creyente es que siempre puedes confiar en que otro resolverá tus problemas.»


Luz siempre tuvo fe. Era una persona creyente hasta la médula. Además, era buena, humilde y paciente. También era pobre, condición que suele venir de serie con las virtudes anteriores. Trabajaba limpiando las casas de otras familias al tiempo que el cuerpo comenzaba a avisarle de que no podría seguir con ese trabajo mucho más.

Cuando los achaques empezaron a ser demasiado molestos se produjo un acontecimiento con el que no contaba. Un respiro forzado por una plaga digna de tener su capítulo en la sagrada Biblia. Recibió una llamada de uno de sus clientes para decirle que prescindían de sus servicios laborales durante un tiempo, debido al confinamiento obligatorio. Cinco minutos después llamó otro cliente para explicarle lo mismo. Ese día, prácticamente todos sus clientes llamaron para cerrarle las puertas. Luz, entonces, hizo gala de su mayor virtud. Una sonrisa en su rostro mientras por su mente cruzaba un pensamiento : «Dios proveerá». Fue lo mismo que pensó cuando dejó su país natal y llegó a España con lo puesto. Entonces, no le fue mal, por lo qué no creyó que ahora fuera a ser diferente. Luz lo había pasado muy mal en su vida pero, aún así, nunca había perdido la sonrisa y siempre había tirado hacia delante. Porque la fe mueve montañas, y si algo le sobraba a Luz era fe. A mí, personalmente, la fe me irrita muchísimo. Soy incapaz de luchar contra un un sentimiento irracional con el que millones de personas han conseguido capear crisis terribles a lo largo de la historia. Sí, ya sé que a mí también se me considera a menudo un sentimiento irracional, quizás por eso, porque somos tan semejantes, no nos soportamos, nos repelemos.

El caso es que Luz se sentó a coser junto a la ventana, lo más lejos posible de la oscuridad que envolvía casi toda su casa al atardecer. Tarareando la canción de la bicicleta de Carlos Vives y Shakira, cosía una puntada tras otra. A su lado, yo esperaba mi oportunidad. En algún momento ella tendría que dudar, y su debilidad me abriría la puerta de su mente. Así que mientras ella cantaba, yo esperaba. Hasta que el celular repitió de pronto la misma tonadilla que ella estaba tarareando.

– Dígameeee – dijo en tono dulce.
– Hola Luz, soy Paquita.
– Hola Paquita ¡Qué alegría oírle! ¿Cómo está usted?
– Por ahora bien. ¿Y tú?
– Yo aquí, muy bien, en casita.
– Oye Luz, te tengo que decir una cosa.
– No se preocupe, sé lo que me va a decir. Son días muy malos para todos.
– Mi hija y yo vamos a hacer la limpieza de casa…
– Lo entiendo, Paquita.
– …Pero no te preocupes que te seguiremos pagando como si vinieras a trabajar.
– Paquita, no es necesario, no se preocupe.
– ¡Que sí! No hay más que hablar. Solo faltaría que por culpa de esta enfermedad te quedases sin tu paga. No me lo perdonaría. Así que no hay más que hablar.
– Muchas gracias, Paquita. Es usted un sol.
– Tú sí que eres un sol. Cuídate mucho Luz.
– Y usted también, Paquita, cuídese mucho. Muchas gracias.
– A ti, Luz, a ti.

Luz colgó la llamada. «Dios proveerá», pensó, y siguió tarareando aquella canción de la bicicleta. Yo me alejé de su lado a sabiendas de que en aquella casa no tenía nada que hacer.

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El año de la rata – Héroes

21 marzo, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«Crees que soy una heroína porque no temo a nada. Al contrario, lo soy porque tengo mucho miedo.»

En aquellos días del año de la rata, hubo muchos héroes anónimos. Cada tarde, la gente salía a los balcones a aplaudirles en reconocimiento a su trabajo. Para aquellos héroes sin nombre que, en vez de capa y antifaz, llevaban bata y máscara, los aplausos se transformaban en energía positiva que les ayudaba a continuar luchando, a soportar las derrotas y no desfallecer, a autoconvencerse de que por muchas batallas perdidas que hubiera, ganarían aquella guerra.

