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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Castellano

El vigilante de noche

1 junio, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 

 «¿VAMPIROS ENTRE NOSOTROS?»

El titular del artículo llama mi atención. Pero después de un vistazo rápido, me siento decepcionado. Simplemente se trata de una nueva obra de teatro que se estrenará próximamente en el Paralelo.

– ¿Qué miras?

La voz de mi jefe, me pilla por sorpresa y me sobresalto. Está detrás mío, cotilleando mi diario.

– Nada, sólo hay anuncios.
– ¿Y que esperas de un diario gratuito?
– Pues que sea un diario y explique noticias.
– ¡No te quejes tanto y trabaja un poco! Yo me voy a casa.
– Muy bien, nos vemos mañana.
– ¡Qué vaya bien el turno de noche! Adiós.

Y me quedo solo en el garaje. Mi trabajo consiste en vigilar los coches que entran y salen por la noche. Hoy, lunes, casi ninguno. Es un trabajo muy aburrido, a mí ya me va bien así. Me permite leer, estudiar y otras cosas que ahora no vienen a cuento, y nadie me toca las narices por hacerlo. No, nadie me toca las narices, pero tampoco nadie me ayudará en caso de que necesite ayuda. Hasta ahora me ha ido bastante bien pero nunca se sabe qué nos traerá la noche.

El garaje se llena del ruido de unos neumáticos girando sobre el suelo de vinilo. Unos focos me deslumbran. El vehículo se para junto a mi garita, el conductor abre la puerta y sale del coche. Viste casual pero con clase, marcas caras. Es joven, parece recién salido de la universidad y que ya haya ganado su primer millón, con su melena de chico bueno y moderno. El yerno con el que todo padre sueña para su hija, un chico «Tommy Hilfiger» en toda regla.

– ¡Eh, amigo, apárcalo!

El tipo me tira las llaves de su Audi A5 blanco y desaparece por la puerta de salida de peatones. Un llavero con el escudo de un famoso club de fútbol. A veces te encuentras con imbéciles como este, cosas del oficio, no todo iba a ser perfecto. Aparco el coche del niño pijo y me pongo a estudiar, que en un par de días tengo examen.

Pasan un par de horas y se escucha la alarma de un coche. Por los monitores veo que se trata del Audi A5 que permanece aparcado en la planta tres. No hay nadie a su lado. A veces, cuando suena una alarma no hago caso, pero hoy decido ir a ver y así estirar las piernas. Cuando llego no hay nadie y la alarma ya ha dejado de sonar. Doy un vistazo alrededor del coche pero no veo nada extraño. Mientras vuelvo a la garita decido que ya está bien de estudiar y que puedo disfrutar un rato del último capítulo de True Blood en mi tablet.

No han pasado ni cinco minutos y la maldita alarma vuelve a sonar. No quiero ir pero mis instintos  me alertan de una presencia peligrosa. Vuelvo a comprobar el Audi A5 de la planta tres y veo que las puertas ahora están abiertas, la alarma ha vuelto a enmudecer. A alguien le ha dado por fastidiarme la noche. Cierro las puertas después de comprobar que el interior del coche parece intacto. Ahora me tocará volver a la garita a coger las llaves del vehículo y otra vez rehacer el camino para cerrarlo. Si pillo al gracioso… ¿Y dónde están las malditas llaves? No están donde las he dejado, en el tablero de la garita.

– ¿Buscas esto?

Me giro y un tipo vestido de negro se encuentra sentado en mi asiento con las piernas encima de la mesa. Cabellos engominados y negros como su chaqueta de cuero, lleva gafas de sol y me recuerda al cantante de los U2, Bono. Una sonrisa traviesa se dibuja en su rostro mientras me enseña las llaves del Audi. Los dedos de su mano derecha tienen uñas largas y afiladas. Ya no tengo ninguna duda, esta será la noche.

– ¿Qué quieres? ¿Sabes que hay cámaras por todas partes?
– Ya no.
– Aquí no hay dinero.
– Lo sé.
– Y que te llevarás? ¿Un coche? ¿El Audi?
– No.

Se levanta de mi asiento lentamente y se acerca a mi sin quitarme los ojos de encima. Con la mano izquierda, la que no lleva las llaves del coche, me acaricia la mejilla, pasando sus uñas por encima de mi piel. Un pequeño pellizco de dolor, noto una gota de sangre bajar hasta mi cuello.

