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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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      • Kaiju, the monster
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      • …dies by the sword.
  • Lecturas
    • Muerte sin resurrección (Roberto Martínez Guzmán)
    • La arena del reloj – Mayte Esteban
    • 50 palos – Pau Donés
    • Un café a las seis – Pilar Muñoz
    • Leyendas de la Tierra límite : Las Tierras Blancas
    • Un cadáver muy frío – Ana Bolox
    • Lectores aéreos – Gabriella Campbell
    • Un hotel en ninguna parte – Mónica Gutiérrez
    • Siete libros para Eva – Roberto Martínez Guzmán
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Relatos

Macabro placer

13 noviembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 Al cerrar el ataúd se hundió en la oscuridad.

Quebrando el silencio, a sus oídos llegaban sonidos de un fuelle y golpes de martillo sobre un yunque. Esos ruidos, sin embargo, no eran lo que parecían. Se trataba de su propia respiración acelerada y de los latidos de su corazón desbocado. El índice de su mano izquierda acarició despacio, tembloroso pero con gran delicadeza, la areola de su siniestro seno, mientras con la mano derecha pellizcaba el pezón del diestro. Sentía una gran excitación, un macabro placer en el morboso acto de sumergirse en aquella caja de madera de caoba, con su elegante y acolchado interior de blanco satén. Desde pequeña se había sentido atraída por los ataúdes, le fascinaban de una forma que era incapaz de explicar.
A la tierna edad de seis años, intentó introducirse en el féretro de su tía Isabel. Llegó a acurrucarse al lado de aquel cuerpo, ahora rígido, que unas horas antes le había besado con sus labios ahora fríos. Alguien se acercaba silbando una canción que a ella le gustaba mucho, «Close to you», de «The Carpenters». La melodía murió de pronto al tiempo que una mano le agarraba con fuerza de su frondosa melena rubia y le sacaba a pulso del ataúd. Era su padre. Miraba a un lado y a otro para confirmar que nadie les había visto. Él jamás habló de aquella aberración y ella prefirió no provocar su furia con nuevas tentativas. Hasta que abandonó la mansión familiar. El mismo día de su emancipación, fue a comprarse un ataúd y lo hizo llevar a su nueva casa. Lo guardaba en una habitación donde solo entraba ella. Cuando necesitaba relajarse, se introducía en su sarcófago particular y se dejaba llevar por el placer sexual de imaginarse atrapada en aquel pequeño mundo eternamente. Después, ya completamente relajada, llegaba a dormirse en aquel ataúd para despertar unas horas más tarde, repleta de energía.
Y mientras excitada, pensaba todo esto en su sarcófago, su padre estaba a pocos metros, de cuerpo presente en su propio ataúd. El día antes había fallecido de un infarto de miocardio. Ya no podría impedirle que fuese ella misma. “¡Qué lástima!”, pensó. “El mismo día que se mudó a su casa, va y se muere”. Ya no le quedaba nada, se había arruinado porque alguien anónimo había hundido su empresa. ¡Qué sorpresa se llevó cuando ella le confesó ser ese personaje anónimo que había acabado con su negocio! No lo pudo soportar, su corazón petó. El sentimiento de culpa, a ella, le duró diez segundos. Al fin y al cabo, él siempre había sido débil, algo que ella despreciaba. Los débiles sólo sirven para ser el alimento de los fuertes como ella.
Sus manos continuaron bajando poco a poco, tocando ligeramente el ombligo, acariciando las caderas y deslizándose entre sus muslos. Dejó escapar un leve gemido cuando sus dedos se encontraron con la zona más sensible de su cuerpo, fue en ese momento cuando escuchó “clic”. Al instante se dio cuenta de que algo iba  mal e instintivamente impulsó sus brazos contra la tapa del ataúd, pero ésta no cedió, se mantenía cerrada por mucha fuerza que ella aplicara. ¿Qué había ocurrido? Jamás en todos esos años se había cerrado el ataúd por fuera, ¿Cómo había sido posible? Intentó levantarse y empujar con todo su cuerpo, pero no sucedió nada. Gritó, aunque sabía que sus súplicas morirían absorbidas por el perfecto acolchado del interior del féretro. Lo peor de todo es que nadie la iba a echar de menos; con la muerte de su padre ya no le quedaba ningún familiar cercano vivo y se había cogido unas vacaciones con el argumento de poder recuperar el ánimo. Tampoco tenía amigos, era un ser asocial. Cómo deseó en ese momento tener a alguien ahí fuera que se preocupara por ella, como se había preocupado el viejo.

