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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Filosofia

Simpatía por el reo

1 enero, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Se levanta de su escritorio y se dirige hacia la ventana, intrigado. A través de los barrotes observa el follón que se ha liado en el patio de la prisión. Alguno se ha ayudado de la mano para meter un gol y se ha montado un buen pollo. El preso entonces, desvía su mirada hacia el horizonte, hacia las blancas montañas de la Sierra que contrastan con el cielo azul inmaculado. El mundo sigue girando ahí fuera.

– Los días nacen y mueren cada veinticuatro horas. Y te preguntas ¿Qué sentido tiene el tiempo aquí dentro?

El reo se gira hacia la puerta, sorprendido. Al otro lado de las rejas, agarrando con firmeza los barrotes con ambas manos, se halla un hombre alto, moreno y con barba. Viste pantalón negro y, a pesar del frío que hace, una sencilla camisa blanca de lino, desabotonada hasta el ombligo, que deja a la vista su pecho velludo. 

– Hola Jotacé.
– ¿Te he asustado?
– No te esperaba. ¿Cómo es que no estás en el patio como los demás?
– Ya sabes que yo no soy como los demás. Tu tampoco lo eres.

– Intento pasar desapercibido.
– Pues con esa barriga no lo consigues.
– ¡No me seas…!
– ¡Es broma!
– No creo que estés perdiendo el poco tiempo que tienes de recreo para venir a burlarte de mí.
– Quería animarte un poco.
– Gracias, pero no entiendo como te han dejado pasar los guardas.
– Ni me han visto. Si me hubiesen pillado tampoco habría pasado nada, ya sabes que los tengo comiendo de mi mano.
– Por algo te llaman Rex Captivus, el Rey Cautivo.
– Me he enterado esta mañana que te habían castigado sin patio, como a un niño pequeño.

– Es lo que tiene ser un sedicioso.
– Te voy a confesar una cosa. Hace mucho tiempo, en mi ciudad, a mí también me querían crucificar por sedición.
– ¿A ti?
– Unos hijos de puta muy poderosos me la tenían jurada, y no pararon hasta entrullarme.
– ¿Y cómo te libraste?
– Escapé volando. Les jodí bien a esos mamones.
– Me parece que a mi no me será tan fácil librarme.
– ¿Volando? Difícil, pesas mucho. Lo importante es que no te rindas. Aprieta los machos y verás como se les congela la sonrisa de lerdos a tus enemigos.
– No sé si podré…
– ¡Te digo que has de aguantar, joder! ¡No te vengas abajo!
– ¿Y por qué te importa tanto? Los otros presos me dejaron muy claro que tú nunca te casas con nadie, que estás por encima del bien y del mal en esta prisión.

Jotacé buscó algo en sus pantalones. Sacó una llave con la que abrió la puerta de la celda y se acercó hasta quedar a un metro del rostro del  otro preso, petrificado de la sorpresa.

– Mira compadre, tu causa me importa una mierda, pero te tengo aprecio porque de ti y de otros como tú depende que esta sociedad despierte, abra los ojos y se pregunte qué ha sucedido mientras dormía. Algún día, gracias a gente como tú, los que llevan mucho tiempo aletargados se levantarán contra aquellos que solo encuentran sentido a su vida desde el odio al prójimo. Será entonces cuando los manipuladores serán doblegados. Solo que te pido que no cometas el mismo error que yo.
– ¿Cuál?
– Yo delegué mi causa en otros que al final no supieron defender todo aquello por lo que habíamos luchado juntos. No fueron capaces de evitar que los mismos miserables que quisieron crucificarme se hicieran con la patente de mi mensaje de respeto y amor y lo corrompieran transformándolo en una doctrina de rituales vacíos de significado, mientras que por otro lado promovían la intolerancia, el odio y la hipocresía.
– No entiendo de quién debo cuidarme. ¿De enemigos o también de amigos?
– De unos y otros, pero también del resto, incluso de ti mismo. El Mal está al acecho, dentro de todos nosotros, esperando la más mínima debilidad de nuestra alma para surgir y manipular nuestra voluntad. Sé fuerte, no delegues y sigue siempre la luz de tus principios. ¡Ah! Y una última cosa antes de marchar y no volver a hablar contigo jamás.
– ¿Qué?
– Jódelos vivos porque se lo merecen. Ellos son Legión ¿Te acuerdas? Pero no se te ocurra utilizar el odio para combatirlos, porque esa es su fuerza. Nada de odio, ya sabes.

