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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Relatos

Tu decideixes

30 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

– Quiet! No ho facis!

El potencial criminal es va detenir en sec. L’agent de policia li mirava fixament, amb les cames lleugerament flexionades, apuntant-li amb l’índex de la seva mà esquerra, mentre amb la destra acaronava la culata de la seva pistola encara enfundada, una HK USPCompact. La posició del seu cos reflectia la tensió del moment.

– No t’atreviràs a disparar, hi ha molta gent.
– T’ho aviso, si ho fas no em deixaràs una altra alternativa.
– No tens per què fer-ho.
– Són les ordres. No m’obliguis, si us plau.

El policia es va reafirmar en la seva amenaça desenfundant la seva pistola. La va apuntar contra aquell home, al seu costat hi havia una dona i una nena, ambdues plorant. L’home va tornar a parlar, en la seva veu hi havia nerviosisme però també fermesa.

– Em dic Raúl, els meus pares són d’Extremadura. Aquesta dona d’aquí és la meva dona, Isabel, els seus pares són d’Andalusia. La nena que s’amaga de tu estrenyent-se contra les meves cames és la meva filla, Ona. Et demano que les miris a la cara. Si venim a votar, és que creiem que és el millor pel seu futur, no per fer-te mal a tu ni a ningú.

El policia no va contestar. Tot allò era un absurd. Però tenia una ordre explícita i no podia permetre que ningú la hi saltés. Què fàcil hauria estat enfrontar-se contra un encaputxat armat!

– I ara observa al teu al voltant. Què veus? Terroristes? Alguna amenaça a  la teva vida?
– T’ho aviso per última vegada. Deixa-ho anar o dispararé.

Algú, dins de la immensa cua que s’havia fet per votar, va començar a cridar «Votarem!Votarem!», i al moment centenars de veus li van seguir, fermes, sense por.

– Tu decideixes, jo ja ho he fet.

I dit això, Raúl va deixar de mirar a l’agent i es va disposar a deixar el seu vot a l’urna. El policia dubtava, el seu dit sobre el gallet també. A qui protegir? A qui servir? Al poble o a la llei? Havia de prémer el gallet?

Publicado en: Català, Relatos Etiquetado como: Català, Catalunya, ficció, Llibertat, Referèndum

El antropófago del Gayxample

27 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

—  ¡Te has comido a mi novio!
— No es lo que parece, te lo puedo explicar.
— ¿Qué vas a explicarme? He visto cómo te lo tragabas.
— ¡Ha sido él quien ha querido que yo me lo comiera!
— ¿Pero qué dices? ¿Por qué iba a querer tal cosa?
— ¿Te tranquilizas y me dejas que te lo explique?
— Te doy un minuto, luego llamo a la policía.
— ¿Y qué le vas a decir? ¿Que un contenedor de basura se ha comido a tu novio? ¿Te das cuenta que te tomarán por loco?
— ¿Cómo es que puedes hablar?
— No lo sé. El otro día un tipo llegó corriendo y me tiró unas cuantas mierdas químicas. Me debieron sentar fatal porque desde entonces tengo la capacidad del raciocinio y la del habla.
— ¡Pero tienes vida!
— ¡Y tú también, qué raro! ¿No te das cuenta de que tú y yo estamos compuestos de materia orgánica y en nuestro interior se producen complejas reacciones químicas? 
— ¡Qué raro eres! Eres capaz de argumentar como un científico.
— No solo eso. Te puedo garantizar que soy un dios.
— ¿Un dios?
— Sí, el dios de los contenedores de la basura. Soy un ser superior sobre el resto de contenedores de este planeta.
— Hombre, visto así…
— Mira Ramón…
— ¿Cómo sabes mi nombre?
— Iván, tu novio, me lo ha dicho. Me ha pedido que te diga que desea que te unas con él en mi interior.
— ¿Me quieres comer? ¡Voy a llamar a la policía!
— ¡Detente! ¡No te voy a comer! Si tú no quieres. Yo solo te digo que Iván lo tuvo muy claro. Mi panza es inmensa, mucho más grande de lo que parece desde fuera. Allí tendréis todo lo que necesitéis. Comida, cobijo, intimidad… Y si un día lo queréis dejar, pues nada, me lo decís y tan amigos. Nadie os molestará, te lo aseguro. Vosotros no os merecéis las miradas de desprecio de esos homínidos que tienen más pelos en el culo que neuronas en el cerebro. ¿Para qué sufrir malos ratos cuando aquí podéis estar tranquilos todo el tiempo que queráis? Nadie os mirará mal, ni hablará a vuestras espaldas. Yo sé lo que es ser rechazado, en mi caso por mi olor y mi condición de recipiente de desechos.
— Odio sus cuchicheos.
— Dan asco.
— Y sus miradas impertinentes.
— Sí, son tan imbéciles que se te quedan mirando fijamente, como si fueran invisibles.
— Es una sociedad de mierda.
— Tú lo has dicho. Yo os puedo proporcionar un paréntesis de paz y vosotros llenarlo de amor.
— Nos podremos besar.
— Y coger la mano.
— Sí, sin que nadie nos insulte.
— Libres de las miradas de los necios.

— ¿Y podemos salir cuando queramos?
— Solo tenéis que pedírmelo y en un periquete estáis de vuelta.
— Pues allá voy.  Abre la boca.
— Cuidado no te hagas daño al caer dentro.
— ¡Iván! ¡Ya voy!
— ¡Ñam, ñam!

…

— ¡Al monstruo, al monstruo!
— ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?
— Te has comido a ese chico! ¡Voy a llamar a la policía!
— ¡Tiene una explicación! Dame solo un minuto y te lo explico. ¿Te he dicho ya que soy un dios?

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor, Religión, Social

El cácaro

18 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 

– ¡Cácaro! ¡Cácaro! – Se oyen los gritos de pánico. Todo está oscuro.
– ¡Cácaro! ¡Chingada! ¿A qué le tiras, compadre? – insiste la voz.