Uno de aquellos héroes era Isabel. Aquella mujer corría de un lado a otro sin parar, intentando ayudar en todo lo que pudiera. Las horas pasaban y el cansancio no parecía hacer mella en su físico. Turnos de doce horas sin apenas un descanso para sentarse tranquilamente a comer un bocadillo. Sin embargo, siempre había un pequeño hueco por donde alguien como yo puedo colarme y hacer mucho daño. Con Isabel no fue diferente, esperé pacientemente mi oportunidad y también llegó. Fue la tarde que un paciente le dio las gracias por su trabajo.

–  ¿Sabes? Yo cada tarde salgo al balcón a aplaudiros. – se entrecorta la voz porque le cuesta respirar – Sois unos héroes. Gracias, gracias.
– Gracias a usted. Ahora descanse.

El hombre, en la cincuentena, se puso a llorar como un niño.

– No merezco tu ayuda. – dijo.
– No diga tonterías.
– No. No me la merezco. Yo he sido uno de – pausa para respirar – uno de esos imbéciles despreocupados que pensaba – pausa para respirar – que no le iba a pasar nada y paseaba cada día – pausa para respirar – el perro, tres horas – pausa para respirar – delante de los vecinos, como si por llevar perro – pausa para respirar – fuese inmune.
– Descanse un poco. – contestó Isabel.

La doctora no pudo más. Fue al lavabo, se escondió tras una puerta y allí soltó a llorar desconsoladamente. Dejó salir toda la impotencia que sentía en forma de lágrimas. ¿Cómo iban a ganar si la gente seguía siendo tan estúpida? No se daban cuenta de que peligraban sus vidas, las de sus vecinos y las de aquellos que luchaban por salvarlas todas. En ese momento, ella sintió mi presencia. Le obligué a pensar en su hijo, en su marido, en sus padres. Isabel estuvo a punto de salir huyendo en dirección a su casa. A punto estuve de vencerle. Pero cuando salió corriendo de su escondite, desconcertada y hundida, vio a otra compañera sollozando delante del espejo del lavabo, y entonces se frenó. Se dio cuenta de que si todos hacían lo mismo que ella estaba a punto de hacer, el mundo se hundiría, y de nada serviría que ella se escondiera ahora en casa con su familia. No quedaba más remedio que seguir luchando, minuto a minuto, hora tras hora, un día tras otro. Hasta el final, fuese el que fuese. Y solo esperaba que en algún momento yo hiciera recapacitar a la población, pues no es más valiente el que desafía de manera inconsciente y estúpida a la muerte, sino el que conoce el miedo y aún así lo combate.

