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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Navidad

Se busca Navidad

20 diciembre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

No parece Navidad. Sí, la gente compra, pero no soy consciente de observar en las tiendas las colas que antaño se hacían para comprar jamón, gambas o turrones. Incluso ha pasado el día del sorteo del Gordo sin pena ni gloria, en los informativos este año la noticia ha quedado en un segundo plano detrás de la política. 
Supongo que también pesa el ambiente frío de mi oficina, un lugar donde apenas conozco el nombre de la mitad de mis compañeros, donde los jefes desaparecen de vacaciones sin avisar, sin decir ni siquiera felices fiestas. Por no hablar del lote que desapareció hace tres años de nuestras vidas, o de la cena de empresa que jamás sucedió. ¿Cómo lo veis? ¿Os parece normal? Si vuestra respuesta es afirmativa entonces nada que objetar, el raro soy yo.  
Ni siquiera el tiempo es el típico de Navidad. El Niño o lo que sea, se ha cargado el frío y nos lo ha cambiado por niebla y contaminación. No nos queda ni tan solo la ilusión porque este año nos pueda visitar la nieve, ya de por sí difícil de ver en la gran ciudad. 

Me invade una sensación de «Navidad interruptus» mientras camino por las calles de mi barrio, respirando el plomo de la viciada atmósfera, escuchando a la gente hablar de pactos postelectorales, viendo la charcutería vacía. De repente noto que alguien ha introducido su mano en uno de los bolsillos traseros de mis pantalones. Me giro rápido y veo a un niño que me mira con los ojos muy abiertos, asustado. El chaval sale corriendo y, tras un momento de duda, yo echo también a correr detrás de él. No me cuesta mucho darle alcance, le agarro de la chaqueta, se la intenta quitar pero yo le hago un abrazo de oso y ambos caemos al suelo. Milagrosamente el pedazo de suelo sobre el que nos tiramos no está manchado por ninguna residuo canino. «Suéltame» me dice, mientras lo levanto del suelo sin contemplaciones. 

– ¿Qué estabas haciendo? 
– ¿Tú que crees? 
– Sí, ya lo he visto, me intentabas robar, ¿por qué? 
– Si te lo cuento no me vas a creer. 
– Prueba.

Y entonces este chico escuálido de piel morena me confiesa que es Santa Claus, que este año se ha quedado sin blanca y no ha tenido más remedio que robar para poder comprar los regalos que luego repartirá sin ayuda de los renos (porque los ha vendido por wallapop para pagar las deudas, al igual que el trineo mágico). Me dice que ha intentado de todo antes de ponerse a robar: buscar sponsors, micromecenazgos, que si crowdfunding, que si créditos bancarios a intereses inmorales, pedir en el metro, pedir de rodillas a la puerta de un Mercadona…

– No te puedes imaginar como es la gente de cruel. 
– ¿Te llegaron a agredir? 
– ¡Qué va! ¡Mucho peor! Me ignoraron por completo. ¿Tú sabes lo duro que es reconocer las caras de las personas que te dejan cada año una copita de cava junto a los calcetines para agradecerte los regalos que les llevas y que ahora ni siquiera te miren? La rabia es lo que me llevó a robar.
– ¿Y por qué no abandonaste el tema de los regalos?
– ¿Qué quieres decir?
– Si este año no tienes para regalar pues no regales nada.
– ¿Estás loco? No puedo hacer eso. 
– Pero si es lo que la gente se ha buscado.
– ¡No lo hago por ellos! ¡Lo hago por mí! ¡Por mi fama! Yo soy Santa Claus, el afable anciano que cada año en Navidad reparte regalos por todo el mundo.
– ¿Y cómo es que eres un niño?
– Bueno, realmente soy así, una especie de Peter Pan. Lo que pasa es que las multinacionales prefieren la imagen del abuelo rechoncho con barba blanca vestido de rojo. Vende más.
– Es decir, que si no consigues el dinero no hay regalos, ¿no?
– Así es.

El chico me mira con cara de poker, yo sé que miente pero se ha currado una historia tan graciosa que no puedo más que abrir mi cartera y darle veinte euros. ¡Veinte euros! Todo porque no tengo un billete más pequeño en la cartera y no me puedo echar atrás, el chico ya ha puesto la mano para recoger este suculento aguinaldo. Mientras le doy el billete me siento realmente gilipollas. Pienso en voz alta mi última reflexión «En fin, es Navidad». El chico me da las gracias y comienza a caminar rápido, imagino que por si acaso me arrepiento de mi estupidez.

