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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Ficción

Neska

1 mayo, 2018 by JAP Vidal 4 comentarios

Se había quedado dormida en aquella sala y quizás esto no fuera más que un sueño. Uno muy extraño, eso sí, sin comida sabrosa, ni «cosas interesantes» con olores llamativos. Tampoco estaba el amo. Solo un fondo de oscuridad y pequeñas luces que brillaban muy lejanas. «Es el Universo, Neska», dijo una voz en su cabeza, pero, ¿Dónde estaba su cabeza? No la encontraba, ni tampoco sus patas ni su cola. Volaba sin cuerpo y sin saber hacia dónde. «No tengas miedo bonita, pronto comenzarás una nueva aventura».  ¿De quién era esa voz? No era la del amo, ni la de nadie conocido, ¿o quizás sí? Una vez, recuerda, habló con … ¿Una tortuga? , tenía esa voz. Ella entonces no era una perrita todavía, era algo más grande, más poderoso, pero con la misma bondad en su interior. ¿Volvería ahora a aquella vida? ¿Volvería a ser una dragona? Seguía volando y volando en aquella oscuridad que esperaba no fuera eterna, deseaba poder despertar. Y despertó, pero no estaba el amo allí. Tampoco era su casa, la que conocía tan bien porque allí había vivido siempre. Sin embargo, aunque aquel sitio le era desconocido, descubrió voces y olores que recordaba muy bien y que le tranquilizaron. Tenía cuerpo pero no podía moverse, algo había cambiado desde que se durmiera. 

Laia estaba sentada sobre la cama de sus padres, apoyaba su pequeño cuerpo de seis años sobre el peluche gigante. Le plantó un beso sonoro en todos los morros.

– Papá, ¿tú crees que si le doy un beso a mi Neska, la de verdad lo notará? 
– Seguro que sí. No me extrañaría nada que ahora el espíritu de Neska viva en tu peluche. Así que has de mimarla mucho, por si acaso.

Laia abrazó a su peluda mascota sin vida. ¿Sin vida? Quizás la vieja Neska añore no poder comer y oler «cosas interesantes» y, por supuesto, también echará de menos a su querido amo, pero está contenta de poder acompañar a alguien que le quiere tanto. A partir de ahora será un peluche feliz.

(En memoria de la perrita labrador más bonita del mundo. Ojalá sea feliz allá donde esté ahora)

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Laia, Neska

Las marionetas del Poder

27 abril, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

«Los secretos inconfesables de una persona son como hilos que sujetan su alma. Descubre esos oscuros detalles y dominarás su voluntad como si de una marioneta se tratase.»

Cita de Selim Turgat, general otomano.

 

 

– Déjeme solo, por favor.
– Como desee, señoría.

La secretaria cerró la puerta del despacho. El juez esperó un minuto antes de abrir el primer cajón de su escritorio. Sacó dos objetos: una carta y su pistola. Revisó el arma, una sola bala, la única que necesitaba si tomaba la decisión. La dejó con suavidad sobre la mesa de madera de roble, todo un lujo en la Alemania comunista. Cogió la carta, no venía firmada,  era escueta pero concisa. La típica carta que enviaría la Stasi para avisarte de que te tenían cogido de los huevos:

«Hemos comprobado que su señoría presenta determinadas dudas éticas sobre cierto caso que debería resolver. Por si le puede ayudar a tomar una decisión, sepa que disponemos de documentos gráficos que detallan sus frecuentes visitas a Kurfürstenstraße. Aunque su querida Erika es camarada nuestra, no ha sido necesario que nos explique cuales son sus caprichos inconfesables. Los tenemos todos grabados. Saludos, camarada Wegner.»

El juez de la Corte Suprema en Berlín sabía perfectamente cuál era el objetivo de aquella carta. Aquella misma semana había recaído sobre él la responsabilidad de juzgar el homicidio con violación de una menor. El principal sospechoso era un profesor de instituto que apestaba a agente de la policía secreta. Un infiltrado que se habría obsesionado con una de sus alumnas hasta perder el control. Las fotos del cadáver de la pobre chica a punto estuvieron de hacerle vomitar. Pero lo peor fue comprobar el sigilo con el que el ministerio del Interior había movido el caso de un tribunal a otro, hasta recaer finalmente en su jurisprudencia. Y a los pocos días recibe la carta. 

Wegner tiene mujer y dos hijas de quince y diez años respectivamente. Si fuera por él, enviaría a ese animal ante un pelotón de fusilamiento. Pero también tiene una reputación y necesita mantenerla. Solo tiene dos opciones : una bala o ceder al chantaje. Sabe que no es el primero ni será el último. Está seguro que la mayoría de sus colegas han sido o están siendo manipulados en casos que afectan a las fuerzas del Orden.  La Stasi lo sabe todo de ellos, de cualquier ciudadano. 

