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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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    • Un cadáver muy frío – Ana Bolox
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Comedia

Se busca Navidad

20 diciembre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

No parece Navidad. Sí, la gente compra, pero no soy consciente de observar en las tiendas las colas que antaño se hacían para comprar jamón, gambas o turrones. Incluso ha pasado el día del sorteo del Gordo sin pena ni gloria, en los informativos este año la noticia ha quedado en un segundo plano detrás de la política. 
Supongo que también pesa el ambiente frío de mi oficina, un lugar donde apenas conozco el nombre de la mitad de mis compañeros, donde los jefes desaparecen de vacaciones sin avisar, sin decir ni siquiera felices fiestas. Por no hablar del lote que desapareció hace tres años de nuestras vidas, o de la cena de empresa que jamás sucedió. ¿Cómo lo veis? ¿Os parece normal? Si vuestra respuesta es afirmativa entonces nada que objetar, el raro soy yo.  
Ni siquiera el tiempo es el típico de Navidad. El Niño o lo que sea, se ha cargado el frío y nos lo ha cambiado por niebla y contaminación. No nos queda ni tan solo la ilusión porque este año nos pueda visitar la nieve, ya de por sí difícil de ver en la gran ciudad. 

Me invade una sensación de «Navidad interruptus» mientras camino por las calles de mi barrio, respirando el plomo de la viciada atmósfera, escuchando a la gente hablar de pactos postelectorales, viendo la charcutería vacía. De repente noto que alguien ha introducido su mano en uno de los bolsillos traseros de mis pantalones. Me giro rápido y veo a un niño que me mira con los ojos muy abiertos, asustado. El chaval sale corriendo y, tras un momento de duda, yo echo también a correr detrás de él. No me cuesta mucho darle alcance, le agarro de la chaqueta, se la intenta quitar pero yo le hago un abrazo de oso y ambos caemos al suelo. Milagrosamente el pedazo de suelo sobre el que nos tiramos no está manchado por ninguna residuo canino. «Suéltame» me dice, mientras lo levanto del suelo sin contemplaciones. 

– ¿Qué estabas haciendo? 
– ¿Tú que crees? 
– Sí, ya lo he visto, me intentabas robar, ¿por qué? 
– Si te lo cuento no me vas a creer. 
– Prueba.

Y entonces este chico escuálido de piel morena me confiesa que es Santa Claus, que este año se ha quedado sin blanca y no ha tenido más remedio que robar para poder comprar los regalos que luego repartirá sin ayuda de los renos (porque los ha vendido por wallapop para pagar las deudas, al igual que el trineo mágico). Me dice que ha intentado de todo antes de ponerse a robar: buscar sponsors, micromecenazgos, que si crowdfunding, que si créditos bancarios a intereses inmorales, pedir en el metro, pedir de rodillas a la puerta de un Mercadona…

– No te puedes imaginar como es la gente de cruel. 
– ¿Te llegaron a agredir? 
– ¡Qué va! ¡Mucho peor! Me ignoraron por completo. ¿Tú sabes lo duro que es reconocer las caras de las personas que te dejan cada año una copita de cava junto a los calcetines para agradecerte los regalos que les llevas y que ahora ni siquiera te miren? La rabia es lo que me llevó a robar.
– ¿Y por qué no abandonaste el tema de los regalos?
– ¿Qué quieres decir?
– Si este año no tienes para regalar pues no regales nada.
– ¿Estás loco? No puedo hacer eso. 
– Pero si es lo que la gente se ha buscado.
– ¡No lo hago por ellos! ¡Lo hago por mí! ¡Por mi fama! Yo soy Santa Claus, el afable anciano que cada año en Navidad reparte regalos por todo el mundo.
– ¿Y cómo es que eres un niño?
– Bueno, realmente soy así, una especie de Peter Pan. Lo que pasa es que las multinacionales prefieren la imagen del abuelo rechoncho con barba blanca vestido de rojo. Vende más.
– Es decir, que si no consigues el dinero no hay regalos, ¿no?
– Así es.

El chico me mira con cara de poker, yo sé que miente pero se ha currado una historia tan graciosa que no puedo más que abrir mi cartera y darle veinte euros. ¡Veinte euros! Todo porque no tengo un billete más pequeño en la cartera y no me puedo echar atrás, el chico ya ha puesto la mano para recoger este suculento aguinaldo. Mientras le doy el billete me siento realmente gilipollas. Pienso en voz alta mi última reflexión «En fin, es Navidad». El chico me da las gracias y comienza a caminar rápido, imagino que por si acaso me arrepiento de mi estupidez.

– ¡Espero que con lo que te he dado me traigas un buen regalo este año! – le digo con sorna.

El niño se detiene en seco. Se gira y me dice lo siguiente, con una voz profunda que parece imposible que pueda surgir de su joven persona:

– Puede que seas de los que creen que la Navidad es tan solo una fecha del calendario, un festivo en el que toca comer en familia, ofrecer y recibir regalos. Puede ser que cuando te vayas a dormir el veinticinco pienses que ese día ya no se repetirá hasta dentro de un año. El caso es que algunos vivimos la Navidad cada día y es por eso que tenemos espíritu navideño. No culpes a los demás si no eres capaz de encontrar la Navidad, búscala en tu corazón y si la descubres serás feliz. Ya tienes mi regalo de este año. ¡De nada!

Y tras soltarme esta reflexión, el muy canalla me da la espalda y se marcha, desapareciendo entre la multitud que sigue discutiendo sobre política y tiempo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Navidad, Sociedad

El abuelo (2008)

17 diciembre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Me fijé en aquel abuelo de barba blanca sentado en el banco y dando de comer a las palomas. Su cara reflejaba cansancio pero también relajación, la que proporciona el trabajo bien hecho. No me costó mucho reconocerle aunque ahora se presentara como un anciano anónimo, sin su mono rojo de trabajo. Digamos que un aura de bondad le rodeaba y que por mucho que intentara pasar de forma discreta entre la gente normal le era imposible. Se veía de una hora lejos que se trataba de un hombre bueno, el típico abuelo que todos querríamos tener, vamos, como el de Heidi.
Me acerqué a él y me senté justo a su lado en el banco, disimuladamente, comenzando a lanzar a las palomas las miguitas de la barra de pan que acababa de comprar. Me sentía bien a su lado, reconfortado, para mí eso ya era un gran regalo, un buen chute de energía positiva transmitida por la cercanía de aquel ser. Tras estar un buen rato, los dos sentados al sol, alimentando las palomas, él me miró y me dijo:
– ¿Qué? ¿Necesitas algo más de un servidor? ¿Ya estás satisfecho con tu regalo?

