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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Asesinato

La duda de Orfeo

21 septiembre, 2019 by JAP Vidal 2 comentarios

«No mires atrás hasta que la luz del sol os bañe por completo, dijo Hades. Ya casi hemos salido de su reino ¿Me seguirá Eurídice? No le oigo ¿Está detrás? Creo que ya puedo mirar…»

El hombre dio otra cucharada de puré a su esposa, al amor de su vida. Ella abrió la boca lo justo para que el borde de la cuchara se posara en su labio inferior y el alimento pudiera entrar en su boca. Le costó tragar, a pesar de que el puré era casi líquido. No pudo evitar regurgitar una pequeña cantidad del alimento que manchó su barbilla. Su marido se apresuró en limpiarlo con el babero que ella llevaba anudado al cuello. Ella se lo agradeció con la mirada, con aquellos ojos verdes ahora apagados como la ceniza. Si había algo que él no soportaba, que sentía como una patada en el corazón, eran esas pruebas fehacientes de la fragilidad de su esposa. Mientras volvía a rellenar la cuchara con el puré, su mente recordó el interrogatorio de aquella misma tarde…

– Eli era una mujer especial, me enamoré de ella nada más verla por primera vez. Nunca olvidaré aquel momento. Sus ojos, su voz, su alegría contagiosa. Alegría, eso pensaba yo. Sin embargo, con el tiempo me di cuenta de que la pobre era muy desdichada. Yo me desvivía por protegerla, por animarla. Ella me decía que no me preocupara, que era algo temporal. Pero la tristeza, por mucho que lo intentara, no le abandonaba. Creímos que la pequeña lo cambiaría todo, que nos traería la felicidad ¡Qué estúpidos fuimos! Al poco de nacer nuestra hija, Eli cayó en una depresión aún más profunda. Lloraba durante horas sin saber por qué. La niña también, desde que era bebé. Era insoportable.
– ¿Por esa razón las mató?
– ¿Qué? ¡No, no!

El inspector de policía esperó a que el detenido se explicase. Su objetivo era que aquel hombre diera el mayor número de detalles para poder cerrar el caso de forma irrefutable. La experiencia y la intuición no le engañaban. Al final todos confiesan vomitando su culpa como un borracho que necesita arrancar la bilis de sus entrañas en cada arcada.

– No es lo que usted cree. No fue por celos, ni por un ataque de locura. Fue por piedad.
– ¿Piedad?

Al hombre le costaba arrancar. Se le notaba que tenía ganas de hablar pero, por sus gestos, daba a entender que el inspector no le iba a creer. No dejaba de fregarse las manos, con las palmas llenas de sudor.

– Explíquese, por favor. Le escucho. ¿Qué quiere decir con que «fue por piedad»?
– A ver. Sé que me toma por loco. Piensa que soy el típico hijo de puta que mata a su mujer en un ataque de ira. Yo no soy así. Yo amaba a mi mujer. Amaba a mi hija. Y por eso las salvé.
– Sigo sin comprenderle.

El hombre se miró las palmas de aquellas manos. El sudor no había podido borrar las manchas de sangre de su mujer y su hija de tres años.

– Las salvé de este mundo. Las libré del Infierno.
– Les quitaste la vida.
– No es cierto, al contrario. Es ahora que están viviendo en el verdadero mundo.
– ¿A qué se refiere?
– Supongo que sabe que soy psicólogo. Llevo varios años, desde que percibí la tristeza interior de mi mujer, intentando comprender qué le sucedía. Comencé por mi campo, la psicología, pero ninguna teoría que encontraba me satisfacía. Entonces me introduje en el mundo de la filosofía y las religiones. Durante tres años me empapé de todo el conocimiento que me fue posible sobre estas materias. Y no hace mucho tiempo lo entendí todo.
– ¿Qué entendió?
– Que el infierno existe y es este mundo, esta existencia. Que cuando morimos escapamos de esta prisión terrible para tener una nueva oportunidad en otra dimensión diferente.
– ¿Entonces usted cree que esto es el infierno?
– No lo creo. Estoy seguro. Si abre su mente a esta idea se dará cuenta de que no digo ninguna animalada. Desde que nacemos estamos sufriendo. Los pobres sufren, los ricos sufren. De diferente manera pero todos sufren, todos tienen miedo. El dolor y la crueldad nos rodean. Usted que es policía debería entenderlo mejor.

