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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Castellano

Mis mejores deseos

11 diciembre, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

Aunque no era la primera vez que hacía una entrevista de este tipo,  no pude evitar la sensación de tener un bloque de cemento dentro de mi estómago. El celador me guió hasta una sala oscura, a excepción de una minúscula zona en su centro, bañada por la paupérrima luz emitida por la única bombilla que colgaba del techo de la habitación. En ese punto de la sala había una mesa, un pupitre con dos sillas enfrentadas. En una de ellas descansaba la sombra del asesino que me había llevado hasta allí.

– Buenas tardes.
– Siéntese, por favor.
– Gracias. Supongo que sabe por qué estoy aquí.
– Me dijeron que vendría una periodista interesada en mi caso. La verdad es que no sé qué interés puedo yo tener para usted.

Aquella no era la voz de un homicida, nunca lo era. Hace tiempo que descubrí que la voz jamás delataba los instintos criminales de su dueño. Un escritor, un fontanero, un informático, siempre entrevisté al otro «yo», al inocente. Si hubiese sido miembro de un jurado los hubiese dejado a todos en libertad, ¿cómo podían ser capaces de actos tan atroces seres tan sensibles, tan sencillos, tan comunes? Sin embargo, en su interior habitaba un «alter ego» rebosante de rabia y odio, capaz de matar en muchas ocasiones a sus seres queridos, a menudo con una crueldad imposible de imaginar.
Una vez investigué un caso de posesión, deseé con todas mis fuerzas poder encontrar una razón, por mística que fuera, a tanta crueldad. Quería creer que un ser humano normal no podía ser tan cruel si no era porque una fuerza demoníaca lo poseía. No tuve suerte. Mi investigación fue un fracaso y aquel caso de posesión no fue más que otro engaño. Sin embargo, no pierdo la esperanza de que algún día se haga justicia y se descubra que el ser humano jamás fue capaz por sí solo de tanta maldad, que una mente diabólica se apodera de la frágil mente de determinados miserables para guiar sus actos. Mientras tanto no me queda otra opción que escuchar con cierto escepticismo a esos lobos vestidos con pieles de cordero.

– Bueno, digamos que su caso es bastante curioso. Es especialmente macabro considerando que tardó más de diez años en vengarse de su antiguo jefe y que utilizó una violencia extrema en ello.
– ¿Tiene un cigarro?
– ¿Perdón?
– Un cigarro ¿Usted no fuma?
– Lo siento, no, no fumo.
– Pensaba que todos los periodistas fumaban.
– La verdad es que lo dejé hace cinco años, antes de quedarme embarazada.
– ¿Tiene hijos?

Le miré a los ojos sin contestar, incómoda. No quería convertirme en el entrevistador entrevistado. Me levanté de la silla y me acerqué hasta el celador que vigilaba a unos metros de distancia. Le pedí un cigarro encendido y me lo dio. Volví a la mesa y se lo pasé. Absorbió el humo con la pasión con la que habría aprovechado una hora de permiso fuera de aquella jaula.

– Ahora comencemos, por favor.
– Adelante.
– ¿Por qué lo hizo?
– Porque me hizo llorar.
– ¿Quiere decir que le clavó cien puñaladas en la cabeza solo por esa razón?
– ¿Usted ha llorado alguna vez por desesperación, por rabia?

Le hubiera dicho que miles de veces, que mi vida ha estado llena de momentos de desesperación, de impotencia, de rabia. Sin embargo, siempre pensé que la venganza no era ninguna solución. Pero de nuevo callé, no pensaba caer en su juego.

– Entonces ¿debo entender que usted nunca llora y que esa fue una ocasión especial?
– No, al contrario. Había llorado muchas veces, pero esa fue la última vez que lo hice por mí. Él secó mis ojos.
– No comprendo.
– Me vengué porque ese hijo de puta me convirtió en un ser insensible. Después de su traición jamás volví a ser el mismo.
– ¿Qué traición?
– ¿No sabe que éramos amigos? Martín y yo éramos un equipo, una máquina con dos cabezas. Él era el líder y yo el gregario perfecto.
– ¿Y qué pasó?
– Pues que un día se dio cuenta de que él era imprescindible para la empresa. Y a partir de ese día ya no volvió a ser el mismo. Se convirtió en un Dios.

Siguió un largo silencio. Él esperó que yo preguntara, pero yo sabía que no debía hacerlo, tenía que evitar darle una salida. Debía esperar que vomitara hasta la última gota de su ira. Mi instinto nunca falla, en esa ocasión tampoco.

– Desde ese momento dejamos de ser un equipo. Me abandonó, entendió que todo era mérito suyo, que yo no era más que una pieza, otro eslabón en la cadena, y que esa cadena giraba porque él era el motor. Así que se fue a jugar una liga superior, hasta que un día se acordó de mí. Y no fue para darme ánimos, para apoyarme o para preguntarme qué tal lo llevaba. No, al contrario, se acordó de mí para decirme lo que tenía que hacer, para ponerse otra medalla a mi costa delante de sus jefes. El muy hijo de puta. ¿Quién se pensaba que era?

Volvió a quedarse en silencio, no podía verlo porque estaba rodeado de sombras, pero sentí como apretaba los puños, pude imaginarme cómo clavaba las uñas en la carne de sus manos. Esta vez decidí intervenir, evitar que se quebrara.

– ¿Y qué ocurrió?
– Se lo dije, no me callé. Le escribí un correo electrónico diciéndole lo que pensaba del tema, pero en ningún momento le insulté. Le dije que estaba harto de él, que me estaba volviendo loco con su actitud. Pero todo ello sin faltarle el respeto.
– Pero sin embargo, él le despidió ¿Verdad?
– Sí, así fue.
– ¿Eso fue lo que le hizo llorar? – nada más decir estas palabras, me di cuenta que la había cagado, nunca se debe hacer preguntas inductivas, es lo primero que te enseñan en la facultad de Periodismo.
– ¿El qué? ¿Que me despidiera? No, que va.

Más silencio. Él espera que yo le pregunte «¿Entonces, qué fue?», yo aguardo pacientemente que él conteste esa pregunta obvia, o quizás que se abra un poco más y extienda su respuesta hasta un punto que me permita comprender esa psicología. Pero el silencio se alarga y siento que pierdo la batalla, entonces no me queda más que plantear la maldita pregunta.

– ¿Entonces, por qué lo hizo?
– ¿Sabes quién es Lucifer?
– El diablo.
– Un ángel que se rebeló contra Dios todopoderoso, le cantó las cuarenta y éste no se lo perdonó. Desde entonces Lucifer juró vengarse de aquel Dios soberbio. Yo soy ese Lucifer, ese ser capaz de decir la verdad, y por culpa de eso lo perdí todo.
– Pero si encontró trabajo al momento. No perdió nada.