– Tienes que venir conmigo.

No intento resistirme. Hace tiempo que lo esperaba. Mientras caminamos juntos hacia la salida del garaje, él pasa su brazo por encima de mis hombros.

– ¿Ya sabes donde te llevo?
– Lo imagino.
– ¿Y no te da miedo?
– Sí.
– Eres un valiente.
– ¿Por tener miedo?
– Precisamente por eso y no salir corriendo.

Sigo andando a su lado hasta que cruzamos la puerta de salida de los peatones. Bajo las escaleras hay alguien sentado, con los ojos abiertos pero paralizado.

– ¿Lo conoces?
– Es el capullo del Audi.
– Ya sabes lo que tienes que hacer.

Me acerco despacio. El joven me mira pero no hace ningún movimiento, seguramente está paralizado por el terror o tal vez hipnotizado. Sólo unos gemidos incomprensibles se escapan por su boca. Es una imagen triste, no queda nada en ese hombre que recuerde al joven triunfador y ególatra que apenas unas horas antes me trataba con desprecio. Tengo su cuello a unos centímetros de mi boca, observo como la arteria bombea sangre a destajo, presa del miedo. Me acerco más y más. Huelo su terror. Finalmente, mis colmillos se clavan con fuerza en su yugular. Siento como la carne cede y la sangre empieza a correr libre. La absorbo con las ansias del sediento, hasta la última gota. Cuando acabo, el joven ya no gime, sus ojos permanecen abiertos pero apagados, sin vida. Su corazón ya no late.

– Ahora haz desaparecer a este imbécil, no dejes ninguna prueba. Ellos no pueden saber que existimos.
– De acuerdo.
Ya sabes quién eres. No me des las gracias.

El hombre de negro desaparece con la misma discreción como llegó.

Sí, ahora ya sé quién soy. Descubrí por qué me gusta tanto la noche y por qué no soporto la luz del día, a pesar de que tampoco es dañina para mi. Y tú, cuando tengas que dejar tu coche en un garaje público por la noche, ten cuidado, no te pases de listo. Porque cuando te des cuenta de quién es el vigilante, quizás sea demasiado tarde.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Terror, Vampiros

El clérigo

29 mayo, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Cuando oyeron el sonido de los cascos, el equino ya estaba muy próximo a ellos. Ninguno de aquellos tres agresores se había percatado de su presencia, seguramente porque estaban demasiado concentrados en patear a su víctima, que intentaba desde el suelo protegerse de las patadas. El poderoso caballo negro azabache se detuvo a una distancia prudencial.

– ¿Qué os ha hecho este hombre?

La voz del gigante era grave y poderosa. Su presencia era imponente. Bajo su coraza abollada se adivinaban unos músculos poderosos y curtidos en mil batallas. El forastero se acomodó sobre su montura, asiendo con una mano las riendas y la otra apoyada en el pomo de la silla, el cuerpo ligeramente inclinado hacia delante.

– Sigue tu camino, extranjero. Aquí no hay nada que ver.

El portavoz de los bandidos no consiguió darle a su voz un tono tan decidido como esperaba. Una cosa es apalear a un hombre indefenso y otra es tener que preocuparse por la intervención de un guerrero entrometido al que no se espera por aquellos lares.

– Dejadle marchar.
– Te he dicho que no te metas donde no te llaman – esta vez, la voz del bandido sonó más dura, pero insuficiente.
– He dicho que le dejéis marchar.

Ya no hubo más palabras. El bandido echó mano a la empuñadura de su espada, pero ni siquiera pudo desenvainar la hoja. Ninguno de ellos descubrió antes de morir de dónde había sacado las dagas tan rápidamente aquel extraño. Dos hojas, una para el cuello del pretérito portavoz y otra para el entrecejo del que se encontraba más cerca del guerrero. Este, para hacer frente a su tercer contendiente, descabalgó de salto felino, cayendo sobre su enemigo, que tampoco había tenido tiempo de desenvainar. El gigante le rompió la cabeza después de un par de golpes contra el suelo. Subió de nuevo al caballo y continuó su camino. El hombre apaleado le seguía unos pasos por detrás, caminando.