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El año de la rata

21 marzo, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«Les avisé de la llegada del Diablo y todos se rieron de mí. Cuando mucho tiempo después salí de mi escondite, sus calaveras aún seguían sonriendo.»
El año de la rata es el correspondiente al primer signo del horóscopo chino. Se le supone un año positivo, perfecto para comenzar nuevos proyectos, para cambiar la vida de forma radical. Sin embargo, los cambios a menudo comportan sacrificios que pocas veces estamos dispuestos a afrontar. Puede que por tal razón, el año de la rata del dos mil veinte del calendario occidental será recordado en el futuro como mi año. ¿Qué quién soy yo, te preguntas? Seguramente pienses que soy la Muerte o Dios o, por el contrario, el mismo Diablo. No, soy algo peor, más temido, soy lo que se siente cuando se entra en un túnel oscuro. Pero por ahora, simplemente soy la voz narrativa que te guiará por algunas de las desgracias y de los milagros que aquel año acontecieron. Me gustaría comenzar a contarte esta historia, con tu permiso, por lo que parecería el desenlace, por la luz al final de aquel túnel.
Llegó el día en el que la pesadilla terminó. La gente pudo salir de sus casas y regresar a las empresas, a los colegios, a los comercios. Todos ansiaban volver a vivir. Yago no era una excepción. Su empresa le había despedido temporalmente cuando tuvo que cerrar porque el negocio no podía seguir funcionando en aquellas condiciones. Se pasó todo el confinamiento en su casa, saliendo solo a comprar mientras se permitió que las tiendas de alimentación estuvieran abiertas. Después, cuando llegó el apagón general y todo quedó cerrado a cal y canto, solo le quedó dar vueltas como un tigre enjaulado en los dos metros cuadrados del balcón que tenía. Por suerte esa etapa no duró mucho, no hubiesen podido sobrevivir, de hecho muchos no lo consiguieron, pero eso ya será otra historia que te contaré. El hecho es que por fin un día, el gobierno dio la noticia esperada durante mucho, mucho tiempo: al día siguiente se levantaría el toque de queda y la población podría salir de sus casas. Ese mismo día, Yago recibió una llamada de su antiguo jefe para confirmarle que le esperaba el lunes de la semana siguiente en la oficina. «Hay mucho trabajo a hacer, todo el mundo va a necesitar de nuestro servicio después de tanto tiempo de parón obligado. Yago, lo hemos pasado muy mal, todos, pero ahora se abre ante nosotros un mundo nuevo de oportunidades», dijo su jefe. Quizás fuera ese el día más feliz en la vida de Yago.
Llegó el lunes y Yago entró por la puerta de la oficina. Allí estaban todos sus viejos compañeros ¡Qué cambiados! Algunos habían aprovechado para cambiar su imagen de manera radical, rapándose al cero, dejándose melena, barba o unos bigotes dignos de un mosquetero del rey Luis XVI. La mayoría parecían estar en muy buena forma, habían aprovechado el parón para tonificar sus cuerpos o hacer dieta. Todo eran risas y lágrimas de alegría pero sobretodo abrazos. En aquellos momentos, los abrazos eran el símbolo de la victoria ante la enfermedad. Por fin la gente podía volver a tocarse, abrazarse, acariciarse o besarse. Había una obsesión por el contacto, por aquello que les había estado prohibido durante tanto tiempo.
Y entonces alguien preguntó ¿Y Alberto? Los abrazos, cesaron. Las risas también. Las lágrimas no. Alberto, Clara y David no estaban. El jefe les explicó que la semana anterior, al llamar a sus casas se enteró de que la enfermedad se los había llevado, como a otros muchos. En ese momento todos pudieron sentir mi presencia, de nuevo.
Como dije antes, todo cambio suele conllevar un sacrificio de algún tipo. El año de la rata comportó un sacrificio muy grande ¿Valió la pena? Dependerá del precio que tuviera que pagar cada uno y de lo que obtuviera a cambio.

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A través de la ventana

31 octubre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Sé que es una pesadilla. Ha de serlo, porque solo si así lo pienso podré mantener la cordura hasta que me despierte con la primera luz del sol. Mientras tanto, no me queda más remedio que seguir mirando a través de esta ventana que me enfrenta a mis más terribles miedos. Primero fue la muerte de una mascota cariñosa y fiel. Después la pesadilla me obligó a presenciar la terrible muerte de una mujer buena, madre de dos pequeños que aún preguntan por ella cada día. Y luego siguieron otras escenas más, todas partiendo desde el ciprés de la colina de enfrente. Es sorprendente lo vívido que puede ser el dolor de estómago que el terror onírico provoca. Tan real como su banda sonora. Fuera se oye el viento ulular, cruel y frío. Mientras en el cálido interior, en algún lugar de esta estancia oscura, hay un reproductor de música que repite en cada escena la misma canción de Tom Waits, con su voz profunda arrastrando posos de nicotina y café en cada sílaba pronunciada. Y otra vez, la canción empieza de nuevo ¿Qué sucederá ahora?

“I’d sell your heart to the junkman, baby, for a buck, for a buck” (vendería tu corazón al chatarrero, cariño, por un dolar, por un dólar). A través del cristal de la ventana, entre las decenas de manchas que dejan las gotas de barro que caen desde un cielo marrón como las heces descompuestas, veo una niña de pie junto al ciprés.

“If you’re looking for someone to pull you out of that ditch You’re out of luck, you’re out of luck” (Si estás buscando alguien que te saque de la zanja no estás de suerte). La niña, como antes los otros, desciende la colina y se acerca. Esta criatura me trae a la memoria ese icono del cine de terror, aquella inocente niña en camisón, corrompida por el espíritu de un demonio que la posee.