Jotacé dio la espalda al reo, salió de la celda, cerró la puerta y se guardó la llave. Se dirigió a su celda, silbando por el pasillo una canción de un inglés que tenía una novia japonesa con la que protestaba en América contra la guerra, y que a la puerta de un hotel fue asesinado por un despechado fan suyo, cinco balazos mediante. Su canción hablaba de ilusiones para un mundo mejor, sin países, sin religiones, sin desigualdades. ¡Qué iluso!

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Filosofia, Humor, Política

El pollo

4 diciembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

El joven gallo imitaba con gran precisión los elegantes movimientos de su maestro. El viejo gallo se enorgullecía de la admiración que le profesaba aquel apuesto y prometedor galán.

– Algún día tú serás el amo de este gallinero – le dijo.
– ¿Cuándo? – preguntó el joven impaciente. 
–  Pronto, ya se acerca el frío invierno y poco antes de que llegue el solsticio os tendré que dejar. 
– ¿Y eso? 
– Pues porque año tras año, el gallo más bravo del corral es llamado a ocupar un lugar de privilegio en las celebraciones de los humanos. Incluso le honran con una misa en la noche más importante del año para ellos.

Un «¡Oh!» de asombro se dibujó en el pico del joven. Al viejo gallo no le costó mucho adivinar el pensamiento que cruzaba bajo la cresta de su joven alumno. 

– No te preocupes, este año me toca a mí, pero tú podrás disfrutar de tal honor el año que viene.

 Pero la ambición del alumno aventajado iba más allá, no pensaba dejar pasar la oportunidad de robarle a su maestro el reconocimiento de los humanos. A partir de ese mismo día, el joven gallardo se esforzó por cantar con más fuerza y pasear más tiempo sus bellas plumas con gran elegancia por todo el corral. Sus esfuerzos no cayeron en balde y los humanos no tardaron en premiarle con más comida y de mejor calidad.  De esa manera, el gallo creció y se hizo muy fuerte en muy poco tiempo. Un día  comenzó a rondar a una de las gallinas y el viejo gallo se vio forzado a darle una lección. Sin embargo, el joven le propinó tal paliza que el pobre desgraciado tuvo que lamerse las heridas, en silencio, en un rincón apartado del corral. A partir de ese momento, todas las gallinas se peleaban por ser el objeto de galanteo del joven gallito.

Y llegó el invierno, y un día los humanos vinieron acompañados de otros humanos. El joven gallo hinchó su pechuga en el momento que observó que, sin lugar a dudas, estaban hablando de él. Una mezcla de sensaciones le embargaron cuando un humano le cogió de las patas. Por un lado orgullo y vanidad, pero también miedo y angustia. Su vida hasta entonces se reducía a aquel corral, y de repente todo su mundo daba un vuelco literal. De hecho no le gustó nada que le cogieran de las patas y le dieran la vuelta. Y menos le gustó aún cuando advirtió que el viejo gallo le observaba con una sonrisa maliciosa. Intentó liberarse, mas sin mucha convicción pues tampoco quería parecer un cobarde a ojos de todo el corral, así que finalmente se lo llevaron entre el cacareo desconsolado de las gallinas. 

