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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Castellano

La variable

4 abril, 2019 by JAP Vidal 6 comentarios

«He aquí tu regalo, Pandora. Este don te dará el poder, mas cuando lo abras empezará tu final.»

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El día que mi vida tocó fondo por primera vez no llovía. Era un día primaveral, soleado y agradable. Tal incoherencia me hizo ser consciente de que, a pesar del duro golpe que acababa de recibir, en el fondo, aquellos desgraciados me hacían un favor. Necesitaba un cambio, un estímulo que me devolviera la sensación de ser un profesional válido. «¿Por qué no desarrollas una app?», me aconsejó un amigo. Él entendía que ese ejercicio podría darme aquello que echaba tanto en falta: motivación, auto-aprendizaje y la satisfacción de crear un producto totalmente mío. Hacía mucho tiempo que había dejado de programar, desde que con mi ascenso me había acostumbrado a ser parte de una maquinaria de la que finalmente yo también fui víctima. La idea de mi amigo me pareció interesante y me puse manos a la obra. Lo primero era pensar en algo original y excitante. ¿Original? Imposible. Pero siempre podía hacer algo mejor que lo que se había implementado hasta el momento.

9
Después de mucho pensar e investigar, un día encontré la respuesta en la barra de una cafetería. Una anciana, de aspecto cándido, hizo un comentario en voz alta justo a mi lado. «Pobre diablo, toda la vida ahorrando y se muere de repente». Observé que la mujer estaba leyendo la sección necrológica. Se giró y me miró a la cara. «Hijo, lo que daría la gente por saber lo que va a durar en este mundo». ¡Eureka! ¡Al momento supe que esa sería mi gran idea! Iba a hacer una app que vaticinaría el momento de la muerte. Con esa aplicación, la gente podría prepararse para el momento fatal, saber si le sería necesario un plan de pensiones, ahorrar, tener hijos, no esperar más a hacer ese viaje que siempre deseó realizar o hacer el amor como si no hubiera un mañana…porque realmente no lo iba a haber.

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Salí de la cafetería corriendo, tras pagar mi café y el de la anciana de aspecto cándido, que se despidió de mí con una sonrisa bondadosa y un beso inocente. En mi mente comenzaba a gestar los detalles de mi nuevo trabajo: En primer lugar escogí un nombre, «Decesus», un latinajo que significa muerte y que encontré muy apropiado y con gancho. Luego pensé que debería ser una aplicación fácil de desarrollar: un formulario sobre salud, otro sobre hábitos de vida, y un último formulario que preguntara sobre la longevidad y causa de muerte de los familiares más próximos. Los resultados los añadiría en una fórmula secreta que descifraría la cifra de años que esa persona viviría. Por supuesto, no pretendía dar una fecha exacta de expiración, eso era un punto que debía recalcar en la pantalla de inicio, que quedase claro. Simplemente se trataba de una aproximación definida por todas las variables de salud, hábitos de vida y genética introducidas. La fórmula que combinaría todos esos datos la encontré buscando por internet en páginas de salud, tampoco me maté mucho, lo confieso. Y por esa razón, me salió una chapuza. Un juego al que el usuario acudía cuando se aburría del Candy Crush.

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Fue un desastre. Poco más de veinte descargas el primer mes. No hacía más de lo que ya hacían una docena más de aplicaciones que podías encontrar gratis en Google Play. A mi aplicación le faltaba algo y no sabía el qué. Fue la misma anciana, de nuevo en aquella cafetería, quien me mostró la clave del éxito cuando yo ya estaba a punto de tirar la toalla. De nuevo estaba leyendo la página de decesos y, como en la ocasión anterior, realizó un comentario que me activó. «¡Qué lástima! Por mucho que uno se cuide, por mucho cuidado que tenga, nunca estará del todo seguro. Siempre habrá algo que se le escape y le mande al hoyo». Ese «algo», pensé de repente, ha de ser la Variable que mide nuestra suerte, que define nuestra capacidad para esquivar la adversidad, o para caer a las primeras de cambio aunque tengamos la salud de un toro. ¿Pero cómo medir esa Variable? Ese era el quid de la cuestión. Si conseguía descubrir cómo calcular el valor de esa variable me haría de oro…y muy poderoso. Y entonces me pasó algo muy curioso. La anciana me miró, como aquel otro día, y me dijo «Hijo, solo las Moiras conocen lo que nos depara el Destino a cada uno de nosotros. Solo ellas saben cuánto duraremos en este mundo». Lo comprendí al momento. Mi fórmula no servía para una mierda. Nuestro destino, nuestra vida, nuestra muerte, dependían de una única Variable, una especie de Lotería. Y yo me lo iba a jugar el todo por el todo. Salí escopeteado de la cafetería, ni siquiera recuerdo si en esta ocasión llegué a pagar mi café. Actualicé la fórmula de la app y volví a subirla a los diferentes Stores. Simplifiqué la aplicación a una Variable sin un valor informado. Por alguna razón incompresible yo sabía que su valor concreto para cada usuario se mostraría sin necesidad de que yo me preocupase de calcularlo.