El inspector no contestó. Sin embargo, su mente intentaba recordar la cantidad de locos que le habían explicado argumentos similares para disculpar sus horribles crímenes. Este razonamiento era nuevo, pero no difería mucho del de otros asesinos en serie que se veían a ellos mismos como una especie de libertadores o salvadores.

– Por la expresión de su rostro, veo que no me cree. Que no me quiere creer. Da lo mismo. Al final todos moriremos y nos salvaremos. Pero Eli no podía esperar. Su tristeza y la de mi hija superaban los límites de lo soportable. Por eso lo hice. No soy tonto. Sé que para la sociedad no soy más que un psicópata asesino. Pero me da igual. Ellas ya son libres para vivir, y yo espero reunirme pronto con ellas.
– Lo que no acabo de entender es por qué usted no se quitó la vida.
– Mire, soy culpable, pero no me arrepiento. Solo me gustaría que no se me recordara como a un asesino sino como a un Orfeo que bajó a los infiernos a salvar a su mujer y a su hija. Por eso no me suicidé. Necesitaba explicar mi acto. Muchos me tendrán por un loco, pero otros me comprenderán.
– Si no recuerdo mal, Orfeo no consiguió salvar el alma de Eurídice.
– Él falló. Se dejó llevar por las dudas. Yo no he dudado. Estoy seguro de lo que he hecho.

El inspector salió del interrogatorio con una sensación dual, con la satisfacción del caso cerrado pero con la amargura de condenar a un hombre que confiesa su delito sin sentirse culpable de nada ¿Cómo puede alguien tan inocente que no haría daño a un insecto, ser capaz de matar a su familia? ¿Le podría pasar a él mismo?

Esa noche, mientras daba la cena a su mujer, enferma de ELA, pensó en la posibilidad de que aquel loco tuviera razón. Dejó la cuchara en el plato aún con la mitad del puré por comer. Cogió un almohadón cercano y se lo enseñó a su mujer. Los ojos verdes se posaron en él. Ahora no tenían ese tono ceniza, habían recuperado un poco de su brillo. «Hazlo», le decían.

El inspector acercó el almohadón a aquellos ojos. Lo presionó contra la cara de su esposa, de la mujer de su vida, de la persona que más quería en este infierno llamado existencia. Y entonces se dio cuenta de algo. Esos ojos, de nuevo los había visto brillar ante la esperanza de apagarse para siempre. Dejó de presionar. Levantó el almohadón. Estaban cerrados. Por un momento pensó aterrorizado que había reaccionado tarde. Pero entonces, ella los abrió para mirarle de forma inquisitiva. «¿Por qué?», preguntaban, de nuevo apagados.

– He dudado – respondió él – como Orfeo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Asesinato, Castellano

Mis mejores deseos

11 diciembre, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

Aunque no era la primera vez que hacía una entrevista de este tipo,  no pude evitar la sensación de tener un bloque de cemento dentro de mi estómago. El celador me guió hasta una sala oscura, a excepción de una minúscula zona en su centro, bañada por la paupérrima luz emitida por la única bombilla que colgaba del techo de la habitación. En ese punto de la sala había una mesa, un pupitre con dos sillas enfrentadas. En una de ellas descansaba la sombra del asesino que me había llevado hasta allí.

– Buenas tardes.
– Siéntese, por favor.
– Gracias. Supongo que sabe por qué estoy aquí.
– Me dijeron que vendría una periodista interesada en mi caso. La verdad es que no sé qué interés puedo yo tener para usted.