“The ship is sinking,the ship is sinking, the ship is sinking, there’s leak, there’s leak, in the boiler room” (El barco se hunde, hay una fuga en la sala de calderas). Podría reconocer la cara de la niña si no fuese porque ya no es una niña, ahora es una adolescente, no, una mujer hermosa que envejece nota a nota, con cada letra pronunciada por la voz atormentada de Waits. Mientras camina, alarga la mano hacia mí ¿Me pide ayuda?

“God’s away, God’s away, God’s away on Business. Business. God’s away, God’s away, God’s away on Business. Business” (Dios está ausente). La anciana cae de rodillas junto a la ventana. En un último esfuerzo, alza una mano con la que toca el frío vidrio. Intento enlazar su mano con la mía a través del cristal. Pero su brazo se desliza poco a poco hacia abajo. Allá donde su mano se posa, el cristal se enfría como el hielo, como la muerte ¿Será que lo que hay al otro lado del cristal no tiene vida? Quizás tampoco la haya en esta
oscura habitación, cálida como el infierno.

“Digging up the dead with a shovel and a pick it’s a job, it’s a job “ (Desenterrar el muerto con una pala y un pico es un trabajo) Su mano acaba por perderse por debajo de la ventana. Lo único que queda de la niña, la adolescente, la mujer, la anciana, es el rastro sucio, marrón, que ha dejado su mano deslizándose sobre el vidrio mojado. ¿Cómo la podría haber salvado si estoy aquí dentro, en mi propio mundo de cuatro paredes? No tengo más opción que sufrir la tortura de observar a través del cristal como el resto de las vidas que me acompañan se marchitan y acaban hundidas en el barro ante mis ojos.

“I narrow my eyes like a coin slot baby. Let her ring, let her ring. God’s away, God’s away, God’s away on Business.” (Estrecho mis ojos como una ranura para monedas. Deja que suene. Dios está ausente) Espero despertar pronto. Ya. Porque cada segundo que pasa me entra más la duda. ¿Y si esta no es una pesadilla cualquiera? La primavera llena todo de vida, el verano nos hace creer que seremos eternos. Sin embargo, el otoño nos avisa de que el invierno se acerca, de que igual que caen las hojas caeremos nosotros. Puede que yo ya haya caído y esta sea una pesadilla de difunto.

Publicado en: Castellano Etiquetado como: Castellano, Fantasia, Fantasía Oscura, muerte

La Momia

22 agosto, 2018 by JAP Vidal 2 comentarios

La furgoneta avanzaba a toda velocidad, con los focos apagados, oculta en la oscuridad de la noche sin luna, atravesando un campo de baches etiquetado en los mapas con la categoría de carretera comarcal. Se trataba de la peor elección posible para realizar un trayecto entre el punto A  y el punto B, y por esa razón había sido el  camino y el momento escogido para la misión secreta. Nadie esperaría que aquella delicada y siniestra carga fuera transportada en secreto, con nocturnidad, por una carretera solo digna para conejos y zorros.

¿Nadie?

El conductor de aquella furgoneta sin luces, detectó demasiado tarde el remolque atravesado en medio de la carretera, justo a la salida de una curva de poca visibilidad. Ni siquiera tuvo tiempo de frenar antes del golpe. Los dos seres vivos de la cabina murieron en el acto.  El cadáver transportado no sufrió daños vitales, más bien todo lo contrario.

Un par de horas más tarde, el presidente de la nación recibe una llamada. Aunque lleva toda la noche esperándola,  se ve sorprendido por la información que le da su secretario y que le hiela la sangre. Esperaba poder descansar unos días después de colgar el teléfono, relajarse de la tensión de los últimos meses. Sin embargo, para su desasosiego, el hecho imprevisto, acaecido de madrugada en algún lugar entre el Escorial y Avila, cae como una bomba sobre su ánimo.