Me sorprendió que fuese tan directo y no pude más que balbucear un simple sí.
– Pues entonces ya puedo marcharme a descansar a mi Laponia del alma. No sé si el próximo año podré volver.
– ¿Se encuentra bien? – le pregunté yo.
– Bueno, digamos que no envejezco como vosotros, mis arrugas las provocan las cosas negativas del mundo, aquellas que no puedo eliminar con mis regalos. La tristeza, la maldad, el dolor, el egoísmo, son algunos de los factores que me afectan negativamente, y estamos llegando a un extremo en el cual veo peligrar mi vida. Cada vez hay más gente triste y llena de dolor en el mundo, y yo no puedo hacer nada por arreglarlo.
– ¡Sí que puede!
– ¿Sí puedo?
– Por supuesto. Regale bondad a la gente mala, seguro que si ellos descubren lo que significa ser bueno no querrán renunciar a ello. La bondad es como una droga que llena el alma de satisfacción. Con usted ha funcionado durante siglos, aunque su naturaleza no es mala, claro, quizás con ellos cueste más, pero seguro que al final se rendirán al encanto de ser buenas personas.
– No es mala idea, el año que viene lo haré.
– ¿ Cómo que el año que viene? ¡¡¡Empiece ya!!!
– Lo siento pero mi convenio laboral no me permite trabajar fuera de Navidad.
El abuelo se levantó del banco y se marchó sin mirar atrás.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Ficción, Navidad

Enlazados

4 septiembre, 2018 by JAP Vidal 1 comentario

Luisa soñaba despierta mientras paseaba su pastor alemán, a primera hora de la mañana. Le había llegado el rumor de que, ese mediodía, alguien muy importante iba a hacer una visita a su Brigada de Limpieza ¿De quién se trataría? ¿Le podría ayudar esa persona a ascender en la Brigada? Quizás incluso fuese el inicio de una carrera política meteórica. Sin darse cuenta de lo que su mascota dejaba en medio de la calle, ella continuó divagando entre la alcaldía y un escaño en el parlamento.

Durante toda la mañana, Luisa fue un manojo de nervios. Llegó la hora y se presentó en el lugar donde habían sido convocados todos aquellos que desearan limpiar las calles de la porquería propagandística separatista. Vio que al final iban a ser una docena de voluntarios. Les habían pedido que por un día dejaran en casa el uniforme blanco de desinfección y que acudieran bien vestidos, pues iban a acudir los medios de comunicación a cubrir la noticia y había que dar buena imagen. Todos ellos esperaban expectantes al personaje misterioso. Finalmente el misterio fue desvelado, entre una nube de periodistas apareció el político de moda. Todos aplaudieron con fervor. 

– Hoy, el compañero Albert nos dará su apoyo en nuestra dura misión de limpiar las calles de porquería – dijo un tipo al que ninguno en la Brigada había visto jamás – Como vais a ir en parejas, Albert solo podrá acompañar a uno de vosotros.
– ¿Puedo ir con esta señora tan agradable? – dijo el político, señalando de manera educada a una Luisa rebosante de felicidad.
– ¡Sí, sí! – acertó a decir ella, la única fémina en el grupo.

Las diferentes parejas se dispersaron para llevar a cabo su cometido. A Luisa y Albert les tocó una zona cercana a la vivienda de ella. El político no paraba de hablar con la prensa, pero a ella poco le importaba. Sabía que en algunas de las fotos que a él le hicieran, aparecería ella sonriendo, complacida imaginando la envidia de sus amigas al verla en los periódicos e incluso la televisión, al lado del mejor político español de los últimos tiempos.  No le molestó en absoluto que mientras ella se agachaba a cortar los lazos más bajos, Albert se encargaba de aquellos que se encontraban a su altura. «No puede agacharse porque le enfocan las cámaras», razonó.

– …por supuesto! ¡La tarea que cada día realizan miles de voluntarios es encomiable! ¡Una acción que debería ser responsabilidad de todos los ayuntamientos y que ejemplares vecinos realizan de forma completamente desin…
– ¡Perdone! – interrumpió un periodista que a Luisa le pareció sospechoso desde el primer momento – Ahí atrás se han dejado un lazo.
– ¿Dónde? Yo no veo ninguno atado por aquí.
– Hay un lazo en medio de la calle.

Allí donde el periodista señalaba había un imponente excremento de perro. Por encima suyo alguien había pintado a spray un lazo bien visible gracias al tamaño de la caca. El político quiso pasar por alto la situación y continuar el paseo seguido por su comitiva de palmeros; sin embargo, la voz del periodista le hizo detenerse.

– ¿A qué espera? Esta es una gran oportunidad para demostrar que su partido está limpiando las calles, sin ningún tipo de dudas – dijo con sorna mientras el cámara que le acompañaba grababa el momento.

El político miró a Luisa, apremiándole sin palabras a retirar como fuese aquella mierda de en medio de la calle. Ella, echando de menos su uniforme aséptico, cogió el excremento utilizando un par de pañuelos de papel, pues era demasiado grande como para cubrirlo con uno. «Se parece a las cacas de Toby», pensó. Solo aquel periodista miserable y el cámara que le acompañaba se quedaron a grabar como Luisa realizaba tarea tan denigrante. El resto de la comitiva continuó el camino mientras el líder político comentaba algo sobre la falta de civismo de los separatistas y de cómo el ayuntamiento que los apoyaba había recortado el presupuesto de limpieza. 

Cuando por la noche puso las noticias en las diferentes cadenas de televisión, descubrió con horror que en todos los informativos aparecía ella recogiendo el excremento marcado con el lazo. Le tocaba estar varios días sin pisar la calle para evitar las burlas de las vecinas.

Luisa acabó aquel día prometedor llorando como una magdalena en su cama, humillada, incapaz de entender que, acciones y reacciones se enlazan en una especie de karma cósmico, y que si juegas con mierda al final te mancharás seguro.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Política, Social

Metamorfosis

27 agosto, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

 

– ¡Qué asco, una cucaracha! ¡Toma pisotón!
– ¡Isabel, noooo!
– ¡No puede ser! ¡Ese bicho ha hablado! ¡Ha dicho mi nombre!
– ¡Soy yo, Gregorio!
– ¡Gre…Gregorio! ¿Eres tú, en serio?
– Sí, soy yo.
– ¿Cómo te has convertido en una cucaracha?
– Cuando te lo explique no te lo creerás.
– ¡Gregorio, estoy hablando con una cucaracha panza arriba, creo que podré creerme cualquier cosa que me cuentes!
– De acuerdo. Aquí va la terrible y sorprendente crónica de mi desgracia:

«Esta mañana, cuando me desperté, todavía rondaba por mi cabeza el último sueño de la noche que acababa de dejar atrás. Mantenía los ojos cerrados mientras mi mente proyectaba la imagen de una pantalla de ordenador. Concretando más, mi cerebro releía virtualmente la última frase de aquel correo electrónico que convertía mi sueño en pesadilla.

«En virtud de la potestad que la empresa me otorga, le informo de que ha sido usted DESPEDIDO«

Aún en plena angustia post-onírica, rebobiné mentalmente intentando descubrir cómo había llegado hasta ese momento. No sin considerable esfuerzo, alcancé a recordar que en el sueño me sentía bajo un fuerte estrés laboral, temeroso de perder el reconocimiento conseguido durante años de trabajo duro, con tareas cada vez más exigentes, más complicadas y menos agradecidas. En ese contexto hostil, de repente me entraba una llamada telefónica. Un compañero «me exigía» un favor. Los favores no se exigen, me habría gustado decirle, pero incluso en mi propio sueño me callaba por miedo a perder mi reputación tan duramente labrada. Sin embargo, esta vez al colgar, me daba cuenta de que algo había sucedido, que por mucho que quisiera sabía que jamás iba a hacer lo que se me había pedido. Ni eso ni nada más. Aunque lo desease, tanto mi cuerpo como mi cerebro se resistirían a obedecer. No recuerdo mucho más del sueño, seguramente haya dado un salto temporal, los sueños son así de caprichosos y anárquicos. Puede ser que pasasen semanas, meses o años,durante todo ese tiempo intentaba mostrar interés, disimular que seguía siendo el mismo profesional responsable. Hasta que al final, una mañana, recibía el correo electrónico de la directora de Recursos Inhumanos, y leía esa frase que lapidaba muchos años de ilusión y muchos más de frustración.

