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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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    • Muerte sin resurrección (Roberto Martínez Guzmán)
    • La arena del reloj – Mayte Esteban
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    • Un cadáver muy frío – Ana Bolox
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Comedia

Derechos de imagen

19 abril, 2018 by JAP Vidal 1 comentario

Kenia sonríe satisfecha mientras contempla su «collage». Decenas de fotos ocupan hasta el último centímetro de su “corner” de comida, mostrando los rostros de trabajadores simpáticos a los que ella cada mañana ofrece cafés, almuerzos y sonrisas. Personas que le pagan, por un lado, la comida con «tickets restaurant» y, por otro, la amabilidad con un «selfie». Inocentes, ellos, se ofrecieron de forma tan generosa como irresponsable a posar en instantáneas que han dejado sus almas a merced de esta misteriosa mujer de la isla de la Española.
Finalmente, ha llegado el momento de la venganza para la dulce y amable vendedora. 
¿Cuál de estos rostros será el primero en sufrir un poquito? Se decanta por la foto del chico que un momento antes se ha quejado de que le había puesto poco salchichón en el bocadillo. “Ahora verás”. Kenia deja caer una gota de café ardiendo sobre la foto del joven que está sentado a unos metros de ella y que habla relajado con sus compañeros de mesa. Espera que se levante de un salto, aullando de dolor, sin embargo, se levanta de un salto, pero enfadado consigo mismo porque se ha tirado el café encima, manchándose la camisa y los pantalones.
Kenia maldice su inexperiencia. El efecto no ha sido el deseado, pero no pasa nada, ella sonríe de nuevo. No tardará en dominar las oscuras artes del vudú. Y entonces…

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Ficción, Vudú

A puerta fría

10 julio, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

Otro día en este trabajo de mierda. 

Otra escalera de mierda con vecinos de mierda. Lo más seguro es que esté lleno de viejas sordas que ni se enteren de que suena el timbre. Y las que solo sean medio sordas me mirarán por la mirilla sin decir nada, o peor, gritando “quién es” y me tendrán diez minutos explicándoles quién soy hasta que se enteren y digan “no, no quiero nada, y la vecina de al lado tampoco, que es sorda”. Suerte que de vez en cuando algún pringado que no se entera de nada me abre como quien abre la nevera y cuando se da cuenta “¡Zas!”, contrato firmado. A ver si hay suerte con estos cabrones.

Lo primero de todo es estar atento y esperar disimuladamente a que alguien entre o salga del edificio. La experiencia me ha enseñado que si utilizo el interfono pongo en alerta a la gente y luego no me van a querer abrir la puerta de su casa. Es mejor llamar a la puerta directamente, que de la sensación de que tengo permiso para merodear por el edificio. Me quedo a un par de metros de la puerta, con la libreta en la mano, simulando que apunto algo. Sale una chica, ¡perfecto!, aprovecho a entrar, serio, sin mirar a la chica, no le doy ni las gracias, ha de parecer que reboso confianza. Cojo el ascensor y subo hasta la última planta, y luego iré bajando hasta completar todo el edificio.

En la planta más alta  solo hay dos viviendas. Pico el timbre de una de ellas, dos, tres veces seguidas. Además, para presionar un poquito, golpeo con los nudillos en la puerta “toc toc toc”, que se den prisa que uno tiene mucha faena por delante. Nadie contesta. Vuelvo a picar el timbre un par de veces y a golpear con los nudillos, “El gaaaas”. Ni puto caso. La tele está a tope, oigo a la Terelu Campos claramente. La «vieja sorda como una tapia» vive en este piso. Más vale que pase al siguiente.
Riiing, Riiiing, Toc, toc, toc. También se oye la tele, pero el sonido queda casi tapado por completo por la voz de la Terelu que sale de tele de la sorda. Oigo unos pasos, se paran delante de la puerta, noto como me miran por la mirilla. No dicen nada. La desconfiada. Vuelvo a llamar al timbre, esto las pone muy nerviosas, Riing, Riiing, y un par de Toc Toc más. Miro descaradamente a la mirilla, “El gaaaaas”.

