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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Ficción

El invierno ha llegado

24 octubre, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

«¡Qué lástima me provocan aquellos que creen que se puede matar al odio!
Ellos, pobres necios, serán los primeros que caigan, incrédulos, cuando por sorpresa reciban en su corazón el zarpazo de la rabia que daban por sepultada para siempre, y que de nuevo se habrá levantado de su tumba, en el frío hielo, para aniquilarnos a todos.»
– Cita extraída de las Crónicas de los Vándalos y los primeros hombres.

 

Una docena de individuos patean y golpean con los palos de sus banderas a un joven indefenso, enemigo por el simple hecho de cruzarse en su camino y no ser uno de ellos. Satisfecha su sed de sangre, uno de los agresores, bajito y vestido de bufón, se aleja de la escena dispuesto a disfrutar de la tranquilidad de la ciudad sometida. El bufón  salta alegre y jovial por las calles vacías, cantando en voz alta una canción que habla de humillación, rompiendo el silencio de la muerte y sin miedo alguno a provocar la ira de los vencidos.

“…Pero ahora las lluvias lloran en su salón, sin nadie que las escuche. Sí, ahora las lluvias lloran en su salón. Y ni un alma hay que las escuche.”

Nada ha de temer de aquellos que, ocultos, escuchan sus chanzas. A estos solo les queda la esperanza de sobrevivir hasta el día de la venganza. El Norte recuerda, se dicen a ellos mismos con los puños cerrados.
De pronto, la canción muere en los labios del bufón antes de que pueda completar un nuevo estribillo. Se ha quedado paralizado al escuchar el cuerno sonar tres veces.
A las puertas de aquella ciudad septentrional se ha concentrado una niebla densa como la leche y más fría que el hielo, que traspasa las murallas como el viento traspasa el campo. Antes de que finalice el día, esa niebla y lo que ella oculta, convertirá a bufón, vencidos y vencedores, a todos ellos sin excepción, en sombras sin futuro.

Un mes después…

Ninguno de los clientes, ni siquiera el dueño del establecimiento, sospecha que en aquella humilde posada de un condado del sur se está decidiendo el destino de los Cuatro Reinos. Los dos comensales han elegido la mesa más escondida y menos iluminada de toda la taberna. Además, mantienen sus caras ocultas bajo sendas capuchas incluso mientras simulan dar buena cuenta de sus platos. Se había planteado la posibilidad de realizar tal reunión en algún lugar más discreto, pero las propuestas se rechazaron porque nadie podía garantizar la seguridad. Es mejor así, ocultos entre la multitud que abarrota aquel comedor.

– El autoproclamado «Rey en el Norte» ha aceptado mi propuesta.
– El traidor sabe que está acorralado y busca escapar como una rata.
– En mi opinión teme más al invierno que a las tropas de vuestro ejército.
– ¡Cuentos de viejas!
– Obviáis, mi señora, que el Norte es el bastión que os protege de los peligros de Más allá de las montañas.
– La única amenaza real son los insurgentes que anhelan fragmentar los Cuatro Reinos. Nada va a detenerme en mi objetivo. El rey, el auténtico rey, volverá a unirlos a todos y castigará a los rebeldes como se merecen.
– Por favor, no os dejéis llevar por el odio, mi señora. Recordad que el Rey en el Norte no está solo. De hecho, me consta que tiene el apoyo de la República.
– ¡Esa maldita zorra!
– Que posee la mayor fuerza de los Cuatro Reinos y capacidad para pasar por el fuego todo vuestro territorio.
– No se atreverá a atacar, es débil, le pierden sus escrúpulos.
– Piense mi señora que si no fuera por ese detalle, ella ya estaría gobernando desde el trono de hierro a todo un reino de muertos.
– Sería muy apropiado para combatir contra el ejército de las sombras de vuestros cuentos de viejas.
– De todos modos, mi señora, no he venido hasta aquí para hablar de conjeturas, si no para pediros que renunciéis a vuestra estrategia de terror.
– ¿De qué estrategia habláis?
– La de dar libertad a vuestras huestes de paramilitares para que siembren el pánico por todo el Norte.
– ¿Se refiere a mi ejército popular capitaneado por Sir Albiol?
– No será posible llegar a un acuerdo de paz mientras la Montaña siga alimentando la rabia y el odio.
– ¿Quién quiere la paz?
– Vuestra merced, aunque aún no lo sepa.
– El día que necesite la paz yo misma me arrancaré la vida.
– No será necesario. Os traigo la misma propuesta que le hice al Rey en el Norte.
– ¿Qué ofrecéis? 

– La forma más rápida de terminar la guerra. Un duelo de campeones.
– Ya veo. Un combate de todo o nada, ¿no?
– Exacto. El que gane se lleva los Cuatro reinos, el que pierda deberá capitular y someterse al vencedor.
– ¿Y quién será el campeón del norte?
– Sir Gabriel.
– ¿El “Rufián”? ¡Qué divertido!
– ¿Por qué?
– Acepto.
– ¿Cómo?
– No Lord Variseta. Las preguntas correctas son dónde y cuándo. Y la respuesta es en mi capital, el primer día de la nueva luna. Aquí esperará nuestro campeón al adalid de los renegados. Por cierto, ningún rebelde traidor podrá entrar armas en la ciudad.
– Excepto Sir Gabriel.
– Él tampoco. 

– Pero…
– No hay peros. 

Y llega el día del combate.

Toda la ciudad se  acerca hasta el gran Coliseo pero solo unos privilegiados pueden presenciar el gran combate. Aquí están los representantes de los Lannister y los hijos del Hierro por un lado. Por el otro, algunos caballeros del Norte en calidad de embajadores y acompañados de un pequeño ejército de los temibles dothrakis de las verdes praderas junto al Cantábrico. Todos ellos han sido desarmados antes de entrar en la capital.
Aparecen los dos campeones. Por un lado Sir Gabriel, al que todos en Kingslanding llaman el Rufián, con un laúd en sus manos como única arma. Por el otro bando, el campeón del rey, Sir Albiol, el gigante al que apodan la Montaña, archienemigo de Sir Gabriel, con un inmenso mazo que sostiene con ambas manos. El Rufián se mueve en círculo alrededor de su inmenso adversario. La Montaña le lanza un golpe de mazo que, de rozarle, habría destrozado la cabeza de Sir Gabriel. Sin embargo, este realiza una hábil finta y se libra por centímetros. De nuevo el gigante lanza otro ataque con su poderosa arma, y su contrincante lo salva con maestría. Sin embargo, ninguno de los presentes entiende por qué el Rufián no aprovecha sus contadas ocasiones para contraatacar. Tampoco saben cómo podría hacerlo con un simple laúd. ¿Tendrá algún mecanismo oculto que en algún momento dejará visible un sistema de cuchillas untadas en cicuta? Como respuesta a la incógnita que a todos preocupa, Sir Gabriel comienza a rasgar las cuerdas del instrumento y a cantar, al tiempo que sortea con elegancia los mandobles de la mole enemiga.

Si jo l’estiro for per aquí
i tu l’estires fort per allà,
segur que tomba, tomba, tomba
i ens podrem allibe…..

El mazo le revienta la cabeza como si de la cáscara de un huevo se tratase. El metal se queda aprisionado en medio de la traquea destrozada. La gente de Kingslanding vitorea a su campeón. El Norte, parece ser que no tenía un plan demasiado elaborado. De repente la oscuridad planea por encima del Coliseo. La inmensa sombra del dragón se va haciendo cada vez más pequeña, hasta desaparecer bajo la gran bestia cuando esta aterriza en la arena. Una mujer semidesnuda monta al legendario animal. La montaña, asustado por primera vez en su vida, no le quita ojo mientras intenta desesperado y sin éxito extraer el mazo del cadáver de Sir Gabriel. La mujer de semblante serio, República se llama, le observa con gesto de desprecio y pronuncia una única palabra.