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Durante días busqué con ansiedad indicios en los diarios digitales de todo el mundo. Un par de semanas después de mi actualización, encontré un comentario en un diario de Alemania: «Mi marido estaba muy nervioso porque una app le había avisado que moriría esta noche pasada. Estuvo horas sin dormir pero al final se durmió. Y ya no despertó». Busqué la forma de ponerme en contacto con la viuda de aquel hombre. Lo conseguí, y confirmó lo que pensaba. Aquella app era la mía.

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Puse la maquinaria mediática a funcionar: redes sociales, comentarios en diarios digitales, llamadas a radios y televisiones. Con mi ayuda, una noticia tan morbosa como esa no tardó en hacerse viral. En pocos días, mi app comenzó a descargarse por millares. Las ofertas publicitarias me llegaban a cientos. El proyecto tuvo un éxito rotundo y adquirió dimensiones extraordinarias.

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Sin embargo, la fama no tardó en comportarme problemas. La policía vino a verme varias veces, sospechando que yo pudiera estar detrás de alguna de las muertes que mi app había vaticinado con exactitud. Intentaron implicarme en aquellos casos, pero no tenían pruebas, por lo que se contentaron con vigilarme las 24 horas. Por otra parte, grandes compañías de seguros y bancos trataron por todos los medios de convencerme para que les vendiera la aplicación. Para ellos era de vital importancia controlar un elemento que se escapaba de su comprensión y que suponía un gran riesgo para su negocio. No poseerlo les dejaba en una situación de gran fragilidad. Poseerlo significaba el poder absoluto. Primero me ofrecieron migajas, creyendo que trataban con un pelele. Después subieron sus ofertas hasta cifras astronómicas. Al ver que no cedía, llegaron las amenazas a mi vida. Sin embargo, yo también utilizaba mi propia aplicación y sabía que aún tardaría en llegar mi momento.

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Por desgracia, cuando la situación no podía ser mejor, de repente dio un vuelco. A alguien le dio por llegar a su trabajo con un rifle y comenzar a pegar tiros a sus compañeros. La policía lo redujo acribillándole a balazos. En su casa encontraron una nota en la que decía que le quedaba una hora antes de morir y la frustración y rabia por toda una vida perdida le llevaba a vengarse de la gente que él había considerado que le habían amargado la existencia. Los familiares de las víctimas me acusaron de haber provocado la reacción psicópata de aquel loco. Tuve que acudir a los mejores abogados para conseguir frenar aquella amenaza. Pero la campaña mediática ya había empezado. Los bancos y las aseguradoras se dieron cuenta de que era el momento perfecto para hundirme. Y a fe que lo consiguieron. Invirtieron mucho dinero en difundir el mensaje de que mi aplicación no adivinaba la fecha de la muerte del usuario, si no que la provocaba y por eso acertaba siempre. Según los medios a sueldo, yo era el culpable de las muertes que vaticinaba. Consiguieron que la aplicación fuera expulsada de todos los app stores oficiales, me quedé sin contratos publicitarios, me cayeron miles de demandas judiciales. Mi economía se hundió a la vez que se hundían mi aplicación y mi propia imagen.

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De nuevo he tocado fondo. Esta mañana he desafiado la lluvia torrencial para regresar a la cafetería. Como esperaba, allí estaba la anciana. Me ha sonreído al verme. Le he explicado mis problemas y ella me ha escuchado mientras leía las cronológicas del diario. Cuando ha terminado de leerlas me ha hecho un gesto con la mano para que pare de hablar. Me ha dicho cuatro palabras: «Tú dominas la Variable». Al momento he sabido que tenía que hacer . Mi aplicación había caído en desgracia, pero millones de personas seguían consultándola a diario y, aunque ya no se podía descargar, muy pocos la habían borrado de sus dispositivos. El morbo es la mayor droga del ser humano. Le he pagado de nuevo el café a la anciana y ella me lo ha agradecido otra vez con un beso muy tierno. Pero antes de alejar su boca de mi mejilla me ha susurrado algo que ha helado mi sangre: «¿Recuerdas cuando te suplicaban una explicación, impotentes, con los ojos encharcados? ¿Recuerdas la sensación de poder? Haz el trabajo que siempre se te dio tan bien, despáchalos a todos y tendrás un lugar a mi lado. Nos volveremos a ver pronto».

