• Saltar a la navegación principal
  • Saltar al contenido principal

JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

  • Relatos
    • El año de la rata
      • El año de la rata
      • El año de la rata – Héroes
      • El año de la rata – Fe
      • El año de la rata – Amuletos
      • El año de la rata – Perdidos
    • Castellano
      • 2020
        • Y la venganza surgió del mar
        • Las diez patas de Carcinos
        • El vividor
      • 2019
        • La duda de Orfeo
        • Amor multiversal
        • Save our souls
        • El alma amputada
        • Max
        • La variable
      • 2018
        • A través de la ventana
        • Mientras te recuerden
        • La belleza de las estrellas fugaces
        • Enlazados
        • Metamorfosis
        • La Momia
        • El ente sombra
        • Mientras haya un lobo vivo
        • Hermes Wings
        • El evangelio perdido
        • Neska
        • Las marionetas del Poder
        • Derechos de imagen
        • El maldito cuadro maldito
        • Carnival Killers
        • Luz
        • Un mundo ingrato
        • Simpatía por el reo
      • 2017
        • El último hombre bueno
        • La sonrisa de Nahia
        • Mis mejores deseos
        • El pollo
        • El rebaño
        • La maldición de Ramsés
        • Macabro placer
        • No matarás
        • La castañera
        • El invierno ha llegado
        • Llueve sobre mojado
        • TU LIBRO
        • Aplicando la ley proporcionalmente
        • Tú decides
        • El antropófago del Gayxample
        • El cácaro
        • Piel
        • La bala que no oiga llegar
        • En vivo entre muertos
        • Back in Black
        • Ocho horas
        • A puerta fría
        • Inés
        • Noche de difuntos
        • La lista del dragón
        • El hombre eterno
        • El vigilante de noche
        • El clérigo
        • El rincón más oscuro
        • Kaiju, la bestia.
        • Diablo
        • …a hierro muere
    • Català
      • L’evangeli desaparegut
      • La Neska
      • El somriure de la Nahia
      • El ramat
      • Tu decideixes
      • La bala que no senti arribar
      • El vigilant de nit
      • El racó més fosc
      • Kaiju, el monstre
      • …d’espasa té de morir
    • English
      • Kaiju, the monster
      • Evil Tramp
      • …dies by the sword.
  • Lecturas
    • Muerte sin resurrección (Roberto Martínez Guzmán)
    • La arena del reloj – Mayte Esteban
    • 50 palos – Pau Donés
    • Un café a las seis – Pilar Muñoz
    • Leyendas de la Tierra límite : Las Tierras Blancas
    • Un cadáver muy frío – Ana Bolox
    • Lectores aéreos – Gabriella Campbell
    • Un hotel en ninguna parte – Mónica Gutiérrez
    • Siete libros para Eva – Roberto Martínez Guzmán
    • El silbido de la serpiente
  • Bibliografía
    • El autor
    • 50/30 Historias para el camino
    • La librería a la vuelta de la esquina
  • Agradecimientos
  • Política de privacidad

Castellano

En vivo entre muertos

25 julio, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 

Si me pudieras ver en este momento te preguntarías “¿Qué narices hace este tipo a todo gas con su Harley, en medio de un desierto en una noche sin luna, perseguido por un millón de criaturas infernales? ¿Y cómo puede estar tan tranquilo? ¡Si parece que disfrute!”. Pues no, no estoy disfrutando, estoy cagado porque no sé dónde voy, solo sé dónde no quiero volver, y si me pilla esa horda que me persigue, no es que esté muerto, estaré jodido, muy jodido. ¿Y por qué? Pues te lo voy a explicar mientras conduzco como un suicida por esta carretera oscura, llena de baches traicioneros.

Todo empezó en un garito donde acababa de tocar con los Sin City, el  grupo cover de AC/DC con el que me lo paso bien y gano unos dinerillos. Yo soy el cantante, Frank, encantado de conocerte aunque sea en esta situación tan chunga. Pero antes de continuar, te voy a preguntar algo: ¿Qué pensarías si vieses un fantasma? ¿Que nunca has visto ninguno? Pues te diré yo lo que ocurre.

Lo primero que se te pasa por la cabeza es, “¡Joder, qué mal estoy!”. Sí, así es, le echas la culpa al alcohol –aunque bebas poco para cuidar la voz-, a las drogas –aunque la única que te metas sea ibuprofeno por un tubo-, al calor dentro del garito o a que el tarro ya no está para tanto ajetreo. Piensas que quizás es el momento de dejar el rock y pasarte a los boleros -ni de coña-. Entonces te aproximas un poco más a aquella mesa oculta entre sombras de las miradas indiscretas. Te acercas y curioseas porque tu salud mental está en juego. Tus ojos se esfuerzan por dar una explicación física que no llega, y después de un par de minutos de observación asumes que realmente estás viendo un fantasma. Lleva la misma chaqueta tejana y el mismo pelo rizado y negro como el carbón que cuando estaba vivo. Por no hablar de esa mirada de loco, que parece que los ojos se le van a salir de las cuencas. También te preguntas cómo es que no está podrido después de casi cuarenta años en el hoyo. Obsesionado, al final haces la prueba del algodón: te paras delante del tal espíritu y le preguntas directamente para salir de dudas.

– ¿Quién coño eres?

Su sonrisa de loco te confirma que delante de tus narices tienes al fantasma de Bon Scott, el que fuera cantante de AC/DC, hasta que falleció ahogado con su propio vómito en una fría noche de febrero de mil novecientos ochenta – lo podéis consultar en la wikipedia como he hecho yo-.

– ¿Un trago?
– ¿Cómo es que hablas mi idioma?
– Los espíritus no hablamos, no lo necesitamos.
– ¿Qué haces aquí?
– ¡Guapa, tráeme un par de vasos de Old Jameson! ¿Te gusta el whiskey irlandés, Frank?
– ¿Sabes mi nombre?
– En mi mundo nos aburrimos mucho, Frank, así que curioseamos en vuestras vidas. Lo sé todo sobre ti, amigo. Por supuesto, también sé que suplantas mi identidad. No, no creas que he venido a reclamarte derechos de autor o mierdas parecidas, total, yo ya estoy muerto, ¿no? ¡Venga, no pongas esa cara! ¡Es broma! ¡Te estoy vacilando! Estoy en tu mente, tío, por eso no puedes tener secretos para mí.
– ¿Eres mi subconsciente? ¿Esto es un sueño?
– Es más complicado, soy un fantasma que se te presenta en una especie de sueño pero de consecuencias muy reales. Algo así como las pesadillas de Freddy Krueger.
– ¿A qué te refieres? ¿Qué va a suceder?
– Mira Frank, tú y yo sabemos que me debes un favor, un gran favor, ¿verdad? ¿Qué sería de tu vida si yo no me hubiese cruzado en tu camino? Sí, lo sé, también le debes algo al cachondo de Vince, pero tu grupo de tributo a mi persona, Sin City, es mucho más importante que tu “parodia” de Motley Crüe, por cierto, ¿cómo se llama? ¿Doctor Crüe? No digas que no tengo razón. Por lo tanto, lo mires como lo mires, me debes un favor.
– Y suponiendo que tengas razón, querrás que te lo agradezca de alguna forma, ¿no? ¿Qué quieres? ¿Una misa de réquiem?
– Sabía que eras un cachondo pero me estás sorprendiendo con tu chispa. Yo también soy muy divertido, o eso decían de mí, me encanta reír. ¿Una misa? Sí, se podría decir que en cierto modo has acertado. Una misa de rockeros, un concierto.
– ¿Quieres que el grupo te dedique un concierto?
– No, quiero que tú actúes en un festival. El grupo te lo pongo yo.
– ¿Qué festival?

Justo en ese momento llegan los whiskeys, servidos en bandeja por una camarera de escote amplio, falda corta y extremidades largas como los solos de Yngwie Malmsteen. Bon echa un vistazo lascivo al trasero de la chica al marcharse y a continuación levanta su vaso para brindar.

– ¡Por nuestro trato!
– ¡Si aún no me has explicado nada! –replico-.
– ¿Qué más quieres saber? – me pregunta con un gesto de cansancio.
– ¿Qué festival es ese?
– Un festival en el Infierno. Una especie de concurso anual de músicos de tributo.
– ¿Para qué quieres que cante por ti?
– Porque el que gana consigue para su representante un premio.
– ¿Tu eres mi representante?
– Exacto
– ¿Y cuál es ese premio?
– Eso a ti no te incumbe.
– ¿Y yo qué gano?
– Mi inestimable ayuda.
– ¿Para qué?
– Para alcanzar la fama.
– ¿Y si pierdo?
– No perderás.
– ¿A qué te refieres?
– Confía en mí, sé que vamos a ganar. Y si por alguna razón improbable perdieses, bueno, te devuelvo a tu mundo y tan contentos. Te llevarías la experiencia de haber cantando para miles de almas en el Infierno.
– Viéndolo así…
– ¿Entonces, qué? ¿Brindamos?
– ¡Salud!

Apuro el trago con los ojos cerrados. Cuando los abro, Bon Scott, bueno, su fantasma, ha desaparecido. Me levanto para irme pero una mano sobre mi hombro me obliga a permanecer sentado. Se trata de una chica guapísima de unos veinte años, con el estilo glamouroso de los ochenta. Ya sabéis, pantalones ajustados, melena rubia de leona y un chaleco de cuero muy molón.

– ¿Qué quería el viejo? – me pregunta sin preámbulo alguno.
– ¿Bon?
– ¿Qué quería?
– Que cante para él en un concierto.
– ¿Y lo vas a hacer?
– Aún no sé cuándo será.
– ¿Y puedo convencerte para que cantes por mi?
– ¿Qué pasa hoy? ¿Quién eres tú?
– Alguien que te necesita. Me gustaría que cantases un par de canciones de Motley Crüe en ese festival.
– No puedo, no rompo pactos y menos con el fantasma de Bon Scott.
– ¡Tú no lo entiendes! ¡Él no lo necesita tanto como yo!
– ¿Necesitar qué?
– ¿No te ha dicho cuál es el premio?
– No.

Suspira y toma aire para hablar. Mientras tanto, yo me pregunto de dónde  ha salido este ángel.

– Cada año terminado en seis se hace este festival, el sexto día del sexto mes. Al que gana le conceden un día para regresar al mundo de los vivos. Te dan veinticuatro horas para emborracharte, para divertirte, para amar o matar, para lo que quieras.
– ¿Y por qué lo necesitas más que él?
– Porque él ya ganó en otra ocasión..
– Aún así no puedo ayudarte.
– Sí que puedes. Si no puedes cantar, al menos déjame los Doctor Crüe.
– Por mí de acuerdo, no soy su dueño. ¿Pero qué harás sin cantante?
– De eso no te preocupes. Debemos marchar ya.
– ¿Dónde?
– Al festival.
– ¿Ya? ¿No quieres tomar una copa, antes?
– No hay tiempo. Sígueme.