El juez vuelve a guardar la pistola en el cajón. A continuación prende fuego a la carta y deja que se consuma en el cenicero de vidrio. Ya ha dictado sentencia.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Política

Derechos de imagen

19 abril, 2018 by JAP Vidal 1 comentario

Kenia sonríe satisfecha mientras contempla su «collage». Decenas de fotos ocupan hasta el último centímetro de su “corner” de comida, mostrando los rostros de trabajadores simpáticos a los que ella cada mañana ofrece cafés, almuerzos y sonrisas. Personas que le pagan, por un lado, la comida con «tickets restaurant» y, por otro, la amabilidad con un «selfie». Inocentes, ellos, se ofrecieron de forma tan generosa como irresponsable a posar en instantáneas que han dejado sus almas a merced de esta misteriosa mujer de la isla de la Española.
Finalmente, ha llegado el momento de la venganza para la dulce y amable vendedora. 
¿Cuál de estos rostros será el primero en sufrir un poquito? Se decanta por la foto del chico que un momento antes se ha quejado de que le había puesto poco salchichón en el bocadillo. “Ahora verás”. Kenia deja caer una gota de café ardiendo sobre la foto del joven que está sentado a unos metros de ella y que habla relajado con sus compañeros de mesa. Espera que se levante de un salto, aullando de dolor, sin embargo, se levanta de un salto, pero enfadado consigo mismo porque se ha tirado el café encima, manchándose la camisa y los pantalones.
Kenia maldice su inexperiencia. El efecto no ha sido el deseado, pero no pasa nada, ella sonríe de nuevo. No tardará en dominar las oscuras artes del vudú. Y entonces…

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Ficción, Vudú

Carnival Killers

19 febrero, 2018 by JAP Vidal 1 comentario

– ¿Te apetece que vayamos a una fiesta privada?
– ¿Dónde?
– En la mansión LaLaurie.
– ¡Mon dieu! ¿Esa no es la casa de la mujer aquella que torturaba y mataba a sus esclavos?
– ¡Esa misma! Dicen que la casa está maldita ¡Menuda tontería! El caso es que unos amigos han conseguido alquilarla para dar una fiesta esta noche de Mardi Gras y estoy invitado, y por supuesto tú también como acompañante mía, claro.
– ¡Me encantaría ir!
– ¡Será toda una experiencia!

Y le besé, de nuevo. Nos habíamos conocido esa misma noche, en plena fiesta de Mardi Gras en Nueva Orleans. Fue un flechazo a primera vista. Él, Tom, un pelirrojo paliducho de Boston. Yo, una francesa de origen haitiano, o eso le expliqué. Él llevaba un disfraz de Guardia Civil español, muy exótico. Yo iba disfrazada de vampiresa, con una capa roja y negra, de seda, que remarcaba mi piel mulata.
Aprovechamos el paseo junto al río Misisipi para conocernos mejor. Tom me explicó que venía cada año para Carnaval desde que cumplió los veintiuno, y que en diez años de Mardi Gras, era la primera vez que se encaprichaba de una chica. Yo le sonreí, dando a entender que me creía tal bulo. En Boston ejercía de abogado de un bufete en el que le habían prometido que pronto le harían socio. Según él, llevaba un año divorciado, sin llegar a tener hijos. Es decir, se dibujó a él mismo como un tipo legal. Yo no iba a ser menos. En mi caso lo había dejado con mi novio, un tipo guapo pero muy posesivo, tres meses antes, poco antes de Navidad. Estaba estudiando la carrera de Medicina y ya me faltaba muy poco para terminar las prácticas.

– ¿Y tú por qué te has disfrazado de militar?- le pregunté.
– Es un uniforme de Guardia Civil.
– Eso es una especie de «Gendarmerie» española, ¿Verdad?
– Sí. Son famosos porque en los tiempos del dictador Franco abusaban de su poder, sobre todo en las zonas rurales; se dice que torturaban y mataban a los que se enfrentaban con ellos con total impugnidad.
– ¿Y por qué lo elegiste? ¿Para dar miedo?
– Porque me gusta mucho España y el verde es el color de mi ciudad, Boston.
– Espero que no me tortures y mates si te enfadas conmigo hoy.
– Te torturaré en la cama si no te portas bien.
– ¡Wow! ¡Eso suena muy sexy!
– ¿Y tú por qué vas de vampiresa?
– En realidad voy de hechicera vudú, en la capa hay unos símbolos que sirven para que los espíritus no me ataquen.
– ¿No me irás a convertir en un zombi?
– ¡Por supuesto! ¡Y haré contigo lo que quiera!

Tom me pasó el brazo izquierdo por el hombro y yo me acurruqué sobre su pecho tiernamente. Giramos por la calle Governor Nicholls en dirección sur.

– Ahí se ve la casa a donde vamos. – indicó Tom.

La mansión era muy alta en comparación con el resto de construcciones cercanas. De las más altas del barrio francés.

– ¿Sabes la historia de Madame Delphine LaLaurie, Marie?
– Algo he oído, pero seguro que tú me la puedes explicar mejor.
– Ella era un mujer de la alta sociedad de esta ciudad. Un día hubo un incendio en su casa y los bomberos encontraron varios esclavos encadenados y mutilados de forma horrible, pero además hallaron decenas de cadáveres que también habían sido descuartizados. La señora tenía la afición de descuartizar a sus esclavos. Se han dicho muchas cosas sobre las razones por las que lo hacía. Algunos dicen que lo hacía por placer, otros para pactar con el Diablo.
– ¿Pactar?
– Sí, era una mujer muy bella y le aterraba la idea de envejecer. Tuvo tres maridos, el primero español, por cierto. El caso es que huyó, dicen que a Paris, y nunca se volvió a saber de ella.
– ¡Qué horrible! ¡Sus crímenes quedaron sin castigo!
– Algunos aseguran que no, que en realidad la reina del Vudú de Nueva Orleans, consiguió vengar la muerte de su novio, uno de los esclavos asesinados por LaLaurie.
– Ojalá tengan razón.
– Por cierto, esa bruja se llamaba como tú, Marie. Marie Laveau.
– ¡Otra casualidad!
– Ya hemos llegado.