Detuvo sus pensamientos de repente pues a sus oídos llegó un sonido del exterior, muy debilitado pero perfectamente reconocible. Alguien estaba silbando una canción que le era muy familiar, una canción de «The Carpenters».

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Erótico, Ficción, Terror

No matarás

6 noviembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 “Punto final”.

Pulso sobre el icono de impresión y aprovecho para tomar un largo sorbo de café mientras se genera el documento completo en mi impresora.  Está frío y amargo, el café, apuro la taza hasta los posos y la dejo encima de la alfombrilla del ratón. Observo que en la alfombrilla, además de manchas secas de café, también aparecen vastos trazos escarlata. Me miro las manos y me doy cuenta de que no las he limpiado como debía, aún están un poco manchadas. Cojo un pañuelo y me aseo de forma enérgica hasta dejar mis manos libres de mácula.
Ya ha terminado la impresión del documento. Compruebo que las hojas se hayan impreso correctamente antes de cerrar el editor de textos. Ya sólo me queda hacer una cosa. Me pongo los zapatos y cojo la gabardina. Fuera hace frío. En este año tan caluroso, hemos tenido que esperar hasta noviembre para que el invierno presente su tarjeta de visita. Segundos más tarde vuelvo a entrar en el apartamento a recuperar el documento que había olvidado encima de la cama cuando buscaba la gabardina en el armario. Mientras espero el ascensor noto un cierto tufillo que se expande por el rellano y que solo yo puedo saber que proviene de la casa del vecino.

Salgo a la calle y camino tranquilamente unos quinientos metros, respetando los semáforos, aspirando el gélido aire en grandes bocanadas. Necesito recuperar el valor antes de introducirme en la casa del Señor, donde todas las almas son bienvenidas. Eso sí, al entrar no me atrevo a tocar el agua bendita. Busco un confesionario y cuando lo encuentro me arrodillo delante de la rejilla que oculta al sacerdote que ha de concederme el perdón divino.

“Padre, vengo a confesarme”
“Adelante hijo”
“He violado el quinto mandamiento”
“¿No matarás?”
“Sí, padre. Soy un asesino”
“Pero eso, ¿cuándo ha sido? ¿En esta ciudad?”
“Sí, padre. Aquí tengo las pruebas”

Entregué las últimas hojas de mi relato al sacerdote y esperé a que las leyera por encima.

“Pero hijo, esta historia…”
“Sí, la he escrito yo. ¿Podré ser perdonado?”
“¿Pero quién ha muerto?”
“Mi protagonista. Lo asesiné, lo estrangulé cuando faltaban dos hojas para acabar, después le abrí las costillas para arrancarle el corazón y guardarlo en el congelador. ¿Me puede conceder su perdón?”
“Hijo, no te debes preocupar”
“ ¿A pesar de que el protagonista sea mi vecino, el que siempre está molestando?”
“Por supuesto, quedas perdonado del pecado de matar a tu vecino. Anda hijo, vete que hay gente esperando”
“Gracias, padre, de todo corazón”

¡Qué liviano me siento! Cual Dorian Gray que se exime de sus responsabilidades descargándolas en el corrupto y diabólico lienzo de su retrato, hoy he utilizado mi próxima novela para redimir mi sucia alma. Y lo mejor de todo, es que ya no me molestará más el vecino con sus fiestas hasta altas horas de la noche.

Ahora ya puedo buscar una nueva víctima para mi próximo libro. Al instante, me viene a la memoria ese amigo de mi “ex” que me cae tan mal…

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Asesinato, Castellano, Ficción, misterio

La castañera

30 octubre, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

– ¿Te apetece una papelina de castañas?
– ¡Qué romántico eres, cariño!

Hasta mi olfato había llegado el maravilloso aroma de las castañas asadas, una tentación irresistible. En un rincón de la plaza principal del barrio, escondido de las luces y del frío, se encontraba el puesto de la entrañable castañera que cada mes de noviembre nos visitaba desde que yo tenía uso de razón. Recuerdo haber llorado de pequeño al descubrir que a mediados de diciembre, su pequeño puesto era ocupado por el paje real, al que yo me negaba a entregarle mi carta para los reyes magos. Prefería dejarla en el buzón amarillo de toda la vida y que le llegase a sus Majestades por correo ordinario a dejar mis deseos en manos de aquel impostor.
La castañera reflejaba en su rostro el calor rojo que desprendía el brasero. Cuando me vio, ese rostro concentrado dibujó una amplia sonrisa. Me había reconocido al instante.

