• Saltar a la navegación principal
  • Saltar al contenido principal

JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

  • Relatos
    • El año de la rata
      • El año de la rata
      • El año de la rata – Héroes
      • El año de la rata – Fe
      • El año de la rata – Amuletos
      • El año de la rata – Perdidos
    • Castellano
      • 2020
        • Y la venganza surgió del mar
        • Las diez patas de Carcinos
        • El vividor
      • 2019
        • La duda de Orfeo
        • Amor multiversal
        • Save our souls
        • El alma amputada
        • Max
        • La variable
      • 2018
        • A través de la ventana
        • Mientras te recuerden
        • La belleza de las estrellas fugaces
        • Enlazados
        • Metamorfosis
        • La Momia
        • El ente sombra
        • Mientras haya un lobo vivo
        • Hermes Wings
        • El evangelio perdido
        • Neska
        • Las marionetas del Poder
        • Derechos de imagen
        • El maldito cuadro maldito
        • Carnival Killers
        • Luz
        • Un mundo ingrato
        • Simpatía por el reo
      • 2017
        • El último hombre bueno
        • La sonrisa de Nahia
        • Mis mejores deseos
        • El pollo
        • El rebaño
        • La maldición de Ramsés
        • Macabro placer
        • No matarás
        • La castañera
        • El invierno ha llegado
        • Llueve sobre mojado
        • TU LIBRO
        • Aplicando la ley proporcionalmente
        • Tú decides
        • El antropófago del Gayxample
        • El cácaro
        • Piel
        • La bala que no oiga llegar
        • En vivo entre muertos
        • Back in Black
        • Ocho horas
        • A puerta fría
        • Inés
        • Noche de difuntos
        • La lista del dragón
        • El hombre eterno
        • El vigilante de noche
        • El clérigo
        • El rincón más oscuro
        • Kaiju, la bestia.
        • Diablo
        • …a hierro muere
    • Català
      • L’evangeli desaparegut
      • La Neska
      • El somriure de la Nahia
      • El ramat
      • Tu decideixes
      • La bala que no senti arribar
      • El vigilant de nit
      • El racó més fosc
      • Kaiju, el monstre
      • …d’espasa té de morir
    • English
      • Kaiju, the monster
      • Evil Tramp
      • …dies by the sword.
  • Lecturas
    • Muerte sin resurrección (Roberto Martínez Guzmán)
    • La arena del reloj – Mayte Esteban
    • 50 palos – Pau Donés
    • Un café a las seis – Pilar Muñoz
    • Leyendas de la Tierra límite : Las Tierras Blancas
    • Un cadáver muy frío – Ana Bolox
    • Lectores aéreos – Gabriella Campbell
    • Un hotel en ninguna parte – Mónica Gutiérrez
    • Siete libros para Eva – Roberto Martínez Guzmán
    • El silbido de la serpiente
  • Bibliografía
    • El autor
    • 50/30 Historias para el camino
    • La librería a la vuelta de la esquina
  • Agradecimientos
  • Política de privacidad

Política

Save our souls

8 septiembre, 2019 by JAP Vidal 2 comentarios

De la Wikipedia : «SOS es la señal de socorro más utilizada internacionalmente. Se cree equivocadamente que SOS significa Save our souls (Salven nuestras almas). En realidad se escogió esta representación por su simplicidad a la hora de transmitirla en código Morse.»
Nota del autor : También se cree, equivocadamente, que como los marineros tienen la obligación legal y moral de asistir a los navegantes en peligro, siempre ayudarán a salvar a los náufragos que se encuentren.

Era imposible descansar en la cubierta de aquel crucero. En primer lugar, a causa del jaleo de los niños jugando en la piscina de popa, y después por el ir y venir de la gente con sus constantes peregrinaciones de la hamaca a la barra y de la barra a la hamaca, con cócteles y cervezas en ambas manos. A pesar de todo ello, conseguí cerrar los ojos un momento, un minuto tal vez, hasta que de pronto se oyeron varias voces que gritaban, al principio de manera incomprensible. Me di cuenta de que algo importante sucedía porque noté como poco a poco, el tráfico de bebidas de todo incluido se desaceleraba de forma evidente. Abrí los ojos. Muy cerca de mi hamaca había varias personas, con sus mojitos o piñas coladas en la mano, que miraban hacia estribor, o quizás era hacia babor…bueno, hacia la derecha del barco. De allí venían los gritos. Varios pasajeros al lado de la borda, hacían ostensibles gestos para llamar la atención, no sé de quién. Alguno decidió que lo mejor era correr hacia el bar y avisar directamente en el bar de la cubierta. Los camareros se miraron entre sí y uno de ellos hizo una llamada. Yo continuaba en mi hamaca sin perderme detalle. Los niños seguían chapoteando y gritando en la piscina. Algunos de los que transportaban cócteles continuaron su trayecto y se estiraron en sus hamacas como si no sucediera nada. Pero definitivamente, algo había ocurrido.
Un par de minutos tardaron dos oficiales del barco en acercarse a la zona donde se había formado una aglomeración de gente que observaba el mar. En ese momento pensé que quizás habrían avistado un tiburón. Valía la pena hacer el esfuerzo de levantarse de la hamaca si eso comportaba una historia más que contar al regresar de las vacaciones. Me levanté y me acerqué a la multitud. Seguía sin entender de qué hablaban, pero no parecía que se tratase de ningún animal marino. Pude encontrar un hueco en la barandilla y entonces lo vi. Se trataba de una barca ruinosa, medio hundida en el mar. La parte trasera de la barcaza ya había desaparecido entre las aguas. En la parte delantera de la misma, en poco más de diez metros de largo, se agolpaban más de un centenar de personas que gritaban desde allí abajo y nos miraban, implorando ayuda. Habían algunos más que nadaban a unos metros de la barca, otros flotaban inertes. Conté una decena de cuerpos. Desconocía si habría más cadáveres que ya se habrían hundido. Me retiré de la barandilla, incapaz de seguir observando aquel espectáculo dantesco, me sentía mareado. A mi lado, varios pasajeros del crucero discutían junto al par de oficiales que habían acudido.
– ¡Tenemos que hacer algo rápido! ¡No podemos dejarlos ahí!
– ¡No! ¡Lo que hay que hacer es dar aviso por radio a la guardia costera para que vengan ellos a recogerlos! ¡No podemos subir a esa gente a este barco!
– ¡Si no los recogemos ahora esa barca se hundirá y todos morirán! ¡No podemos esperar más!
– ¿Quién nos asegura de que alguno de ellos no es portador de enfermedades como el ébola? ¡Es un peligro subirlos!
– ¡No diga estupideces! Tenemos sitio suficiente para aislarlos en una parte del crucero. No es necesario que compartamos el mismo espacio.
– ¡Pero alguien tendrá que auxiliarlos! ¿Quién va a atreverse a entrar en contacto con ellos? ¿Hay alguien que esté vacunado del ébola?
– Yo mismo me ofrezco voluntario.
– ¿Usted? ¿Está vacunado?
– No, pero me da igual. No soporto ver a esta gente muriéndose delante de mis narices sin hacer nada por evitarlo.
Los que discutían entre recoger a los náufragos o dejarlos tirados eran pasajeros del crucero del mismo país, del mío. Los oficiales del crucero se mantenían al margen, mudos, observando el contraste de opiniones.
– Oficiales, exijo que si este señor baja a auxiliar a esas personas, no regrese con el resto de pasajeros y se le aísle en la zona donde se aloje a los náufragos. No pienso permitir que su imprudencia provoque una epidemia de riesgos imprevisibles.
– No podemos aislar una zona del crucero – apuntó uno de los oficiales que hasta ahora no había participado en la conversación-. Todos los camarotes están ocupados, y no podemos tampoco ceder ningún espacio en cubierta porque todos son de circulación libre para los pasajeros.
– No es verdad, hay zonas que están prohibidas para los pasajeros.
– Si están prohibidas para los pasajeros también están prohibidas para cualquier persona ajena a la tripulación.
– ¿Incluso en un momento así?
– Así es – afirmó el oficial-. Además tampoco hay suficiente comida para alimentar a esa gente.
– ¿Es broma? Cada día se está tirando comida para alimentar el triple de personas de las que están a punto de ahogarse mientras nosotros discutimos.
– No es tan fácil. El crucero se compromete a ofrecer diariamente una cantidad de comida y eso es lo que hacemos. No llevamos comida de más, está calculada para cumplir con nuestro compromiso comercial.
– ¡Pero si la mitad de esa comida se tira!
– Eso da igual. Estamos obligados a ofrecer esas raciones.
– ¿Y si les alimentamos con las sobras?
– Si hacemos eso y los medios de comunicación se entera, se nos echarían encima criticando nuestra conducta.
– ¡Eso es absurdol! ¡Estamos hablando de salvarles la vida! ¡La ley marítima nos obliga a socorrerlos!
– ¡No le hagan caso! ¡No podemos subirlos! ¡Son un peligro para nosotros! ¡Me niego a compartir espacio con personas que pueden contagiarme una enfermedad letal! ¡Les denunciaré si les suben a bordo! ¡Avisen a la guardia costera que corresponda y vayámonos de aquí!
– ¡Yo me quedo con ellos! ¡Me niego a dejarlos aquí!
– No podemos abandonar a ningún pasajero en alta mar.
– ¡Se lo exijo! Solo necesito cinco botes salvavidas y mis raciones de comida para lo que queda de crucero. Nada más. Con eso aguantaremos hasta que lleguen los guardacostas.
– No nos es posible prescindir de los botes salvavidas.

