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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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    • Muerte sin resurrección (Roberto Martínez Guzmán)
    • La arena del reloj – Mayte Esteban
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    • Un cadáver muy frío – Ana Bolox
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Relatos

El último hombre bueno

26 diciembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Al entrar en el edificio me encuentro con la señora María, intentando subir el carrito de la compra, lleno hasta los topes, por las escaleras del portal.

– Permita que le ayude.
– Eres un sol, Salva.
– ¡Uf, cómo pesa! Pero…¡Aquí lo tiene!
– Muchas gracias, joven. ¡Y feliz Navidad!
– Feliz Navidad, señora María.

Así soy yo, siempre dispuesto a ayudar a mis vecinos y a todo aquel que lo necesite. Mi mayor ilusión sería convertirme en el último hombre bueno. Como Santa Claus, que con su magia hace realidad los sueños de las personas. Quizás hoy, por fin, lo conozca. Caliento la cena en el microondas y la como mientras escucho los villancicos que suenan en una emisora de radio. Después, agarro a “Charlie” y me siento en mi mecedora delante de la puerta. ¡Sí, puede que este año aparezca!

Unas horas más tarde, en plena madrugada, se abre la puerta de casa. ¿Será él? ¡Sí, es él! ¡Después de tantos años evitándome! Me levanto y me acerco para saludarle. ¡Qué sorpresa se va a llevar el viejo!

– ¡Hola Santa!
– ¡Eh, uh, hola!
– Te estaba esperando.
– Pues aquí estoy.
– Desde hace veinte años. ¿Por qué no venías?
– ¿Por qué no dejas ese rifle?
– ¿A Charlie? Ni lo sueñes. Desnúdate.
– Soy Santa Claus.
– Y yo tu peor pesadilla.

Le doy un fuerte golpe en la cabeza con la culata. El pobre abuelo cae al suelo inconsciente. No os podéis imaginar lo que me cuesta arrastrar al viejo gordo hasta mi habitación de las torturas. Lo ato a la cama por brazos y piernas. Dejaré que se despierte para disfrutar más.

– ¿Dónde estoy?
– En mi habitación favorita.
– ¿Por qué haces esto?
– Porque cuando tú mueras me convertiré en el último hombre bueno.
– ¿El último hombre bueno?
– Me llevó años matar a todos los demás y hacer desaparecer sus cuerpos.
– ¿Cuántos has asesinado?
– No sé, muchos.
– ¿Por qué?
– Pues porque un día mis padres me dijeron que no me traerías regalos hasta que me portase bien. Los maté por decir eso, pero luego, arrepentido, me porté muy bien, y ese año seguiste sin visitarme. Y el siguiente, y el otro. Entonces pensé que, quizás, si mataba a todos los hombres buenos al final te fijarías en mí, y así ha sido. Al principio te pedía juguetes, luego deseos adultos, pero desde hace tiempo solo quiero ser tú, el más bueno de todos. Y hoy has venido a concederme ese regalo.
– En realidad no te traía nada.
– ¿Entonces por qué has venido a mi casa?
– ¿Sabes que me puedo liberar cuando quiera?
– No puedes hacerlo. Te conozco perfectamente y sé que sólo puedes usar la magia para hacer realidad los deseos que te piden.

De repente una niebla dorada envuelve al viejo durante un instante y, al desaparecer, Santa Claus está de pie delante de mi, desnudo pero libre de ataduras.

– Una mujer llamada Carla, que se ha portado muy bien, me pidió que vengara la muerte de su marido. Él era la mejor persona del mundo, según afirmaba ella en su carta. Por eso estoy aquí.
– No puede ser.
– Yo siempre cumplo los deseos de las personas buenas.
– Pero yo soy bueno, ayudo a la gente, doy limosna, voy a misa…
– Siento decirte, Salva, que no eres bueno.
– Entonces ¿Qué soy? – le grito desesperado.
– Hoy eres el regalo de Carla.

No sé de dónde ha sacado el cuchillo, me lo clava una y otra vez. Al principio duele, pero llega un momento en el que mi cerebro se abstrae del dolor y se pregunta ¿Santa Claus me tiene envidia porque soy mejor que él? ¡Sí, eso es, no soporta que yo sea más bueno que él! Y mi último pensamiento antes de desaparecer es de alegría, porque soy el último hombre bueno del mundo y él lo sabe.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Navidad, Terror

El somriure de la Nahia

18 diciembre, 2017 by JAP Vidal 6 comentarios

– Et recordes de mi? – li pregunto.
– Sí.
– I qui sóc?

Tinc molt interès, fins i tot por, per escoltar la resposta. Què contestarà? Qui sóc jo per a ella? Què significo jo per a aquesta noieta?

– Tu ets el meu Olentzero!
– Com?
– Sí! Ets l’Olentzero!

I de nou aquest somriure dibuixat al seu bonic rostre. El mateix amb el que va fer caure el mur de la meva amnèsia anys enrere. Desitjo contestar-li, dir-li que no, que no sóc el seu Olentzero, que només pretenc ser el seu àngel de la guarda, algú que la vol com si fos la seva filla, potser més. Però no puc mentir-li perquè una mica de raó sí que té.

Torno a aquells temps foscos, quan la societat va aconseguir envilir-me, convertir-me en una persona desconfiada. L’olentzero s’havia convertit pels nens en un vell borratxo. Els petits reien de la meva figura i pels grans no era més que un ésser llegendari a punt de estimbar-se pel barranc de l’oblit. Això era el que jo més desitjava, ser esborrat de la memòria de la societat i que em deixessin tranquil. No volia saber res d’aquella civilització insana, podrida, i buida de motius per seguir endavant. Temia convertir-me en un reflex d’ells i vaig decidir allunyar-me per viure en solitud, a la muntanya. No obstant això, fugint de la podridura vaig caure en ella. Em vaig convertir en un ser esquerp, fosc. Passava els llargs hiverns tancat a la meva cabanya, bevent i tapant-me amb moltes mantes perquè ni tan sols tenia forces per alimentar el foc de la xemeneia. Quan el temps millorava, sortia de nit per a udolar a la lluna com fan els llops, els únics éssers amb els quals simpatitzava. No sé quants anys vaig passar allà, amagat. Un dia de cru hivern, es va obrir la porta de la meva cabanya, omplint de neu tota l’estança. La llum gèlida va envair amb el seu gris plom la foscor i em va trobar adormit, tapat amb deu mantes i amb el foc de la llar mort. Vaig obrir els ulls i vaig descobrir la silueta d’una lloba, quieta sota el marc de la porta. No vaig sentir por perquè em vaig adonar que era un senyal.

– Maritxu, mare – vaig murmurar al fred.

La lloba va esperar fins que em vaig incorporar, després em va guiar pel bosc, entre fajos i grèvols, durant hores, fins arribar a  la Creu de Pagoeta. Allà em va abandonar, ens acostàvem massa al territori dels humans. La resta del camí el vaig fer sol, entre bels i sons de cascavells que es sentien des dels prats propers. Vaig caminar un parell d’hores fins a arribar al “caserío”. Allà m’esperaven la meva mare i la meva germana, la meva família, la meva pròpia bandada.

– Et necessitem. – va dir la meva mare.