Le sigo entre la multitud que se aglomera en la pista. En el escenario, está actuando un grupo cover de The Police, creo que se llaman Masoko Tanga, no lo hacen nada mal aunque las pelucas rubias les da un cierto tono cómico que desvirtúa su calidad real. Su versión de So Lonely es muy buena. La gente comienza a saltar y gritar el estribillo de manera salvaje, me tengo que abrir paso a codazos. Sin embargo la chica esquiva con gran agilidad todos los obstáculos que se encuentra. Me cuesta seguirle. Al final salgo del garito, la chica me espera subida a mi Harley. A mi mente, embotada por un simple trago de whiskey, le cuesta procesar la información. Ella se baja de la moto y me indica que monte yo.

– Sigue ese camino. Yo tengo que ir a seleccionar el personal. Nos vemos al final de la carretera.

Hago lo que me dice, aunque no tengo claro por qué. No recuerdo haber bebido tanto como para sentirme tan confuso. Ni siquiera sé por qué cojo la moto en este estado, es peligroso. Me subo a la burra y tiro millas por la carretera tal y como me ha ordenado la chica misteriosa. Es todo desierto, y donde acaba este solo hay oscuridad. Tras lo que me parecen varias horas conduciendo, miro la aguja del depósito, no ha bajado desde que salí del garito ¿Cómo es posible? Debería estar casi vacío. Sigo conduciendo sin cruzarme con gasolineras, vehículos, viviendas o personas. Siempre el mismo desierto,  los mismos cactus, las mismas montañas peladas pero nada más. De repente me doy cuenta de que me fui del garito sin decir adiós a mis compañeros de Sin City, ¿estarán preocupados por mí?

En la lejanía aparece una muralla colosal que llega hasta la oscuridad del cielo. Recuerdo haber leído sobre ella en alguna parte. ¿Será posible realmente que haya llegado hasta las puertas del Infierno? ¿Cómo narices lo he hecho? Comienzan a abrirse cuando aún estoy a un par de kilómetros. El ruido que hacen es ensordecedor. En la misma boca del Averno -perdonadme el vocabulario romántico pero no podía aguantarme- me espera el bueno de Bon Scott. Aparco la Harley al lado de las puertas de la muralla. Bon me guía entre edificios grises en ruinas hasta lo que parece un inmenso anfiteatro. Accedemos a él y después de recorrer unos cuantos pasillos llegamos a un escenario tapado. Allí están mis colegas de Sin City esperando de pie, en silencio, con los ojos cerrados. Están aletargados, creería que están muertos si no fuese porque están de pie.

– ¿Cómo los has traído hasta aquí?
– No están aquí. Lo que ves son sus almas atrapadas en el sueño.
– ¿Y yo también estoy en un sueño?
– Ya te lo dije. Más o menos. Os toca salir a actuar.
– ¿Pero qué vamos a cantar?
– Whole lotta Rosie.

Se apagan las luces, se sube el telón y poco a poco tomo consciencia de dónde estoy. Realmente es un anfiteatro salido de una película de romanos o griegos clásicos. A la izquierda del escenario, en las primeras filas, hay sentados tres personajes que consigo identificar : John Bonham, Cliff Burton y Dimebag Darrell. A la derecha, justo el lado opuesto a estos, hay otros tres mártires célebres del rock duro: Ronnie dio, Phil Lynnot y Randy Rhoads. ¿Y en medio, qué hay? Pues allí hay una masa más oscura que la más oscura de las noches, de la que constantemente surgen rostros y extremidades gritando, empujando una membrana elástica irrompible, intentando en vano huir de la oscuridad que los contiene. No os podría decir el tamaño de ese ente, pequeño, grande, infinito. Una palabra le define: LEGIÓN.

De repente José despierta de su letargo y arranca uno de los riffs más famosos de Angus Young, y yo, en estado de trance, me dejo llevar y canto con toda mi alma  «Wanna tell you story, about woman I know, When it comes to lovin’, She steals the show…«. De la masa oscura surgen miles de gargantas que gritan “Angus” “Angus” y yo me excito tanto que la piel de gallina se queda corta. Comienza el solo de guitarra de José y yo me pongo a su lado, vibrando con cada nota que me golpea como un martillo el yunque. «Whole lotta woman!, whole lotta woman!, whole lotta Rosie!«. Terminamos la canción en lo que dura un suspiro, se me ha hecho muy corta. Ha sido brutal. El telón se cierra y desde fuera llega una gran ovación que pronto es sustituida por el rasgar de otras cuerdas de acero. Es Motley Crüe, supongo que su cover, «Doctor Crüe». Maldita coincidencia. Las almas de Legión comienzan a corear un nombre «Skylar, Skylar». Skylar se llamaba la hija de Vince Neil, el cantante de Motley Crüe, la que murió de un cáncer a los cuatro años de edad. ¿Podría ser que…? ¿Pero por qué está en el Infierno? ¿Por eso quería competir? Se escuchan los acordes metaleros de «Kickstar My Heart» a todo trapo. Mi cuerpo vuelve a emocionarse al oír lo bien que suena esta canción con mi grupo, ahora dominado por la tremenda voz de esa chica. «Oh, yeah, Kick start my heart, hope it never stops, Ooh, yeah, beiiiiiby«. Tengo a Bon Scott a mi lado, observando mi reacción. Cómo me gustaría verlos, pero el telón se cerró y es como si estuviera en otra dimensión distinta.

– ¡Qué voz! ¿Verdad? – me dice el fantasma.
– ¿Es su hija?
– ¿La de Vince? , sí.
– ¿Pero cómo puede ser que haya crecido en el Infierno?
– No ha crecido, es lo que tú quieres que veas. En el mundo de los vivos confiáis plenamente en vuestro sentido de la vista, pero lo que tus ojos ven es manipulado por el cerebro. Ves lo que tu cerebro quiere que veas.
– ¿Sólo es una ilusión?
– Es real como la vida misma, o como la muerte, lo que tú prefieras. Pero cómo lo interpretas, es cosa tuya.

Termina la canción y Legión grita extasiado. Ahora les tocará a otro tributo, no sé si de Led Zeppelin o los Kiss. Al final, los seis espectadores repartidos por los laterales son el jurado. Ellos eligen los dos grupos cover que llegan a la final ¿Sabéis quienes son los escogidos? ¡Claro que sí! Skylar y yo, Doctor Crüe y Sin City. Cosas del destino.

– ¿Qué pasará con ellos si pierden? – le pregunto a Bon.
– Pues que se irán al infierno.
– Espero que en sentido figurado.

Me mira con esa sonrisa de loco que asusta mogollón. Me la ha metido doblada el muy cabrón.

– ¡Me dijiste que no me pasaría nada, que me devolverías a mi mundo!
– No fui del todo exacto. Quise decir que devolvería tu cuerpo físico. En el peor de los casos para que puedan darle sepultura.
– ¿Y mi alma?
– No vas a perder.
– ¿Y si pierde Skylar?
– Ella ya perdió.
– Déjame un momento.
– ¿Qué vas a hacer?
– Voy a hablar con Skylar.
– No es buena idea. Estará ensayando. Es lo que deberías hacer tú.
– Voy a verla.

Me adentro en un laberinto de pasillos oscuros, solo iluminados por antorchas. Me cuesta encontrarla pero al final encuentro una puerta y detrás de ella la oigo cantar. Parece que tararea una balada. Abro la puerta sin llamar, ella no se sorprende, sigue cantando. Reconozco la balada, es Heatbreak Station de Cinderella.

– Hola Skylar.
– Ya sabes quién soy.
– Necesito que me digas por qué participas.
– Ya te lo dije. No sé ni siquiera lo que es el amor, ni tampoco lo que es divertirse. Quiero poder saborearlo aunque solo sea un día. Y también quiero ver a mi padre, tomarme una cerveza con él. Decirle que no fue culpa suya.
– Ojalá ganes.
– El festival está amañado. ¿No te lo ha dicho tu amigo Bon?
– ¿A qué te refieres?
– ¿Acaso esperabas ver en el infierno un torneo limpio? Está tan amañado como en tu mundo, puede que más. Bon es amigo del jurado, de hecho, él ha sido jurado cuando no ha participado. Entre ellos se turnan para competir y ganar en cada ocasión.
– ¿Y por qué participas si sabes que vas a perder?
– Porque tengo la remota esperanza de que me ayudarás.
– ¿Cómo podría hacerlo?
– Lo sabes tan bien como yo.
– Sería mi condena.
– Solo te puedo dar un consejo: piensa que no es real.

Me da un abrazo y luego me empuja fuera de su camerino. ¿Y ese abrazo no era real? A mí me lo ha parecido. Cuando regreso junto a Bob a mi escenario, comienzo a escuchar los acordes al teclado de Ernesto, las primeras notas de «Home Sweet Home«. En ese momento, una voz de ángel hace callar a las almas en pena prisioneras en Legión. «You know I’am a dreamer…«. Miles de voces de ultratumba corean el estribillo como una única y terrorífica voz, pero a la vez conmovedora. Otra vez estoy con la piel de gallina y deseando salir al escenario para cantar.  Una mano me agarra fuerte del brazo derecho.

– ¿Qué hacías en el camerino de Skylar?
– Me necesitas porque tú, como has sido jurado, no puedes participar directamente, ¿verdad? – contesto mientras me libero de él.
– Cuidado, Frank. Recuerda que hicimos un pacto. Nunca jodas a un fantasma. No lo olvides, Frank, no lo olvides.
– Descuida, Bon.
– Ahora saldréis a tocar Highway to Hell. Más te vale no dar la nota.

Doctor Crüe es despedido del escenario con una ovación, fuerte no, lo siguiente. Nos han puesto el listón muy alto. Salimos los Sin City a escena, mis compañeros de nuevo han tomado vida en el momento de entrar en el escenario. Pero antes de que José pueda tocar la primera nota de su guitarra, yo comienzo a cantar otra canción diferente.

«Somewhere a clock strikes midnight, and there’s a full moon in the sky…»  Es Night Prowler, no sé por qué la canto, me sale del alma. Y entonces José me sigue con su guitarra. Nadie en el público se atreve a romper el silencio sepulcral que nos envuelve a los dos. «I’m your night prowler, asleep in the day, I’m your night prowler, get out of my way«. Mientras canto, pienso que el infierno es una mierda tan grande como el mundo de los mortales. «I’m your night prowler, when you…turn…out...», la música cesa porque yo he parado de cantar, de nuevo ese silencio sepulcral, pero ahora completo. «The lights» susurro, y salgo corriendo del escenario, del anfiteatro, de las murallas de esa ciudad maldita. No me detengo hasta llegar a mi Harley. Allí está Skylar, esperándome con una sonrisa de oreja a oreja. Me subo a la moto y salimos a toda leche por las puertas gigantes del Averno. Ha sido muy fácil…demasiado. Una tormenta de nubes negras nos persigue a gran velocidad. Es Legión, y sus almas gritan  «Vuelve Frank, no nos abandones».