1
Esta vez he salido de la cafetería sin prisas, con todo el tiempo del mundo para llegar a casa, conectar mi computadora y modificar la Variable con un valor definido para todos los usuarios de la aplicación, incluido yo mismo: 10 segundos. 

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Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, muerte, Tecnología

Se busca Navidad

20 diciembre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

No parece Navidad. Sí, la gente compra, pero no soy consciente de observar en las tiendas las colas que antaño se hacían para comprar jamón, gambas o turrones. Incluso ha pasado el día del sorteo del Gordo sin pena ni gloria, en los informativos este año la noticia ha quedado en un segundo plano detrás de la política. 
Supongo que también pesa el ambiente frío de mi oficina, un lugar donde apenas conozco el nombre de la mitad de mis compañeros, donde los jefes desaparecen de vacaciones sin avisar, sin decir ni siquiera felices fiestas. Por no hablar del lote que desapareció hace tres años de nuestras vidas, o de la cena de empresa que jamás sucedió. ¿Cómo lo veis? ¿Os parece normal? Si vuestra respuesta es afirmativa entonces nada que objetar, el raro soy yo.  
Ni siquiera el tiempo es el típico de Navidad. El Niño o lo que sea, se ha cargado el frío y nos lo ha cambiado por niebla y contaminación. No nos queda ni tan solo la ilusión porque este año nos pueda visitar la nieve, ya de por sí difícil de ver en la gran ciudad. 

Me invade una sensación de «Navidad interruptus» mientras camino por las calles de mi barrio, respirando el plomo de la viciada atmósfera, escuchando a la gente hablar de pactos postelectorales, viendo la charcutería vacía. De repente noto que alguien ha introducido su mano en uno de los bolsillos traseros de mis pantalones. Me giro rápido y veo a un niño que me mira con los ojos muy abiertos, asustado. El chaval sale corriendo y, tras un momento de duda, yo echo también a correr detrás de él. No me cuesta mucho darle alcance, le agarro de la chaqueta, se la intenta quitar pero yo le hago un abrazo de oso y ambos caemos al suelo. Milagrosamente el pedazo de suelo sobre el que nos tiramos no está manchado por ninguna residuo canino. «Suéltame» me dice, mientras lo levanto del suelo sin contemplaciones. 

– ¿Qué estabas haciendo? 
– ¿Tú que crees? 
– Sí, ya lo he visto, me intentabas robar, ¿por qué? 
– Si te lo cuento no me vas a creer. 
– Prueba.

Y entonces este chico escuálido de piel morena me confiesa que es Santa Claus, que este año se ha quedado sin blanca y no ha tenido más remedio que robar para poder comprar los regalos que luego repartirá sin ayuda de los renos (porque los ha vendido por wallapop para pagar las deudas, al igual que el trineo mágico). Me dice que ha intentado de todo antes de ponerse a robar: buscar sponsors, micromecenazgos, que si crowdfunding, que si créditos bancarios a intereses inmorales, pedir en el metro, pedir de rodillas a la puerta de un Mercadona…

– No te puedes imaginar como es la gente de cruel. 
– ¿Te llegaron a agredir? 
– ¡Qué va! ¡Mucho peor! Me ignoraron por completo. ¿Tú sabes lo duro que es reconocer las caras de las personas que te dejan cada año una copita de cava junto a los calcetines para agradecerte los regalos que les llevas y que ahora ni siquiera te miren? La rabia es lo que me llevó a robar.
– ¿Y por qué no abandonaste el tema de los regalos?
– ¿Qué quieres decir?
– Si este año no tienes para regalar pues no regales nada.
– ¿Estás loco? No puedo hacer eso. 
– Pero si es lo que la gente se ha buscado.
– ¡No lo hago por ellos! ¡Lo hago por mí! ¡Por mi fama! Yo soy Santa Claus, el afable anciano que cada año en Navidad reparte regalos por todo el mundo.
– ¿Y cómo es que eres un niño?
– Bueno, realmente soy así, una especie de Peter Pan. Lo que pasa es que las multinacionales prefieren la imagen del abuelo rechoncho con barba blanca vestido de rojo. Vende más.
– Es decir, que si no consigues el dinero no hay regalos, ¿no?
– Así es.

El chico me mira con cara de poker, yo sé que miente pero se ha currado una historia tan graciosa que no puedo más que abrir mi cartera y darle veinte euros. ¡Veinte euros! Todo porque no tengo un billete más pequeño en la cartera y no me puedo echar atrás, el chico ya ha puesto la mano para recoger este suculento aguinaldo. Mientras le doy el billete me siento realmente gilipollas. Pienso en voz alta mi última reflexión «En fin, es Navidad». El chico me da las gracias y comienza a caminar rápido, imagino que por si acaso me arrepiento de mi estupidez.