El hombre miró de nuevo por la borda. Los ojos se le llenaron de lágrimas.
– ¡Yo me quedo con él! -dijo una chica joven-. Exijo otro bote salvavidas para mí y mis raciones de comida.
– ¡Y nosotros también! – dijeron una pareja de unos setenta años y pelo blanco.
Al final, bajaron un solo bote con una decena de pasajeros. Estos firmaron un documento por el cual se comprometían a renunciar al crucero y a no demandar a la empresa organizadora. También aceptaban asumir el riesgo que para sus vidas comportaba aquella acción. A cambio recibían las raciones calculadas para cada uno de ellos que les correspondería hasta el final del viaje.

Cuando descendieron, La barcaza ya había desaparecido bajo el mar, y con ella la mitad de sus ocupantes. Los supervivientes, al ver el bote salvavidas, nadaron desesperadamente hacia ellos. Según se chismorreaba en cubierta, el crucero habría informado a la guardia costera de Italia con un mensaje de SOS, y esta aún tardaría unas horas en llegar hasta el lugar del naufragio. Cuando eso sucediese nosotros ya nos encontraríamos de nuevo navegando, rumbo a Mallorca. Sin más que hacer, me volví a estirar en la hamaca aunque sin poder descansar tranquilo. El jaleo provocado por el chapoteo en las piscinas y el tráfico de pasajeros ansiosos por amortizar el «todo incluido», me impedía echar la siesta. O quizás, lo que me inquietaba era saber que las almas que no se podrían salvar serían las nuestras.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Migración, Política

Enlazados

4 septiembre, 2018 by JAP Vidal 1 comentario

Luisa soñaba despierta mientras paseaba su pastor alemán, a primera hora de la mañana. Le había llegado el rumor de que, ese mediodía, alguien muy importante iba a hacer una visita a su Brigada de Limpieza ¿De quién se trataría? ¿Le podría ayudar esa persona a ascender en la Brigada? Quizás incluso fuese el inicio de una carrera política meteórica. Sin darse cuenta de lo que su mascota dejaba en medio de la calle, ella continuó divagando entre la alcaldía y un escaño en el parlamento.

Durante toda la mañana, Luisa fue un manojo de nervios. Llegó la hora y se presentó en el lugar donde habían sido convocados todos aquellos que desearan limpiar las calles de la porquería propagandística separatista. Vio que al final iban a ser una docena de voluntarios. Les habían pedido que por un día dejaran en casa el uniforme blanco de desinfección y que acudieran bien vestidos, pues iban a acudir los medios de comunicación a cubrir la noticia y había que dar buena imagen. Todos ellos esperaban expectantes al personaje misterioso. Finalmente el misterio fue desvelado, entre una nube de periodistas apareció el político de moda. Todos aplaudieron con fervor. 

– Hoy, el compañero Albert nos dará su apoyo en nuestra dura misión de limpiar las calles de porquería – dijo un tipo al que ninguno en la Brigada había visto jamás – Como vais a ir en parejas, Albert solo podrá acompañar a uno de vosotros.
– ¿Puedo ir con esta señora tan agradable? – dijo el político, señalando de manera educada a una Luisa rebosante de felicidad.
– ¡Sí, sí! – acertó a decir ella, la única fémina en el grupo.

Las diferentes parejas se dispersaron para llevar a cabo su cometido. A Luisa y Albert les tocó una zona cercana a la vivienda de ella. El político no paraba de hablar con la prensa, pero a ella poco le importaba. Sabía que en algunas de las fotos que a él le hicieran, aparecería ella sonriendo, complacida imaginando la envidia de sus amigas al verla en los periódicos e incluso la televisión, al lado del mejor político español de los últimos tiempos.  No le molestó en absoluto que mientras ella se agachaba a cortar los lazos más bajos, Albert se encargaba de aquellos que se encontraban a su altura. «No puede agacharse porque le enfocan las cámaras», razonó.

– …por supuesto! ¡La tarea que cada día realizan miles de voluntarios es encomiable! ¡Una acción que debería ser responsabilidad de todos los ayuntamientos y que ejemplares vecinos realizan de forma completamente desin…
– ¡Perdone! – interrumpió un periodista que a Luisa le pareció sospechoso desde el primer momento – Ahí atrás se han dejado un lazo.
– ¿Dónde? Yo no veo ninguno atado por aquí.
– Hay un lazo en medio de la calle.

Allí donde el periodista señalaba había un imponente excremento de perro. Por encima suyo alguien había pintado a spray un lazo bien visible gracias al tamaño de la caca. El político quiso pasar por alto la situación y continuar el paseo seguido por su comitiva de palmeros; sin embargo, la voz del periodista le hizo detenerse.

– ¿A qué espera? Esta es una gran oportunidad para demostrar que su partido está limpiando las calles, sin ningún tipo de dudas – dijo con sorna mientras el cámara que le acompañaba grababa el momento.

El político miró a Luisa, apremiándole sin palabras a retirar como fuese aquella mierda de en medio de la calle. Ella, echando de menos su uniforme aséptico, cogió el excremento utilizando un par de pañuelos de papel, pues era demasiado grande como para cubrirlo con uno. «Se parece a las cacas de Toby», pensó. Solo aquel periodista miserable y el cámara que le acompañaba se quedaron a grabar como Luisa realizaba tarea tan denigrante. El resto de la comitiva continuó el camino mientras el líder político comentaba algo sobre la falta de civismo de los separatistas y de cómo el ayuntamiento que los apoyaba había recortado el presupuesto de limpieza. 

Cuando por la noche puso las noticias en las diferentes cadenas de televisión, descubrió con horror que en todos los informativos aparecía ella recogiendo el excremento marcado con el lazo. Le tocaba estar varios días sin pisar la calle para evitar las burlas de las vecinas.

Luisa acabó aquel día prometedor llorando como una magdalena en su cama, humillada, incapaz de entender que, acciones y reacciones se enlazan en una especie de karma cósmico, y que si juegas con mierda al final te mancharás seguro.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Política, Social

La Momia

22 agosto, 2018 by JAP Vidal 2 comentarios

La furgoneta avanzaba a toda velocidad, con los focos apagados, oculta en la oscuridad de la noche sin luna, atravesando un campo de baches etiquetado en los mapas con la categoría de carretera comarcal. Se trataba de la peor elección posible para realizar un trayecto entre el punto A  y el punto B, y por esa razón había sido el  camino y el momento escogido para la misión secreta. Nadie esperaría que aquella delicada y siniestra carga fuera transportada en secreto, con nocturnidad, por una carretera solo digna para conejos y zorros.