Elles em van afaitar la barba, llarga i bruta, em van netejar i em van ensenyar a tornar a viure i, a la seva manera, em van omplir d’amor. No obstant això, trobava a faltar alguna cosa. Jo ja no recordava qui era abans de fugir al bosc. I elles no m’ho volien dir.

– Quan arribi el moment, ho recordaràs. – em deia la meva mare.
– I si no arriba mai aquest moment?
– Arribarà. – afirmava amb rotunditat la meva germana.

Van passar anys. Va arribar a la familia una nova Maritxu, la petita, tot cor i cervell. Jo vaig recobrar l’alegria de viure, la il·lusió. Però seguia sense ser jo, sense el meu passat, encara que amb prou feines ho trobava a faltar, tenia una família que m’omplia… o gairebé. Fins que va arribar la Nahia.

Un dia vaig rebre una trucada.

– Et necessitem. – va dir una veu de l’associació d’acolliment.

Se’m va posar la pell de gallina. Vaig recordar la vegada anterior quan la meva mare i la meva germana em van ajudar a renéixer amb aquelles mateixes paraules. Vaig saber al moment que, de nou, es tractava d’un senyal. Em vaig acostar a l’associació el més ràpid que vaig poder.

Era un nadó, una nena de pocs mesos de vida, la Nahia. Em va mirar… i em va somriure. De sobte vaig notar una gran energia dins meu, una escalfor  que es va anar escampant des del meu cor per tot el meu cos. En aquell moment vaig recordar qui era jo,  i ja no ho oblidaré mai.

La meva etapa amb la Nahia va durar poc, el temps just per reconstruir el trencaclosques de la meva vida. Després se’n va anar perquè així havia de ser, però no gaire lluny. Així, la seva llum m’il·lumina com un far cada nit i pot regalar-me el seu somriure cada vegada que ve a visitar-me.

No he tornat a ser l’olentzero, no almenys com s’espera del vell carboner que porta regals. Perquè ja hi ha uns altres que fan el mateix sense cap més exigència que unes butxaques agraïdes. No obstant això, per a la Nahia i per  a aquells que encara creuen en mi, jo sóc i seré sempre l’Olentzero, amb O majúscula.

 

Olentzero joan zaigu
mendira lanera
intentzioarekin
ikatz egitera.
Alditu duenean
Jesus jaio dela
lasterka etorriko da
berri ona ematera.
Horra, horra
gure Olentzero.
Pipa hortzetan duela
eserita dago.
Kapoiak ere baitu
arrautzatxoekin
bihar meriendatzeko
botila ardoekin.
Olentzero guria
ezin degu ase
bakarrik jan dizkigu
hamar txerri gazte.
Saieski ta solomo
majina bat heste
Jesus jaio da eta
kontsola zaitezte.
Olentzero buru handia
entedimentuz jantzia,
bart arratsean
edan omen du
bost arroako zahagia.
Bai urde tripa handia!

Publicado en: Català, Relatos Etiquetado como: Aia, Català, Euskadi, Ficción, Olentzero

La sonrisa de Nahia

18 diciembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

– ¿Te acuerdas de mí? – le pregunto.
– Sí.
– ¿Y quién soy?

Tengo mucho interés, incluso miedo, por escuchar la respuesta. ¿Qué contestará? ¿Quién soy yo para ella? ¿Qué significo yo para esa jovencita?

–  ¡Tú eres mi Olentzero!
– ¿Cómo?
– ¡Sí! ¡Eres el Olentzero!

Y de nuevo esa sonrisa dibujada en su bonito rostro. La misma con la que derribara el muro de mi amnesia años atrás. Deseo contestarle, decirle que no, que no soy su Olentzero, que simplemente pretendo ser su ángel de la guarda, alguien que la quiere como si fuera su hija, quizás más. Pero no puedo mentirle porque algo de razón sí tiene.

Regreso a aquellos tiempos oscuros, cuando la sociedad consiguió envilecerme, convertirme en una persona desconfiada, incluso osca. El olentzero se había convertido para los niños en un viejo borracho. Los pequeños se reían de mi figura y para los mayores no era más que un ser legendario a punto de despeñarse por el barranco del olvido. Eso era lo que yo más deseaba, ser borrado de la memoria de la sociedad y que me dejaran tranquilo. No quería saber nada de aquella civilización insana, podrida, vacía de motivos para seguir adelante. Temía convertirme en un reflejo de ellos y me alejé para vivir en soledad, en la montaña. Sin embargo, huyendo de la podredumbre caí en ella. Me volví un ser huraño, oscuro. Pasaba los largos inviernos encerrado en mi cabaña, bebiendo y tapándome con muchas mantas porque ni siquiera tenía fuerzas para alimentar el fuego de la chimenea. Cuando el tiempo mejoraba, salía de noche para aullar a la luna como hacen los lobos, los únicos seres con los que simpatizaba. No sé cuantos años pasé allí, escondido. Un día de crudo invierno, se abrió la puerta de mi cabaña, llenando de nieve toda la estancia. La luz gélida invadió con su gris plomizo la oscuridad y me encontró dormido, tapado con diez mantas y con el fuego del hogar apagado. Abrí los ojos y descubrí la silueta de una loba, quieta bajo el marco de la puerta. No sentí miedo porque me di cuenta de que era una señal.

– Maritxu, ama – susurré al frío.

La loba esperó hasta que me incorporé, luego me guió por el bosque, entre hayas y acebos, durante horas, hasta alcanzar la Cruz de Pagoeta. Allí me abandonó, nos acercábamos demasiado al territorio de los humanos. El resto del camino lo hice solo, entre balidos, mugidos y cascabeles que sonaban desde los prados cercanos. Caminé un par de horas hasta llegar al caserío. Allí me esperaban mi ama y mi hermana, mi familia, mi manada.

– Te necesitamos. – dijo mi ama.

Ellas me afeitaron la barba, larga y sucia, me limpiaron y me enseñaron a vivir de nuevo y, a su manera, me colmaron de amor. Sin embargo, me faltaba algo. Yo ya no recordaba quién era antes de huir al bosque. Y ellas no me lo querían decir.

– Cuando llegue el momento, recordarás. – me decía mi ama.
– ¿Y si jamás llega ese momento?
– Llegará. – afirmaba con rotundidad mi hermana.

Pasaron años. Llegó la nueva Maritxu, todo corazón. Yo recobré la alegría de vivir, la ilusión. Pero seguía sin ser yo, carecía de mi pasado, aunque apenas lo echaba de menos, tenía una familia que me llenaba… o casi. Hasta que llegó Nahia.

Un día recibí una llamada.

– Te necesitamos. – dijo una voz de la asociación de acogida.

Se me puso la piel de gallina. Recordé la vez anterior cuando mi ama y mi hermana me ayudaron a renacer con aquellas mismas palabras. Supe al momento que, de nuevo, se trataba de una señal. Me acerqué a la asociación lo más rápido que pude.

Era un bebé, una niña de pocos meses de vida, Nahia. Me miró… y me sonrió. De repente noté una gran energía sobre mi pecho, un calor que se esparció desde mi corazón por todo mi cuerpo. En ese momento recordé quién era yo, ya no lo olvidaré jamás.