No esperaba su reacción. El hombre se levantó de un salto de la silla y lanzó la mesa por los aires, con una fuerza insospechable.

– ¿Qué no perdí nada? ¡Tú qué sabrás, idiota! ¡Perdí a mis compañeros de trabajo, perdí mi vocación, mi interés por mi profesión. Desde entonces ya nunca he creído en mi trabajo, todos me parecen iguales, una farsa donde me pagan por el tiempo que les dedico, no por lo que produzco! Perdí la confianza en la amistad, en el compañerismo, ¿te parece poco?  ¡Y todo por culpa de él! ¡Se lo tiene merecido, lo volvería a hacer una y otra vez!

Yo me había caído al suelo, asustada. Ya no estaba con el hombre inocente, delante de mí se encontraba la bestia, la maldad en persona. Apoyándome en los codos me alejaba de aquel ser. Los celadores tardaron unos pocos segundos en reducirle, pero ese tiempo se me hizo eterno. No podía dejar que se lo llevasen, aún me faltaban respuestas. Mientras lo mantenían en el suelo seguí preguntando.

– ¿Y por qué ahora? ¿Por qué ha tardado más de diez en años en vengarse?

Él jadeaba, estirado en el suelo, bajo un amasijo de brazos, cuerpos y piernas que le aplastaban. Farfulló algo pero no llegué a oírlo bien. «Tarjeta», ¿era eso lo que había oído?

– ¿Qué? ¿Qué dice?
– La tarjeta. El muy hijo de ….

Otro guardíán había llegado corriendo con una jeringuilla y se la había clavado en el cuello. No acabó la frase. Lo arrastraron hasta la celda y yo me quedé allí, sentada aún en el suelo, sola. Al rato volvió el celador del principio y me invitó a acompañarle hasta la salida, la visita había acabado.

No podía presentarme en el diario con esa entrevista, faltaba saber cuál había sido el interruptor que había encendido la bestia. De nuevo tuve una intuición. Cogí el coche y me fui a casa del asesino. Me abrió la puerta su esposa, una mujer muy guapa pero con la mirada más triste que había visto hasta la fecha. Seguramente mi rostro ahora sea más triste que el suyo.

– ¿En qué puedo ayudarle?
– Me llamo Abigail Calvo, soy periodista de el Diario.
– ¿Qué quiere? – su rostro pasó de la tristeza a la desconfianza.
– ¿Podría hablar con usted un momento?
– No tengo nada que decir.
– Sólo necesito saber una cosa.
– Le he dicho que no. – la mujer me iba a cerrar pero lo impedí metiendo el pie en la puerta.
– ¿Recibieron alguna carta antes de la reacción de su marido?
– ¿A qué se refiere?
– Una carta enviada por algún familiar o amigo.
– Nadie escribe cartas en estos tiempos.
– ¿Y una tarjeta de felicitación, una postal?

La mujer se quedó pensando, sentí que había dado en la diana.

– En Navidad, poco antes de… – la mujer desapareció de pronto, la oí como buscaba algo en los cajones. Al poco volvió.
– ¿Esto?

Me entregó una postal navideña, la clásica escena de un árbol de navidad y unos niños cerca, jugando con un trineo mientras cae la nieve. La leí y entonces comprendí por qué aquel hombre se había convertido en una bestia asesina.

«En estas fiestas, te hago llegar a ti y a tu familia, mis mejores deseos para el nuevo año y una feliz Navidad. Siempre tuyo, Martín».

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Asesinato, Castellano, Ficción, thriller

El pollo

4 diciembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

El joven gallo imitaba con gran precisión los elegantes movimientos de su maestro. El viejo gallo se enorgullecía de la admiración que le profesaba aquel apuesto y prometedor galán.

– Algún día tú serás el amo de este gallinero – le dijo.
– ¿Cuándo? – preguntó el joven impaciente. 
–  Pronto, ya se acerca el frío invierno y poco antes de que llegue el solsticio os tendré que dejar. 
– ¿Y eso? 
– Pues porque año tras año, el gallo más bravo del corral es llamado a ocupar un lugar de privilegio en las celebraciones de los humanos. Incluso le honran con una misa en la noche más importante del año para ellos.

Un «¡Oh!» de asombro se dibujó en el pico del joven. Al viejo gallo no le costó mucho adivinar el pensamiento que cruzaba bajo la cresta de su joven alumno. 

– No te preocupes, este año me toca a mí, pero tú podrás disfrutar de tal honor el año que viene.

 Pero la ambición del alumno aventajado iba más allá, no pensaba dejar pasar la oportunidad de robarle a su maestro el reconocimiento de los humanos. A partir de ese mismo día, el joven gallardo se esforzó por cantar con más fuerza y pasear más tiempo sus bellas plumas con gran elegancia por todo el corral. Sus esfuerzos no cayeron en balde y los humanos no tardaron en premiarle con más comida y de mejor calidad.  De esa manera, el gallo creció y se hizo muy fuerte en muy poco tiempo. Un día  comenzó a rondar a una de las gallinas y el viejo gallo se vio forzado a darle una lección. Sin embargo, el joven le propinó tal paliza que el pobre desgraciado tuvo que lamerse las heridas, en silencio, en un rincón apartado del corral. A partir de ese momento, todas las gallinas se peleaban por ser el objeto de galanteo del joven gallito.

Y llegó el invierno, y un día los humanos vinieron acompañados de otros humanos. El joven gallo hinchó su pechuga en el momento que observó que, sin lugar a dudas, estaban hablando de él. Una mezcla de sensaciones le embargaron cuando un humano le cogió de las patas. Por un lado orgullo y vanidad, pero también miedo y angustia. Su vida hasta entonces se reducía a aquel corral, y de repente todo su mundo daba un vuelco literal. De hecho no le gustó nada que le cogieran de las patas y le dieran la vuelta. Y menos le gustó aún cuando advirtió que el viejo gallo le observaba con una sonrisa maliciosa. Intentó liberarse, mas sin mucha convicción pues tampoco quería parecer un cobarde a ojos de todo el corral, así que finalmente se lo llevaron entre el cacareo desconsolado de las gallinas. 

Por supuesto nadie volvió a ver al joven y apuesto gallo. El viejo, por su parte, aseguró a las gallinas que no debían preocuparse por el chico, que seguramente entre los humanos se encontraría en su salsa. Todas se imaginaron a su admirado gallo sentado en un puesto de honor a la mesa de los humanos. Poco se podían imaginar que una torpe cocinera se equivocaría con la receta de Nochebuena y  aquel gallo, que días atrás se pavoneaba tan apuesto y soberbio, acabaría descuartizado en el cubo de la basura, junto a las mondas de las patatas.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, fábula, Ficción, Filosofia, Humor

El rebaño

29 noviembre, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

– ¡Te digo que lo vi con mis propios ojos!