– ¿Qué quiere? – es la voz de un hombre, vaya, me había equivocado.
– El gas, abra la puerta por favor. – le planto en la mirilla mi carnet de pega que me han hecho en la oficina y que tiene menos valor que si enseñara el carnet del Carrefour.
– Yo ya les di la lectura del contador. 
– Sí, lo sabemos – ni lo sé ni me importa-. Venimos a hacerle nuestro «plan ahorro».
– Ya, pero es que ya les di la lectura.
– No es por la lectura, necesito una factura suya para hacerle el «plan ahorro».
– ¿Para qué quiere una factura?
– Para hacerle el «plan ahorro». Abra, por favor.
– ¿Y no tienen ustedes mis facturas?
– Sí, pero le agilizamos la gestión si nos la proporciona usted.
– ¿Pero es usted del gas?
– Claro que soy del gas – vuelvo a plantarle el carnet encima de la mirilla, esta vez a mala hostia.
–  No quiero nada, váyase.
–  ¿Cómo que me vaya?, le voy a hacer ahorrar mucho dinero.
– No, váyase. Y no moleste a la vecina de al lado, que es una anciana sorda.

Lo dicho, vaya mierda de trabajo. Bajo por las escaleras y pico en la primera puerta que me encuentro. No llega ningún ruido. Riing Riing, Toc Toc Toc, El gaaaas, nada, ni Dios. El capullo de arriba ya me ha hecho perder mucho tiempo así que voy por faena y pico también al timbre del otro piso, y así me espero si alguno de los dos me abre. El gaaas. En ninguno de los dos pisos se oye nada, estoy a punto de irme cuando de repente oigo unas llaves tintinear, una cerradura gira y se abre la puerta del último piso en el que había picado. Se asoma la cara de una mujer en bata de unos setenta años, complexión fuerte, pelo blanco lleno de rulos y cara de bulldog.

– ¿Qué quiere? – no parece muy amistosa, pienso si no debería llevar bozal.
– Soy de la compañía del gas, vengo a hacerle nuestro «plan ahorro». Para ello necesito una factura reciente del gas. – le planto el carnet en todo el jeto y lo quito al medio segundo, por si acaso, que parece tener buena vista.

La mujer se esfuerza por ver el carnet, luego me mira a mí con cara de mala leche. No dice nada, me da la sensación que en cualquier momento me va a escupir o a morder. De pronto se gira y sin cerrar la puerta se interna en la casa. Entiendo que es una invitación a que le siga, así que me meto en la casa, cierro la puerta con cuidado y sigo a la mujer por el estrecho pasillo de su vivienda. Parece que se dirige al comedor. Entro en la sala y veo el cuerpo de un hombre destripado en medio de la estancia. Mi mirada se queda atrapada por los ojos abiertos del cadáver. Me comienzan a temblar las piernas y solo ruego que le vejiga no me haga una mala jugada. De pronto siento como algo afilado presiona mi nuca:

– No grites, ni te muevas, no hagas ninguna tontería o te mato. 

Sin dejar de presionarme el gaznate, la mujer se pone a buscar algo entre un montón de hojas que tiene encima de una mesa. Coge algo y me lo enseña.

– Esta es la factura que querías, ¿no?
– ¿Eh?
– ¿Que si esta es la factura que te voy a meter por el culo?
– ¿Qué quiere?, yo no he visto nada. Déjeme ir y me olvidaré del tema.
– ¿De qué tema, imbécil?
– Del cadáver.
– ¿Qué sabes tú del cadáver?
– Nada.
– Pues yo te diré algo de él. Era un puto vendedor que hace un par de meses me timó. El hijo puta se volvió a presentar aquí para volver a timarme. Se ve que se había cambiado de empresa y ahora me quería vender otra compañía telefónica. 
– Yo soy del gas.
– Tú eres otro mierda como este. Un puto timador al que le voy a dar su merecido. A éste le dije que esperase que tenía que pedirle consejo a mi hijo, jejeje. Le dejé sentarse en el sillón y me fue muy fácil cogerle por sorpresa y romperle la cabeza. Ni se enteró. Lo de sacarle los intestinos fue un ataque de mala leche que me dio. Me tenéis muy harta, panda de ladrones. Ya está bien de robar a la gente mayor, es hora de que os den vuestro merecido.
– Por favor, déjeme irme y no diré nada – noté como me meaba encima, la vejiga no había aguantado tanta presión.
– Y el mes que viene vendrás otra vez a intentar timarme, ¿no?
– No, no. Le juro que no volveré nunca por aquí.

La mujer se me acerca hasta que sus labios casi tocan mi oreja izquierda. Cuando me habla, su lengua me provoca cosquillas en el oído.