– ¡Dracarys!

El dragón carboniza en el acto a la Montaña. En la tribuna, el Rey del trono de Hierro se levanta lleno de ira.

– ¡Eso no vale! ¡Mi campeón ha ganado!
– ¡Dracarys!

Toda la tribuna es arrasada por el fuego de Drogon. Los nobles de un bando, los del otro, todos sin distinción, se han convertido en cenizas. La República continúa a lomos de su dragón, observando impertérrita el terrorífico espectáculo. La atmósfera se llena del olor de la carne quemada. Las cenizas grises, de repente, se vuelven blancas. Blancas y frías. Ha comenzado a nevar y la República mira al cielo sin comprender lo que sucede.

Nadie ha hecho sonar el cuerno esta vez, el duelo de campeones ha dejado en mínimos las defensas de Kingslanding y los Otros han entrado en la ciudad sin encontrar resistencia alguna. La densa niebla rodea la capital de los Cuatro Reinos. Ya no hay combate en el Coliseo, ya no hay fuego, solo hay frío y oscuridad blanca. Miles de ojos azules  sobrenaturales y llegados de Más allá de las montañas rodean a los aterrorizados habitantes de los Cuatro Reinos. No hay salvación.

O quizás sí.

De pronto suenan los cuernos anunciando la llegada de un nuevo ejército. Cabalgando a la cabeza de los recién llegados, el Rey en el Norte, acompañado de su lugarteniente Sam Tarly. Ambos armados con espadas de «vidriagón«. Aquellos de los Otros a los que las espadas alcanzan, lanzan gritos aterradores y explotan en pedacitos de carne podrida. El Rey en el Norte ha visto a la República al lado de su dragón muerto, ahora su gran objetivo es protegerla. Sabe que si la República no sobrevive, el Norte tampoco lo hará.

La lucha es encarnizada y dura varios días. Miríadas de cuerpos cubren las calles de la ciudad, en algunos casos se amontonan formando pilas tan altas como edificios de varias plantas. 

Al final los ejércitos de los vivos consiguen exterminar hasta el último de los horrores que alberga la noche oscura. Los habitantes de Kingslanding que han sobrevivido al terror, aceptan agradecidos a la República como su única señora. El Rey en el Norte se somete a la República que gobierna por fin los Cuatro Reinos, pero esta le promete respetar la decisión que su pueblo tome.

Nada queda de la dinastía de los Lannister ni de los hijos del Hierro. Ambos han sido aniquilados por el fuego y por el hielo.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor, Política

Llueve sobre mojado

19 octubre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Suena  el despertador a las siete de la mañana y Miguel se levanta de un salto de la cama, con la ilusión y los nervios de aquel que estrena un primer día de trabajo. Después de varios años navegando por las grises tareas informáticas de una empresa de seguros, por fin ha llegado el momento del cambio, un soplo de aire fresco en la vida de Miguel. Es la gran oportunidad que necesitaba para crecer profesionalmente y que llevaba mucho tiempo esperando.

La calle le da los buenos días ofreciéndole una mañana luminosa después de un par de días de fuertes lluvias. Todo son buenos augurios. Tal es su optimismo, que a Miguel incluso se le pasa por la cabeza una idea peregrina, así de pronto, sin saber por qué. «Solo me falta que el conflicto España-Cataluña se solucione. Y estoy convencido de que lo hará muy pronto. Simplemente es cuestión de sentarse a hablar, nada más. Seguro que ambas partes pueden llegar a un acuerdo satisfactorio para todos y rebajar la tensión que desde hace meses afecta a toda la sociedad. La culpa es del verano tan largo que hemos tenido”, piensa Miguel. «Todo el mundo sabe que el calor exacerba las bajas pasiones, nos vuelve más irritables e irracionales. Seguro que ahora, que por fin asoma el otoño, nos volveremos todos un poco más sensatos”, concluye.
Sale de sus pensamientos justo para darse cuenta de que se ha pasado el edificio de su nuevo empleo. “Vaya, al final voy a llegar tarde por culpa de mis elucubraciones. Ya lo decía mi madre, soy un despiste con patas”. Vuelve sobre sus pasos pero no encuentra la entrada. “¡Qué extraño!, me habré equivocado de calle, voy a consultar la dirección en el correo del móvil”.

Miguel no se ha equivocado, la dirección es la correcta pero en la puerta del edificio no hay ningún letrero de su empresa. Habrá que preguntar al conserje.

– Sí, hasta ayer estaban aquí.
– ¿Cómo que hasta ayer?
– Se han mudado, se han ido fuera de Cataluña. Ya sabe, la fuga de empresas.
– ¡Pero si hoy empezaba a trabajar con ellos!
– ¿Y no le han avisado? ¡Ya no hay educación en el mundo! De todos modos, ha sido algo repentino. Yo me enteré ayer por la tarde, por los trabajadores que se despedían de mí.
– ¿Y qué han hecho ellos?
– Se han ido todos a una empresa que hay en el centro de Barcelona que trabaja en el tema de seguros. Debe ser la única empresa que sigue contratando trabajadores en estos tiempos tan convulsos.

Miguel, ya en la calle, ha llamado a su anterior empresa, ha hablado con la responsable de Recursos Humanos que le ha dicho que lo siente mucho, pero que acababan de contratar treinta empleados nuevos y que no necesitan de sus servicios. Le ha deseado mucha suerte y que si sale algo tenga por seguro que le avisarán de inmediato.

De repente, el cielo se ha tapado por completo y la lluvia ha regresado. Miguel, empapado, ni se inmuta. Para él, llueve sobre mojado.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor, Política, Sociedad

TU LIBRO

16 octubre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

No recordaba haber visto antes aquel ejemplar en las estanterías de mi biblioteca. Si mi mano nunca lo hubiese rozado, si jamás le hubiera prestado atención…

“TU LIBRO” era el título impreso en letras mayúsculas doradas sobre su oscuro lomo. Las tapas eran negras y aterciopeladas como las del Necronomicón.

Impaciente, me dispuse a leerlo de inmediato y, asombrado, confirmé que, en efecto, narraba mi vida. No podía frenar su lectura obsesiva, empujado por el deseo, no, la necesidad, de descubrir hasta dónde me llevarían sus hojas. No tardé en alcanzar el momento redundante en el cual me observaba a mi mismo digiriendo, excitado, los párrafos de aquel misterioso libro. En ese punto, la angustia y el pánico que de repente me embargaron no me dejaron continuar: tan solo me quedaban tres páginas para llegar al final. ¿Se podría explicar el resto de mi vida en tan pocos párrafos? ¿Pudiera ser que ese libro fuese mi sentencia de muerte?

He tardado varios días hasta tomar una decisión. En un principio mi pensamiento se bloqueó. Luego pensé que, si no lo terminaba, quizás, el libro no me afectaría. Al final he decidido enfrentarme cara a cara con el destino, completar la lectura y aceptar la condena que esas últimas lineas me deparen. Retomo la lectura donde la dejé.

Las dos siguientes páginas me han llevado por un fiel reflejo de lo que han sido para mí estos últimos días, mis pensamientos y temores, mis lágrimas y mis noches sin dormir.

Ya solo me queda pasar a la última de las páginas.