Y aquí estoy, huyendo como alma que persigue el Diablo, solo que el Diablo no existe como un ser único, si no que es un conglomerado de almas condenadas, millones de ellas que vuelan detrás de mí con un único objetivo, castigarme eternamente por mi osadía. Y el primero de todos, Bon Scott, al galope sobre una cabra negra tan grande como un caballo, ¿o quizás es un caballo con cuernos?. Lo observo por el retrovisor, alcanzándome a pesar de que yo ya no puedo darle más gas a mi Harley. Skylar, señala algo delante, en el camino. Bueno, señala nada, porque no hay nada. Es como una especie de barranco oscuro como un pozo sin fondo. Se acaba el desierto. ¿Qué hago? ¿Freno? ¿Salto?

– Skylar, ¿te acuerdas de «Thelma & Louise«?
– ¿Qué canción es esa?
– ¡Agárrate fuerte!

Saltamos al barranco de la nada. Caemos durante no sé cuánto tiempo. Minutos, horas, años. No lo sé.

Despierto en la habitación de un hospital. Una enfermera de unos doscientos años me está tomando el pulso.

– Señor Hinojosa, bienvenido al mundo de los vivos.
– ¿Qué hago aquí?
– Sufrió un coma etílico y sus amigos le han traído al hospital. Ha tenido mucha suerte.
– Yo no bebo apenas.
– Claro. Y yo soy la hermana gemela de Bo Derek.
– No me lo creo.
– ¿Verdad que no?

La enfermera marcha y yo, aburrido, echo un vistazo a mi habitación. Encima de la mesita hay unas flores, y entre ellas cuelga una foto. El esfuerzo para estirarme a cogerla me cuesta un latigazo de dolor en las costillas. La observo. Es una foto de Vince Neil junto a la Skylar que yo conocí en el infierno. Parecen contentos, como si ignoraran que el Diablo no les va a dejar vivir tranquilos. Joder Skylar, al menos me podías haber dejado una caja de bombones.

Por mi parte, me toca esperar aquí estirado a dos visitas más: Primero a mi chica y luego…al bueno de Bon.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: AC/DC, Castellano, Doctor Crüe, Ficción, Infierno, Música, Sin City

Back in Black

19 julio, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

No recordaba nada más que un fogonazo. Al instante siguiente se encontraba en un camino de tierra. A lo lejos se veía una muralla tan alta que alcanzaba las nubes, que en ese punto reflejaban un color rojo intenso como el fuego, mientras que el resto de la bóveda celeste era  tan oscura como el pozo más profundo.

El hombre, con sus ropas de caza empapadas en sangre, caminó hasta llegar a la entrada de aquella enorme muralla. Quizás tardó días en alcanzarla, puede que tan solo fuera un segundo, en aquella dimensión no parecía existir el concepto tiempo. Se detuvo delante de unas puertas colosales, había un pequeño picaporte con la forma de la cabeza de una víbora. Cuando lo agarró, notó como la cabeza se movía bajo la palma de su mano, sintió el dolor repentino de una picadura. Soltó de inmediato la cabeza de la víbora y el ofidio se deslizó hasta el suelo. Donde antes había el picaporte ahora había un pequeño hueco. El hombre miró por aquel agujero y se encontró con otro ojo que le observaba a él. De pronto comenzaron a crujir los goznes de las puertas con tal estruendo que semejaban los truenos provocados por una tormenta brutal. Las puertas se abrieron de par en par y ante aquel hombre, a apenas diez metros de distancia, se alzaba una gigantesca hoguera de San Juan.

De entre el fuego apareció un hombre trajeado, con un móvil en la mano y hablando por unos auriculares bluetooth. Aquel ser era un clon de él mismo pero más joven y arrogante, el personaje triunfador que había logrado el éxito devorando a los que se cruzaban en su camino. Sin embargo, sus pupilas eran rojas como el fuego de las llamas de las que había surgido. Lucía la sonrisa de un cocainómano. Le hizo un gesto con la mano para que esperase su turno. Cuando terminó la conversación telefónica guardó el móvil y rodeó con su brazo al sorprendido huésped, animándole a acercarse a la hoguera.

– Sé bienvenido a la que será tu nueva casa.
– ¿Estoy en el infierno?
– En efecto. Pero no te debes preocupar.
– ¿No? Es que dicen que es un lugar terrible.
– ¿Te acuerdas del dolor de la picadura de la víbora de la puerta?
– Sí.
– Pues sufrirás ese dolor eternamente. Sí, es un lugar terrible. Pero mira el lado bueno, te vas a reunir con muchos amigos.
– ¿Muchos?
– ¡Y los que faltan por llegar! ¿Pero sabes qué es lo mejor?
– ¿Qué?
– Resulta que al “Jefe” le has reportado grandes beneficios. Almas de timadores, ladrones, asesinos y suicidas, principalmente . Por eso ha decidido darte un trato “preferente”.

Y ambas figuras, alma y álter ego demoníaco, se fusionaron con las llamas para siempre jamás.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Corrupción, Humor, Infierno, muerte

Ocho horas

17 julio, 2017 by JAP Vidal 5 comentarios

Extrajo lentamente el brazo del pecho del androide. Al fin apareció su mano temblorosa, entre una madeja de cables y envuelta en una sustancia azul que parecía tan viscosa como el «blandiblú». Agarraba un corazón de apariencia humana que lanzaba descargas eléctricas, pequeños relámpagos rítmicos de luz, latidos luminosos que contraían y expandían aquel órgano extraño. El viejo aferró con más firmeza aquel trofeo y lo alzó tan alto como pudo. Entonces gritó con toda su rabia contenida, y a ese grito salvaje se unieron todos sus compañeros de trabajo, los que seguían vivos.

Unas horas antes, a las 9 de la mañana. Oficinas de IT Corp.

Se miró las manos recién lavadas, seguían mojadas pero ahora con trocitos de papel higiénico adheridos a los dedos. Treinta años habían pasado y aún seguía preguntándose por qué en aquella empresa, para secarse las manos, solo se podía escoger entre un secador con menos potencia que el de la Barbie o un rollo de papel de culo de mala calidad. “Menuda mierda” pensó, aunque luego añadió una coletilla importante: “Menos mal que hoy es el último día”. Efectivamente, James estaba a ocho horas de jubilarse. Solo debía aguantar una jornada de trabajo y sería libre para disponer de todo el tiempo que le quedara en este mundo de la manera que a él se le antojase. Era cuestión de evitar cualquier marrón que pudiera llegar y dejar pasar las horas tranquilamente.

Volvió al departamento que compartía con una docena de compañeros, cada uno con su portátil conectado a un punto de red. Cada abeja en su parcela de la colmena, produciendo cien dólares la hora cada uno de ellos, ocho horas al día, cinco días a la semana. Cuarenta y ocho mil dólares a la semana en poco más de treinta metros cuadrados de oficina. Como su departamento había un total de veinte en todo el edificio, lo que significaba una facturación global de más de un millón de dólares a la semana contando que la tarifa de los jefes era muy superior a la de analistas y developers. De ese millón, James se llevaba quinientos dólares semanales, una octava parte de lo que él mismo facturaba, las otras siete partes se las llevaban los mismos bolsillos anónimos que se repartían la mayor tajada del pastel de aquel millón. Ha estado treinta años quejándose de este hecho pero, como el resto de sus compañeros, nunca hizo nada por cambiarlo. Pero ya daba todo igual porque, efectivamente, era su último día de trabajo.

Abrió la persiana de la ventana, el cielo estaba nublado y la luz no le molestaba para trabajar. Miró la bandeja de entrada de su correo laboral mientras suplicaba que ese día no le entrase ni un solo mensaje. No tuvo suerte. “Subject: Test of skills”.

– ¿Qué demonios es esto?
– ¿Te ha llegado el correo del test? – le preguntó su compañero más cercano, J.C.
– ¿De qué va eso?
– Según me han contado, nuestro cliente ha solicitado a todos sus partners una validación de las capacidades técnicas de sus trabajadores para comprobar que cumplen los requisitos mínimos para trabajar con ellos.
– ¡Pero si yo me largo!
– Es un sorteo aleatorio. Somos cuatro y a mí también me ha tocado. ¡Es una putada!
– ¿Y qué tenemos que hacer?
– Creo que luego vendrá la jefa a explicarnos cómo funciona el asunto.
– ¿Alex?
– La misma.

James comenzó a sudar. Lo que menos le apetecía aquel día era tener que tratar con la jefa, una tía que iba de snob pero que escupía tacos como un camionero y tenía el conocimiento técnico informático de un granjero de Kansas. Quizás, bien pensado, ella fuera originaria de Kansas, o peor, del mismísimo infierno, dónde con toda seguridad su padre debía ser el puto amo y le había enchufado en la empresa. El sentimiento que esa arpía producía en James era muy cercano al terror. Volvió al baño y se remojó la cara para aliviar el sudor que le invadía. “Es mi último día, he de aguantar” se dijo a sí mismo para animarse. Intentó sonreír pensando que al final alguien iba a preocuparse por sus aptitudes técnicas. Pensó en lo curioso de la situación: siempre que los directivos sermoneaban a su «chusma», se les llenaba la boca de frases bonitas del tipo “en esta empresa cuidamos la carrera personal de nuestros colaboradores” o “vosotros sois nuestro capital humano, los que hacéis grande esta empresa” pero al final, después de unos pocos años te dabas cuenta que lo que más se valora no es lo que sabes hacer si no lo que sabes callar. Cualquier consultora prefiere un inútil a un tipo muy cualificado pero conflictivo. Regresó a su puesto de trabajo, J.C. le miró preocupado.

– ¿Qué sucede?
– Tienes trozos de papel por toda la cara.
– ¡Otra vez!
– Algún día pondrán secadores de verdad.

J.C. llevaba en la empresa solo tres años, era incapaz de comprender que un siglo después, si no había sucumbido al «Apocalipsis zombie», aquella empresa de consultoría informática que presumía ante sus clientes de su capacidad en innovación tecnológica, seguiría dependiendo de los secadores de juguete y del papel higiénico barato para secar las manos y los rostros de sus trabajadores e invitados.

– ¿Quién de vosotros está disponible?

Quien lo preguntaba no podía ser otra más que la jefa, Alex, el ángel con voz de camionero. Fue entrar ella y hacerse el silencio. Se podía escuchar los ventiladores de las fuentes de alimentación zumbando a toda leche. La temperatura subió cinco grados de golpe. La jefa comenzó a adentrarse en el departamento, sus tacones resonaban sobre el suelo de parqué como el redoble de tambor que precede a la ejecución de un reo. Los pasos se detuvieron justo a la espalda de James.

– ¿En qué estás trabajando ahora?

James notó sobre su hombro una ligera presión que poco a poco aumentaba. Comenzó a sentir un dolor punzante.

– Tengo que realizar el “Test of skills”.
– Yo también, apuntilló con rapidez J.C. y después tragó saliva.

La garra soltó su presa de inmediato. Dos segundos después agarraba a Dave, el vecino de J.C.