Nelly estaba desesperada. Su amigo Sam no le creía. Ted, el cordero más viejo del rebaño, pastaba a poca distancia cuando levantó la cabeza con curiosidad.

– ¿De qué hablas, Nelly? – preguntó, mientras masticaba la verde y fresca hierba del prado.
– Nelly dice que vio al pastor preparando la máquina de esquilar – se anticipó Sam.
– ¿Tan pronto? Hace un día muy soleado pero aún queda mucho hasta el verano.
– ¡Eso le he dicho yo y mira cómo se ha puesto conmigo!

Ted pensó que las ovejas negras eran muy raras. Mientras, Sam hizo un gesto a su amiga y ambos se alejaron un poco del resto del rebaño para seguir con la discusión en voz baja.

– Vete con cuidado, Nelly. Lo que dices es muy grave si no tienes pruebas. ¿Seguro que era un lobo?
– No soy tan vieja como Ted pero tengo una edad, Sam. Recuerdo muy bien el día que los mastines arrastraron a la loba moribunda hasta la cabaña del pastor. Desde entonces podría reconocer a un lobo hasta por el olor.
– ¡Pero, Nelly! Es imposible que se hayan infiltrado entre nosotros. ¿Cómo podrían engañar a los mastines?
– ¡No lo sé! Solo te puedo decir que esta noche, mientras todo el rebaño dormía, me llamó la atención el olor de una oveja que se alejaba del rebaño. Observé que se acercaba a la cerca y salía disimuladamente. Antes de escapar de mi vista, cuando debía pensar que nadie le miraba, se quitó de encima la piel de oveja.
– Y creíste ver que era un lobo.
– ¡Era un lobo! Como el que durante tantos años nos estuvo aterrorizando.
– ¿Y cómo pudo engañar a los mastines?
– No lo sé. Algo falla.
– Supongo que tampoco sabrás por qué no nos atacó si ya estaba dentro del rebaño.
– ¿Quién dice que no lo haya hecho? ¿Cuántas ovejas han desaparecido en las últimas semanas?
– ¡No seas paranoica, Nelly! ¡Siempre ha habido ovejas descarriadas!
– ¿Un par cada semana? No puedes negar que son demasiadas, incluso para un rebaño tan grande.
– Sigo pensando que es absurdo.
– Se me ocurre una idea para descubrir si tengo razón.
– ¿Qué vas a hacer?
– Ya lo verás.

Esa tarde, cuando todo el rebaño se preparaba para acceder al establo tras pasar todo el día pastando en el prado, se oyó la potente voz de Nelly.

– ¡Enseñemos las patas al entrar! ¡Todos!
– ¿Por qué? – preguntó Sue, una oveja blanca que no se llevaba bien con Nelly.
– Vamos a comprobar si hay intrusos en el rebaño.
– ¿Intrusos?
– Sí. Venga, mostrad todas las patas como hago yo.

El rebaño estaba acostumbrado a obedecer, así que incluso Sue hizo lo que Nelly decía, mostrar las patas al pasar por las puertas del establo. Sin embargo, un par de ovejas blancas se negaron a entrar.

– ¡Vosotras también! ¡Enseñad las patas! – les exhortó Nelly.
– ¿Qué haces? – preguntó Sam, que se había acercado a Nelly.

Las dos ovejas sospechosas permanecían juntas sin atreverse a pasar. Las ovejas negras comenzaron a gritar al unísono «¡Enseñad las patas!». Sin embargo, la mayoría de ovejas blancas protestaron, molestas por ver como increpaban a otras de su especie. Comenzaron a discutir unas con otras y no tardaron en aparecer los cuatro mastines que cuidaban del rebaño.

– ¿Qué sucede? – ladró el más grande de los perros, Wolf, el jefe de ellos.
– ¡Estas de aquí no son ovejas! – afirmó Nelly con rotundidad.
– ¿Y qué son?
– ¡Lobos! – las ovejas del interior del establo comenzaron a cuchichear entre ellas, atemorizadas.
– ¡Estás asustando al rebaño!
– Tenemos derecho a saber la verdad.
– Tranquilízate, Nelly – le aconsejó Sam, que se había situado a su lado.
– No quiero tranquilizarme. Tengo derecho a  ….

Wolf soltó un feroz gruñido y se puso en posición de ataque. Los otros tres mastines hicieron lo mismo. Todo el rebaño se alejó de las puertas del establo, lo más lejos posible de los perros. Sin embargo, Nelly no se movió ni un centímetro. La tensión duró un largo minuto, hasta que al final los mastines se marcharon. Las ovejas negras jalearon eufóricas a su líder, que se había enfrentado a los temibles perros, que en teoría debían proteger el rebaño de todo peligro. Pero Nelly no parecía satisfecha, al contrario. Las ovejas sospechosas habían aprovechado el momento de pánico para regresar con el rebaño y todo aquello no había servido para nada.

– ¿Es verdad que hay lobos entre nosotras, Nelly? – le preguntó una prima suya, Dorothy.
– Sí – contestó – Pero no tengo pruebas.
– Debemos estar alerta, entonces.

Sam se acercó a las dos ovejas negras.

– Estáis jugando con fuego.
– Sois las ovejas blancas las que jugáis con fuego. Estáis dando cobijo a lobos. ¿No os dais cuenta que también vosotras sois sus víctimas?
– ¡No hay lobos, Nelly!
– Como tu digas, Sam.

Nelly se giró hacia su prima.

– Esta noche reunión de las ovejas negras. Avisa a todas.

Por la noche, todas las ovejas negras acudieron a la reunión en un rincón apartado del establo, lejos de las orejas del resto del rebaño. Sin embargo, no pudieron evitar que una oveja blanca se acercara y escuchara lo que se decía en aquella reunión sin que ninguna se diera cuenta. Nelly no tardó en explicar la razón de la reunión.

– Debemos abandonar el rebaño.

Dorothy tuvo que pedir silencio pues todas las ovejas se alteraron al oír la propuesta de su líder.

– ¿Pero a dónde iríamos? – preguntó una de ellas – El monte está lleno de peligros.
– Y la granja también. Mañana por la noche nos marchamos. Hasta entonces, ni una palabra sobre el tema ni siquiera entre vosotras.

Al día siguiente, el rebaño estuvo pastando sin que se notara la tensión de la noche anterior, ni los planes para la noche siguiente. Pero por la tarde, cuando el rebaño regresaba al establo, los mastines le impidieron el paso a Nelly y se la llevaron. Sam estuvo discutiendo con ellos, aparte, y luego habló para las ovejas y corderos.