¿Nadie?

El conductor de aquella furgoneta sin luces, detectó demasiado tarde el remolque atravesado en medio de la carretera, justo a la salida de una curva de poca visibilidad. Ni siquiera tuvo tiempo de frenar antes del golpe. Los dos seres vivos de la cabina murieron en el acto.  El cadáver transportado no sufrió daños vitales, más bien todo lo contrario.

Un par de horas más tarde, el presidente de la nación recibe una llamada. Aunque lleva toda la noche esperándola,  se ve sorprendido por la información que le da su secretario y que le hiela la sangre. Esperaba poder descansar unos días después de colgar el teléfono, relajarse de la tensión de los últimos meses. Sin embargo, para su desasosiego, el hecho imprevisto, acaecido de madrugada en algún lugar entre el Escorial y Avila, cae como una bomba sobre su ánimo.

– Presidente, ¿sigue ahí?
– Sí, sí. ¿Se sabe quién puede haber saboteado la misión?
– Ahora mismo hay muchos sospechosos. Desde la extrema derecha a la extrema izquierda.
– Debe haber sido un chivatazo, pero ¿quién?
– Solo lo sabíamos nosotros dos y los dos agentes del CNI que han sido asesinados.
– ¿Asesinados?
– Sí, señor. A parte de las contusiones mortales del choque, ambos cadáveres tenían un impacto de bala en la frente. Sus verdugos se querían asegurar.
– ¿Se llevaron el ataúd o solo el cadáver?
– El cadáver. El féretro estaba completamente destrozado. Tampoco creo que estuviese en demasiado buen estado cuando lo sacaron de la tumba.
– Necesitamos recuperar el cuerpo antes de que se hagan eco los medios.
– Pero señor Presidente, ni siquiera sabemos quién lo ha robado. ¿Cómo vamos a saber la razón por la que lo han hecho?
– Me temo que pronto lo descubriremos. Ponga a todos sus agentes a buscar el cuerpo sin decir en ningún momento de quién se trata.
– ¿Y qué les digo?
– Dígales que buscan un objeto de culto que si cae en malas manos puede provocar una guerra civil.

No muy lejos de la residencia del presidente de la nación, en los sótanos de un museo de la capital, un centenar de personas se preparan en ese mismo momento para realizar un macabro rito ancestral. Los presentes se envuelven en capas que ocultan trajes caros, uniformes militares o sotanas clericales. No esconden sus rostros bajo capuchas, todos se conocen desde hace medio siglo o más, son los que siempre han cortado el bacalao. Sin embargo, ahora el sistema está en peligro. Sabían que esto podría suceder aunque no pensaban que tan pronto. Necesitan que su líder regrese y les guíe de nuevo por la senda correcta. Entre todos ellos, una figura se alza alta y majestuosa. Todos le conocen como el Elegido, el sucesor ungido por el Líder, que ha resultado no estar a la altura de las expectativas, a pesar de que ninguno de los presentes lo afirmará en voz alta. Este grupo de fieles se caracteriza por la mentira, el secretismo y la traición. El Elegido aguarda en silencio a que el resto de congregados abandonen los corrillos que se han formado alrededor de un altar, en medio de la estancia, en el que yace un cadáver en estado de descomposición.
El hombre hace un gesto con la mano derecha para pedir silencio, sin embargo, un famoso intelectual de origen sudamericano no se entera. El Elegido espera un poco más hasta que al final se le agota la paciencia y grita.

– ¿Por qué no te callas???? 

Ahora sí se hace el silencio. El Elegido se acerca hasta el altar y se arrodilla junto el cadáver.

– ¡Oh, gran Líder! ¡Tus fieles te ruegan humildemente que te levantes y nos guíes en estos tiempos convulsos!

El cadáver no pierde su sonrisa, obligado por el rigor mortis. No hay piel, los músculos podridos atraen la atención de las moscas  que vuelan en una danza macabra por encima de los restos sin vida.

– ¡Tapadlo con algo antes de que se lo coman las moscas!

Alguien obedece y tapa el cadáver con una bandera rojigualda adornada con un escudo preconstitucional.

– ¿Alguien sabe cómo sigue el ritual? – pregunta el heredero incapacitado, cada vez más impaciente.
– Pruebe su Excelencia de invocar al Líder con las palabras «Una, grande y libre». Es mano de santo – le aconseja un tipo con bigote invisible.
– ¡Una, grande y libre!

El cadáver se mantiene imperturbable.

– Parece que no ha funcionado – confirma un asistente de uniforme y con galones de capitán general, ni más ni menos.
– Tengo una idea – dice de repente un asistente de los de traje y corbata, con gafas y ojos de avispado. Sin duda es uno de los que corta mucho bacalao.

Se acerca al Elegido y le pone algo en las manos.

– Lea esto su Excelencia, usted que conoce el idioma.
– ¿Pero qué es?
– Algo infalible. Lo he traído como último recurso.

El Heredero comienza a leer en un idioma que pone la piel de gallina a muchos de los presentes. Algunos optan por taparse los oídos directamente.

– «Arribats en aquest moment històric, i com a president de la Generalitat, assumeixo, en presentar-los els resultats del referèndum davant del Parlament i dels nostres conciutadans, el mandat que Catalunya esdevingui un estat independent en forma de república…«

De repente, un grito de ultratumba envuelve toda la estancia. Es una voz aguda, se podría considerar hasta cómica sino fuera porque surge desde la garganta seca de una momia que no es una momia cualquiera. Es LA MOMIA.

– ¡Hijo de putaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!

El cadáver se levanta de un salto y la bandera que lo cubría cae a un lado. El grito desgarrador enmudece y un silencio terrorífico invade la estancia. El ser resucitado posa sus cuencas vacías sobre cada uno de los atónitos presentes.

– ¿Qué hacéis aquí? ¿Por qué me molestáis?
– Oh, Excelencia. ¡Necesitamos de ti para que corrijas el rumbo de la patria! – contesta el Elegido.
– ¡Coño! ¿Y para qué os dejé a vosotros?
– Señor, nos vigilan desde Europa, tenemos las manos atadas – añade un temeroso teniente coronel.
– ¿Y acudís a mi para que os salve el culo y os haga el trabajo sucio?

El Elegido opta por callar, avergonzado.

– Sois una panda de nenazas. ¡Vamos, decidme qué ocurre!
– Excelencia, los separatistas y los rojos quieren romper el país – afirma el del bigote invisible.
– ¿Otra vez? ¡Panda de cabrones! ¿Y por qué no los fusiláis a todos?
– Porque Europa…
– Os vigila, sí. Ya lo has dicho antes. ¡Me importa una mierda lo que piensen los demás! ¡Os voy a decir lo que vamos a hacer!
– ¡Sí, por favor! Usted ordene y nosotros obedecemos.
– En primer lugar, vais a detener a todos los cabecillas rebeldes.
– Eso lo hemos hecho ya, excelencia – afirma el Elegido.
– Muy bien. Después vais a obligar a los jueces a que sean lo más duros posibles aplicando las leyes sobre estos traidores. ¡Que se ceben!
– También lo hemos hecho.
– Vale. Luego, utilizaréis los medios de comunicación para aplaudir las acciones de estos jueces.
– Hecho.
– Bien, bien. Vamos por el buen camino. Entonces ¿Cuál es el problema con Europa?
– ¡El problema es que este inútil dejó escapar a los cabecillas separatistas!

«Este es clavado a José Antonio», piensa la Momia al observar al joven con cara de fino señorito que apunta con el dedo a un viejo con barba y cara de tontito.