Mi etapa con Nahia duró poco, lo justo para reconstruir el rompecabezas de mi vida. Después marchó porque tenía que hacerlo, pero no muy lejos. Así, su luz me ilumina como un faro cada noche y puede regalarme su sonrisa cada vez que viene a visitarme.

No he vuelto a ser el olentzero, no al menos como se espera del viejo carbonero que trae regalos. Para eso están otros que hacen lo mismo sin más exigencia que unos bolsillos agradecidos. Sin embargo, para Nahia y para aquellos que siguen creyendo en mi, soy y seré siempre el Olentzero, con «O» mayúscula. 

Olentzero joan zaigu
mendira lanera
intentzioarekin
ikatz egitera.
Alditu duenean
Jesus jaio dela
lasterka etorriko da
berri ona ematera.
Horra, horra
gure Olentzero.
Pipa hortzetan duela
eserita dago.
Kapoiak ere baitu
arrautzatxoekin
bihar meriendatzeko
botila ardoekin.
Olentzero guria
ezin degu ase
bakarrik jan dizkigu
hamar txerri gazte.
Saieski ta solomo
majina bat heste
Jesus jaio da eta
kontsola zaitezte.
Olentzero buru handia
entedimentuz jantzia,
bart arratsean
edan omen du
bost arroako zahagia.
Bai urde tripa handia!

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Aia, Castellano, Euskadi, Ficción, Olentzero

Mis mejores deseos

11 diciembre, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

Aunque no era la primera vez que hacía una entrevista de este tipo,  no pude evitar la sensación de tener un bloque de cemento dentro de mi estómago. El celador me guió hasta una sala oscura, a excepción de una minúscula zona en su centro, bañada por la paupérrima luz emitida por la única bombilla que colgaba del techo de la habitación. En ese punto de la sala había una mesa, un pupitre con dos sillas enfrentadas. En una de ellas descansaba la sombra del asesino que me había llevado hasta allí.

– Buenas tardes.
– Siéntese, por favor.
– Gracias. Supongo que sabe por qué estoy aquí.
– Me dijeron que vendría una periodista interesada en mi caso. La verdad es que no sé qué interés puedo yo tener para usted.

Aquella no era la voz de un homicida, nunca lo era. Hace tiempo que descubrí que la voz jamás delataba los instintos criminales de su dueño. Un escritor, un fontanero, un informático, siempre entrevisté al otro «yo», al inocente. Si hubiese sido miembro de un jurado los hubiese dejado a todos en libertad, ¿cómo podían ser capaces de actos tan atroces seres tan sensibles, tan sencillos, tan comunes? Sin embargo, en su interior habitaba un «alter ego» rebosante de rabia y odio, capaz de matar en muchas ocasiones a sus seres queridos, a menudo con una crueldad imposible de imaginar.
Una vez investigué un caso de posesión, deseé con todas mis fuerzas poder encontrar una razón, por mística que fuera, a tanta crueldad. Quería creer que un ser humano normal no podía ser tan cruel si no era porque una fuerza demoníaca lo poseía. No tuve suerte. Mi investigación fue un fracaso y aquel caso de posesión no fue más que otro engaño. Sin embargo, no pierdo la esperanza de que algún día se haga justicia y se descubra que el ser humano jamás fue capaz por sí solo de tanta maldad, que una mente diabólica se apodera de la frágil mente de determinados miserables para guiar sus actos. Mientras tanto no me queda otra opción que escuchar con cierto escepticismo a esos lobos vestidos con pieles de cordero.

– Bueno, digamos que su caso es bastante curioso. Es especialmente macabro considerando que tardó más de diez años en vengarse de su antiguo jefe y que utilizó una violencia extrema en ello.
– ¿Tiene un cigarro?
– ¿Perdón?
– Un cigarro ¿Usted no fuma?
– Lo siento, no, no fumo.
– Pensaba que todos los periodistas fumaban.
– La verdad es que lo dejé hace cinco años, antes de quedarme embarazada.
– ¿Tiene hijos?

Le miré a los ojos sin contestar, incómoda. No quería convertirme en el entrevistador entrevistado. Me levanté de la silla y me acerqué hasta el celador que vigilaba a unos metros de distancia. Le pedí un cigarro encendido y me lo dio. Volví a la mesa y se lo pasé. Absorbió el humo con la pasión con la que habría aprovechado una hora de permiso fuera de aquella jaula.

– Ahora comencemos, por favor.
– Adelante.
– ¿Por qué lo hizo?
– Porque me hizo llorar.
– ¿Quiere decir que le clavó cien puñaladas en la cabeza solo por esa razón?
– ¿Usted ha llorado alguna vez por desesperación, por rabia?

Le hubiera dicho que miles de veces, que mi vida ha estado llena de momentos de desesperación, de impotencia, de rabia. Sin embargo, siempre pensé que la venganza no era ninguna solución. Pero de nuevo callé, no pensaba caer en su juego.

– Entonces ¿debo entender que usted nunca llora y que esa fue una ocasión especial?
– No, al contrario. Había llorado muchas veces, pero esa fue la última vez que lo hice por mí. Él secó mis ojos.
– No comprendo.
– Me vengué porque ese hijo de puta me convirtió en un ser insensible. Después de su traición jamás volví a ser el mismo.
– ¿Qué traición?
– ¿No sabe que éramos amigos? Martín y yo éramos un equipo, una máquina con dos cabezas. Él era el líder y yo el gregario perfecto.
– ¿Y qué pasó?
– Pues que un día se dio cuenta de que él era imprescindible para la empresa. Y a partir de ese día ya no volvió a ser el mismo. Se convirtió en un Dios.

Siguió un largo silencio. Él esperó que yo preguntara, pero yo sabía que no debía hacerlo, tenía que evitar darle una salida. Debía esperar que vomitara hasta la última gota de su ira. Mi instinto nunca falla, en esa ocasión tampoco.

– Desde ese momento dejamos de ser un equipo. Me abandonó, entendió que todo era mérito suyo, que yo no era más que una pieza, otro eslabón en la cadena, y que esa cadena giraba porque él era el motor. Así que se fue a jugar una liga superior, hasta que un día se acordó de mí. Y no fue para darme ánimos, para apoyarme o para preguntarme qué tal lo llevaba. No, al contrario, se acordó de mí para decirme lo que tenía que hacer, para ponerse otra medalla a mi costa delante de sus jefes. El muy hijo de puta. ¿Quién se pensaba que era?

Volvió a quedarse en silencio, no podía verlo porque estaba rodeado de sombras, pero sentí como apretaba los puños, pude imaginarme cómo clavaba las uñas en la carne de sus manos. Esta vez decidí intervenir, evitar que se quebrara.

– ¿Y qué ocurrió?
– Se lo dije, no me callé. Le escribí un correo electrónico diciéndole lo que pensaba del tema, pero en ningún momento le insulté. Le dije que estaba harto de él, que me estaba volviendo loco con su actitud. Pero todo ello sin faltarle el respeto.
– Pero sin embargo, él le despidió ¿Verdad?
– Sí, así fue.
– ¿Eso fue lo que le hizo llorar? – nada más decir estas palabras, me di cuenta que la había cagado, nunca se debe hacer preguntas inductivas, es lo primero que te enseñan en la facultad de Periodismo.
– ¿El qué? ¿Que me despidiera? No, que va.

