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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Gótico

Luz

5 febrero, 2018 by JAP Vidal Deja un comentario

– ¡Cuidado papá!

La niña se interpuso entre la puerta y su padre, evitando que este pudiera avanzar un solo paso.

– ¿Qué pasa? – preguntó él, un poco enojado.
– ¡Mira el felpudo!
– No veo nada.
– ¿No ves la lagartija?

El padre forzó la vista un poco más. De repente vio un pequeño animalito, una especie de lagartija gris con motas negras, que se movía rápido por encima de las fibras del felpudo.

– ¡Ahora la veo! ¡Es una salamanquesa! ¡Qué pequeña!
– ¡Y qué bonita! – dijo su hija -¿Nos la podemos quedar, papá?
– ¡De ninguna manera! ¡Podría ser Luzdivina!
– ¿Quién es Luzdivina?
– Te lo explico en casa. Ahora tenemos que entrar.
– ¿Y vamos a dejar a Luz aquí?
– ¿Luz?
– Sí, claro. De Luzdivina, Luz.
– ¡Pero si aún no te he contado la historia!
– Pero seguro que es ella.
– Bueno, por ahora se queda aquí. Hasta mañana, cuando venga tu madre, no tomaremos una decisión.
– Pero ¿y si viene Pilar por la mañana?
– Bueno, seguro que ve a tu salamanquesa y no le hará daño. ¿Quieres que te cuente la leyenda de Luzdivina?

Padre e hija entraron en casa dejando fuera a aquel pequeño reptil. La salamanquesa no necesitaba escuchar una leyenda que conocía perfectamente pues la había vivido en sus propias carnes. Ella había sido aquella Luzdivina y el recuerdo aún le quemaba dentro de aquel pequeño cuerpo de sangre fría. Su diminuta mente se puso a recordar su trágica historia:

«Extraños son los caminos del Señor que me condena a recordar mi amarga vida más allá de mi muerte. Yo era la madre del párroco de un pequeño pueblo castellano. Mi hijo era un hombre devoto al que Dios puso a prueba dotándole de un cuerpo esbelto y un rostro bello como un alba en un día de estío. La desgracia cayó sobre nosotros el día en que yo caí gravemente enferma. Las fiebres me consumían a gran celeridad y el médico de la comarca no era capaz de retenerme en el mundo de los vivos. Entonces, mi hijo decidió pedir ayuda a la bruja del páramo, una mujer joven y atractiva, pero maldita. Bruja como su madre, como su abuela. De padre desconocido. Odiada por las mujeres, deseada por los hombres. Al igual que su madre, se acostaba con todo aquel que le pagaba bien y cualquier día hubiera sido madre de otra bastarda como ella, de no ser porque me salvó la vida. Aquel día, mi hijo se enamoró de ella, seguramente la bruja le hechizó y ese fue el precio que tuvo que pagar por salvarme. Pero de qué servía vivir si era a cambio de perder a mi hijo. No podía aceptarlo.
No paré hasta convencer a todo el pueblo de que aquella bruja había hechizado a mi hijo, al párroco del pueblo. Me encargué de contagiar mi odio entre las mujeres y ellas presionaron a sus maridos. Una noche, a escondidas del alguacil, cogieron las antorchas y se dirigieron a la casa de aquel demonio bello como el mismísimo Luzbel. No le dejaron defenderse, sabían que si le daban la oportunidad les hechizaría con sus palabras. Calaron fuego a su choza de paja. Los gritos de tormento de la bruja llegaron al pueblo, a mi casa, a oídos de mi hijo que, acostado en su cama, pensaba en la bruja justo en aquel momento. De nada le sirvió la velocidad con la que se levantó de su catre, con la que se subió al caballo y con la que galopó hasta llegar al pie de las cenizas de la choza y de su amada bruja. Entonces fueron sus lamentos los que desgarraron el silencio del pueblo. Durante días intenté mimar a mi hijo como cuando era niño, pero él no era capaz de levantar la mirada del suelo, no decía ni una palabra, tampoco volvió a llorar una sola lágrima. Justo cuando podíamos volver a ser felices juntos, el fantasma de aquella bruja nos seguía separando. Una semana después, encontré a mi hijo en la cuadra, colgado de una viga. Bajé su cuerpo sin vida y lo escondí en casa. A todos les dije que se encontraba muy enfermo. Al tercer día, les dije que había muerto. Nadie me preguntó por las marcas en su cuello que yo intenté ocultar lo mejor posible.
Mi hijo tuvo un entierro cristiano y fue sepultado en el camposanto. Desde ese momento solo tuve un deseo. Descansar junto a él. No podía suicidarme como lo había hecho él, pues habría sido demasiado evidente como para ocultarlo y no me hubiesen permitido la sepultura en tierra consagrada. Así que tuve que recuperar del rincón más escondido de mi despensa un veneno que, mucho tiempo atrás, me había vendido la madre de la bruja que había arruinado mi vida. Cada día me tomaba una gota de aquella poción, y mi salud no tardó en empeorar. Los primeros síntomas fueron unos ojos sanguinolentos en fondo amarillento, después caída del pelo y piel escamada. Sin embargo, cuanto más enferma estaba, más alegre me sentía. Así llegó, semanas después, mi muerte. De ese momento no tengo ningún recuerdo. Solo sé que una noche mi espíritu despertó en medio del cementerio. Vi mi lápida al lado de la de mi hijo. No cabía en mi de felicidad. Esperé con gran ilusión hasta ver como el espíritu de mi hijo surgía de su tumba. Le llamé, llena de gozo, pero él me miró y no me hizo caso. Voló fuera del cementerio y yo le seguí, confusa. Llegamos hasta el solar donde se había levantado la choza de la bruja. Allí le esperaba ella. Los dos espíritus se abrazaron, se besaron, se fusionaron en un solo alma delante de mi propio espectro. Entonces, escuché una voz a mi lado.