– ¡No es verdad! – se defiende el de la barba, que al Líder le recuerda a un viejo amigo suyo gallego – ¡Excelencia, nadie podía pensar que iban a fugarse y que un juez alemán les daría luego la razón!
– ¿Y los jueces belgas? ¿Y los suizos? ¿Y los escoceses? ¡Media Europa protege a los separatistas y a otros indeseables! -insiste la versión 2.0 de Primo de Rivera.
– ¡Callad! Tengo la solución.  – dice la Momia – Vamos a enviar a Bélgica un montón de criminales que van a pedir asilo político argumentando que son inocentes y que se les persigue por sus ideas. Cuando los belgas se den cuenta de que se les llena el país de indeseables ya no diferenciarán entre políticos y criminales.
-¡Sólo verán prófugos! ¡Qué gran idea, Excelencia! – el finolis sacude la cabeza con satisfacción. Parece en éxtasis.
– ¡La misma que os dejé apuntada para rebajar las pretensiones de las regiones históricas, catetos!
– ¡Por supuesto! Se trata de banalizar aquello que no nos interesa que destaque. Es una estrategia muy uti….
– ¿Quién eres tú?
– ¡Excelencia, me presento! Soy el famoso y aclamado escritor Mario …
– ¡Un escritor «sudaca» que va de listillo! ¡Fuera de mi vista, desgraciado! 

Entre varios presentes – que ya le tenían ganas – se llevan a trompicones al famoso y aclamado escritor, mientras el Líder explica su plan de Reconquista a sus fieles seguidores. Pero pronto la paz se rompe. Los fieles que habían ido a «sacar la basura» entran corriendo en la sala.

– ¡Excelencia, nos han descubierto! – dice uno de los de uniforme verde caqui bajo la capa – ¡Debemos salir de aquí y ponerle a salvo!
– ¡Yo sé dónde llevar al Líder! – dice el señorito finolis.
– ¡De acuerdo, encárgate tú, Albert! – ordena el Elegido, que ha recuperado la voz de mando tras digerir la humillación pública a la que le ha expuesto el Líder.
– ¿Albert? – pregunta el Líder, mientras entre cuatro fieles lo llevan en volandas hasta la furgoneta que lo ha traído escondido hasta aquí.

El finolis se pone al volante y sale a toda leche destrozando la puerta del garaje. Está sudando copiosamente, no tiene ni idea de qué hacer con el Líder. Como siempre, ha hablado para dárselas de importante sin tener ni idea. Su compartimento está separado por una puerta del compartimento de carga. Desde allí le llegan golpes y gritos. ¿Qué le sucederá al líder? Ahora no puede parar, debe irse lejos de allí, evitar los controles del CNI. Si atrapan al líder todo se irá al garete… La puerta del compartimento de carga salta por los aires. Aparece la figura macabra del Líder que coge por el cuello al finolis, que intenta evitar que el volante se le escape.

– ¿Albert? ¿Eres catalufo?
– ¡Eh, sí! ¡Pero muy español! ¡Porque no hay catalanes ni madrileños, solo espa..
– ¡Calla soplagaitas! ¡Deja de decir tonterías!

El Líder comienza a golpear la cabeza del finolis, que al final pierde el control de la furgoneta justo a la altura de una curva peligrosa. El vehículo se sale de la carretera, da cuatro vueltas de campana y acaba panza arriba. El finolis llevaba el cinturón de seguridad, nunca hace nada sin sentirse protegido, por si acaso, eso le ha salvado aunque esté inconsciente. Sin embargo, el Líder ha salido despedido por el parabrisas, cayendo en la cuneta de la carretera. Una cuneta con memoria histórica.

– ¡Maldito catalufo! Voy a darte palos hasta que se me deshaga la mano…¿Por qué no puedo levantarme? ¿Quién me agarra?

Varias manos, surgidas de la tierra como gusanos, atrapan el cuerpo de la Momia. «Ven con nosotros. Vamos a pasarlo muy bien», le susurran las voces de los olvidados, espíritus que duermen en las cunetas de las carreteras españolas desde hace ochenta años. Cada vez más manos agarran su cadáver y lo atraen hacia ellos. Lo que hace un momento era tierra seca, ahora parecen arenas movedizas que lo engullen por completo.

Cuando el señorito finolis catalufo despierta, busca desesperado el cuerpo de su Líder. No lo encontrará, ni él ni nadie. Tampoco ningún ser vivo sabrá el sufrimiento que tendrá que padecer el Líder antes de volver a su descanso enterno en el Infierno.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Fantasía Oscura, Ficción, Política

Mientras haya un lobo vivo

2 junio, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

«El Norte recuerda».  (Casa Stark)

Viernes, 24 de mayo de 2018. Salón del palacio de la Casa Brey.

– Señor, le traigo los diarios del día.
– Tú no eres uno de los míos, ¿verdad? 
– No, señor.
– Lo he adivinado por tu acento, no es de aquí. Eres el chico vasco que acaba de llegar ¿A qué sí?
– Así es, señor  – contesté y mi rostro reflejó una sonrisa llena de inocencia. 
– ¡Ja, ja , ja! No se le escapa una al viejo Brey. 
– Es usted muy agudo.
– ¿Y qué cuentas? ¿Estás contento con el trato que te da mi familia?
– Mucho, no tengo queja. 
– ¿Y dónde están mis consejeros? ¿No quedamos que hoy prepararíamos el viaje a Kiev de mañana?
– ¿Se va usted a Kiev?
– ¡Pues claro! Ahora que tu familia y la mía han llegado a un buen acuerdo ya puedo irme tranquilo a ver la final de la Champions. Vamos a ver qué dice el Marca al respecto.
– Le sugiero que eche un ojo antes a la Razón.
– Luego, luego. Primero quiero ver si ya tenemos el once titular para mañana.
– Por favor, mire antes la crónica política.
– ¡Joder, te he dicho que primero…! ¡Un momento! ¿Qué es esto? 
– ¿Lo ve? Ya se lo decía yo. Parece ser que la justicia ha condenado a vuestra Casa por corrupción.
– ¿Salía hoy la sentencia? No me acordaba.
– ¿No le asusta? Podría ser su fin.
– ¡Ja! ¿Con quién te crees que hablas, joven?  ¡Soy Mariano Brey! 
– Aquí dice que los Rose han pedido vuestra cabeza.
– ¡Malditos imbéciles! ¡Acabaré con ellos igual que hice con los presuntuosos lobos del Norte! ¡Llama a mis nobles! ¿Dónde narices se han metido?
– ¡Están aquí, señor! – le aseguré con énfasis.
– ¿Y qué están haciendo? ¿Contando billetes?
– ¿No los ve usted?
– ¿Pero dónde se supone que los estás viendo?

– Fíjese bien en los periódicos.
– ¿Cómo?

Mi voz se convirtió en un susurro afilado.

– ¿Los ves ahora? Todos ellos han caído y ahora tu Casa desparecerá con tu muerte. Estás solo.
– Mire usted, su familia y la mía siempre se han entendido bien. Y lo que es bueno para la familia mucho mejor para mí.
– No he venido aquí a negociar contigo.

– ¿Quién es usted?

Y en ese momento me quité la máscara. 

– ¡Es imposible! – Es lo único que pudo atinar a decir el pobre desgraciado.
– Si dejas vivo a un lobo, las ovejas nunca estarán a salvo. 

De un rápido movimiento le rajé el cuello con su apreciado Marca. La sangre comenzó a brotar de su garganta en abundancia, manchando toda la estancia. Introduje los dedos de mi mano derecha en la herida y a continuación dejé que esos mismos dedos, llenos de sangre, surcaran su rostro pálido, casi amarillo, desde la frente hasta la barba. Lo último que el viejo vio fue la sonrisa de un enemigo mortal, lo último que escuchó fue su epitafio:

– El Invierno ha llegado a la casa Brey.  

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Humor, Juego de tronos, Política

L’evangeli desaparegut

8 mayo, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

– Ens estàs dient que has trobat un altre evangeli apòcrif?
– Un altre no, germà suprem. Es tracta sens dubte de “l’Evangeli Apòcrif” més important de la Història.

Tant el germà suprem com els patrons del tribunal de la “Santa Garduña” van guardar silenci durant un temps que va semblar una eternitat. La informació que estava a punt de revelar el patró Eduardo podia ser de vital importància per als seus interessos.