Más silencio. Él espera que yo le pregunte «¿Entonces, qué fue?», yo aguardo pacientemente que él conteste esa pregunta obvia, o quizás que se abra un poco más y extienda su respuesta hasta un punto que me permita comprender esa psicología. Pero el silencio se alarga y siento que pierdo la batalla, entonces no me queda más que plantear la maldita pregunta.

– ¿Entonces, por qué lo hizo?
– ¿Sabes quién es Lucifer?
– El diablo.
– Un ángel que se rebeló contra Dios todopoderoso, le cantó las cuarenta y éste no se lo perdonó. Desde entonces Lucifer juró vengarse de aquel Dios soberbio. Yo soy ese Lucifer, ese ser capaz de decir la verdad, y por culpa de eso lo perdí todo.
– Pero si encontró trabajo al momento. No perdió nada.

No esperaba su reacción. El hombre se levantó de un salto de la silla y lanzó la mesa por los aires, con una fuerza insospechable.

– ¿Qué no perdí nada? ¡Tú qué sabrás, idiota! ¡Perdí a mis compañeros de trabajo, perdí mi vocación, mi interés por mi profesión. Desde entonces ya nunca he creído en mi trabajo, todos me parecen iguales, una farsa donde me pagan por el tiempo que les dedico, no por lo que produzco! Perdí la confianza en la amistad, en el compañerismo, ¿te parece poco?  ¡Y todo por culpa de él! ¡Se lo tiene merecido, lo volvería a hacer una y otra vez!

Yo me había caído al suelo, asustada. Ya no estaba con el hombre inocente, delante de mí se encontraba la bestia, la maldad en persona. Apoyándome en los codos me alejaba de aquel ser. Los celadores tardaron unos pocos segundos en reducirle, pero ese tiempo se me hizo eterno. No podía dejar que se lo llevasen, aún me faltaban respuestas. Mientras lo mantenían en el suelo seguí preguntando.

– ¿Y por qué ahora? ¿Por qué ha tardado más de diez en años en vengarse?

Él jadeaba, estirado en el suelo, bajo un amasijo de brazos, cuerpos y piernas que le aplastaban. Farfulló algo pero no llegué a oírlo bien. «Tarjeta», ¿era eso lo que había oído?

– ¿Qué? ¿Qué dice?
– La tarjeta. El muy hijo de ….

Otro guardíán había llegado corriendo con una jeringuilla y se la había clavado en el cuello. No acabó la frase. Lo arrastraron hasta la celda y yo me quedé allí, sentada aún en el suelo, sola. Al rato volvió el celador del principio y me invitó a acompañarle hasta la salida, la visita había acabado.

No podía presentarme en el diario con esa entrevista, faltaba saber cuál había sido el interruptor que había encendido la bestia. De nuevo tuve una intuición. Cogí el coche y me fui a casa del asesino. Me abrió la puerta su esposa, una mujer muy guapa pero con la mirada más triste que había visto hasta la fecha. Seguramente mi rostro ahora sea más triste que el suyo.

– ¿En qué puedo ayudarle?
– Me llamo Abigail Calvo, soy periodista de el Diario.
– ¿Qué quiere? – su rostro pasó de la tristeza a la desconfianza.
– ¿Podría hablar con usted un momento?
– No tengo nada que decir.
– Sólo necesito saber una cosa.
– Le he dicho que no. – la mujer me iba a cerrar pero lo impedí metiendo el pie en la puerta.
– ¿Recibieron alguna carta antes de la reacción de su marido?
– ¿A qué se refiere?
– Una carta enviada por algún familiar o amigo.
– Nadie escribe cartas en estos tiempos.
– ¿Y una tarjeta de felicitación, una postal?

La mujer se quedó pensando, sentí que había dado en la diana.

– En Navidad, poco antes de… – la mujer desapareció de pronto, la oí como buscaba algo en los cajones. Al poco volvió.
– ¿Esto?

Me entregó una postal navideña, la clásica escena de un árbol de navidad y unos niños cerca, jugando con un trineo mientras cae la nieve. La leí y entonces comprendí por qué aquel hombre se había convertido en una bestia asesina.

«En estas fiestas, te hago llegar a ti y a tu familia, mis mejores deseos para el nuevo año y una feliz Navidad. Siempre tuyo, Martín».

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Asesinato, Castellano, Ficción, thriller

El ramat

5 diciembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

– Et dic que ho vaig veure amb els meus propis ulls!

La Nelly estava desesperada. El seu amic Sam no la creia. El Ted, el be més vell del ramat, pasturava a poca distància quan va aixecar el cap amb curiositat.

– De què parles, Nelly? – va preguntar, mentre mastegava la verda i fresca herba del prat.
– La Nelly diu que ha vist al pastor preparant la màquina de xollar – es va anticipar en Sam.
– Tan aviat? Fa un dia molt assolellat però encara queda molt fins a l’estiu.
– Això li he dit jo i mira com s’ha posat amb mi!

El Ted va pensar que les ovelles negres eren molt rares. Mentrestant,  en Sam va fer un gest a la seva amiga i tots dos es van allunyar una mica de la resta del ramat per continuar amb la discussió en veu baixa.

– Vés amb compte, Nelly. El que dius és molt greu si no tens proves. Segur que era un llop?
– No sóc tan vella com el Ted però tinc una edat, Sam. Recordo molt bé el dia que els mastins van arrossegar a la lloba moribunda fins a la cabanya del pastor. Des de llavors podria reconèixer a un llop fins i tot per l’olor.
– Però, Nelly! És impossible que s’hagin infiltrat entre nosaltres. Com podrien enganyar als mastins?
– No ho sé! Només et puc dir que aquesta nit, mentre tot el ramat dormia, m’ha cridat l’atenció l’olor d’una ovella que s’allunyava del ramat. He vist com s’acostava a la tanca i sortia sense cridar l’atenció. Abans d’escapar a la meva visió, quan devia pensar que ningú la mirava, es va treure del damunt la pell d’ovella.
– I vas creure que era un llop.
– Era un llop! Com aquell que durant tants anys ens va atemorir.
– I com va poder enganyar als mastins?
– No ho sé. Hi ha quelcom molt estrany en tot plegat.
– Suposo que tampoc sabràs per què no ens va atacar si ja estava dins del ramat.
– Qui diu que no ho hagi fet? Quantes ovelles han desaparegut en les últimes setmanes?
– No siguis paranoica, Nelly! Sempre hi ha hagut ovelles esgarriades!
– Un parell cada setmana? No pots negar que són massa, fins i tot per a un ramat tan gran.
– Segueixo pensant que és absurd.
– Se m’ocorre una idea per descobrir si tinc raó.
– Què vas a fer?
– Ja ho veuràs.

Aquella tarda, quan tot el ramat es preparava per accedir a l’estable després de passar tot el dia pasturant al prat, es va sentir la potent veu de la Nelly.

– Ensenyem les potes a l’entrar! Tots!
– Per què? – va preguntar la Sue, una ovella blanca que no suportava a la Nelly.
– Per comprovar si hi ha intrusos al ramat.
– Intrusos?
– Sí. Au som-hi! Mostreu les potes com faig jo!