El sudor cae por mi frente.

Noto una leve presión en mi corazón.

Siento como los dedos de la mano se me agarrotan, a duras penas consiguen girar la hoja para que pueda leer:

 

“Continuará….”

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Terror

Aplicando la ley proporcionalmente

3 octubre, 2017 by JAP Vidal 3 comentarios

Ciudad de Los Angeles, año 2017.

– ¡Hostia! ¡Si es Robocop! ¡Qué fuerte!
– Está usted contraviniendo el artículo 678 barra 9 de la ley urbana de Los Angeles.
– ¿Qué pasa?  ¡Si es María, buena pal body, tronco! ¿Quieres un porrito?
– Eliminando amenaza.

Media hora después, en otro punto de la ciudad.

– ¡Robocop! ¡Perdona! ¡Te juro que ha sido una urgencia!
– Está usted contraviniendo la prohibición del uso del teléfono móvil mientras se conduce.
– Mi mujer está dando a luz y…
– Eliminando amenaza.

Una hora más tarde, en el centro de Los Ángeles.

– Está usted contraviniendo el artículo 728 barra 16 de la ley de Salud e higiene del ayuntamiento de Los Ángeles.
– ¡Pero si solo he tirado una colilla al suelo!
– Eliminando amenaza.

Otra hora después, en el laboratorio del Departamento de Policía de L.A.

El alcalde se asustó al entrar y encontrarse al androide justo delante. Todavía no se había acostumbrado a la imponente presencia de Robocop, una mole de acero de dos metros de altura. Su mandíbula protuberante era la envidia de todos los agentes de policía de la ciudad. Pero Robocop, el orgullo del cuerpo, estaba sufriendo una crisis en esos momentos.

– ¿Qué demonios ha sucedido hoy, doctor Jones?
– Buenos días, alcalde. Parece ser que el comportamiento psicópata del agente Robocop se debe a una alteración en su configuración.
– Explíquese Jones.
– Ya sabrá usted que ayer nos fue devuelta esta unidad desde Europa, donde la habíamos cedido para una operación especial que debía llevarse a cabo allí, durante una semana.
– Lo sé, lo sé. La idea era prestarles la unidad para que la probasen y acabaran comprando a nuestro fabricante americano unas cuantas unidades.¿Y qué ha pasado?
– Pues que a algún gracioso allí, se le ha ocurrido poner el modo «BESTIA» para testear, o para hacer la gracia, vaya usted a saber.
– La madre que lo…
– En consecuencia, cada vez que Robocop ha de analizar la severidad del castigo a aplicar en aquellos delitos que descubre, lo hace de forma proporcional al modo «BESTIA».
– ¡Joder! ¿De cuántas bajas estamos hablando?
– Trescientas doce víctimas en cinco horas de servicio. Y lo peor es que no hemos sido capaces de deshabilitarlo.
– ¿Cómo que no han sido…? ¿Por qué está ese piloto encendido? 

La voz metálica del androide resonó poderosa en la sala hermética.

– Está usted implicado en cuatro casos de corrupción.
– ¿Qué vas a hacer? Soy el alcalde, tu jefe. ¡Detente! ¡No!
– Eliminando amenaza.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor

Tú decides

30 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

– ¡Alto! ¡No lo hagas!

El potencial criminal se detuvo en seco. El agente de policía le miraba fijamente, con las piernas ligeramente flexionadas, apuntándole con el índice de su mano izquierda, mientras con la diestra acariciaba la culata de su pistola todavía enfundada, una HK USP Compact. La posición de su cuerpo reflejaba la tensión del momento.

– No te atreverás a disparar, hay mucha gente.
– Te lo aviso, si lo haces no me dejarás otra alternativa.
– No tienes por qué hacerlo.
– Son las órdenes. No me obligues, por favor.

El policía se reafirmó en su amenaza desenfundando su pistola. La apuntó contra aquel hombre, a su lado había una mujer y una niña, ambas llorando. El hombre volvió a hablar, en su voz había nerviosismo pero también firmeza.

– Me llamo Raúl, mis padres son de Extremadura. Esta mujer de aquí es mi mujer, Isabel, sus padres son de Andalucía. La niña que se esconde de ti apretándose contra mis piernas es mi hija, Ona. Por favor, míralas bien. Si estamos aquí y vamos a votar es por su futuro, no para hacerte daño a ti ni a nadie.

El policía no contestó. Todo aquello era un sinsentido. Pero tenía una orden explícita y no podía permitir que nadie se la saltara. ¡Qué fácil habría sido enfrentarse contra un encapuchado armado!

– Y ahora observa a tu alrededor. ¿Qué ves? ¿Terroristas? ¿Alguna amenaza a  tu vida?
– Te lo aviso por última vez. Suéltalo o dispararé.

Alguien, dentro de la inmensa cola que se había hecho para votar, comenzó a gritar «Votarem! Votarem!», y al momento centenares de voces le siguieron, firmes, sin miedo.

– Tú decides, yo ya lo he hecho.

Y dicho esto, Raúl dejó de mirar al agente y se dispuso a depositar su voto en la urna. El policía dudaba, su dedo sobre el gatillo también. ¿A quién debía proteger? ¿A quién debía servir? ¿Al pueblo o a la ley? ¿Y qué sucede cuando el pueblo y la ley siguen caminos opuestos? En todo caso, ¿debía pulsar el gatillo?

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Catalunya, Ficción, Libertad, Referèndum

El antropófago del Gayxample

27 septiembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

—  ¡Te has comido a mi novio!
— No es lo que parece, te lo puedo explicar.
— ¿Qué vas a explicarme? He visto cómo te lo tragabas.
— ¡Ha sido él quien ha querido que yo me lo comiera!
— ¿Pero qué dices? ¿Por qué iba a querer tal cosa?
— ¿Te tranquilizas y me dejas que te lo explique?
— Te doy un minuto, luego llamo a la policía.
— ¿Y qué le vas a decir? ¿Que un contenedor de basura se ha comido a tu novio? ¿Te das cuenta que te tomarán por loco?
— ¿Cómo es que puedes hablar?
— No lo sé. El otro día un tipo llegó corriendo y me tiró unas cuantas mierdas químicas. Me debieron sentar fatal porque desde entonces tengo la capacidad del raciocinio y la del habla.
— ¡Pero tienes vida!
— ¡Y tú también, qué raro! ¿No te das cuenta de que tú y yo estamos compuestos de materia orgánica y en nuestro interior se producen complejas reacciones químicas? 
— ¡Qué raro eres! Eres capaz de argumentar como un científico.
— No solo eso. Te puedo garantizar que soy un dios.
— ¿Un dios?
— Sí, el dios de los contenedores de la basura. Soy un ser superior sobre el resto de contenedores de este planeta.
— Hombre, visto así…
— Mira Ramón…
— ¿Cómo sabes mi nombre?
— Iván, tu novio, me lo ha dicho. Me ha pedido que te diga que desea que te unas con él en mi interior.
— ¿Me quieres comer? ¡Voy a llamar a la policía!
— ¡Detente! ¡No te voy a comer! Si tú no quieres. Yo solo te digo que Iván lo tuvo muy claro. Mi panza es inmensa, mucho más grande de lo que parece desde fuera. Allí tendréis todo lo que necesitéis. Comida, cobijo, intimidad… Y si un día lo queréis dejar, pues nada, me lo decís y tan amigos. Nadie os molestará, te lo aseguro. Vosotros no os merecéis las miradas de desprecio de esos homínidos que tienen más pelos en el culo que neuronas en el cerebro. ¿Para qué sufrir malos ratos cuando aquí podéis estar tranquilos todo el tiempo que queráis? Nadie os mirará mal, ni hablará a vuestras espaldas. Yo sé lo que es ser rechazado, en mi caso por mi olor y mi condición de recipiente de desechos.
— Odio sus cuchicheos.
— Dan asco.
— Y sus miradas impertinentes.
— Sí, son tan imbéciles que se te quedan mirando fijamente, como si fueran invisibles.
— Es una sociedad de mierda.
— Tú lo has dicho. Yo os puedo proporcionar un paréntesis de paz y vosotros llenarlo de amor.
— Nos podremos besar.
— Y coger la mano.
— Sí, sin que nadie nos insulte.
— Libres de las miradas de los necios.