– Te doy gracias Señor por salvar a tu miserable siervo.

El guerrero lo miró con desprecio. Debió darse cuenta antes, aquel hábito marrón solo podía pertenecer a un clérigo de Mitra.

– Ni soy tu señor ni tú eres mi siervo.
– No me refería a ti, bárbaro.
– ¿No? Entonces, ¿a quién le agradeces que estos tres no te hayan matado a golpes?
– A mi Dios, al único Dios al que debemos servir todos los hombres y mujeres del mundo.
– ¿Él te ha salvado?
– Evidentemente.
– ¿Y yo qué?
– Tú has sido su brazo ejecutor. La Divina Providencia te ha traído en mi socorro.
– ¿De qué hablas, monje? Da igual, sigue tu camino y agradécele tu suerte a quien te dé la gana.
– ¿Dónde vas, bárbaro?
– A un lugar llamado “A ti no te importa”.
– Creo que estás equivocado. Dios no te ha traído hasta aquí para que ahora tú sigas un camino y yo vaya por otro. Evidentemente, él quiere que vayamos juntos.
– ¿A cambio de qué?
– Te parece poco salvar tu alma.
– No quiero salvar algo que no tengo.
– Todos tenemos alma, ignorante.
– Te estás ganando una buena raja en el cuello, imbécil.
– No te temo. Solo me postro ante Mitra. Y tú deberías hacer lo mismo. Te enseñaré a amarle y servirle. Así te ganarás la entrada al paraíso.
– No me interesa un dios que necesita siervos. El mío es más natural, te deja en paz para que vivas o mueras por tus propios méritos. Yo no le debo nada a mi dios y él tampoco me debe nada a mí. Es un trato justo. Así deberían ser las relaciones entre dioses y humanos.
– Tu dios no es más que la fantasía de un pueblo bárbaro. Mitra es real.
– ¿Lo has visto?
– Lo veo cada día en la naturaleza, en el sol que sale cada mañana, en los actos puros de los seres bondadosos.
– ¿Y tú cómo me ves a mi? ¿Es un acto puro matar a tres miserables para salvarte?
– Son los designios del Señor, no se pueden poner en duda.
– Entiendo. Según tú, todo lo que pasa en este mundo es decisión divina y por lo tanto no debemos preocuparnos por ello. ¿Verdad?
– Así es. Veo que no eres tan tonto.
– Pues mejor olvídate de mí. Yo decido mi destino con la hoja de mi espada.
– Me decepcionas, amigo. Es obvio que no has pensado mucho en ello. Fíjate en ese excremento de vaca al lado del camino. Tú puedes estar seguro de que no te vas a manchar con él porque no tienes intención de tocarlo o pisarlo, sin embargo, no puedes evitar que la mosca que se alimenta de ese desecho se introduzca en tu boca por un descuido tuyo. Si Mitra desea que pruebes el excremento, ten por su seguro que lo probarás, por mucho que te esfuerces en evitarlo.
– Buen intento, monje. Pero tu filosofía barata tiene un fallo.
– ¿Cuál?
– Puedo mantener la boca cerrada y convencer a la mosca para que se olvide de mí.
– ¿Y cómo vas a convencer … aaaaarg!

El monje no llegó a ver volar la daga hacia su persona. Se llevó ambas manos al cuello, intentando evitar lo inevitable. La energía vital se le escapaba a través de la herida en chorros de color púrpura. Intentó en vano arrancarse el cuchillo. Cayó de rodillas y así quedó, como si orase a un dios al que poco parecía importarle su suerte.

El guerrero descabalgó al lado del moribundo, dispuesto a recuperar su arma. Cerró bien la boca pues una docena de moscas golosas zumbaban alrededor de la herida mortal. Extrajo la daga de la herida y en ese preciso momento una repentina explosión de luz blanca le cegó. Escuchó un relincho a sus espaldas. Se giró pero no vio nada, sus ojos continuaban ciegos. Algo muy grande impactó contra el suelo con un golpe seco. “El caballo, algo le ha atacado” pensó. Tiró la daga al suelo y desenvainó su espada, dispuesto a vender cara la vida. No esperaba que la muerte llegara desde el suelo, en forma de picadura de escorpión. No lo vio, no podía, pero sintió la picadura y al momento supo que había llegado su hora. Sin embargo, antes de morir aún tuvo tiempo para sentir algo que lo aterrorizó más que la propia muerte. Su cuerpo se transformó. Notó que en su cabeza crecían con rapidez dos pesadas astas. A su vez, sus brazos y piernas se deformaban hasta convertirse en las patas de un toro. Y unas manos asieron con fuerza sus cuernos, tirando de ellos hacia atrás.