Nos dirigimos a la puerta de la mansión, que se encontraba por el lado de la casa que da a Royal Street. Nada hacía pensar que en aquella casa tan lujosa podían haber sucedido hechos tan terribles hace menos de dos siglos. Sin embargo, hasta mí llegaba el aura maligna de aquel lugar. Además, estaba segura de que los horrores no habían acabado con la desaparición de LaLaurie. Entramos en la casa y una embestida de música electrónica invadió nuestros oídos.

– ¡Ya veo que aún siguen las torturas! – bromeé.
– ¿No te gusta? ¿Quieres que nos vayamos?
– ¡No, no! ¡Seguro que vale la pena soportarlo!
– ¡Ya verás cuando aparezcan mis amigos!
– ¿Cómo alquilaron este lugar? ¡Es impresionante!
– Gracias a Nicolas Cage. Era el antiguo dueño de la casa y les ayudó a contactar con la empresa que ahora la gestiona.
– ¡Qué interesante!
– No tardarán en aparecer.
– ¿También ha venido Nicolas?
– No lo sé. Es imposible adivinarlo con todo el mundo disfrazado.

Nos encontrábamos en lo que parecía el salón principal. Allí era donde la familia Lalaurie había celebrado sus fiestas, con toda seguridad más elegantes que esta.

– Tom ¿Dónde se puede tomar algo aquí?
– Me parece que no hay barra. Es la única pega.

En aquellas fiestas de la alta sociedad de Nueva Orleans, los invitados jamás escucharían los lamentos de los esclavos tullidos, encadenados en la tercera planta.

– ¿Una fiesta sin alcohol?
– Mis amigos son un poco extraños.

La música hipnótica no podía evitar que hasta mi cerebro llegaran aquellos mismos lamentos del pasado. Estaban ahí, despiertos, la casa los retenía, los mantenía atrapados entre sus paredes.

– ¿Qué te parece si buscamos algo de beber en la cocina?
– Me parece buena idea – dijo Tom.

Cruzamos entre la multitud que abarrotaba el camino hasta la cocina.

– ¡Qué gente más rara! Todos bailan esta música igual, parece que estén en trance.
– Están en trance. ¿No te dan ganas de bailar igual que ellos? Deberías dejarte llevar.

No se me  escapó el detalle de que ellos eran blancos y ellas chicas de color como yo. No era ninguna casualidad.

– Prefiero beber algo. Estoy seca.

La cocina estaba desierta. Arrastré a Tom hasta la despensa. Estaba a oscuras pero, aún así, no me costó encontrar las botellas de ron. Cogí una, la más antigua. Tom  me miraba sorprendido.

– ¿Qué haces? – me preguntó.
– Busca un cuchillo en la cocina para romper el precinto de la botella.
– Esa botella tiene pinta de ser muy cara.
– ¡Bah! Seguro que tus amigos tienen más como esta.

Tom fue a la cocina y volvió con el cuchillo en la mano. Se detuvo a medio metro de mi cuerpo, con el cuchillo apuntando a mi vientre. Miró la hoja oscura y luego a mí, con una sonrisa en la cara. De repente, fuera de la cocina, la música se detuvo.

– ¡Queridos invitados! ¡Mi hermano Wayne y yo os queremos dar la bienvenida a nuestra fiesta!

La gente comenzó a corear un nombre. “¡John! ¡John! ¡John!”. Tom  se giró, curioso, se le notaba nervioso. La hoja del cuchillo seguía apuntando hacia mi vientre ¿Lo había hecho de manera inconsciente?

– Son mis amigos. Tenemos que ir. – dijo Tom, aún mirando hacia afuera.

Aproveché su descuido. Rompí el cuello de la botella contra la pared de la despensa. Él no me oyó, absorto como estaba en lo que sucedía fuera de la cocina. Solo se dio cuenta de que había sucedido algo malo para él cuando le clavé la botella en el cuello y de su yugular brotó un gran chorro de sangre que no paraba de manar como si de una fuente se tratase. Hizo un intento desesperado por mantenerse en pie, pero acabó resbalando con su propia sangre que manchaba todo el suelo y cayó de espaldas. El tricornio negro salió despedido, deslizándose sobre la sangre hasta la cocina, el uniforme verde se tiñó casi por completo de rojo. Sus ojos parecían estar a punto de reventar, mirando hinchados hacia un punto fijo en el techo. Antes de morir descubrió que había llegado la hora de los espíritus atormentados. El momento de su liberación, de su venganza. Fuera, en el salón, el anfitrión John Carter continuaba su discurso.

– Los dos estamos encantados de teneros un nuevo Mardi Gras con nosotros. Como cada año, nosotros ponemos la casa y vosotros la diversión. ¡Qué empiece la matanza!