Abrí los ojos y ya no veía el mundo igual que ayer. Me sentía más pequeño, más ínfimo. Sin ningún valor para la sociedad. No me extrañó comprobar que mi cuerpo humano se había convertido en una vulgar cucaracha asquerosa, con una vida sin sentido.«

– Joder. Gregorio. Está claro lo que te ha pasado.
– ¿A qué te refieres?
– Sufres el síndrome Burnout.

– ¿Y eso qué es?
– En palabras vulgares, que has acabado tan hasta las pelotas de tu trabajo que ya te la suda todo. Vamos, que estás quemadísimo.
– Pues me temo que tienes razón.
– Tú mismo te haces la película de que te has convertido en una cucaracha.
– Cierto.
– Pero no lo eres.
– ¿Eh?
– En realidad, te sientes como una cucaracha y mientras no consigas cambiarlo, los demás te veremos igual que tú te ves a ti mismo.
– ¿Y qué puedo hacer?
– Reaccionar.
– Lo veo muy difícil.
– No creo que más que cambiar tu situación actual.
– ¿Qué quieres decir?
– Mírate, eres una cucaracha panza arriba. Si no te das la vuelta tendrás una muerte agónica. Tienes que girarte para poder seguir hacia delante.
– Ya lo he intentado y soy incapaz de hacerlo.
– ¿Por qué no pides ayuda?
– Ya lo he hecho. Pero todos los que han pasado por aquí, incluso varios conocidos, han huido de mi como si yo fuera un bicho asqueroso.
– A mi también me das grima, pero eres mi amigo. ¡Vamos allá!
– ¡Por fin!
– Y ahora, volver a transformarte depende de ti. No temas pedir ayuda. Los amigos de verdad te apoyaremos para que puedas transformarte las veces que haga falta.
– ¡Gracias! El esfuerzo de darme la vuelta me ha abierto el apetito. Voy a ver si puedo comer algo en ese bar de la esquina.
– ¡Cuidado! – gritó Isabel, demasiado tarde.

«¡Qué asco, una cucaracha! ¡Toma pisotón!». Gregorio no tuvo tiempo esta vez de reaccionar. Cuando el zapato se alzó de nuevo, Isabel contempló aterrorizada el espachurrado cuerpo de su viejo amigo contra la acera. Ya no cumplía el único requisito indispensable para la metamorfosis : estar vivo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Burnout, Castellano, Comedia, Ficción, Social

La Momia

22 agosto, 2018 by JAP Vidal 2 comentarios

La furgoneta avanzaba a toda velocidad, con los focos apagados, oculta en la oscuridad de la noche sin luna, atravesando un campo de baches etiquetado en los mapas con la categoría de carretera comarcal. Se trataba de la peor elección posible para realizar un trayecto entre el punto A  y el punto B, y por esa razón había sido el  camino y el momento escogido para la misión secreta. Nadie esperaría que aquella delicada y siniestra carga fuera transportada en secreto, con nocturnidad, por una carretera solo digna para conejos y zorros.

¿Nadie?

El conductor de aquella furgoneta sin luces, detectó demasiado tarde el remolque atravesado en medio de la carretera, justo a la salida de una curva de poca visibilidad. Ni siquiera tuvo tiempo de frenar antes del golpe. Los dos seres vivos de la cabina murieron en el acto.  El cadáver transportado no sufrió daños vitales, más bien todo lo contrario.

Un par de horas más tarde, el presidente de la nación recibe una llamada. Aunque lleva toda la noche esperándola,  se ve sorprendido por la información que le da su secretario y que le hiela la sangre. Esperaba poder descansar unos días después de colgar el teléfono, relajarse de la tensión de los últimos meses. Sin embargo, para su desasosiego, el hecho imprevisto, acaecido de madrugada en algún lugar entre el Escorial y Avila, cae como una bomba sobre su ánimo.

– Presidente, ¿sigue ahí?
– Sí, sí. ¿Se sabe quién puede haber saboteado la misión?
– Ahora mismo hay muchos sospechosos. Desde la extrema derecha a la extrema izquierda.
– Debe haber sido un chivatazo, pero ¿quién?
– Solo lo sabíamos nosotros dos y los dos agentes del CNI que han sido asesinados.
– ¿Asesinados?
– Sí, señor. A parte de las contusiones mortales del choque, ambos cadáveres tenían un impacto de bala en la frente. Sus verdugos se querían asegurar.
– ¿Se llevaron el ataúd o solo el cadáver?
– El cadáver. El féretro estaba completamente destrozado. Tampoco creo que estuviese en demasiado buen estado cuando lo sacaron de la tumba.
– Necesitamos recuperar el cuerpo antes de que se hagan eco los medios.
– Pero señor Presidente, ni siquiera sabemos quién lo ha robado. ¿Cómo vamos a saber la razón por la que lo han hecho?
– Me temo que pronto lo descubriremos. Ponga a todos sus agentes a buscar el cuerpo sin decir en ningún momento de quién se trata.
– ¿Y qué les digo?
– Dígales que buscan un objeto de culto que si cae en malas manos puede provocar una guerra civil.

No muy lejos de la residencia del presidente de la nación, en los sótanos de un museo de la capital, un centenar de personas se preparan en ese mismo momento para realizar un macabro rito ancestral. Los presentes se envuelven en capas que ocultan trajes caros, uniformes militares o sotanas clericales. No esconden sus rostros bajo capuchas, todos se conocen desde hace medio siglo o más, son los que siempre han cortado el bacalao. Sin embargo, ahora el sistema está en peligro. Sabían que esto podría suceder aunque no pensaban que tan pronto. Necesitan que su líder regrese y les guíe de nuevo por la senda correcta. Entre todos ellos, una figura se alza alta y majestuosa. Todos le conocen como el Elegido, el sucesor ungido por el Líder, que ha resultado no estar a la altura de las expectativas, a pesar de que ninguno de los presentes lo afirmará en voz alta. Este grupo de fieles se caracteriza por la mentira, el secretismo y la traición. El Elegido aguarda en silencio a que el resto de congregados abandonen los corrillos que se han formado alrededor de un altar, en medio de la estancia, en el que yace un cadáver en estado de descomposición.
El hombre hace un gesto con la mano derecha para pedir silencio, sin embargo, un famoso intelectual de origen sudamericano no se entera. El Elegido espera un poco más hasta que al final se le agota la paciencia y grita.

– ¿Por qué no te callas???? 

Ahora sí se hace el silencio. El Elegido se acerca hasta el altar y se arrodilla junto el cadáver.

– ¡Oh, gran Líder! ¡Tus fieles te ruegan humildemente que te levantes y nos guíes en estos tiempos convulsos!

El cadáver no pierde su sonrisa, obligado por el rigor mortis. No hay piel, los músculos podridos atraen la atención de las moscas  que vuelan en una danza macabra por encima de los restos sin vida.

– ¡Tapadlo con algo antes de que se lo coman las moscas!

Alguien obedece y tapa el cadáver con una bandera rojigualda adornada con un escudo preconstitucional.

– ¿Alguien sabe cómo sigue el ritual? – pregunta el heredero incapacitado, cada vez más impaciente.
– Pruebe su Excelencia de invocar al Líder con las palabras «Una, grande y libre». Es mano de santo – le aconseja un tipo con bigote invisible.
– ¡Una, grande y libre!