– A veure germà, hi ha milers d’evangelis perduts de versions sobre la vida i els ensenyaments del Messies. La majoria d’aquests evangelis van desaparèixer als primers segles del Cristianisme.
– Aquest el van trobar els meus millors investigadors en unes dependències romanes.
– Romanes? De Judea o potser Egipte?
– Romanes de Sevilla, germà suprem!
– Què vols dir?
– Estava ocult entre altres pergamins oblidats en els arxius de la ciutat. Algú l’havia deixat allà sense saber ni qui l’havia escrit ni el que aquell text significava.
– I de qui és? D’algun Apòstol?
– No, de Sèneca.
– Impossible! Això és absurd! – Va interrompre Pedro, un altre dels patrons d’aquella misteriosa organització. Les seves desavinences amb el germà Eduardo eren conegudes per la resta de patrons i també pel germà suprem.
– En absolut – va apuntar Eduardo – ja hi havien rumors que Sèneca coneixia personalment a Saül de Tarso, Sant Pau. Però no hi havia proves. Ara sí que n’hi ha. 

Eduardo va repartir uns documents entre els membres del tribunal.

– Què és això? El suposat Evangeli? – el to de menyspreu de Pedro no va passar desapercebut.
– Recorda el germà suprem les famoses «Cartes a Lucili»? – Eduardo va fer oïdes sordes a la burla del seu adversari.
– “Epistulae morales ad Lucilium”. Les cent vint-i-quatre epístoles que escrigué Sèneca al seu misteriós amic – va indicar el germà suprem.
– No s’ha pogut provar que Lucili existís, però el que sí que s’ha provat és l’existència d’una altra nova carta, la cent vint-i-cinc.
– És aquesta? – va preguntar el germà Suprem.
– Sí. I no és una carta qualsevol. El que amaga aquest text és d’una magnitud sísmica.
– «Seneca suo Lucilio salutem…» I per què no ho heu traduït? – va protestar Pedro.
– No us preocupeu. Precisament tinc una còpia traduïda pels meus homes de confiança. Diu així:

«Sèneca saluda al seu Lucili. He deixat pel final la més important de les meves epístoles, i també la més perillosa. Col·loca al racó més amagat de la teva memòria les meves paraules i a continuació crema aquest papir abans que arribi a les mans d’algun dels meus molts enemics.
Saps bé que sempre m’he caracteritzat per ser una persona de conviccions fermes, recte i honest amb mi mateix. No m’ha estat fàcil, fins i tot haig de confessar que amb freqüència m’he deixat portar per l’avarícia i el desig. No sóc de pedra encara que de vegades ho sembli. Però cada vegada que he ensopegat en el camí de la vida, m’he tornat a aixecar amb més força gràcies a la meva fe cristiana.
Sí, Lucili, sóc cristià. Tot va començar quan fa uns anys em vaig trobar al Saül, un personatge molt important de la comunitat cristiana i amb el qual vaig poder parlar quan va visitar Roma. Ell no va conèixer al Messies directament, però em va explicar com era en realitat, molt diferent de la imatge esbiaixada que ha arribat fins a nosaltres. El més important de tot, Lucili, és que Jesús no era jueu, sinó que era un dels nostres, un militar romà. El seu origen era hispà, igual que el meu. Saül m’ho va explicar amb les següents paraules:

Odiaven el seu uniforme. Odiaven la seva masculinitat, el seu pit descobert. Jesús l’hebreu en realitat era Manuel el legionari, home de llargues patilles, mentó prominent i músculs endurits per mil batalles. Va fer enemics poderosos, envejosos de la seva valentia i desconeixement de la por. Per desgràcia, Manuel també tenia una gran virtut i, tanmateix, un gran defecte: era un home de principis, lligat de peus i mans a un codi particular de conducta que l’obligava a honrar al nostre Déu i a la Pàtria per sobre de la seva persona. Aquesta va ser la seva perdició. El seu pare, un fuster de la llunyana Hispània, un tal Pepe, sempre havia anat allà on Roma necessitava del seu servei. Estava treballant en la construcció de la Via Agrippa, al costat de l’assentament d’Arbiun, quan la seva dona va donar a llum el primer fill de la parella. Manuel va néixer enmig del fred i la pluja amb la que el Cantàbric avisava als romans que no eren benvinguts en aquella terra. Els vàrduls, autòctons d’aquella regió maleïda, mai els hi van donar treva. La família de Manuel va abandonar Arbiun poc abans que aquells bàrbars ataquessin l’emplaçament i acabessin amb tots els nens romans. Van tornar a Tarraco i des d’allà van decidir creuar el Mare Nostrum a la recerca de fortuna. Van arribar a Judea quan Manuel tenia dotze anys. Des de petit, ell sempre va estar obsessionat per protegir als seus veïns, segurament sensibilitzat per l’hostilitat que havia patit al nord d’ Hispània. Per aquesta raó, quan va tenir edat, es va allistar a la legió. Aviat els seus companys van descobrir que era un home especial, destacant com un exemple de valentia i d’honor. No va trigar a convertir-se en centurió. Era un líder, sense cap mena de dubte.

La seva fama es va estendre per tota Jerusalem, però també l’odi cap a ell com a símbol del poder de Roma. Un dia, la seva centúria va ser reclamada per la guàrdia d’ Herodes, per ajudar a sufocar una petita insurrecció, que va acabar sent una emboscada en la que milers de rebels es van llançar sobre els valents romans, davant la permissivitat de la guàrdia local. Manuel podia haver fugit, però els seus principis li impedien abandonar a cap dels seus soldats. Va defensar amb honor, fins al final, als seus homes i a la seva pàtria. Ostatge dels insurrectes, aquests pretenien fer xantatge al delegat de l’Emperador a Judea perquè els romans abandonessin aquella regió. No obstant això, Manuel va aprofitar una petita distracció dels seus guardians per llevar-se la vida amb un punyal que havia aconseguit arrabassar a un d’ells. L’endemà, el seu cos va aparèixer penjat en una creu als afores de Jerusalem.
Tres dies després de la seva mort, el seu esperit es va aparèixer
als seus homes que havien sobreviscut a l’emboscada. Els va fer jurar que mai oblidarien l’ofensa dels rebels de Judea i que els perseguirien fins que no en quedés ni un amb vida, sense treva. Des de llavors, els legionaris són el flagell de tots els rebels del món. Per Déu i per la Pàtria. I per Manuel, el legionari.

Aquestes van ser les paraules de Saül, i ara les meves, el meu evangeli. El nostre Messies no era un home de pau, Lucili. Jesús, és a dir, Manuel, era un home de justícia. Ull per ull i dent per dent. La història va corrompre el seu missatge perquè a certs poders no els interessava, era més fàcil controlar als seus fidels si aquests creien en una doctrina de pau. El problema, benvolgut amic, és que no puc proclamar aquesta veritat sense posar en perill la meva vida. Aquesta és la meva desgràcia i el secret que has de guardar-me. Aquesta serà la meva última carta, la que mai haurà de veure la llum.
Vale (adéu).»  (Aquí acaba la carta cent vint-i-cinc a Lucili)

– Eduardo, això és la bomba! Déu era legionari, ni més ni menys! – el germà suprem no va ocultar la seva sorpresa i entusiasme.
– I un patriota espanyol! – va emfatitzar un dels patrons.
– I no era un “rojo de mierda”! – va afegir un altre patró de l’àmbit militar.
– Com podíeu pensar que Déu fos comunista? Era evident que no podia ser així! – Eduardo estava eufòric pel seu èxit.
– Has de publicar-ho en el teu periòdic! – li va exhortar el germà suprem.
– Una cosa, Eduardo – va intervenir Pedro, fins aleshores callat – Aquest cop podrem confiar en la fiabilitat de les teves fonts. oi?
– M’ofens, Pedro. És clar que sí. Són homes que porten molts anys treballant amb nosaltres, deixant-se la pell pel nostre país.
– No seran els mateixos que la última vegada van aconseguir que fóssim la rialla de tota Europa?
– Allò va ser un accident.
– Segur que el papir és autèntic, Eduardo? – va preguntar el germà gran amb desconfiança.
–  Autèntic, autèntic…
– Tan se val, Eduardo, publica’l, tenim prou mitjans per a fer-te costat i, si la cosa va mal, ja ho taparem, com sempre.
– Però José Mari, després els que quedem com imbècils som nosaltres. Tu mai dónes la cara! – Pedro no es va mossegar la llengua.