– El pastor se ha enterado por los mastines del nerviosismo de Nelly y ha querido tranquilizarla en persona. No os preocupéis, hoy dormirá en su regazo y mañana estará entre nosotros.

Cuando por la mañana regresó Nelly, las ovejas negras, preocupadas, fueron a recibirla en el prado. También se acercó Sam.

– ¿Cómo estás, Nelly? – preguntó Sam.
– ¿Dónde está Dorothy? – preguntó ella, seria, con la mirada perdida.
– Ha huido.
– ¿Cuándo?
– Mientras dormíamos. Desapareció en la noche.
– ¿Otra oveja negra descarriada? – preguntó a Sam, muy seria.

Nelly no dijo nada más, buscó un rincón apartado del resto del rebaño para pastar en soledad. Sam la observó durante un par de horas. La oveja negra no levantó en todo ese rato la vista del suelo ni una sola vez. El cordero se le acercó, preocupado.

– ¿Qué te ocurre, Nelly? ¿Estás bien?

La voz de Sam le llegaba lejana, a pesar de encontrarse a menos de un metro de distancia. Nelly levantó la cabeza. Admiró la belleza del verde prado, que sus lágrimas convertían en un maravilloso caleidoscopio. En uno de aquellos poliedros se reflejaba la silueta de un mastín, que la observaba, serio, a varios metros de distancia.

– Ayer no vi al pastor. Los mastines me llevaron a sus perreras y … al final perdí la consciencia. 
– Lo siento Nelly.
– Tú sabías que íbamos a abandonar el rebaño.
– ¿Qué quieres decir?
– Vi como nos espiabas desde las sombras la noche de la reunión.

La oveja se giró y miró al rostro de su mejor amigo dentro del rebaño. Observó que sus ojos estaban vacíos, sin brillo, como en la mayoría de las ovejas. A excepción de las más pequeñas y también de las más rebeldes, el resto de ovejas del rebaño no tenían brillo en su mirada, no tenían vida. Por eso odiaban a Nelly, envidiaban su rebeldía, su ilusión. Sam también la envidiaba.

– Tú nos traicionaste.
– Te juro Nelly que no…

Sam no pudo acabar la frase. Nelly le golpeó con sus patas delanteras en toda la cara, una y otra vez. El mastín que vigilaba a Nelly se dio cuenta e intentó actuar pero las ovejas negras le atacaron, impidiéndole acercarse. Nelly seguía golpeando a Sam, que dobló las patas incapaz de plantar cara al ataque de ira de la oveja negra. Sin embargo, las ovejas blancas, aunque tarde, reaccionaron. Comenzaron a atacar a las ovejas negras que obstaculizaban al mastín. Sue corrió a avisar a los otros mastines. Nelly dejó a Sam y huyó a través del prado, tenía que alcanzar el bosque. Pero gracias a Sue y al resto de ovejas blancas, los mastines pudieron reaccionar rápido y alcanzaron a Nelly y a las otras ovejas negras que habían intentado escapar. Ninguna de ellas alcanzó el bosque. Todas fueron llevadas al establo excepto Nelly. A ella la llevaron a la cabaña del pastor. Le obligaron a entrar y allí la dejaron. 

Nelly nunca había estado en el interior de la cabaña. Nada más entrar, clavada en la pared principal, vio la piel de un lobo. Era, sin duda, la loba que un par de años atrás habían atrapado los mastines. La estancia olía a sudor humano, a sangre y a otro olor que recordaba muy bien.

– Hola Nelly.

Vio al pastor en el lado de la cabaña donde se encontraba la cocina. Estaba cortando algo sobre la mesa de madera, con un gran cuchillo. 

– ¿Has vuelto a portarte mal? 

El humano seguía trabajando con el cuchillo sin detenerse mientras hablaba. 

– No me dejas más remedio que dejar a mis cachorros que decidan tu suerte, como hicieron con tu prima Dorothy.

Terminó de cortar con el cuchillo y levantó un trozo de carne roja. La sangre corría por su mano. En ese momento, de la oscuridad surgieron un par de lobos, caminando al trote hacia el pastor. El hombre les tiró el trozo de carne y ellos se pelearon por él.  

– Cuando los mastines me trajeron a la loba moribunda, me encontré con que estaba a punto de parir. Rescaté a dos de los cachorros y los alimenté con vuestra leche primero, y luego con vuestra carne. En un principio yo mismo escogía la oveja a sacrificar, hasta que ellos fueron suficientemente mayores como para introducirse en el rebaño y seleccionar sus presas. No tenías que haber metido las narices, Nelly. Tú eres demasiado vieja para su gusto…

Uno de los lobos se apoderó del trozo de carne y el otro se quejó con un lastimero gemido. El pastor le hizo una señal al lobo perdedor y este se giró hacia Nelly. El depredador comenzó a trotar hacia ella.

…Pero también es verdad que cuando hay hambre, no hay carne dura.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, fábula, Ficción, Social

La maldición de Ramsés

20 noviembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Vagaba por un laberinto de callejones oscuros, en una noche de luna escarlata. El silencio era tal que ni tan solo alcanzaba a escuchar el sonido de mis pasos sobre los charcos de aguas putrefactas que cubrían aquel suelo inmundo. Era consciente de que me encontraba en medio de una pesadilla que no podía controlar. No me importaba, ni siquiera me preocupaba sentir de vez en cuando el roce en mis piernas de alguna rata perdida. Solo deseaba encontrar el objetivo de toda aquella aventura delirante: la puerta dorada.
Di con aquella entrada mágica justo cuando más perdido me sentía. Por eso creo que ella me encontró a mi y no al revés. Era una puerta inmensa, el doble de alta que yo y diez veces más ancha. A la altura de mi cabeza había un inmenso picaporte en forma de cabeza de dragón que, más negro que el futuro de la Humanidad, resaltaba sobre aquella superficie áurea.  Agarré el picaporte con ambas manos, su tacto era frío como los dedos de la Muerte. Lo golpeé contra la puerta y seguí sin escuchar ningún sonido, a pesar de sentir una vibración tan potente que reverberó en todo mi cuerpo, desde las manos hasta el corazón.
La puerta comenzó a abrirse. Un torrente de gritos, risas y llantos inundaron de repente mis oídos, que a punto estuvieron de reventar. No alcancé a ver al sujeto que abría la puerta. Delante mío había un pasillo enmoquetado, hediondo e infinito; a los lados puertas y puertas cerradas que jamás acababan. Del interior de aquellas habitaciones surgían los sonidos que atormentaban mi mente.
Me detuve delante de una puerta. No sé por qué escogí aquella habitación, quizás el número me pareció exótico, 666. Seguramente me escogió ella.
Abrí la puerta sin avisar. Comprendía que lo que se encontrase allí dentro, llevaba siglos esperándome. Una señora de unos sesenta años, en bata gris y con rulos en la cabeza que, sentada en un sofá viejo, observaba la tele atentamente. Sus ojos color naranja helaron mi sangre. No pareció percibir mi presencia o eso pensaba yo. Esperé unos minutos sin atreverme a molestarle, hasta que, de pronto, cogió el mando de una mesita de madera que había a su izquierda y cambió de canal. Oí mi nombre saliendo de la caja tonta. Miré y allí estaba yo, vestido de forma elegante, sonriendo y charlando con unas bellezas que me devoraban con sus miradas.