Aquella no era la voz de un homicida, nunca lo era. Hace tiempo que descubrí que la voz jamás delataba los instintos criminales de su dueño. Un escritor, un fontanero, un informático, siempre entrevisté al otro «yo», al inocente. Si hubiese sido miembro de un jurado los hubiese dejado a todos en libertad, ¿cómo podían ser capaces de actos tan atroces seres tan sensibles, tan sencillos, tan comunes? Sin embargo, en su interior habitaba un «alter ego» rebosante de rabia y odio, capaz de matar en muchas ocasiones a sus seres queridos, a menudo con una crueldad imposible de imaginar.
Una vez investigué un caso de posesión, deseé con todas mis fuerzas poder encontrar una razón, por mística que fuera, a tanta crueldad. Quería creer que un ser humano normal no podía ser tan cruel si no era porque una fuerza demoníaca lo poseía. No tuve suerte. Mi investigación fue un fracaso y aquel caso de posesión no fue más que otro engaño. Sin embargo, no pierdo la esperanza de que algún día se haga justicia y se descubra que el ser humano jamás fue capaz por sí solo de tanta maldad, que una mente diabólica se apodera de la frágil mente de determinados miserables para guiar sus actos. Mientras tanto no me queda otra opción que escuchar con cierto escepticismo a esos lobos vestidos con pieles de cordero.

– Bueno, digamos que su caso es bastante curioso. Es especialmente macabro considerando que tardó más de diez años en vengarse de su antiguo jefe y que utilizó una violencia extrema en ello.
– ¿Tiene un cigarro?
– ¿Perdón?
– Un cigarro ¿Usted no fuma?
– Lo siento, no, no fumo.
– Pensaba que todos los periodistas fumaban.
– La verdad es que lo dejé hace cinco años, antes de quedarme embarazada.
– ¿Tiene hijos?

Le miré a los ojos sin contestar, incómoda. No quería convertirme en el entrevistador entrevistado. Me levanté de la silla y me acerqué hasta el celador que vigilaba a unos metros de distancia. Le pedí un cigarro encendido y me lo dio. Volví a la mesa y se lo pasé. Absorbió el humo con la pasión con la que habría aprovechado una hora de permiso fuera de aquella jaula.

– Ahora comencemos, por favor.
– Adelante.
– ¿Por qué lo hizo?
– Porque me hizo llorar.
– ¿Quiere decir que le clavó cien puñaladas en la cabeza solo por esa razón?
– ¿Usted ha llorado alguna vez por desesperación, por rabia?

Le hubiera dicho que miles de veces, que mi vida ha estado llena de momentos de desesperación, de impotencia, de rabia. Sin embargo, siempre pensé que la venganza no era ninguna solución. Pero de nuevo callé, no pensaba caer en su juego.

– Entonces ¿debo entender que usted nunca llora y que esa fue una ocasión especial?
– No, al contrario. Había llorado muchas veces, pero esa fue la última vez que lo hice por mí. Él secó mis ojos.
– No comprendo.
– Me vengué porque ese hijo de puta me convirtió en un ser insensible. Después de su traición jamás volví a ser el mismo.
– ¿Qué traición?
– ¿No sabe que éramos amigos? Martín y yo éramos un equipo, una máquina con dos cabezas. Él era el líder y yo el gregario perfecto.
– ¿Y qué pasó?
– Pues que un día se dio cuenta de que él era imprescindible para la empresa. Y a partir de ese día ya no volvió a ser el mismo. Se convirtió en un Dios.

Siguió un largo silencio. Él esperó que yo preguntara, pero yo sabía que no debía hacerlo, tenía que evitar darle una salida. Debía esperar que vomitara hasta la última gota de su ira. Mi instinto nunca falla, en esa ocasión tampoco.

– Desde ese momento dejamos de ser un equipo. Me abandonó, entendió que todo era mérito suyo, que yo no era más que una pieza, otro eslabón en la cadena, y que esa cadena giraba porque él era el motor. Así que se fue a jugar una liga superior, hasta que un día se acordó de mí. Y no fue para darme ánimos, para apoyarme o para preguntarme qué tal lo llevaba. No, al contrario, se acordó de mí para decirme lo que tenía que hacer, para ponerse otra medalla a mi costa delante de sus jefes. El muy hijo de puta. ¿Quién se pensaba que era?

Volvió a quedarse en silencio, no podía verlo porque estaba rodeado de sombras, pero sentí como apretaba los puños, pude imaginarme cómo clavaba las uñas en la carne de sus manos. Esta vez decidí intervenir, evitar que se quebrara.