Todos los hombres lanzaron un grito bestial y de entre sus disfraces sacaron cuchillos, hoces o martillos con los que golpeaban y destrozaban las caras de sus atónitas parejas, que morían sin entender nada de lo que estaba sucediendo. La sangre comenzó a esparcirse por todo el salón.

Mientras tanto, yo seguía escondida en la despensa. Cerré los ojos y abstrayéndome del aquelarre sangriento que se desarrollaba a poca distancia de mí, me puse a cantar la siguiente plegaria:

“Papa Legba ouvre baye pou mwen, Ago eh! Papa Legba Ouvre baye pou mwen, Ouvre baye pou mwen, Papa Pou mwen passe, Le’m tounnen map remesi Lwa yo! “

(“Papa Legba, Abra la puerta para mí. Papa Legba, Abra la puerta para mí.Abre la puerta, Papa, para que pueda pasar. Cuando regrese, le daré las gracias al Loa!”)

Abrí los ojos y me giré, adivinando una presencia detrás de mí. En medio de la cocina estaba Papa Legba, con su sombrero de copa.

– ¿Qué quieres Marie?
– Quiero liberar a los espíritus atormentados de esta casa.
– ¿Qué me darás a cambio?
– La sangre de este asesino.
– ¿Quién es?
– Se llamaba Tom Walton. En Boston le llaman “El leprechaun sangriento”. Ha matado a más de veinte personas y hoy quería asesinarme a mi. Yo he sido más rápida.

Papa Legba me miró con una sonrisa traviesa y me saludó inclinando la cabeza hacia delante.

– Sea tu voluntad. Abriré las puertas a los espíritus de la casa.

De repente, centenares de formas espectrales, se deslizaron desde los pisos superiores de la mansión LaLaurie hacia la parte inferior. Los asesinos, enloquecidos por el frenesí de sangre, ni siquiera se dieron cuenta de que estaban siendo atacados. Demasiado tarde sentían como una masa de hectoplasma se introducía en su interior y les hurgaba el cerebro, retorciéndoles con un dolor horrible. Incapaces de liberarse, acababan suicidándose con sus propias armas. Los hermanos Carter, John y Wayne, los anfitriones, escaparon lanzándose por la ventana del primer piso al vacío. El resto de asesinos que se habían dado cita en aquella fiesta sangrienta, homenaje a la antigua dueña de la mansión, murieron y sus espíritus ocuparon el lugar de los esclavos ahora liberados de sus cadenas.

Aún me queda mucho trabajo por hacer. De haber podido habría quemado la mansión, pero es mi sino seguir acabando periódicamente con el mal que ella atrae. El destino nos ha unido eternamente, o al menos hasta que toda la ciudad haya sido destruida. Vampiros como los hermanos Carter, psicópatas como Delphine LaLaurie o Tom Walton, la mansión de la Calle Real siempre atraerá alguna personificación del Mal que yo tendré que combatir. Porque soy Marie Laveau, la reina del vudú de La Nouvelle Orleans, la vengadora de esclavos.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, hermanos Carter, Madame LaLaurie, Mardi Grass, Marie Laveau, Nueva Orleans, Terror

Luz

5 febrero, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

– ¡Cuidado papá!

La niña se interpuso entre la puerta y su padre, evitando que este pudiera avanzar un solo paso.

– ¿Qué pasa? – preguntó él, un poco enojado.
– ¡Mira el felpudo!
– No veo nada.
– ¿No ves la lagartija?

El padre forzó la vista un poco más. De repente vio un pequeño animalito, una especie de lagartija gris con motas negras, que se movía rápido por encima de las fibras del felpudo.

– ¡Ahora la veo! ¡Es una salamanquesa! ¡Qué pequeña!
– ¡Y qué bonita! – dijo su hija -¿Nos la podemos quedar, papá?
– ¡De ninguna manera! ¡Podría ser Luzdivina!
– ¿Quién es Luzdivina?
– Te lo explico en casa. Ahora tenemos que entrar.
– ¿Y vamos a dejar a Luz aquí?
– ¿Luz?
– Sí, claro. De Luzdivina, Luz.
– ¡Pero si aún no te he contado la historia!
– Pero seguro que es ella.
– Bueno, por ahora se queda aquí. Hasta mañana, cuando venga tu madre, no tomaremos una decisión.
– Pero ¿y si viene Pilar por la mañana?
– Bueno, seguro que ve a tu salamanquesa y no le hará daño. ¿Quieres que te cuente la leyenda de Luzdivina?

Padre e hija entraron en casa dejando fuera a aquel pequeño reptil. La salamanquesa no necesitaba escuchar una leyenda que conocía perfectamente pues la había vivido en sus propias carnes. Ella había sido aquella Luzdivina y el recuerdo aún le quemaba dentro de aquel pequeño cuerpo de sangre fría. Su diminuta mente se puso a recordar su trágica historia:

«Extraños son los caminos del Señor que me condena a recordar mi amarga vida más allá de mi muerte. Yo era la madre del párroco de un pequeño pueblo castellano. Mi hijo era un hombre devoto al que Dios puso a prueba dotándole de un cuerpo esbelto y un rostro bello como un alba en un día de estío. La desgracia cayó sobre nosotros el día en que yo caí gravemente enferma. Las fiebres me consumían a gran celeridad y el médico de la comarca no era capaz de retenerme en el mundo de los vivos. Entonces, mi hijo decidió pedir ayuda a la bruja del páramo, una mujer joven y atractiva, pero maldita. Bruja como su madre, como su abuela. De padre desconocido. Odiada por las mujeres, deseada por los hombres. Al igual que su madre, se acostaba con todo aquel que le pagaba bien y cualquier día hubiera sido madre de otra bastarda como ella, de no ser porque me salvó la vida. Aquel día, mi hijo se enamoró de ella, seguramente la bruja le hechizó y ese fue el precio que tuvo que pagar por salvarme. Pero de qué servía vivir si era a cambio de perder a mi hijo. No podía aceptarlo.
No paré hasta convencer a todo el pueblo de que aquella bruja había hechizado a mi hijo, al párroco del pueblo. Me encargué de contagiar mi odio entre las mujeres y ellas presionaron a sus maridos. Una noche, a escondidas del alguacil, cogieron las antorchas y se dirigieron a la casa de aquel demonio bello como el mismísimo Luzbel. No le dejaron defenderse, sabían que si le daban la oportunidad les hechizaría con sus palabras. Calaron fuego a su choza de paja. Los gritos de tormento de la bruja llegaron al pueblo, a mi casa, a oídos de mi hijo que, acostado en su cama, pensaba en la bruja justo en aquel momento. De nada le sirvió la velocidad con la que se levantó de su catre, con la que se subió al caballo y con la que galopó hasta llegar al pie de las cenizas de la choza y de su amada bruja. Entonces fueron sus lamentos los que desgarraron el silencio del pueblo. Durante días intenté mimar a mi hijo como cuando era niño, pero él no era capaz de levantar la mirada del suelo, no decía ni una palabra, tampoco volvió a llorar una sola lágrima. Justo cuando podíamos volver a ser felices juntos, el fantasma de aquella bruja nos seguía separando. Una semana después, encontré a mi hijo en la cuadra, colgado de una viga. Bajé su cuerpo sin vida y lo escondí en casa. A todos les dije que se encontraba muy enfermo. Al tercer día, les dije que había muerto. Nadie me preguntó por las marcas en su cuello que yo intenté ocultar lo mejor posible.
Mi hijo tuvo un entierro cristiano y fue sepultado en el camposanto. Desde ese momento solo tuve un deseo. Descansar junto a él. No podía suicidarme como lo había hecho él, pues habría sido demasiado evidente como para ocultarlo y no me hubiesen permitido la sepultura en tierra consagrada. Así que tuve que recuperar del rincón más escondido de mi despensa un veneno que, mucho tiempo atrás, me había vendido la madre de la bruja que había arruinado mi vida. Cada día me tomaba una gota de aquella poción, y mi salud no tardó en empeorar. Los primeros síntomas fueron unos ojos sanguinolentos en fondo amarillento, después caída del pelo y piel escamada. Sin embargo, cuanto más enferma estaba, más alegre me sentía. Así llegó, semanas después, mi muerte. De ese momento no tengo ningún recuerdo. Solo sé que una noche mi espíritu despertó en medio del cementerio. Vi mi lápida al lado de la de mi hijo. No cabía en mi de felicidad. Esperé con gran ilusión hasta ver como el espíritu de mi hijo surgía de su tumba. Le llamé, llena de gozo, pero él me miró y no me hizo caso. Voló fuera del cementerio y yo le seguí, confusa. Llegamos hasta el solar donde se había levantado la choza de la bruja. Allí le esperaba ella. Los dos espíritus se abrazaron, se besaron, se fusionaron en un solo alma delante de mi propio espectro. Entonces, escuché una voz a mi lado.

– No podrás descansar hasta que alguien te vuelva a amar como lo hizo tu hijo antes de que le traicionaras. Mientras tanto, te arrastrarás por el suelo como la serpiente que eres.

No vi al dueño de aquella voz profunda. Desolada, regresé a mi tumba y me estiré dentro del cadáver que me diera vida. Al día siguiente, el cuerpo frío en el que desperté era otro. Me había convertido en una serpiente. Después de unos años, esa criatura también murió y me convertí en otro reptil. Y así hasta ahora.
Pero quizás esta niña pueda convencer a su padre para acogerme en su casa. Tal vez consiga que me llegue a querer como me quería mi hijo, y así termine mi maldición, después de tantos siglos de….»

La puerta del ascensor se abrió. Una mujer, vestida con bata azul y armada de una fregona y un cubo lleno de agua, salió de él. Entonces, Luzdivina recordó algo que había dicho la niña: «¿Y si viene Pilar por la mañana?». La señora de la limpieza mojó el mocho en el agua espumosa y, a continuación, lo aplicó con energía contra el suelo. Luz intentó escapar, pero la fregona la alcanzó de lleno, la aplastó y, a continuación, la lanzó al aire, cayendo destrozada dos rellanos más abajo.

Una nueva vida arrastrándose le esperaba a continuación.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Gótico

Un mundo ingrato

22 enero, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Una familia se apretaba sobre una hoguera agonizante, buscando el calor de sus miserables brasas. Se trataba de una mujer, un hombre y cuatro niños de diferentes edades, ninguno mayor de los ocho años. Me acerqué a ellos.