– ¡Qué lástima! Tanta fuerza, tanta vitalidad, desperdiciada por culpa de la ignorancia.

El guerrero, ciego, hubiese jurado que era la voz del clérigo muerto la que le hablaba. Mientras su cuello cedía a la fuerza de unas manos poderosas e invisibles, él intentaba convencerse de que todo eso no podía ser más que una pesadilla, que pronto despertaría en algún lupanar de Shadizar en compañía de un par de bellas rameras. Todo acabó cuando oyó el “crac”.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Religión

El rincón más oscuro

22 mayo, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

 

– Te pondrás bien.

Ella no contestó, permaneció con los ojos cerrados mientras su marido, su compañero, la observaba con rostro turbado. “Te pondrás bien, amor mío”  insistió, con el imperioso deseo de creer en sus propias palabras. La estancia se mantiene  en penumbras, aunque siempre existe un rincón en toda habitación donde las sombras aún pueden ser más negras, cerniéndose amenazantes esperando la ocasión de cobrar vida.

Invisible, latente, la Segadora de vidas acecha desde aquel rincón opaco dispuesta a cobrarse el alma que ha venido a buscar. Las lágrimas vertidas por los ojos del hombre, el dolor marcado en el pálido semblante de la mujer, Ella no entiende de sentimientos; dolor,  amor, tristeza, nostalgia, todas ellas son palabras vacías para el ángel exterminador. Nadie sería capaz de apreciar como sus huesudas manos se alzan poco a poco, los brazos se estiran buscando la vida que envidia, que anhela devorar. Se acerca el momento.

La mujer no es consciente de esa presencia, ni siquiera se da cuenta de que ha sonado el timbre y que su marido ha ido a abrir la puerta.  Ahora las tinieblas custodian su sueño. Se oyen ruidos en el vestíbulo, algo sucede. El marido vuelve a entrar en la habitación, pero un cuchillo presiona su garganta. Detrás suyo un hombre con cara de rata le empuja hacia adentro, sujetándole de un brazo.

– ¿Quién es esta?  ¿Tu mujer?
– Está muy enferma, por favor no le hagas daño. Te daré todo lo que tenemos.
– Calla y vete sacando las joyas. Si intentas joderme la rajo.

El ladrón suelta al hombre y se acerca hasta la mujer que permanece con los ojos cerrados, ajena a lo que sucede a su alrededor, no siente nada cuando le arrancan el collar de un tirón, ni cuando le quitan el anillo de su dedo de forma violenta. El tipo rodea la cama para comprobar si ella tiene alguna pulsera en el otro brazo.

Sin aviso siente un fuerte dolor en su pecho, una mano invisible está apretando su corazón y lo exprime como si fuera un limón extrayéndole hasta su último aliento de vida. La muerte abre su puño liberando a su presa, que cae al suelo a plomo. Al oír el ruido, el marido que estaba buscando las joyas en el armario se vuelve, alcanzando a ver como una sombra regresa a las tinieblas de aquel rincón al que nunca llega la luz. La muerte vino a cobrarse una vida y su hambre ha sido  saciada… por ahora. 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, muerte, Terror

Kaiju, la bestia.

15 mayo, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

31 de octubre del 2025, en un lugar cerca de Los Angeles. John corre junto a la bici de su hija. El esfuerzo vale la pena, observa con orgullo como la pequeña Sammy pedalea manteniendo el equilibrio. Es su primer día con una bicicleta de verdad, sin ruedas laterales, y parece que la niña de cuatro años le ha cogido el truco muy rápido. “Más rápido, papá”, y John comienza a tener problemas para seguir el ritmo. Circulan por una calle peatonal, con casas en un lado y sus jardines en frente. El sol aprieta, aunque estamos ya en otoño. John corre por encima de las hojas caídas de los árboles, su hija las evita torpemente y él lucha por no tropezar con la bicicleta. El sudor cae por su cara “Maldito otoño, ayer frío y hoy calor, cada día diferente al anterior”, pero por otro lado agradece el día tan bonito que hace. Es el día perfecto y John está disfrutándolo junto a su hija. 