El rostre del germà suprem reflectia el seu enuig després d’esmentar el patró el seu nom de pila.

– Patró Eduardo, la meva funció és la d’organitzar les accions a executar per tots els membres d’aquesta santa germandat: nobles, jutges, empresaris, polítics, militars, policies, erudits, periodistes, pinxos o putes. Tots han de seguir les meves ordres i respectar la meva jerarquia. No perdonaré el més lleu conat de rebel·lia. Ara marxeu tots i prepareu la maquinària mediàtica per expandir el missatge de l’evangeli de Sèneca per tots els racons de la nació!

El germà suprem es va aixecar de la taula i, a continuació, la resta de patrons  que secundaven es van dispersar a la cerca de noves conjures amb les quals evitar que el poder d’Espanya se’ls hi  anés de les mans.

Publicado en: Català, Relatos Etiquetado como: Català, Comedia, ficció, Historia, Política, Religió

El evangelio perdido

7 mayo, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

– ¿Nos estás diciendo que has encontrado otro evangelio apócrifo?
– Otro no, hermano supremo. Se trata sin duda del Evangelio Apócrifo más importante de la Historia.

Tanto el hermano supremo como los capataces del tribunal de la «Santa Garduña» guardaron silencio durante lo que pareció una eternidad. La información que estaba a punto de revelar el «capataz» Eduardo podía ser de vital importancia para sus intereses. O quizás solo fuera la enésima bravuconada de un pseudo-periodista a sueldo.

– A ver hermano, hay miles de evangelios perdidos, de versiones sobre la vida y las enseñanzas del Mesías. La mayoría de estos evangelios desaparecieron en los primeros siglos del Cristianismo.
– Este lo encontraron mis mejores investigadores en unas dependencias romanas.
– ¿Romanas? ¿De Judea o tal vez Egipto?
– ¡Romanas de Sevilla, hermano supremo!
– ¿Qué quieres decir?
– Estaba oculto entre otros pergaminos olvidados en los archivos de la ciudad. Alguien lo había dejado allí sin saber quién lo había escrito y lo que aquel texto significaba.
– ¿Y de quién es? ¿De algún Apóstol?
– No, de Séneca.
– ¡Imposible! ¡Eso es absurdo! – Interrumpió Pedro, otro de los capataces de aquella red de personajes misteriosos y peligrosos. Sus desavenencias con el hermano Eduardo eran conocidas por el resto de capataces y el hermano supremo.
– En absoluto – apuntó Eduardo – ya habían rumores de que Séneca conocía personalmente a Saulo de Tarso, San Pablo. Pero no había pruebas. Ahora sí las hay.  

Eduardo repartió unos documentos entre los miembros del tribunal.

– ¿Qué es esto? ¿El supuesto Evangelio? – el tono de despreció en las palabras de Pedro no pasó desapercibido.
– ¿Se acuerda el hermano supremo de las famosas «Cartas a Lucilio»? – Eduardo hizo oídos sordos a la burla de su enemigo.
– Las ciento veinticuatro epístolas de Séneca a su misterioso amigo – indicó el hermano supremo.
– No se han encontrado pruebas de que Lucilio existiera, pero lo que sí se ha podido probar es la existencia de otra nueva carta, la ciento veinticinco.
– ¿Es esta? – preguntó el hermano supremo.
– Sí. Y no es una carta cualquiera. Lo que esconde este texto es de una magnitud sísmica.
– «Seneca suo Lucilio salutem…» ¿Y por qué no lo han traducido tus investigadores? – protestó Pedro.
– Lo hicieron, aquí tengo la traducción. El texto dice lo siguiente:

«Séneca saluda a su Lucilio. He dejado para el final la más importante de mis epístolas, y la más peligrosa. Guarda en el rincón más escondido de tu memoria mis palabras y a continuación quema este papiro antes de que llegue a manos de alguno de mis muchos enemigos.
Sabes bien que siempre me he caracterizado por ser una persona de convicciones firmes, recto y honesto conmigo mismo. No me ha sido fácil, incluso he de confesar que con frecuencia me he dejado llevar por la avaricia y el deseo. No soy de piedra aunque a veces lo parezca. Pero cada vez que he tropezado en el camino de la vida, me he vuelto a levantar con más fuerza gracias a mi fe cristiana.
Sí, Lucilio, soy cristiano. Todo comenzó hace unos años cuando encontré a Saulo, un personaje muy importante de la comunidad cristiana y con el que pude hablar en su visita a Roma. Él no conoció al Mesías directamente, pero me explicó cómo era en realidad, muy diferente de la imagen desvirtuada que ha llegado hasta nosotros. Lo más importante de todo, Lucilio, es que Jesús no era judío, sino que era uno de los nuestros, un militar romano. Su origen era hispano, igual que el mío. Saulo me lo contó con las siguientes palabras: 

Odiaban su uniforme. Odiaban su hombría, su pecho descubierto. Jesús el hebreo en realidad era Manuel el legionario, varón de largas patillas, mentón prominente y músculos endurecidos en mil batallas. Se granjeó poderosos enemigos, envidiosos de su bravura y desapego al miedo. Por desgracia, Manuel también tenía un gran virtud y a su vez defecto: era un hombre de principios, atado de pies y manos a un código particular de conducta que le obligaba a honrar a nuestro Dios y a la Patria por encima de su persona. Esa fue su perdición.
Su padre, un carpintero de la lejana Hispania, un tal Pepe, siempre había ido allá donde Roma necesitaba de su servicio. Estaba trabajando en la construcción de la Vía Agrippa, junto al asentamiento de Arbiun, cuando su mujer dio a luz el primer hijo de la pareja. Manuel nació en medio del frío y la lluvia con la que el Cantábrico avisaba a los romanos de que no eran bienvenidos en aquella tierra. Los várdulos, autóctonos de aquella región maldita, jamás les dieron tregua. La familia de Manuel abandonó Arbiun poco antes de que aquellos bárbaros atacaran el emplazamiento y acabaran con todos los niños romanos. Volvieron a Tarraco y desde allí decidieron cruzar el Mare Nostrum en busca de fortuna. Llegaron a Judea cuando Manuel tenía doce años. Desde pequeño, él siempre estuvo obsesionado en proteger a sus vecinos, seguramente sensibilizado por la hostilidad que había sufrido en el norte de Hispania. Por esa razón, en cuanto tuvo edad, se alistó a la legión. Pronto sus compañeros descubrieron que era un hombre especial, destacando como un ejemplo de valentía y de honor. No tardó en convertirse en centurión. Era un líder, sin duda.
Su fama se extendió por toda Jerusalén, pero también el odio hacia él como símbolo del poder de Roma. Un día, su centuria fue reclamada por la guardia de Herodes, para ayudar a sofocar una pequeña insurrección, que acabó siendo una emboscada en la que miles de rebeldes se lanzaron sobre los valientes romanos, ante la permisividad de la guardia local. Manuel podía haber huido, pero sus principios le impedían abandonar a uno solo de sus soldados. Defendió con honor, hasta el final, a sus hombres y a su patria. Rehén de los insurrectos, estos pretendían chantajear al delegado del Emperador en Judea para que los romanos abandonasen aquella región. Sin embargo, Manuel aprovechó un pequeño despiste de sus guardianes para darse muerte con un puñal que había conseguido arrebatar a uno de ellos. Al día siguiente, su cuerpo apareció colgado en una cruz a las afueras de Jerusalén.
Tres días después de su muerte, su espíritu se apareció a aquellos de sus hombres que habían sobrevivido a la emboscada. Les hizo jurar que nunca olvidarían la ofensa de los rebeldes de Judea y que los perseguirían hasta que no quedase uno con vida, sin cuartel. Desde entonces, los legionarios son el azote de todos los rebeldes del mundo. Por Dios y por la Patria. Y por Manuel, el legionario.