— ¿Y podemos salir cuando queramos?
— Solo tenéis que pedírmelo y en un periquete estáis de vuelta.
— Pues allá voy.  Abre la boca.
— Cuidado no te hagas daño al caer dentro.
— ¡Iván! ¡Ya voy!
— ¡Ñam, ñam!

…

— ¡Al monstruo, al monstruo!
— ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?
— Te has comido a ese chico! ¡Voy a llamar a la policía!
— ¡Tiene una explicación! Dame solo un minuto y te lo explico. ¿Te he dicho ya que soy un dios?

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Humor, Religión, Social

En vivo entre muertos

25 julio, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 

Si me pudieras ver en este momento te preguntarías “¿Qué narices hace este tipo a todo gas con su Harley, en medio de un desierto en una noche sin luna, perseguido por un millón de criaturas infernales? ¿Y cómo puede estar tan tranquilo? ¡Si parece que disfrute!”. Pues no, no estoy disfrutando, estoy cagado porque no sé dónde voy, solo sé dónde no quiero volver, y si me pilla esa horda que me persigue, no es que esté muerto, estaré jodido, muy jodido. ¿Y por qué? Pues te lo voy a explicar mientras conduzco como un suicida por esta carretera oscura, llena de baches traicioneros.

Todo empezó en un garito donde acababa de tocar con los Sin City, el  grupo cover de AC/DC con el que me lo paso bien y gano unos dinerillos. Yo soy el cantante, Frank, encantado de conocerte aunque sea en esta situación tan chunga. Pero antes de continuar, te voy a preguntar algo: ¿Qué pensarías si vieses un fantasma? ¿Que nunca has visto ninguno? Pues te diré yo lo que ocurre.

Lo primero que se te pasa por la cabeza es, “¡Joder, qué mal estoy!”. Sí, así es, le echas la culpa al alcohol –aunque bebas poco para cuidar la voz-, a las drogas –aunque la única que te metas sea ibuprofeno por un tubo-, al calor dentro del garito o a que el tarro ya no está para tanto ajetreo. Piensas que quizás es el momento de dejar el rock y pasarte a los boleros -ni de coña-. Entonces te aproximas un poco más a aquella mesa oculta entre sombras de las miradas indiscretas. Te acercas y curioseas porque tu salud mental está en juego. Tus ojos se esfuerzan por dar una explicación física que no llega, y después de un par de minutos de observación asumes que realmente estás viendo un fantasma. Lleva la misma chaqueta tejana y el mismo pelo rizado y negro como el carbón que cuando estaba vivo. Por no hablar de esa mirada de loco, que parece que los ojos se le van a salir de las cuencas. También te preguntas cómo es que no está podrido después de casi cuarenta años en el hoyo. Obsesionado, al final haces la prueba del algodón: te paras delante del tal espíritu y le preguntas directamente para salir de dudas.

– ¿Quién coño eres?

Su sonrisa de loco te confirma que delante de tus narices tienes al fantasma de Bon Scott, el que fuera cantante de AC/DC, hasta que falleció ahogado con su propio vómito en una fría noche de febrero de mil novecientos ochenta – lo podéis consultar en la wikipedia como he hecho yo-.

– ¿Un trago?
– ¿Cómo es que hablas mi idioma?
– Los espíritus no hablamos, no lo necesitamos.
– ¿Qué haces aquí?
– ¡Guapa, tráeme un par de vasos de Old Jameson! ¿Te gusta el whiskey irlandés, Frank?
– ¿Sabes mi nombre?
– En mi mundo nos aburrimos mucho, Frank, así que curioseamos en vuestras vidas. Lo sé todo sobre ti, amigo. Por supuesto, también sé que suplantas mi identidad. No, no creas que he venido a reclamarte derechos de autor o mierdas parecidas, total, yo ya estoy muerto, ¿no? ¡Venga, no pongas esa cara! ¡Es broma! ¡Te estoy vacilando! Estoy en tu mente, tío, por eso no puedes tener secretos para mí.
– ¿Eres mi subconsciente? ¿Esto es un sueño?
– Es más complicado, soy un fantasma que se te presenta en una especie de sueño pero de consecuencias muy reales. Algo así como las pesadillas de Freddy Krueger.
– ¿A qué te refieres? ¿Qué va a suceder?
– Mira Frank, tú y yo sabemos que me debes un favor, un gran favor, ¿verdad? ¿Qué sería de tu vida si yo no me hubiese cruzado en tu camino? Sí, lo sé, también le debes algo al cachondo de Vince, pero tu grupo de tributo a mi persona, Sin City, es mucho más importante que tu “parodia” de Motley Crüe, por cierto, ¿cómo se llama? ¿Doctor Crüe? No digas que no tengo razón. Por lo tanto, lo mires como lo mires, me debes un favor.
– Y suponiendo que tengas razón, querrás que te lo agradezca de alguna forma, ¿no? ¿Qué quieres? ¿Una misa de réquiem?
– Sabía que eras un cachondo pero me estás sorprendiendo con tu chispa. Yo también soy muy divertido, o eso decían de mí, me encanta reír. ¿Una misa? Sí, se podría decir que en cierto modo has acertado. Una misa de rockeros, un concierto.
– ¿Quieres que el grupo te dedique un concierto?
– No, quiero que tú actúes en un festival. El grupo te lo pongo yo.
– ¿Qué festival?

Justo en ese momento llegan los whiskeys, servidos en bandeja por una camarera de escote amplio, falda corta y extremidades largas como los solos de Yngwie Malmsteen. Bon echa un vistazo lascivo al trasero de la chica al marcharse y a continuación levanta su vaso para brindar.

– ¡Por nuestro trato!
– ¡Si aún no me has explicado nada! –replico-.
– ¿Qué más quieres saber? – me pregunta con un gesto de cansancio.
– ¿Qué festival es ese?
– Un festival en el Infierno. Una especie de concurso anual de músicos de tributo.
– ¿Para qué quieres que cante por ti?
– Porque el que gana consigue para su representante un premio.
– ¿Tu eres mi representante?
– Exacto
– ¿Y cuál es ese premio?
– Eso a ti no te incumbe.
– ¿Y yo qué gano?
– Mi inestimable ayuda.
– ¿Para qué?
– Para alcanzar la fama.
– ¿Y si pierdo?
– No perderás.
– ¿A qué te refieres?
– Confía en mí, sé que vamos a ganar. Y si por alguna razón improbable perdieses, bueno, te devuelvo a tu mundo y tan contentos. Te llevarías la experiencia de haber cantando para miles de almas en el Infierno.
– Viéndolo así…
– ¿Entonces, qué? ¿Brindamos?
– ¡Salud!