El salón se ilumina y la claridad  nos presenta a un Lucio confuso, la butaca dónde está sentado y delante suyo una gran pantalla. Al fondo del habitáculo una puerta se abre y aparece en escena un hombre alto y de panza descomunal. Su camisa, que alguna vez quizás fuera blanca, parece el uniforme de un cocinero incompetente, llena de lamparones como la paleta de un pintor;  le va tan  pequeña que es incapaz de esconder a un ombligo desesperado por saltar y huir  lejos de allá. Los tejanos, arrugados y empujados hacia el suelo por la fuerza de la obesidad, capitularon mucho tiempo atrás  y flotan  tan por debajo de los calzones que hasta la carne de los muslos se nos muestran desvergonzados. Asunto aparte son los dientes de tal esperpento, podridamente negros del tabaco y el alcohol, los de arriba y los de abajo, que ya no se sabe cuáles son los unos y cuáles los otros. En su manaza agarra la llave con la que ha abierto la puerta.

Lucio no sabe si está soñando. Él se encontraba tan tranquilito, paseando bajo la luna llena por las calles de Tecomán; un chavo se le había acercado a pedir lumbre, y mientras él buscaba su mechero por los bolsillos de sus pantalones, algo pasó. Todo se hizo oscuro y de repente apareció en aquel cine minúsculo.

– ¡Ya voy, compadre, ya voy! –exclama el esperpento.
– ¿Eres el operador? ¿El cácaro?
– Po..po..po sí, soy yo, sí, yo.
– ¿Y qué pasó? Yo estaba en la calle, me pidieron fuego y..¡Aparecí acá! ¡En este cine a oscuras!  ¿Cómo es posible? ¿Me secuestraron? ¿Eres  mi  secuestrador?
– No, no, tranquilo, no eeee..no soy un secuestrador. Yo solo soy el cácaro, el encargado de proyectar las películas.
– ¿Qué películas?
– Pu, pu, eeee..las películas de la vida, sí, eso, de la vida.
– No entiendo ni verga. ¿Qué me cuentas?
– Eeee..po..po..po que este es el cine de la vida. La gente que hay acá es la que vive la vida  ¿Lo comprendes ahora?
– ¿Me chacoteas, huevón?
– ¡No, noooo! Mira, ven conmigo compadre, ya verás.

El hombre empieza a caminar hacia la salida y Lucio le sigue. Salen a un pasillo larguísimo, infinito, con incontables puertas a cada lado, separadas a una distancia de un metro unas de otras. El pasillo está tan inclinado hacia la derecha que a Lucio le cuesta mantener el equilibrio. Bajo sus pies se extiende por todo el corredor, hasta donde llega su vista, una inmensa moqueta que apesta a humedad.

– ¿Pero qué es esta chingada?
– Son…son… ¡Son vidas! En cada sala de estas se proyecta una vida. ¡Mira, mira!

Intenta abrir una de las puertas pero no cede, debe estar oxidada. Al final, el cácaro la abre a lo buey. Se introducen en una sala como en la que apareció Lucio. Hay una mujer sentada en la única butaca. La sala está a oscuras, únicamente iluminada por la luz de la pantalla, que muestra una película rodada en plano subjetivo. La cámara se acerca a un espejo que refleja a la misma mujer que está sentada allá.

– ¡Hija de la gran chingada! ¡Se está viendo a ella misma! ¿Cómo es posible? ¿Dónde estamos?
– Te lo dije, compadre. Estás en el cine de la vida.
– ¿Y qué pasa cuando acaba la película?
– Po..po..que desaparecen los espectadores.
– ¿Y por qué yo estoy ahorita acá?
– Po..po..po no sé. Es la primera vez que pasa algo parecido.
– ¿También aparecemos de repente?
– También.
– ¿Cómo?
– Po..po..po de la misma manera que…
– ¡Que desaparece, sí, lo sé, huevón! ¿Me refiero cómo puede pasar que aparezcamos y desaparezcamos así, sin más? ¿Lo sabes?
– Po..po..po no.
– Pero ¿quién eres tú?
– ¿Yo? El cácaro.
– ¿Tú pones las proyecciones?
– Sí.
– ¿Cómo?
– Po..po..po voy recorriendo todas las salas y coloco en el proyector  la cinta que me encuentro. Después de recorrerlas todas vuelvo a empezar. Siempre que entro en una sala no hay nadie, pero cuando salgo, hay un bebé sentado.
– ¿Me estás diciendo que el espectador crece mientras dura la película?
– Eee…sí, eso.
– ¿Y alguna vez has visto desaparecer a alguien?
– Eee, no se lo digas a nadie.
– ¿A quién se lo iba a decir?
– No sé.
– ¿Qué viste, wey?
– Entré en una sala donde no había acabado la película, iba a salir y esperar pero, de pronto, la pantalla se oscureció y la luces se apagaron. Cuando encendí de nuevo la luz, ya no había nadie en la butaca.
– ¿Y por qué yo no he desaparecido?
– Po..po..no lo sé.
– Pero si se ha apagado la luz, quiere decir, que he muerto. ¿Cómo?
– No lo sé.
– ¿No podemos volver a poner la cinta?
– ¡No, no! Tu cinta también debe haber desaparecido.
– Si yo no he desaparecido podría ser que aún estuviera en la sala.
– Eeee, pues no sé.
– ¡Tenemos que averigüarlo!

Sin embargo, cuando se dirige a su sala, Lucio se detiene en la puerta vecina. No sabe por qué, algo intuye y por eso le arrebata al cácaro por sorpresa la llave maestra que este tiene agarrada en su flácida mano izquierda, entrando veloz en el habitáculo. En la pantalla dos pinches discuten, forcejean por una cartera. Lucio primero reconoce a uno de los tipos, es el que le pedía lumbre. Luego se reconoce a sí mismo, tirado en el  suelo junto a ellos, muerto, con la cabeza reventada de una pedrada. La rabia le quema por dentro.

– ¡Hijos de la gran chingada!

A su lado, sentado en una butaca, tiene al otro tipo, el que lo ha asesinado por la espalda. Está mirando la pantalla fijamente sin hacer caso de la presencia de Lucio. Este comienza a emprenderla a puñetazos con él. Le golpea con ambos puños, una y otra vez, con toda su fuerza, hasta que ya no puede más. Ni se ha inmutado, el de la sala sigue mirando la pantalla, y el de la pantalla sigue discutiendo con su compadre por la cartera.

– Eee..no puedes hacerles daño.
– Algún día tendrá que despertar. Ojalá yo pudiera estar en tu lugar y esperarle aquí hasta ese día.

Abandonan la sala y entran en la estancia de Lucio, en la pequeña sala de máquinas del cácaro. En el proyector no hay nada.