El cadáver se mantiene imperturbable.

– Parece que no ha funcionado – confirma un asistente de uniforme y con galones de capitán general, ni más ni menos.
– Tengo una idea – dice de repente un asistente de los de traje y corbata, con gafas y ojos de avispado. Sin duda es uno de los que corta mucho bacalao.

Se acerca al Elegido y le pone algo en las manos.

– Lea esto su Excelencia, usted que conoce el idioma.
– ¿Pero qué es?
– Algo infalible. Lo he traído como último recurso.

El Heredero comienza a leer en un idioma que pone la piel de gallina a muchos de los presentes. Algunos optan por taparse los oídos directamente.

– «Arribats en aquest moment històric, i com a president de la Generalitat, assumeixo, en presentar-los els resultats del referèndum davant del Parlament i dels nostres conciutadans, el mandat que Catalunya esdevingui un estat independent en forma de república…«

De repente, un grito de ultratumba envuelve toda la estancia. Es una voz aguda, se podría considerar hasta cómica sino fuera porque surge desde la garganta seca de una momia que no es una momia cualquiera. Es LA MOMIA.

– ¡Hijo de putaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

El cadáver se levanta de un salto y la bandera que lo cubría cae a un lado. El grito desgarrador enmudece y un silencio terrorífico invade la estancia. El ser resucitado posa sus cuencas vacías sobre cada uno de los atónitos presentes.

– ¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué me molestáis?
– Oh, Excelencia. ¡Necesitamos de ti para que corrijas el rumbo de la patria! – contesta el Elegido.
– ¡Coño! ¿Y para qué os dejé a vosotros?
– Señor, nos vigilan desde Europa, tenemos las manos atadas – añade un temeroso teniente coronel.
– ¿Y acudís a mi para que os salve el culo y os haga el trabajo sucio?

El Elegido opta por callar, avergonzado.

– Sois una panda de nenazas. ¡Vamos, decidme qué ocurre!
– Excelencia, los separatistas y los rojos quieren romper el país – afirma el del bigote invisible.
– ¿Otra vez? ¡Panda de cabrones! ¿Y por qué no los fusiláis a todos?
– Porque Europa…
– Os vigila, sí. Ya lo has dicho antes. ¡Me importa una mierda lo que piensen los demás! ¡Os voy a decir lo que vamos a hacer!
– ¡Sí, por favor! Usted ordene y nosotros obedecemos.
– En primer lugar, vais a detener a todos los cabecillas rebeldes.
– Eso lo hemos hecho ya, excelencia – afirma el Elegido.
– Muy bien. Después vais a obligar a los jueces a que sean lo más duros posibles aplicando las leyes sobre estos traidores. ¡Que se ceben!
– También lo hemos hecho.
– Vale. Luego, utilizaréis los medios de comunicación para aplaudir las acciones de estos jueces.
– Hecho.
– Bien, bien. Vamos por el buen camino. Entonces ¿Cuál es el problema con Europa?
– ¡El problema es que este inútil dejó escapar a los cabecillas separatistas!

«Este es clavado a José Antonio», piensa la Momia al observar al joven con cara de fino señorito que apunta con el dedo a un viejo con barba y cara de tontito.

– ¡No es verdad! – se defiende el de la barba, que al Líder le recuerda a un viejo amigo suyo gallego – ¡Excelencia, nadie podía pensar que iban a fugarse y que un juez alemán les daría luego la razón!
– ¿Y los jueces belgas? ¿Y los suizos? ¿Y los escoceses? ¡Media Europa protege a los separatistas y a otros indeseables! -insiste la versión 2.0 de Primo de Rivera.
– ¡Callad! Tengo la solución.  – dice la Momia – Vamos a enviar a Bélgica un montón de criminales que van a pedir asilo político argumentando que son inocentes y que se les persigue por sus ideas. Cuando los belgas se den cuenta de que se les llena el país de indeseables ya no diferenciarán entre políticos y criminales.
-¡Sólo verán prófugos! ¡Qué gran idea, Excelencia! – el finolis sacude la cabeza con satisfacción. Parece en éxtasis.
– ¡La misma que os dejé apuntada para rebajar las pretensiones de las regiones históricas, catetos!
– ¡Por supuesto! Se trata de banalizar aquello que no nos interesa que destaque. Es una estrategia muy uti….
– ¿Quién eres tú?
– ¡Excelencia, me presento! Soy el famoso y aclamado escritor Mario …
– ¡Un escritor «sudaca» que va de listillo! ¡Fuera de mi vista, desgraciado! 

Entre varios presentes – que ya le tenían ganas – se llevan a trompicones al famoso y aclamado escritor, mientras el Líder explica su plan de Reconquista a sus fieles seguidores. Pero pronto la paz se rompe. Los fieles que habían ido a «sacar la basura» entran corriendo en la sala.

– ¡Excelencia, nos han descubierto! – dice uno de los de uniforme verde caqui bajo la capa – ¡Debemos salir de aquí y ponerle a salvo!
– ¡Yo sé dónde llevar al Líder! – dice el señorito finolis.
– ¡De acuerdo, encárgate tú, Albert! – ordena el Elegido, que ha recuperado la voz de mando tras digerir la humillación pública a la que le ha expuesto el Líder.
– ¿Albert? – pregunta el Líder, mientras entre cuatro fieles lo llevan en volandas hasta la furgoneta que lo ha traído escondido hasta aquí.

El finolis se pone al volante y sale a toda leche destrozando la puerta del garaje. Está sudando copiosamente, no tiene ni idea de qué hacer con el Líder. Como siempre, ha hablado para dárselas de importante sin tener ni idea. Su compartimento está separado por una puerta del compartimento de carga. Desde allí le llegan golpes y gritos. ¿Qué le sucederá al líder? Ahora no puede parar, debe irse lejos de allí, evitar los controles del CNI. Si atrapan al líder todo se irá al garete… La puerta del compartimento de carga salta por los aires. Aparece la figura macabra del Líder que coge por el cuello al finolis, que intenta evitar que el volante se le escape.

– ¿Albert? ¿Eres catalufo?
– ¡Eh, sí! ¡Pero muy español! ¡Porque no hay catalanes ni madrileños, solo espa..
– ¡Calla soplagaitas! ¡Deja de decir tonterías!

El Líder comienza a golpear la cabeza del finolis, que al final pierde el control de la furgoneta justo a la altura de una curva peligrosa. El vehículo se sale de la carretera, da cuatro vueltas de campana y acaba panza arriba. El finolis llevaba el cinturón de seguridad, nunca hace nada sin sentirse protegido, por si acaso, eso le ha salvado aunque esté inconsciente. Sin embargo, el Líder ha salido despedido por el parabrisas, cayendo en la cuneta de la carretera. Una cuneta con memoria histórica.

– ¡Maldito catalufo! Voy a darte palos hasta que se me deshaga la mano…¿Por qué no puedo levantarme? ¿Quién me agarra?

Varias manos, surgidas de la tierra como gusanos, atrapan el cuerpo de la Momia. «Ven con nosotros. Vamos a pasarlo muy bien», le susurran las voces de los olvidados, espíritus que duermen en las cunetas de las carreteras españolas desde hace ochenta años. Cada vez más manos agarran su cadáver y lo atraen hacia ellos. Lo que hace un momento era tierra seca, ahora parecen arenas movedizas que lo engullen por completo.