– Presidente, ¿sigue ahí?
– Sí, sí. ¿Se sabe quién puede haber saboteado la misión?
– Ahora mismo hay muchos sospechosos. Desde la extrema derecha a la extrema izquierda.
– Debe haber sido un chivatazo, pero ¿quién?
– Solo lo sabíamos nosotros dos y los dos agentes del CNI que han sido asesinados.
– ¿Asesinados?
– Sí, señor. A parte de las contusiones mortales del choque, ambos cadáveres tenían un impacto de bala en la frente. Sus verdugos se querían asegurar.
– ¿Se llevaron el ataúd o solo el cadáver?
– El cadáver. El féretro estaba completamente destrozado. Tampoco creo que estuviese en demasiado buen estado cuando lo sacaron de la tumba.
– Necesitamos recuperar el cuerpo antes de que se hagan eco los medios.
– Pero señor Presidente, ni siquiera sabemos quién lo ha robado. ¿Cómo vamos a saber la razón por la que lo han hecho?
– Me temo que pronto lo descubriremos. Ponga a todos sus agentes a buscar el cuerpo sin decir en ningún momento de quién se trata.
– ¿Y qué les digo?
– Dígales que buscan un objeto de culto que si cae en malas manos puede provocar una guerra civil.

No muy lejos de la residencia del presidente de la nación, en los sótanos de un museo de la capital, un centenar de personas se preparan en ese mismo momento para realizar un macabro rito ancestral. Los presentes se envuelven en capas que ocultan trajes caros, uniformes militares o sotanas clericales. No esconden sus rostros bajo capuchas, todos se conocen desde hace medio siglo o más, son los que siempre han cortado el bacalao. Sin embargo, ahora el sistema está en peligro. Sabían que esto podría suceder aunque no pensaban que tan pronto. Necesitan que su líder regrese y les guíe de nuevo por la senda correcta. Entre todos ellos, una figura se alza alta y majestuosa. Todos le conocen como el Elegido, el sucesor ungido por el Líder, que ha resultado no estar a la altura de las expectativas, a pesar de que ninguno de los presentes lo afirmará en voz alta. Este grupo de fieles se caracteriza por la mentira, el secretismo y la traición. El Elegido aguarda en silencio a que el resto de congregados abandonen los corrillos que se han formado alrededor de un altar, en medio de la estancia, en el que yace un cadáver en estado de descomposición.
El hombre hace un gesto con la mano derecha para pedir silencio, sin embargo, un famoso intelectual de origen sudamericano no se entera. El Elegido espera un poco más hasta que al final se le agota la paciencia y grita.

– ¿Por qué no te callas???? 

Ahora sí se hace el silencio. El Elegido se acerca hasta el altar y se arrodilla junto el cadáver.

– ¡Oh, gran Líder! ¡Tus fieles te ruegan humildemente que te levantes y nos guíes en estos tiempos convulsos!

El cadáver no pierde su sonrisa, obligado por el rigor mortis. No hay piel, los músculos podridos atraen la atención de las moscas  que vuelan en una danza macabra por encima de los restos sin vida.

– ¡Tapadlo con algo antes de que se lo coman las moscas!

Alguien obedece y tapa el cadáver con una bandera rojigualda adornada con un escudo preconstitucional.

– ¿Alguien sabe cómo sigue el ritual? – pregunta el heredero incapacitado, cada vez más impaciente.
– Pruebe su Excelencia de invocar al Líder con las palabras «Una, grande y libre». Es mano de santo – le aconseja un tipo con bigote invisible.
– ¡Una, grande y libre!

El cadáver se mantiene imperturbable.

– Parece que no ha funcionado – confirma un asistente de uniforme y con galones de capitán general, ni más ni menos.
– Tengo una idea – dice de repente un asistente de los de traje y corbata, con gafas y ojos de avispado. Sin duda es uno de los que corta mucho bacalao.

Se acerca al Elegido y le pone algo en las manos.

– Lea esto su Excelencia, usted que conoce el idioma.
– ¿Pero qué es?
– Algo infalible. Lo he traído como último recurso.

El Heredero comienza a leer en un idioma que pone la piel de gallina a muchos de los presentes. Algunos optan por taparse los oídos directamente.

– «Arribats en aquest moment històric, i com a president de la Generalitat, assumeixo, en presentar-los els resultats del referèndum davant del Parlament i dels nostres conciutadans, el mandat que Catalunya esdevingui un estat independent en forma de república…«

De repente, un grito de ultratumba envuelve toda la estancia. Es una voz aguda, se podría considerar hasta cómica sino fuera porque surge desde la garganta seca de una momia que no es una momia cualquiera. Es LA MOMIA.