– No podrás descansar hasta que alguien te vuelva a amar como lo hizo tu hijo antes de que le traicionaras. Mientras tanto, te arrastrarás por el suelo como la serpiente que eres.

No vi al dueño de aquella voz profunda. Desolada, regresé a mi tumba y me estiré dentro del cadáver que me diera vida. Al día siguiente, el cuerpo frío en el que desperté era otro. Me había convertido en una serpiente. Después de unos años, esa criatura también murió y me convertí en otro reptil. Y así hasta ahora.
Pero quizás esta niña pueda convencer a su padre para acogerme en su casa. Tal vez consiga que me llegue a querer como me quería mi hijo, y así termine mi maldición, después de tantos siglos de….»

La puerta del ascensor se abrió. Una mujer, vestida con bata azul y armada de una fregona y un cubo lleno de agua, salió de él. Entonces, Luzdivina recordó algo que había dicho la niña: «¿Y si viene Pilar por la mañana?». La señora de la limpieza mojó el mocho en el agua espumosa y, a continuación, lo aplicó con energía contra el suelo. Luz intentó escapar, pero la fregona la alcanzó de lleno, la aplastó y, a continuación, la lanzó al aire, cayendo destrozada dos rellanos más abajo.

Una nueva vida arrastrándose le esperaba a continuación.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Gótico

Inés

3 julio, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

El viejo campesino reconoció a uno de los chicos del grupo de su hija. Aquel rapaz se había hecho mayor, un hombre adulto que paseaba de la mano de su mujer y con una niña correteando por delante de ellos, recogiendo margaritas. «El tiempo pasa rápido para algunos», pensó el viejo. “¿A qué habrá venido? Hace años que no le veía por aquí.” La mayoría de los amigos de Inés habían marchado a vivir su vida lejos del pueblo; otros eran forasteros, como este del que no recordaba el nombre. Allí solo se quedó Inés, su hija. No pudo reprimir una mueca de desprecio que percibió el forastero. Si aquel hombre tenía la intención de saludarle se lo pensó mejor. Se cruzaron en silencio. El viejo sintió de nuevo un dolor oprimiéndole el pecho; algún día se lo llevaría, «ojalá pronto», pensó. Si en vez de ella hubiese sido él… Dieciséis años tenía, un ángel hermoso de ojos azules y cabellos rubios. Primero cayeron sus cabellos, al poco su belleza se marchitó y por último los ojos azules se apagaron. Al final solo quedó el ángel. Maldito cáncer. Lágrimas. Treinta años después seguía sin poder reprimirlas. Su ángel, de seguir viva, seguro que ya le habría hecho abuelo. En lugar de eso, no era más que un viejo solitario. ¿Por qué la Parca no se me llevó a mí?