– Hola, señora María.
– ¡Hola guapo, qué alegría! ¡Te he echado mucho de menos!
– Y yo sus castañas y moniatos. ¡Y a usted también, claro!
– ¿Y esa chiquilla?
– Mi novia. Emma, te presento a la señora María, la castañera más famosa del barrio.
– ¡Hola, señora María!
– ¡Toma, guapa! Esta papelina te la regalo. A tu novio le toca pagar, que esto es un negocio y necesito ganar algo de dinero, aunque sea poca cosa.

La señora María puso cara de circunstancias, pero a los pocos segundos volvió a sonreír. Le pagué tres euros por la papelina y  otro de propina, agradecido por el regalo que había hecho a Emma. Nos alejamos del puestecito de la entrañable abuelita entre saludos, sonrisas y promesas de volver pronto a visitarla. Emma se acurrucó bajo mi brazo, protegiéndose conmigo del frío que este año había llegado tarde pero con fuerza redoblada, con ganas de recuperar el tiempo perdido.

Estuvimos unos minutos sujetando nuestras papelinas con ambas manos, calentándonos al calor que desprendían las castañas recién salidas del brasero. Emma peló la primera castaña y la introdujo en su boca. Cerró los ojos para saborear aquel pequeño manjar. Pero al momento los abrió, y en su rostro se dibujó una expresión de terror.

– ¿Qué sucede?
– ¡Dios mío!
– ¿Qué? ¡Habla, por favor!
– Al probar la castaña, con los ojos cerrados, he tenido una visión, un mal presagio.
– ¿Pero qué has visto?
– ¡Me he visto a mí misma, desnuda en una cama! ¡Degollada! ¡Muerta!
– ¡Madre mía! ¡No te preocupes, no es más que una tontería!
– ¿Una tontería, Antonio? ¡Es mi muerte la que he visto!
– ¡No es más que una ilusión! No le des importancia, cariño.
– ¡Vamos a ver a la castañera!
– ¿Por qué?
– ¡Estoy segura de que esa maldita bruja me ha lanzado un mal de ojo!
– ¿Pero qué dices? ¡Es la señora María! ¿Por qué te iba a maldecir?
– ¿Y yo qué sé? Por eso quiero preguntarle.
– Emma, por favor, déjalo estar. Esto es absurdo.

Emma no me hizo caso. Se liberó de mi mano y con paso decidido volvió a la plazoleta, a la esquina donde se situaba el pequeño puesto, que desprendía calor y bondad.

– ¿Qué llevan esas castañas, vieja? –gritó Emma, fuera de sus cabales.
– ¿Qué dices, niña?
– ¡Pregunto qué llevan tus castañas! ¿Qué les has puesto? ¿Por qué me han provocado visiones?
– No sé de qué me hablas, cariño.
– ¡Déjese de tonterías, bruja! ¡Me ha envenenado! ¿Por qué me quiere matar?
– Cariño, vámonos, estás muy nerviosa. – intenté llevarme a Emma, pero ella estaba furiosa.
– ¡Déjame! ¡Necesito saber si me ha lanzado un mal de ojo y por qué!
– Vámonos, cariño. Perdone señora María.
– No te preocupes, guapo. No pasa nada.

Arrastré a mi novia fuera de la plaza, mientras la pobre abuelita nos miraba con ojos tiernos y tristes. La envolví en un abrazo protector y me la llevé a mi casa. Ella no paraba de llorar. Al final, después de muchos sollozos, Emma se quedó dormida entre mis brazos.

Cuando desperté, sus ojos miraban al techo. Su boca estaba abierta mostrando una sonrisa exagerada por la que brotaba aún la sangre fresca. Su garganta también estaba desgarrada, tal y como ella había predicho. Parecía una muñeca inerte, destrozada. En las palmas de sus manos, abiertas, descansaban sendas castañas. Destrozado, las cogí, también las otras que yacían desparramadas por otras partes de su cuerpo, y salí de casa.

