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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Terror

Noche de difuntos

26 junio, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

El viento aúlla en esta noche de difuntos.

El viejo alcalde se despierta con el sobresalto de un golpe. La ventana se ha abierto de par en par y la  corriente de aire frío transporta sobre sus lomos un nombre, pregonándolo por toda la estancia.

RAAMOON

– No puede ser.

El alcalde escucha la voz de la noche, detiene su respiración para poder confirmar  si el viento le habla a él.

RAAMOON

Una nueva ráfaga le transporta la respuesta. El vello de la nuca se le eriza.

– ¡Joder, otra vez no, joder!

Desearía esconder su cabeza debajo de las sábanas, pero eso hizo el año pasado y tuvo que soportar el ulular del viento hasta el amanecer, sin poder dormir. No, esta vez se enfrentará a sus miedos. El alcalde se levanta de la cama y su pie descalzo se posa sobre el frío parqué. La madera cruje a cada paso que da.

RAAMOON

Insiste el viento. Él se asoma por la ventana y lo ve allá abajo, al otro lado de la calle, observándole. Lleva el mismo traje gris que llevaba el día del fusilamiento.

– ¡Maldito seas, cabrón!

El viejo alcalde escupe las palabras con toda su rabia. Se aleja de la ventana en dirección al armario donde guarda la escopeta de caza. La carga y vuelve hacia aquella ventana, ahora callada. El viento parece haber cesado de repente. “Seguro que el bromista se ha largado ya”, Ramón mira por la ventana pero  ante su sorpresa, el hombre sigue allí. Ni siquiera huye cuando el alcalde abre la ventana y asoma la boca de su escopeta.

Dispara. El hombre del traje gris ni se inmuta. “Juraría que le he dado” piensa el alcalde, que comienza a sudar a pesar del frío que ha invadido su habitación. El extraño, hace una señal al anciano, exhortándole a bajar a la calle. “¡Ahora verás, malnacido!”. Baja las escaleras y cuando abre la puerta de la casa ve que el hombre está alejándose poco a poco. Cojea, igual que cojeaba Pedro.

¿Quién eres?”, grita, pero el hombre no se gira, sigue caminando, y el viejo alcalde detrás de él, sin acercarse demasiado, temeroso de lo que pudiera descubrir. “Bobadas, no es más que un bromista con ganas de liarla” se convence a sí mismo, intentando calentarse el espíritu mientras su cuerpo se congela al arreciar el viento nuevamente.

El cojo llega a la verja del cementerio, que está abierta. ¿Por qué está abierta? Siempre se mantiene cerrada a cal y canto con una cadena que ahora está tirada en el suelo. El anciano camina hacia el camposanto pensando en el cojo. “Como me recuerda a Pedro”, ese era su nombre antes que él mismo diese la orden de fusilarlo, a él y a otros cinco hombres, acusados de colaborar con los maquis. “Por rojos”. Fue hace muchos años, cuando la venganza era el pan de cada día y la sangre corría generosa. Nunca nadie vino a exigirle cuentas por esas muertes, aquellos hombres fueron olvidados por todo el pueblo. Sus familias huyeron y los cuerpos acabaron en una fosa común, en una esquina del cementerio. Y el cojo se dirige hacia ese rincón. Al llegar, Ramón observa con terror que la tierra de la fosa ha sido removida. De repente, se ve arrastrado por una fuerza invisible hasta el borde de la tumba. No quiere hacerlo, pero una fuerza superior domina su mente, obligándole a mirar dentro. Allí abajo están los huesos, las calaveras, de aquellos hombres que una vez fueron sus vecinos; los odiaba porque no le respetaban, porque no se sometían a su poder, porque nunca se arrodillaron como sí hicieron los demás. Ellos se lo buscaron.
Ramón sigue observando esos restos, desearía regresar a casa, pero no puede. Su cuerpo se ha entumecido y las órdenes del cerebro no llegan a las piernas. Alguien le empuja y Ramón cae dentro de la fosa. Ha sido el cojo ¿Pedro? No puede ser, ese hombre murió hace muchos años. El extraño se asoma a la fosa pero su rostro es más oscuro que una noche sin luna. Comienza a caer tierra dentro de la fosa, están intentando enterrarle vivo. Ramón lucha con todas sus fuerzas por salir, pero algo lo retiene, él juraría que son los huesos de la fosa que han recobrado la vida para vengarse.

RAAMOON

Esta vez son varias las voces que claman su nombre al unísono. Y el viejo alcalde sabe que esta noche de difuntos pagará con su alma el precio de la sangre derramada en el pasado.