– ¡Hijo de putaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

El cadáver se levanta de un salto y la bandera que lo cubría cae a un lado. El grito desgarrador enmudece y un silencio terrorífico invade la estancia. El ser resucitado posa sus cuencas vacías sobre cada uno de los atónitos presentes.

– ¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué me molestáis?
– Oh, Excelencia. ¡Necesitamos de ti para que corrijas el rumbo de la patria! – contesta el Elegido.
– ¡Coño! ¿Y para qué os dejé a vosotros?
– Señor, nos vigilan desde Europa, tenemos las manos atadas – añade un temeroso teniente coronel.
– ¿Y acudís a mi para que os salve el culo y os haga el trabajo sucio?

El Elegido opta por callar, avergonzado.

– Sois una panda de nenazas. ¡Vamos, decidme qué ocurre!
– Excelencia, los separatistas y los rojos quieren romper el país – afirma el del bigote invisible.
– ¿Otra vez? ¡Panda de cabrones! ¿Y por qué no los fusiláis a todos?
– Porque Europa…
– Os vigila, sí. Ya lo has dicho antes. ¡Me importa una mierda lo que piensen los demás! ¡Os voy a decir lo que vamos a hacer!
– ¡Sí, por favor! Usted ordene y nosotros obedecemos.
– En primer lugar, vais a detener a todos los cabecillas rebeldes.
– Eso lo hemos hecho ya, excelencia – afirma el Elegido.
– Muy bien. Después vais a obligar a los jueces a que sean lo más duros posibles aplicando las leyes sobre estos traidores. ¡Que se ceben!
– También lo hemos hecho.
– Vale. Luego, utilizaréis los medios de comunicación para aplaudir las acciones de estos jueces.
– Hecho.
– Bien, bien. Vamos por el buen camino. Entonces ¿Cuál es el problema con Europa?
– ¡El problema es que este inútil dejó escapar a los cabecillas separatistas!

«Este es clavado a José Antonio», piensa la Momia al observar al joven con cara de fino señorito que apunta con el dedo a un viejo con barba y cara de tontito.

– ¡No es verdad! – se defiende el de la barba, que al Líder le recuerda a un viejo amigo suyo gallego – ¡Excelencia, nadie podía pensar que iban a fugarse y que un juez alemán les daría luego la razón!
– ¿Y los jueces belgas? ¿Y los suizos? ¿Y los escoceses? ¡Media Europa protege a los separatistas y a otros indeseables! -insiste la versión 2.0 de Primo de Rivera.
– ¡Callad! Tengo la solución.  – dice la Momia – Vamos a enviar a Bélgica un montón de criminales que van a pedir asilo político argumentando que son inocentes y que se les persigue por sus ideas. Cuando los belgas se den cuenta de que se les llena el país de indeseables ya no diferenciarán entre políticos y criminales.
-¡Sólo verán prófugos! ¡Qué gran idea, Excelencia! – el finolis sacude la cabeza con satisfacción. Parece en éxtasis.
– ¡La misma que os dejé apuntada para rebajar las pretensiones de las regiones históricas, catetos!
– ¡Por supuesto! Se trata de banalizar aquello que no nos interesa que destaque. Es una estrategia muy uti….
– ¿Quién eres tú?
– ¡Excelencia, me presento! Soy el famoso y aclamado escritor Mario …
– ¡Un escritor «sudaca» que va de listillo! ¡Fuera de mi vista, desgraciado! 

Entre varios presentes – que ya le tenían ganas – se llevan a trompicones al famoso y aclamado escritor, mientras el Líder explica su plan de Reconquista a sus fieles seguidores. Pero pronto la paz se rompe. Los fieles que habían ido a «sacar la basura» entran corriendo en la sala.

– ¡Excelencia, nos han descubierto! – dice uno de los de uniforme verde caqui bajo la capa – ¡Debemos salir de aquí y ponerle a salvo!
– ¡Yo sé dónde llevar al Líder! – dice el señorito finolis.
– ¡De acuerdo, encárgate tú, Albert! – ordena el Elegido, que ha recuperado la voz de mando tras digerir la humillación pública a la que le ha expuesto el Líder.
– ¿Albert? – pregunta el Líder, mientras entre cuatro fieles lo llevan en volandas hasta la furgoneta que lo ha traído escondido hasta aquí.