– ¡Joder! ¿Por qué estoy aquí?  ¿No puedo hablar con tu jefe?
– No tengo mero mero.
– Pero alguien tendrá que decirte como manejar esto.
– Nadie me ha dicho nunca cómo hacerlo.
– ¿Nunca?
– Eee…desde que tengo memoria.
– ¿Y no has tenido tu propia vida?
– No lo sé, no lo recuerdo. Solo recuerdo ser cácaro.
– ¿No serás Dios?
– No sé, quizás.
– Si fueses Dios serías inmortal. Eso explicaría por qué  no te acuerdas de toda  tu vida, debe ser muy larga.
– Po..po.. quizás si que sea eeee…eee….eee….
– ¿Qué sucede?
– Arggggg
– ¿Te ahogas?
– Argggg
– ¿Qué te pasa?

El cácaro cae K.O. al suelo, dando un golpe tremendo que hace temblar todo el estudio. Está muerto. Al lado de su mano está la llave maestra. Lucio la mira unos segundos, o unos minutos, quizás horas. Luego la coge y se dirige a la siguiente sala. Está vacía pero encima de la mesa del cácaro hay una película que Lucio introduce en el proyector. Al comenzar la proyección aparece de repente un bebé en la butaca de la sala. Lucio entonces sale y se dirige a la siguiente puerta, y así seguirá toda una eternidad hasta que llegue su relevo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, México, Realismo-mágico

Piel

11 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

– Perdóname, tienes razón. Sólo que …
– Sólo que tú pensabas que con el tiempo cambiaría de parecer, ¿verdad?
– Sí.
– Sabes que… Deberías saber que… ¡Tendrías que saberlo!
– ¡Sí, sí, lo sé! ¡Pero yo también tengo derecho a tener ilusiones! ¿O no? Durante años he sido paciente, esperando que llegara el momento en que me dijeras que estabas preparado.
– ¡No es justo! Te avisé antes de que habláramos tan siquiera de matrimonio, te pregunté si podrías vivir con ello. Sabías que nunca podríamos plantearnos tener hijos.
– Pensé que «nunca» sería unos años.
– ¡»Nunca» es nunca! ¿Lo entiendes? ¡Nunca!
– ¡No me grites así! ¡No me lo merezco!
Silencio.
– Perdona.
– ¿Te vas ya?
– Tengo que volver al trabajo.
– Es en lo único en lo que piensas.
– No es cierto. Sabes que no es cierto.
– Te quiero…
– Y yo a ti.
– ..pero no sé si podré soportarlo. Lo tienes que entender.
– Lo entiendo. Aún eres joven.
– ¿No lucharás por nuestro amor?
– Sí. Te quiero.
– ¿Por qué no quieres tener hijos?
– Tengo que marchar.
– ¿Es porque eres policía? ¿Tienes miedo de lo que te pueda pasar?
– No es eso.
– No sé que trabajo haces allí, no sé lo peligroso que es, nunca me lo dices. Pero sea lo que sea, no podemos vivir siempre con miedo al futuro.
– Es más complicado que eso.
– ¿Por qué más complicado?
– Ahora no puedo…
– ¿Por qué más complicado?
– … tengo que marchar.
– ¿Por qué?
Se fue sin mirar atrás, dejándola sola y hundida. Pero él no sintió pena. Le había dicho que él no quería tener hijos, que no podía. Ella le preguntó por qué, pero él no se lo quiso decir. La verdad era demasiado dolorosa, a menudo ni él mismo era capaz de soportarla. Alguna vez llegó a presionar el cañón de su arma reglamentaria contra su propia sien, pero en el último momento no se atrevió a poner fin a aquella locura por ella, porque no tenía ninguna culpa. El problema no era su esposa  sino su trabajo.
Llegó a las oficinas del departamento de policía, cruzó los largos pasillos y bajó dos plantas subterráneas para adentrarse en aquel bunker que era su casa. En la sala había tres ordenadores, dos compañeros más miraban en silencio las pantallas con gesto adusto, concentrados en lo que observaban. Él se sentó en su puesto, conectó su pc y entró en la aplicación que presentaba las imágenes con las que trabajaba. Se mostraban las fotos y videos, con los datos referentes a su envío: correos electrónicos, servidores, usuarios y redes sociales.
Cinco años llevaba mirando día tras día esas imágenes, intentando descubrir quién estaba detrás de cada una de ellas. Curas, profesores, informáticos, famosos, incluso mujeres, aquellas que se supone que deberían ser más sensibles a todo aquel material, ni siquiera ellas se libraban. Ningún grupo social se libraba de la enfermedad del mal. Cualquiera podía ser culpable de traficar con las imágenes de niños y niñas vejados. Y él los hubiera matado, sin pestañear. Esas bestias le habían convertido en lo que era, en una persona que no creía en el futuro, con la piel dura como el cemento, incapaz de sentir piedad por aquellos criminales que escondían su perversión bajo máscaras de seres amables, a menudo queridos y admirados por la comunidad.
Pero a ella nunca le había confesado su verdadero trabajo, hubiese tenido que hablar de todo ello, vomitar toda la mierda que se veía obligado a ver, que él mismo se obligaba a ver, con el objetivo de descubrir a esos malnacidos. No le quedaba más remedio que endurecer su piel para soportar tanto sufrimiento, para evitar volverse loco, y seguir desenmascarando a esas bestias aunque el precio fuese su propia vida.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, novela-negra, paronomasia

La bala que no oiga llegar

4 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

«Allahu akbar» Mientras grito la takbir, me dispongo a abandonar este mundo como un mártir. En el mismo momento en el que oigo los disparos siento decenas de zarpazos de dolor sobre mi cuerpo. No me da tiempo ni de cerrar los ojos. Quizás, de haberlo hecho, podría volverlos a abrir en la Yanna, rodeado por un grupo de huríes sonrientes y dispuestas a servirme eternamente.

Sin embargo, no los he cerrado, y en una fracción de segundo paso de estar agonizante, entre unos viñedos, a regresar a las Ramblas. Pero no son las Ramblas. Todo ha cambiado. No hay colores, es un mundo en blanco y negro…y vacío, a excepción de un niño agarrado a su osito de peluche y que llora en medio del paseo, a unos cien metros de distancia. Los dos somos las únicas notas discordantes de color en este escenario monocromático. Los gemidos del pequeño rompen el silencio sepulcral de este lugar siempre tan concurrido. Ni siquiera corre una gota de aire. Puede que esté soñando con que me he introducido en la escena de una foto antigua.