– ¡Espero que con lo que te he dado me traigas un buen regalo este año! – le digo con sorna.

El niño se detiene en seco. Se gira y me dice lo siguiente, con una voz profunda que parece imposible que pueda surgir de su joven persona:

– Puede que seas de los que creen que la Navidad es tan solo una fecha del calendario, un festivo en el que toca comer en familia, ofrecer y recibir regalos. Puede ser que cuando te vayas a dormir el veinticinco pienses que ese día ya no se repetirá hasta dentro de un año. El caso es que algunos vivimos la Navidad cada día y es por eso que tenemos espíritu navideño. No culpes a los demás si no eres capaz de encontrar la Navidad, búscala en tu corazón y si la descubres serás feliz. Ya tienes mi regalo de este año. ¡De nada!

Y tras soltarme esta reflexión, el muy canalla me da la espalda y se marcha, desapareciendo entre la multitud que sigue discutiendo sobre política y tiempo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Navidad, Sociedad

La Navidad de Sergio

19 diciembre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

A Sergio siempre le gustó la navidad, es lo que tiene vivirla como un niño año tras año, desde hace cuarenta. Pero este año la navidad será triste. Nadie la va a celebrar con él. Su madre murió hace unos meses y le dejó solo ante la vida. Por primera vez en cuarenta años sintió el miedo de la responsabilidad. 

¿Por qué se ha muerto mi mamá? – preguntó a los médicos 
De cansancio, Sergio. Ya no pudo aguantar más. – le contestaron. 

Esa respuesta cayó como un castigo sobre Sergio. No pudo más que sentirse culpable de la muerte de su madre. Ella lo sacrificó todo por él, nunca pudo volver a tener vida propia desde su nacimiento, desde que le dijeron que su hijo no era normal. Durante años ella luchó por demostrar que su hijo podía llegar a ser normal, que sólo era cuestión de cariño y esfuerzo, vaciándose en su empeño hasta que su corazón ya no pudo más. Mucha gente asistió a su entierro, pero Sergio aquel día se sintió por primera vez solo. 

Desde ese día nada fue lo mismo, él se volvió más solitario, a pesar de que los vecinos se ofrecían a ayudarle. Su madre había querido que él fuese una persona independiente cuando ella no estuviera allí para ayudar. Y lo había conseguido, aunque Sergio dudaba de cada paso que daba. Ya nunca más estaría ella allí para decirle si lo estaba haciendo bien o para corregirle. Tampoco le podría decir si le habían intentado engañar o podía confiar en tal o cual persona. Esa desconfianza es la que le había vuelto más introvertido y únicamente se dejaba ayudar por los dos o tres amigos de su madre, los que siempre habían estado allí para ayudarle. Pero tampoco quería ser una carga para ellos, no quería que por su culpa les ocurriese lo mismo que le había pasado a su mamá. 

Esta será su primera navidad solo. Le habían hecho varias invitaciones y a todas contestó agradecido que ya había aceptado otra invitación. Pero no es así. Sergio ha decidido pasar la nochebuena en casa, sin nada más que el recuerdo de su madre. Esta noche, cuando llegue a casa después de trabajar, se pondrá la tele, e irá a la cocina a por su cena. Al ser una noche especial la celebrará con una tableta de turrón de chocolate que se zampará entera, junto a una lata de Sprite (su bebida favorita), y se dormirá viendo una película antigua de las que tanto le gustan. 

La imagen que tengo de Sergio es de aquella ocasión en que lo vi de la mano de su madre, parados en un semáforo; de improviso, él acercó su cara a la de ella y le plantó un beso en la mejilla. El beso más tierno que jamás he visto.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Navidad, Social

Merry Christmas Teresa

18 diciembre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Solo el viento rompe el silencio de este árido pueblo del lejano oeste hasta que, súbitamente, tres personajes montados en unas extrañas criaturas irrumpen al galope en la principal calle de Nativity.
Mientras, en el único bar del pueblo, un hombre está sentado junto a la barra del antro casi vacío. Sobrelleva la espera saboreando, quizás, el que podría ser su último bourbon. Tan sólo el barman, un hombre bajito, calvo y con bigote, acompaña a su cliente desde el lado opuesto de la barra, mientras seca con un trapo sucio unas copas gastadas por el paso del tiempo.

– Señor, creo que es la hora. – apunta el barman de forma tímida, con un hilo de voz, con los ojos asustados observando las fatídicas agujas del reloj del local.