– ¡Tú! ¿También tienes que hacer el test?
– No, yo no, Boss. – confesó el puertorriqueño.
– Pues deja lo que estés haciendo y encárgate de esta incidencia urgente.
– ¿La petición ha llegado por el conducto reglamentario?
– Ya verás lo que te voy a meter yo por el conducto reglamentario si te sigues pasando de listillo. ¡Toma!

La jefa le tiró un par de papeles impresos sobre la mesa, se trataba de toda la información de la que iba a disponer Dave para resolver aquel marrón. Cuatro screenshots y un par de frases que decían algo así como “Esto se ha roto y no es culpa nuestra. Arregladlo hoy mismo porque es MUY urgente. Firmado: el Cliente”.

– Y vosotros, ahora os mando el correo con las directrices para que podáis realizar el test de capacidades técnicas ese. No hace falta que os recuerde lo que os sucederá si la cagáis.

James se quedó con ganas de decirle que sí, que necesitaba que se lo recordase porque no le sonaba que jamás antes lo hubiese comentado. Pero sabía que era mejor callarse, y más un día como hoy.

– ¡Joder! – dijo J.C. mirando su pantalla.
– ¿Qué ocurre ahora?
– Mira tu bandeja de correo entrante.
– ¿Otra sorpresa?
– Nos piden que imputemos las horas con quince días de antelación.
– A mí, eso me da igual.
– Es verdad, tú ya lo debes tener todo imputado, menos hoy.
– ¡Mierda!
– ¡Espera! ¡No digas nada! ¡Se te ha olvidado imputar todo este mes!
– Bueno, tengo tiempo aún.
– Corre antes de que te llegue un correo de la jefa, que ya ves de qué humor está hoy.

James intentó abrir el excel de imputaciones compartido por toda la oficina, pero…

– ¡Está bloqueado!
– ¿Por quién?
– No me lo dice. Tendré que esperar y rellenarlo antes de irme.
– Que no se te olvide.
– Sí, si no me harán volver. Y antes prefiero dar un paseo por el infierno.
– Cuidado con lo que deseas.
– ¡Mira! ¡Ya han llegado las instrucciones para el Test!
– Demasiado rápido. Esto no augura nada bueno.
– Está vacío pero ha anexado un pdf. A ver…
– ¡Será…!
– Un documento de cinco páginas de paja hasta llegar al punto en el que dice «está prohibido decir Ingeniería inversa».
– Menuda explicación detallada.
– ¡Y creo que ya vienen!

Una mujer quincuagenaria de pelo corto canoso y un hombre rapado al cero de unos cuarenta años, ambos con gafas de sol y vestidos de traje-pantalón gris, entraron en la sala. Detrás de ellos, entró Alex, charlando con ellos relajadamente, con su amplia sonrisa de oreja a oreja con la que casi hacía olvidar a los que la conocían su carácter diabólico. Alex miró una lista que llevaba en las manos.

– A ver…Barbara, Frank, J.C. y James. Acompañadnos.

Sin más explicaciones, salieron los tres personajes siniestros del departamento, sin esperar a que les siguieran. Pero de repente, algo sucedió.

– ¡Un momento! ¡Yo no estoy de acuerdo con esto!

Era Barbara, la tía con más bemoles de toda la empresa. Se había levantado de su sitio pero sin embargo se había plantado de pie, con los brazos cruzados y mirando desafiante a aquel triunvirato temible. Los tres le miraron con interés y desprecio, primero a los ojos, bajaron la vista y observaron el mensaje de su camiseta negra: «Fuck off!», toda una declaración de intenciones. Alex, se adelantó en un intento de recuperar el control de la situación.

– Nadie te ha preguntado tu opinión, Barbara.
– De eso ya me he dado cuenta. Por mi parte me niego a participar en este circo.

Bárbara se volvió a sentar. Alex se quedó unos segundos mirándola sin que la developer le hiciera caso.

– ¡Esto no quedará así! – le gritó la jefa mientras la señalaba con un dedo acusador.

Bárbara continuó sentada, sin inmutarse. Alex estaba fuera de sí, no concebía que aquella desgraciada estuviera desafiándole. Los que estaban cerca de la jefa observaron con pavor como su piel estaba tomando un tono rojizo. Sin embargo los dos extraños de gafas de sol permanecían impertérritos. Alex no pensaba permitir que la situación se le fuera de las manos.

– Te doy una última oportunidad, niñata. – dijo lentamente, escupiendo cada una de las palabras.
– ¿Ah, sí? Pues te diré algo, apunta: ¡Qué te follen!
–  Has ido demasiado lejos. ¡Quedas despedida!
– ¿Me vas a echar tú?
– ¡Vosotros lo habéis querido! Me gustaría decir que lo que va a pasar hoy aquí me duele, pero no es así.

Alex esbozó una sonrisa cruel. A su lado, los dos acompañantes se quitaron las gafas de sol. Sus ojos eran dos laser rojos. Dirigieron los haces de luz contra Barbara y la cabeza de la joven estalló en millones de pequeños añicos de materia gris. Al ver eso, todos los presentes se lanzaron contra la puerta corriendo y gritando, aterrorizados, todos excepto J.C. y James. El viejo cogió del brazo a su compañero y no le permitió que se contagiase del pánico colectivo. Ambos se quedaron en un rincón del departamento. Los androides no paraban de disparar sus laser contra todo aquel que corría, uno de ellos salió del departamento para comenzar un nuevo ataque en otro departamento. Se había desatado el terror. Alex se acercó al cuerpo descabezado de Barbara, la miraba con asco y desprecio.

– ¡Esto es lo que has conseguido, imbécil! ¡Por tu culpa van a morir todos!
– ¿Qué estás haciendo, Alex? – James se había acercado lentamente a ella.
– No puede haber testigos. Vamos a quemar las instalaciones. Salvaremos a los más fieles, les lavaremos el cerebro y les sacaremos del edificio. Los demás moriréis.

Hizo un gesto con la mano, y el androide calvo giró bruscamente y se dirigió hacia James. Este no se movió, pero dijo cinco palabras claritas y bien alto.

– ¡Me tenéis hasta los huevos!

El androide caminaba y enfocaba sus ojos hacia la cabeza del viejo. James volvió a hablar, pero ahora más calmado, aunque tan claro como antes, para que no quedara duda de lo que decía.

– ¡Ingeniería inversa!

El cíborg se frenó en seco, comenzó a tambalearse y acabó cayendo al suelo. James se le acercó y hundió su brazo hasta el codo en el cuerpo de aquel robot. Le arrancó su corazón biomecánico y lo enseñó a los pocos compañeros del departamento que habían sobrevivido. Todos gritaron como locos. Salieron corriendo a cazar al otro androide, gritando «Ingeniería inversa», «Ingeniería inversa». No tardaron en dar con la mujer-robot de pelo canoso a la que desactivaron con aquellas dos palabras,  y luego la lincharon, le arrancaron la cabeza, el corazón y hasta las piernas.

Todos salieron a celebrarlo hasta el bar más cercano, excepto James y J.C.. Llevaban en alto, empaladas, la cabeza de los dos androides. A Alex le hubieran hecho lo mismo de no haber escapado.

– ¿Cómo supiste que diciendo «Ingeniería inversa» se bloquearían esos putos robots?
– Reducción a lo absurdo, J.C.. Fue lo único que nos prohibió decir Alex. ¡Qué cojones! ¡Tenía que probarlo! Era eso o reiniciar el portátil. Y en esta ocasión creo que no hubiera servido de nada.
– ¿Y por qué no quieres ir a celebrar la victoria? Eres el héroe del día.
– Porque tengo que imputar las horas. Ahora por fin ya tengo el fichero excel desbloqueado. Aunque, bien pensado…
– ¿Qué haces ahora?¿Lo estás borrando?
– Sí, voy a cepillarme el maldito fichero. Sin excel no hay horas que imputar, y si no hay horas imputadas se va todo esto al garete, a ver qué pasa. Ahora lo voy a eliminar de la papelera. Tres, dos, uno….

Se escuchó un grito terrorífico. Por la ventana se vio pasar fugazmente un cuerpo que caía a la calle. Luego otro, y otro, y otro. Se escucharon los impactos de los cuerpos contra el suelo.

– ¿Qué ha sido eso? – preguntó J.C., visiblemente alterado.
– Os habéis quedado sin jefes, creo que la primera de todas era Alex.
– Pero sin jefes nos quedamos sin empresa.
– Ya pondrán otros nuevos.
– ¿Y los clientes qué pensarán de todo esto?
– Que quizás nuevos jefes signifique tarifas más baratas y más beneficios para ellos. Me voy a casa y no pienso volver nunca más. ¡Buena suerte, J.C.!

James cerró la persiana de su ventana, cogió la chaqueta y salió tranquilamente entre el fuego y el humo que inundaban las instalaciones de IT Corp. Por fin había llegado el momento de su jubilación y le apetecía tomarse una cerveza fresquita.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor

A puerta fría

10 julio, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

Otro día en este trabajo de mierda. 

Otra escalera de mierda con vecinos de mierda. Lo más seguro es que esté lleno de viejas sordas que ni se enteren de que suena el timbre. Y las que solo sean medio sordas me mirarán por la mirilla sin decir nada, o peor, gritando “quién es” y me tendrán diez minutos explicándoles quién soy hasta que se enteren y digan “no, no quiero nada, y la vecina de al lado tampoco, que es sorda”. Suerte que de vez en cuando algún pringado que no se entera de nada me abre como quien abre la nevera y cuando se da cuenta “¡Zas!”, contrato firmado. A ver si hay suerte con estos cabrones.

Lo primero de todo es estar atento y esperar disimuladamente a que alguien entre o salga del edificio. La experiencia me ha enseñado que si utilizo el interfono pongo en alerta a la gente y luego no me van a querer abrir la puerta de su casa. Es mejor llamar a la puerta directamente, que de la sensación de que tengo permiso para merodear por el edificio. Me quedo a un par de metros de la puerta, con la libreta en la mano, simulando que apunto algo. Sale una chica, ¡perfecto!, aprovecho a entrar, serio, sin mirar a la chica, no le doy ni las gracias, ha de parecer que reboso confianza. Cojo el ascensor y subo hasta la última planta, y luego iré bajando hasta completar todo el edificio.

En la planta más alta  solo hay dos viviendas. Pico el timbre de una de ellas, dos, tres veces seguidas. Además, para presionar un poquito, golpeo con los nudillos en la puerta “toc toc toc”, que se den prisa que uno tiene mucha faena por delante. Nadie contesta. Vuelvo a picar el timbre un par de veces y a golpear con los nudillos, “El gaaaas”. Ni puto caso. La tele está a tope, oigo a la Terelu Campos claramente. La «vieja sorda como una tapia» vive en este piso. Más vale que pase al siguiente.
Riiing, Riiiing, Toc, toc, toc. También se oye la tele, pero el sonido queda casi tapado por completo por la voz de la Terelu que sale de tele de la sorda. Oigo unos pasos, se paran delante de la puerta, noto como me miran por la mirilla. No dicen nada. La desconfiada. Vuelvo a llamar al timbre, esto las pone muy nerviosas, Riing, Riiing, y un par de Toc Toc más. Miro descaradamente a la mirilla, “El gaaaaas”.