Camino hasta el pequeño sin escuchar el sonido de mis zapatos. Me agacho a su lado y le pregunto dónde están sus padres. No me contesta, sigue gimiendo. Sus ojos me miran con miedo. Quiero decirle que no debe temerme, que no le voy a hacer ningún daño, pero cuando alargo el brazo el niño observa que la mano que le ofrezco está empapada de sangre que no es mía. Aún así, él acepta mi ayuda y se pone en pie. Sus lloros se van apagando poco a poco hasta que, en completo silencio, los dos continuamos cogidos de la mano en dirección a la estatua de ese descubridor que con su dedo apunta hacia la tierra de donde vendrán los que juraron acabar con los infieles.

Pienso en mi imán, Abdelbaki, en sus palabras.

«¿Qué sentido tiene tu miserable existencia si no es el de hacer cosas importantes? ¿Quién se acordará de ti si mueres como un cordero? Venimos al mundo con un objetivo, Youness. El tuyo y el mío es el de convertirnos en mártires de Alá y tener un lugar de privilegio en la Yanna.«

¿Dónde está él ahora? Espera, quizás sea esa figura oscura de ahí delante. No, no lo parece, este personaje es mucho más alto. Al acercarnos puedo distinguir que lleva un hábito negro, como si fuera un fraile, con una capucha que oculta su rostro. En su mano derecha lleva una guadaña. Nos espera justo encima de donde abandoné la furgoneta, sobre el mosaico de colores vivos, ahora blanco y negro. Puede que sea uno de los mimos de las Ramblas. Su disfraz es tan bueno que ha conseguido ponerme la piel de gallina. Al llegar a su altura, quiero pasar de largo pero interpone su guadaña en mi camino. Su voz grave y poderosa retumba por toda la rambla. No es una voz masculina, tampoco femenina. No es una voz joven, tampoco anciana.

– ¿Dónde crees que vas, Youness?
– Estoy ayudando a este niño a encontrar a sus padres.
– Él se queda aquí. Su alma no puede abandonar las Ramblas.
– ¿Por qué?
– Porque tú le mataste.
– No puede ser.

Siento como la mano del pequeño ya no me agarra, me giro hacia él para ver cómo también se ha convertido en una foto en blanco y negro que se desvanece poco a poco. Sus ojos me miran confusos, sin odio, sin miedo, solo con una pregunta en ellos: «¿Por qué?»

– No te preocupes en contestar lo que no sabes.
– Yo no quería matar niños.
– Lo hecho, hecho está. Al fin y al cabo, dentro de cien años nadie se acordará de ti, como tampoco nadie se acuerda ya de otros asesinos que sembraron de sangre esta ciudad. No eres más que una pieza en un engranaje que nunca entenderás. Ni siquiera eres consciente de que una bala acaba de matarte.

A la Muerte le dan igual mis respuestas, mis sueños o mis ideales. A Ella solo le importa una cosa: hacer bien su trabajo. Me derrumbo sobre mis rodillas a sabiendas de que no iré a la Yanna, que jamás sentiré las caricias de las huríes. Me dispongo a desaparecer comprendiendo que mi muerte y la de mis víctimas ha sido un completo absurdo.

Mientras la guadaña cae sobre mi, me doy cuenta de que su hoja es la bala que no he oído llegar.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Absurdo, Castellano, muerte, Ramblas, Terrorismo, Yihad

La bala que no senti arribar

4 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

«Allahu akbar!» Mentre crido la takbir, em disposo a abandonar aquest món com un màrtir. Al mateix moment al que sento els trets me n’adono de  desenes d’urpades de dolor sobre el meu cos. No tinc temps ni de tancar els ulls. Potser, d’haver-ho fet, podria tornar-los a obrir a la Yanna, envoltat per un grup de huríes somrients i disposades a servir-me eternament.

Malauradament no els he tancat a temps i en una fracció de segon passo d’estar agonitzant, entre vinyes, a tornar a les Rambles. Però ja no són les Rambles. Tot ha canviat. No hi ha colors, és un món en blanc i negre…i buit, a excepció d’un nen agafat al seu osset de peluix i que plora enmig del passeig, a uns cent metres de distància d’on sóc.  Tots dos som les úniques notes discordants de color en aquest escenari monocromàtic. Els gemecs del petit trenquen el silenci sepulcral d’aquest lloc sempre tan concorregut. Ni tan sols corre una gota d’aire. Pot ser que estigui somiant que m’he colat a l’interior d’una foto antiga.

Camino fins al petit, sense escoltar el so de les meves sabates. M’ajupo al seu costat i li pregunto on son els seus pares. No em contesta, segueix gemegant. Els seus ulls em miren atemorits. Vull dir-li que no ha de tenir-me por, que no li faré cap mal, però quan allargo el braç el nen observa que la mà que li ofereixo està plena de sang que no és meva. Malgrat això, accepta la meva ajuda i es posa en peus. Els seus plors es van esmorteint a poc a poc fins que, en complet silenci, els dos continuem agafats de la mà en direcció a l’estàtua d’un descobridor que des de fa segles, apunta amb el seu dit cap a la terra d’on vindran els que van jurar acabar amb els infidels.

Penso en el meu iman, Abdelbaki, en les seves paraules: «Quin sentit té la teva miserable existència si no és el de fer coses importants? Qui  se’n recordarà de tu si mors com un xai ? Tots venim al món amb un objectiu, Youness. El teu i el meu és el de convertir-nos en màrtirs d’Al·là i tenir un lloc de privilegi a la Yanna.»

On és ell ara? Espera, potser sigui la figura fosca d’allà davant. No, no ho sembla, aquest personatge és molt més alt, un gegant. En acostar-nos puc distingir que porta una túnica negra, com si fos un frare, amb una caputxa que oculta el seu rostre. A la seva mà dreta porta una dalla. Ens espera just al lloc on vaig abandonar la furgoneta, sobre el mosaic de colors vius, ara blanc i negre. Pot ser que sigui un dels mimos de les Rambles. La seva disfressa és tan perfecta que ha aconseguit posar-me la pell de gallina. En arribar a la seva alçada , vull passar de llarg però interposa la seva dalla en el meu camí. Una veu greu i poderosa retrona per tota la rambla. No és una veu masculina ni tampoc femenina. No és una veu vella ni tampoc jove.