A miles de kilómetros de allí, al otro lado del océano Pacífico, un anciano se quita el kimono y se arrodilla en frente de su altar a la diosa del Sol, Amaterasu. Akiro, a sus 85 años es uno de los  hombres más ricos de Japón. No hay niño en oriente o en occidente que no haya probado alguna vez sus "Kaiju", caramelos que tienen la forma de monstruos gigantes como Godzilla. En Estados Unidos causan furor en Halloween, esta noche se consumirán millones de ellos en el gigante americano. Es curioso cuanto menos que de su mente surgiese la gran idea de comercializar caramelos tan originales cuando en toda su vida, Akiro, únicamente probó un caramelo, cuando tenía cinco años.

“Cariño, ¿qué te parece si descansamos un poco?” John ya no puede más. Echa de menos la forma física que tenía hace tan solo cinco años. En ese tiempo él ha engordado diez kilos y ahora es incapaz de correr más de un par de kilómetros seguidos. Sammy no le escucha, sigue pedaleando y riendo, pedaleando y riendo, cada vez más rápido. “¡No corras tanto, te vas a caer!” pero la niña sigue sin frenar. Se acercan al final de la calle y John realiza un último esfuerzo por alcanzar a su hija.

El anciano rememora aquel día, hace ya ochenta años, pero que para él ha quedado marcado en la memoria como el fuego en la madera. Era jueves, y como era agosto él estaba de vacaciones. En aquellos días, todas las mañanas acudía con su abuelo a un parque muy cercano a su casa, en Nagasaki. Pero aquella mañana su abuelo se pasó pronto por su casa para decirle que esta vez no podían ir al parque. Él tenía que ir al ayuntamiento a buscar unos papeles y no podía llevarle. Al ver la cara de su nieto, el hombre sacó un caramelo de su bolsillo y se lo dio. “Toma. Te lo guardaba para tu aniversario, pero creo que hoy te hará más falta. No me gusta verte triste”. El abuelo le puso la condición de que se lo comiera después del almuerzo, no quería que la madre se enfadara con el niño por su culpa. El niño prometió hacerlo así y se guardó el caramelo en el bolsillo.

John se da cuenta de que aún no ha enseñado a su hija a usar los frenos. “¡Sammy, aprieta el freno!”. Le gustaría añadir que lo mejor es que utilice el freno derecho, y que no frene demasiado porque podría perder el equilibrio, pero no tiene tiempo. Por suerte la niña aprende rápido. Frena presionando los dos frenos a la vez, pero sin hacer demasiada fuerza, con lo que consigue mantener el equilibrio el tiempo justo para que su padre le de alcance y aguante la bicicleta. Se quedan a dos metros de la carretera, justo en ese momento les cruza un coche a toda velocidad. “¡Qué suerte hemos tenido!” piensa John. A Sammy se le ha borrado la sonrisa de la cara por culpa del susto. “Tranquila, no ha pasado nada. ¡Y además lo has hecho muy bien! ¡Te has ganado un premio! ¿Qué te apetece?”

Nunca más volvió a ver a su abuelo, nunca más volvió a ver a nadie. La catástrofe le alcanzó en casa mientras ojeaba un cuento sobre un perro llamado Hachiko. El edificio se derrumbó y él se salvó gracias a que era una edificación baja, aunque se quedó ciego. Su madre no tuvo tanta suerte, aún estaba comprando cuando la bomba cayó y la muerte la encontró de camino a casa. Su padre había muerto sirviendo al emperador un par de años antes, era uno de los científicos que trabajaba en el Escuadrón 731. Aquel nueve de agosto, Akiro se quedó solo en este mundo, sin poder mirar al futuro. En medio del caos su ceguera pasaba desapercibida, miles de personas vagaban sin rumbo, como él. Durante horas estuvo perdido, hasta que de pronto alguien le cogió la mano y le llevó a una casa. Le dio un cuenco de sopa y un rincón donde dormir a cubierto. No sabe cuanto tiempo estuvo con aquella extraña, ella nunca le hablaba. Él solo descubrió que era una mujer porque un día ella le guió hasta un hospital y antes de dejarle con las enfermeras le puso algo en sus manos. “Toma, esto es tuyo”. Era el caramelo de su abuelo. “Quien te dio esto seguro que querría que nunca olvidases lo que pasó. Nunca les perdones. Cómelo y jura que le vengarás”. Se metió el caramelo en la boca, era lo más dulce que jamás había probado, y también fue lo más amargo que jamás saboreó. 