Apuro el trago con los ojos cerrados. Cuando los abro, Bon Scott, bueno, su fantasma, ha desaparecido. Me levanto para irme pero una mano sobre mi hombro me obliga a permanecer sentado. Se trata de una chica guapísima de unos veinte años, con el estilo glamouroso de los ochenta. Ya sabéis, pantalones ajustados, melena rubia de leona y un chaleco de cuero muy molón.

– ¿Qué quería el viejo? – me pregunta sin preámbulo alguno.
– ¿Bon?
– ¿Qué quería?
– Que cante para él en un concierto.
– ¿Y lo vas a hacer?
– Aún no sé cuándo será.
– ¿Y puedo convencerte para que cantes por mi?
– ¿Qué pasa hoy? ¿Quién eres tú?
– Alguien que te necesita. Me gustaría que cantases un par de canciones de Motley Crüe en ese festival.
– No puedo, no rompo pactos y menos con el fantasma de Bon Scott.
– ¡Tú no lo entiendes! ¡Él no lo necesita tanto como yo!
– ¿Necesitar qué?
– ¿No te ha dicho cuál es el premio?
– No.

Suspira y toma aire para hablar. Mientras tanto, yo me pregunto de dónde  ha salido este ángel.

– Cada año terminado en seis se hace este festival, el sexto día del sexto mes. Al que gana le conceden un día para regresar al mundo de los vivos. Te dan veinticuatro horas para emborracharte, para divertirte, para amar o matar, para lo que quieras.
– ¿Y por qué lo necesitas más que él?
– Porque él ya ganó en otra ocasión..
– Aún así no puedo ayudarte.
– Sí que puedes. Si no puedes cantar, al menos déjame los Doctor Crüe.
– Por mí de acuerdo, no soy su dueño. ¿Pero qué harás sin cantante?
– De eso no te preocupes. Debemos marchar ya.
– ¿Dónde?
– Al festival.
– ¿Ya? ¿No quieres tomar una copa, antes?
– No hay tiempo. Sígueme.

Le sigo entre la multitud que se aglomera en la pista. En el escenario, está actuando un grupo cover de The Police, creo que se llaman Masoko Tanga, no lo hacen nada mal aunque las pelucas rubias les da un cierto tono cómico que desvirtúa su calidad real. Su versión de So Lonely es muy buena. La gente comienza a saltar y gritar el estribillo de manera salvaje, me tengo que abrir paso a codazos. Sin embargo la chica esquiva con gran agilidad todos los obstáculos que se encuentra. Me cuesta seguirle. Al final salgo del garito, la chica me espera subida a mi Harley. A mi mente, embotada por un simple trago de whiskey, le cuesta procesar la información. Ella se baja de la moto y me indica que monte yo.

– Sigue ese camino. Yo tengo que ir a seleccionar el personal. Nos vemos al final de la carretera.

Hago lo que me dice, aunque no tengo claro por qué. No recuerdo haber bebido tanto como para sentirme tan confuso. Ni siquiera sé por qué cojo la moto en este estado, es peligroso. Me subo a la burra y tiro millas por la carretera tal y como me ha ordenado la chica misteriosa. Es todo desierto, y donde acaba este solo hay oscuridad. Tras lo que me parecen varias horas conduciendo, miro la aguja del depósito, no ha bajado desde que salí del garito ¿Cómo es posible? Debería estar casi vacío. Sigo conduciendo sin cruzarme con gasolineras, vehículos, viviendas o personas. Siempre el mismo desierto,  los mismos cactus, las mismas montañas peladas pero nada más. De repente me doy cuenta de que me fui del garito sin decir adiós a mis compañeros de Sin City, ¿estarán preocupados por mí?

En la lejanía aparece una muralla colosal que llega hasta la oscuridad del cielo. Recuerdo haber leído sobre ella en alguna parte. ¿Será posible realmente que haya llegado hasta las puertas del Infierno? ¿Cómo narices lo he hecho? Comienzan a abrirse cuando aún estoy a un par de kilómetros. El ruido que hacen es ensordecedor. En la misma boca del Averno -perdonadme el vocabulario romántico pero no podía aguantarme- me espera el bueno de Bon Scott. Aparco la Harley al lado de las puertas de la muralla. Bon me guía entre edificios grises en ruinas hasta lo que parece un inmenso anfiteatro. Accedemos a él y después de recorrer unos cuantos pasillos llegamos a un escenario tapado. Allí están mis colegas de Sin City esperando de pie, en silencio, con los ojos cerrados. Están aletargados, creería que están muertos si no fuese porque están de pie.

– ¿Cómo los has traído hasta aquí?
– No están aquí. Lo que ves son sus almas atrapadas en el sueño.
– ¿Y yo también estoy en un sueño?
– Ya te lo dije. Más o menos. Os toca salir a actuar.
– ¿Pero qué vamos a cantar?
– Whole lotta Rosie.

Se apagan las luces, se sube el telón y poco a poco tomo consciencia de dónde estoy. Realmente es un anfiteatro salido de una película de romanos o griegos clásicos. A la izquierda del escenario, en las primeras filas, hay sentados tres personajes que consigo identificar : John Bonham, Cliff Burton y Dimebag Darrell. A la derecha, justo el lado opuesto a estos, hay otros tres mártires célebres del rock duro: Ronnie dio, Phil Lynnot y Randy Rhoads. ¿Y en medio, qué hay? Pues allí hay una masa más oscura que la más oscura de las noches, de la que constantemente surgen rostros y extremidades gritando, empujando una membrana elástica irrompible, intentando en vano huir de la oscuridad que los contiene. No os podría decir el tamaño de ese ente, pequeño, grande, infinito. Una palabra le define: LEGIÓN.

De repente José despierta de su letargo y arranca uno de los riffs más famosos de Angus Young, y yo, en estado de trance, me dejo llevar y canto con toda mi alma  «Wanna tell you story, about woman I know, When it comes to lovin’, She steals the show…«. De la masa oscura surgen miles de gargantas que gritan “Angus” “Angus” y yo me excito tanto que la piel de gallina se queda corta. Comienza el solo de guitarra de José y yo me pongo a su lado, vibrando con cada nota que me golpea como un martillo el yunque. «Whole lotta woman!, whole lotta woman!, whole lotta Rosie!«. Terminamos la canción en lo que dura un suspiro, se me ha hecho muy corta. Ha sido brutal. El telón se cierra y desde fuera llega una gran ovación que pronto es sustituida por el rasgar de otras cuerdas de acero. Es Motley Crüe, supongo que su cover, «Doctor Crüe». Maldita coincidencia. Las almas de Legión comienzan a corear un nombre «Skylar, Skylar». Skylar se llamaba la hija de Vince Neil, el cantante de Motley Crüe, la que murió de un cáncer a los cuatro años de edad. ¿Podría ser que…? ¿Pero por qué está en el Infierno? ¿Por eso quería competir? Se escuchan los acordes metaleros de «Kickstar My Heart» a todo trapo. Mi cuerpo vuelve a emocionarse al oír lo bien que suena esta canción con mi grupo, ahora dominado por la tremenda voz de esa chica. «Oh, yeah, Kick start my heart, hope it never stops, Ooh, yeah, beiiiiiby«. Tengo a Bon Scott a mi lado, observando mi reacción. Cómo me gustaría verlos, pero el telón se cerró y es como si estuviera en otra dimensión distinta.

– ¡Qué voz! ¿Verdad? – me dice el fantasma.
– ¿Es su hija?
– ¿La de Vince? , sí.
– ¿Pero cómo puede ser que haya crecido en el Infierno?
– No ha crecido, es lo que tú quieres que veas. En el mundo de los vivos confiáis plenamente en vuestro sentido de la vista, pero lo que tus ojos ven es manipulado por el cerebro. Ves lo que tu cerebro quiere que veas.
– ¿Sólo es una ilusión?
– Es real como la vida misma, o como la muerte, lo que tú prefieras. Pero cómo lo interpretas, es cosa tuya.