El ramat estava acostumat a obeir, així que fins i tot la Sue va fer el que la Nelly deia, mostrar les potes al passar per les portes de l’estable. Tot i  així, un parell d’ovelles blanques es van negar a entrar.

– Vosaltres també! Ensenyeu les potes! – les va exhortar la Nelly.
– Què passa aquí? – va preguntar en Sam, que s’havia acostat a la Nelly.

Les dues ovelles sospitoses romanien juntes sense atrevir-se a passar. Les ovelles negres van començar a cridar tot d’una «Ensenyeu les potes!». La majoria d’ovelles blanques van protestar, molestes per veure com increpaven a altres de la seva espècie. Van començar a discutir les unes amb les altres i no van trigar a aparèixer els quatre mastins que cuidaven del ramat.

– Què us passa? – va bordar el més gran dels gossos, el Wolf, que era el cap.
– Aquestes d’aquí no són ovelles! – va afirmar la Nelly amb rotunditat.
– I què són?
– Llops! – les ovelles de l’interior de l’estable van començar a xiuxiuejar entre elles, atemorides.
– Estàs espantant al ramat!
– Tenim dret a saber la veritat.
– Tranquil·litza’t, Nelly – li va aconsellar el Sam, que s’havia situat al seu costat.
– No vull tranquil·litzar-me. Tinc dret a ….

En Wolf va deixar anar un feroç grunyit i es va posar en posició d’atac. Els altres tres mastins van fer el mateix. Tot el ramat es va allunyar de les portes de l’estable, el més lluny possible dels gossos. No obstant això, la Nelly no es va moure ni un centímetre. La tensió va durar un llarg minut, fins que a la fi, els mastins  se’n van anar. Les ovelles negres van ovacionar eufòriques al seu líder, que s’havia enfrontat als temibles gossos, que en teoria havien de protegir el ramat de tot perill. Però la Nelly no semblava satisfeta, al contrari. Les ovelles sospitoses havien aprofitat el moment de pànic per tornar amb el ramat i tot allò no havia servit per res.

– És veritat que hi ha llops entre nosaltres, Nelly? – li va preguntar una cosina seva, la Dorothy.
– Sí – va contestar – Però no tinc proves.
– Hem d’estar alerta, llavors.

En Sam es va acostar a les dues ovelles negres.

– Esteu jugant amb foc.
– Sou les ovelles blanques les que jugueu amb foc. Esteu donant recer a llops. No us en adoneu que també vosaltres sou les seves víctimes?
– No hi ha llops, Nelly!
– Com diguis, Sam.

Nelly es va girar cap a la seva cosina.

– Aquesta nit reunió de les ovelles negres. Avisa-les  a totes.

A la nit, totes les ovelles negres van acudir a la reunió en un racó apartat de l’estable, lluny de les orelles de la resta del ramat. No obstant això, no van poder evitar que una ovella blanca s’acostés i escoltés el que es deia en aquella reunió sense que cap s’adonés. Nelly no va trigar a explicar la raó de la reunió.

– Hem d’abandonar el ramat.

Dorothy va haver de demanar silenci doncs totes les ovelles es van alterar en sentir la proposta de la líder.

– Però a on aniríem? – va preguntar una d’elles – La muntanya està plena de perills.
– I la granja també. Demà a la nit marxem. Fins llavors, ni una paraula sobre el tema ni tan sols entre vosaltres.

L’endemà, el ramat va estar  pasturant sense que es notés la tensió de la nit anterior, ni els plans per a la nit següent. Però a la tarda, quan el ramat tornava a l’estable, els mastins li van tallar el pas a la Nelly i se la van emportar. En Sam va estar discutint amb ells, a banda, i després va parlar per a les ovelles i bens.

– El pastor s’ha assabentat pels mastins del nerviosisme de la Nelly i ha volgut tranquil·litzar-la en persona. No us preocupeu, avui dormirà en la seva falda i demà estarà entre nosaltres.

Quan al matí va tornar la Nelly, les ovelles negres, preocupades, van anar a rebre-la al prat. També es va acostar el Sam.

– Com estàs, Nelly? – va preguntar en Sam.
– On està la Dorothy? – va preguntar ella, seriosa, amb la mirada perduda.
– Ha fugit.
– Quan?
– Mentre dormíem. Va desaparèixer durant la nit.
– Una altra ovella negra esgarriada? – va preguntar al Sam, molt seriosa.

La Nelly no va dir res més, va buscar un racó apartat de la resta del ramat per pasturar en solitud. En Sam la va observar durant un parell d’hores. L’ovella negra no va aixecar la vista del terra ni una vegada en tota la estona. El be se li va acostar, preocupat.

– Què et passa, Nelly? Estàs bé?

La veu del Sam li arribava llunyana, malgrat trobar-se a menys d’un metre de distància. La Nelly va aixecar el cap. Va admirar la bellesa del prat verd, que les seves llàgrimes convertien en un meravellós caleidoscopi. En un d’aquells poliedres es reflectia la silueta d’un mastí, que l’observava, seriós, a uns quants metres de distància.

– Ahir no vaig veure al pastor. Els mastins em van portar a les seves gosseres i … al final vaig perdre la consciència.
– Ho sento Nelly.
– Tu sabies que anàvem a abandonar el ramat.
– Què vols dir?
– Vaig veure com ens espiaves des de les ombres la nit de la reunió.

L’ovella es va girar i va mirar al rostre del seu millor amic dins del ramat. Va observar que els seus ulls estaven buits, sense lluentor, com en la majoria de les ovelles. A excepció de les més petites i també de les més rebels, la resta d’ovelles del ramat no tenien lluentor en la seva mirada, no tenien vida. Per això odiaven a la Nelly, envejaven la seva rebel·lia, la seva il·lusió. En Sam també l’envejava.

– Tu ens vas trair.
– Et juro Nelly que no…

En Sam no va poder acabar la frase. La Nelly el va copejar amb les potes davanteres a tota la cara, una vegada i una altra. El mastí que vigilava a la Nelly se’n va adonar i va intentar actuar però les ovelles negres el van atacar, impedint-li acostar-se. La Nelly seguia copejant al Sam, que va doblegar les potes incapaç de plantar cara a l’atac d’ira de l’ovella negra. No obstant això, les ovelles blanques, encara que tard, van reaccionar. Van començar a atacar a les ovelles negres que obstaculitzaven al mastí. La Sue va córrer a avisar als altres mastins. La Nelly va deixar al Sam i va fugir a través del prat, havia d’aconseguir arribar al bosc. Però gràcies a la Sue i a la resta d’ovelles blanques, els mastins van poder reaccionar ràpid i van atrapar a la Nelly i a les altres ovelles negres que havien intentat escapar. Cap d’elles va aconseguir el bosc. Totes van ser portades a l’estable excepte la Nelly. A ella la van portar a la cabanya del pastor. La van obligar a entrar i allà la hi van deixar.

La Nelly mai havia estat a l’interior de la cabanya. Només entrar, clavada a la paret principal, va veure la pell d’un llop. Era, sens dubte, la lloba que un parell d’anys enrere havien atrapat els mastins. L’habitació feia olor de suor humana, de sang i d’una altra olor que l’ovella negra recordava molt bé.