Cuando el señorito finolis catalufo despierta, busca desesperado el cuerpo de su Líder. No lo encontrará, ni él ni nadie. Tampoco ningún ser vivo sabrá el sufrimiento que tendrá que padecer el Líder antes de volver a su descanso enterno en el Infierno.

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Hermes Wings

15 mayo, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

16 de mayo de 2028, 17:00 horas. En una oficina cualquiera de Barcelona.

– ¡Felicidades Sergio!
– Gracias Isabel.
– ¿Y cual es tu plan mañana? ¿Ya sabes lo que vas a hacer?
– ¿Mañana? He pensado que será un buen día para practicar deporte.
– ¡Qué buenas que están las croquetas! ¿Dónde las has comprado?
– En una tienda de reparto a domicilio. Les salen muy bien.
– Pues ha sido todo un acierto para esta fiesta. Esas tiendas tienen muy buenos productos, lástima que todas ellas exploten a sus trabajadores.
– Tienes razón.
– Disculpa, antes te he cambiado de tema. Así que, ahora que te jubilas, vas a aprovechar para hacer deporte, dices.
– Mañana mismo empiezo.
– Con la de años que llevamos trabajando juntos y ni siquiera sabía que te gustase el deporte.
– Bueno, es que hasta ahora no tenía tiempo para practicar bicicleta.
– ¡Bicicleta, qué bien! Es un deporte muy sano. Perdona pero me hace gracia imaginarte con pantalones cortos y marcando…
– ¡Qué mala eres Isabel! Cómo te aprovechas que mañana ya no seré tu jefe.
– Te echaremos de menos.
– Gracias. Pero no te preocupes que seguro que nos volveremos a ver.
– Sería genial. Matías, el nuevo jefe es un capullo y ya estamos planeando como fastidiarle. Te avisaremos para todas las celebraciones que hagamos y a él no le invitaremos. Cuando se entere se pondrá como una moto.
– Eso me lo hacíais a mí cuando me ascendieron.
– ¿En serio? No lo recuerdo ¡Si tu siempre fuiste muy bueno con nosotros!

Detrás de su sonrisa de complicidad, Sergio esconde el recuerdo muy presente en su mente del día en que Isabel se chivó al director de que él había llegado una hora tarde al trabajo. Aquel día había tenido que ir al médico y, por suerte, ya había tenido la precaución de avisar a su superior. Así había sido la vida siempre en aquella oficina, una jungla repleta de depredadores sin escrúpulos, más falsos que las auditorías que realizaban. Por fin iba a poder mandarlos a todos al carajo. En unos minutos iba a abandonar aquellas dependencias iluminadas por una luz artificial de palidez espectral y podría pasarse todo el día al aire libre, disfrutando de esa bicicleta que solo ha visitado en los últimos años para sacarle brillo.

 

 

17 de mayo de 2028, 08:00 horas. En una empresa de reparto a domicilio de Barcelona.

– ¡Buenos días, chicos! Me presento, soy Julio Greña, responsable de personal de Hermes Wings, la mejor empresa de reparto a domicilio de Barcelona. Vosotros sois, a ver si no me equivoco, Andrés, Sergio y Juan ¿Correcto? Mañana uno de vosotros será miembro de nuestra familia, una nueva ala de Hermes Wings. Tendrá este privilegio aquel que hoy complete antes este reparto de prueba. Los tres iréis a la misma empresa a entregar unos almuerzos. Es importante también que la mercancía llegue en buen estado, si no quedaréis descalificados.

Sergio observa a sus competidores. Andrés es un chico de unos veinte años, seguramente un estudiante con necesidad de un dinero extra mientras cursa la carrera que ha de garantizarle un porvenir fuera de este país sin futuro. Por el contrario, Juan parece ser un caso similar al suyo, un pensionista que necesita completar su pensión de mierda con otro sueldo, un «minijob» que debería ser de tres o cuatro horas al día pero que en la práctica se convierte en una jornada completa de ocho horas por el abuso de las empresas, que saben que tienen la sartén por el mango y el beneplácito de un sistema neoliberal perpetuado en el poder.

– Nuestra empresa, comprometida con el medio ambiente – continua su discurso promocional el señor Greña – no utiliza energías contaminantes, por eso nuestros repartidores circulan en bicicletas y patines. Podéis escoger vuestro medio de transporte, lo que os sea más cómodo. Lo innegociable es que la comida ha de llegar en perfecta presentación al cliente. ¿Tenéis alguna pregunta sobre vuestro trabajo?

– ¿Cuál es el horario de trabajo?

Es la clásica pregunta que ningún veterano se atrevería a formular. Andrés demuestra ser muy valiente o poco pillo, errores de juventud. Sergio observa la bicicleta de carreras del chico, una máquina que cuesta más dinero de lo que el chaval ganará en cinco años trabajando en esta empresa. El casco es otra maravilla, quizás más valiosa que la misma bicicleta ¿De verdad necesita este trabajo? Quizás ambas cosas son regalos de sus padres. Juan, por su parte, lleva unos patines de linea que a cualquiera que lo viese le daría por pensar que ha perdido a su nieta de diez años por el camino. Sergio, sin embargo, tiene una bicicleta de más de veinte años, poco usada pero tan mimada como esa nieta que él nunca tuvo.

– La jornada laboral es de seis horas, tres por la mañana y tres por la tarde, seis días a la semana. Por supuesto, se presupone que algunos días la jornada se puede alargar un poco según la demanda. Esos días se pide a cocineros y repartidores que sean comprensivos y hagan un esfuerzo extra.
– ¿Pero se nos pagará ese esfuerzo extra?

Andrés está tensando demasiado la cuerda. El señor Greña tuerce el gesto sin disimulo alguno. Su media melena canosa junto con su americana de color azul celeste y la camisa blanca impoluta, le dan una imagen de elegancia y soberbia.

– No son esfuerzos retribuibles. Pero no te preocupes porque son voluntarios. Si no podéis hacerlo no se os exigirá. ¿Alguna pregunta más? ¿No? Pues entonces vamos a hablar de la prueba. Tenéis que ir a esta dirección y entregar estos paquetes de comida. Son las oficinas de nuestra empresa, donde se toman los pedidos y donde también se ubica mi despacho. Preparaos porque en un par de minutos salís. El primero que llegue y entregue el pedido en perfecto estado se lleva el puesto de trabajo.

Los tres se colocan los cascos y las mochilas con los pedidos. Sergio observa a Juan, un anciano en patines. Se pregunta si él también estará tan ridículo en su bicicleta con tejanos cortos, camiseta y casco. Llega a la conclusión de que lo absurdo no son ellos, lo ridículo es que a su edad estén obligados a hacer esto para poder sobrevivir después de toda una vida trabajando.

– ¿Listos? – pregunta impaciente el señor Greña.

Todos se ponen en sus puestos. El chico, Andrés, está tocando unos mandos en su manillar.  Se da cuenta de que Sergio le mira.

– Estoy configurando el GPS de mi casco – le explica a Sergio mientras sonríe.

El viejo no dice nada, su casco es de lo más básico, solo sirve para evitar que sus sesos se desparramen por el cemento.

– ¡Ya!