– Es tu día de suerte, te voy a dejar ir. ¿Sabes por qué?, porque eres tan mierda que lo que ha pasado aquí te da igual, tú lo único que quieres es estafar. ¡Vete fuera de mi casa antes de que me arrepienta! ¡Corre hijo puta!

Mis piernas no me responden, no comprenden que estoy libre hasta que me doy cuenta que el filo de la navaja que tenía detrás ya no me presiona. Sin mirar hacia atrás salgo de aquel comedor corriendo por el pasillo, abro la puerta y la cierro de un portazo. Bajo corriendo las escaleras con la idea de pedir ayuda. Llamo al timbre de las dos viviendas de esa planta, Riiing riiing, Toc toc toc, Riiing riiing, “Ayuda, ayuda, por favor”. Una de las puertas se abre, seguramente al ver que la persona que llama a la puerta se ha meado encima.

– Necesito su ayuda por favor. Déjeme entrar, mi vida corre peligro y necesito llamar a la policía.
– Entre y tranquilícese.

El hombre me lleva hasta su comedor. Me indica donde está el teléfono, va a la cocina y viene con un vaso de agua.

– He pensado que le vendría bien.

Yo, que ya estaba llamando a la policía, cuelgo. Bebo el agua de un trago y noto que me siento mejor, ya estoy más tranquilo.

– Gracias, es usted muy amable. Y si no es abusar de su hospitalidad…si tuviera usted la última factura del gas le podría ayudar a ahorrar con nuestro «plan ahorro».

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Terror

El hombre eterno

12 junio, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

Principios de junio del año 2162

Sigo el curso del río a contracorriente, subiendo por la cordillera pirenaica en busca de aquel enclave secreto que ya consiguiera encontrar diez años antes. Prometí volver. La primera vez buscaba un sueño y solo encontré una pesadilla. Recuerdo, como si fuera hoy, el sufrimiento, la ilusión, el dolor y la esperanza…

 

…Agosto del año 2152

“Conocí un hombre que halló el secreto de la inmortalidad”. Eso me dijo mi padre en su lecho de muerte. Selló sus labios con una exhortación final: “Búscalo allá donde nace el río de plata, más allá de la cueva del Oso, tú ya sabes dónde, ¿verdad?”. Con esa pregunta exhaló su última bocanada de vida. No le contesté, no valía la pena, no me iba a oír y además, él sabía perfectamente que yo entendería las indicaciones.
Tardé una semana en ponerme en camino. Tuve que dejar atado el testamento del viejo, pedir un par de meses de excedencia y decirle a mi esposa que no me esperase para cenar durante una buena temporada. A nadie le dije donde iba. A nadie podía confiarle el secreto de mi padre. ¿Qué sería de la humanidad si de un día para otro se supiese que hay un tipo en los Pirineos que vive eternamente? Podría estallar la Cuarta Guerra Mundial. Con la tercera ya fue un milagro que no nos extinguiéramos. No, debía ir yo solo, pero en esos momentos no sabía que en vez de un don me iba a encontrar con una maldición.
No me atreví a viajar en el coche volador, el GPS delataría mi posición en todo momento a ojos indiscretos. No podía dejar pistas. Aparqué el vehículo en un valle y caminé durante días siguiendo las instrucciones de mi difunto padre, alcanzando el nacimiento del río de plata, después llegando hasta la cueva del Oso, ambos nombres inventados entre padre e hijo en las excursiones que marcaron mi infancia. Sin embargo, a partir de la cueva no supe a dónde ir, estaba confuso con lo de “más allá de la cueva del Oso”. Subí hasta la cima del monte, nada, bajé de nuevo y avancé por el bosque durante varios días hasta que me di cuenta de mi error. Debía introducirme en la cueva y buscar un pasadizo interno que me llevara al interior de la montaña. Encontré un punto de la cueva que daba paso a un estrecho pasadizo, casi imperceptible. El pasadizo se ensanchaba después de un kilómetro de arduo camino. El camino continuaba durante un par de días por el interior de la montaña hasta llegar a un pequeño claro que recogía la luz que se filtraba desde la cima del monte. Allí había una cabaña de madera. El lugar era fantástico, tenía agua proveniente de manantiales subterráneos, luz del sol y también fosforescente de los minerales de las rocas, una temperatura siempre estable y fresca, como en una bodega. Alguien había hecho un gran huerto donde había plantado una gran variedad de verduras y frutas.
Grité varias veces si había alguien allí y un anciano salió de la cabaña. Tenía millones de arrugas pero no parecía tener problemas de salud. No me dijo nada, me miró con curiosidad pero sin mostrar alegría, enojo o miedo. Simplemente curiosidad.