Estas fueron las palabras de Saulo de Tarso, y ahora las mías, mi evangelio. Nuestro Mesías no era un hombre de paz, Lucilio. Jesús, es decir, Manuel, era un hombre de justicia. Ojo por ojo y diente por diente. La historia desvirtuó su mensaje porque a ciertos poderes no les interesaba, era más fácil controlar a sus fieles si estos creían en una doctrina de paz. El problema, querido amigo, es que no puedo proclamar esta verdad sin poner en peligro mi vida. Esa es mi desgracia y el secreto que debes guardarme. Esta será mi última carta, la que jamás deberá ver la luz. Vale (adiós).»

– ¡Joder Eduardo, esto es la bomba! ¡Dios era legionario, ni más ni menos! – el hermano supremo no ocultó su sorpresa y entusiasmo.
– ¡Y un patriota español! – apuntó, emocionado, uno de los capataces.
– ¡Y no era un rojo de mierda! – dijo otro capataz del ámbito militar.
– ¿Cómo iba a ser Dios comunista? ¡Era evidente que no podía ser así! – afirmó un eufórico Eduardo.
– ¡Tienes que publicarlo en tu periódico! – le exhortó el hermano supremo.
– Tengo una duda – interrumpió Pedro, que no parecía compartir la alegría de sus compañeros – ¿Quienes son tus investigadores? ¿No serán los mismos que la cagaron la última vez? ¡Se rieron de nosotros en toda Europa!
– ¡Me ofendes, Pedro! – contestó Eduardo, indignado – ¡Esos hombres son unos patriotas y aquello fue un accidente que no volverá a ocurrir!
– Pero el papiro es auténtico ¿Verdad? – preguntó un tanto preocupado el hermano mayor.
– Auténtico, auténtico…

– ¡Da igual! Mañana lo publicarás y nuestra maquinaria mediática lo difundirá. Si al final se descubre que no es del todo cierto ya lo taparemos como hacemos siempre.
– ¡Pero José Mari, luego los que quedamos como gilipollas somos nosotros. Tú nunca das la cara!

Pedro no se mordió la lengua. El rostro del hermano supremo reflejaba su enojo tras mencionar aquel vasallo su nombre de pila.

–  Capataz Pedro, mi función es la de organizar las acciones a ejecutar por todos los miembros de esta santa hermandad : nobles, jueces,  empresarios, políticos, militares, policías, eruditos, periodistas, matones o putas. Todos deben seguir mis órdenes y respetar mi jerarquía. No perdonaré el más leve asomo de rebeldía. ¡Ahora marcha y prepara la maquinaria mediática para expandir el mensaje del evangelio de Séneca por toda España!

El hermano supremo se levantó de la mesa y, a continuación, el resto de capataces que le secundaban se dispersaron a la búsqueda de nuevas conjuras con las que evitar que el poder de España se les fuera de las manos.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Ficción, Historia, Política, Religión, Santa Garduña

Las marionetas del Poder

27 abril, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

«Los secretos inconfesables de una persona son como hilos que sujetan su alma. Descubre esos oscuros detalles y dominarás su voluntad como si de una marioneta se tratase.»

Cita de Selim Turgat, general otomano.

 

 

– Déjeme solo, por favor.
– Como desee, señoría.

La secretaria cerró la puerta del despacho. El juez esperó un minuto antes de abrir el primer cajón de su escritorio. Sacó dos objetos: una carta y su pistola. Revisó el arma, una sola bala, la única que necesitaba si tomaba la decisión. La dejó con suavidad sobre la mesa de madera de roble, todo un lujo en la Alemania comunista. Cogió la carta, no venía firmada,  era escueta pero concisa. La típica carta que enviaría la Stasi para avisarte de que te tenían cogido de los huevos:

«Hemos comprobado que su señoría presenta determinadas dudas éticas sobre cierto caso que debería resolver. Por si le puede ayudar a tomar una decisión, sepa que disponemos de documentos gráficos que detallan sus frecuentes visitas a Kurfürstenstraße. Aunque su querida Erika es camarada nuestra, no ha sido necesario que nos explique cuales son sus caprichos inconfesables. Los tenemos todos grabados. Saludos, camarada Wegner.»

El juez de la Corte Suprema en Berlín sabía perfectamente cuál era el objetivo de aquella carta. Aquella misma semana había recaído sobre él la responsabilidad de juzgar el homicidio con violación de una menor. El principal sospechoso era un profesor de instituto que apestaba a agente de la policía secreta. Un infiltrado que se habría obsesionado con una de sus alumnas hasta perder el control. Las fotos del cadáver de la pobre chica a punto estuvieron de hacerle vomitar. Pero lo peor fue comprobar el sigilo con el que el ministerio del Interior había movido el caso de un tribunal a otro, hasta recaer finalmente en su jurisprudencia. Y a los pocos días recibe la carta. 

Wegner tiene mujer y dos hijas de quince y diez años respectivamente. Si fuera por él, enviaría a ese animal ante un pelotón de fusilamiento. Pero también tiene una reputación y necesita mantenerla. Solo tiene dos opciones : una bala o ceder al chantaje. Sabe que no es el primero ni será el último. Está seguro que la mayoría de sus colegas han sido o están siendo manipulados en casos que afectan a las fuerzas del Orden.  La Stasi lo sabe todo de ellos, de cualquier ciudadano. 

El juez vuelve a guardar la pistola en el cajón. A continuación prende fuego a la carta y deja que se consuma en el cenicero de vidrio. Ya ha dictado sentencia.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Política

El maldito cuadro maldito

28 febrero, 2018 by JAP Vidal 2 comentarios

De camino al Museo de Arte Contemporáneo, ignorantes de la monstruosidad que allí nos esperaba, mi compañero Arturo y yo cantábamos a dúo viejas canciones de los Sex Pistols que sonaban en el radiocasete de nuestra furgo destartalada. Los coches y furgonetas de nuestro departamento debían pasar desapercibidos, por supuesto tampoco llevábamos ningún distintivo.

– Tío, no sabes lo que he soñado hoy – interrumpió Arturo.
– “When there’s no future how can there be sin” – seguía yo cantando.
– Baja el volumen que te lo tengo que contar.

Como viera que yo no le hiciera ni caso, él mismo lo bajó a saco y a continuación resonó en la furgo un “Me cago en tus muertos”.

– Calla, joder, que lo que te voy a contar es muy «jevi». ¿Te acuerdas del programa del otro día de la tele sobre los cerdos?
– ¡Pues claro!
– Pues tío, me debió dejar muy tocado porque esta noche he soñado mi propia versión del programa.
– ¿Y a mí que me …
– En el sueño yo era el presentador del programa, “El Tocahuevos” ese, y para hacer un programa sobre cómo es el gobierno de un país bananero me metía ¿sabes dónde? ¡No te lo vas a creer!
– ¡Dilo ya, coño!
– ¡En un consejo de ministros! Entraba yo de extranjis, con nocturnidad y alevosía, en la sala donde se junta el Gobierno. Pero lo curioso es que no se trataba de una sala de reuniones exactamente.
– ¿Y qué era?
– ¡Una pocilga, tío! ¡Una habitación llena de cerdos!