– ¿Te gusta? – me preguntó la mujer con voz ronca y vieja. Ahora me miraba fijamente con sus ojos de fuego – ¿O quizás prefieres esto?

Volvió a cambiar de canal. De nuevo aparecía yo, sentado en un trono y, hasta donde llegaba la imagen del televisor, las gentes se arrodillaban ante mí.

– No sé. Quizás seas demasiado joven para ser emperador. Puede que te guste más esto.

Ahora en el televisor me veía en lo alto de un escenario, alzando un brazo hacia la multitud, mientras miles de gargantas coreaban mi nombre. Algo debió ver la mujer en mi rostro porque sonrió satisfecha, a sabiendas de que había acertado.

– ¿Qué quieres a cambio? – quise preguntar, aunque las palabras se ahogaron dentro de mi cabeza.
– Lo típico. Tu alma cuando mueras.
– ¿Cuándo?
– No te lo puedo decir. Eso es cosa de Aaron.
– ¿Quién es Aaron?
– El cobrador de la guadaña, hace muchos siglos le llamaban Ramsés el Maldito. Es quien segará tu alma cuando llegue el momento. Él decide cuando ha llegado el momento de pagar.

No lo dudé un instante. Sabía que debía aceptar el trato si alguna vez quería ser alguien poderoso. Sin saber de dónde ni cómo, en las manos de la mujer aparecieron un miserable bolígrafo y un folio de papel impreso con tinta roja. Me los dio alargando los brazos de una manera antinatural. Leí en aquel contrato las palabras que en sueños había dictado mi alma. La letra pequeña era completamente ininteligible, no perdí el tiempo preguntando pues estaba seguro de que no me gustaría saber lo que ponía. Me decepcionó lo del bolígrafo, ¿dónde había quedado la pluma empapada en sangre? Firmé… y me desperté.

Esa misma semana, como por arte de magia, la fortuna comenzó a sonreírme. En menos de un mes conseguí ser famoso. Mi sueño se había cumplido. Sólo faltaba esperar que la pesadilla también se cumpliese. Vivía obsesionado pensando que el tal Aaron aparecería un día cualquiera de la nada y vaciaría un cargador entero en mi cabeza. Sin embargo nada sucedía, y el tal Aaron no aparecía, para mi alivio.
Pero un día descubrí algo que me heló la sangre. Leyendo un diario vi la foto de un jugador de fútbol. El titular de la noticia era el siguiente: «De nuevo se cumple la maldición de Ramsey». Seguí leyendo, «Esta semana, otra vez tras marcar un gol el jugador galés Aaron Ramsey, ha fallecido un famoso. En este caso se trata del actor…» . No necesitaba seguir leyendo. Ya sabía quién era Aaron. Desde entonces no me pierdo ninguno de los partidos que juega, apostando siempre a que no marcará gol. Si gano, gano dos veces. Si pierdo, no me importará tanto mientras pueda conservar el alma.

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Macabro placer

13 noviembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 Al cerrar el ataúd se hundió en la oscuridad.

Quebrando el silencio, a sus oídos llegaban sonidos de un fuelle y golpes de martillo sobre un yunque. Esos ruidos, sin embargo, no eran lo que parecían. Se trataba de su propia respiración acelerada y de los latidos de su corazón desbocado. El índice de su mano izquierda acarició despacio, tembloroso pero con gran delicadeza, la areola de su siniestro seno, mientras con la mano derecha pellizcaba el pezón del diestro. Sentía una gran excitación, un macabro placer en el morboso acto de sumergirse en aquella caja de madera de caoba, con su elegante y acolchado interior de blanco satén. Desde pequeña se había sentido atraída por los ataúdes, le fascinaban de una forma que era incapaz de explicar.
A la tierna edad de seis años, intentó introducirse en el féretro de su tía Isabel. Llegó a acurrucarse al lado de aquel cuerpo, ahora rígido, que unas horas antes le había besado con sus labios ahora fríos. Alguien se acercaba silbando una canción que a ella le gustaba mucho, «Close to you», de «The Carpenters». La melodía murió de pronto al tiempo que una mano le agarraba con fuerza de su frondosa melena rubia y le sacaba a pulso del ataúd. Era su padre. Miraba a un lado y a otro para confirmar que nadie les había visto. Él jamás habló de aquella aberración y ella prefirió no provocar su furia con nuevas tentativas. Hasta que abandonó la mansión familiar. El mismo día de su emancipación, fue a comprarse un ataúd y lo hizo llevar a su nueva casa. Lo guardaba en una habitación donde solo entraba ella. Cuando necesitaba relajarse, se introducía en su sarcófago particular y se dejaba llevar por el placer sexual de imaginarse atrapada en aquel pequeño mundo eternamente. Después, ya completamente relajada, llegaba a dormirse en aquel ataúd para despertar unas horas más tarde, repleta de energía.
Y mientras excitada, pensaba todo esto en su sarcófago, su padre estaba a pocos metros, de cuerpo presente en su propio ataúd. El día antes había fallecido de un infarto de miocardio. Ya no podría impedirle que fuese ella misma. “¡Qué lástima!”, pensó. “El mismo día que se mudó a su casa, va y se muere”. Ya no le quedaba nada, se había arruinado porque alguien anónimo había hundido su empresa. ¡Qué sorpresa se llevó cuando ella le confesó ser ese personaje anónimo que había acabado con su negocio! No lo pudo soportar, su corazón petó. El sentimiento de culpa, a ella, le duró diez segundos. Al fin y al cabo, él siempre había sido débil, algo que ella despreciaba. Los débiles sólo sirven para ser el alimento de los fuertes como ella.
Sus manos continuaron bajando poco a poco, tocando ligeramente el ombligo, acariciando las caderas y deslizándose entre sus muslos. Dejó escapar un leve gemido cuando sus dedos se encontraron con la zona más sensible de su cuerpo, fue en ese momento cuando escuchó “clic”. Al instante se dio cuenta de que algo iba  mal e instintivamente impulsó sus brazos contra la tapa del ataúd, pero ésta no cedió, se mantenía cerrada por mucha fuerza que ella aplicara. ¿Qué había ocurrido? Jamás en todos esos años se había cerrado el ataúd por fuera, ¿Cómo había sido posible? Intentó levantarse y empujar con todo su cuerpo, pero no sucedió nada. Gritó, aunque sabía que sus súplicas morirían absorbidas por el perfecto acolchado del interior del féretro. Lo peor de todo es que nadie la iba a echar de menos; con la muerte de su padre ya no le quedaba ningún familiar cercano vivo y se había cogido unas vacaciones con el argumento de poder recuperar el ánimo. Tampoco tenía amigos, era un ser asocial. Cómo deseó en ese momento tener a alguien ahí fuera que se preocupara por ella, como se había preocupado el viejo.