– ¿Es usted el señor Cañete?
– ¿Quién lo pregunta?
– Soy el nieto de un amigo suyo. JAP Vidal, ¿lo recuerda?
– Creo que sí ¡Hace tanto tiempo!
– Mi padre me confesó antes de morir que usted guardaba el secreto de la vida eterna.

El hombre, ahora sí, cambió su gesto a algo parecido al miedo.

– Hijo, ese secreto es el fruto de una maldición.
– ¿Tan malo es vivir eternamente?
– Acompáñame.

Seguí al viejo dentro de la cabaña. La estancia era muy sencilla, pero acogedora. Solo había una foto, me sorprendió verla allí. El anciano siguió mi mirada y sonrió, aunque era una sonrisa amarga como el vinagre.

– Ese era el equipo de la temporada dos mil catorce, dos mil quince. Hace mucho de eso, pero aún recuerdo como jugaban.
– ¿Qué es?
– Fútbol.
– ¿Y los cascos, las rodilleras?
– No, este era fútbol de verdad, el que se juega solo con los pies, el europeo.
– ¡Es verdad! – dije con alegría al recordar – Era el que estaba de moda en la primera mitad del siglo pasado. ¿Qué equipo era ese?
– El Barça. El mejor Barça de la historia. Ganó nueve copas en tres años. En aquel equipo jugaban juntos los mejores delanteros del mundo.
– ¿Y qué pasó?
– ¿Qué pasó? Pues que los aniquilaron.
– ¿Cómo? – pregunté horrorizado
– Con el poder del dinero.
– ¿Y cómo es que el único cuadro que tiene usted aquí es ese? ¿No tenía familia?
– La tuve, pero mi gran amor era el Barça y por su culpa arrastro esta maldición.
– ¿Se refiere a la vida eterna?
– Sí.
– No lo entiendo.
– Fue el…

 

…3 de Junio del 2017

El árbitro pitó el final del partido y los jugadores del Madrid se abrazaron mientras sus contrincantes caían, hundidos, sobre el césped del terreno de juego. El Real Madrid acababa de ganar su duodécima copa de Europa. Yo estaba destrozado. Los mensajes no paraban de llegar a mi móvil, merengues que deseaban pasarme por la cara su gran éxito. Fue en ese momento, cuando cerré los puños con tal fuerza que hundí mis uñas en las palmas de mis manos, haciendo que de ellas manaran hilillos de sangre. Sin pensarlo, con todo el anhelo de mi alma hice un juramento que me ha marcado para siempre.

 

Agosto del 2152

– ¿Qué juró?
– ¿Qué juré? ¿Ni siquiera quieres jugar a adivinarlo?
– No, no lo sé. No tengo ni idea.
– Como se nota que no has vivido esa rivalidad.
– ¿Qué rivalidad?
– Barça-Madrid.
– Algo he oído.
– Era la gran guerra del siglo XXI. Una guerra sin cañones pero tan cruenta como si las bombas estallaran en medio de la población civil. Hasta que llegó la gran guerra atómica, claro.
– ¿Y qué juró?
– ¡Ah, sí! Pues…juré que no moriría hasta ver al Barça ganar más  copas de Europa que el Madrid.
– ¿Cómo?
– Que juré que no moriría hasta que el Barça superase al Madrid. Y aquí sigo, ya sin ninguna esperanza de conseguirlo. Durante años aguanté pero al final, tras la “Tercera Guerra Mundial”, la copa de Europa desapareció y me quedé atrapado en mi maldición.
– ¿Quiere decir que el secreto de su vida eterna es un juramento tan estúpido?
– ¿Estúpido? ¿A algo tan sagrado le llamas estúpido? ¡Vete de aquí, ignorante! ¡Y no vuelvas a menos que tengas algo importante que decirme!

El viejo me sacó casi a patadas de su cabaña y yo, indignado con él, dejé aquel lugar sin querer mirar hacia atrás. Me sentí estafado. Volví a mi casa y durante un tiempo retomé mi vida normal sin volver a pensar en el tema. Sin embargo, hace poco, a…

 

…Principios de junio del año 2162

– ¿Hola?