Por la mañana todo el pueblo busca sin éxito al “Señor Alcalde”, el hombre que había mandado durante decenios en aquel pueblo hasta que llegó la democracia, y luego siguió moviendo los hilos desde un segundo plano. Algunas viejas comienzan a cuchichear algo de un castigo divino. Pocos hacen caso y la mayoría creen que se ha marchado al Caribe con una jovencita de una mano y en la otra una maleta llena de dinero para disfrutar al máximo lo poco que le queda de vida.

A nadie se le ocurrirá buscar sus restos en aquel rincón del camposanto, en una fosa intacta desde hace más de medio siglo.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Terror

El vigilante de noche

1 junio, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

 

 «¿VAMPIROS ENTRE NOSOTROS?»

El titular del artículo llama mi atención. Pero después de un vistazo rápido, me siento decepcionado. Simplemente se trata de una nueva obra de teatro que se estrenará próximamente en el Paralelo.

– ¿Qué miras?

La voz de mi jefe, me pilla por sorpresa y me sobresalto. Está detrás mío, cotilleando mi diario.

– Nada, sólo hay anuncios.
– ¿Y que esperas de un diario gratuito?
– Pues que sea un diario y explique noticias.
– ¡No te quejes tanto y trabaja un poco! Yo me voy a casa.
– Muy bien, nos vemos mañana.
– ¡Qué vaya bien el turno de noche! Adiós.

Y me quedo solo en el garaje. Mi trabajo consiste en vigilar los coches que entran y salen por la noche. Hoy, lunes, casi ninguno. Es un trabajo muy aburrido, a mí ya me va bien así. Me permite leer, estudiar y otras cosas que ahora no vienen a cuento, y nadie me toca las narices por hacerlo. No, nadie me toca las narices, pero tampoco nadie me ayudará en caso de que necesite ayuda. Hasta ahora me ha ido bastante bien pero nunca se sabe qué nos traerá la noche.

El garaje se llena del ruido de unos neumáticos girando sobre el suelo de vinilo. Unos focos me deslumbran. El vehículo se para junto a mi garita, el conductor abre la puerta y sale del coche. Viste casual pero con clase, marcas caras. Es joven, parece recién salido de la universidad y que ya haya ganado su primer millón, con su melena de chico bueno y moderno. El yerno con el que todo padre sueña para su hija, un chico «Tommy Hilfiger» en toda regla.

– ¡Eh, amigo, apárcalo!

El tipo me tira las llaves de su Audi A5 blanco y desaparece por la puerta de salida de peatones. Un llavero con el escudo de un famoso club de fútbol. A veces te encuentras con imbéciles como este, cosas del oficio, no todo iba a ser perfecto. Aparco el coche del niño pijo y me pongo a estudiar, que en un par de días tengo examen.

Pasan un par de horas y se escucha la alarma de un coche. Por los monitores veo que se trata del Audi A5 que permanece aparcado en la planta tres. No hay nadie a su lado. A veces, cuando suena una alarma no hago caso, pero hoy decido ir a ver y así estirar las piernas. Cuando llego no hay nadie y la alarma ya ha dejado de sonar. Doy un vistazo alrededor del coche pero no veo nada extraño. Mientras vuelvo a la garita decido que ya está bien de estudiar y que puedo disfrutar un rato del último capítulo de True Blood en mi tablet.

No han pasado ni cinco minutos y la maldita alarma vuelve a sonar. No quiero ir pero mis instintos  me alertan de una presencia peligrosa. Vuelvo a comprobar el Audi A5 de la planta tres y veo que las puertas ahora están abiertas, la alarma ha vuelto a enmudecer. A alguien le ha dado por fastidiarme la noche. Cierro las puertas después de comprobar que el interior del coche parece intacto. Ahora me tocará volver a la garita a coger las llaves del vehículo y otra vez rehacer el camino para cerrarlo. Si pillo al gracioso… ¿Y dónde están las malditas llaves? No están donde las he dejado, en el tablero de la garita.

– ¿Buscas esto?

Me giro y un tipo vestido de negro se encuentra sentado en mi asiento con las piernas encima de la mesa. Cabellos engominados y negros como su chaqueta de cuero, lleva gafas de sol y me recuerda al cantante de los U2, Bono. Una sonrisa traviesa se dibuja en su rostro mientras me enseña las llaves del Audi. Los dedos de su mano derecha tienen uñas largas y afiladas. Ya no tengo ninguna duda, esta será la noche.