“¡Un Kaiju, papá! ¡Muchos Kaijus!” Es la noche de Halloween y es lógico que Sammy quiera el típico caramelo del “Trick or treat”. John no se lo puede negar a su hija. Coge la bicicleta con una mano y la mano de la pequeña con la otra. Se dirigen a la tienda de caramelos del pueblo, donde John compra una docena de terroríficos monstruos gigantes nacidos de la imaginación de algún genio demente.

Toma el sake. Por la mente de Akiro se precipitan los recuerdos: el abuelo, el caramelo, Hachiko, la luz cegadora, el trueno, las piedras, la oscuridad, la mano, la voz, el sabor del caramelo. Le internaron en un orfanato donde cada segundo que estuvo recordaba su promesa. Con mucho esfuerzo y la ayuda de su inteligencia innata, salvó el obstáculo de la ceguera y fue logrando un éxito tras otro. Su padre habría estado orgulloso de él. Se doctoró en Química con la mejor nota en la historia de su universidad. Sin embargo, cuando terminó la carrera inició un proyecto empresarial, creando una pequeña fábrica de golosinas. En su mente había trazado un plan a largo plazo que, con tiempo y paciencia, iría tomando forma. 

John contempla a su hija disfrazada de brujita, saboreando los caramelos, uno tras otro sin descanso. "Sammy, no comas tantos dulces que te dolerá la barriga". "Es que están deliciosos, papá". "Deja alguno para después de cenar, si no tu madre se enfadará conmigo por comprártelos".

Hace pocas semanas le diagnosticaron un cáncer terminal, seguramente provocado por las radiaciones de la explosión. Este va a ser su último Halloween y ha llegado el momento de la venganza. Durante años estuvo mejorando una fórmula que había comenzado a investigar sin éxito el Escuadrón 731 en los años treinta. Él lo consiguió, creó un veneno completamente indetectable, sin olor, sabor ni color. Lo fabricó a toneladas y lo almacenó esperando el momento. En cuanto supo la noticia de su enfermedad, ordenó a sus fábricas que añadiesen el nuevo componente a los caramelos que iban a exportarse a Estados Unidos. El anciano ciego se convertirá esta noche en el mayor de los monstruos de Halloween. Ahora ya puede descansar. Saca su Tantō de la vaina y se destripa de izquierda a derecha, luego, con un último esfuerzo, empuja la hoja hasta el esternón. Amaretasu es la única testigo de su sacrificio.

“¡Papá!” La voz de Sammy suena débil. John mira el reloj, las dos de la mañana. Se levanta y va a la habitación de su hija. La piel de la pequeña quema literalmente, el sudor baña su cuerpo. John intenta durante horas llamar a urgencias pero el teléfono comunica todo el tiempo. Cuando se decide a llevarla él mismo al hospital ya es demasiado tarde. Sammy muere en los brazos de su padre. Sus ojos, como los de miles de niños americanos esta noche de Halloween, se han cerrado para siempre.  

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Terror

Diablo

8 mayo, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

– ¡Dicen que es Jesús!
– ¡Sí, yo también lo he oído! ¿Será verdad?
– No lo sé, ¡pero mira cuanta gente está a su alrededor!
– ¡Acerquémonos, a verle de cerca!

Los dos transeúntes se introdujeron a codazos entre el enjambre de personas que rodeaban a un mendigo que, sentado con un chucho sucio al lado, se miraba los pies desnudos. Era un pordiosero más en la Gran Manzana, pero entonces, ¿por qué se había corrido el rumor de que era el Mesías?

Todo había empezado un par de semanas antes, con un mensaje en las redes del presidente Donald Trump.