– ¿Y qué ocurrió?
– Se lo dije, no me callé. Le escribí un correo electrónico diciéndole lo que pensaba del tema, pero en ningún momento le insulté. Le dije que estaba harto de él, que me estaba volviendo loco con su actitud. Pero todo ello sin faltarle el respeto.
– Pero sin embargo, él le despidió ¿Verdad?
– Sí, así fue.
– ¿Eso fue lo que le hizo llorar? – nada más decir estas palabras, me di cuenta que la había cagado, nunca se debe hacer preguntas inductivas, es lo primero que te enseñan en la facultad de Periodismo.
– ¿El qué? ¿Que me despidiera? No, que va.

Más silencio. Él espera que yo le pregunte «¿Entonces, qué fue?», yo aguardo pacientemente que él conteste esa pregunta obvia, o quizás que se abra un poco más y extienda su respuesta hasta un punto que me permita comprender esa psicología. Pero el silencio se alarga y siento que pierdo la batalla, entonces no me queda más que plantear la maldita pregunta.

– ¿Entonces, por qué lo hizo?
– ¿Sabes quién es Lucifer?
– El diablo.
– Un ángel que se rebeló contra Dios todopoderoso, le cantó las cuarenta y éste no se lo perdonó. Desde entonces Lucifer juró vengarse de aquel Dios soberbio. Yo soy ese Lucifer, ese ser capaz de decir la verdad, y por culpa de eso lo perdí todo.
– Pero si encontró trabajo al momento. No perdió nada.

No esperaba su reacción. El hombre se levantó de un salto de la silla y lanzó la mesa por los aires, con una fuerza insospechable.

– ¿Qué no perdí nada? ¡Tú qué sabrás, idiota! ¡Perdí a mis compañeros de trabajo, perdí mi vocación, mi interés por mi profesión. Desde entonces ya nunca he creído en mi trabajo, todos me parecen iguales, una farsa donde me pagan por el tiempo que les dedico, no por lo que produzco! Perdí la confianza en la amistad, en el compañerismo, ¿te parece poco?  ¡Y todo por culpa de él! ¡Se lo tiene merecido, lo volvería a hacer una y otra vez!

Yo me había caído al suelo, asustada. Ya no estaba con el hombre inocente, delante de mí se encontraba la bestia, la maldad en persona. Apoyándome en los codos me alejaba de aquel ser. Los celadores tardaron unos pocos segundos en reducirle, pero ese tiempo se me hizo eterno. No podía dejar que se lo llevasen, aún me faltaban respuestas. Mientras lo mantenían en el suelo seguí preguntando.

– ¿Y por qué ahora? ¿Por qué ha tardado más de diez en años en vengarse?

Él jadeaba, estirado en el suelo, bajo un amasijo de brazos, cuerpos y piernas que le aplastaban. Farfulló algo pero no llegué a oírlo bien. «Tarjeta», ¿era eso lo que había oído?

– ¿Qué? ¿Qué dice?
– La tarjeta. El muy hijo de ….

Otro guardíán había llegado corriendo con una jeringuilla y se la había clavado en el cuello. No acabó la frase. Lo arrastraron hasta la celda y yo me quedé allí, sentada aún en el suelo, sola. Al rato volvió el celador del principio y me invitó a acompañarle hasta la salida, la visita había acabado.

No podía presentarme en el diario con esa entrevista, faltaba saber cuál había sido el interruptor que había encendido la bestia. De nuevo tuve una intuición. Cogí el coche y me fui a casa del asesino. Me abrió la puerta su esposa, una mujer muy guapa pero con la mirada más triste que había visto hasta la fecha. Seguramente mi rostro ahora sea más triste que el suyo.

– ¿En qué puedo ayudarle?
– Me llamo Abigail Calvo, soy periodista de el Diario.
– ¿Qué quiere? – su rostro pasó de la tristeza a la desconfianza.
– ¿Podría hablar con usted un momento?
– No tengo nada que decir.
– Sólo necesito saber una cosa.
– Le he dicho que no. – la mujer me iba a cerrar pero lo impedí metiendo el pie en la puerta.
– ¿Recibieron alguna carta antes de la reacción de su marido?
– ¿A qué se refiere?
– Una carta enviada por algún familiar o amigo.
– Nadie escribe cartas en estos tiempos.
– ¿Y una tarjeta de felicitación, una postal?