Termina la canción y Legión grita extasiado. Ahora les tocará a otro tributo, no sé si de Led Zeppelin o los Kiss. Al final, los seis espectadores repartidos por los laterales son el jurado. Ellos eligen los dos grupos cover que llegan a la final ¿Sabéis quienes son los escogidos? ¡Claro que sí! Skylar y yo, Doctor Crüe y Sin City. Cosas del destino.

– ¿Qué pasará con ellos si pierden? – le pregunto a Bon.
– Pues que se irán al infierno.
– Espero que en sentido figurado.

Me mira con esa sonrisa de loco que asusta mogollón. Me la ha metido doblada el muy cabrón.

– ¡Me dijiste que no me pasaría nada, que me devolverías a mi mundo!
– No fui del todo exacto. Quise decir que devolvería tu cuerpo físico. En el peor de los casos para que puedan darle sepultura.
– ¿Y mi alma?
– No vas a perder.
– ¿Y si pierde Skylar?
– Ella ya perdió.
– Déjame un momento.
– ¿Qué vas a hacer?
– Voy a hablar con Skylar.
– No es buena idea. Estará ensayando. Es lo que deberías hacer tú.
– Voy a verla.

Me adentro en un laberinto de pasillos oscuros, solo iluminados por antorchas. Me cuesta encontrarla pero al final encuentro una puerta y detrás de ella la oigo cantar. Parece que tararea una balada. Abro la puerta sin llamar, ella no se sorprende, sigue cantando. Reconozco la balada, es Heatbreak Station de Cinderella.

– Hola Skylar.
– Ya sabes quién soy.
– Necesito que me digas por qué participas.
– Ya te lo dije. No sé ni siquiera lo que es el amor, ni tampoco lo que es divertirse. Quiero poder saborearlo aunque solo sea un día. Y también quiero ver a mi padre, tomarme una cerveza con él. Decirle que no fue culpa suya.
– Ojalá ganes.
– El festival está amañado. ¿No te lo ha dicho tu amigo Bon?
– ¿A qué te refieres?
– ¿Acaso esperabas ver en el infierno un torneo limpio? Está tan amañado como en tu mundo, puede que más. Bon es amigo del jurado, de hecho, él ha sido jurado cuando no ha participado. Entre ellos se turnan para competir y ganar en cada ocasión.
– ¿Y por qué participas si sabes que vas a perder?
– Porque tengo la remota esperanza de que me ayudarás.
– ¿Cómo podría hacerlo?
– Lo sabes tan bien como yo.
– Sería mi condena.
– Solo te puedo dar un consejo: piensa que no es real.

Me da un abrazo y luego me empuja fuera de su camerino. ¿Y ese abrazo no era real? A mí me lo ha parecido. Cuando regreso junto a Bob a mi escenario, comienzo a escuchar los acordes al teclado de Ernesto, las primeras notas de «Home Sweet Home«. En ese momento, una voz de ángel hace callar a las almas en pena prisioneras en Legión. «You know I’am a dreamer…«. Miles de voces de ultratumba corean el estribillo como una única y terrorífica voz, pero a la vez conmovedora. Otra vez estoy con la piel de gallina y deseando salir al escenario para cantar.  Una mano me agarra fuerte del brazo derecho.

– ¿Qué hacías en el camerino de Skylar?
– Me necesitas porque tú, como has sido jurado, no puedes participar directamente, ¿verdad? – contesto mientras me libero de él.
– Cuidado, Frank. Recuerda que hicimos un pacto. Nunca jodas a un fantasma. No lo olvides, Frank, no lo olvides.
– Descuida, Bon.
– Ahora saldréis a tocar Highway to Hell. Más te vale no dar la nota.

Doctor Crüe es despedido del escenario con una ovación, fuerte no, lo siguiente. Nos han puesto el listón muy alto. Salimos los Sin City a escena, mis compañeros de nuevo han tomado vida en el momento de entrar en el escenario. Pero antes de que José pueda tocar la primera nota de su guitarra, yo comienzo a cantar otra canción diferente.

«Somewhere a clock strikes midnight, and there’s a full moon in the sky…»  Es Night Prowler, no sé por qué la canto, me sale del alma. Y entonces José me sigue con su guitarra. Nadie en el público se atreve a romper el silencio sepulcral que nos envuelve a los dos. «I’m your night prowler, asleep in the day, I’m your night prowler, get out of my way«. Mientras canto, pienso que el infierno es una mierda tan grande como el mundo de los mortales. «I’m your night prowler, when you…turn…out...», la música cesa porque yo he parado de cantar, de nuevo ese silencio sepulcral, pero ahora completo. «The lights» susurro, y salgo corriendo del escenario, del anfiteatro, de las murallas de esa ciudad maldita. No me detengo hasta llegar a mi Harley. Allí está Skylar, esperándome con una sonrisa de oreja a oreja. Me subo a la moto y salimos a toda leche por las puertas gigantes del Averno. Ha sido muy fácil…demasiado. Una tormenta de nubes negras nos persigue a gran velocidad. Es Legión, y sus almas gritan  «Vuelve Frank, no nos abandones».

Y aquí estoy, huyendo como alma que persigue el Diablo, solo que el Diablo no existe como un ser único, si no que es un conglomerado de almas condenadas, millones de ellas que vuelan detrás de mí con un único objetivo, castigarme eternamente por mi osadía. Y el primero de todos, Bon Scott, al galope sobre una cabra negra tan grande como un caballo, ¿o quizás es un caballo con cuernos?. Lo observo por el retrovisor, alcanzándome a pesar de que yo ya no puedo darle más gas a mi Harley. Skylar, señala algo delante, en el camino. Bueno, señala nada, porque no hay nada. Es como una especie de barranco oscuro como un pozo sin fondo. Se acaba el desierto. ¿Qué hago? ¿Freno? ¿Salto?

– Skylar, ¿te acuerdas de «Thelma & Louise«?
– ¿Qué canción es esa?
– ¡Agárrate fuerte!

Saltamos al barranco de la nada. Caemos durante no sé cuánto tiempo. Minutos, horas, años. No lo sé.

Despierto en la habitación de un hospital. Una enfermera de unos doscientos años me está tomando el pulso.

– Señor Hinojosa, bienvenido al mundo de los vivos.
– ¿Qué hago aquí?
– Sufrió un coma etílico y sus amigos le han traído al hospital. Ha tenido mucha suerte.
– Yo no bebo apenas.
– Claro. Y yo soy la hermana gemela de Bo Derek.
– No me lo creo.
– ¿Verdad que no?

La enfermera marcha y yo, aburrido, echo un vistazo a mi habitación. Encima de la mesita hay unas flores, y entre ellas cuelga una foto. El esfuerzo para estirarme a cogerla me cuesta un latigazo de dolor en las costillas. La observo. Es una foto de Vince Neil junto a la Skylar que yo conocí en el infierno. Parecen contentos, como si ignoraran que el Diablo no les va a dejar vivir tranquilos. Joder Skylar, al menos me podías haber dejado una caja de bombones.