Detuvo sus pensamientos de repente pues a sus oídos llegó un sonido del exterior, muy debilitado pero perfectamente reconocible. Alguien estaba silbando una canción que le era muy familiar, una canción de «The Carpenters».

 

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No matarás

6 noviembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 “Punto final”.

Pulso sobre el icono de impresión y aprovecho para tomar un largo sorbo de café mientras se genera el documento completo en mi impresora.  Está frío y amargo, el café, apuro la taza hasta los posos y la dejo encima de la alfombrilla del ratón. Observo que en la alfombrilla, además de manchas secas de café, también aparecen vastos trazos escarlata. Me miro las manos y me doy cuenta de que no las he limpiado como debía, aún están un poco manchadas. Cojo un pañuelo y me aseo de forma enérgica hasta dejar mis manos libres de mácula.
Ya ha terminado la impresión del documento. Compruebo que las hojas se hayan impreso correctamente antes de cerrar el editor de textos. Ya sólo me queda hacer una cosa. Me pongo los zapatos y cojo la gabardina. Fuera hace frío. En este año tan caluroso, hemos tenido que esperar hasta noviembre para que el invierno presente su tarjeta de visita. Segundos más tarde vuelvo a entrar en el apartamento a recuperar el documento que había olvidado encima de la cama cuando buscaba la gabardina en el armario. Mientras espero el ascensor noto un cierto tufillo que se expande por el rellano y que solo yo puedo saber que proviene de la casa del vecino.

Salgo a la calle y camino tranquilamente unos quinientos metros, respetando los semáforos, aspirando el gélido aire en grandes bocanadas. Necesito recuperar el valor antes de introducirme en la casa del Señor, donde todas las almas son bienvenidas. Eso sí, al entrar no me atrevo a tocar el agua bendita. Busco un confesionario y cuando lo encuentro me arrodillo delante de la rejilla que oculta al sacerdote que ha de concederme el perdón divino.

“Padre, vengo a confesarme”
“Adelante hijo”
“He violado el quinto mandamiento”
“¿No matarás?”
“Sí, padre. Soy un asesino”
“Pero eso, ¿cuándo ha sido? ¿En esta ciudad?”
“Sí, padre. Aquí tengo las pruebas”

Entregué las últimas hojas de mi relato al sacerdote y esperé a que las leyera por encima.

“Pero hijo, esta historia…”
“Sí, la he escrito yo. ¿Podré ser perdonado?”
“¿Pero quién ha muerto?”
“Mi protagonista. Lo asesiné, lo estrangulé cuando faltaban dos hojas para acabar, después le abrí las costillas para arrancarle el corazón y guardarlo en el congelador. ¿Me puede conceder su perdón?”
“Hijo, no te debes preocupar”
“ ¿A pesar de que el protagonista sea mi vecino, el que siempre está molestando?”
“Por supuesto, quedas perdonado del pecado de matar a tu vecino. Anda hijo, vete que hay gente esperando”
“Gracias, padre, de todo corazón”

¡Qué liviano me siento! Cual Dorian Gray que se exime de sus responsabilidades descargándolas en el corrupto y diabólico lienzo de su retrato, hoy he utilizado mi próxima novela para redimir mi sucia alma. Y lo mejor de todo, es que ya no me molestará más el vecino con sus fiestas hasta altas horas de la noche.

Ahora ya puedo buscar una nueva víctima para mi próximo libro. Al instante, me viene a la memoria ese amigo de mi “ex” que me cae tan mal…

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La castañera

30 octubre, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

– ¿Te apetece una papelina de castañas?
– ¡Qué romántico eres, cariño!

Hasta mi olfato había llegado el maravilloso aroma de las castañas asadas, una tentación irresistible. En un rincón de la plaza principal del barrio, escondido de las luces y del frío, se encontraba el puesto de la entrañable castañera que cada mes de noviembre nos visitaba desde que yo tenía uso de razón. Recuerdo haber llorado de pequeño al descubrir que a mediados de diciembre, su pequeño puesto era ocupado por el paje real, al que yo me negaba a entregarle mi carta para los reyes magos. Prefería dejarla en el buzón amarillo de toda la vida y que le llegase a sus Majestades por correo ordinario a dejar mis deseos en manos de aquel impostor.
La castañera reflejaba en su rostro el calor rojo que desprendía el brasero. Cuando me vio, ese rostro concentrado dibujó una amplia sonrisa. Me había reconocido al instante.

– Hola, señora María.
– ¡Hola guapo, qué alegría! ¡Te he echado mucho de menos!
– Y yo sus castañas y moniatos. ¡Y a usted también, claro!
– ¿Y esa chiquilla?
– Mi novia. Emma, te presento a la señora María, la castañera más famosa del barrio.
– ¡Hola, señora María!
– ¡Toma, guapa! Esta papelina te la regalo. A tu novio le toca pagar, que esto es un negocio y necesito ganar algo de dinero, aunque sea poca cosa.

La señora María puso cara de circunstancias, pero a los pocos segundos volvió a sonreír. Le pagué tres euros por la papelina y  otro de propina, agradecido por el regalo que había hecho a Emma. Nos alejamos del puestecito de la entrañable abuelita entre saludos, sonrisas y promesas de volver pronto a visitarla. Emma se acurrucó bajo mi brazo, protegiéndose conmigo del frío que este año había llegado tarde pero con fuerza redoblada, con ganas de recuperar el tiempo perdido.

Estuvimos unos minutos sujetando nuestras papelinas con ambas manos, calentándonos al calor que desprendían las castañas recién salidas del brasero. Emma peló la primera castaña y la introdujo en su boca. Cerró los ojos para saborear aquel pequeño manjar. Pero al momento los abrió, y en su rostro se dibujó una expresión de terror.