Por supuesto nadie volvió a ver al joven y apuesto gallo. El viejo, por su parte, aseguró a las gallinas que no debían preocuparse por el chico, que seguramente entre los humanos se encontraría en su salsa. Todas se imaginaron a su admirado gallo sentado en un puesto de honor a la mesa de los humanos. Poco se podían imaginar que una torpe cocinera se equivocaría con la receta de Nochebuena y  aquel gallo, que días atrás se pavoneaba tan apuesto y soberbio, acabaría descuartizado en el cubo de la basura, junto a las mondas de las patatas.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, fábula, Ficción, Filosofia, Humor

Tkiero

19 mayo, 2016 by Wambas Deja un comentario

Te vistes a toda prisa, como cada lunes, sin pensar demasiado en la ropa que te pones. ¿Actuarías de la misma manera sabiendo que éste es el último día de tu vida?
Escoges unos pantalones negros, una camiseta del mismo color y zapatos cómodos. Uno de ellos, ahora no lo sabes, pero en menos de una hora quedará abandonado en el arcén, al lado del carril bici en el que tropezarás antes de ser arrollada por el coche de un desconocido que a partir de ahora soñará contigo cada día de su miserable vida.
Finalmente la chaqueta, de cuero, también negra. Inconscientemente has elegido el peor color para desafiar al destino.
Metes las llaves de casa en el bolso. De repente, con la puerta de casa abierta y el ascensor subiendo, recuerdas que te has dejado el móvil. Lo encuentras en el lavabo, lo bloqueas y lo tiras dentro del bolso, sobre las llaves de casa con las que olvidas echar el cerrojo a la puerta, fruto de la precipitación que te provoca que te puedan quitar el ascensor. Tu pareja se dará cuenta de que no has cerrado bien la puerta cuando regrese a vuestro hogar. Comenzará de nuevo a llorar desconsoladamente, entre ataques de nauseas que amenazan con hacerle vomitar el corazón.
El móvil ya no lo utilizarás más, te habría dado igual dejártelo olvidado en casa, o tal vez no. La siguiente persona que lo desbloquea, un par de horas más tarde, lleva guantes en las manos. Está de pie junto la camilla en la que yace tu cuerpo, ahora frío, y pálido, excepto en las zonas de los hematomas. Uno de ellos, que cubre la zona occipital de tu cráneo, es mortal. Esa mujer, la forense, se quita los guantes para manipular tu teléfono. Tras desbloquearlo, en la pantalla le aparece el último whatsapp que enviaste. «Cuidado con el coche, tkiero». ¡Qué irónico! piensa la doctora. Mira a un lado y a otro para comprobar que es la única persona viva en esa sala. Busca «tkiero» en la conversación. Confirma lo que ya adivinaba, que cada día le envías el mismo mensaje a esa persona: «Cuidado con el coche, tkiero». Y ese ser tan querido por ti te contesta siempre «Descuida, yo tb tkiero». Sin embargo, casualmente, esta mañana no ha sido así. Por alguna razón se ha olvidado, o no lo ha creído conveniente, quizás pensaba contestar más tarde.


En esos momentos, en vuestra casa y entre sollozos, tu pareja también lee ese último mensaje, ese «Cuidado con el coche, tkiero». Siempre contesta, pero hoy no. Estaría hablando por el móvil cuando tú lo mandaste, el caso es que no lo vio. Al fin y al cabo se había convertido en un ritual mecánico, como un torero ateo que se santigua al salir a la plaza a torear. Ninguno de los dos pensaba que  ese mensaje hoy sería tan importante, que sería vuestra única despedida. Esta mañana ni siquiera habéis coincidido despiertos. Tu pareja comienza a maldecirse pero de pronto calla y observa la pantalla de su móvil. Piensa lo irracional, cree en un milagro. Estás conectada. ¿Y si…?

La doctora forense sigue con tu móvil en sus manos, dándole vueltas a tu mensaje, cuando de pronto algo cambia. Aquel ser querido, desde algún lugar desconocido, está escribiendo. Un nuevo mensaje aparece en pantalla:

«Yo tb tkiero»

Dedicado a la chica desconocida del otro día.

Publicado en: Descatalogada Etiquetado como: Castellano, Drama, Filosofia

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