Por mi parte, me toca esperar aquí estirado a dos visitas más: Primero a mi chica y luego…al bueno de Bon.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: AC/DC, Castellano, Doctor Crüe, Ficción, Infierno, Música, Sin City

Ocho horas

17 julio, 2017 by JAP Vidal 5 comentarios

Extrajo lentamente el brazo del pecho del androide. Al fin apareció su mano temblorosa, entre una madeja de cables y envuelta en una sustancia azul que parecía tan viscosa como el «blandiblú». Agarraba un corazón de apariencia humana que lanzaba descargas eléctricas, pequeños relámpagos rítmicos de luz, latidos luminosos que contraían y expandían aquel órgano extraño. El viejo aferró con más firmeza aquel trofeo y lo alzó tan alto como pudo. Entonces gritó con toda su rabia contenida, y a ese grito salvaje se unieron todos sus compañeros de trabajo, los que seguían vivos.

Unas horas antes, a las 9 de la mañana. Oficinas de IT Corp.

Se miró las manos recién lavadas, seguían mojadas pero ahora con trocitos de papel higiénico adheridos a los dedos. Treinta años habían pasado y aún seguía preguntándose por qué en aquella empresa, para secarse las manos, solo se podía escoger entre un secador con menos potencia que el de la Barbie o un rollo de papel de culo de mala calidad. “Menuda mierda” pensó, aunque luego añadió una coletilla importante: “Menos mal que hoy es el último día”. Efectivamente, James estaba a ocho horas de jubilarse. Solo debía aguantar una jornada de trabajo y sería libre para disponer de todo el tiempo que le quedara en este mundo de la manera que a él se le antojase. Era cuestión de evitar cualquier marrón que pudiera llegar y dejar pasar las horas tranquilamente.

Volvió al departamento que compartía con una docena de compañeros, cada uno con su portátil conectado a un punto de red. Cada abeja en su parcela de la colmena, produciendo cien dólares la hora cada uno de ellos, ocho horas al día, cinco días a la semana. Cuarenta y ocho mil dólares a la semana en poco más de treinta metros cuadrados de oficina. Como su departamento había un total de veinte en todo el edificio, lo que significaba una facturación global de más de un millón de dólares a la semana contando que la tarifa de los jefes era muy superior a la de analistas y developers. De ese millón, James se llevaba quinientos dólares semanales, una octava parte de lo que él mismo facturaba, las otras siete partes se las llevaban los mismos bolsillos anónimos que se repartían la mayor tajada del pastel de aquel millón. Ha estado treinta años quejándose de este hecho pero, como el resto de sus compañeros, nunca hizo nada por cambiarlo. Pero ya daba todo igual porque, efectivamente, era su último día de trabajo.

Abrió la persiana de la ventana, el cielo estaba nublado y la luz no le molestaba para trabajar. Miró la bandeja de entrada de su correo laboral mientras suplicaba que ese día no le entrase ni un solo mensaje. No tuvo suerte. “Subject: Test of skills”.

– ¿Qué demonios es esto?
– ¿Te ha llegado el correo del test? – le preguntó su compañero más cercano, J.C.
– ¿De qué va eso?
– Según me han contado, nuestro cliente ha solicitado a todos sus partners una validación de las capacidades técnicas de sus trabajadores para comprobar que cumplen los requisitos mínimos para trabajar con ellos.
– ¡Pero si yo me largo!
– Es un sorteo aleatorio. Somos cuatro y a mí también me ha tocado. ¡Es una putada!
– ¿Y qué tenemos que hacer?
– Creo que luego vendrá la jefa a explicarnos cómo funciona el asunto.
– ¿Alex?
– La misma.

James comenzó a sudar. Lo que menos le apetecía aquel día era tener que tratar con la jefa, una tía que iba de snob pero que escupía tacos como un camionero y tenía el conocimiento técnico informático de un granjero de Kansas. Quizás, bien pensado, ella fuera originaria de Kansas, o peor, del mismísimo infierno, dónde con toda seguridad su padre debía ser el puto amo y le había enchufado en la empresa. El sentimiento que esa arpía producía en James era muy cercano al terror. Volvió al baño y se remojó la cara para aliviar el sudor que le invadía. “Es mi último día, he de aguantar” se dijo a sí mismo para animarse. Intentó sonreír pensando que al final alguien iba a preocuparse por sus aptitudes técnicas. Pensó en lo curioso de la situación: siempre que los directivos sermoneaban a su «chusma», se les llenaba la boca de frases bonitas del tipo “en esta empresa cuidamos la carrera personal de nuestros colaboradores” o “vosotros sois nuestro capital humano, los que hacéis grande esta empresa” pero al final, después de unos pocos años te dabas cuenta que lo que más se valora no es lo que sabes hacer si no lo que sabes callar. Cualquier consultora prefiere un inútil a un tipo muy cualificado pero conflictivo. Regresó a su puesto de trabajo, J.C. le miró preocupado.

– ¿Qué sucede?
– Tienes trozos de papel por toda la cara.
– ¡Otra vez!
– Algún día pondrán secadores de verdad.

J.C. llevaba en la empresa solo tres años, era incapaz de comprender que un siglo después, si no había sucumbido al «Apocalipsis zombie», aquella empresa de consultoría informática que presumía ante sus clientes de su capacidad en innovación tecnológica, seguiría dependiendo de los secadores de juguete y del papel higiénico barato para secar las manos y los rostros de sus trabajadores e invitados.

– ¿Quién de vosotros está disponible?

Quien lo preguntaba no podía ser otra más que la jefa, Alex, el ángel con voz de camionero. Fue entrar ella y hacerse el silencio. Se podía escuchar los ventiladores de las fuentes de alimentación zumbando a toda leche. La temperatura subió cinco grados de golpe. La jefa comenzó a adentrarse en el departamento, sus tacones resonaban sobre el suelo de parqué como el redoble de tambor que precede a la ejecución de un reo. Los pasos se detuvieron justo a la espalda de James.

– ¿En qué estás trabajando ahora?

James notó sobre su hombro una ligera presión que poco a poco aumentaba. Comenzó a sentir un dolor punzante.

– Tengo que realizar el “Test of skills”.
– Yo también, apuntilló con rapidez J.C. y después tragó saliva.

La garra soltó su presa de inmediato. Dos segundos después agarraba a Dave, el vecino de J.C.

– ¡Tú! ¿También tienes que hacer el test?
– No, yo no, Boss. – confesó el puertorriqueño.
– Pues deja lo que estés haciendo y encárgate de esta incidencia urgente.
– ¿La petición ha llegado por el conducto reglamentario?
– Ya verás lo que te voy a meter yo por el conducto reglamentario si te sigues pasando de listillo. ¡Toma!

La jefa le tiró un par de papeles impresos sobre la mesa, se trataba de toda la información de la que iba a disponer Dave para resolver aquel marrón. Cuatro screenshots y un par de frases que decían algo así como “Esto se ha roto y no es culpa nuestra. Arregladlo hoy mismo porque es MUY urgente. Firmado: el Cliente”.

– Y vosotros, ahora os mando el correo con las directrices para que podáis realizar el test de capacidades técnicas ese. No hace falta que os recuerde lo que os sucederá si la cagáis.

James se quedó con ganas de decirle que sí, que necesitaba que se lo recordase porque no le sonaba que jamás antes lo hubiese comentado. Pero sabía que era mejor callarse, y más un día como hoy.

– ¡Joder! – dijo J.C. mirando su pantalla.
– ¿Qué ocurre ahora?
– Mira tu bandeja de correo entrante.
– ¿Otra sorpresa?
– Nos piden que imputemos las horas con quince días de antelación.
– A mí, eso me da igual.
– Es verdad, tú ya lo debes tener todo imputado, menos hoy.
– ¡Mierda!
– ¡Espera! ¡No digas nada! ¡Se te ha olvidado imputar todo este mes!
– Bueno, tengo tiempo aún.
– Corre antes de que te llegue un correo de la jefa, que ya ves de qué humor está hoy.