Los tres aspirantes a repartidores salen a toda velocidad. Cruzan las primeras cinco calles separados a muy poca distancia, el joven un poco más adelantado a los dos ancianos. De pronto Sergio gira a la izquierda, mientras sonríe porque conoce un atajo que el GPS de Andrés no detecta. Sin embargo, Juan le ha seguido. Sergio acelera para intentar despegarse pero los patines de su adversario son tan rápidos como su bicicleta. Juan se convierte en su sombra. Diez minutos más tarde, los tres vuelven a coincidir en la recta final. Andrés los ve aparecer doscientos metros por delante de él, aprieta los dientes y lanza un sprint suicida en un intento desesperado por darles alcance. Cuando Sergio aparca la bicicleta de cualquier manera, Juan aprovecha para sacarle una pequeña ventaja sin quitarse los patines. Sin embargo, trata de subir unos cuantos escalones de manera torpe y Sergio está a punto de alcanzarle cuando, de repente, Juan cae de bruces sobre las escaleras. Es la oportunidad de Sergio, tiene vía libre para ganar. Juan no se mueve, permanece tendido boca abajo. Sergio lo adelanta, continúa directo hacia la victoria. Y se detiene. Vuelve hacia atrás y se agacha junto a Juan. En su juventud, Sergio aprendió a realizar masajes cardíacos que ahora aplica sobre su competidor. Mientras tanto, Andrés ya ha aparcado la bici y se acerca corriendo a toda velocidad a ambos ancianos. La victoria parece que al final va a ser suya. Juan despierta y Sergio respira aliviado. Andrés salta por encima de ellos pero tropieza con un pie y se estampa contra el suelo. A Sergio le ha parecido ver como Juan levantaba la pierna para entorpecer al joven. Ahora están todos en el suelo, pero Andrés es más ágil y se levanta más rápido. Corre los diez metros que le separan de la puerta, de la meta. Pulsa el timbre y aparece Julio Greña, sonriente.

– Vaya, parece que la victoria ha sido para el joven Andrés.

El chico sonríe prepotente mientras abre su bolsa y le entrega la mercancía al cliente ficticio. Al ver el estado de la comida, Julio Greña se pone serio, muy serio.

– No puedo aceptar este pedido. Ha llegado en un estado lamentable. Quedas eliminado.

Los dos ancianos se acaban de levantar del suelo, ayudándose uno al otro. Caminan hacia Julio Greña y el derrotado Andrés. Sin embargo, Juan se queda un poco por detrás, cediendo a Sergio el segundo puesto. Este le da las gracias, pero Juan le resta importancia con un gesto de su mano.

El señor Greña alarga la mano y Sergio le entrega el pedido, que no ha sufrido ningún desperfecto.

– Bienvenido a Hermes Wings, Sergio. Te deseamos una larga y productiva carrera en nuestra empresa.

Sergio no sabe si sentirse halagado o maldecir su suerte. El caso es que a partir de ahora podrá disfrutar de muchos días de deporte al aire libre.

 

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L’evangeli desaparegut

8 mayo, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

– Ens estàs dient que has trobat un altre evangeli apòcrif?
– Un altre no, germà suprem. Es tracta sens dubte de “l’Evangeli Apòcrif” més important de la Història.

Tant el germà suprem com els patrons del tribunal de la “Santa Garduña” van guardar silenci durant un temps que va semblar una eternitat. La informació que estava a punt de revelar el patró Eduardo podia ser de vital importància per als seus interessos.

– A veure germà, hi ha milers d’evangelis perduts de versions sobre la vida i els ensenyaments del Messies. La majoria d’aquests evangelis van desaparèixer als primers segles del Cristianisme.
– Aquest el van trobar els meus millors investigadors en unes dependències romanes.
– Romanes? De Judea o potser Egipte?
– Romanes de Sevilla, germà suprem!
– Què vols dir?
– Estava ocult entre altres pergamins oblidats en els arxius de la ciutat. Algú l’havia deixat allà sense saber ni qui l’havia escrit ni el que aquell text significava.
– I de qui és? D’algun Apòstol?
– No, de Sèneca.
– Impossible! Això és absurd! – Va interrompre Pedro, un altre dels patrons d’aquella misteriosa organització. Les seves desavinences amb el germà Eduardo eren conegudes per la resta de patrons i també pel germà suprem.
– En absolut – va apuntar Eduardo – ja hi havien rumors que Sèneca coneixia personalment a Saül de Tarso, Sant Pau. Però no hi havia proves. Ara sí que n’hi ha. 

Eduardo va repartir uns documents entre els membres del tribunal.

– Què és això? El suposat Evangeli? – el to de menyspreu de Pedro no va passar desapercebut.
– Recorda el germà suprem les famoses «Cartes a Lucili»? – Eduardo va fer oïdes sordes a la burla del seu adversari.
– “Epistulae morales ad Lucilium”. Les cent vint-i-quatre epístoles que escrigué Sèneca al seu misteriós amic – va indicar el germà suprem.
– No s’ha pogut provar que Lucili existís, però el que sí que s’ha provat és l’existència d’una altra nova carta, la cent vint-i-cinc.
– És aquesta? – va preguntar el germà Suprem.
– Sí. I no és una carta qualsevol. El que amaga aquest text és d’una magnitud sísmica.
– «Seneca suo Lucilio salutem…» I per què no ho heu traduït? – va protestar Pedro.
– No us preocupeu. Precisament tinc una còpia traduïda pels meus homes de confiança. Diu així:

«Sèneca saluda al seu Lucili. He deixat pel final la més important de les meves epístoles, i també la més perillosa. Col·loca al racó més amagat de la teva memòria les meves paraules i a continuació crema aquest papir abans que arribi a les mans d’algun dels meus molts enemics.
Saps bé que sempre m’he caracteritzat per ser una persona de conviccions fermes, recte i honest amb mi mateix. No m’ha estat fàcil, fins i tot haig de confessar que amb freqüència m’he deixat portar per l’avarícia i el desig. No sóc de pedra encara que de vegades ho sembli. Però cada vegada que he ensopegat en el camí de la vida, m’he tornat a aixecar amb més força gràcies a la meva fe cristiana.
Sí, Lucili, sóc cristià. Tot va començar quan fa uns anys em vaig trobar al Saül, un personatge molt important de la comunitat cristiana i amb el qual vaig poder parlar quan va visitar Roma. Ell no va conèixer al Messies directament, però em va explicar com era en realitat, molt diferent de la imatge esbiaixada que ha arribat fins a nosaltres. El més important de tot, Lucili, és que Jesús no era jueu, sinó que era un dels nostres, un militar romà. El seu origen era hispà, igual que el meu. Saül m’ho va explicar amb les següents paraules:

Odiaven el seu uniforme. Odiaven la seva masculinitat, el seu pit descobert. Jesús l’hebreu en realitat era Manuel el legionari, home de llargues patilles, mentó prominent i músculs endurits per mil batalles. Va fer enemics poderosos, envejosos de la seva valentia i desconeixement de la por. Per desgràcia, Manuel també tenia una gran virtut i, tanmateix, un gran defecte: era un home de principis, lligat de peus i mans a un codi particular de conducta que l’obligava a honrar al nostre Déu i a la Pàtria per sobre de la seva persona. Aquesta va ser la seva perdició. El seu pare, un fuster de la llunyana Hispània, un tal Pepe, sempre havia anat allà on Roma necessitava del seu servei. Estava treballant en la construcció de la Via Agrippa, al costat de l’assentament d’Arbiun, quan la seva dona va donar a llum el primer fill de la parella. Manuel va néixer enmig del fred i la pluja amb la que el Cantàbric avisava als romans que no eren benvinguts en aquella terra. Els vàrduls, autòctons d’aquella regió maleïda, mai els hi van donar treva. La família de Manuel va abandonar Arbiun poc abans que aquells bàrbars ataquessin l’emplaçament i acabessin amb tots els nens romans. Van tornar a Tarraco i des d’allà van decidir creuar el Mare Nostrum a la recerca de fortuna. Van arribar a Judea quan Manuel tenia dotze anys. Des de petit, ell sempre va estar obsessionat per protegir als seus veïns, segurament sensibilitzat per l’hostilitat que havia patit al nord d’ Hispània. Per aquesta raó, quan va tenir edat, es va allistar a la legió. Aviat els seus companys van descobrir que era un home especial, destacant com un exemple de valentia i d’honor. No va trigar a convertir-se en centurió. Era un líder, sense cap mena de dubte.