– ¡Espero que con lo que te he dado me traigas un buen regalo este año! – le digo con sorna.

El niño se detiene en seco. Se gira y me dice lo siguiente, con una voz profunda que parece imposible que pueda surgir de su joven persona:

– Puede que seas de los que creen que la Navidad es tan solo una fecha del calendario, un festivo en el que toca comer en familia, ofrecer y recibir regalos. Puede ser que cuando te vayas a dormir el veinticinco pienses que ese día ya no se repetirá hasta dentro de un año. El caso es que algunos vivimos la Navidad cada día y es por eso que tenemos espíritu navideño. No culpes a los demás si no eres capaz de encontrar la Navidad, búscala en tu corazón y si la descubres serás feliz. Ya tienes mi regalo de este año. ¡De nada!

Y tras soltarme esta reflexión, el muy canalla me da la espalda y se marcha, desapareciendo entre la multitud que sigue discutiendo sobre política y tiempo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Navidad, Sociedad

La Navidad de Sergio

19 diciembre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

A Sergio siempre le gustó la navidad, es lo que tiene vivirla como un niño año tras año, desde hace cuarenta. Pero este año la navidad será triste. Nadie la va a celebrar con él. Su madre murió hace unos meses y le dejó solo ante la vida. Por primera vez en cuarenta años sintió el miedo de la responsabilidad. 

¿Por qué se ha muerto mi mamá? – preguntó a los médicos 
De cansancio, Sergio. Ya no pudo aguantar más. – le contestaron. 

Esa respuesta cayó como un castigo sobre Sergio. No pudo más que sentirse culpable de la muerte de su madre. Ella lo sacrificó todo por él, nunca pudo volver a tener vida propia desde su nacimiento, desde que le dijeron que su hijo no era normal. Durante años ella luchó por demostrar que su hijo podía llegar a ser normal, que sólo era cuestión de cariño y esfuerzo, vaciándose en su empeño hasta que su corazón ya no pudo más. Mucha gente asistió a su entierro, pero Sergio aquel día se sintió por primera vez solo. 

Desde ese día nada fue lo mismo, él se volvió más solitario, a pesar de que los vecinos se ofrecían a ayudarle. Su madre había querido que él fuese una persona independiente cuando ella no estuviera allí para ayudar. Y lo había conseguido, aunque Sergio dudaba de cada paso que daba. Ya nunca más estaría ella allí para decirle si lo estaba haciendo bien o para corregirle. Tampoco le podría decir si le habían intentado engañar o podía confiar en tal o cual persona. Esa desconfianza es la que le había vuelto más introvertido y únicamente se dejaba ayudar por los dos o tres amigos de su madre, los que siempre habían estado allí para ayudarle. Pero tampoco quería ser una carga para ellos, no quería que por su culpa les ocurriese lo mismo que le había pasado a su mamá. 

Esta será su primera navidad solo. Le habían hecho varias invitaciones y a todas contestó agradecido que ya había aceptado otra invitación. Pero no es así. Sergio ha decidido pasar la nochebuena en casa, sin nada más que el recuerdo de su madre. Esta noche, cuando llegue a casa después de trabajar, se pondrá la tele, e irá a la cocina a por su cena. Al ser una noche especial la celebrará con una tableta de turrón de chocolate que se zampará entera, junto a una lata de Sprite (su bebida favorita), y se dormirá viendo una película antigua de las que tanto le gustan. 

La imagen que tengo de Sergio es de aquella ocasión en que lo vi de la mano de su madre, parados en un semáforo; de improviso, él acercó su cara a la de ella y le plantó un beso en la mejilla. El beso más tierno que jamás he visto.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Navidad, Social

Merry Christmas Teresa

18 diciembre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Solo el viento rompe el silencio de este árido pueblo del lejano oeste hasta que, súbitamente, tres personajes montados en unas extrañas criaturas irrumpen al galope en la principal calle de Nativity.
Mientras, en el único bar del pueblo, un hombre está sentado junto a la barra del antro casi vacío. Sobrelleva la espera saboreando, quizás, el que podría ser su último bourbon. Tan sólo el barman, un hombre bajito, calvo y con bigote, acompaña a su cliente desde el lado opuesto de la barra, mientras seca con un trapo sucio unas copas gastadas por el paso del tiempo.