La mujer se quedó pensando, sentí que había dado en la diana.

– En Navidad, poco antes de… – la mujer desapareció de pronto, la oí como buscaba algo en los cajones. Al poco volvió.
– ¿Esto?

Me entregó una postal navideña, la clásica escena de un árbol de navidad y unos niños cerca, jugando con un trineo mientras cae la nieve. La leí y entonces comprendí por qué aquel hombre se había convertido en una bestia asesina.

«En estas fiestas, te hago llegar a ti y a tu familia, mis mejores deseos para el nuevo año y una feliz Navidad. Siempre tuyo, Martín».

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Asesinato, Castellano, Ficción, thriller

No matarás

6 noviembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 “Punto final”.

Pulso sobre el icono de impresión y aprovecho para tomar un largo sorbo de café mientras se genera el documento completo en mi impresora.  Está frío y amargo, el café, apuro la taza hasta los posos y la dejo encima de la alfombrilla del ratón. Observo que en la alfombrilla, además de manchas secas de café, también aparecen vastos trazos escarlata. Me miro las manos y me doy cuenta de que no las he limpiado como debía, aún están un poco manchadas. Cojo un pañuelo y me aseo de forma enérgica hasta dejar mis manos libres de mácula.
Ya ha terminado la impresión del documento. Compruebo que las hojas se hayan impreso correctamente antes de cerrar el editor de textos. Ya sólo me queda hacer una cosa. Me pongo los zapatos y cojo la gabardina. Fuera hace frío. En este año tan caluroso, hemos tenido que esperar hasta noviembre para que el invierno presente su tarjeta de visita. Segundos más tarde vuelvo a entrar en el apartamento a recuperar el documento que había olvidado encima de la cama cuando buscaba la gabardina en el armario. Mientras espero el ascensor noto un cierto tufillo que se expande por el rellano y que solo yo puedo saber que proviene de la casa del vecino.

Salgo a la calle y camino tranquilamente unos quinientos metros, respetando los semáforos, aspirando el gélido aire en grandes bocanadas. Necesito recuperar el valor antes de introducirme en la casa del Señor, donde todas las almas son bienvenidas. Eso sí, al entrar no me atrevo a tocar el agua bendita. Busco un confesionario y cuando lo encuentro me arrodillo delante de la rejilla que oculta al sacerdote que ha de concederme el perdón divino.

“Padre, vengo a confesarme”
“Adelante hijo”
“He violado el quinto mandamiento”
“¿No matarás?”
“Sí, padre. Soy un asesino”
“Pero eso, ¿cuándo ha sido? ¿En esta ciudad?”
“Sí, padre. Aquí tengo las pruebas”

Entregué las últimas hojas de mi relato al sacerdote y esperé a que las leyera por encima.

“Pero hijo, esta historia…”
“Sí, la he escrito yo. ¿Podré ser perdonado?”
“¿Pero quién ha muerto?”
“Mi protagonista. Lo asesiné, lo estrangulé cuando faltaban dos hojas para acabar, después le abrí las costillas para arrancarle el corazón y guardarlo en el congelador. ¿Me puede conceder su perdón?”
“Hijo, no te debes preocupar”
“ ¿A pesar de que el protagonista sea mi vecino, el que siempre está molestando?”
“Por supuesto, quedas perdonado del pecado de matar a tu vecino. Anda hijo, vete que hay gente esperando”
“Gracias, padre, de todo corazón”

¡Qué liviano me siento! Cual Dorian Gray que se exime de sus responsabilidades descargándolas en el corrupto y diabólico lienzo de su retrato, hoy he utilizado mi próxima novela para redimir mi sucia alma. Y lo mejor de todo, es que ya no me molestará más el vecino con sus fiestas hasta altas horas de la noche.