– ¿Qué quieres? ¿Sabes que hay cámaras por todas partes?
– Ya no.
– Aquí no hay dinero.
– Lo sé.
– Y que te llevarás? ¿Un coche? ¿El Audi?
– No.

Se levanta de mi asiento lentamente y se acerca a mi sin quitarme los ojos de encima. Con la mano izquierda, la que no lleva las llaves del coche, me acaricia la mejilla, pasando sus uñas por encima de mi piel. Un pequeño pellizco de dolor, noto una gota de sangre bajar hasta mi cuello.

– Tienes que venir conmigo.

No intento resistirme. Hace tiempo que lo esperaba. Mientras caminamos juntos hacia la salida del garaje, él pasa su brazo por encima de mis hombros.

– ¿Ya sabes donde te llevo?
– Lo imagino.
– ¿Y no te da miedo?
– Sí.
– Eres un valiente.
– ¿Por tener miedo?
– Precisamente por eso y no salir corriendo.

Sigo andando a su lado hasta que cruzamos la puerta de salida de los peatones. Bajo las escaleras hay alguien sentado, con los ojos abiertos pero paralizado.

– ¿Lo conoces?
– Es el capullo del Audi.
– Ya sabes lo que tienes que hacer.

Me acerco despacio. El joven me mira pero no hace ningún movimiento, seguramente está paralizado por el terror o tal vez hipnotizado. Sólo unos gemidos incomprensibles se escapan por su boca. Es una imagen triste, no queda nada en ese hombre que recuerde al joven triunfador y ególatra que apenas unas horas antes me trataba con desprecio. Tengo su cuello a unos centímetros de mi boca, observo como la arteria bombea sangre a destajo, presa del miedo. Me acerco más y más. Huelo su terror. Finalmente, mis colmillos se clavan con fuerza en su yugular. Siento como la carne cede y la sangre empieza a correr libre. La absorbo con las ansias del sediento, hasta la última gota. Cuando acabo, el joven ya no gime, sus ojos permanecen abiertos pero apagados, sin vida. Su corazón ya no late.

– Ahora haz desaparecer a este imbécil, no dejes ninguna prueba. Ellos no pueden saber que existimos.
– De acuerdo.
Ya sabes quién eres. No me des las gracias.

El hombre de negro desaparece con la misma discreción como llegó.

Sí, ahora ya sé quién soy. Descubrí por qué me gusta tanto la noche y por qué no soporto la luz del día, a pesar de que tampoco es dañina para mi. Y tú, cuando tengas que dejar tu coche en un garaje público por la noche, ten cuidado, no te pases de listo. Porque cuando te des cuenta de quién es el vigilante, quizás sea demasiado tarde.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Ficción, Terror, Vampiros

Kaiju, el monstre

31 mayo, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

31 d’octubre del 2025, en un lloc prop de Los Angeles. John corre al costat de la bici de la seva filla. L’esforç val la pena, observa amb orgull com la petita Sammy pedaleja mantenint l’equilibri. És el seu primer dia amb una bicicleta de debò, sense rodes laterals, i sembla que la nena de quatre anys li ha agafat el truc molt ràpid. “Més ràpid, papà”, i John comença a tenir problemes per seguir el ritme. Circulen per un carrer per a vianants, amb cases a un costat, amb els seus jardins al davant. El sol apreta, encara que estem ja a la tardor. John corre per sobre de les fulles caigudes dels arbres, la seva filla les evita torpement i ell lluita per no ensopegar amb la bicicleta. La suor li regalima per la cara “Maleïda tardor, ahir fred i avui calor, cada dia diferent a l’anterior”, però d’altra banda agraeix el matí tan bonic que fa. És el dia perfecte i John l’està gaudint amb la seva filla. 

A milers de quilòmetres d’allà, a l’altre costat de l’oceà Pacífic, un ancià es lleva el quimono i s’agenolla davant del seu altar dedicat a la deessa del Sol, Amaterasu. L’Akiro, als seus 85 anys és un dels homes més rics de Japó. No hi ha nen a l’orient o a l’occident que no hagi provat algun cop els seus «Kaiju», caramels que tenen la forma de monstres gegants com el Godzilla. Als Estats Units causen furor per Halloween, aquesta nit s’en consumiran milions al gegant americà. És curiós que de la seva ment sorgís la gran idea de comercialitzar caramels tan originals quan en tota la seva vida, l’Akiro únicament va provar un caramel, quan tenia cinc anys.