– Señor, creo que es la hora. – apunta el barman de forma tímida, con un hilo de voz, con los ojos asustados observando las fatídicas agujas del reloj del local.

 

El cliente levanta su generosa figura del taburete, deja un billete de los grandes y se larga sin esperar el cambio, arrastrando por el sucio suelo del salón un gran saco de color rojo, tan gastado como el cristal de las copas del bar, o como ese uniforme que lleva y que tanto le pica, que lleva siglos picándole pero nunca ha tenido tiempo o, mejor dicho, ganas, de cambiar por uno nuevo, suave y de color rojo carmesí. La empresa que lo patrocina hace muchos años que se olvidó de él, tan sólo utilizan su nombre como reclamo comercial, pero el hombre hace tiempo que dejó de existir para ellos, desde que firmó con sangre el contrato que lo convertiría en uno de los personajes más famosos del universo. Ya no es un ser de carne y hueso, si no tan solo un personaje de ficción que incita al consumo, al derroche sin control.
Santa Claus consigue llegar dando tumbos hasta las puertas basculantes del local, las empuja y estas se rebelan golpeándole en los brazos antes de cerrarse tras su inmenso saco. Echa un vistazo y allí los ve, en medio de la calle, los tres, aún montados sobre sus camellos. Santa se acerca poco a poco, sin prisa.
– ¿A qué venís? – pregunta.
– Bien lo sabes, norteño– contesta el jinete de la barba blanca. Santa lo conoce muy bien, es un sacerdote proveniente de la India. Melichior le llaman. Dicen que es un gran brahman, algo así como un brujo.
– ¿Y si os digo que me da igual todo, que por mí os podéis ir, Nativity y vosotros, a la mierda? Solo quiero que me dejéis vivir tranquilo. Estoy harto de tanta competitividad sin ganar nada a cambio.
– Desde que apareciste en el mundo cristiano no has dejado de quitarnos protagonismo. No somos más que una sombra de lo que éramos, y todo por culpa tuya y de esa marca de bebidas que te patrocina – este es Bithisarea, el sacerdote de origen árabe.
– ¿Y de qué me ha servido a mí? ¿Acaso no veis mis andrajosas ropas? ¿No oléis la peste a alcohol que emana de mi ser?
– Tú eres el culpable de nuestra desgracia, y por lo tanto debes pagar. Nativity no es suficientemente grande para todos : o tú o nosotros. – el último que faltaba por hablar, Gizbar el persa, el más arrogante de los tres sabios.
– ¿Y qué vais a hacer? ¿Vuestros camellos me van a venir a morder hasta matarme? Porque a vosotros no os veo dándome una paliza.
– Nuestros pajes se han situado de forma estratégica en los tejados con sus rifles de precisión. A una señal nuestra serás historia.
– ¡Bah!, eso ya lo soy. Incluso aún será peor para vosotros. Me convertiréis en un mártir, y ya veis que bien le fue a vuestro Mesías. Sería una gran cagada por vuestra parte.
Están tan concentrados en su discusión estos cuatro personajes que no se dan cuenta del hombre que escucha a tan sólo unos metros de ellos. Sin el sombrero de vaquero, su rostro y las entradas en la frente delatan que tiene más edad de la que aparenta. Está atento a lo que aquellos seres comentan, semblante serio, aunque su cuerpo se mantenga relajado apoyando el trasero sobre el borde de un abrevadero. El primero que lo descubre es Bithisarea.
– ¿Qué haces tú ahí? – exclama contrariado el sacerdote.
– ¿Yo?, escuchar.
– ¿Te diviertes a costa nuestra o qué? 
– Más bien me avergüenzo.
– ¿Ah, sí? ¿Y eso?
– Tanto el viejo de rojo como vosotros tres, sabios, magos, reyes – lanza un denso escupitajo que se estrella a pocos centímetros del camello de Bithisarea – habéis conseguido que Nativity sea un pueblo fantasma. Por vuestra culpa mucha gente se estresa por no saber qué regalar, o se decepciona con los regalos recibidos, o se deprime por no recibir nada de nada. Por vuestro mensaje comercial, al final los regalos no se hacen de corazón, si no por obligación, habéis corrompido el verdadero espíritu de la gente de este lugar, que consistía en la reunión familiar, y el desear de corazón que la felicidad, la paz y la salud se extendiera por todo el pueblo. ¿Sabéis cuantas familias se han discutido por vuestra culpa?
Ahora el que habla es Santa Claus, visiblemente enojado, con el rostro tan rojo como su traje.
– Oye ¿Tú quién cojones eres? Dime ahora mismo tu nombre que voy a olvidarme de todo lo que me hayas pedido.
– ¿Lo que te he pedido?, no te he pedido nada para mí, tan sólo quiero quedarme como estoy, con mi trabajo, mi familia, mis amigos, es decir, seguir con mi vida como hasta ahora, sin que nada ni nadie le meta mano.
– ¡Ajá, aquí estás!, esto es lo que pide este tío: 
“mi único deseo este año es que mi amiga Teresa vuelva a tener salud, que recupere las fuerzas para andar y para viajar, como tanto le gusta. No hace falta que le devuelvas la sonrisa porque nunca la perdió, por muy jodida que estuviera. Tan sólo te pido eso, y el resto déjalo como está, no lo toques.”
Santa Claus se queda en silencio, mirando la carta que acaba de leer en alto, sin saber qué decir, rascándose la cabeza con su mano izquierda. Mientras, los reyes hacen una señal a sus pajes para que bajen las armas. Se marchan todos juntos por donde han venido. Con un poco de suerte, alguno de ellos se sentirá tan mal que hará todo lo posible por cumplir con el deseo de aquel hombre… ojalá, por Teresa.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Fantasia, Navidad, Western