Volvió sus pensamientos hacia aquel forastero. Seguro que le estaba enseñando a su mujer y a su hija el pueblo de sus abuelos. Les estaría explicando lo bien que lo pasaba allí durante las vacaciones de verano, divirtiéndose junto a sus amigos. Al viejo le pudo la curiosidad y decidió dar la vuelta y seguir a aquella familia. ¿Irían al río? ¿Al campo de fútbol? ¿Al monte? Se acercaron al camino que transcurre casi en paralelo a la carretera y que conduce a la salida del pueblo en dirección a Astorga. Caminaban hacia el cementerio. El viejo, confuso, les seguía de lejos. Cuando llegó al portón del camposanto echó una mirada dentro. Vio como la niña ponía las flores que había ido recogiendo encima de una tumba, sus padres observaban en silencio. “¿Era tu amiga?”, preguntó la pequeña. “Sí, aunque por desgracia no sé si ella jamás lo supo. Ojalá, esté donde esté, sepa que aún la tengo en mi recuerdo”. La familia se abrazó delante de la tumba, en silencio. Mientras, el viejo se alejaba del cementerio triste y al tiempo emocionado, porque su hija seguía viva en el corazón de otras personas a parte de él, a pesar de los años transcurridos. 

Aquella misma noche, aquel forastero se levantó de madrugada, no podía dormir. Tenía la garganta seca y se dirigió sigilosamente hacia la cocina por un vaso de agua, pero inconscientemente pasó de largo hasta llegar a la entrada de la casa. Nada más abrir la puerta la vio, estaba a unos cien metros, junto a la carretera, esperándole. Sin decir nada, ella se puso en marcha y él la siguió. Inés se deslizaba un par de dedos por encima del asfalto, su vestido blanco y vaporoso se extendía al viento iluminado por las farolas. Dejaron la carretera y tomaron el camino que les adentraba en la oscuridad. No tardaron en llegar al cementerio del pueblo. La segunda vez que él lo visitaba en veinticuatro horas. Ella vivía allí. La joven se sentó sobre su tumba y él se quedó de pie, a su lado.

– Pensaba que sería suficiente con las flores. – dijo él, en un susurro apenas audible para oídos humanos.

Ella negó con un delicado giro de su cabeza. Las cuencas de sus ojos eran negras, no había vida en ellos, sin embargo conservaba la belleza de su adolescencia. Sus cabellos rubios, su rostro de ángel. Tal y como se le había presentado en sueños por primera vez un par de meses antes. A raíz de aquel momento él había decidido volver al pueblo a despedirse de ella y a decirle que guardaba su recuerdo en el corazón.

– ¿Qué quieres, Inés?

Ella, lentamente y sin dejar de mirarle, cogió la mano derecha de él y la acercó hasta su pecho. Solo era un gesto simbólico pues el corazón había dejado de latir hacía mucho tiempo, pero él sabía lo que significaba. Entendía que él había sido el elegido, entre todos los demás, porque ella había amado a aquel joven que alguna vez le hizo sentirse especial. Pero nunca tuvo la oportunidad de decirle adiós. Él estaba lejos cuando ella enfermó y finalmente murió. Jamás se dieron un beso de despedida.

El hombre se levantó y cogió la pala que alguien había dejado casualmente junto la tumba. Cavó olvidándose del tiempo, de su familia, de todo. Debía complacer el último deseo de Inés. Cuando el féretro, medio desecho, quedó a la vista, él lo abrió. Allí estaban sus restos. Vio su calavera descarnada y  acercó sus labios hasta el lugar donde una vez habían estado los de Inés. Rozó su sonrisa, aún joven y completa, y la besó. En ese momento sintió que el frío hueso se convertía en sendos labios cálidos y carnosos que también le besaban a él. Abrió los ojos y delante suyo comprobó que ella le miraba de nuevo con aquellos ojos azules llenos de vida. Ese beso rompía una espera de treinta años. Ahora, Inés por fin podría descansar en paz.

Al llegar el alba, él se despertó sentado a la puerta de su casa, entumecido por el frío de la madrugada. Después de aquel beso no recordaba nada más. Sin embargo, su pijama estaba manchado de tierra y en su mano aguantaba el tallo de una margarita.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Gótico, muerte, Romanticismo

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