– Salam aleikum.
– Aleikum salam – contestó la familia al unísono. Todos me miraron con un brillo de esperanza en sus ojos sanguinolentos.
– Busco a tres sabios, me han dicho que..
– Cuatro filas de tiendas más abajo, por la mitad del pasillo, donde huele a incienso – dijo el hombre, en un tono apagado al darse cuenta de que hoy tampoco iban a ser salvados.
– Gracias.
– Ahora solo son dos – añadió una de las hijas, la que parecía más pequeña.

No pregunté nada más. Dejé aquella familia abandonada al frío nocturno del invierno griego. Ellos ya habían regresado la vista a aquellas brasas que apenas darían para una hora más de calor antes de extinguirse del todo. Después deberían resistir las largas horas de oscuridad y frío hasta que el sol regresara en un nuevo alba aún más gélido. Nada nuevo para aquella familia, pero eso no evitaba la posibilidad de que  alguno de ellos no llegara a despertar el día siguiente, quién sabe.
Seguí las instrucciones que me habían dado y llegué hasta una tienda de campaña bastante destartalada, como el resto, con la diferencia del inconfundible olor a incienso que escapaba de su interior. Me atreví a agacharme y a entrar sin avisar. Dentro de la tienda había dos ancianos. Uno de ellos, sentado, de barba oscura, aguantaba la cabeza de otro con barba blanca que estaba tendido a lo largo. El de la barba oscura estaba acercando un vaso lleno de agua a su compañero. Vestían unos tejanos y unas sudaderas oscuras, llenas de parches. Al lado de ellos, una varita de incienso quemaba a punto de consumirse por completo. Ambos viejos se giraron hacia mí, expectantes.

– ¿Sois los tres sabios de la leyenda? – solté sin preámbulo alguno.
– ¿Quién lo pregunta? – preguntó el de la barba oscura.
– Alguien que cree en vosotros y que os echa de menos.
– Ya no somos nada – dijo con gran esfuerzo el que descansaba tendido.
– ¿Y Baltasar?
– Se lo llevaron un día. No hemos vuelto a saber nada de él.
– ¿No sabéis dónde?
– A un centro de internamiento para inmigrantes ilegales en Atenas.
– Os puedo sacar de aquí. – les solté de repente.

Los dos hombres se miraron, mudos de la sorpresa. Al instante volvieron su vista hacia mi persona. Sus ojos, apenas visibles bajo las frondosas cejas, pretendían escudriñar el interior de mi corazón.

– ¿Eres un ángel? – preguntó el de la barba blanca, con un hilo de voz.
– No, solo soy alguien con mucho dinero. He sobornado a los guardias de una de las salidas de este campo de concentración. También tengo documentos para vosotros.
– ¿Y por qué nos ayudas a escapar?
– Porque esta Navidad os eché de menos. Yo no necesito regalos materiales, nunca os he pedido nada porque lo tengo todo. Pero este año, después de muchos años, os pedí un deseo, algo diferente. Sin embargo no aparecisteis.
– Hace tres años al intentar cruzar la frontera griega con Serbia nos detuvieron. La Unión Europea cerró a cal y canto sus fronteras a toda persona indocumentada. Como comprenderás, nosotros jamás hemos viajado con pasaportes u otros documentos. ¡Somos los reyes magos de Oriente! ¡Nunca nos habían puesto problemas!

La voz del de la barba oscura sonaba desesperada, lamentando la sociedad que nos tocaba vivir.

– Me ha costado tres semanas dar con vosotros. He tenido que mover montañas hasta llegar a este campamento. Es una lástima que no esté Baltasar pero, si todo va bien, no tardaré en dar con él y liberarlo también. Tengo recursos, no os preocupéis.
– Nos han tratado peor que a perros sarnosos. Solo por ser extranjeros y venir de donde venía toda esta pobre gente.
– Lo siento, de veras. ¡Pero ahora tenemos que irnos!

– Melchor no puede caminar, está muy débil.
– Lo llevaremos entre los dos ¡Vamos!

Nada más salir al exterior, el frío nos azotó la cara como un látigo de hielo. Melchor y Gaspar estaban muertos de frío, no tenían más abrigo que las sudaderas que llevaban puestas, que alguien compró alguna vez en una popular cadena francesa de ropa de deporte. Caminamos por aquel campamento silencioso y oscuro un rato que se me hizo eterno. Temía encontrarnos con alguno de los grupos de bandidos que dominan y aterrorizan los campamentos de refugiados, miserables que devoran como hienas a los otros miserables, a los débiles y a los cobardes. Pero, para mi alivio, logramos llegar a la salida sin contratiempos. Los guardias me miraron nerviosos. Uno de ellos me habló mientras me hacía gestos para que nos diéramos prisa.

– ¡Has tardado mucho! ¡Salid sin hacer ruido! ¡Vamos!

Intentamos obedecer a aquel granuja lo mejor que pudimos. Seguimos caminando hasta llegar a un bosque, allí nos paramos a descansar protegidos del viento entre unas rocas. Tenía que actuar rápido, porque era evidente que aquel par de ancianos no podrían llegar muy lejos.

– Necesito que me concedáis el deseo que os pedí.
– ¿Cuál era ese deseo?  Por desgracia, tuvimos que vender todos los regalos que llevábamos para poder sobrevivir, igual que nuestras joyas y nuestros ropajes – lamentó Gaspar-. 
– Lo que quiero pediros no es material, ya os lo he dicho.
– ¿Y qué es? Si está en nuestras manos te lo concederemos en agradecimiento por tu ayuda. 
– Hay una mujer a la que deseo más que nada en este mundo. Pero ella no me hace caso. La he cubierto de regalos materiales pero ella sigue sin quererme. Necesito que me concedáis su amor.