Espero un poco hasta que el viejo sale de la cabaña. Juraría que su rostro aún tiene más arrugas que la anterior vez que le vi. Parece imposible pero así es. Sin embargo, se mueve con la misma facilidad que entonces. Como hiciera aquella vez, me mira sin ninguna emoción. Pero en sus ojos observo que se acuerda de mí.

– ¿Por qué has vuelto?
– Tengo novedades del mundo exterior.
– Explícate, ya.
– Cuanta prisa para alguien que tiene todo el tiempo del mundo.
– Los viejos somos por naturaleza impacientes. Vamos, no me hagas perder tiempo.
– Alguien rebuscó en los archivos históricos deportivos y descubrió ciertas irregularidades en los torneos de Copa de Europa.
– ¡No me digas que…!
– Sí, le han quitado al Madrid tantas copas de Europa que ahora el Barça ya le supera en el palmarés.
– ¡Lo sabía, lo sabía! ¡Se ha hecho justicia!
– Ya puedes dormir tranquilo, viejo.
– Muchas gracias por avisarme. Me has dado una gran alegría. ¡Por fin se hizo justicia!

El anciano se estira en su catre con una gran sonrisa dibujada en su rostro, no tarda en dormirse. Un poco más tarde, el sueño tranquilo se convierte finalmente, con un siglo de retraso, en sueño eterno. Ya debe estar hablando con Caronte, espero que el barquero no sepa de fútbol y no le diga nada, al menos hasta que haya cruzado la laguna Estigia y ya no haya vuelta atrás. Os preguntaréis por qué lo he hecho. No, no hay problema, os lo puedo explicar. Primero, por humanidad, no podía dejar a ese hombre sufrir eternamente. Segundo, por la ciencia, necesitaba confirmar que una longevidad tan extraordinaria se debía a una obsesión enfermiza del sujeto. Y ¿qué cojones? ¿Acaso a vosotros no os parece injusto que un tipo pueda vivir el doble que vosotros solo porque ha hecho un juramento tan estúpido? ¡Es un insulto a la evolución humana!

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Fantasia, Futbol

Un Sant Jordi qualsevol – 2

25 abril, 2016 by Wambas Deja un comentario

Català Español  

Pam! No ho veig arribar. De sobte un globus taronja s’estampa contra la meva cara. Un segon després el globus retrocedeix i veig a un nen d’uns cinc anys que em mira i es riu. Jo estava tan tranquil, fent una ullada als llibres de la parada d’en Cau del Paff, fins que aquell globus m’ha encegat.
Sense temps ni tan sols per dubtar si es tracta d’un accident o no, la bèstia llança de nou el seu globus contra el meu rostre. Ho intercepto just abans que em torni al colpejar. És un globus de propaganda de C’s! Què coi fa C’s regalant els globus a Sant Jordi? Per què no regala llibres i roses com fa fins i tot la fruiteria del costat de casa? No se suposa que és el que s’ha de regalar avui?
«No facis això, maco». El nen no fa cas de la seva mare i torna a colpejar-me deliberadament amb el puto globus. Aquesta vegada ho esquivo mentre em defeco mentalment a sobre del marrec de la punyeta. La meva filla s’adona del que succeeix, «Això està molt malament, oi papà?» «Sí, filla, a aquest nen li hauria de treure el globus la seva mare abans que sigui massa tard». El xaval aconsegueix que em surti del mig i llavors decideix tocar-li els nassos a l’home calb que és davant meu. Comença a estampar-li el globus en la calba davant la meva mirada atònita. L’home no fa ni cas, deu tenir la calba insensibilitzada. L’estampa un cop. «No facis això, maco». Dos cops. El petit Neron riu. «No facis això, maco». Tres cops. El nen es peta de riure. Aleshores, un miracle.Plash! Sense cap motiu, el globus explota i ara el que es queda amb «cara de babau» és el nen. I el que es caragola de riure sense cap dissimulo sóc jo. El nen engega a plorar desconsoladament i la seva mare li abraça amb la intenció de calmar-ho. Una imatge molt tendra. Jo em segueixo partint mentre li dic a la meva filla «Potser, al cap i la fi, existeixi la justícia divina per fer el que havia d’haver fet una mare abans». Sí, ho sé, només és un nen. Potser sóc una mica cruel, oi?
¡Pum! No lo veo llegar. De repente un globo naranja se estampa contra mi nariz. Un segundo después el globo retrocede mostrándome la cara de un niño de unos cinco años que me mira y se ríe. Yo estaba tan tranquilo, echándole un ojo a los libros de la parada de «el cau del Paff», hasta que aquel globo me ha cegado.
Sin tiempo ni siquiera para dudar de si se trata de un accidente o no, la bestia lanza de nuevo su globo contra mi cara. Lo intercepto justo antes de que se me vuelva a incrustar en el rostro. ¡Es un globo de propaganda de C’s! ¿Qué narices hace C’s regalando globos en Sant Jordi? ¿Por qué no regala libros y rosas como hace incluso la frutería al lado de casa? ¿No se supone que es eso lo que se tiene que regalar hoy?
«No hagas eso, cariño». El niño no hace caso de su madre y vuelve a golpearme deliberadamente con el puñetero globo. Esta vez lo esquivo mientras me acuerdo de los antepasados del «jodío» enano. Mi hija se da cuenta de lo que ocurre, «Eso está muy mal, ¿verdad papá?» «Sí, hija, a este niño le tendría que quitar el globo su madre antes de que sea demasiado tarde». El chaval consigue que me quite de en medio y entonces decide tocarle las narices al hombre calvo que está delante mío. Empieza a estamparle el globo en la calva ante mi mirada atónita. El hombre no hace ni caso, debe de tener la calva insensible. Le estampa una vez. «No hagas eso, cariño«. Dos veces. El pequeño Nerón en potencia ríe. «No hagas eso, cariño«. Tres veces. El niño se destornilla de risa. ¡Entonces ocurre un milagro! ¡Plash! Sin ningún motivo, el globo explota y ahora el que se queda con «cara de tonto» es el niño. Y el que se desternilla de risa sin ninguno disimulo soy yo. El niño arranca a llorar desconsoladamente y su madre le abraza con la intención de calmarlo. Una imagen muy tierna. Yo me sigo partiendo mientras le digo a mi hija «Quizás, al fin y al cabo, exista la justicia divina para hacer lo que tenía que haber hecho una madre antes.» Sí, lo sé, sólo es un niño. Quizás soy un poco cruel, ¿verdad?