La seva fama es va estendre per tota Jerusalem, però també l’odi cap a ell com a símbol del poder de Roma. Un dia, la seva centúria va ser reclamada per la guàrdia d’ Herodes, per ajudar a sufocar una petita insurrecció, que va acabar sent una emboscada en la que milers de rebels es van llançar sobre els valents romans, davant la permissivitat de la guàrdia local. Manuel podia haver fugit, però els seus principis li impedien abandonar a cap dels seus soldats. Va defensar amb honor, fins al final, als seus homes i a la seva pàtria. Ostatge dels insurrectes, aquests pretenien fer xantatge al delegat de l’Emperador a Judea perquè els romans abandonessin aquella regió. No obstant això, Manuel va aprofitar una petita distracció dels seus guardians per llevar-se la vida amb un punyal que havia aconseguit arrabassar a un d’ells. L’endemà, el seu cos va aparèixer penjat en una creu als afores de Jerusalem.
Tres dies després de la seva mort, el seu esperit es va aparèixer
als seus homes que havien sobreviscut a l’emboscada. Els va fer jurar que mai oblidarien l’ofensa dels rebels de Judea i que els perseguirien fins que no en quedés ni un amb vida, sense treva. Des de llavors, els legionaris són el flagell de tots els rebels del món. Per Déu i per la Pàtria. I per Manuel, el legionari.

Aquestes van ser les paraules de Saül, i ara les meves, el meu evangeli. El nostre Messies no era un home de pau, Lucili. Jesús, és a dir, Manuel, era un home de justícia. Ull per ull i dent per dent. La història va corrompre el seu missatge perquè a certs poders no els interessava, era més fàcil controlar als seus fidels si aquests creien en una doctrina de pau. El problema, benvolgut amic, és que no puc proclamar aquesta veritat sense posar en perill la meva vida. Aquesta és la meva desgràcia i el secret que has de guardar-me. Aquesta serà la meva última carta, la que mai haurà de veure la llum.
Vale (adéu).»  (Aquí acaba la carta cent vint-i-cinc a Lucili)

– Eduardo, això és la bomba! Déu era legionari, ni més ni menys! – el germà suprem no va ocultar la seva sorpresa i entusiasme.
– I un patriota espanyol! – va emfatitzar un dels patrons.
– I no era un “rojo de mierda”! – va afegir un altre patró de l’àmbit militar.
– Com podíeu pensar que Déu fos comunista? Era evident que no podia ser així! – Eduardo estava eufòric pel seu èxit.
– Has de publicar-ho en el teu periòdic! – li va exhortar el germà suprem.
– Una cosa, Eduardo – va intervenir Pedro, fins aleshores callat – Aquest cop podrem confiar en la fiabilitat de les teves fonts. oi?
– M’ofens, Pedro. És clar que sí. Són homes que porten molts anys treballant amb nosaltres, deixant-se la pell pel nostre país.
– No seran els mateixos que la última vegada van aconseguir que fóssim la rialla de tota Europa?
– Allò va ser un accident.
– Segur que el papir és autèntic, Eduardo? – va preguntar el germà gran amb desconfiança.
–  Autèntic, autèntic…
– Tan se val, Eduardo, publica’l, tenim prou mitjans per a fer-te costat i, si la cosa va mal, ja ho taparem, com sempre.
– Però José Mari, després els que quedem com imbècils som nosaltres. Tu mai dónes la cara! – Pedro no es va mossegar la llengua.

El rostre del germà suprem reflectia el seu enuig després d’esmentar el patró el seu nom de pila.

– Patró Eduardo, la meva funció és la d’organitzar les accions a executar per tots els membres d’aquesta santa germandat: nobles, jutges, empresaris, polítics, militars, policies, erudits, periodistes, pinxos o putes. Tots han de seguir les meves ordres i respectar la meva jerarquia. No perdonaré el més lleu conat de rebel·lia. Ara marxeu tots i prepareu la maquinària mediàtica per expandir el missatge de l’evangeli de Sèneca per tots els racons de la nació!

El germà suprem es va aixecar de la taula i, a continuació, la resta de patrons  que secundaven es van dispersar a la cerca de noves conjures amb les quals evitar que el poder d’Espanya se’ls hi  anés de les mans.

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El evangelio perdido

7 mayo, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

– ¿Nos estás diciendo que has encontrado otro evangelio apócrifo?
– Otro no, hermano supremo. Se trata sin duda del Evangelio Apócrifo más importante de la Historia.

Tanto el hermano supremo como los capataces del tribunal de la «Santa Garduña» guardaron silencio durante lo que pareció una eternidad. La información que estaba a punto de revelar el «capataz» Eduardo podía ser de vital importancia para sus intereses. O quizás solo fuera la enésima bravuconada de un pseudo-periodista a sueldo.

– A ver hermano, hay miles de evangelios perdidos, de versiones sobre la vida y las enseñanzas del Mesías. La mayoría de estos evangelios desaparecieron en los primeros siglos del Cristianismo.
– Este lo encontraron mis mejores investigadores en unas dependencias romanas.
– ¿Romanas? ¿De Judea o tal vez Egipto?
– ¡Romanas de Sevilla, hermano supremo!
– ¿Qué quieres decir?
– Estaba oculto entre otros pergaminos olvidados en los archivos de la ciudad. Alguien lo había dejado allí sin saber quién lo había escrito y lo que aquel texto significaba.
– ¿Y de quién es? ¿De algún Apóstol?
– No, de Séneca.
– ¡Imposible! ¡Eso es absurdo! – Interrumpió Pedro, otro de los capataces de aquella red de personajes misteriosos y peligrosos. Sus desavenencias con el hermano Eduardo eran conocidas por el resto de capataces y el hermano supremo.
– En absoluto – apuntó Eduardo – ya habían rumores de que Séneca conocía personalmente a Saulo de Tarso, San Pablo. Pero no había pruebas. Ahora sí las hay.  

Eduardo repartió unos documentos entre los miembros del tribunal.