El finolis se pone al volante y sale a toda leche destrozando la puerta del garaje. Está sudando copiosamente, no tiene ni idea de qué hacer con el Líder. Como siempre, ha hablado para dárselas de importante sin tener ni idea. Su compartimento está separado por una puerta del compartimento de carga. Desde allí le llegan golpes y gritos. ¿Qué le sucederá al líder? Ahora no puede parar, debe irse lejos de allí, evitar los controles del CNI. Si atrapan al líder todo se irá al garete… La puerta del compartimento de carga salta por los aires. Aparece la figura macabra del Líder que coge por el cuello al finolis, que intenta evitar que el volante se le escape.

– ¿Albert? ¿Eres catalufo?
– ¡Eh, sí! ¡Pero muy español! ¡Porque no hay catalanes ni madrileños, solo espa..
– ¡Calla soplagaitas! ¡Deja de decir tonterías!

El Líder comienza a golpear la cabeza del finolis, que al final pierde el control de la furgoneta justo a la altura de una curva peligrosa. El vehículo se sale de la carretera, da cuatro vueltas de campana y acaba panza arriba. El finolis llevaba el cinturón de seguridad, nunca hace nada sin sentirse protegido, por si acaso, eso le ha salvado aunque esté inconsciente. Sin embargo, el Líder ha salido despedido por el parabrisas, cayendo en la cuneta de la carretera. Una cuneta con memoria histórica.

– ¡Maldito catalufo! Voy a darte palos hasta que se me deshaga la mano…¿Por qué no puedo levantarme? ¿Quién me agarra?

Varias manos, surgidas de la tierra como gusanos, atrapan el cuerpo de la Momia. «Ven con nosotros. Vamos a pasarlo muy bien», le susurran las voces de los olvidados, espíritus que duermen en las cunetas de las carreteras españolas desde hace ochenta años. Cada vez más manos agarran su cadáver y lo atraen hacia ellos. Lo que hace un momento era tierra seca, ahora parecen arenas movedizas que lo engullen por completo.

Cuando el señorito finolis catalufo despierta, busca desesperado el cuerpo de su Líder. No lo encontrará, ni él ni nadie. Tampoco ningún ser vivo sabrá el sufrimiento que tendrá que padecer el Líder antes de volver a su descanso enterno en el Infierno.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Fantasía Oscura, Ficción, Política

Lectores aéreos – Gabriella Campbell

22 junio, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Título : «Lectores aéreos: Un relato de terror y catorce de fantasía»
Autora : Gabriella Campbell.
Año : 2015
Volúmen : 153 páginas.
Género : Relatos cortos de Fantasía Oscura.
Idiomas disponibles : Castellano.

Sinopsis de la novela : 

«La fantasía, como la ciencia ficción, trabaja en el terreno de lo especulativo. Nos hacemos preguntas: ¿qué ocurriría si el mundo estuviera amenazado por orcos, si necesitáramos de la destrucción de un solo objeto de poder para librarnos de esta amenaza? ¿Qué pasaría si pudiéramos aprender magia en un colegio, igual que aprendemos matemáticas o literatura? Y, hablando de eso, ¿qué pasaría si existiera la magia? ¿Qué leyes físicas y emocionales quebrantaríamos?

En Lectores aéreos cada relato realiza una pregunta:
—¿Qué ocurriría si viajaras en una nave espacial llena de criaturas mitológicas? (Pero tienes un trabajo de lo más mundano, como limpiar jaulas o barrer pasillos).
—¿Qué ocurriría si descubrieses que tienes la posibilidad de inspirar a otros para convertirse en grandes artistas? (Pero tú, a la vez, no tienes ningún talento reseñable).
—¿Qué pasaría si la realidad se modificara a tu alrededor muy poco a poco, hasta el punto de hacerse irreconocible?
—¿Y si tu amante y tú vivierais en líneas de tiempo diferentes?
—¿Y si tu casa tuviera vida propia? ¿Y si tomase decisiones no acordes con las tuyas?
—¿Qué ocurriría si pudieras escuchar los pensamientos de los demás? (Y no solo los buenos, los positivos, los amables).
—¿Y si pudieras reunir a toda la Londres victoriana para averiguar la identidad de Jack el Destripador?
—¿Y si tuvieras una adicción terrible, una adicción que te atormentara, a pesar de haber encontrado una vida nueva, un trabajo nuevo y al amor de tu vida?
—¿Y si tu vida entera estuviera marcada por una profecía? ¿Y si supieras cuándo te enamorarías, cuándo morirías? (Pero no cómo).
—¿Y si existiera un sistema legal que nos castigara por delitos cometidos en nuestras vidas pasadas?
—¿Y qué pasaría si parieras un delfín?»