El abuelo (2008)

17 diciembre, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Me fijé en aquel abuelo de barba blanca sentado en el banco y dando de comer a las palomas. Su cara reflejaba cansancio pero también relajación, la que proporciona el trabajo bien hecho. No me costó mucho reconocerle aunque ahora se presentara como un anciano anónimo, sin su mono rojo de trabajo. Digamos que un aura de bondad le rodeaba y que por mucho que intentara pasar de forma discreta entre la gente normal le era imposible. Se veía de una hora lejos que se trataba de un hombre bueno, el típico abuelo que todos querríamos tener, vamos, como el de Heidi.
Me acerqué a él y me senté justo a su lado en el banco, disimuladamente, comenzando a lanzar a las palomas las miguitas de la barra de pan que acababa de comprar. Me sentía bien a su lado, reconfortado, para mí eso ya era un gran regalo, un buen chute de energía positiva transmitida por la cercanía de aquel ser. Tras estar un buen rato, los dos sentados al sol, alimentando las palomas, él me miró y me dijo:
– ¿Qué? ¿Necesitas algo más de un servidor? ¿Ya estás satisfecho con tu regalo?

Me sorprendió que fuese tan directo y no pude más que balbucear un simple sí.
– Pues entonces ya puedo marcharme a descansar a mi Laponia del alma. No sé si el próximo año podré volver.
– ¿Se encuentra bien? – le pregunté yo.
– Bueno, digamos que no envejezco como vosotros, mis arrugas las provocan las cosas negativas del mundo, aquellas que no puedo eliminar con mis regalos. La tristeza, la maldad, el dolor, el egoísmo, son algunos de los factores que me afectan negativamente, y estamos llegando a un extremo en el cual veo peligrar mi vida. Cada vez hay más gente triste y llena de dolor en el mundo, y yo no puedo hacer nada por arreglarlo.
– ¡Sí que puede!
– ¿Sí puedo?
– Por supuesto. Regale bondad a la gente mala, seguro que si ellos descubren lo que significa ser bueno no querrán renunciar a ello. La bondad es como una droga que llena el alma de satisfacción. Con usted ha funcionado durante siglos, aunque su naturaleza no es mala, claro, quizás con ellos cueste más, pero seguro que al final se rendirán al encanto de ser buenas personas.
– No es mala idea, el año que viene lo haré.
– ¿ Cómo que el año que viene? ¡¡¡Empiece ya!!!
– Lo siento pero mi convenio laboral no me permite trabajar fuera de Navidad.
El abuelo se levantó del banco y se marchó sin mirar atrás.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Ficción, Navidad

El último hombre bueno

26 diciembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Al entrar en el edificio me encuentro con la señora María, intentando subir el carrito de la compra, lleno hasta los topes, por las escaleras del portal.