– Hola Nelly.

Va veure al pastor al costat de la cabanya on es trobava la cuina. Estava tallant alguna cosa sobre la taula de fusta, amb un gran ganivet.

– Has tornat a portar-te malament?

L’humà seguia treballant amb el ganivet sense detenir-se mentre parlava.

– No em deixes més remei que deixar als meus cadells que decideixin la teva sort, com van fer amb la teva cosina, la Dorothy.

Va acabar de tallar amb el ganivet i va aixecar un tros de carn vermella. La sang corria per la seva mà. En aquell moment, de la foscor van sorgir un parell de llops, caminant al trot cap al pastor. L’home els va tirar el tros de carn i ells es van barallar per ell.

– Quan els mastins em van portar a la lloba moribunda, em vaig trobar amb que estava a punt de parir. Vaig rescatar a dos dels cadells i els vaig alimentar amb la vostra llet primer, i després amb la vostra carn. Al principi jo mateix escollia l’ovella a sacrificar, fins que ells van ser prou grans com per introduir-se al ramat i seleccionar les seves preses. No hi havies d’haver ficat els nassos, Nelly. Tu ets massa vella per al seu gust…

Un dels llops es va apoderar del tros de carn i l’altre es va queixar amb un trist gemec. El pastor li va fer un senyal al llop perdedor i aquest es va girar cap a la Nelly. El depredador va començar a trotar cap a ella.

…Però també és veritat que quan hi ha gana, no hi ha carn prou dura.

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El pollo

4 diciembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

El joven gallo imitaba con gran precisión los elegantes movimientos de su maestro. El viejo gallo se enorgullecía de la admiración que le profesaba aquel apuesto y prometedor galán.

– Algún día tú serás el amo de este gallinero – le dijo.
– ¿Cuándo? – preguntó el joven impaciente. 
–  Pronto, ya se acerca el frío invierno y poco antes de que llegue el solsticio os tendré que dejar. 
– ¿Y eso? 
– Pues porque año tras año, el gallo más bravo del corral es llamado a ocupar un lugar de privilegio en las celebraciones de los humanos. Incluso le honran con una misa en la noche más importante del año para ellos.

Un «¡Oh!» de asombro se dibujó en el pico del joven. Al viejo gallo no le costó mucho adivinar el pensamiento que cruzaba bajo la cresta de su joven alumno. 

– No te preocupes, este año me toca a mí, pero tú podrás disfrutar de tal honor el año que viene.

 Pero la ambición del alumno aventajado iba más allá, no pensaba dejar pasar la oportunidad de robarle a su maestro el reconocimiento de los humanos. A partir de ese mismo día, el joven gallardo se esforzó por cantar con más fuerza y pasear más tiempo sus bellas plumas con gran elegancia por todo el corral. Sus esfuerzos no cayeron en balde y los humanos no tardaron en premiarle con más comida y de mejor calidad.  De esa manera, el gallo creció y se hizo muy fuerte en muy poco tiempo. Un día  comenzó a rondar a una de las gallinas y el viejo gallo se vio forzado a darle una lección. Sin embargo, el joven le propinó tal paliza que el pobre desgraciado tuvo que lamerse las heridas, en silencio, en un rincón apartado del corral. A partir de ese momento, todas las gallinas se peleaban por ser el objeto de galanteo del joven gallito.

Y llegó el invierno, y un día los humanos vinieron acompañados de otros humanos. El joven gallo hinchó su pechuga en el momento que observó que, sin lugar a dudas, estaban hablando de él. Una mezcla de sensaciones le embargaron cuando un humano le cogió de las patas. Por un lado orgullo y vanidad, pero también miedo y angustia. Su vida hasta entonces se reducía a aquel corral, y de repente todo su mundo daba un vuelco literal. De hecho no le gustó nada que le cogieran de las patas y le dieran la vuelta. Y menos le gustó aún cuando advirtió que el viejo gallo le observaba con una sonrisa maliciosa. Intentó liberarse, mas sin mucha convicción pues tampoco quería parecer un cobarde a ojos de todo el corral, así que finalmente se lo llevaron entre el cacareo desconsolado de las gallinas. 

Por supuesto nadie volvió a ver al joven y apuesto gallo. El viejo, por su parte, aseguró a las gallinas que no debían preocuparse por el chico, que seguramente entre los humanos se encontraría en su salsa. Todas se imaginaron a su admirado gallo sentado en un puesto de honor a la mesa de los humanos. Poco se podían imaginar que una torpe cocinera se equivocaría con la receta de Nochebuena y  aquel gallo, que días atrás se pavoneaba tan apuesto y soberbio, acabaría descuartizado en el cubo de la basura, junto a las mondas de las patatas.

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El rebaño

29 noviembre, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

– ¡Te digo que lo vi con mis propios ojos!

Nelly estaba desesperada. Su amigo Sam no le creía. Ted, el cordero más viejo del rebaño, pastaba a poca distancia cuando levantó la cabeza con curiosidad.

– ¿De qué hablas, Nelly? – preguntó, mientras masticaba la verde y fresca hierba del prado.
– Nelly dice que vio al pastor preparando la máquina de esquilar – se anticipó Sam.
– ¿Tan pronto? Hace un día muy soleado pero aún queda mucho hasta el verano.
– ¡Eso le he dicho yo y mira cómo se ha puesto conmigo!

Ted pensó que las ovejas negras eran muy raras. Mientras, Sam hizo un gesto a su amiga y ambos se alejaron un poco del resto del rebaño para seguir con la discusión en voz baja.

– Vete con cuidado, Nelly. Lo que dices es muy grave si no tienes pruebas. ¿Seguro que era un lobo?
– No soy tan vieja como Ted pero tengo una edad, Sam. Recuerdo muy bien el día que los mastines arrastraron a la loba moribunda hasta la cabaña del pastor. Desde entonces podría reconocer a un lobo hasta por el olor.
– ¡Pero, Nelly! Es imposible que se hayan infiltrado entre nosotros. ¿Cómo podrían engañar a los mastines?
– ¡No lo sé! Solo te puedo decir que esta noche, mientras todo el rebaño dormía, me llamó la atención el olor de una oveja que se alejaba del rebaño. Observé que se acercaba a la cerca y salía disimuladamente. Antes de escapar de mi vista, cuando debía pensar que nadie le miraba, se quitó de encima la piel de oveja.
– Y creíste ver que era un lobo.
– ¡Era un lobo! Como el que durante tantos años nos estuvo aterrorizando.
– ¿Y cómo pudo engañar a los mastines?
– No lo sé. Algo falla.
– Supongo que tampoco sabrás por qué no nos atacó si ya estaba dentro del rebaño.
– ¿Quién dice que no lo haya hecho? ¿Cuántas ovejas han desaparecido en las últimas semanas?
– ¡No seas paranoica, Nelly! ¡Siempre ha habido ovejas descarriadas!
– ¿Un par cada semana? No puedes negar que son demasiadas, incluso para un rebaño tan grande.
– Sigo pensando que es absurdo.
– Se me ocurre una idea para descubrir si tengo razón.
– ¿Qué vas a hacer?
– Ya lo verás.