Publicado en: Descatalogada Etiquetado como: Castellano, Català, Comedia, Sant Andreu, Sant Jordi

Un Sant Jordi qualsevol

23 abril, 2016 by Wambas Deja un comentario

Català Español  

Vint-i-tres d’abril, Sant Jordi, una diada molt especial per a mi. Aquest any sabré el que se sent al signar la meva pròpia obra. Qui sap si fins i tot avui donaré el primer pas cap a l’eternitat. Sé que no serà fàcil, ja que gairebé ningú em coneix, però tots els escriptors comencen de zero i en algun moment els arriba la fama, almenys a alguns.
Ben d’hora surto al carrer i planto la meva taula de càmping al costat del portal de casa. Deixo una vintena de llibres damunt la taula i em disposo a esperar als potencials compradors assegut tranquil·lament a la meva cadira plegable. Fa un matí perfecte, i els ànims estan pels núvols. Segur que em faré un tip de signar exemplars. Llàstima no haver demanat més llibres a l’editorial, em sembla que he fet curt.
Però passen les hores i ningú s’acosta al meu estand improvisat. M’avorreixo com una ostra i tinc massa temps per lamentar que potser hauria d’haver triat una millor ubicació.
Per fortuna, la perseverança té la seva recompensa. A mitja tarda s’acosta fins al meu estand un home. S’atura a mig camí, però un parell de segons després continua caminant cap a mi. Jo agafo la meva estilogràfica disposat a signar el primer d’uns quants llibres. Tinc molt clar que en el moment que es trenqui el gel tot anirà sobre rodes.

– Vostè no és el veí del segon?

La pregunta me la fa una dona des de darrere meu. L’home que hi ha davant la taula s’atura i escolta amb atenció.

– Sí.
– No sabia que escrivia.
– Sí, sóc escriptor.
– I què escriu?
– Novel·les de terror.
– La meva filla també escriu i ella sí que ho fa bé. Avui està signant llibres a les Rambles. La seva editorial la cuida molt.
– Molt bé.
– Vostè no té editorial?
– No, jo m’autopublico.
– Ui, no es preocupi si una editorial li diu que no. Cal insistir.
– No, si jo no…
– Clar que la meva filla va enviar el seu llibre a una editorial i al cap de poc temps li van trucar. Li van oferir molts diners pel seu llibre.
– Jo no li he enviat el llibre a cap editorial.
– Doncs a què espera?
– És que jo no vull…
– No tingui por, segur que escriu prou bé. Però no es preocupi si la primera editorial li diu que no. La meva filla és una excepció, però per què ella és especial. Això li diuen a l’editorial.
– Vol comprar un llibre?
– Si vol li puc dir a la meva filla que parli amb la seva editorial. Segur que li pot ajudar.
– No, no cal, de debò.
– Sembla que està començant a ploure.