La opinión de JAP Vidal :

Justo antes de terminar el libro, la escritora pide a sus lectores lo siguiente : «Entre todos podemos hacer que esta antología no se pierda en el triste agujero de los libros leídos y olvidados». Pues querida autora, por mí no será. De hecho, me declaro en rebeldía contra aquellos que consideran los relatos cortos como un subgénero menor de la literatura. Citando a JAP Vidal, es decir, a mí mismo :  «Un relato corto puede ser tan poderoso en la mente del lector como aquel sueño que se convierte en recuerdo y que permanecerá en la memoria hasta el fin de los días«.

Cuando «abrí» por primera vez el libro de “Lectores aéreos” en mi e-book, no hacía mucho que acababa de leer “El hombre ilustrado” de Ray Bradbury. Me es imposible no caer en la tentación de compararlos, perdonadme la libertad. Me parecieron almas gemelas, dos libros de relatos que hablan de futuro, de ciencia ficción, de Humanidad, aunque con una distancia entre ambos de unos sesenta años. Ambos libros me parecieron muy buenos, me marcaron con algunas de sus historias que se han quedado grabadas en mi cerebro a fuego. Si algún día tengo la posibilidad de hablar tranquilamente con Gabriella Campbell, me gustaría preguntarle si el libro de Ray Bradbury le fue de inspiración o la coincidencia entre ambos libros es fruto de mi delirio (todo puede ser).

Gabriella es una escritora que me apasiona desde que la conocí, no solo por sus historias sino también por su  blog “Gabriella Literaria” (una herramienta pedagógica de gran valor para cualquier escritor en ciernes y con la que de paso te partes la caja de risa). Tengo muchísimas ganas de poder comenzar a leer su trilogía “Crónicas del fin”, que escribe con José Antonio Cotrina y de la cual espero haceros una reseña «on my way» después del verano, si esta sección sigue existiendo, claro. 

Pero venga, centrémonos en “Lectores aéreos”, un libro con quince relatos algunos muy buenos, otros excepcionales. Bueno, vale, puede haber alguno que quizás a vosotros no os parezca ni muy bueno ni excepcional, pero eso ya es a gusto del consumidor. Sí os puedo asegurar que la gran mayoría de ellos tienen detalles sorprendentes, de esos que con el tiempo os regresarán a la memoria porque habéis leído una noticia, visto una película o escuchado una canción que os lo recuerde.

Al ser un libro de relatos, tengo que poner voz a las siguientes preguntas que quizás os hagáis:

– ¿Cuál es mi relato preferido?   Os tengo que confesar que son media docena : “Musa”, ”Paredes como gargantas”, “El extraordinario caso de Emil von Trope y Jack el Destripador”, “Historia de un plagio”, “Lo inevitable” y por último “ Y diente por diente”.  No puedo resaltar ninguno de estos seis por encima de los otros.
– ¿El relato que menos me ha gustado?  Obviamente es uno de los otros nueve que quedan. No os lo voy a decir para no sugestionaros. Leedlo y sacad vuestras propias conclusiones.
– ¿Realmente vale la pena? Os voy a contestar con la siguiente confesión (y no es broma): Me decidí a realizar esta sección de reseñas teniendo en todo momento en mente hablar maravillas de este libro y de su autora.

Así que ya sabéis, si os gusta la fantasía oscura no os preocupéis por si son relatos cortos o una novela, simplemente es Gabriella Campbell, sí, vale la pena.

Podéis comprarlo en Amazon.

O podéis comprarlo en Lektu.

 

Publicado en: Lecturas Etiquetado como: Castellano, Fantasía Oscura, Gabriella Campbell, Reseñas

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