– On creus que vas, Youness?
– Estic ajudant a aquest nen a trobar als seus pares.
– Ell es queda aquí. La seva ànima no pot abandonar les Rambles.
– Per què?
– Perquè tu el vas matar.
– No pot ser.

Ja no noto la mà del petit, em giro cap a ell i observo com ha perdut el color i el seu cos en blanc i negre s’esvaeix poc a poc. Els seus ulls em miren confusos, sense odi, sense por, només amb una pregunta: «Per què?»

– No t’esforcis a contestar el que no saps.
– Jo no volia matar nens.
– No et preocupis. Al cap i a la fi, d’ aquí a cent anys ningú se’n recordarà de tu, com tampoc ningú ja recorda als altres assassins que van sembrar de sang aquesta ciutat. No ets més que una peça en un engranatge que mai entendràs. Ni tan sols ets conscient de que fa una mil·lèsima de segon, una bala t’acaba de matar.

A la Mort poc li importen els meus arguments, els meus somnis o els meus ideals. A Ella només  li importa una cosa: fer bé el seu treball. M’agenollo davant la seva figura  sabent ja que no aniré a la Yanna, que mai sentiré les carícies de les huríes, que la meva mort i la de les meves víctimes ha estat en va.

Mentre la dalla cau sobre el meu coll, me n’adono que la seva fulla és la bala que no he sentit arribar.

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En vivo entre muertos

25 julio, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 

Si me pudieras ver en este momento te preguntarías “¿Qué narices hace este tipo a todo gas con su Harley, en medio de un desierto en una noche sin luna, perseguido por un millón de criaturas infernales? ¿Y cómo puede estar tan tranquilo? ¡Si parece que disfrute!”. Pues no, no estoy disfrutando, estoy cagado porque no sé dónde voy, solo sé dónde no quiero volver, y si me pilla esa horda que me persigue, no es que esté muerto, estaré jodido, muy jodido. ¿Y por qué? Pues te lo voy a explicar mientras conduzco como un suicida por esta carretera oscura, llena de baches traicioneros.

Todo empezó en un garito donde acababa de tocar con los Sin City, el  grupo cover de AC/DC con el que me lo paso bien y gano unos dinerillos. Yo soy el cantante, Frank, encantado de conocerte aunque sea en esta situación tan chunga. Pero antes de continuar, te voy a preguntar algo: ¿Qué pensarías si vieses un fantasma? ¿Que nunca has visto ninguno? Pues te diré yo lo que ocurre.

Lo primero que se te pasa por la cabeza es, “¡Joder, qué mal estoy!”. Sí, así es, le echas la culpa al alcohol –aunque bebas poco para cuidar la voz-, a las drogas –aunque la única que te metas sea ibuprofeno por un tubo-, al calor dentro del garito o a que el tarro ya no está para tanto ajetreo. Piensas que quizás es el momento de dejar el rock y pasarte a los boleros -ni de coña-. Entonces te aproximas un poco más a aquella mesa oculta entre sombras de las miradas indiscretas. Te acercas y curioseas porque tu salud mental está en juego. Tus ojos se esfuerzan por dar una explicación física que no llega, y después de un par de minutos de observación asumes que realmente estás viendo un fantasma. Lleva la misma chaqueta tejana y el mismo pelo rizado y negro como el carbón que cuando estaba vivo. Por no hablar de esa mirada de loco, que parece que los ojos se le van a salir de las cuencas. También te preguntas cómo es que no está podrido después de casi cuarenta años en el hoyo. Obsesionado, al final haces la prueba del algodón: te paras delante del tal espíritu y le preguntas directamente para salir de dudas.

– ¿Quién coño eres?

Su sonrisa de loco te confirma que delante de tus narices tienes al fantasma de Bon Scott, el que fuera cantante de AC/DC, hasta que falleció ahogado con su propio vómito en una fría noche de febrero de mil novecientos ochenta – lo podéis consultar en la wikipedia como he hecho yo-.

– ¿Un trago?
– ¿Cómo es que hablas mi idioma?
– Los espíritus no hablamos, no lo necesitamos.
– ¿Qué haces aquí?
– ¡Guapa, tráeme un par de vasos de Old Jameson! ¿Te gusta el whiskey irlandés, Frank?
– ¿Sabes mi nombre?
– En mi mundo nos aburrimos mucho, Frank, así que curioseamos en vuestras vidas. Lo sé todo sobre ti, amigo. Por supuesto, también sé que suplantas mi identidad. No, no creas que he venido a reclamarte derechos de autor o mierdas parecidas, total, yo ya estoy muerto, ¿no? ¡Venga, no pongas esa cara! ¡Es broma! ¡Te estoy vacilando! Estoy en tu mente, tío, por eso no puedes tener secretos para mí.
– ¿Eres mi subconsciente? ¿Esto es un sueño?
– Es más complicado, soy un fantasma que se te presenta en una especie de sueño pero de consecuencias muy reales. Algo así como las pesadillas de Freddy Krueger.
– ¿A qué te refieres? ¿Qué va a suceder?
– Mira Frank, tú y yo sabemos que me debes un favor, un gran favor, ¿verdad? ¿Qué sería de tu vida si yo no me hubiese cruzado en tu camino? Sí, lo sé, también le debes algo al cachondo de Vince, pero tu grupo de tributo a mi persona, Sin City, es mucho más importante que tu “parodia” de Motley Crüe, por cierto, ¿cómo se llama? ¿Doctor Crüe? No digas que no tengo razón. Por lo tanto, lo mires como lo mires, me debes un favor.
– Y suponiendo que tengas razón, querrás que te lo agradezca de alguna forma, ¿no? ¿Qué quieres? ¿Una misa de réquiem?
– Sabía que eras un cachondo pero me estás sorprendiendo con tu chispa. Yo también soy muy divertido, o eso decían de mí, me encanta reír. ¿Una misa? Sí, se podría decir que en cierto modo has acertado. Una misa de rockeros, un concierto.
– ¿Quieres que el grupo te dedique un concierto?
– No, quiero que tú actúes en un festival. El grupo te lo pongo yo.
– ¿Qué festival?

Justo en ese momento llegan los whiskeys, servidos en bandeja por una camarera de escote amplio, falda corta y extremidades largas como los solos de Yngwie Malmsteen. Bon echa un vistazo lascivo al trasero de la chica al marcharse y a continuación levanta su vaso para brindar.