– ¿Qué quiere? – es la voz de un hombre, vaya, me había equivocado.
– El gas, abra la puerta por favor. – le planto en la mirilla mi carnet de pega que me han hecho en la oficina y que tiene menos valor que si enseñara el carnet del Carrefour.
– Yo ya les di la lectura del contador. 
– Sí, lo sabemos – ni lo sé ni me importa-. Venimos a hacerle nuestro «plan ahorro».
– Ya, pero es que ya les di la lectura.
– No es por la lectura, necesito una factura suya para hacerle el «plan ahorro».
– ¿Para qué quiere una factura?
– Para hacerle el «plan ahorro». Abra, por favor.
– ¿Y no tienen ustedes mis facturas?
– Sí, pero le agilizamos la gestión si nos la proporciona usted.
– ¿Pero es usted del gas?
– Claro que soy del gas – vuelvo a plantarle el carnet encima de la mirilla, esta vez a mala hostia.
–  No quiero nada, váyase.
–  ¿Cómo que me vaya?, le voy a hacer ahorrar mucho dinero.
– No, váyase. Y no moleste a la vecina de al lado, que es una anciana sorda.

Lo dicho, vaya mierda de trabajo. Bajo por las escaleras y pico en la primera puerta que me encuentro. No llega ningún ruido. Riing Riing, Toc Toc Toc, El gaaaas, nada, ni Dios. El capullo de arriba ya me ha hecho perder mucho tiempo así que voy por faena y pico también al timbre del otro piso, y así me espero si alguno de los dos me abre. El gaaas. En ninguno de los dos pisos se oye nada, estoy a punto de irme cuando de repente oigo unas llaves tintinear, una cerradura gira y se abre la puerta del último piso en el que había picado. Se asoma la cara de una mujer en bata de unos setenta años, complexión fuerte, pelo blanco lleno de rulos y cara de bulldog.

– ¿Qué quiere? – no parece muy amistosa, pienso si no debería llevar bozal.
– Soy de la compañía del gas, vengo a hacerle nuestro «plan ahorro». Para ello necesito una factura reciente del gas. – le planto el carnet en todo el jeto y lo quito al medio segundo, por si acaso, que parece tener buena vista.

La mujer se esfuerza por ver el carnet, luego me mira a mí con cara de mala leche. No dice nada, me da la sensación que en cualquier momento me va a escupir o a morder. De pronto se gira y sin cerrar la puerta se interna en la casa. Entiendo que es una invitación a que le siga, así que me meto en la casa, cierro la puerta con cuidado y sigo a la mujer por el estrecho pasillo de su vivienda. Parece que se dirige al comedor. Entro en la sala y veo el cuerpo de un hombre destripado en medio de la estancia. Mi mirada se queda atrapada por los ojos abiertos del cadáver. Me comienzan a temblar las piernas y solo ruego que le vejiga no me haga una mala jugada. De pronto siento como algo afilado presiona mi nuca:

– No grites, ni te muevas, no hagas ninguna tontería o te mato. 

Sin dejar de presionarme el gaznate, la mujer se pone a buscar algo entre un montón de hojas que tiene encima de una mesa. Coge algo y me lo enseña.

– Esta es la factura que querías, ¿no?
– ¿Eh?
– ¿Que si esta es la factura que te voy a meter por el culo?
– ¿Qué quiere?, yo no he visto nada. Déjeme ir y me olvidaré del tema.
– ¿De qué tema, imbécil?
– Del cadáver.
– ¿Qué sabes tú del cadáver?
– Nada.
– Pues yo te diré algo de él. Era un puto vendedor que hace un par de meses me timó. El hijo puta se volvió a presentar aquí para volver a timarme. Se ve que se había cambiado de empresa y ahora me quería vender otra compañía telefónica. 
– Yo soy del gas.
– Tú eres otro mierda como este. Un puto timador al que le voy a dar su merecido. A éste le dije que esperase que tenía que pedirle consejo a mi hijo, jejeje. Le dejé sentarse en el sillón y me fue muy fácil cogerle por sorpresa y romperle la cabeza. Ni se enteró. Lo de sacarle los intestinos fue un ataque de mala leche que me dio. Me tenéis muy harta, panda de ladrones. Ya está bien de robar a la gente mayor, es hora de que os den vuestro merecido.
– Por favor, déjeme irme y no diré nada – noté como me meaba encima, la vejiga no había aguantado tanta presión.
– Y el mes que viene vendrás otra vez a intentar timarme, ¿no?
– No, no. Le juro que no volveré nunca por aquí.

La mujer se me acerca hasta que sus labios casi tocan mi oreja izquierda. Cuando me habla, su lengua me provoca cosquillas en el oído.

– Es tu día de suerte, te voy a dejar ir. ¿Sabes por qué?, porque eres tan mierda que lo que ha pasado aquí te da igual, tú lo único que quieres es estafar. ¡Vete fuera de mi casa antes de que me arrepienta! ¡Corre hijo puta!

Mis piernas no me responden, no comprenden que estoy libre hasta que me doy cuenta que el filo de la navaja que tenía detrás ya no me presiona. Sin mirar hacia atrás salgo de aquel comedor corriendo por el pasillo, abro la puerta y la cierro de un portazo. Bajo corriendo las escaleras con la idea de pedir ayuda. Llamo al timbre de las dos viviendas de esa planta, Riiing riiing, Toc toc toc, Riiing riiing, “Ayuda, ayuda, por favor”. Una de las puertas se abre, seguramente al ver que la persona que llama a la puerta se ha meado encima.

– Necesito su ayuda por favor. Déjeme entrar, mi vida corre peligro y necesito llamar a la policía.
– Entre y tranquilícese.

El hombre me lleva hasta su comedor. Me indica donde está el teléfono, va a la cocina y viene con un vaso de agua.

– He pensado que le vendría bien.

Yo, que ya estaba llamando a la policía, cuelgo. Bebo el agua de un trago y noto que me siento mejor, ya estoy más tranquilo.

– Gracias, es usted muy amable. Y si no es abusar de su hospitalidad…si tuviera usted la última factura del gas le podría ayudar a ahorrar con nuestro «plan ahorro».

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Terror

Inés

3 julio, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

El viejo campesino reconoció a uno de los chicos del grupo de su hija. Aquel rapaz se había hecho mayor, un hombre adulto que paseaba de la mano de su mujer y con una niña correteando por delante de ellos, recogiendo margaritas. «El tiempo pasa rápido para algunos», pensó el viejo. “¿A qué habrá venido? Hace años que no le veía por aquí.” La mayoría de los amigos de Inés habían marchado a vivir su vida lejos del pueblo; otros eran forasteros, como este del que no recordaba el nombre. Allí solo se quedó Inés, su hija. No pudo reprimir una mueca de desprecio que percibió el forastero. Si aquel hombre tenía la intención de saludarle se lo pensó mejor. Se cruzaron en silencio. El viejo sintió de nuevo un dolor oprimiéndole el pecho; algún día se lo llevaría, «ojalá pronto», pensó. Si en vez de ella hubiese sido él… Dieciséis años tenía, un ángel hermoso de ojos azules y cabellos rubios. Primero cayeron sus cabellos, al poco su belleza se marchitó y por último los ojos azules se apagaron. Al final solo quedó el ángel. Maldito cáncer. Lágrimas. Treinta años después seguía sin poder reprimirlas. Su ángel, de seguir viva, seguro que ya le habría hecho abuelo. En lugar de eso, no era más que un viejo solitario. ¿Por qué la Parca no se me llevó a mí?

Volvió sus pensamientos hacia aquel forastero. Seguro que le estaba enseñando a su mujer y a su hija el pueblo de sus abuelos. Les estaría explicando lo bien que lo pasaba allí durante las vacaciones de verano, divirtiéndose junto a sus amigos. Al viejo le pudo la curiosidad y decidió dar la vuelta y seguir a aquella familia. ¿Irían al río? ¿Al campo de fútbol? ¿Al monte? Se acercaron al camino que transcurre casi en paralelo a la carretera y que conduce a la salida del pueblo en dirección a Astorga. Caminaban hacia el cementerio. El viejo, confuso, les seguía de lejos. Cuando llegó al portón del camposanto echó una mirada dentro. Vio como la niña ponía las flores que había ido recogiendo encima de una tumba, sus padres observaban en silencio. “¿Era tu amiga?”, preguntó la pequeña. “Sí, aunque por desgracia no sé si ella jamás lo supo. Ojalá, esté donde esté, sepa que aún la tengo en mi recuerdo”. La familia se abrazó delante de la tumba, en silencio. Mientras, el viejo se alejaba del cementerio triste y al tiempo emocionado, porque su hija seguía viva en el corazón de otras personas a parte de él, a pesar de los años transcurridos. 

Aquella misma noche, aquel forastero se levantó de madrugada, no podía dormir. Tenía la garganta seca y se dirigió sigilosamente hacia la cocina por un vaso de agua, pero inconscientemente pasó de largo hasta llegar a la entrada de la casa. Nada más abrir la puerta la vio, estaba a unos cien metros, junto a la carretera, esperándole. Sin decir nada, ella se puso en marcha y él la siguió. Inés se deslizaba un par de dedos por encima del asfalto, su vestido blanco y vaporoso se extendía al viento iluminado por las farolas. Dejaron la carretera y tomaron el camino que les adentraba en la oscuridad. No tardaron en llegar al cementerio del pueblo. La segunda vez que él lo visitaba en veinticuatro horas. Ella vivía allí. La joven se sentó sobre su tumba y él se quedó de pie, a su lado.

– Pensaba que sería suficiente con las flores. – dijo él, en un susurro apenas audible para oídos humanos.

Ella negó con un delicado giro de su cabeza. Las cuencas de sus ojos eran negras, no había vida en ellos, sin embargo conservaba la belleza de su adolescencia. Sus cabellos rubios, su rostro de ángel. Tal y como se le había presentado en sueños por primera vez un par de meses antes. A raíz de aquel momento él había decidido volver al pueblo a despedirse de ella y a decirle que guardaba su recuerdo en el corazón.

– ¿Qué quieres, Inés?

Ella, lentamente y sin dejar de mirarle, cogió la mano derecha de él y la acercó hasta su pecho. Solo era un gesto simbólico pues el corazón había dejado de latir hacía mucho tiempo, pero él sabía lo que significaba. Entendía que él había sido el elegido, entre todos los demás, porque ella había amado a aquel joven que alguna vez le hizo sentirse especial. Pero nunca tuvo la oportunidad de decirle adiós. Él estaba lejos cuando ella enfermó y finalmente murió. Jamás se dieron un beso de despedida.