Las brasas continuaban ardiendo en el pequeño puesto de la castañera. El barrio dormía pero ella seguía allí, esperándome a mí.

– Hola abuela.
– Hola guapo – me dijo con una sonrisa llena de ternura y tristeza.
– Te traigo las castañas encantadas.
– ¡Qué lástima, cariño! ¡Ojalá algún día des con la chica indicada!
– Sí, lo sé, aquella que no tenga visiones funestas cuando pruebe tus castañas.
– No te preocupes, estoy seguro que algún día sucederá, como sucedió con tu padre, con tu abuelo, y con tu bisabuelo.
– Sí, abuela, lo sé. Sólo podré casarme con aquella mujer que las castañas acepten para que algún día pueda seguir la tradición familiar de la castañera.
– Eso mismo. Por cierto, no te olvides de traerme los trocitos del cuerpo. La grasa humana le da un aroma especial al fuego. El resto hazlo desaparecer como tú sabes.
– Sí, abuela.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Terror

El invierno ha llegado

24 octubre, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

«¡Qué lástima me provocan aquellos que creen que se puede matar al odio!
Ellos, pobres necios, serán los primeros que caigan, incrédulos, cuando por sorpresa reciban en su corazón el zarpazo de la rabia que daban por sepultada para siempre, y que de nuevo se habrá levantado de su tumba, en el frío hielo, para aniquilarnos a todos.»
– Cita extraída de las Crónicas de los Vándalos y los primeros hombres.

 

Una docena de individuos patean y golpean con los palos de sus banderas a un joven indefenso, enemigo por el simple hecho de cruzarse en su camino y no ser uno de ellos. Satisfecha su sed de sangre, uno de los agresores, bajito y vestido de bufón, se aleja de la escena dispuesto a disfrutar de la tranquilidad de la ciudad sometida. El bufón  salta alegre y jovial por las calles vacías, cantando en voz alta una canción que habla de humillación, rompiendo el silencio de la muerte y sin miedo alguno a provocar la ira de los vencidos.

“…Pero ahora las lluvias lloran en su salón, sin nadie que las escuche. Sí, ahora las lluvias lloran en su salón. Y ni un alma hay que las escuche.”

Nada ha de temer de aquellos que, ocultos, escuchan sus chanzas. A estos solo les queda la esperanza de sobrevivir hasta el día de la venganza. El Norte recuerda, se dicen a ellos mismos con los puños cerrados.
De pronto, la canción muere en los labios del bufón antes de que pueda completar un nuevo estribillo. Se ha quedado paralizado al escuchar el cuerno sonar tres veces.
A las puertas de aquella ciudad septentrional se ha concentrado una niebla densa como la leche y más fría que el hielo, que traspasa las murallas como el viento traspasa el campo. Antes de que finalice el día, esa niebla y lo que ella oculta, convertirá a bufón, vencidos y vencedores, a todos ellos sin excepción, en sombras sin futuro.

Un mes después…

Ninguno de los clientes, ni siquiera el dueño del establecimiento, sospecha que en aquella humilde posada de un condado del sur se está decidiendo el destino de los Cuatro Reinos. Los dos comensales han elegido la mesa más escondida y menos iluminada de toda la taberna. Además, mantienen sus caras ocultas bajo sendas capuchas incluso mientras simulan dar buena cuenta de sus platos. Se había planteado la posibilidad de realizar tal reunión en algún lugar más discreto, pero las propuestas se rechazaron porque nadie podía garantizar la seguridad. Es mejor así, ocultos entre la multitud que abarrota aquel comedor.