– ¿Qué sucede?
– ¡Dios mío!
– ¿Qué? ¡Habla, por favor!
– Al probar la castaña, con los ojos cerrados, he tenido una visión, un mal presagio.
– ¿Pero qué has visto?
– ¡Me he visto a mí misma, desnuda en una cama! ¡Degollada! ¡Muerta!
– ¡Madre mía! ¡No te preocupes, no es más que una tontería!
– ¿Una tontería, Antonio? ¡Es mi muerte la que he visto!
– ¡No es más que una ilusión! No le des importancia, cariño.
– ¡Vamos a ver a la castañera!
– ¿Por qué?
– ¡Estoy segura de que esa maldita bruja me ha lanzado un mal de ojo!
– ¿Pero qué dices? ¡Es la señora María! ¿Por qué te iba a maldecir?
– ¿Y yo qué sé? Por eso quiero preguntarle.
– Emma, por favor, déjalo estar. Esto es absurdo.

Emma no me hizo caso. Se liberó de mi mano y con paso decidido volvió a la plazoleta, a la esquina donde se situaba el pequeño puesto, que desprendía calor y bondad.

– ¿Qué llevan esas castañas, vieja? –gritó Emma, fuera de sus cabales.
– ¿Qué dices, niña?
– ¡Pregunto qué llevan tus castañas! ¿Qué les has puesto? ¿Por qué me han provocado visiones?
– No sé de qué me hablas, cariño.
– ¡Déjese de tonterías, bruja! ¡Me ha envenenado! ¿Por qué me quiere matar?
– Cariño, vámonos, estás muy nerviosa. – intenté llevarme a Emma, pero ella estaba furiosa.
– ¡Déjame! ¡Necesito saber si me ha lanzado un mal de ojo y por qué!
– Vámonos, cariño. Perdone señora María.
– No te preocupes, guapo. No pasa nada.

Arrastré a mi novia fuera de la plaza, mientras la pobre abuelita nos miraba con ojos tiernos y tristes. La envolví en un abrazo protector y me la llevé a mi casa. Ella no paraba de llorar. Al final, después de muchos sollozos, Emma se quedó dormida entre mis brazos.

Cuando desperté, sus ojos miraban al techo. Su boca estaba abierta mostrando una sonrisa exagerada por la que brotaba aún la sangre fresca. Su garganta también estaba desgarrada, tal y como ella había predicho. Parecía una muñeca inerte, destrozada. En las palmas de sus manos, abiertas, descansaban sendas castañas. Destrozado, las cogí, también las otras que yacían desparramadas por otras partes de su cuerpo, y salí de casa.

Las brasas continuaban ardiendo en el pequeño puesto de la castañera. El barrio dormía pero ella seguía allí, esperándome a mí.

– Hola abuela.
– Hola guapo – me dijo con una sonrisa llena de ternura y tristeza.
– Te traigo las castañas encantadas.
– ¡Qué lástima, cariño! ¡Ojalá algún día des con la chica indicada!
– Sí, lo sé, aquella que no tenga visiones funestas cuando pruebe tus castañas.
– No te preocupes, estoy seguro que algún día sucederá, como sucedió con tu padre, con tu abuelo, y con tu bisabuelo.
– Sí, abuela, lo sé. Sólo podré casarme con aquella mujer que las castañas acepten para que algún día pueda seguir la tradición familiar de la castañera.
– Eso mismo. Por cierto, no te olvides de traerme los trocitos del cuerpo. La grasa humana le da un aroma especial al fuego. El resto hazlo desaparecer como tú sabes.
– Sí, abuela.

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El invierno ha llegado

24 octubre, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

«¡Qué lástima me provocan aquellos que creen que se puede matar al odio!
Ellos, pobres necios, serán los primeros que caigan, incrédulos, cuando por sorpresa reciban en su corazón el zarpazo de la rabia que daban por sepultada para siempre, y que de nuevo se habrá levantado de su tumba, en el frío hielo, para aniquilarnos a todos.»
– Cita extraída de las Crónicas de los Vándalos y los primeros hombres.

 

Una docena de individuos patean y golpean con los palos de sus banderas a un joven indefenso, enemigo por el simple hecho de cruzarse en su camino y no ser uno de ellos. Satisfecha su sed de sangre, uno de los agresores, bajito y vestido de bufón, se aleja de la escena dispuesto a disfrutar de la tranquilidad de la ciudad sometida. El bufón  salta alegre y jovial por las calles vacías, cantando en voz alta una canción que habla de humillación, rompiendo el silencio de la muerte y sin miedo alguno a provocar la ira de los vencidos.

“…Pero ahora las lluvias lloran en su salón, sin nadie que las escuche. Sí, ahora las lluvias lloran en su salón. Y ni un alma hay que las escuche.”

Nada ha de temer de aquellos que, ocultos, escuchan sus chanzas. A estos solo les queda la esperanza de sobrevivir hasta el día de la venganza. El Norte recuerda, se dicen a ellos mismos con los puños cerrados.
De pronto, la canción muere en los labios del bufón antes de que pueda completar un nuevo estribillo. Se ha quedado paralizado al escuchar el cuerno sonar tres veces.
A las puertas de aquella ciudad septentrional se ha concentrado una niebla densa como la leche y más fría que el hielo, que traspasa las murallas como el viento traspasa el campo. Antes de que finalice el día, esa niebla y lo que ella oculta, convertirá a bufón, vencidos y vencedores, a todos ellos sin excepción, en sombras sin futuro.

Un mes después…

Ninguno de los clientes, ni siquiera el dueño del establecimiento, sospecha que en aquella humilde posada de un condado del sur se está decidiendo el destino de los Cuatro Reinos. Los dos comensales han elegido la mesa más escondida y menos iluminada de toda la taberna. Además, mantienen sus caras ocultas bajo sendas capuchas incluso mientras simulan dar buena cuenta de sus platos. Se había planteado la posibilidad de realizar tal reunión en algún lugar más discreto, pero las propuestas se rechazaron porque nadie podía garantizar la seguridad. Es mejor así, ocultos entre la multitud que abarrota aquel comedor.

– El autoproclamado «Rey en el Norte» ha aceptado mi propuesta.
– El traidor sabe que está acorralado y busca escapar como una rata.
– En mi opinión teme más al invierno que a las tropas de vuestro ejército.
– ¡Cuentos de viejas!
– Obviáis, mi señora, que el Norte es el bastión que os protege de los peligros de Más allá de las montañas.
– La única amenaza real son los insurgentes que anhelan fragmentar los Cuatro Reinos. Nada va a detenerme en mi objetivo. El rey, el auténtico rey, volverá a unirlos a todos y castigará a los rebeldes como se merecen.
– Por favor, no os dejéis llevar por el odio, mi señora. Recordad que el Rey en el Norte no está solo. De hecho, me consta que tiene el apoyo de la República.
– ¡Esa maldita zorra!
– Que posee la mayor fuerza de los Cuatro Reinos y capacidad para pasar por el fuego todo vuestro territorio.
– No se atreverá a atacar, es débil, le pierden sus escrúpulos.
– Piense mi señora que si no fuera por ese detalle, ella ya estaría gobernando desde el trono de hierro a todo un reino de muertos.
– Sería muy apropiado para combatir contra el ejército de las sombras de vuestros cuentos de viejas.
– De todos modos, mi señora, no he venido hasta aquí para hablar de conjeturas, si no para pediros que renunciéis a vuestra estrategia de terror.
– ¿De qué estrategia habláis?
– La de dar libertad a vuestras huestes de paramilitares para que siembren el pánico por todo el Norte.
– ¿Se refiere a mi ejército popular capitaneado por Sir Albiol?
– No será posible llegar a un acuerdo de paz mientras la Montaña siga alimentando la rabia y el odio.
– ¿Quién quiere la paz?
– Vuestra merced, aunque aún no lo sepa.
– El día que necesite la paz yo misma me arrancaré la vida.
– No será necesario. Os traigo la misma propuesta que le hice al Rey en el Norte.
– ¿Qué ofrecéis? 