 

El cliente levanta su generosa figura del taburete, deja un billete de los grandes y se larga sin esperar el cambio, arrastrando por el sucio suelo del salón un gran saco de color rojo, tan gastado como el cristal de las copas del bar, o como ese uniforme que lleva y que tanto le pica, que lleva siglos picándole pero nunca ha tenido tiempo o, mejor dicho, ganas, de cambiar por uno nuevo, suave y de color rojo carmesí. La empresa que lo patrocina hace muchos años que se olvidó de él, tan sólo utilizan su nombre como reclamo comercial, pero el hombre hace tiempo que dejó de existir para ellos, desde que firmó con sangre el contrato que lo convertiría en uno de los personajes más famosos del universo. Ya no es un ser de carne y hueso, si no tan solo un personaje de ficción que incita al consumo, al derroche sin control.
Santa Claus consigue llegar dando tumbos hasta las puertas basculantes del local, las empuja y estas se rebelan golpeándole en los brazos antes de cerrarse tras su inmenso saco. Echa un vistazo y allí los ve, en medio de la calle, los tres, aún montados sobre sus camellos. Santa se acerca poco a poco, sin prisa.
– ¿A qué venís? – pregunta.
– Bien lo sabes, norteño– contesta el jinete de la barba blanca. Santa lo conoce muy bien, es un sacerdote proveniente de la India. Melichior le llaman. Dicen que es un gran brahman, algo así como un brujo.
– ¿Y si os digo que me da igual todo, que por mí os podéis ir, Nativity y vosotros, a la mierda? Solo quiero que me dejéis vivir tranquilo. Estoy harto de tanta competitividad sin ganar nada a cambio.
– Desde que apareciste en el mundo cristiano no has dejado de quitarnos protagonismo. No somos más que una sombra de lo que éramos, y todo por culpa tuya y de esa marca de bebidas que te patrocina – este es Bithisarea, el sacerdote de origen árabe.
– ¿Y de qué me ha servido a mí? ¿Acaso no veis mis andrajosas ropas? ¿No oléis la peste a alcohol que emana de mi ser?
– Tú eres el culpable de nuestra desgracia, y por lo tanto debes pagar. Nativity no es suficientemente grande para todos : o tú o nosotros. – el último que faltaba por hablar, Gizbar el persa, el más arrogante de los tres sabios.
– ¿Y qué vais a hacer? ¿Vuestros camellos me van a venir a morder hasta matarme? Porque a vosotros no os veo dándome una paliza.
– Nuestros pajes se han situado de forma estratégica en los tejados con sus rifles de precisión. A una señal nuestra serás historia.
– ¡Bah!, eso ya lo soy. Incluso aún será peor para vosotros. Me convertiréis en un mártir, y ya veis que bien le fue a vuestro Mesías. Sería una gran cagada por vuestra parte.
Están tan concentrados en su discusión estos cuatro personajes que no se dan cuenta del hombre que escucha a tan sólo unos metros de ellos. Sin el sombrero de vaquero, su rostro y las entradas en la frente delatan que tiene más edad de la que aparenta. Está atento a lo que aquellos seres comentan, semblante serio, aunque su cuerpo se mantenga relajado apoyando el trasero sobre el borde de un abrevadero. El primero que lo descubre es Bithisarea.
– ¿Qué haces tú ahí? – exclama contrariado el sacerdote.
– ¿Yo?, escuchar.
– ¿Te diviertes a costa nuestra o qué? 
– Más bien me avergüenzo.
– ¿Ah, sí? ¿Y eso?
– Tanto el viejo de rojo como vosotros tres, sabios, magos, reyes – lanza un denso escupitajo que se estrella a pocos centímetros del camello de Bithisarea – habéis conseguido que Nativity sea un pueblo fantasma. Por vuestra culpa mucha gente se estresa por no saber qué regalar, o se decepciona con los regalos recibidos, o se deprime por no recibir nada de nada. Por vuestro mensaje comercial, al final los regalos no se hacen de corazón, si no por obligación, habéis corrompido el verdadero espíritu de la gente de este lugar, que consistía en la reunión familiar, y el desear de corazón que la felicidad, la paz y la salud se extendiera por todo el pueblo. ¿Sabéis cuantas familias se han discutido por vuestra culpa?
Ahora el que habla es Santa Claus, visiblemente enojado, con el rostro tan rojo como su traje.
– Oye ¿Tú quién cojones eres? Dime ahora mismo tu nombre que voy a olvidarme de todo lo que me hayas pedido.
– ¿Lo que te he pedido?, no te he pedido nada para mí, tan sólo quiero quedarme como estoy, con mi trabajo, mi familia, mis amigos, es decir, seguir con mi vida como hasta ahora, sin que nada ni nadie le meta mano.
– ¡Ajá, aquí estás!, esto es lo que pide este tío: 
“mi único deseo este año es que mi amiga Teresa vuelva a tener salud, que recupere las fuerzas para andar y para viajar, como tanto le gusta. No hace falta que le devuelvas la sonrisa porque nunca la perdió, por muy jodida que estuviera. Tan sólo te pido eso, y el resto déjalo como está, no lo toques.”
Santa Claus se queda en silencio, mirando la carta que acaba de leer en alto, sin saber qué decir, rascándose la cabeza con su mano izquierda. Mientras, los reyes hacen una señal a sus pajes para que bajen las armas. Se marchan todos juntos por donde han venido. Con un poco de suerte, alguno de ellos se sentirá tan mal que hará todo lo posible por cumplir con el deseo de aquel hombre… ojalá, por Teresa.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Fantasia, Navidad, Western