– El autoproclamado «Rey en el Norte» ha aceptado mi propuesta.
– El traidor sabe que está acorralado y busca escapar como una rata.
– En mi opinión teme más al invierno que a las tropas de vuestro ejército.
– ¡Cuentos de viejas!
– Obviáis, mi señora, que el Norte es el bastión que os protege de los peligros de Más allá de las montañas.
– La única amenaza real son los insurgentes que anhelan fragmentar los Cuatro Reinos. Nada va a detenerme en mi objetivo. El rey, el auténtico rey, volverá a unirlos a todos y castigará a los rebeldes como se merecen.
– Por favor, no os dejéis llevar por el odio, mi señora. Recordad que el Rey en el Norte no está solo. De hecho, me consta que tiene el apoyo de la República.
– ¡Esa maldita zorra!
– Que posee la mayor fuerza de los Cuatro Reinos y capacidad para pasar por el fuego todo vuestro territorio.
– No se atreverá a atacar, es débil, le pierden sus escrúpulos.
– Piense mi señora que si no fuera por ese detalle, ella ya estaría gobernando desde el trono de hierro a todo un reino de muertos.
– Sería muy apropiado para combatir contra el ejército de las sombras de vuestros cuentos de viejas.
– De todos modos, mi señora, no he venido hasta aquí para hablar de conjeturas, si no para pediros que renunciéis a vuestra estrategia de terror.
– ¿De qué estrategia habláis?
– La de dar libertad a vuestras huestes de paramilitares para que siembren el pánico por todo el Norte.
– ¿Se refiere a mi ejército popular capitaneado por Sir Albiol?
– No será posible llegar a un acuerdo de paz mientras la Montaña siga alimentando la rabia y el odio.
– ¿Quién quiere la paz?
– Vuestra merced, aunque aún no lo sepa.
– El día que necesite la paz yo misma me arrancaré la vida.
– No será necesario. Os traigo la misma propuesta que le hice al Rey en el Norte.
– ¿Qué ofrecéis? 

– La forma más rápida de terminar la guerra. Un duelo de campeones.
– Ya veo. Un combate de todo o nada, ¿no?
– Exacto. El que gane se lleva los Cuatro reinos, el que pierda deberá capitular y someterse al vencedor.
– ¿Y quién será el campeón del norte?
– Sir Gabriel.
– ¿El “Rufián”? ¡Qué divertido!
– ¿Por qué?
– Acepto.
– ¿Cómo?
– No Lord Variseta. Las preguntas correctas son dónde y cuándo. Y la respuesta es en mi capital, el primer día de la nueva luna. Aquí esperará nuestro campeón al adalid de los renegados. Por cierto, ningún rebelde traidor podrá entrar armas en la ciudad.
– Excepto Sir Gabriel.
– Él tampoco. 

– Pero…
– No hay peros. 

Y llega el día del combate.

Toda la ciudad se  acerca hasta el gran Coliseo pero solo unos privilegiados pueden presenciar el gran combate. Aquí están los representantes de los Lannister y los hijos del Hierro por un lado. Por el otro, algunos caballeros del Norte en calidad de embajadores y acompañados de un pequeño ejército de los temibles dothrakis de las verdes praderas junto al Cantábrico. Todos ellos han sido desarmados antes de entrar en la capital.
Aparecen los dos campeones. Por un lado Sir Gabriel, al que todos en Kingslanding llaman el Rufián, con un laúd en sus manos como única arma. Por el otro bando, el campeón del rey, Sir Albiol, el gigante al que apodan la Montaña, archienemigo de Sir Gabriel, con un inmenso mazo que sostiene con ambas manos. El Rufián se mueve en círculo alrededor de su inmenso adversario. La Montaña le lanza un golpe de mazo que, de rozarle, habría destrozado la cabeza de Sir Gabriel. Sin embargo, este realiza una hábil finta y se libra por centímetros. De nuevo el gigante lanza otro ataque con su poderosa arma, y su contrincante lo salva con maestría. Sin embargo, ninguno de los presentes entiende por qué el Rufián no aprovecha sus contadas ocasiones para contraatacar. Tampoco saben cómo podría hacerlo con un simple laúd. ¿Tendrá algún mecanismo oculto que en algún momento dejará visible un sistema de cuchillas untadas en cicuta? Como respuesta a la incógnita que a todos preocupa, Sir Gabriel comienza a rasgar las cuerdas del instrumento y a cantar, al tiempo que sortea con elegancia los mandobles de la mole enemiga.

Si jo l’estiro for per aquí
i tu l’estires fort per allà,
segur que tomba, tomba, tomba
i ens podrem allibe…..

El mazo le revienta la cabeza como si de la cáscara de un huevo se tratase. El metal se queda aprisionado en medio de la traquea destrozada. La gente de Kingslanding vitorea a su campeón. El Norte, parece ser que no tenía un plan demasiado elaborado. De repente la oscuridad planea por encima del Coliseo. La inmensa sombra del dragón se va haciendo cada vez más pequeña, hasta desaparecer bajo la gran bestia cuando esta aterriza en la arena. Una mujer semidesnuda monta al legendario animal. La montaña, asustado por primera vez en su vida, no le quita ojo mientras intenta desesperado y sin éxito extraer el mazo del cadáver de Sir Gabriel. La mujer de semblante serio, República se llama, le observa con gesto de desprecio y pronuncia una única palabra.