Los dos reyes magos se miraron en silencio. Luego Gaspar se giró y sus ojos buscaron los míos.

– Amigo, nosotros no podemos cambiar la voluntad de las personas.
– ¡Pero si sois los reyes magos! ¡No me engañéis!
– No te engaño, de verdad, no tenemos ese poder. Pero si lo tuviéramos tampoco lo utilizaríamos porque no es ético, es mezquino manipular la voluntad de las personas.

– ¡Después de lo que he hecho por vosotros! ¿No me vais a ayudar?
– De corazón te lo digo, joven. Tienes que conseguir su amor a través de la bondad. Como la que has demostrado al venir hasta aquí para salvarnos.
– ¿Bondad? No me habléis de bondad, cabrones.

Saqué la pistola que llevaba guardada a la espalda y vacié el cargador entero encima de aquellos dos viejos gilipollas que me hablaban de ser bondadoso. ¡A mí, que se lo había dado todo a aquella desagradecida sin pedir nada a cambio!  

Ahora busco a Baltasar, no tardaré en encontrarle y también lo liberaré. Confío dar por fin con alguien agradecido en este mundo ingrato, lleno de egoístas.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Los tres sabios, Reyes Magos

Simpatía por el reo

1 enero, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

Se levanta de su escritorio y se dirige hacia la ventana, intrigado. A través de los barrotes observa el follón que se ha liado en el patio de la prisión. Alguno se ha ayudado de la mano para meter un gol y se ha montado un buen pollo. El preso entonces, desvía su mirada hacia el horizonte, hacia las blancas montañas de la Sierra que contrastan con el cielo azul inmaculado. El mundo sigue girando ahí fuera.

– Los días nacen y mueren cada veinticuatro horas. Y te preguntas ¿Qué sentido tiene el tiempo aquí dentro?

El reo se gira hacia la puerta, sorprendido. Al otro lado de las rejas, agarrando con firmeza los barrotes con ambas manos, se halla un hombre alto, moreno y con barba. Viste pantalón negro y, a pesar del frío que hace, una sencilla camisa blanca de lino, desabotonada hasta el ombligo, que deja a la vista su pecho velludo. 

– Hola Jotacé.
– ¿Te he asustado?
– No te esperaba. ¿Cómo es que no estás en el patio como los demás?
– Ya sabes que yo no soy como los demás. Tu tampoco lo eres.

– Intento pasar desapercibido.
– Pues con esa barriga no lo consigues.
– ¡No me seas…!
– ¡Es broma!
– No creo que estés perdiendo el poco tiempo que tienes de recreo para venir a burlarte de mí.
– Quería animarte un poco.
– Gracias, pero no entiendo como te han dejado pasar los guardas.
– Ni me han visto. Si me hubiesen pillado tampoco habría pasado nada, ya sabes que los tengo comiendo de mi mano.
– Por algo te llaman Rex Captivus, el Rey Cautivo.
– Me he enterado esta mañana que te habían castigado sin patio, como a un niño pequeño.

– Es lo que tiene ser un sedicioso.
– Te voy a confesar una cosa. Hace mucho tiempo, en mi ciudad, a mí también me querían crucificar por sedición.
– ¿A ti?
– Unos hijos de puta muy poderosos me la tenían jurada, y no pararon hasta entrullarme.
– ¿Y cómo te libraste?
– Escapé volando. Les jodí bien a esos mamones.
– Me parece que a mi no me será tan fácil librarme.
– ¿Volando? Difícil, pesas mucho. Lo importante es que no te rindas. Aprieta los machos y verás como se les congela la sonrisa de lerdos a tus enemigos.
– No sé si podré…
– ¡Te digo que has de aguantar, joder! ¡No te vengas abajo!
– ¿Y por qué te importa tanto? Los otros presos me dejaron muy claro que tú nunca te casas con nadie, que estás por encima del bien y del mal en esta prisión.

Jotacé buscó algo en sus pantalones. Sacó una llave con la que abrió la puerta de la celda y se acercó hasta quedar a un metro del rostro del  otro preso, petrificado de la sorpresa.

– Mira compadre, tu causa me importa una mierda, pero te tengo aprecio porque de ti y de otros como tú depende que esta sociedad despierte, abra los ojos y se pregunte qué ha sucedido mientras dormía. Algún día, gracias a gente como tú, los que llevan mucho tiempo aletargados se levantarán contra aquellos que solo encuentran sentido a su vida desde el odio al prójimo. Será entonces cuando los manipuladores serán doblegados. Solo que te pido que no cometas el mismo error que yo.
– ¿Cuál?
– Yo delegué mi causa en otros que al final no supieron defender todo aquello por lo que habíamos luchado juntos. No fueron capaces de evitar que los mismos miserables que quisieron crucificarme se hicieran con la patente de mi mensaje de respeto y amor y lo corrompieran transformándolo en una doctrina de rituales vacíos de significado, mientras que por otro lado promovían la intolerancia, el odio y la hipocresía.
– No entiendo de quién debo cuidarme. ¿De enemigos o también de amigos?
– De unos y otros, pero también del resto, incluso de ti mismo. El Mal está al acecho, dentro de todos nosotros, esperando la más mínima debilidad de nuestra alma para surgir y manipular nuestra voluntad. Sé fuerte, no delegues y sigue siempre la luz de tus principios. ¡Ah! Y una última cosa antes de marchar y no volver a hablar contigo jamás.
– ¿Qué?
– Jódelos vivos porque se lo merecen. Ellos son Legión ¿Te acuerdas? Pero no se te ocurra utilizar el odio para combatirlos, porque esa es su fuerza. Nada de odio, ya sabes.