El hombre se levantó y cogió la pala que alguien había dejado casualmente junto la tumba. Cavó olvidándose del tiempo, de su familia, de todo. Debía complacer el último deseo de Inés. Cuando el féretro, medio desecho, quedó a la vista, él lo abrió. Allí estaban sus restos. Vio su calavera descarnada y  acercó sus labios hasta el lugar donde una vez habían estado los de Inés. Rozó su sonrisa, aún joven y completa, y la besó. En ese momento sintió que el frío hueso se convertía en sendos labios cálidos y carnosos que también le besaban a él. Abrió los ojos y delante suyo comprobó que ella le miraba de nuevo con aquellos ojos azules llenos de vida. Ese beso rompía una espera de treinta años. Ahora, Inés por fin podría descansar en paz.

Al llegar el alba, él se despertó sentado a la puerta de su casa, entumecido por el frío de la madrugada. Después de aquel beso no recordaba nada más. Sin embargo, su pijama estaba manchado de tierra y en su mano aguantaba el tallo de una margarita.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Gótico, muerte, Romanticismo

Noche de difuntos

26 junio, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

El viento aúlla en esta noche de difuntos.

El viejo alcalde se despierta con el sobresalto de un golpe. La ventana se ha abierto de par en par y la  corriente de aire frío transporta sobre sus lomos un nombre, pregonándolo por toda la estancia.

RAAMOON

– No puede ser.

El alcalde escucha la voz de la noche, detiene su respiración para poder confirmar  si el viento le habla a él.

RAAMOON

Una nueva ráfaga le transporta la respuesta. El vello de la nuca se le eriza.

– ¡Joder, otra vez no, joder!

Desearía esconder su cabeza debajo de las sábanas, pero eso hizo el año pasado y tuvo que soportar el ulular del viento hasta el amanecer, sin poder dormir. No, esta vez se enfrentará a sus miedos. El alcalde se levanta de la cama y su pie descalzo se posa sobre el frío parqué. La madera cruje a cada paso que da.

RAAMOON

Insiste el viento. Él se asoma por la ventana y lo ve allá abajo, al otro lado de la calle, observándole. Lleva el mismo traje gris que llevaba el día del fusilamiento.

– ¡Maldito seas, cabrón!

El viejo alcalde escupe las palabras con toda su rabia. Se aleja de la ventana en dirección al armario donde guarda la escopeta de caza. La carga y vuelve hacia aquella ventana, ahora callada. El viento parece haber cesado de repente. “Seguro que el bromista se ha largado ya”, Ramón mira por la ventana pero  ante su sorpresa, el hombre sigue allí. Ni siquiera huye cuando el alcalde abre la ventana y asoma la boca de su escopeta.

Dispara. El hombre del traje gris ni se inmuta. “Juraría que le he dado” piensa el alcalde, que comienza a sudar a pesar del frío que ha invadido su habitación. El extraño, hace una señal al anciano, exhortándole a bajar a la calle. “¡Ahora verás, malnacido!”. Baja las escaleras y cuando abre la puerta de la casa ve que el hombre está alejándose poco a poco. Cojea, igual que cojeaba Pedro.

¿Quién eres?”, grita, pero el hombre no se gira, sigue caminando, y el viejo alcalde detrás de él, sin acercarse demasiado, temeroso de lo que pudiera descubrir. “Bobadas, no es más que un bromista con ganas de liarla” se convence a sí mismo, intentando calentarse el espíritu mientras su cuerpo se congela al arreciar el viento nuevamente.

El cojo llega a la verja del cementerio, que está abierta. ¿Por qué está abierta? Siempre se mantiene cerrada a cal y canto con una cadena que ahora está tirada en el suelo. El anciano camina hacia el camposanto pensando en el cojo. “Como me recuerda a Pedro”, ese era su nombre antes que él mismo diese la orden de fusilarlo, a él y a otros cinco hombres, acusados de colaborar con los maquis. “Por rojos”. Fue hace muchos años, cuando la venganza era el pan de cada día y la sangre corría generosa. Nunca nadie vino a exigirle cuentas por esas muertes, aquellos hombres fueron olvidados por todo el pueblo. Sus familias huyeron y los cuerpos acabaron en una fosa común, en una esquina del cementerio. Y el cojo se dirige hacia ese rincón. Al llegar, Ramón observa con terror que la tierra de la fosa ha sido removida. De repente, se ve arrastrado por una fuerza invisible hasta el borde de la tumba. No quiere hacerlo, pero una fuerza superior domina su mente, obligándole a mirar dentro. Allí abajo están los huesos, las calaveras, de aquellos hombres que una vez fueron sus vecinos; los odiaba porque no le respetaban, porque no se sometían a su poder, porque nunca se arrodillaron como sí hicieron los demás. Ellos se lo buscaron.
Ramón sigue observando esos restos, desearía regresar a casa, pero no puede. Su cuerpo se ha entumecido y las órdenes del cerebro no llegan a las piernas. Alguien le empuja y Ramón cae dentro de la fosa. Ha sido el cojo ¿Pedro? No puede ser, ese hombre murió hace muchos años. El extraño se asoma a la fosa pero su rostro es más oscuro que una noche sin luna. Comienza a caer tierra dentro de la fosa, están intentando enterrarle vivo. Ramón lucha con todas sus fuerzas por salir, pero algo lo retiene, él juraría que son los huesos de la fosa que han recobrado la vida para vengarse.

RAAMOON

Esta vez son varias las voces que claman su nombre al unísono. Y el viejo alcalde sabe que esta noche de difuntos pagará con su alma el precio de la sangre derramada en el pasado.

Por la mañana todo el pueblo busca sin éxito al “Señor Alcalde”, el hombre que había mandado durante decenios en aquel pueblo hasta que llegó la democracia, y luego siguió moviendo los hilos desde un segundo plano. Algunas viejas comienzan a cuchichear algo de un castigo divino. Pocos hacen caso y la mayoría creen que se ha marchado al Caribe con una jovencita de una mano y en la otra una maleta llena de dinero para disfrutar al máximo lo poco que le queda de vida.

A nadie se le ocurrirá buscar sus restos en aquel rincón del camposanto, en una fosa intacta desde hace más de medio siglo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Terror

La lista del dragón

19 junio, 2017 by JAP Vidal 12 comentarios

 

La historia que os explicaré comienza en el “Bar Colombia” de Sant Andreu, un veintidós de abril, con una voz rota como la de Tom Waits susurrando a mis espaldas.

– Hola, escritor.

Sobre mi hombro derecho sentí una presión aguda que se clavaba en mi carne a través de la ropa. Me costó un segundo darme cuenta de que se trataba de unas uñas muy afiladas.

– ¿Quién demonios…? – pregunté, confuso, al invisible dueño de aquellos dedos.
– Ulises, ¿verdad? Supongo que se trata de un seudónimo, ¿no?
– Sí, así es. Pero ¿quién es usted?
– ¿Yo? Alguien que te quiere ayudar.

Rodeó la mesa y aquella voz rajada por el Bourbon se convirtió en un joven bajo y escuálido, de cabeza rapada, aros en ambas orejas y barba incipiente. Aquel chico no llegaría a los veinte años pero su voz le triplicaba la edad.

– No te dejes engañar por las apariencias. Si mi rostro reflejase mi edad no tendría suficiente piel para tantas arrugas.
– ¿Quién eres?
– Es verdad, es la tercera vez que me lo preguntas, discúlpame. Mi nombre es…digamos que Fafnir. Los dragones también utilizamos seudónimo.

Sí, sé lo que estaréis pensando, en ese momento tendría que haberme levantado, pagar la cuenta en la barra y salir pitando del Colombia como alma que persigue el Diablo. Pero Albert acababa de servirme el café y todavía quemaba. No pensaba irme sin tomármelo, aunque para ello tuviera que escuchar las chorradas de un tarado. Sin embargo, si hubiese sabido lo que iba a ocurrir después, seguramente habría actuado de forma diferente.

– ¿Y las escamas? ¿Y las alas? – me mofé de él.
– Sería mejor que no te burlases de mí. Al menos hasta que no te haya contado la historia que quiero explicarte.
– Mira, perdona, no tengo mucho tiempo. Tengo que ir al “Sant Andreu Teatre”, que tengo una reunión.
– Sí, sé que vas a ofrecerles un texto para una obra.
– ¿Cómo…?

Me hizo un gesto con la palma de la mano para pedirme que callara. A continuación levantó el brazo con el dedo índice en alto. El subconsciente, o quizás el miedo, me hizo imaginarme aquella sucia y larga uña como una garra monstruosa. “¡Albert, por favor, otro carajillo de bourbon con hielo!”. La voz de aquel Tom Waits de aspecto juvenil retumbó en el local casi vacío. Volvió a bajar el brazo y me observó de nuevo, con una sonrisa en su rostro, dándome así permiso para terminar de formular mi pregunta.

– ¿Cómo sabes eso?
– También sé que endulzarán tus oídos con palabras de ánimo pero que al final rechazarán tu trabajo.
– No puede ser, ellos…
– Lo es, Ulises, lo es.

El camarero del “Colombia” trajo un tazón lleno de café y bourbon, y con mucho hielo. Muchísimo hielo, para ser exactos. Luego echó una mirada a mi taza aún llena y se volvió a su burladero detrás de la barra. Estoy seguro de que Albert ya conocía a su cliente, no es normal servir un café de esa manera. De hecho, el «Colombia» es un local perfecto para que el Diablo se tome allí un descanso de vez en cuando.

– En serio, ¿quién eres?
– Ya te lo he dicho. Soy Fafnir, el dragón.
– ¿Y qué haces aquí?
– Vengo a hacer un trato contigo.
– ¿Por qué?
– Porque será bueno para los dos.
– No entra en mis planes hacer tratos con dragones, tampoco con tarados que creen serlo.
– ¿Ni siquiera aunque te ayude a alcanzar tus sueños?
– ¿Qué sabes tú de mis sueños?
– Sé todo sobre tus sueños y tus pesadillas. Sé las cosas que no te dejan dormir, tus miedos, tus angustias, tus fobias. También conozco tus deseos, incluso los más oscuros y obscenos. Yo puedo hacer de ti el Ulises que sueñas.
– ¿Cómo?

Fafnir, o como demonios se llamara, agarró entre sus largas uñas el tazón repleto de cubitos aún sólidos. En el momento que sus labios se posaron sobre la porcelana, del interior del recipiente escapó una nube de vapor. Posó de nuevo el tazón en la mesa y observé que los cubitos se habían derretido por completo.

– Si no fuera por el hielo, no podría probar el café, se volatizaría antes de llegar a mi lengua. Es una putada tener un cuerpo tan…fogoso. Me encanta el café, también el bourbon.

Cada vez estaba más seguro de que aquel no era un joven normal. Loco o dragón, no era normal.