– ¡Dracarys!

El dragón carboniza en el acto a la Montaña. En la tribuna, el Rey del trono de Hierro se levanta lleno de ira.

– ¡Eso no vale! ¡Mi campeón ha ganado!
– ¡Dracarys!

Toda la tribuna es arrasada por el fuego de Drogon. Los nobles de un bando, los del otro, todos sin distinción, se han convertido en cenizas. La República continúa a lomos de su dragón, observando impertérrita el terrorífico espectáculo. La atmósfera se llena del olor de la carne quemada. Las cenizas grises, de repente, se vuelven blancas. Blancas y frías. Ha comenzado a nevar y la República mira al cielo sin comprender lo que sucede.

Nadie ha hecho sonar el cuerno esta vez, el duelo de campeones ha dejado en mínimos las defensas de Kingslanding y los Otros han entrado en la ciudad sin encontrar resistencia alguna. La densa niebla rodea la capital de los Cuatro Reinos. Ya no hay combate en el Coliseo, ya no hay fuego, solo hay frío y oscuridad blanca. Miles de ojos azules  sobrenaturales y llegados de Más allá de las montañas rodean a los aterrorizados habitantes de los Cuatro Reinos. No hay salvación.

O quizás sí.

De pronto suenan los cuernos anunciando la llegada de un nuevo ejército. Cabalgando a la cabeza de los recién llegados, el Rey en el Norte, acompañado de su lugarteniente Sam Tarly. Ambos armados con espadas de «vidriagón«. Aquellos de los Otros a los que las espadas alcanzan, lanzan gritos aterradores y explotan en pedacitos de carne podrida. El Rey en el Norte ha visto a la República al lado de su dragón muerto, ahora su gran objetivo es protegerla. Sabe que si la República no sobrevive, el Norte tampoco lo hará.

La lucha es encarnizada y dura varios días. Miríadas de cuerpos cubren las calles de la ciudad, en algunos casos se amontonan formando pilas tan altas como edificios de varias plantas. 

Al final los ejércitos de los vivos consiguen exterminar hasta el último de los horrores que alberga la noche oscura. Los habitantes de Kingslanding que han sobrevivido al terror, aceptan agradecidos a la República como su única señora. El Rey en el Norte se somete a la República que gobierna por fin los Cuatro Reinos, pero esta le promete respetar la decisión que su pueblo tome.

Nada queda de la dinastía de los Lannister ni de los hijos del Hierro. Ambos han sido aniquilados por el fuego y por el hielo.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor, Política

Llueve sobre mojado

19 octubre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Suena  el despertador a las siete de la mañana y Miguel se levanta de un salto de la cama, con la ilusión y los nervios de aquel que estrena un primer día de trabajo. Después de varios años navegando por las grises tareas informáticas de una empresa de seguros, por fin ha llegado el momento del cambio, un soplo de aire fresco en la vida de Miguel. Es la gran oportunidad que necesitaba para crecer profesionalmente y que llevaba mucho tiempo esperando.

La calle le da los buenos días ofreciéndole una mañana luminosa después de un par de días de fuertes lluvias. Todo son buenos augurios. Tal es su optimismo, que a Miguel incluso se le pasa por la cabeza una idea peregrina, así de pronto, sin saber por qué. «Solo me falta que el conflicto España-Cataluña se solucione. Y estoy convencido de que lo hará muy pronto. Simplemente es cuestión de sentarse a hablar, nada más. Seguro que ambas partes pueden llegar a un acuerdo satisfactorio para todos y rebajar la tensión que desde hace meses afecta a toda la sociedad. La culpa es del verano tan largo que hemos tenido”, piensa Miguel. «Todo el mundo sabe que el calor exacerba las bajas pasiones, nos vuelve más irritables e irracionales. Seguro que ahora, que por fin asoma el otoño, nos volveremos todos un poco más sensatos”, concluye.
Sale de sus pensamientos justo para darse cuenta de que se ha pasado el edificio de su nuevo empleo. “Vaya, al final voy a llegar tarde por culpa de mis elucubraciones. Ya lo decía mi madre, soy un despiste con patas”. Vuelve sobre sus pasos pero no encuentra la entrada. “¡Qué extraño!, me habré equivocado de calle, voy a consultar la dirección en el correo del móvil”.