La dona marxa cap al portal, em sembla que no li ha agradat que no valorés l’ajuda i el poder de la seva filla escriptora. Bé, és el seu problema. Em giro cap al davant preparat per a signar el llibre a aquell home tan pacient. Però davant meu no hi ha ningú. Es veu que aquell home no era tan pacient. He perdut la primera venda del dia. Gràcies a la veïna. I com ella ha dit, ha començat a ploure. Fico els llibres sota la taula i aguanto com un valent sota la pluja cada cop més forta.

És gairebé mitjanit, fa poc que ha deixat de ploure. Tothom ha tornat a casa corrents per a no mullar-se. Ara el carrer està desert però jo continuo assegut, tot xop, amb els colzes sobre la mullada taula de càmping. Un home se m’acosta amb unes roses a la mà. És un home de l’est d’Europa.

– Hola amic. Encara treballant?
– Sí.
– Han anat bé les vendes?
– Encara em queden alguns llibres per vendre. Si vols un t’ho deixo a bon preu, que ja vull anar-me a casa a descansar.
– A mi m’ha anat força malament. Però si vols podem fer una cosa.
– En què has pensat?
– Et canvio un llibre per una rosa. Et sembla bé?
– És més car el meu llibre.
– Aleshores que tinguis molta sort, amic.
– Espera! Espera! D’acord, t’ho canvio.
– Que bé! Aquí tens una rosa.

Agafo la rosa per on ell em diu. Sento un raig de dolor a la palma de la mà. El tall està ple de punxes.

– Espero que no tinguis problemes per a signar-me el llibre.
– No, no et preocupis.

Em sembla que un ràpid somriure creua el seu rostre. Obro un dels llibres i començo a signar-ho. Una taca de sang embruta la plana.

– Ostres! Ho sento! T’ho canviaria però és que no puc.

Li dono el llibre. Ell ho agafa i ho obre per la primera plana. Admira la meva dedicatòria, o potser mira una altra cosa.

– No et preocupis, la taca de sang m’agrada.

L’home llepa la taca davant la meva sorpresa. Em mira i observo la sang tacant la seva llengua. També observo els seus ullals, són extraordinàriament llargs. Surto corrent, fent caure la cadira, la taula i els llibres. Però l’home, o el que sigui, és molt ràpid i m’agafa del cap. Amb les seves mans fortes em deixa a terra i m’immobilitza. Em xiuxiueja a cau d’orella.

– Tranquil, tranquil. Aquesta nit seràs etern.

Sense temps a pensar en el que està passant, els seus ullals es claven a la meva gola. Mentre perdo la consciència penso en el que aquell ser acaba de dir. Seré etern. El meu somni s’està complint, encara que no sigui com jo pensava.


Veintitrés de abril, Sant Jordi, una fiesta muy especial para mí. Este año sabré lo que se siente al firmar mi propia obra. Quién sabe si incluso hoy daré el primer paso hacia la eternidad. Sé que no será fácil, puesto que casi nadie me conoce, pero todos los escritores empiezan de cero y en algún momento les llega la fama, al menos a algunos.
Salgo a la calle bien temprano y planto mi mesa de camping junto al portal de casa. Dejo una veintena de libros encima la mesa y me dispongo a esperar a los potenciales compradores sentado tranquilamente en mi silla plegable. Hace una mañana perfecta, y los ánimos están por las nubes. Seguro que me hartaré de firmar ejemplares. Lástima no haber pedido más libros a la editorial, me parece que me he quedado corto.
Pero pasan las horas y nadie se acerca a mi stand improvisado. Me aburro como una ostra y tengo demasiado tiempo para lamentar que quizás tendría que haber elegido una mejor ubicación.
Por fortuna, la perseverancia tiene recompensa. A media tarde se acerca hasta mi stand un hombre. Se para a medio camino, pero un par de segundos después continúa andando hacia mí. Yo cojo mi estilográfica dispuesto a firmar el primero de unos cuántos libros. Tengo muy claro que en el momento que se rompa el hielo todo irá sobre ruedas.