– Mira, te contaré una historia.
– No tengo tiempo para historias. Tengo que…
– Sí, sí, tu guión, lo sé. No te preocupes, te van a tener media hora esperando. Tu interlocutor aún está en pijama dando vueltas por su casa. ¿Quieres escucharme?
– Adelante. Pero espero que seas breve.
– Supongo que habrás oído la historia de un caballero que venció a un dragón y salvó a una princesa de ser devorada, ¿no?
– Sí, claro. Es la leyenda de San Jorge.
– A ver, la historia no fue exactamente como te la contaron. Bueno, sí, pero con ciertos matices. El caballero era un hombre ambicioso que habría vendido su alma al Diablo para convertirse en rey. Afortunadamente para él, yo pasaba por allí. Sólo tuve que cruzar mi mirada con la suya un segundo para comprender lo que aquel hombre sería capaz de hacer por alcanzar su sueño. Me acerqué a él en una taberna donde vendían vino, cerveza y mujerzuelas, todo muy barato. Él era asiduo a ese antro. Le susurré al oído las palabras que él quería oír y aquella misma noche trazamos un plan para conquistar un reino cercano.
– ¿Me vas a decir que tú ayudaste a San Jorge a matar el dragón?
– No, aunque podría haberlo hecho pues solo yo puedo acabar con mi vida. Lo que te voy a contar es cómo ayudé a San Jorge a convertirse en rey.
– ¿Qué?
– No me interrumpas. El plan consistía en hacer desaparecer doncellas mientras se lanzaba el rumor de que se había visto un dragón volando cerca de la ciudad. Por supuesto, yo dejaba algunas pruebas, como restos quemados cerca de los lugares donde las doncellas habían desaparecido. Los soldados y las patrullas de voluntarios buscaban un animal fantástico, sin darse cuenta de que el culpable caminaba entre ellos, por las mismas sucias calles. Después de un par de meses y nueve chicas desaparecidas, le tocó el turno a la hija del rey. No me fue fácil llegar hasta ella pero con oro todo es posible en este mundo de avariciosos. Para hacerlo más dramático, provoqué un incendio que quemó gran parte de las dependencias del castillo real. Pude salir con la princesa al hombro gracias a mi instinto para descubrir vías de escape, y también a mi fuerza. Al día siguiente se presentó en la ciudad mi compañero con su armadura bien lustrosa sobre su corcel blanco. Le ofreció su ayuda al rey a cambio de la mano de la princesa y este, desesperado, aceptó el trato ¿Qué no haría un padre por su hija? Sin perder más tiempo, el tal Jorge, que por cierto, también era un seudónimo, partió a la búsqueda del dragón y la princesa. No le costó mucho encontrarnos porque, de hecho, él y yo habíamos estado ocultándonos allí todo el tiempo. De las chicas desaparecidas solo quedaban los huesos y las ropas medio calcinadas. Mi amigo no paraba de quejarse del olor a carne quemada. Siempre me ha fascinado la capacidad del ser humano para negar su naturaleza mezquina y evitar culpabilizarse de sus actos. A la princesa la teníamos escondida, completamente aislada, en otra parte de la cueva, con ojos, orejas y boca tapados, para que no se enterara de nada. Yo llevaba ya varios días recogiendo rosas, en un valle al otro lado de las montañas. Cuando llegó el compañero, esparcimos las flores por el supuesto lecho del dragón. No podía hacerlo antes porque la princesa podría haber sospechado algo al llegar a sus narices un aroma tan distinto a la carne asada. Mientras yo escapaba de la cueva, el supuesto caballero liberaba a la princesa, la subía a su blanco corcel y la devolvía con su padre. El resto ya es tal como cuenta la leyenda: el caballero fue aclamado al regresar con la princesa ilesa, los soldados encontraron en la cueva del dragón cientos de rosas y los muy imbéciles creyeron que era la sangre del monstruo; finalmente el caballero se casó con la princesa. Lo que no explica la leyenda es lo poco que duró vivo el rey tras la boda de su hija. Pero eso ya fue cosa de mi amigo.
– Es una historia muy interesante pero hay algo que no me has dicho.
– Supongo que te preguntas qué ganaba yo con todo aquello.
– Sí, y me imagino la respuesta.
– Te equivocas. Piensas que lo hice con un objetivo. No sabes nada de dragones.
– ¿Qué he de saber?
– Que lo tengo todo, lo único que echo de menos es la diversión. No tengo la capacidad de amar, ni sentido del humor, ni siquiera puedo empatizar. Lo que hace mi eternidad más soportable es jugar con los humanos.
– ¿Aunque para entronizar un rey tengas que matar inocentes?
– No sé si eres tonto o te lo haces. ¿Cómo crees que llegan los reyes al poder? ¿Piensas que a los poderosos les importan los inocentes? Sus manos están manchadas de sangre aunque no hayan matado con ellas. Aquel rey, por ejemplo, le propuso a mi amigo que negociara conmigo, me ofrecía cien jóvenes plebeyas a cambio de su hija.
– ¿Y las que tú mataste?
– ¡No eran más que ganado! – Fafnir torció la boca para mostrar con ese gesto su desprecio hacia ellas -. Al final, todos vosotros tenéis qué morir, es cuestión de tiempo ¿Qué importa antes o después?
– Pero tenían una vida por delante.
– ¿Una vida? ¿Te refieres a una vida de miseria, esclavitud y desesperación? Créeme, seguramente les hice un favor.
– ¿Cuántos? ¿Cuántas has matado en tu vida?

Mientras pensaba la respuesta, Fafnir miraba con aire distraído el fondo de su tazón humeante y ya vacío.

– ¿Y qué importa? Un sabio inglés dijo una vez que no existe lo bueno o lo malo, es el pensamiento humano el que lo hace parecer así. Yo no soy humano, para mi simplemente es un juego. En un mundo de lobos y corderos yo soy el lobo, pero también lo son aquellos con los que negocio, personajes importantes de tu sociedad que no se manchan las manos pero son tan asesinos como yo.

– ¿Y qué quieres de mi?
– Quiero proponerte un juego.

De nuevo quise levantarme de la silla y huir corriendo sin ni siquiera pararme a pagar mi consumición. Pero mis pies eran incapaces de moverse. La curiosidad me ataba a la silla, necesitaba escuchar su oferta. El chico de la voz rota sonrió.

– Dijo otro sabio castellano que la senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio, ancho y espacioso.
– Seguro que conociste a ese sabio, y también al otro.
– Puedes apostar. Tú podrías ser como ellos, sólo tienes que decir SÍ.
– Y si acepto, ¿cuántos morirían?
– Mi número favorito es el nueve.
– ¿Nueve? – exclamé en voz baja.
– ¡Vamos, no es para tanto! A ver, imagino que no te costará recitar una lista de personas que no te importaría que desaparecieran. ¿Tengo razón?
– ¡Ni hablar! No pienso entrar en un juego tan macabro.

La sonrisa del chico se truncó, ahora me miraba con el desprecio que el lobo dedicaría a un cordero. Por un momento, un milisegundo, me dio la sensación de que sus ojos se llenaban de un amarillo reptiliano  y sus pupilas se volvían dos rendijas horizontales negras. Solo un milisegundo, pero bastó para erizar hasta el último pelo de mi nuca.

– No seas necio. Si no eres tú será otro el que se lleve la gloria. Solo cambiarán las víctimas. O las eliges tú o las elige otro. ¿Qué prefieres?
– ¿Y qué me darás?
– Lo que quieras.
– ¿Me lo juras?
– ¿Te fías de mi palabra?
– Ni siquiera estoy seguro de que seas lo que tú dices.
– ¡Ven aquí! – gritó.
Un cliente que se sentaba junto a la ventana en el fondo del bar y que leía tranquilamente un diario, se levantó de inmediato y se acercó a nosotros. Se detuvo delante de Fafnir, esperando.

– Vete del bar, pero antes paga a Albert tu cuenta y la nuestra. ¡Ah!, cuando salgas, camina de espaldas cien pasos y a continuación despertarás sin recordar nada de lo que te ha sucedido esta tarde.
– Sí, señor.

El hombre hizo exactamente lo que le dijo el dragón, por lo menos hasta que lo perdimos de vista. A través del cristal del bar lo vimos alejarse, caminando de espaldas por el medio de la rambla de Fabra i Puig. La gente no le hacía ni caso, los locos ya no llaman la atención.

– Podía ser un amigo tuyo – le dije.
– Lo hipnoticé nada más llegar al local, igual que a Albert, el camarero.
– ¿Y por qué no me hipnotizas a mí y consigues lo que quieres sin tener que discutir conmigo?
– Porque no sería divertido.

Me miraba fijamente con sus ojos humanos, verdes. De los ojos de reptil ya no quedaba ni rastro. Sin embargo, sabía que no lo había imaginado.

– ¿Qué es sagrado para un dragón? – pregunté.
– Su nombre. El verdadero. Tú dame nueve víctimas y el mundo será tuyo.
– Déjame pensarlo.
– Esta noche.
. ¿Dónde?
– No te preocupes. Esta noche quiero la lista.

Y la noche llegó. Cuando salí del bar me fui directo a casa. No podía, ni quería, ir al teatro a hablar del futuro, ¿para qué? Mi porvenir iba a ser oscuro hiciera lo que hiciera. Tenía que pensar a pesar de estar aterrorizado. No podía decidir la muerte de nueve personas, pero, si no lo hacía yo, lo haría otro desgraciado, quizás con peores intenciones. ¿Peores intenciones? ¡Dios mío! ¡Estaba decidiendo si matar a nueve personas y aún así pensaba que podía haber peores intenciones que las mías! ¡Cómo si yo fuera inocente! Pensé y pensé. Y al final tomé una decisión.

La madrugada ya estaba madura cuando sentí su presencia. Abrí los ojos y cuando estos se adaptaron a la oscuridad lo vi de pie, al lado de la puerta de mi habitación.

– ¿Y bien?
– Apunta.

Recité los nombres de indeseables compañeros de trabajo, de vecinos despreciables, incluso de algunos supuestos amigos de la familia que no daban más que problemas. También hubo hueco para recordar algún bastardo que me las hizo pasar putas en la escuela. La lista se llenó y aún se quedó corta. Es ponerse a escarbar en la suciedad y no poder parar. Casi estuve a punto de rogarle a Fafnir que me permitiera añadir algún nombre, casi. Me contuve al darme cuenta de lo que estaba haciendo, firmar sentencias de muerte.

– Júrame por tu verdadero nombre que cuando acabes me concederás lo que quiera.

El dragón juró y se marchó con mi lista negra. Salió por la ventana pero no me preocupé en observar si se iba volando o se volatilizaba en la noche, o vete a saber qué otro método utilizaría. Solo me quedaba esperar. Ya no regresé al «Colombia», de hecho, desde aquella fatídica tarde me recluía cada día en mi casa nada más salir del trabajo, a esperar. A través de la televisión y de internet pude ir tachando los nombres que yo mismo había escrito. Cada vez que leía o escuchaba la noticia de una nueva muerte me recordaba a mí mismo que el objetivo final bien lo merecía. Esperaba que el fin justificase los medios.

Unas cuantas noches después, Fafnir regresó a mi habitación. “Ya está”, dijo. Los ojos del chico dragón de la voz rota aún flameaban de excitación, adiviné que el último de los cadáveres aún estaría caliente.