El abuelo (2008)

17 diciembre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Me fijé en aquel abuelo de barba blanca sentado en el banco y dando de comer a las palomas. Su cara reflejaba cansancio pero también relajación, la que proporciona el trabajo bien hecho. No me costó mucho reconocerle aunque ahora se presentara como un anciano anónimo, sin su mono rojo de trabajo. Digamos que un aura de bondad le rodeaba y que por mucho que intentara pasar de forma discreta entre la gente normal le era imposible. Se veía de una hora lejos que se trataba de un hombre bueno, el típico abuelo que todos querríamos tener, vamos, como el de Heidi.
Me acerqué a él y me senté justo a su lado en el banco, disimuladamente, comenzando a lanzar a las palomas las miguitas de la barra de pan que acababa de comprar. Me sentía bien a su lado, reconfortado, para mí eso ya era un gran regalo, un buen chute de energía positiva transmitida por la cercanía de aquel ser. Tras estar un buen rato, los dos sentados al sol, alimentando las palomas, él me miró y me dijo:
– ¿Qué? ¿Necesitas algo más de un servidor? ¿Ya estás satisfecho con tu regalo?

Me sorprendió que fuese tan directo y no pude más que balbucear un simple sí.
– Pues entonces ya puedo marcharme a descansar a mi Laponia del alma. No sé si el próximo año podré volver.
– ¿Se encuentra bien? – le pregunté yo.
– Bueno, digamos que no envejezco como vosotros, mis arrugas las provocan las cosas negativas del mundo, aquellas que no puedo eliminar con mis regalos. La tristeza, la maldad, el dolor, el egoísmo, son algunos de los factores que me afectan negativamente, y estamos llegando a un extremo en el cual veo peligrar mi vida. Cada vez hay más gente triste y llena de dolor en el mundo, y yo no puedo hacer nada por arreglarlo.
– ¡Sí que puede!
– ¿Sí puedo?
– Por supuesto. Regale bondad a la gente mala, seguro que si ellos descubren lo que significa ser bueno no querrán renunciar a ello. La bondad es como una droga que llena el alma de satisfacción. Con usted ha funcionado durante siglos, aunque su naturaleza no es mala, claro, quizás con ellos cueste más, pero seguro que al final se rendirán al encanto de ser buenas personas.
– No es mala idea, el año que viene lo haré.
– ¿ Cómo que el año que viene? ¡¡¡Empiece ya!!!
– Lo siento pero mi convenio laboral no me permite trabajar fuera de Navidad.
El abuelo se levantó del banco y se marchó sin mirar atrás.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Ficción, Navidad

A través de la ventana

31 octubre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Sé que es una pesadilla. Ha de serlo, porque solo si así lo pienso podré mantener la cordura hasta que me despierte con la primera luz del sol. Mientras tanto, no me queda más remedio que seguir mirando a través de esta ventana que me enfrenta a mis más terribles miedos. Primero fue la muerte de una mascota cariñosa y fiel. Después la pesadilla me obligó a presenciar la terrible muerte de una mujer buena, madre de dos pequeños que aún preguntan por ella cada día. Y luego siguieron otras escenas más, todas partiendo desde el ciprés de la colina de enfrente. Es sorprendente lo vívido que puede ser el dolor de estómago que el terror onírico provoca. Tan real como su banda sonora. Fuera se oye el viento ulular, cruel y frío. Mientras en el cálido interior, en algún lugar de esta estancia oscura, hay un reproductor de música que repite en cada escena la misma canción de Tom Waits, con su voz profunda arrastrando posos de nicotina y café en cada sílaba pronunciada. Y otra vez, la canción empieza de nuevo ¿Qué sucederá ahora?

“I’d sell your heart to the junkman, baby, for a buck, for a buck” (vendería tu corazón al chatarrero, cariño, por un dolar, por un dólar). A través del cristal de la ventana, entre las decenas de manchas que dejan las gotas de barro que caen desde un cielo marrón como las heces descompuestas, veo una niña de pie junto al ciprés.