“El tiempo de los perros vagos mendigando por las calles de América ha terminado. A partir de mañana ellos serán arrestados y encarcelados.”

Al día siguiente, todo el país fue testigo de millones de arrestos de vagabundos. Nadie sabía a dónde se llevaban a todos aquellos pobres miserables. El fantasma del nazismo se había instalado en la casa de la Libertad sin que nadie supiera como frenar tal locura. El hecho es que en una semana no quedó ni un solo mendigo por las calles de América.

Y entonces apareció él, de la nada. Un hombre joven de raza negra, de unos treinta años, con barba y largas greñas grasientas, los pies descalzos y una camiseta negra llena de jirones donde apenas se podía leer un lema casi borrado pero lleno de fuerza. “Enough!”, “¡Basta!” Pero lo que más llamaba la atención de todo aquel que se cruzaba en su camino eran sus ojos, de un color indeterminado, en la frontera entre el verde y el naranja. Aquellos que tenían la suerte de ser testigos de su mirada explicaban después que habían sentido un alivio inmediato en su alma, como si se liberasen de un gran peso y que desde ese momento habían perdido el miedo a vivir, a relativizar el peso de las decisiones tomadas.

El joven negro iba siempre acompañado de un perro del mismo color, peludo y sucio, que le llegaba a la altura de las rodillas, un ser tranquilo y paciente. Cuando los adultos se acercaban a tocar a su amo, los niños hacían lo mismo con el animal, sin que en ningún momento el animal perdiese los nervios, dejándose tocar por una decena de manos a la vez.

Los dos hacían una pareja penosa si no te parabas a observarlos bien. Si, por el contrario, te acercabas a ellos, sentías que, cada uno a su manera, eran especiales.

Además de su apariencia ruinosa, ambos tenían otra característica común: de sus bocas no surgía ni un sonido. La gente no sabía si quizás los dos eran mudos y tal vez fuera la razón por la que hacían tan buena pareja. El hombre mudo y el perro mudo. El hombre sucio y el perro sucio. El hombre negro y el perro negro. Los dos desafiando al gran presidente, al Nerón de la nueva Roma, en una pugna desigual.

No tardó en llegar el rumor al presidente Trump.

– ¿Dónde está preso el payaso ese?
– Está libre, mi presidente.
– ¿Qué significa libre? ¿Qué hace libre un vagabundo en mi país? ¿Por qué no lo detienen?
– La policía no se atreve. Temen que de hacerlo la gente se les tire encima y se desate una nueva cadena de disturbios por todo el territorio.
– ¡Pero si no es más que un jodido mendigo de mierda! ¿A qué tanto miedo?
– El FBI ha desaconsejado su detención por el momento. También piensa que puede ser contraproducente.
– ¡Qué le jodan al FBI! ¡Mañana mismo quiero a ese negro en mi despacho!
– Señor, permítame aconsejarle que…
– ¡Métase sus consejos por el culo, vicesecretario! ¡Si no se calla también patearé su trasero!

La Casa Blanca mandó todo un ejército a detener al joven que muchos denominaban como “el nuevo Mesías”. Obligaron a la multitud que siempre le rodeaba a alejarse y acordonaron un perímetro de seguridad. De repente un helicóptero apareció en el cielo y aterrizó al poco rato en una plaza cercana a la calle donde el joven aguardaba sentado sobre la acera.
Un hombre saltó del helicóptero aún en marcha. Tenía pelo blanco, era alto y de complexión fuerte. En la zona izquierda de su amplio pecho, de su uniforme gris mimetizado, se alineaban una decena de condecoraciones. El hombre se acercó al vagabundo, se detuvo a unos pocos pasos. El joven levantó su vista del suelo y le miró a los ojos. El general Adler escondió como pudo el estremecimiento que aquella mirada le había provocado. Era un hombre duro, capaz de esconder el miedo, el dolor o la inseguridad. En este caso, el sentimiento que le invadió fue el de vergüenza, no sabía por qué pero de repente había sentido asco de sí mismo, no solo por hacer lo que estaba haciendo, también por haber hecho cientos de acciones en su vida de las que ahora se avergonzaba profundamente. Tragó saliva sin que nadie lo viese y tuvo la fuerza suficiente para decir una única frase, una orden tajante.

– Sube al helicóptero.