– ¿Qué es esto? ¿El supuesto Evangelio? – el tono de despreció en las palabras de Pedro no pasó desapercibido.
– ¿Se acuerda el hermano supremo de las famosas «Cartas a Lucilio»? – Eduardo hizo oídos sordos a la burla de su enemigo.
– Las ciento veinticuatro epístolas de Séneca a su misterioso amigo – indicó el hermano supremo.
– No se han encontrado pruebas de que Lucilio existiera, pero lo que sí se ha podido probar es la existencia de otra nueva carta, la ciento veinticinco.
– ¿Es esta? – preguntó el hermano supremo.
– Sí. Y no es una carta cualquiera. Lo que esconde este texto es de una magnitud sísmica.
– «Seneca suo Lucilio salutem…» ¿Y por qué no lo han traducido tus investigadores? – protestó Pedro.
– Lo hicieron, aquí tengo la traducción. El texto dice lo siguiente:

«Séneca saluda a su Lucilio. He dejado para el final la más importante de mis epístolas, y la más peligrosa. Guarda en el rincón más escondido de tu memoria mis palabras y a continuación quema este papiro antes de que llegue a manos de alguno de mis muchos enemigos.
Sabes bien que siempre me he caracterizado por ser una persona de convicciones firmes, recto y honesto conmigo mismo. No me ha sido fácil, incluso he de confesar que con frecuencia me he dejado llevar por la avaricia y el deseo. No soy de piedra aunque a veces lo parezca. Pero cada vez que he tropezado en el camino de la vida, me he vuelto a levantar con más fuerza gracias a mi fe cristiana.
Sí, Lucilio, soy cristiano. Todo comenzó hace unos años cuando encontré a Saulo, un personaje muy importante de la comunidad cristiana y con el que pude hablar en su visita a Roma. Él no conoció al Mesías directamente, pero me explicó cómo era en realidad, muy diferente de la imagen desvirtuada que ha llegado hasta nosotros. Lo más importante de todo, Lucilio, es que Jesús no era judío, sino que era uno de los nuestros, un militar romano. Su origen era hispano, igual que el mío. Saulo me lo contó con las siguientes palabras: 

Odiaban su uniforme. Odiaban su hombría, su pecho descubierto. Jesús el hebreo en realidad era Manuel el legionario, varón de largas patillas, mentón prominente y músculos endurecidos en mil batallas. Se granjeó poderosos enemigos, envidiosos de su bravura y desapego al miedo. Por desgracia, Manuel también tenía un gran virtud y a su vez defecto: era un hombre de principios, atado de pies y manos a un código particular de conducta que le obligaba a honrar a nuestro Dios y a la Patria por encima de su persona. Esa fue su perdición.
Su padre, un carpintero de la lejana Hispania, un tal Pepe, siempre había ido allá donde Roma necesitaba de su servicio. Estaba trabajando en la construcción de la Vía Agrippa, junto al asentamiento de Arbiun, cuando su mujer dio a luz el primer hijo de la pareja. Manuel nació en medio del frío y la lluvia con la que el Cantábrico avisaba a los romanos de que no eran bienvenidos en aquella tierra. Los várdulos, autóctonos de aquella región maldita, jamás les dieron tregua. La familia de Manuel abandonó Arbiun poco antes de que aquellos bárbaros atacaran el emplazamiento y acabaran con todos los niños romanos. Volvieron a Tarraco y desde allí decidieron cruzar el Mare Nostrum en busca de fortuna. Llegaron a Judea cuando Manuel tenía doce años. Desde pequeño, él siempre estuvo obsesionado en proteger a sus vecinos, seguramente sensibilizado por la hostilidad que había sufrido en el norte de Hispania. Por esa razón, en cuanto tuvo edad, se alistó a la legión. Pronto sus compañeros descubrieron que era un hombre especial, destacando como un ejemplo de valentía y de honor. No tardó en convertirse en centurión. Era un líder, sin duda.
Su fama se extendió por toda Jerusalén, pero también el odio hacia él como símbolo del poder de Roma. Un día, su centuria fue reclamada por la guardia de Herodes, para ayudar a sofocar una pequeña insurrección, que acabó siendo una emboscada en la que miles de rebeldes se lanzaron sobre los valientes romanos, ante la permisividad de la guardia local. Manuel podía haber huido, pero sus principios le impedían abandonar a uno solo de sus soldados. Defendió con honor, hasta el final, a sus hombres y a su patria. Rehén de los insurrectos, estos pretendían chantajear al delegado del Emperador en Judea para que los romanos abandonasen aquella región. Sin embargo, Manuel aprovechó un pequeño despiste de sus guardianes para darse muerte con un puñal que había conseguido arrebatar a uno de ellos. Al día siguiente, su cuerpo apareció colgado en una cruz a las afueras de Jerusalén.
Tres días después de su muerte, su espíritu se apareció a aquellos de sus hombres que habían sobrevivido a la emboscada. Les hizo jurar que nunca olvidarían la ofensa de los rebeldes de Judea y que los perseguirían hasta que no quedase uno con vida, sin cuartel. Desde entonces, los legionarios son el azote de todos los rebeldes del mundo. Por Dios y por la Patria. Y por Manuel, el legionario.

Estas fueron las palabras de Saulo de Tarso, y ahora las mías, mi evangelio. Nuestro Mesías no era un hombre de paz, Lucilio. Jesús, es decir, Manuel, era un hombre de justicia. Ojo por ojo y diente por diente. La historia desvirtuó su mensaje porque a ciertos poderes no les interesaba, era más fácil controlar a sus fieles si estos creían en una doctrina de paz. El problema, querido amigo, es que no puedo proclamar esta verdad sin poner en peligro mi vida. Esa es mi desgracia y el secreto que debes guardarme. Esta será mi última carta, la que jamás deberá ver la luz. Vale (adiós).»

– ¡Joder Eduardo, esto es la bomba! ¡Dios era legionario, ni más ni menos! – el hermano supremo no ocultó su sorpresa y entusiasmo.
– ¡Y un patriota español! – apuntó, emocionado, uno de los capataces.
– ¡Y no era un rojo de mierda! – dijo otro capataz del ámbito militar.
– ¿Cómo iba a ser Dios comunista? ¡Era evidente que no podía ser así! – afirmó un eufórico Eduardo.
– ¡Tienes que publicarlo en tu periódico! – le exhortó el hermano supremo.
– Tengo una duda – interrumpió Pedro, que no parecía compartir la alegría de sus compañeros – ¿Quienes son tus investigadores? ¿No serán los mismos que la cagaron la última vez? ¡Se rieron de nosotros en toda Europa!
– ¡Me ofendes, Pedro! – contestó Eduardo, indignado – ¡Esos hombres son unos patriotas y aquello fue un accidente que no volverá a ocurrir!
– Pero el papiro es auténtico ¿Verdad? – preguntó un tanto preocupado el hermano mayor.
– Auténtico, auténtico…

– ¡Da igual! Mañana lo publicarás y nuestra maquinaria mediática lo difundirá. Si al final se descubre que no es del todo cierto ya lo taparemos como hacemos siempre.
– ¡Pero José Mari, luego los que quedamos como gilipollas somos nosotros. Tú nunca das la cara!

Pedro no se mordió la lengua. El rostro del hermano supremo reflejaba su enojo tras mencionar aquel vasallo su nombre de pila.

–  Capataz Pedro, mi función es la de organizar las acciones a ejecutar por todos los miembros de esta santa hermandad : nobles, jueces,  empresarios, políticos, militares, policías, eruditos, periodistas, matones o putas. Todos deben seguir mis órdenes y respetar mi jerarquía. No perdonaré el más leve asomo de rebeldía. ¡Ahora marcha y prepara la maquinaria mediática para expandir el mensaje del evangelio de Séneca por toda España!

El hermano supremo se levantó de la mesa y, a continuación, el resto de capataces que le secundaban se dispersaron a la búsqueda de nuevas conjuras con las que evitar que el poder de España se les fuera de las manos.

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