Miguel no se ha equivocado, la dirección es la correcta pero en la puerta del edificio no hay ningún letrero de su empresa. Habrá que preguntar al conserje.

– Sí, hasta ayer estaban aquí.
– ¿Cómo que hasta ayer?
– Se han mudado, se han ido fuera de Cataluña. Ya sabe, la fuga de empresas.
– ¡Pero si hoy empezaba a trabajar con ellos!
– ¿Y no le han avisado? ¡Ya no hay educación en el mundo! De todos modos, ha sido algo repentino. Yo me enteré ayer por la tarde, por los trabajadores que se despedían de mí.
– ¿Y qué han hecho ellos?
– Se han ido todos a una empresa que hay en el centro de Barcelona que trabaja en el tema de seguros. Debe ser la única empresa que sigue contratando trabajadores en estos tiempos tan convulsos.

Miguel, ya en la calle, ha llamado a su anterior empresa, ha hablado con la responsable de Recursos Humanos que le ha dicho que lo siente mucho, pero que acababan de contratar treinta empleados nuevos y que no necesitan de sus servicios. Le ha deseado mucha suerte y que si sale algo tenga por seguro que le avisarán de inmediato.

De repente, el cielo se ha tapado por completo y la lluvia ha regresado. Miguel, empapado, ni se inmuta. Para él, llueve sobre mojado.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor, Política, Sociedad

TU LIBRO

16 octubre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

No recordaba haber visto antes aquel ejemplar en las estanterías de mi biblioteca. Si mi mano nunca lo hubiese rozado, si jamás le hubiera prestado atención…

“TU LIBRO” era el título impreso en letras mayúsculas doradas sobre su oscuro lomo. Las tapas eran negras y aterciopeladas como las del Necronomicón.

Impaciente, me dispuse a leerlo de inmediato y, asombrado, confirmé que, en efecto, narraba mi vida. No podía frenar su lectura obsesiva, empujado por el deseo, no, la necesidad, de descubrir hasta dónde me llevarían sus hojas. No tardé en alcanzar el momento redundante en el cual me observaba a mi mismo digiriendo, excitado, los párrafos de aquel misterioso libro. En ese punto, la angustia y el pánico que de repente me embargaron no me dejaron continuar: tan solo me quedaban tres páginas para llegar al final. ¿Se podría explicar el resto de mi vida en tan pocos párrafos? ¿Pudiera ser que ese libro fuese mi sentencia de muerte?

He tardado varios días hasta tomar una decisión. En un principio mi pensamiento se bloqueó. Luego pensé que, si no lo terminaba, quizás, el libro no me afectaría. Al final he decidido enfrentarme cara a cara con el destino, completar la lectura y aceptar la condena que esas últimas lineas me deparen. Retomo la lectura donde la dejé.

Las dos siguientes páginas me han llevado por un fiel reflejo de lo que han sido para mí estos últimos días, mis pensamientos y temores, mis lágrimas y mis noches sin dormir.

Ya solo me queda pasar a la última de las páginas.

El sudor cae por mi frente.

Noto una leve presión en mi corazón.

Siento como los dedos de la mano se me agarrotan, a duras penas consiguen girar la hoja para que pueda leer:

 

“Continuará….”

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Aplicando la ley proporcionalmente

3 octubre, 2017 by JAP Vidal 3 comentarios

Ciudad de Los Angeles, año 2017.

– ¡Hostia! ¡Si es Robocop! ¡Qué fuerte!
– Está usted contraviniendo el artículo 678 barra 9 de la ley urbana de Los Angeles.
– ¿Qué pasa?  ¡Si es María, buena pal body, tronco! ¿Quieres un porrito?
– Eliminando amenaza.

Media hora después, en otro punto de la ciudad.

– ¡Robocop! ¡Perdona! ¡Te juro que ha sido una urgencia!
– Está usted contraviniendo la prohibición del uso del teléfono móvil mientras se conduce.
– Mi mujer está dando a luz y…
– Eliminando amenaza.

Una hora más tarde, en el centro de Los Ángeles.