– ¡Por nuestro trato!
– ¡Si aún no me has explicado nada! –replico-.
– ¿Qué más quieres saber? – me pregunta con un gesto de cansancio.
– ¿Qué festival es ese?
– Un festival en el Infierno. Una especie de concurso anual de músicos de tributo.
– ¿Para qué quieres que cante por ti?
– Porque el que gana consigue para su representante un premio.
– ¿Tu eres mi representante?
– Exacto
– ¿Y cuál es ese premio?
– Eso a ti no te incumbe.
– ¿Y yo qué gano?
– Mi inestimable ayuda.
– ¿Para qué?
– Para alcanzar la fama.
– ¿Y si pierdo?
– No perderás.
– ¿A qué te refieres?
– Confía en mí, sé que vamos a ganar. Y si por alguna razón improbable perdieses, bueno, te devuelvo a tu mundo y tan contentos. Te llevarías la experiencia de haber cantando para miles de almas en el Infierno.
– Viéndolo así…
– ¿Entonces, qué? ¿Brindamos?
– ¡Salud!

Apuro el trago con los ojos cerrados. Cuando los abro, Bon Scott, bueno, su fantasma, ha desaparecido. Me levanto para irme pero una mano sobre mi hombro me obliga a permanecer sentado. Se trata de una chica guapísima de unos veinte años, con el estilo glamouroso de los ochenta. Ya sabéis, pantalones ajustados, melena rubia de leona y un chaleco de cuero muy molón.

– ¿Qué quería el viejo? – me pregunta sin preámbulo alguno.
– ¿Bon?
– ¿Qué quería?
– Que cante para él en un concierto.
– ¿Y lo vas a hacer?
– Aún no sé cuándo será.
– ¿Y puedo convencerte para que cantes por mi?
– ¿Qué pasa hoy? ¿Quién eres tú?
– Alguien que te necesita. Me gustaría que cantases un par de canciones de Motley Crüe en ese festival.
– No puedo, no rompo pactos y menos con el fantasma de Bon Scott.
– ¡Tú no lo entiendes! ¡Él no lo necesita tanto como yo!
– ¿Necesitar qué?
– ¿No te ha dicho cuál es el premio?
– No.

Suspira y toma aire para hablar. Mientras tanto, yo me pregunto de dónde  ha salido este ángel.

– Cada año terminado en seis se hace este festival, el sexto día del sexto mes. Al que gana le conceden un día para regresar al mundo de los vivos. Te dan veinticuatro horas para emborracharte, para divertirte, para amar o matar, para lo que quieras.
– ¿Y por qué lo necesitas más que él?
– Porque él ya ganó en otra ocasión..
– Aún así no puedo ayudarte.
– Sí que puedes. Si no puedes cantar, al menos déjame los Doctor Crüe.
– Por mí de acuerdo, no soy su dueño. ¿Pero qué harás sin cantante?
– De eso no te preocupes. Debemos marchar ya.
– ¿Dónde?
– Al festival.
– ¿Ya? ¿No quieres tomar una copa, antes?
– No hay tiempo. Sígueme.

Le sigo entre la multitud que se aglomera en la pista. En el escenario, está actuando un grupo cover de The Police, creo que se llaman Masoko Tanga, no lo hacen nada mal aunque las pelucas rubias les da un cierto tono cómico que desvirtúa su calidad real. Su versión de So Lonely es muy buena. La gente comienza a saltar y gritar el estribillo de manera salvaje, me tengo que abrir paso a codazos. Sin embargo la chica esquiva con gran agilidad todos los obstáculos que se encuentra. Me cuesta seguirle. Al final salgo del garito, la chica me espera subida a mi Harley. A mi mente, embotada por un simple trago de whiskey, le cuesta procesar la información. Ella se baja de la moto y me indica que monte yo.

– Sigue ese camino. Yo tengo que ir a seleccionar el personal. Nos vemos al final de la carretera.

Hago lo que me dice, aunque no tengo claro por qué. No recuerdo haber bebido tanto como para sentirme tan confuso. Ni siquiera sé por qué cojo la moto en este estado, es peligroso. Me subo a la burra y tiro millas por la carretera tal y como me ha ordenado la chica misteriosa. Es todo desierto, y donde acaba este solo hay oscuridad. Tras lo que me parecen varias horas conduciendo, miro la aguja del depósito, no ha bajado desde que salí del garito ¿Cómo es posible? Debería estar casi vacío. Sigo conduciendo sin cruzarme con gasolineras, vehículos, viviendas o personas. Siempre el mismo desierto,  los mismos cactus, las mismas montañas peladas pero nada más. De repente me doy cuenta de que me fui del garito sin decir adiós a mis compañeros de Sin City, ¿estarán preocupados por mí?

En la lejanía aparece una muralla colosal que llega hasta la oscuridad del cielo. Recuerdo haber leído sobre ella en alguna parte. ¿Será posible realmente que haya llegado hasta las puertas del Infierno? ¿Cómo narices lo he hecho? Comienzan a abrirse cuando aún estoy a un par de kilómetros. El ruido que hacen es ensordecedor. En la misma boca del Averno -perdonadme el vocabulario romántico pero no podía aguantarme- me espera el bueno de Bon Scott. Aparco la Harley al lado de las puertas de la muralla. Bon me guía entre edificios grises en ruinas hasta lo que parece un inmenso anfiteatro. Accedemos a él y después de recorrer unos cuantos pasillos llegamos a un escenario tapado. Allí están mis colegas de Sin City esperando de pie, en silencio, con los ojos cerrados. Están aletargados, creería que están muertos si no fuese porque están de pie.

– ¿Cómo los has traído hasta aquí?
– No están aquí. Lo que ves son sus almas atrapadas en el sueño.
– ¿Y yo también estoy en un sueño?
– Ya te lo dije. Más o menos. Os toca salir a actuar.
– ¿Pero qué vamos a cantar?
– Whole lotta Rosie.

Se apagan las luces, se sube el telón y poco a poco tomo consciencia de dónde estoy. Realmente es un anfiteatro salido de una película de romanos o griegos clásicos. A la izquierda del escenario, en las primeras filas, hay sentados tres personajes que consigo identificar : John Bonham, Cliff Burton y Dimebag Darrell. A la derecha, justo el lado opuesto a estos, hay otros tres mártires célebres del rock duro: Ronnie dio, Phil Lynnot y Randy Rhoads. ¿Y en medio, qué hay? Pues allí hay una masa más oscura que la más oscura de las noches, de la que constantemente surgen rostros y extremidades gritando, empujando una membrana elástica irrompible, intentando en vano huir de la oscuridad que los contiene. No os podría decir el tamaño de ese ente, pequeño, grande, infinito. Una palabra le define: LEGIÓN.