El joven mendigo negro se levantó sin discutir y siguió a aquel viejo militar hasta la aeronave. El militar no miró atrás, no se atrevía a sufrir de nuevo el escrutinio de aquellos ojos. Por eso no pudo ver que el perro también iba con ellos. Nadie lo detuvo porque el general no dio ninguna orden. Seguramente, de haber sido más valiente, se habría dado cuenta de la presencia del animal y no le habría permitido subir de ninguna manera al helicóptero. El caso es que el joven subió al helicóptero y el perro también.

Una hora después llegaban al Despacho Oval. El presidente miraba por la ventana, de espaldas a los recién llegados.

– Déjenos solos, Adler.

En cuanto oyó la puerta cerrarse se giró, y lo que vio le dejó pasmado. Un tipo negro y completamente rapado, de presencia penosa, tirado en el suelo de moqueta y apoyado relajadamente contra la pared, con una rodilla levantada y el brazo apoyado en ella. A su lado un perro pulgoso, igual de negro que su dueño, sentado sobre los cuartos traseros y mirándole fijamente.

La mirada de aquel animal era hostil, y Trump se sintió más rabioso que nunca. Le dieron ganas de matarlo con sus propias manos.

– ¿Quién ha dejado pasar este chucho?
– ¿Quién puede prohibirme ir donde yo quiera?
– ¿Este perro habla?
– En este país todo es posible. Incluso que un mono llegue a presidente.
– ¡Eres un insolente!
– ¿Y lo dices tú?
– ¿Pero quién te crees que eres para insultar a tu presidente?
– Yo no te voté.
– ¡Claro que no! ¡Eres un chucho!
– Y tú un imbécil. ¿Te crees superior a mí?
– ¡Esto es absurdo!
– Tú eres absurdo.
– ¿Y tú no tienes nada que decir? – dijo Trump dirigiéndose al joven.
– No te esfuerces, no habla. Lo tengo desde que era un cachorro, me enamoré de sus ojitos cándidos. ¿A que nunca has visto algo así?

Trump iba a replicar al perro pero cometió el error de fijarse en el joven. Este le devolvió la mirada. En los ojos de aquel chico vio escenas de guerra, misiles que caían sobre grandes ciudades. De pronto se encontró envuelto de un fuego que le heló el alma. De entre las llamas frías aparecieron manos gigantes empuñando dagas que se clavaban sobre el cuerpo del presidente y que desaparecían con la misma velocidad con la que habían surgido. El dolor era insoportable, en la espalda, el vientre, el pecho, las piernas, los brazos, incluso en los ojos. Cayó al suelo aterrorizado y se arrastró a ciegas para huir del fuego y de los puñales. Unas manos le agarraron y otras empezaron a abofetearle. Trump abrió los ojos y vio que aquellas manos que le inmovilizaban eran las de sus guardaespaldas. El general Adler era quien le abofeteaba.

– ¡Estoy bien! ¡Estoy bien!¡Deja de abofetearme!
– ¿Qué le ha pasado, señor presidente?
– No sé. El hombre…sus ojos…
– Se ha ido.
– ¿Ido?
– Sí, presidente. Hemos entrado cuando hemos oído sus gritos pidiendo ayuda. Estaba usted solo, arrastrándose por…
– ¡Déjelo Adler! No quiero que nadie se entere de lo ocurrido. ¿De acuerdo?
– Sí, presidente. Encontraremos al mendigo y haremos que se pudra en una mazmorra hasta el fin de sus días.
– ¡No! ¡No! Olvidadlo. No le busquéis.
– ¿Quién era ese hombre, presidente?
– ¡Es la mascota! ¡Es la mascota de su perro!
– ¿Su perro?
– El Diablo, Adler. Ese perro era el puto Diablo y vino a revelarme el futuro.
– ¿El futuro, señor? ¿A qué se refiere?
– Él cree que va a joderme pero no tiene ni idea. Quiere jugar… y yo también. Yo sé quién es él, pero él no sabe todavía quién soy yo. Se lo enseñaré a él y a todo el mundo. Le demostraré que no me llega ni a la suela de los zapatos.

Y la carcajada del presidente tronó por todo el Despacho Oval.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Política, trump

…a hierro muere

28 enero, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

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Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Asesinato, Castellano, Violència

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