– Está usted contraviniendo el artículo 728 barra 16 de la ley de Salud e higiene del ayuntamiento de Los Ángeles.
– ¡Pero si solo he tirado una colilla al suelo!
– Eliminando amenaza.

Otra hora después, en el laboratorio del Departamento de Policía de L.A.

El alcalde se asustó al entrar y encontrarse al androide justo delante. Todavía no se había acostumbrado a la imponente presencia de Robocop, una mole de acero de dos metros de altura. Su mandíbula protuberante era la envidia de todos los agentes de policía de la ciudad. Pero Robocop, el orgullo del cuerpo, estaba sufriendo una crisis en esos momentos.

– ¿Qué demonios ha sucedido hoy, doctor Jones?
– Buenos días, alcalde. Parece ser que el comportamiento psicópata del agente Robocop se debe a una alteración en su configuración.
– Explíquese Jones.
– Ya sabrá usted que ayer nos fue devuelta esta unidad desde Europa, donde la habíamos cedido para una operación especial que debía llevarse a cabo allí, durante una semana.
– Lo sé, lo sé. La idea era prestarles la unidad para que la probasen y acabaran comprando a nuestro fabricante americano unas cuantas unidades.¿Y qué ha pasado?
– Pues que a algún gracioso allí, se le ha ocurrido poner el modo «BESTIA» para testear, o para hacer la gracia, vaya usted a saber.
– La madre que lo…
– En consecuencia, cada vez que Robocop ha de analizar la severidad del castigo a aplicar en aquellos delitos que descubre, lo hace de forma proporcional al modo «BESTIA».
– ¡Joder! ¿De cuántas bajas estamos hablando?
– Trescientas doce víctimas en cinco horas de servicio. Y lo peor es que no hemos sido capaces de deshabilitarlo.
– ¿Cómo que no han sido…? ¿Por qué está ese piloto encendido? 

La voz metálica del androide resonó poderosa en la sala hermética.

– Está usted implicado en cuatro casos de corrupción.
– ¿Qué vas a hacer? Soy el alcalde, tu jefe. ¡Detente! ¡No!
– Eliminando amenaza.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor

Tú decides

30 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

– ¡Alto! ¡No lo hagas!

El potencial criminal se detuvo en seco. El agente de policía le miraba fijamente, con las piernas ligeramente flexionadas, apuntándole con el índice de su mano izquierda, mientras con la diestra acariciaba la culata de su pistola todavía enfundada, una HK USP Compact. La posición de su cuerpo reflejaba la tensión del momento.

– No te atreverás a disparar, hay mucha gente.
– Te lo aviso, si lo haces no me dejarás otra alternativa.
– No tienes por qué hacerlo.
– Son las órdenes. No me obligues, por favor.

El policía se reafirmó en su amenaza desenfundando su pistola. La apuntó contra aquel hombre, a su lado había una mujer y una niña, ambas llorando. El hombre volvió a hablar, en su voz había nerviosismo pero también firmeza.

– Me llamo Raúl, mis padres son de Extremadura. Esta mujer de aquí es mi mujer, Isabel, sus padres son de Andalucía. La niña que se esconde de ti apretándose contra mis piernas es mi hija, Ona. Por favor, míralas bien. Si estamos aquí y vamos a votar es por su futuro, no para hacerte daño a ti ni a nadie.

El policía no contestó. Todo aquello era un sinsentido. Pero tenía una orden explícita y no podía permitir que nadie se la saltara. ¡Qué fácil habría sido enfrentarse contra un encapuchado armado!

– Y ahora observa a tu alrededor. ¿Qué ves? ¿Terroristas? ¿Alguna amenaza a  tu vida?
– Te lo aviso por última vez. Suéltalo o dispararé.

Alguien, dentro de la inmensa cola que se había hecho para votar, comenzó a gritar «Votarem! Votarem!», y al momento centenares de voces le siguieron, firmes, sin miedo.

– Tú decides, yo ya lo he hecho.

Y dicho esto, Raúl dejó de mirar al agente y se dispuso a depositar su voto en la urna. El policía dudaba, su dedo sobre el gatillo también. ¿A quién debía proteger? ¿A quién debía servir? ¿Al pueblo o a la ley? ¿Y qué sucede cuando el pueblo y la ley siguen caminos opuestos? En todo caso, ¿debía pulsar el gatillo?

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Catalunya, Ficción, Libertad, Referèndum

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