– Tu lista me ha proporcionado un gran placer.
– Permíteme que no me alegre de ello.
– ¡Vamos, si todos los que me apuntaste eran miserables que se lo merecían!
– Nadie merece ser asesinado.
– No eran más que carne. Solo he acelerado su putrefacción.
– Eran personas.
– ¿Y qué más da lo que fueran? Gracias a ellos, ahora podrás pedirme lo que desees.
– ¿Cualquier cosa?
– ¿Ya lo tienes pensado?
– Sí.
– Piénsalo bien, solo tienes un deseo.
– Lo decidí mientras te hacía la lista de las nueve víctimas.
– ¿Y bien?
– ¿Me concederás lo que te pida?
– Así es, lo juré por mi nombre. ¿Qué deseas?
– Quiero que te destruyas ahora mismo.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Cervantes, Fantasía Oscura, Ficción, Leyenda, Relato, Sant Jordi, Shakespeare

El hombre eterno

12 junio, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

Principios de junio del año 2162

Sigo el curso del río a contracorriente, subiendo por la cordillera pirenaica en busca de aquel enclave secreto que ya consiguiera encontrar diez años antes. Prometí volver. La primera vez buscaba un sueño y solo encontré una pesadilla. Recuerdo, como si fuera hoy, el sufrimiento, la ilusión, el dolor y la esperanza…

 

…Agosto del año 2152

“Conocí un hombre que halló el secreto de la inmortalidad”. Eso me dijo mi padre en su lecho de muerte. Selló sus labios con una exhortación final: “Búscalo allá donde nace el río de plata, más allá de la cueva del Oso, tú ya sabes dónde, ¿verdad?”. Con esa pregunta exhaló su última bocanada de vida. No le contesté, no valía la pena, no me iba a oír y además, él sabía perfectamente que yo entendería las indicaciones.
Tardé una semana en ponerme en camino. Tuve que dejar atado el testamento del viejo, pedir un par de meses de excedencia y decirle a mi esposa que no me esperase para cenar durante una buena temporada. A nadie le dije donde iba. A nadie podía confiarle el secreto de mi padre. ¿Qué sería de la humanidad si de un día para otro se supiese que hay un tipo en los Pirineos que vive eternamente? Podría estallar la Cuarta Guerra Mundial. Con la tercera ya fue un milagro que no nos extinguiéramos. No, debía ir yo solo, pero en esos momentos no sabía que en vez de un don me iba a encontrar con una maldición.
No me atreví a viajar en el coche volador, el GPS delataría mi posición en todo momento a ojos indiscretos. No podía dejar pistas. Aparqué el vehículo en un valle y caminé durante días siguiendo las instrucciones de mi difunto padre, alcanzando el nacimiento del río de plata, después llegando hasta la cueva del Oso, ambos nombres inventados entre padre e hijo en las excursiones que marcaron mi infancia. Sin embargo, a partir de la cueva no supe a dónde ir, estaba confuso con lo de “más allá de la cueva del Oso”. Subí hasta la cima del monte, nada, bajé de nuevo y avancé por el bosque durante varios días hasta que me di cuenta de mi error. Debía introducirme en la cueva y buscar un pasadizo interno que me llevara al interior de la montaña. Encontré un punto de la cueva que daba paso a un estrecho pasadizo, casi imperceptible. El pasadizo se ensanchaba después de un kilómetro de arduo camino. El camino continuaba durante un par de días por el interior de la montaña hasta llegar a un pequeño claro que recogía la luz que se filtraba desde la cima del monte. Allí había una cabaña de madera. El lugar era fantástico, tenía agua proveniente de manantiales subterráneos, luz del sol y también fosforescente de los minerales de las rocas, una temperatura siempre estable y fresca, como en una bodega. Alguien había hecho un gran huerto donde había plantado una gran variedad de verduras y frutas.
Grité varias veces si había alguien allí y un anciano salió de la cabaña. Tenía millones de arrugas pero no parecía tener problemas de salud. No me dijo nada, me miró con curiosidad pero sin mostrar alegría, enojo o miedo. Simplemente curiosidad.

– ¿Es usted el señor Cañete?
– ¿Quién lo pregunta?
– Soy el nieto de un amigo suyo. JAP Vidal, ¿lo recuerda?
– Creo que sí ¡Hace tanto tiempo!
– Mi padre me confesó antes de morir que usted guardaba el secreto de la vida eterna.

El hombre, ahora sí, cambió su gesto a algo parecido al miedo.

– Hijo, ese secreto es el fruto de una maldición.
– ¿Tan malo es vivir eternamente?
– Acompáñame.

Seguí al viejo dentro de la cabaña. La estancia era muy sencilla, pero acogedora. Solo había una foto, me sorprendió verla allí. El anciano siguió mi mirada y sonrió, aunque era una sonrisa amarga como el vinagre.

– Ese era el equipo de la temporada dos mil catorce, dos mil quince. Hace mucho de eso, pero aún recuerdo como jugaban.
– ¿Qué es?
– Fútbol.
– ¿Y los cascos, las rodilleras?
– No, este era fútbol de verdad, el que se juega solo con los pies, el europeo.
– ¡Es verdad! – dije con alegría al recordar – Era el que estaba de moda en la primera mitad del siglo pasado. ¿Qué equipo era ese?
– El Barça. El mejor Barça de la historia. Ganó nueve copas en tres años. En aquel equipo jugaban juntos los mejores delanteros del mundo.
– ¿Y qué pasó?
– ¿Qué pasó? Pues que los aniquilaron.
– ¿Cómo? – pregunté horrorizado
– Con el poder del dinero.
– ¿Y cómo es que el único cuadro que tiene usted aquí es ese? ¿No tenía familia?
– La tuve, pero mi gran amor era el Barça y por su culpa arrastro esta maldición.
– ¿Se refiere a la vida eterna?
– Sí.
– No lo entiendo.
– Fue el…

 

…3 de Junio del 2017

El árbitro pitó el final del partido y los jugadores del Madrid se abrazaron mientras sus contrincantes caían, hundidos, sobre el césped del terreno de juego. El Real Madrid acababa de ganar su duodécima copa de Europa. Yo estaba destrozado. Los mensajes no paraban de llegar a mi móvil, merengues que deseaban pasarme por la cara su gran éxito. Fue en ese momento, cuando cerré los puños con tal fuerza que hundí mis uñas en las palmas de mis manos, haciendo que de ellas manaran hilillos de sangre. Sin pensarlo, con todo el anhelo de mi alma hice un juramento que me ha marcado para siempre.

 

Agosto del 2152

– ¿Qué juró?
– ¿Qué juré? ¿Ni siquiera quieres jugar a adivinarlo?
– No, no lo sé. No tengo ni idea.
– Como se nota que no has vivido esa rivalidad.
– ¿Qué rivalidad?
– Barça-Madrid.
– Algo he oído.
– Era la gran guerra del siglo XXI. Una guerra sin cañones pero tan cruenta como si las bombas estallaran en medio de la población civil. Hasta que llegó la gran guerra atómica, claro.
– ¿Y qué juró?
– ¡Ah, sí! Pues…juré que no moriría hasta ver al Barça ganar más  copas de Europa que el Madrid.
– ¿Cómo?
– Que juré que no moriría hasta que el Barça superase al Madrid. Y aquí sigo, ya sin ninguna esperanza de conseguirlo. Durante años aguanté pero al final, tras la “Tercera Guerra Mundial”, la copa de Europa desapareció y me quedé atrapado en mi maldición.
– ¿Quiere decir que el secreto de su vida eterna es un juramento tan estúpido?
– ¿Estúpido? ¿A algo tan sagrado le llamas estúpido? ¡Vete de aquí, ignorante! ¡Y no vuelvas a menos que tengas algo importante que decirme!

El viejo me sacó casi a patadas de su cabaña y yo, indignado con él, dejé aquel lugar sin querer mirar hacia atrás. Me sentí estafado. Volví a mi casa y durante un tiempo retomé mi vida normal sin volver a pensar en el tema. Sin embargo, hace poco, a…

 

…Principios de junio del año 2162

– ¿Hola?

Espero un poco hasta que el viejo sale de la cabaña. Juraría que su rostro aún tiene más arrugas que la anterior vez que le vi. Parece imposible pero así es. Sin embargo, se mueve con la misma facilidad que entonces. Como hiciera aquella vez, me mira sin ninguna emoción. Pero en sus ojos observo que se acuerda de mí.

– ¿Por qué has vuelto?
– Tengo novedades del mundo exterior.
– Explícate, ya.
– Cuanta prisa para alguien que tiene todo el tiempo del mundo.
– Los viejos somos por naturaleza impacientes. Vamos, no me hagas perder tiempo.
– Alguien rebuscó en los archivos históricos deportivos y descubrió ciertas irregularidades en los torneos de Copa de Europa.
– ¡No me digas que…!
– Sí, le han quitado al Madrid tantas copas de Europa que ahora el Barça ya le supera en el palmarés.
– ¡Lo sabía, lo sabía! ¡Se ha hecho justicia!
– Ya puedes dormir tranquilo, viejo.
– Muchas gracias por avisarme. Me has dado una gran alegría. ¡Por fin se hizo justicia!

El anciano se estira en su catre con una gran sonrisa dibujada en su rostro, no tarda en dormirse. Un poco más tarde, el sueño tranquilo se convierte finalmente, con un siglo de retraso, en sueño eterno. Ya debe estar hablando con Caronte, espero que el barquero no sepa de fútbol y no le diga nada, al menos hasta que haya cruzado la laguna Estigia y ya no haya vuelta atrás. Os preguntaréis por qué lo he hecho. No, no hay problema, os lo puedo explicar. Primero, por humanidad, no podía dejar a ese hombre sufrir eternamente. Segundo, por la ciencia, necesitaba confirmar que una longevidad tan extraordinaria se debía a una obsesión enfermiza del sujeto. Y ¿qué cojones? ¿Acaso a vosotros no os parece injusto que un tipo pueda vivir el doble que vosotros solo porque ha hecho un juramento tan estúpido? ¡Es un insulto a la evolución humana!

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Fantasia, Futbol

  • « Ir a la página anterior
  • Página 1
  • Páginas intermedias omitidas …
  • Página 6
  • Página 7
  • Página 8
  • Página 9
  • Ir a la página siguiente »

Copyright © 2026 · Infinity Pro on Genesis Framework · WordPress · Acceder

Utilizamos cookies propias y de terceros para garantizar el funcionamiento de la web, medir su uso y mejorar nuestros servicios. Puede aceptar todas las cookies, rechazar las no necesarias o configurar sus preferencias. Política de cookies

Configurar cookies

Necesarias para que la web funcione correctamente. No se pueden desactivar desde este panel.

Ayudan a medir el uso del sitio y mejorar sus contenidos.

Permiten publicidad, medición de campañas o personalización de anuncios.

Guardan preferencias o permiten contenido externo no necesario.