“If you’re looking for someone to pull you out of that ditch You’re out of luck, you’re out of luck” (Si estás buscando alguien que te saque de la zanja no estás de suerte). La niña, como antes los otros, desciende la colina y se acerca. Esta criatura me trae a la memoria ese icono del cine de terror, aquella inocente niña en camisón, corrompida por el espíritu de un demonio que la posee.

“The ship is sinking,the ship is sinking, the ship is sinking, there’s leak, there’s leak, in the boiler room” (El barco se hunde, hay una fuga en la sala de calderas). Podría reconocer la cara de la niña si no fuese porque ya no es una niña, ahora es una adolescente, no, una mujer hermosa que envejece nota a nota, con cada letra pronunciada por la voz atormentada de Waits. Mientras camina, alarga la mano hacia mí ¿Me pide ayuda?

“God’s away, God’s away, God’s away on Business. Business. God’s away, God’s away, God’s away on Business. Business” (Dios está ausente). La anciana cae de rodillas junto a la ventana. En un último esfuerzo, alza una mano con la que toca el frío vidrio. Intento enlazar su mano con la mía a través del cristal. Pero su brazo se desliza poco a poco hacia abajo. Allá donde su mano se posa, el cristal se enfría como el hielo, como la muerte ¿Será que lo que hay al otro lado del cristal no tiene vida? Quizás tampoco la haya en esta
oscura habitación, cálida como el infierno.

“Digging up the dead with a shovel and a pick it’s a job, it’s a job “ (Desenterrar el muerto con una pala y un pico es un trabajo) Su mano acaba por perderse por debajo de la ventana. Lo único que queda de la niña, la adolescente, la mujer, la anciana, es el rastro sucio, marrón, que ha dejado su mano deslizándose sobre el vidrio mojado. ¿Cómo la podría haber salvado si estoy aquí dentro, en mi propio mundo de cuatro paredes? No tengo más opción que sufrir la tortura de observar a través del cristal como el resto de las vidas que me acompañan se marchitan y acaban hundidas en el barro ante mis ojos.

“I narrow my eyes like a coin slot baby. Let her ring, let her ring. God’s away, God’s away, God’s away on Business.” (Estrecho mis ojos como una ranura para monedas. Deja que suene. Dios está ausente) Espero despertar pronto. Ya. Porque cada segundo que pasa me entra más la duda. ¿Y si esta no es una pesadilla cualquiera? La primavera llena todo de vida, el verano nos hace creer que seremos eternos. Sin embargo, el otoño nos avisa de que el invierno se acerca, de que igual que caen las hojas caeremos nosotros. Puede que yo ya haya caído y esta sea una pesadilla de difunto.

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La belleza de las estrellas fugaces

1 octubre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

– Papá ¿Por qué mamá se fue tan pronto?
– Pues porque tu mamá es una estrella fugaz.
– ¿Una estrella fugaz?
– Mira el cielo, mira cuantas estrellas. Es precioso ¿Verdad?
– Sí.
– Sin embargo, las estrellas que siempre vemos, cuando descubrimos los dibujos que forman en el firmamento, llega un momento que nos aburren. Seguramente es el cuadro más bonito de la naturaleza, pero no deja de ser eso, un cuadro. 
– A mi me gustan las estrellas.
– Sí, pero…¡Mira esa!
– ¡Guau, qué bonita!
– Esa era una estrella fugaz. Como tu madre. Son estrellas inquietas, juguetonas, llenas de energía. Saltan del cielo a la tierra, viven con nosotros un tiempo dándonos su luz pero no tardan en volver a la bóveda celeste, porque allí también las necesitan para que nosotros no nos cansemos de observar las estrellas. Por esa razón jamás se quedan mucho tiempo en ningún sitio.
– Pero yo también la necesito ¿Cuándo volverá?
– Por desgracia, no podremos volver a verla como la recordamos. Sin embargo, cuando menos te lo esperes, la reconocerás en un destello de vida pura. Por ejemplo, en una sonrisa, en el brillo de unos ojos o en una puesta de sol. Y por supuesto, la verás «surfeando» los cielos en forma de estrella fugaz.
– ¿Y ella me verá?
– Ella siempre te ve, no te preocupes. 
– ¿Y de día?
– También. En el cielo no hay noche o día. Nosotros solo podemos ver las estrellas de noche, pero ellas están allí todo el tiempo y nos ven en todo momento. Y a menudo sonríen, y entonces brillan más. 
– ¿Y yo será algún día una estrella fugaz?
– Seguro que sí, pero una de las que duran mucho rato en el cielo y en la tierra.
– ¿Y podré viajar con mamá?
– Claro, te llevará con ella a todos los sitios. Y a mí, y a tu hermana también. 
– ¿Estaremos siempre de viaje los cuatro?
– Siempre. Los cuatro juntos.