– ¡Qué fuerte!
– Y lo mejor de todo es que era capaz de reconocer a la mayoría de ellos.
– ¿A los cerdos?
– ¡No, hombre! ¡A los ministros! Había uno con una gran papada que todo el rato intentaba morderme. Luego, otro estaba medio muerto, como los del programa del “Tocahuevos”, y dos puercas se peleaban a mordiscos por comerse a ese moribundo, era un espectáculo asqueroso. ¡Le arrancaban las pelotas a bocados!
– ¿Dos puercas? A esas las reconozco yo también.
– ¡Sí, sí! ¿A qué suena a profecía?
– Sí, apocalíptica.
– Luego, otro iba enrollado en una bandera.
– ¿De qué país?
– ¿Y qué más da? Ahora no lo recuerdo pero da lo mismo.
– ¿Y ese que hacía?
– Ese no paraba de gritar como si lo mataran. Debía ser porque llevaba los cojones en carne viva, de tan gordos como los tenía. Eran balones de fútbol.
– Otra alegoría. Dime de qué presumes y te diré dónde te duele.
– El caso es que el gorrino de la papada dejó de intentar morderme, se fue a buscar a otros que iban vestidos de negro y entre todos me echaron a mordiscos de la sala.
– ¿Has dicho vestidos de negro?
– Sí, tío, como los árbitros antiguos.
– ¡Qué misterio!
– Pues tuve que salir por patas de aquella orgía gorrina. Cuando ya estaba fuera, en el mismo sueño, me encontraba con un tipo que me preguntaba qué hacía allí. Le dije que un sueño me había transportado hasta ese lugar, menuda paranoia. Aproveché para preguntarle yo a él como era posible que aquellos seres estuvieran capacitados para gobernarnos. ¿A que no sabes qué me contestó?
– No, pero me lo dirás.
– Tío, me dijo que pasaban revisiones periódicas cada cuatro años y que siempre con notas excelentes. Que los consumidores los escogían siempre como los mejores especímenes de su clase.
-¡Ja, ja, ja! ¡Real como la vida misma!
– Podría escribir un libro con este sueño.
– ¡Claro! ¡Venga, ya hemos llegado!

Aparcamos delante del Museo. La entrada estaba desierta pues aún faltaban un par de horas hasta que abrieran las puertas. Nos presentamos delante del vigilante nocturno con nuestras acreditaciones.

– ¿Los de «fenómenos extraños»?
– Los mismos.
– Esta vez os lo vais a tener que currar. Acompañadme.

El vigilante nos llevó a través de las diferentes salas de exposición hasta una en la que había un gran lienzo pintado al óleo, todo blanco y con una palabra en medio, abarcando todo el ancho de la pintura, en un tono más grisáceo: DEMOCRACIA.

– ¿Qué le pasa a este cuadro?
– Resulta que el otro día, un niño le pegó un chicle al lienzo.
– ¿Y dónde está el chicle? Parece que esté limpio.
– El cuadro lo absorbió y no quedó ni rastro de él.
– ¿Y han vuelto a probar a ensuciarlo?
– Le hemos escupido, orinado, lanzado excrementos humanos e intentado destruir.
– Y supongo que nos dirá que no le pasó nada.
– Nada de nada. La pintura se mantiene impoluta a pesar de hacerle todas las perrerías imaginables.
– Déjenos solos por favor.
– A ver si podéis descubrir el misterio antes de que abramos el museo, hoy visita el jefe de estado la exposición. Los mandamases no quieren sorpresas desagradables.

No le contestamos. Nosotros ya solo pensábamos en «el maldito cuadro maldito». Era de un blanco inmaculado, salvo la palabra que lo atravesaba de izquierda a derecha, de un blanco tirando a gris. Arturo se acercó, sacó un bolígrafo de su americana y comenzó a deslizarlo sobre el lienzo.

– ¿Qué haces? – le pregunté.
– Intento dibujar uno de los cerdos que soñé ayer.
– Pues te has quedado sin tinta.
– El bolígrafo está perfecto.

Arturo se pasó la punta del bolígrafo por la palma de su mano y comprobamos que pintaba, no se había quedado sin tinta. Me acerqué al cuadro, la superficie era rugosa por la pintura. Saqué la navaja que siempre llevo encima e intenté rajar la tela.

– ¿Te has vuelto loco? – gritó Arturo, asustado.
– Mira.

Tal como yo rajaba el lienzo, este se iba uniendo de nuevo, como una cremallera cerrándose.

– Como intentar cortar el mar – dije.
– Ayúdame a mirar detrás del cuadro.

El reverso del cuadro era como el de cualquier otro. Vete a saber qué pensaba encontrar Arturo allí detrás, pero el esfuerzo no sirvió de nada. Miento, sí sirvió de algo pues su idea trajo a mi memoria otra posibilidad, tan inverosímil como el suceso que nos ocupaba.

– Tenemos que encontrar al artista – exhorté a mi compañero.

Aunque él no sabía lo que rondaba por mi cabeza, me dejó hacer. El vigilante nos puso en contacto telefónico con el jefe de la exposición, que irritado porque le habíamos despertado, nos dijo dónde podríamos encontrar al autor de la obra, un tal Jaime Serra. Dio la casualidad de que habitaba un chalet no muy lejos de donde nos encontrábamos.

– ¿Hace mucho que no lo ve? – le pregunté.
– Pues hace una semana, cuando fuimos a buscar el cuadro a su taller.
– ¿Y no debería haber pasado por aquí a ver su obra expuesta?
– Pues, ahora que lo dice, sí que es extraño que no haya venido a verla.

Colgué sin tan siquiera despedirme. Arturo comenzó a imaginar la monstruosa idea que me rondaba. Eran muchos años juntos en el departamento de Fenómenos Paranormales.

Cogimos la furgoneta y en un cuarto de hora a toda leche nos plantamos delante de la casa del artista. Estaba a oscuras. Llamamos a la puerta y nadie nos abrió. En ese momento, el jefe de la exposición nos llamó para decirnos que había sido imposible contactar con Jaime Serra. Arturo decidió utilizar su habilidad para abrir puertas ajenas. Entramos en la casa solo con la luz de la linterna, para evitar llamar la atención de los vecinos. Olía a mierda. Encontramos a Jaime en la bañera, que no estaba llena de agua sino de sangre, excrementos y orina. Su cara estaba rajada por algún arma blanca inexistente, su pecho había sido acribillado por balas invisibles, le habían mutilado los brazos y la boca, las cuencas de sus ojos estaban vacías. En su frente había un chicle pegado. Sobre su vientre alguien había dibujado un cerdo con los testículos gigantes.

– ¿Cómo lo supiste? – me preguntó Arturo.
– Cuando miraste el reverso del cuadro, no sé por qué, me vino a la cabeza el retrato de Dorian Gray. Y pensé si quizás no estaríamos ante el efecto inverso, que tal vez el maltrato sufrido por el cuadro no quedaría reflejado en el pintor.
– ¿Pero por qué?
– Quién sabe. Quizás la respuesta no esté en el lienzo sino en lo que representa. Puede que el mismo autor lo quisiera así para hacer su obra aún más real. ¿Qué nos quería decir él con ese cuadro, con la palabra democracia?
– ¿Denunciar la cantidad de aberraciones que se esconden detrás de esa palabra?
– Pues menuda forma más macabra de hacerlo.
– Quizás se le fue de las manos.
– No creo, dudo de que sea casual que lo hayamos encontrado muerto en la bañera.
– ¿Quieres decir que se ha suicidado? ¿Que sabía que iban a acribillar al cuadro y de forma indirecta a él?
– Puede.

Llamamos al jefe de la exposición para explicarle que Jaime Serra había fallecido. Le ahorramos los detalles, solo le explicamos que se trataba de un paro cardíaco- como cualquier muerte, joder -. Eso sí, le aconsejamos que ocultara el cuadro para evitar preguntas incómoda.

En breve, ese lienzo será requisado por nuestro departamento y ya veremos lo que se decide hacer con él, aunque lo más seguro es que acabe escondido en un rincón oscuro de nuestro inmenso almacén de objetos relacionados con fenómenos inexplicables por la ciencia.

La noche siguiente fui yo quien soñó que entraba en una tienda de embutidos de delicatessen y, mientras esperaba que me atendieran, escuchaba el sonido de cerdos gruñendo el “God save the Queen” de los Pistols.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Fantasia, Humor, Política

  • Página 1
  • Página 2
  • Página 3
  • Ir a la página siguiente »

Copyright © 2026 · Infinity Pro on Genesis Framework · WordPress · Acceder

Utilizamos cookies propias y de terceros para garantizar el funcionamiento de la web, medir su uso y mejorar nuestros servicios. Puede aceptar todas las cookies, rechazar las no necesarias o configurar sus preferencias. Política de cookies

Configurar cookies

Necesarias para que la web funcione correctamente. No se pueden desactivar desde este panel.

Ayudan a medir el uso del sitio y mejorar sus contenidos.

Permiten publicidad, medición de campañas o personalización de anuncios.

Guardan preferencias o permiten contenido externo no necesario.