Esa tarde, cuando todo el rebaño se preparaba para acceder al establo tras pasar todo el día pastando en el prado, se oyó la potente voz de Nelly.

– ¡Enseñemos las patas al entrar! ¡Todos!
– ¿Por qué? – preguntó Sue, una oveja blanca que no se llevaba bien con Nelly.
– Vamos a comprobar si hay intrusos en el rebaño.
– ¿Intrusos?
– Sí. Venga, mostrad todas las patas como hago yo.

El rebaño estaba acostumbrado a obedecer, así que incluso Sue hizo lo que Nelly decía, mostrar las patas al pasar por las puertas del establo. Sin embargo, un par de ovejas blancas se negaron a entrar.

– ¡Vosotras también! ¡Enseñad las patas! – les exhortó Nelly.
– ¿Qué haces? – preguntó Sam, que se había acercado a Nelly.

Las dos ovejas sospechosas permanecían juntas sin atreverse a pasar. Las ovejas negras comenzaron a gritar al unísono «¡Enseñad las patas!». Sin embargo, la mayoría de ovejas blancas protestaron, molestas por ver como increpaban a otras de su especie. Comenzaron a discutir unas con otras y no tardaron en aparecer los cuatro mastines que cuidaban del rebaño.

– ¿Qué sucede? – ladró el más grande de los perros, Wolf, el jefe de ellos.
– ¡Estas de aquí no son ovejas! – afirmó Nelly con rotundidad.
– ¿Y qué son?
– ¡Lobos! – las ovejas del interior del establo comenzaron a cuchichear entre ellas, atemorizadas.
– ¡Estás asustando al rebaño!
– Tenemos derecho a saber la verdad.
– Tranquilízate, Nelly – le aconsejó Sam, que se había situado a su lado.
– No quiero tranquilizarme. Tengo derecho a  ….

Wolf soltó un feroz gruñido y se puso en posición de ataque. Los otros tres mastines hicieron lo mismo. Todo el rebaño se alejó de las puertas del establo, lo más lejos posible de los perros. Sin embargo, Nelly no se movió ni un centímetro. La tensión duró un largo minuto, hasta que al final los mastines se marcharon. Las ovejas negras jalearon eufóricas a su líder, que se había enfrentado a los temibles perros, que en teoría debían proteger el rebaño de todo peligro. Pero Nelly no parecía satisfecha, al contrario. Las ovejas sospechosas habían aprovechado el momento de pánico para regresar con el rebaño y todo aquello no había servido para nada.

– ¿Es verdad que hay lobos entre nosotras, Nelly? – le preguntó una prima suya, Dorothy.
– Sí – contestó – Pero no tengo pruebas.
– Debemos estar alerta, entonces.

Sam se acercó a las dos ovejas negras.

– Estáis jugando con fuego.
– Sois las ovejas blancas las que jugáis con fuego. Estáis dando cobijo a lobos. ¿No os dais cuenta que también vosotras sois sus víctimas?
– ¡No hay lobos, Nelly!
– Como tu digas, Sam.

Nelly se giró hacia su prima.

– Esta noche reunión de las ovejas negras. Avisa a todas.

Por la noche, todas las ovejas negras acudieron a la reunión en un rincón apartado del establo, lejos de las orejas del resto del rebaño. Sin embargo, no pudieron evitar que una oveja blanca se acercara y escuchara lo que se decía en aquella reunión sin que ninguna se diera cuenta. Nelly no tardó en explicar la razón de la reunión.

– Debemos abandonar el rebaño.

Dorothy tuvo que pedir silencio pues todas las ovejas se alteraron al oír la propuesta de su líder.

– ¿Pero a dónde iríamos? – preguntó una de ellas – El monte está lleno de peligros.
– Y la granja también. Mañana por la noche nos marchamos. Hasta entonces, ni una palabra sobre el tema ni siquiera entre vosotras.

Al día siguiente, el rebaño estuvo pastando sin que se notara la tensión de la noche anterior, ni los planes para la noche siguiente. Pero por la tarde, cuando el rebaño regresaba al establo, los mastines le impidieron el paso a Nelly y se la llevaron. Sam estuvo discutiendo con ellos, aparte, y luego habló para las ovejas y corderos.

– El pastor se ha enterado por los mastines del nerviosismo de Nelly y ha querido tranquilizarla en persona. No os preocupéis, hoy dormirá en su regazo y mañana estará entre nosotros.

Cuando por la mañana regresó Nelly, las ovejas negras, preocupadas, fueron a recibirla en el prado. También se acercó Sam.

– ¿Cómo estás, Nelly? – preguntó Sam.
– ¿Dónde está Dorothy? – preguntó ella, seria, con la mirada perdida.
– Ha huido.
– ¿Cuándo?
– Mientras dormíamos. Desapareció en la noche.
– ¿Otra oveja negra descarriada? – preguntó a Sam, muy seria.

Nelly no dijo nada más, buscó un rincón apartado del resto del rebaño para pastar en soledad. Sam la observó durante un par de horas. La oveja negra no levantó en todo ese rato la vista del suelo ni una sola vez. El cordero se le acercó, preocupado.

– ¿Qué te ocurre, Nelly? ¿Estás bien?

La voz de Sam le llegaba lejana, a pesar de encontrarse a menos de un metro de distancia. Nelly levantó la cabeza. Admiró la belleza del verde prado, que sus lágrimas convertían en un maravilloso caleidoscopio. En uno de aquellos poliedros se reflejaba la silueta de un mastín, que la observaba, serio, a varios metros de distancia.

– Ayer no vi al pastor. Los mastines me llevaron a sus perreras y … al final perdí la consciencia. 
– Lo siento Nelly.
– Tú sabías que íbamos a abandonar el rebaño.
– ¿Qué quieres decir?
– Vi como nos espiabas desde las sombras la noche de la reunión.

La oveja se giró y miró al rostro de su mejor amigo dentro del rebaño. Observó que sus ojos estaban vacíos, sin brillo, como en la mayoría de las ovejas. A excepción de las más pequeñas y también de las más rebeldes, el resto de ovejas del rebaño no tenían brillo en su mirada, no tenían vida. Por eso odiaban a Nelly, envidiaban su rebeldía, su ilusión. Sam también la envidiaba.

– Tú nos traicionaste.
– Te juro Nelly que no…

Sam no pudo acabar la frase. Nelly le golpeó con sus patas delanteras en toda la cara, una y otra vez. El mastín que vigilaba a Nelly se dio cuenta e intentó actuar pero las ovejas negras le atacaron, impidiéndole acercarse. Nelly seguía golpeando a Sam, que dobló las patas incapaz de plantar cara al ataque de ira de la oveja negra. Sin embargo, las ovejas blancas, aunque tarde, reaccionaron. Comenzaron a atacar a las ovejas negras que obstaculizaban al mastín. Sue corrió a avisar a los otros mastines. Nelly dejó a Sam y huyó a través del prado, tenía que alcanzar el bosque. Pero gracias a Sue y al resto de ovejas blancas, los mastines pudieron reaccionar rápido y alcanzaron a Nelly y a las otras ovejas negras que habían intentado escapar. Ninguna de ellas alcanzó el bosque. Todas fueron llevadas al establo excepto Nelly. A ella la llevaron a la cabaña del pastor. Le obligaron a entrar y allí la dejaron. 