Ahora ya puedo buscar una nueva víctima para mi próximo libro. Al instante, me viene a la memoria ese amigo de mi “ex” que me cae tan mal…

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Asesinato, Castellano, Ficción, misterio

…a hierro muere

9 mayo, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Escuchó unos pasos acercándose con decisión por su espalda. Comprendió rápidamente que aquel no era buen momento para levantar el vaso que el barman acababa de dejar encima de la barra. Esta vez el trago debería esperar. Los negocios por delante del placer. Cuestión de prioridades. Más aún cuando los negocios se convierten en el mejor de los placeres. Sí, porque nada le apetecía más a Joe que romperle la cara al primer hijo de puta que se atreviera a atacarle por la espalda. Se giró justo en el momento en el que el pobre desgraciado levantaba el brazo derecho con la idea de dejarlo caer con toda su fuerza sobre su cabeza. Joe no dudaba de que la botella vacía de White Horse que aquel imbécil sostenía tuviese otro propósito que no fuera abrirle el cráneo. El caso es que el imbécil en cuestión se había visto sorprendido con el brazo alzado y dejando su flanco derecho completamente expuesto.

Hasta la empuñadura. El puñal se introdujo entre sus costillas con la misma facilidad con la que se hundiría en el pastel de carne de la abuela Rose. El imbécil de marras soltó la botella. Se llevó las manos a la herida y cayó sobre sus rodillas. La sangre no tardó en esparcirse por el suelo, mezclándose con los añicos de la botella rota. Extrajo el puñal y limpió la hoja en la chaqueta del imbécil, que aún se encontraba de rodillas, negando su fatal y certero destino. Joe lo observaba divertido, saboreando el placer que siempre le invadía cuando mandaba una nueva alma al infierno “Satanás, con la cantidad de mamones que te estoy enviando, confío que cuando te visite me trates muy bien”. Se sentó de nuevo y ahora sí, se tomó el trago que esperaba pacientemente encima de la barra. Sin embargo, el aguardiente se le atragantó a la altura del gaznate con el último estertor del moribundo. Una última palabra. Después el silencio.

Joe se giró rápidamente. Sus ojos querían confirmar lo que sus oídos acababan de oír. En el rictus del imbécil halló la sonrisa bobalicona que confirmaba que no había oído mal. Aquella última palabra se había cerrado sobre su corazón como un puño de piedra. Salió corriendo del bar como alma que lleva el Diablo. El barman no se atrevió a apuntar en su cuenta aquel vaso de aguardiente. Tuvo el buen juicio de evitar recordárselo a Joe la próxima vez que viniese a olvidar las penas. Mientras conducía a toda velocidad hacia la casa de su ex-mujer, Joe maldijo su estupidez. Como había sido tan idiota como para no pensar que algún día descubrían su secreto. Debería haber sabido que alguno de sus muchos enemigos hallaría finalmente su único punto débil. Nunca fue consciente de que, aunque él despreciase la muerte, había un ser al que él no soportaría jamás ver sufrir. Corrió como no recordaba haberlo hecho nunca. “Como se puede ser tan cruel”, “Es imposible, seguro que es un farol”. Incredulidad, esperanza, terror, todos estos pensamientos se mezclaban en la coctelera de su cabeza.

Y por fin lo descubrió. Abrió la puerta de la casa de su ex-mujer con una llave que ella no sabía que él tenía. No hizo caso de los dos cuerpos sin vida que tuvo que sortear para poder entrar en la pequeña habitación. Abrió la puerta y allí estaba. “Desi”. La amenaza se había cumplido. Su cabecita girada de forma antinatural hacia la espalda hacía evidente de que algún indeseable le había roto el cuello a aquella pobre criatura inocente. Alguien había largado que su talón de Aquiles no era su ex-mujer, a la que habían reventado los sesos, igual que habían hecho con el pelele de su novio. No, realmente, la niña de sus ojos era “Desi”, aquel bichito de pelaje blanco y marrón que no había querido quedarse cuando se separó de su mujer. Le había dolido tomar aquella decisión, pero creyó que así sus enemigos jamás descubrirían su debilidad. Que tonto fue. Ahora, el pobre hamster descansaba en paz en el fondo de su jaula y él no descansaría hasta vengar su muerte.

J.A.P. VIDAL – Mayo 2017

Publicado en: Descatalogada Etiquetado como: Asesinato, Castellano, Violència

…a hierro muere

28 enero, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

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