De repente José despierta de su letargo y arranca uno de los riffs más famosos de Angus Young, y yo, en estado de trance, me dejo llevar y canto con toda mi alma  «Wanna tell you story, about woman I know, When it comes to lovin’, She steals the show…«. De la masa oscura surgen miles de gargantas que gritan “Angus” “Angus” y yo me excito tanto que la piel de gallina se queda corta. Comienza el solo de guitarra de José y yo me pongo a su lado, vibrando con cada nota que me golpea como un martillo el yunque. «Whole lotta woman!, whole lotta woman!, whole lotta Rosie!«. Terminamos la canción en lo que dura un suspiro, se me ha hecho muy corta. Ha sido brutal. El telón se cierra y desde fuera llega una gran ovación que pronto es sustituida por el rasgar de otras cuerdas de acero. Es Motley Crüe, supongo que su cover, «Doctor Crüe». Maldita coincidencia. Las almas de Legión comienzan a corear un nombre «Skylar, Skylar». Skylar se llamaba la hija de Vince Neil, el cantante de Motley Crüe, la que murió de un cáncer a los cuatro años de edad. ¿Podría ser que…? ¿Pero por qué está en el Infierno? ¿Por eso quería competir? Se escuchan los acordes metaleros de «Kickstar My Heart» a todo trapo. Mi cuerpo vuelve a emocionarse al oír lo bien que suena esta canción con mi grupo, ahora dominado por la tremenda voz de esa chica. «Oh, yeah, Kick start my heart, hope it never stops, Ooh, yeah, beiiiiiby«. Tengo a Bon Scott a mi lado, observando mi reacción. Cómo me gustaría verlos, pero el telón se cerró y es como si estuviera en otra dimensión distinta.

– ¡Qué voz! ¿Verdad? – me dice el fantasma.
– ¿Es su hija?
– ¿La de Vince? , sí.
– ¿Pero cómo puede ser que haya crecido en el Infierno?
– No ha crecido, es lo que tú quieres que veas. En el mundo de los vivos confiáis plenamente en vuestro sentido de la vista, pero lo que tus ojos ven es manipulado por el cerebro. Ves lo que tu cerebro quiere que veas.
– ¿Sólo es una ilusión?
– Es real como la vida misma, o como la muerte, lo que tú prefieras. Pero cómo lo interpretas, es cosa tuya.

Termina la canción y Legión grita extasiado. Ahora les tocará a otro tributo, no sé si de Led Zeppelin o los Kiss. Al final, los seis espectadores repartidos por los laterales son el jurado. Ellos eligen los dos grupos cover que llegan a la final ¿Sabéis quienes son los escogidos? ¡Claro que sí! Skylar y yo, Doctor Crüe y Sin City. Cosas del destino.

– ¿Qué pasará con ellos si pierden? – le pregunto a Bon.
– Pues que se irán al infierno.
– Espero que en sentido figurado.

Me mira con esa sonrisa de loco que asusta mogollón. Me la ha metido doblada el muy cabrón.

– ¡Me dijiste que no me pasaría nada, que me devolverías a mi mundo!
– No fui del todo exacto. Quise decir que devolvería tu cuerpo físico. En el peor de los casos para que puedan darle sepultura.
– ¿Y mi alma?
– No vas a perder.
– ¿Y si pierde Skylar?
– Ella ya perdió.
– Déjame un momento.
– ¿Qué vas a hacer?
– Voy a hablar con Skylar.
– No es buena idea. Estará ensayando. Es lo que deberías hacer tú.
– Voy a verla.

Me adentro en un laberinto de pasillos oscuros, solo iluminados por antorchas. Me cuesta encontrarla pero al final encuentro una puerta y detrás de ella la oigo cantar. Parece que tararea una balada. Abro la puerta sin llamar, ella no se sorprende, sigue cantando. Reconozco la balada, es Heatbreak Station de Cinderella.

– Hola Skylar.
– Ya sabes quién soy.
– Necesito que me digas por qué participas.
– Ya te lo dije. No sé ni siquiera lo que es el amor, ni tampoco lo que es divertirse. Quiero poder saborearlo aunque solo sea un día. Y también quiero ver a mi padre, tomarme una cerveza con él. Decirle que no fue culpa suya.
– Ojalá ganes.
– El festival está amañado. ¿No te lo ha dicho tu amigo Bon?
– ¿A qué te refieres?
– ¿Acaso esperabas ver en el infierno un torneo limpio? Está tan amañado como en tu mundo, puede que más. Bon es amigo del jurado, de hecho, él ha sido jurado cuando no ha participado. Entre ellos se turnan para competir y ganar en cada ocasión.
– ¿Y por qué participas si sabes que vas a perder?
– Porque tengo la remota esperanza de que me ayudarás.
– ¿Cómo podría hacerlo?
– Lo sabes tan bien como yo.
– Sería mi condena.
– Solo te puedo dar un consejo: piensa que no es real.

Me da un abrazo y luego me empuja fuera de su camerino. ¿Y ese abrazo no era real? A mí me lo ha parecido. Cuando regreso junto a Bob a mi escenario, comienzo a escuchar los acordes al teclado de Ernesto, las primeras notas de «Home Sweet Home«. En ese momento, una voz de ángel hace callar a las almas en pena prisioneras en Legión. «You know I’am a dreamer…«. Miles de voces de ultratumba corean el estribillo como una única y terrorífica voz, pero a la vez conmovedora. Otra vez estoy con la piel de gallina y deseando salir al escenario para cantar.  Una mano me agarra fuerte del brazo derecho.

– ¿Qué hacías en el camerino de Skylar?
– Me necesitas porque tú, como has sido jurado, no puedes participar directamente, ¿verdad? – contesto mientras me libero de él.
– Cuidado, Frank. Recuerda que hicimos un pacto. Nunca jodas a un fantasma. No lo olvides, Frank, no lo olvides.
– Descuida, Bon.
– Ahora saldréis a tocar Highway to Hell. Más te vale no dar la nota.