– Permita que le ayude.
– Eres un sol, Salva.
– ¡Uf, cómo pesa! Pero…¡Aquí lo tiene!
– Muchas gracias, joven. ¡Y feliz Navidad!
– Feliz Navidad, señora María.

Así soy yo, siempre dispuesto a ayudar a mis vecinos y a todo aquel que lo necesite. Mi mayor ilusión sería convertirme en el último hombre bueno. Como Santa Claus, que con su magia hace realidad los sueños de las personas. Quizás hoy, por fin, lo conozca. Caliento la cena en el microondas y la como mientras escucho los villancicos que suenan en una emisora de radio. Después, agarro a “Charlie” y me siento en mi mecedora delante de la puerta. ¡Sí, puede que este año aparezca!

Unas horas más tarde, en plena madrugada, se abre la puerta de casa. ¿Será él? ¡Sí, es él! ¡Después de tantos años evitándome! Me levanto y me acerco para saludarle. ¡Qué sorpresa se va a llevar el viejo!

– ¡Hola Santa!
– ¡Eh, uh, hola!
– Te estaba esperando.
– Pues aquí estoy.
– Desde hace veinte años. ¿Por qué no venías?
– ¿Por qué no dejas ese rifle?
– ¿A Charlie? Ni lo sueñes. Desnúdate.
– Soy Santa Claus.
– Y yo tu peor pesadilla.

Le doy un fuerte golpe en la cabeza con la culata. El pobre abuelo cae al suelo inconsciente. No os podéis imaginar lo que me cuesta arrastrar al viejo gordo hasta mi habitación de las torturas. Lo ato a la cama por brazos y piernas. Dejaré que se despierte para disfrutar más.

– ¿Dónde estoy?
– En mi habitación favorita.
– ¿Por qué haces esto?
– Porque cuando tú mueras me convertiré en el último hombre bueno.
– ¿El último hombre bueno?
– Me llevó años matar a todos los demás y hacer desaparecer sus cuerpos.
– ¿Cuántos has asesinado?
– No sé, muchos.
– ¿Por qué?
– Pues porque un día mis padres me dijeron que no me traerías regalos hasta que me portase bien. Los maté por decir eso, pero luego, arrepentido, me porté muy bien, y ese año seguiste sin visitarme. Y el siguiente, y el otro. Entonces pensé que, quizás, si mataba a todos los hombres buenos al final te fijarías en mí, y así ha sido. Al principio te pedía juguetes, luego deseos adultos, pero desde hace tiempo solo quiero ser tú, el más bueno de todos. Y hoy has venido a concederme ese regalo.
– En realidad no te traía nada.
– ¿Entonces por qué has venido a mi casa?
– ¿Sabes que me puedo liberar cuando quiera?
– No puedes hacerlo. Te conozco perfectamente y sé que sólo puedes usar la magia para hacer realidad los deseos que te piden.

De repente una niebla dorada envuelve al viejo durante un instante y, al desaparecer, Santa Claus está de pie delante de mi, desnudo pero libre de ataduras.

– Una mujer llamada Carla, que se ha portado muy bien, me pidió que vengara la muerte de su marido. Él era la mejor persona del mundo, según afirmaba ella en su carta. Por eso estoy aquí.
– No puede ser.
– Yo siempre cumplo los deseos de las personas buenas.
– Pero yo soy bueno, ayudo a la gente, doy limosna, voy a misa…
– Siento decirte, Salva, que no eres bueno.
– Entonces ¿Qué soy? – le grito desesperado.
– Hoy eres el regalo de Carla.

No sé de dónde ha sacado el cuchillo, me lo clava una y otra vez. Al principio duele, pero llega un momento en el que mi cerebro se abstrae del dolor y se pregunta ¿Santa Claus me tiene envidia porque soy mejor que él? ¡Sí, eso es, no soporta que yo sea más bueno que él! Y mi último pensamiento antes de desaparecer es de alegría, porque soy el último hombre bueno del mundo y él lo sabe.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Navidad, Terror

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