– ¿Usted no es el vecino del segundo?

La pregunta me la hace una mujer a mis espaldas. El hombre que hay ante la mesa se para y escucha con atención.

– Sí.
– No sabía que escribía.
– Sí, soy escritor.
– ¿Y que escribe?
– Novelas de terror.
– Mi hija también escribe, pero en serio. Hoy está firmando libros en las Ramblas. Su editorial la cuida mucho.
– Muy bien.
– ¿Usted no tiene editorial?
– No, yo me autopublico.
– ¡Uy! No se preocupe si una editorial le dice que no. Hay que insistir.
– No, si yo no…
– Claro que mi hija envió su libro a una editorial y al poco tiempo le llamaron. Le ofrecieron mucho dinero por su libro.
– Yo no le he enviado el libro a ninguna editorial.
– ¿Pues a que espera?
– Es que yo no quiero…
– No tenga miedo, seguro que escribe bastante bien. Pero no se preocupe si la primera editorial le dice que no. Mi hija es una excepción, pero porque ella es especial. Eso le dicen en la editorial.
– ¿Quiere comprar un libro?
– Si quiere le puedo decir a mi hija que hable con su editorial. Seguro que le puede ayudar.
– No, no hace falta, de verdad.
– Parece que está empezando a llover.

La mujer marcha hacia el portal, me parece que no le ha gustado que no valorara la ayuda y el poder de su hija escritora. Bien, es su problema. Me vuelvo a girar hacia el hombre que ha esperado tan pacientemente, dispuesto a firmarle un ejemplar. Pero allí ya no hay nadie. Se ve que aquel hombre no era tan paciente. He perdido la primera venta del día. Gracias a la vecina. Y como ella ha dicho, ha empezado a llover. Meto los libros bajo la mesa y aguanto como un valiente bajo la lluvia, cada vez más fuerte.

Es casi media noche, hace poco que ha dejado de llover. Todo el mundo ha vuelto a casa corriendo para no mojarse. Ahora la calle está desierta pero yo continúo sentado, completamente empapado, con los codos sobre la mojada mesa de camping. Un hombre se me acerca con unas rosas en la mano. Es del este de Europa.

– Hola amigo. ¿Todavía trabajando?
– Sí.
– ¿Han ido bien las ventas?
– Aún me quedan algunos libros para vender. Si quieres uno te lo dejo a buen precio, que ya quiero irme a casa a descansar.
– A mí me ha ido bastante mal. Pero si quieres podemos hacer una cosa.
– ¿En que estabas pensando?
– Te cambio un libro por una rosa. ¿Te parece bien?
– Mi libro es más caro.
– Entonces que tengas mucha suerte, amigo.
– ¡Espera! ¡Espera! De acuerdo, te lo cambio.
– ¡Qué bien! Aquí tienes una rosa.

Cojo la rosa por donde él me dice. Siento una punzada de dolor en la palma de la mano. El tallo está lleno de espinas.

– Espero que no tengas problemas para firmarme el libro.
– No, no te preocupes.

Me da la sensación que una rápida sonrisa cruza su rostro. Abro uno de los libros y empiezo a firmarlo. Una mancha de sangre ensucia la hoja del libro.

– ¡Vaya! ¡Lo siento! Te lo cambiaría pero no puedo.

Le doy el libro. Él lo coge y lo abre por la primera hoja. Admira mi dedicatoria, o quizás mira otra cosa.

– No te preocupes, la sangre me gusta.

El hombre lame la mancha ante mi sorpresa. Me mira y observo la sangre manchando su lengua. También observo sus colmillos, son extraordinariamente largos. Salgo corriendo, haciendo caer la silla, la mesa y los libros. Pero el hombre, o lo que sea, es muy rápido y me coge de la cabeza. Con sus manos fuertes me deja en tierra y me inmoviliza. Me susurra al oído.

– Tranquilo, tranquilo. Esta noche serás eterno.

Sin tiempo a pensar en lo que está pasando, sus colmillos se clavan en mi garganta. Mientras pierdo la conciencia pienso en lo que aquel ser acaba de decir. Seré eterno. Mi sueño se está cumpliendo, aunque no sea cómo yo pensaba.

Publicado en: Descatalogada Etiquetado como: Castellano, Català, Comedia, Ficción, Sant Jordi

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