Doctor Crüe es despedido del escenario con una ovación, fuerte no, lo siguiente. Nos han puesto el listón muy alto. Salimos los Sin City a escena, mis compañeros de nuevo han tomado vida en el momento de entrar en el escenario. Pero antes de que José pueda tocar la primera nota de su guitarra, yo comienzo a cantar otra canción diferente.

«Somewhere a clock strikes midnight, and there’s a full moon in the sky…»  Es Night Prowler, no sé por qué la canto, me sale del alma. Y entonces José me sigue con su guitarra. Nadie en el público se atreve a romper el silencio sepulcral que nos envuelve a los dos. «I’m your night prowler, asleep in the day, I’m your night prowler, get out of my way«. Mientras canto, pienso que el infierno es una mierda tan grande como el mundo de los mortales. «I’m your night prowler, when you…turn…out...», la música cesa porque yo he parado de cantar, de nuevo ese silencio sepulcral, pero ahora completo. «The lights» susurro, y salgo corriendo del escenario, del anfiteatro, de las murallas de esa ciudad maldita. No me detengo hasta llegar a mi Harley. Allí está Skylar, esperándome con una sonrisa de oreja a oreja. Me subo a la moto y salimos a toda leche por las puertas gigantes del Averno. Ha sido muy fácil…demasiado. Una tormenta de nubes negras nos persigue a gran velocidad. Es Legión, y sus almas gritan  «Vuelve Frank, no nos abandones».

Y aquí estoy, huyendo como alma que persigue el Diablo, solo que el Diablo no existe como un ser único, si no que es un conglomerado de almas condenadas, millones de ellas que vuelan detrás de mí con un único objetivo, castigarme eternamente por mi osadía. Y el primero de todos, Bon Scott, al galope sobre una cabra negra tan grande como un caballo, ¿o quizás es un caballo con cuernos?. Lo observo por el retrovisor, alcanzándome a pesar de que yo ya no puedo darle más gas a mi Harley. Skylar, señala algo delante, en el camino. Bueno, señala nada, porque no hay nada. Es como una especie de barranco oscuro como un pozo sin fondo. Se acaba el desierto. ¿Qué hago? ¿Freno? ¿Salto?

– Skylar, ¿te acuerdas de «Thelma & Louise«?
– ¿Qué canción es esa?
– ¡Agárrate fuerte!

Saltamos al barranco de la nada. Caemos durante no sé cuánto tiempo. Minutos, horas, años. No lo sé.

Despierto en la habitación de un hospital. Una enfermera de unos doscientos años me está tomando el pulso.

– Señor Hinojosa, bienvenido al mundo de los vivos.
– ¿Qué hago aquí?
– Sufrió un coma etílico y sus amigos le han traído al hospital. Ha tenido mucha suerte.
– Yo no bebo apenas.
– Claro. Y yo soy la hermana gemela de Bo Derek.
– No me lo creo.
– ¿Verdad que no?

La enfermera marcha y yo, aburrido, echo un vistazo a mi habitación. Encima de la mesita hay unas flores, y entre ellas cuelga una foto. El esfuerzo para estirarme a cogerla me cuesta un latigazo de dolor en las costillas. La observo. Es una foto de Vince Neil junto a la Skylar que yo conocí en el infierno. Parecen contentos, como si ignoraran que el Diablo no les va a dejar vivir tranquilos. Joder Skylar, al menos me podías haber dejado una caja de bombones.

Por mi parte, me toca esperar aquí estirado a dos visitas más: Primero a mi chica y luego…al bueno de Bon.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: AC/DC, Castellano, Doctor Crüe, Ficción, Infierno, Música, Sin City

Back in Black

19 julio, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

No recordaba nada más que un fogonazo. Al instante siguiente se encontraba en un camino de tierra. A lo lejos se veía una muralla tan alta que alcanzaba las nubes, que en ese punto reflejaban un color rojo intenso como el fuego, mientras que el resto de la bóveda celeste era  tan oscura como el pozo más profundo.

El hombre, con sus ropas de caza empapadas en sangre, caminó hasta llegar a la entrada de aquella enorme muralla. Quizás tardó días en alcanzarla, puede que tan solo fuera un segundo, en aquella dimensión no parecía existir el concepto tiempo. Se detuvo delante de unas puertas colosales, había un pequeño picaporte con la forma de la cabeza de una víbora. Cuando lo agarró, notó como la cabeza se movía bajo la palma de su mano, sintió el dolor repentino de una picadura. Soltó de inmediato la cabeza de la víbora y el ofidio se deslizó hasta el suelo. Donde antes había el picaporte ahora había un pequeño hueco. El hombre miró por aquel agujero y se encontró con otro ojo que le observaba a él. De pronto comenzaron a crujir los goznes de las puertas con tal estruendo que semejaban los truenos provocados por una tormenta brutal. Las puertas se abrieron de par en par y ante aquel hombre, a apenas diez metros de distancia, se alzaba una gigantesca hoguera de San Juan.

De entre el fuego apareció un hombre trajeado, con un móvil en la mano y hablando por unos auriculares bluetooth. Aquel ser era un clon de él mismo pero más joven y arrogante, el personaje triunfador que había logrado el éxito devorando a los que se cruzaban en su camino. Sin embargo, sus pupilas eran rojas como el fuego de las llamas de las que había surgido. Lucía la sonrisa de un cocainómano. Le hizo un gesto con la mano para que esperase su turno. Cuando terminó la conversación telefónica guardó el móvil y rodeó con su brazo al sorprendido huésped, animándole a acercarse a la hoguera.

– Sé bienvenido a la que será tu nueva casa.
– ¿Estoy en el infierno?
– En efecto. Pero no te debes preocupar.
– ¿No? Es que dicen que es un lugar terrible.
– ¿Te acuerdas del dolor de la picadura de la víbora de la puerta?
– Sí.
– Pues sufrirás ese dolor eternamente. Sí, es un lugar terrible. Pero mira el lado bueno, te vas a reunir con muchos amigos.
– ¿Muchos?
– ¡Y los que faltan por llegar! ¿Pero sabes qué es lo mejor?
– ¿Qué?
– Resulta que al “Jefe” le has reportado grandes beneficios. Almas de timadores, ladrones, asesinos y suicidas, principalmente . Por eso ha decidido darte un trato “preferente”.

Y ambas figuras, alma y álter ego demoníaco, se fusionaron con las llamas para siempre jamás.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Corrupción, Humor, Infierno, muerte

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