Jotacé dio la espalda al reo, salió de la celda, cerró la puerta y se guardó la llave. Se dirigió a su celda, silbando por el pasillo una canción de un inglés que tenía una novia japonesa con la que protestaba en América contra la guerra, y que a la puerta de un hotel fue asesinado por un despechado fan suyo, cinco balazos mediante. Su canción hablaba de ilusiones para un mundo mejor, sin países, sin religiones, sin desigualdades. ¡Qué iluso!

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Filosofia, Humor, Política

El último hombre bueno

26 diciembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Al entrar en el edificio me encuentro con la señora María, intentando subir el carrito de la compra, lleno hasta los topes, por las escaleras del portal.

– Permita que le ayude.
– Eres un sol, Salva.
– ¡Uf, cómo pesa! Pero…¡Aquí lo tiene!
– Muchas gracias, joven. ¡Y feliz Navidad!
– Feliz Navidad, señora María.

Así soy yo, siempre dispuesto a ayudar a mis vecinos y a todo aquel que lo necesite. Mi mayor ilusión sería convertirme en el último hombre bueno. Como Santa Claus, que con su magia hace realidad los sueños de las personas. Quizás hoy, por fin, lo conozca. Caliento la cena en el microondas y la como mientras escucho los villancicos que suenan en una emisora de radio. Después, agarro a “Charlie” y me siento en mi mecedora delante de la puerta. ¡Sí, puede que este año aparezca!

Unas horas más tarde, en plena madrugada, se abre la puerta de casa. ¿Será él? ¡Sí, es él! ¡Después de tantos años evitándome! Me levanto y me acerco para saludarle. ¡Qué sorpresa se va a llevar el viejo!

– ¡Hola Santa!
– ¡Eh, uh, hola!
– Te estaba esperando.
– Pues aquí estoy.
– Desde hace veinte años. ¿Por qué no venías?
– ¿Por qué no dejas ese rifle?
– ¿A Charlie? Ni lo sueñes. Desnúdate.
– Soy Santa Claus.
– Y yo tu peor pesadilla.

Le doy un fuerte golpe en la cabeza con la culata. El pobre abuelo cae al suelo inconsciente. No os podéis imaginar lo que me cuesta arrastrar al viejo gordo hasta mi habitación de las torturas. Lo ato a la cama por brazos y piernas. Dejaré que se despierte para disfrutar más.

– ¿Dónde estoy?
– En mi habitación favorita.
– ¿Por qué haces esto?
– Porque cuando tú mueras me convertiré en el último hombre bueno.
– ¿El último hombre bueno?
– Me llevó años matar a todos los demás y hacer desaparecer sus cuerpos.
– ¿Cuántos has asesinado?
– No sé, muchos.
– ¿Por qué?
– Pues porque un día mis padres me dijeron que no me traerías regalos hasta que me portase bien. Los maté por decir eso, pero luego, arrepentido, me porté muy bien, y ese año seguiste sin visitarme. Y el siguiente, y el otro. Entonces pensé que, quizás, si mataba a todos los hombres buenos al final te fijarías en mí, y así ha sido. Al principio te pedía juguetes, luego deseos adultos, pero desde hace tiempo solo quiero ser tú, el más bueno de todos. Y hoy has venido a concederme ese regalo.
– En realidad no te traía nada.
– ¿Entonces por qué has venido a mi casa?
– ¿Sabes que me puedo liberar cuando quiera?
– No puedes hacerlo. Te conozco perfectamente y sé que sólo puedes usar la magia para hacer realidad los deseos que te piden.

De repente una niebla dorada envuelve al viejo durante un instante y, al desaparecer, Santa Claus está de pie delante de mi, desnudo pero libre de ataduras.

– Una mujer llamada Carla, que se ha portado muy bien, me pidió que vengara la muerte de su marido. Él era la mejor persona del mundo, según afirmaba ella en su carta. Por eso estoy aquí.
– No puede ser.
– Yo siempre cumplo los deseos de las personas buenas.
– Pero yo soy bueno, ayudo a la gente, doy limosna, voy a misa…
– Siento decirte, Salva, que no eres bueno.
– Entonces ¿Qué soy? – le grito desesperado.
– Hoy eres el regalo de Carla.

No sé de dónde ha sacado el cuchillo, me lo clava una y otra vez. Al principio duele, pero llega un momento en el que mi cerebro se abstrae del dolor y se pregunta ¿Santa Claus me tiene envidia porque soy mejor que él? ¡Sí, eso es, no soporta que yo sea más bueno que él! Y mi último pensamiento antes de desaparecer es de alegría, porque soy el último hombre bueno del mundo y él lo sabe.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Navidad, Terror

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