En homenaje a Yanina, que volvió al cielo para surfear entre las estrellas. 

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Enlazados

4 septiembre, 2018 by JAP Vidal 1 comentario

Luisa soñaba despierta mientras paseaba su pastor alemán, a primera hora de la mañana. Le había llegado el rumor de que, ese mediodía, alguien muy importante iba a hacer una visita a su Brigada de Limpieza ¿De quién se trataría? ¿Le podría ayudar esa persona a ascender en la Brigada? Quizás incluso fuese el inicio de una carrera política meteórica. Sin darse cuenta de lo que su mascota dejaba en medio de la calle, ella continuó divagando entre la alcaldía y un escaño en el parlamento.

Durante toda la mañana, Luisa fue un manojo de nervios. Llegó la hora y se presentó en el lugar donde habían sido convocados todos aquellos que desearan limpiar las calles de la porquería propagandística separatista. Vio que al final iban a ser una docena de voluntarios. Les habían pedido que por un día dejaran en casa el uniforme blanco de desinfección y que acudieran bien vestidos, pues iban a acudir los medios de comunicación a cubrir la noticia y había que dar buena imagen. Todos ellos esperaban expectantes al personaje misterioso. Finalmente el misterio fue desvelado, entre una nube de periodistas apareció el político de moda. Todos aplaudieron con fervor. 

– Hoy, el compañero Albert nos dará su apoyo en nuestra dura misión de limpiar las calles de porquería – dijo un tipo al que ninguno en la Brigada había visto jamás – Como vais a ir en parejas, Albert solo podrá acompañar a uno de vosotros.
– ¿Puedo ir con esta señora tan agradable? – dijo el político, señalando de manera educada a una Luisa rebosante de felicidad.
– ¡Sí, sí! – acertó a decir ella, la única fémina en el grupo.

Las diferentes parejas se dispersaron para llevar a cabo su cometido. A Luisa y Albert les tocó una zona cercana a la vivienda de ella. El político no paraba de hablar con la prensa, pero a ella poco le importaba. Sabía que en algunas de las fotos que a él le hicieran, aparecería ella sonriendo, complacida imaginando la envidia de sus amigas al verla en los periódicos e incluso la televisión, al lado del mejor político español de los últimos tiempos.  No le molestó en absoluto que mientras ella se agachaba a cortar los lazos más bajos, Albert se encargaba de aquellos que se encontraban a su altura. «No puede agacharse porque le enfocan las cámaras», razonó.

– …por supuesto! ¡La tarea que cada día realizan miles de voluntarios es encomiable! ¡Una acción que debería ser responsabilidad de todos los ayuntamientos y que ejemplares vecinos realizan de forma completamente desin…
– ¡Perdone! – interrumpió un periodista que a Luisa le pareció sospechoso desde el primer momento – Ahí atrás se han dejado un lazo.
– ¿Dónde? Yo no veo ninguno atado por aquí.
– Hay un lazo en medio de la calle.

Allí donde el periodista señalaba había un imponente excremento de perro. Por encima suyo alguien había pintado a spray un lazo bien visible gracias al tamaño de la caca. El político quiso pasar por alto la situación y continuar el paseo seguido por su comitiva de palmeros; sin embargo, la voz del periodista le hizo detenerse.

– ¿A qué espera? Esta es una gran oportunidad para demostrar que su partido está limpiando las calles, sin ningún tipo de dudas – dijo con sorna mientras el cámara que le acompañaba grababa el momento.

El político miró a Luisa, apremiándole sin palabras a retirar como fuese aquella mierda de en medio de la calle. Ella, echando de menos su uniforme aséptico, cogió el excremento utilizando un par de pañuelos de papel, pues era demasiado grande como para cubrirlo con uno. «Se parece a las cacas de Toby», pensó. Solo aquel periodista miserable y el cámara que le acompañaba se quedaron a grabar como Luisa realizaba tarea tan denigrante. El resto de la comitiva continuó el camino mientras el líder político comentaba algo sobre la falta de civismo de los separatistas y de cómo el ayuntamiento que los apoyaba había recortado el presupuesto de limpieza. 

Cuando por la noche puso las noticias en las diferentes cadenas de televisión, descubrió con horror que en todos los informativos aparecía ella recogiendo el excremento marcado con el lazo. Le tocaba estar varios días sin pisar la calle para evitar las burlas de las vecinas.

Luisa acabó aquel día prometedor llorando como una magdalena en su cama, humillada, incapaz de entender que, acciones y reacciones se enlazan en una especie de karma cósmico, y que si juegas con mierda al final te mancharás seguro.

 

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