Nelly nunca había estado en el interior de la cabaña. Nada más entrar, clavada en la pared principal, vio la piel de un lobo. Era, sin duda, la loba que un par de años atrás habían atrapado los mastines. La estancia olía a sudor humano, a sangre y a otro olor que recordaba muy bien.

– Hola Nelly.

Vio al pastor en el lado de la cabaña donde se encontraba la cocina. Estaba cortando algo sobre la mesa de madera, con un gran cuchillo. 

– ¿Has vuelto a portarte mal? 

El humano seguía trabajando con el cuchillo sin detenerse mientras hablaba. 

– No me dejas más remedio que dejar a mis cachorros que decidan tu suerte, como hicieron con tu prima Dorothy.

Terminó de cortar con el cuchillo y levantó un trozo de carne roja. La sangre corría por su mano. En ese momento, de la oscuridad surgieron un par de lobos, caminando al trote hacia el pastor. El hombre les tiró el trozo de carne y ellos se pelearon por él.  

– Cuando los mastines me trajeron a la loba moribunda, me encontré con que estaba a punto de parir. Rescaté a dos de los cachorros y los alimenté con vuestra leche primero, y luego con vuestra carne. En un principio yo mismo escogía la oveja a sacrificar, hasta que ellos fueron suficientemente mayores como para introducirse en el rebaño y seleccionar sus presas. No tenías que haber metido las narices, Nelly. Tú eres demasiado vieja para su gusto…

Uno de los lobos se apoderó del trozo de carne y el otro se quejó con un lastimero gemido. El pastor le hizo una señal al lobo perdedor y este se giró hacia Nelly. El depredador comenzó a trotar hacia ella.

…Pero también es verdad que cuando hay hambre, no hay carne dura.

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La maldición de Ramsés

20 noviembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Vagaba por un laberinto de callejones oscuros, en una noche de luna escarlata. El silencio era tal que ni tan solo alcanzaba a escuchar el sonido de mis pasos sobre los charcos de aguas putrefactas que cubrían aquel suelo inmundo. Era consciente de que me encontraba en medio de una pesadilla que no podía controlar. No me importaba, ni siquiera me preocupaba sentir de vez en cuando el roce en mis piernas de alguna rata perdida. Solo deseaba encontrar el objetivo de toda aquella aventura delirante: la puerta dorada.
Di con aquella entrada mágica justo cuando más perdido me sentía. Por eso creo que ella me encontró a mi y no al revés. Era una puerta inmensa, el doble de alta que yo y diez veces más ancha. A la altura de mi cabeza había un inmenso picaporte en forma de cabeza de dragón que, más negro que el futuro de la Humanidad, resaltaba sobre aquella superficie áurea.  Agarré el picaporte con ambas manos, su tacto era frío como los dedos de la Muerte. Lo golpeé contra la puerta y seguí sin escuchar ningún sonido, a pesar de sentir una vibración tan potente que reverberó en todo mi cuerpo, desde las manos hasta el corazón.
La puerta comenzó a abrirse. Un torrente de gritos, risas y llantos inundaron de repente mis oídos, que a punto estuvieron de reventar. No alcancé a ver al sujeto que abría la puerta. Delante mío había un pasillo enmoquetado, hediondo e infinito; a los lados puertas y puertas cerradas que jamás acababan. Del interior de aquellas habitaciones surgían los sonidos que atormentaban mi mente.
Me detuve delante de una puerta. No sé por qué escogí aquella habitación, quizás el número me pareció exótico, 666. Seguramente me escogió ella.
Abrí la puerta sin avisar. Comprendía que lo que se encontrase allí dentro, llevaba siglos esperándome. Una señora de unos sesenta años, en bata gris y con rulos en la cabeza que, sentada en un sofá viejo, observaba la tele atentamente. Sus ojos color naranja helaron mi sangre. No pareció percibir mi presencia o eso pensaba yo. Esperé unos minutos sin atreverme a molestarle, hasta que, de pronto, cogió el mando de una mesita de madera que había a su izquierda y cambió de canal. Oí mi nombre saliendo de la caja tonta. Miré y allí estaba yo, vestido de forma elegante, sonriendo y charlando con unas bellezas que me devoraban con sus miradas.

– ¿Te gusta? – me preguntó la mujer con voz ronca y vieja. Ahora me miraba fijamente con sus ojos de fuego – ¿O quizás prefieres esto?

Volvió a cambiar de canal. De nuevo aparecía yo, sentado en un trono y, hasta donde llegaba la imagen del televisor, las gentes se arrodillaban ante mí.

– No sé. Quizás seas demasiado joven para ser emperador. Puede que te guste más esto.

Ahora en el televisor me veía en lo alto de un escenario, alzando un brazo hacia la multitud, mientras miles de gargantas coreaban mi nombre. Algo debió ver la mujer en mi rostro porque sonrió satisfecha, a sabiendas de que había acertado.

– ¿Qué quieres a cambio? – quise preguntar, aunque las palabras se ahogaron dentro de mi cabeza.
– Lo típico. Tu alma cuando mueras.
– ¿Cuándo?
– No te lo puedo decir. Eso es cosa de Aaron.
– ¿Quién es Aaron?
– El cobrador de la guadaña, hace muchos siglos le llamaban Ramsés el Maldito. Es quien segará tu alma cuando llegue el momento. Él decide cuando ha llegado el momento de pagar.

No lo dudé un instante. Sabía que debía aceptar el trato si alguna vez quería ser alguien poderoso. Sin saber de dónde ni cómo, en las manos de la mujer aparecieron un miserable bolígrafo y un folio de papel impreso con tinta roja. Me los dio alargando los brazos de una manera antinatural. Leí en aquel contrato las palabras que en sueños había dictado mi alma. La letra pequeña era completamente ininteligible, no perdí el tiempo preguntando pues estaba seguro de que no me gustaría saber lo que ponía. Me decepcionó lo del bolígrafo, ¿dónde había quedado la pluma empapada en sangre? Firmé… y me desperté.

Esa misma semana, como por arte de magia, la fortuna comenzó a sonreírme. En menos de un mes conseguí ser famoso. Mi sueño se había cumplido. Sólo faltaba esperar que la pesadilla también se cumpliese. Vivía obsesionado pensando que el tal Aaron aparecería un día cualquiera de la nada y vaciaría un cargador entero en mi cabeza. Sin embargo nada sucedía, y el tal Aaron no aparecía, para mi alivio.
Pero un día descubrí algo que me heló la sangre. Leyendo un diario vi la foto de un jugador de fútbol. El titular de la noticia era el siguiente: «De nuevo se cumple la maldición de Ramsey». Seguí leyendo, «Esta semana, otra vez tras marcar un gol el jugador galés Aaron Ramsey, ha fallecido un famoso. En este caso se trata del actor…» . No necesitaba seguir leyendo. Ya sabía quién era Aaron. Desde entonces no me pierdo ninguno de los partidos que juega, apostando siempre a que no marcará gol. Si gano, gano dos veces. Si pierdo, no me importará tanto mientras pueda conservar el alma.

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