– La forma más rápida de terminar la guerra. Un duelo de campeones.
– Ya veo. Un combate de todo o nada, ¿no?
– Exacto. El que gane se lleva los Cuatro reinos, el que pierda deberá capitular y someterse al vencedor.
– ¿Y quién será el campeón del norte?
– Sir Gabriel.
– ¿El “Rufián”? ¡Qué divertido!
– ¿Por qué?
– Acepto.
– ¿Cómo?
– No Lord Variseta. Las preguntas correctas son dónde y cuándo. Y la respuesta es en mi capital, el primer día de la nueva luna. Aquí esperará nuestro campeón al adalid de los renegados. Por cierto, ningún rebelde traidor podrá entrar armas en la ciudad.
– Excepto Sir Gabriel.
– Él tampoco. 

– Pero…
– No hay peros. 

Y llega el día del combate.

Toda la ciudad se  acerca hasta el gran Coliseo pero solo unos privilegiados pueden presenciar el gran combate. Aquí están los representantes de los Lannister y los hijos del Hierro por un lado. Por el otro, algunos caballeros del Norte en calidad de embajadores y acompañados de un pequeño ejército de los temibles dothrakis de las verdes praderas junto al Cantábrico. Todos ellos han sido desarmados antes de entrar en la capital.
Aparecen los dos campeones. Por un lado Sir Gabriel, al que todos en Kingslanding llaman el Rufián, con un laúd en sus manos como única arma. Por el otro bando, el campeón del rey, Sir Albiol, el gigante al que apodan la Montaña, archienemigo de Sir Gabriel, con un inmenso mazo que sostiene con ambas manos. El Rufián se mueve en círculo alrededor de su inmenso adversario. La Montaña le lanza un golpe de mazo que, de rozarle, habría destrozado la cabeza de Sir Gabriel. Sin embargo, este realiza una hábil finta y se libra por centímetros. De nuevo el gigante lanza otro ataque con su poderosa arma, y su contrincante lo salva con maestría. Sin embargo, ninguno de los presentes entiende por qué el Rufián no aprovecha sus contadas ocasiones para contraatacar. Tampoco saben cómo podría hacerlo con un simple laúd. ¿Tendrá algún mecanismo oculto que en algún momento dejará visible un sistema de cuchillas untadas en cicuta? Como respuesta a la incógnita que a todos preocupa, Sir Gabriel comienza a rasgar las cuerdas del instrumento y a cantar, al tiempo que sortea con elegancia los mandobles de la mole enemiga.

Si jo l’estiro for per aquí
i tu l’estires fort per allà,
segur que tomba, tomba, tomba
i ens podrem allibe…..

El mazo le revienta la cabeza como si de la cáscara de un huevo se tratase. El metal se queda aprisionado en medio de la traquea destrozada. La gente de Kingslanding vitorea a su campeón. El Norte, parece ser que no tenía un plan demasiado elaborado. De repente la oscuridad planea por encima del Coliseo. La inmensa sombra del dragón se va haciendo cada vez más pequeña, hasta desaparecer bajo la gran bestia cuando esta aterriza en la arena. Una mujer semidesnuda monta al legendario animal. La montaña, asustado por primera vez en su vida, no le quita ojo mientras intenta desesperado y sin éxito extraer el mazo del cadáver de Sir Gabriel. La mujer de semblante serio, República se llama, le observa con gesto de desprecio y pronuncia una única palabra.

– ¡Dracarys!

El dragón carboniza en el acto a la Montaña. En la tribuna, el Rey del trono de Hierro se levanta lleno de ira.

– ¡Eso no vale! ¡Mi campeón ha ganado!
– ¡Dracarys!

Toda la tribuna es arrasada por el fuego de Drogon. Los nobles de un bando, los del otro, todos sin distinción, se han convertido en cenizas. La República continúa a lomos de su dragón, observando impertérrita el terrorífico espectáculo. La atmósfera se llena del olor de la carne quemada. Las cenizas grises, de repente, se vuelven blancas. Blancas y frías. Ha comenzado a nevar y la República mira al cielo sin comprender lo que sucede.

Nadie ha hecho sonar el cuerno esta vez, el duelo de campeones ha dejado en mínimos las defensas de Kingslanding y los Otros han entrado en la ciudad sin encontrar resistencia alguna. La densa niebla rodea la capital de los Cuatro Reinos. Ya no hay combate en el Coliseo, ya no hay fuego, solo hay frío y oscuridad blanca. Miles de ojos azules  sobrenaturales y llegados de Más allá de las montañas rodean a los aterrorizados habitantes de los Cuatro Reinos. No hay salvación.

O quizás sí.

De pronto suenan los cuernos anunciando la llegada de un nuevo ejército. Cabalgando a la cabeza de los recién llegados, el Rey en el Norte, acompañado de su lugarteniente Sam Tarly. Ambos armados con espadas de «vidriagón«. Aquellos de los Otros a los que las espadas alcanzan, lanzan gritos aterradores y explotan en pedacitos de carne podrida. El Rey en el Norte ha visto a la República al lado de su dragón muerto, ahora su gran objetivo es protegerla. Sabe que si la República no sobrevive, el Norte tampoco lo hará.

La lucha es encarnizada y dura varios días. Miríadas de cuerpos cubren las calles de la ciudad, en algunos casos se amontonan formando pilas tan altas como edificios de varias plantas. 

Al final los ejércitos de los vivos consiguen exterminar hasta el último de los horrores que alberga la noche oscura. Los habitantes de Kingslanding que han sobrevivido al terror, aceptan agradecidos a la República como su única señora. El Rey en el Norte se somete a la República que gobierna por fin los Cuatro Reinos, pero esta le promete respetar la decisión que su pueblo tome.

Nada queda de la dinastía de los Lannister ni de los hijos del Hierro. Ambos han sido aniquilados por el fuego y por el hielo.

 

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