James intentó abrir el excel de imputaciones compartido por toda la oficina, pero…

– ¡Está bloqueado!
– ¿Por quién?
– No me lo dice. Tendré que esperar y rellenarlo antes de irme.
– Que no se te olvide.
– Sí, si no me harán volver. Y antes prefiero dar un paseo por el infierno.
– Cuidado con lo que deseas.
– ¡Mira! ¡Ya han llegado las instrucciones para el Test!
– Demasiado rápido. Esto no augura nada bueno.
– Está vacío pero ha anexado un pdf. A ver…
– ¡Será…!
– Un documento de cinco páginas de paja hasta llegar al punto en el que dice «está prohibido decir Ingeniería inversa».
– Menuda explicación detallada.
– ¡Y creo que ya vienen!

Una mujer quincuagenaria de pelo corto canoso y un hombre rapado al cero de unos cuarenta años, ambos con gafas de sol y vestidos de traje-pantalón gris, entraron en la sala. Detrás de ellos, entró Alex, charlando con ellos relajadamente, con su amplia sonrisa de oreja a oreja con la que casi hacía olvidar a los que la conocían su carácter diabólico. Alex miró una lista que llevaba en las manos.

– A ver…Barbara, Frank, J.C. y James. Acompañadnos.

Sin más explicaciones, salieron los tres personajes siniestros del departamento, sin esperar a que les siguieran. Pero de repente, algo sucedió.

– ¡Un momento! ¡Yo no estoy de acuerdo con esto!

Era Barbara, la tía con más bemoles de toda la empresa. Se había levantado de su sitio pero sin embargo se había plantado de pie, con los brazos cruzados y mirando desafiante a aquel triunvirato temible. Los tres le miraron con interés y desprecio, primero a los ojos, bajaron la vista y observaron el mensaje de su camiseta negra: «Fuck off!», toda una declaración de intenciones. Alex, se adelantó en un intento de recuperar el control de la situación.

– Nadie te ha preguntado tu opinión, Barbara.
– De eso ya me he dado cuenta. Por mi parte me niego a participar en este circo.

Bárbara se volvió a sentar. Alex se quedó unos segundos mirándola sin que la developer le hiciera caso.

– ¡Esto no quedará así! – le gritó la jefa mientras la señalaba con un dedo acusador.

Bárbara continuó sentada, sin inmutarse. Alex estaba fuera de sí, no concebía que aquella desgraciada estuviera desafiándole. Los que estaban cerca de la jefa observaron con pavor como su piel estaba tomando un tono rojizo. Sin embargo los dos extraños de gafas de sol permanecían impertérritos. Alex no pensaba permitir que la situación se le fuera de las manos.

– Te doy una última oportunidad, niñata. – dijo lentamente, escupiendo cada una de las palabras.
– ¿Ah, sí? Pues te diré algo, apunta: ¡Qué te follen!
–  Has ido demasiado lejos. ¡Quedas despedida!
– ¿Me vas a echar tú?
– ¡Vosotros lo habéis querido! Me gustaría decir que lo que va a pasar hoy aquí me duele, pero no es así.

Alex esbozó una sonrisa cruel. A su lado, los dos acompañantes se quitaron las gafas de sol. Sus ojos eran dos laser rojos. Dirigieron los haces de luz contra Barbara y la cabeza de la joven estalló en millones de pequeños añicos de materia gris. Al ver eso, todos los presentes se lanzaron contra la puerta corriendo y gritando, aterrorizados, todos excepto J.C. y James. El viejo cogió del brazo a su compañero y no le permitió que se contagiase del pánico colectivo. Ambos se quedaron en un rincón del departamento. Los androides no paraban de disparar sus laser contra todo aquel que corría, uno de ellos salió del departamento para comenzar un nuevo ataque en otro departamento. Se había desatado el terror. Alex se acercó al cuerpo descabezado de Barbara, la miraba con asco y desprecio.

– ¡Esto es lo que has conseguido, imbécil! ¡Por tu culpa van a morir todos!
– ¿Qué estás haciendo, Alex? – James se había acercado lentamente a ella.
– No puede haber testigos. Vamos a quemar las instalaciones. Salvaremos a los más fieles, les lavaremos el cerebro y les sacaremos del edificio. Los demás moriréis.

Hizo un gesto con la mano, y el androide calvo giró bruscamente y se dirigió hacia James. Este no se movió, pero dijo cinco palabras claritas y bien alto.

– ¡Me tenéis hasta los huevos!

El androide caminaba y enfocaba sus ojos hacia la cabeza del viejo. James volvió a hablar, pero ahora más calmado, aunque tan claro como antes, para que no quedara duda de lo que decía.

– ¡Ingeniería inversa!

El cíborg se frenó en seco, comenzó a tambalearse y acabó cayendo al suelo. James se le acercó y hundió su brazo hasta el codo en el cuerpo de aquel robot. Le arrancó su corazón biomecánico y lo enseñó a los pocos compañeros del departamento que habían sobrevivido. Todos gritaron como locos. Salieron corriendo a cazar al otro androide, gritando «Ingeniería inversa», «Ingeniería inversa». No tardaron en dar con la mujer-robot de pelo canoso a la que desactivaron con aquellas dos palabras,  y luego la lincharon, le arrancaron la cabeza, el corazón y hasta las piernas.

Todos salieron a celebrarlo hasta el bar más cercano, excepto James y J.C.. Llevaban en alto, empaladas, la cabeza de los dos androides. A Alex le hubieran hecho lo mismo de no haber escapado.

– ¿Cómo supiste que diciendo «Ingeniería inversa» se bloquearían esos putos robots?
– Reducción a lo absurdo, J.C.. Fue lo único que nos prohibió decir Alex. ¡Qué cojones! ¡Tenía que probarlo! Era eso o reiniciar el portátil. Y en esta ocasión creo que no hubiera servido de nada.
– ¿Y por qué no quieres ir a celebrar la victoria? Eres el héroe del día.
– Porque tengo que imputar las horas. Ahora por fin ya tengo el fichero excel desbloqueado. Aunque, bien pensado…
– ¿Qué haces ahora?¿Lo estás borrando?
– Sí, voy a cepillarme el maldito fichero. Sin excel no hay horas que imputar, y si no hay horas imputadas se va todo esto al garete, a ver qué pasa. Ahora lo voy a eliminar de la papelera. Tres, dos, uno….

Se escuchó un grito terrorífico. Por la ventana se vio pasar fugazmente un cuerpo que caía a la calle. Luego otro, y otro, y otro. Se escucharon los impactos de los cuerpos contra el suelo.

– ¿Qué ha sido eso? – preguntó J.C., visiblemente alterado.
– Os habéis quedado sin jefes, creo que la primera de todas era Alex.
– Pero sin jefes nos quedamos sin empresa.
– Ya pondrán otros nuevos.
– ¿Y los clientes qué pensarán de todo esto?
– Que quizás nuevos jefes signifique tarifas más baratas y más beneficios para ellos. Me voy a casa y no pienso volver nunca más. ¡Buena suerte, J.C.!

James cerró la persiana de su ventana, cogió la chaqueta y salió tranquilamente entre el fuego y el humo que inundaban las instalaciones de IT Corp. Por fin había llegado el momento de su jubilación y le apetecía tomarse una cerveza fresquita.

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