“Princesa, què et sembla si descansem una mica?” John ja no pot més. Troba a faltar la forma física que tenia fa tan sols cinc anys. En aquest temps ell s’ ha engreixat deu quilos i ara és incapaç de córrer més d’un parell de quilòmetres seguits. Sammy no l’escolta, segueix pedalejant i rient, pedalejant i rient, cada cop més ràpid. “No corris tant, que cauràs!” però la nena segueix sense frenar. S’acosten al final del carrer i John fa un últim esforç per aconseguir agafar a la seva filla.

L’ancià rememora un dia vuitanta anys enrera, que per ell ha quedat marcat en la memòria com el foc en la fusta. Era un dijous del mes d’agost del quaranta cinc, i com tots els matins d’aquell estiu, ell tenia pensat anar a jugar amb el seu avi a un dels parcs més macos de la seva ciutat, Nagasaki. Però aquell dia, el seu avi va dir-li que aquesta vegada no podria ser doncs havia d’anar a l’ajuntament a buscar uns papers. En veure la cara de decepció del seu nét, l’home es va treure un caramel de la butxaca i l’hi va donar. “Agafa’l. T’el guardava pel teu aniversari, però crec que avui et farà més gràcia. No m’agrada veure’t trist”. L’avi li va posar la condició de que s’el mengés després de l’esmorzar, no volia que la mare s’enfadés amb el nen per culpa seva. El nen va prometre fer-ho així i es va guardar el caramel a la butxaca.

John s’adona que encara no ha ensenyat a la seva filla a utilitzar els frens. “Sammy, prem el fre!”. Li agradaria afegir que el millor és que faci servir el fre dret, i que no freni massa perquè podria perdre l’equilibri, però no té temps. Per sort la nena aprèn ràpid. Frena pressionant els dos frens alhora, però sense fer massa força, amb el que aconsegueix mantenir l’equilibri el temps just perquè el seu pare arribi i aguanti la bicicleta. Es queden a dos metres de la carretera, just en aquell mateix moment els creua un cotxe a tota velocitat. “Quina sort hem tingut!” pensa John. A Sammy se li ha esborrat el somriure de la cara per culpa de l’esglai. “Tranquil·la, no ha passat res. I a més ho has fet molt bé! T’has guanyat un premi! Què et ve de gust?”

Mai més va tornar a veure al seu avi, mai més va tornar a veure a ningú. La catàstrofe li va agafar a casa mentre fullejava un conte sobre un gos anomenat Hachiko. L’edifici es va esfondrar i ell es va salvar gràcies a que era una edificació baixa, encara que es va quedar cec. La seva mare no va tenir tanta sort, encara estava comprant quan la bomba va caure i la mort la va trobar de camí a casa. El seu pare havia mort servint a l’emperador un parell d’anys abans, era un dels científics que treballava en l’Esquadró 731. Aquell nou d’agost, l’Akiro es va quedar sol al món, sense poder mirar al futur. Enmig del caos la seva ceguesa passava desapercebuda, milers de persones vagaven sense rumb, com ell. Durant hores va estar perdut, fins que de sobte algú li va agafar la mà i el va portar a una casa. Li va donar un bol de sopa i un racó on dormir a cobert. No sap quant temps va estar amb aquella estranya, ella mai li parlava. Ell solament va descobrir que era una dona perquè un dia ella el va guiar fins a un hospital i abans de deixar-lo amb les infermeres li va posar alguna cosa a les seves mans. “Agafa’l, és teu”. Era el caramel del seu avi. “Qui et va donar això segur que voldria que mai oblidessis el que ha passat. Mai els perdonis. Menja-te’l i jura que el venjaràs”. El nen es va ficar el caramel a la boca, mai havia assaborit res tan dolç, però alhora, mai va tornar a assaborir res tan amarg. 

“Un Kaiju, papà! Molts Kaijus!” És la nit de Halloween i és lògic que Sammy vulgui el típic caramel de el “Trick or treat”. John no l’hi pot negar a la seva filla. Agafa la bicicleta amb una mà i amb l’altra la mà de la petita. Es dirigeixen a la botiga de llaminadures del poble, on John compra una dotzena de terrorífics monstres gegants, nascuts de la imaginació d’algun geni dement.

Beu el sake. Per la ment de l’Akiro es precipiten els records: l’avi, el caramel, Hachiko, la llum encegadora, el tro, les pedres, la foscor, la mà, la veu, el sabor del caramel. El van internar en un orfenat on cada segon que hi va passar recordava la seva promesa. Amb molt esforç i l’ajuda de la seva intel·ligència innata, va salvar l’obstacle de la ceguesa i va aconseguir un èxit darrere l’altre. El seu pare hauria estat orgullós d’ell. Es va doctorar en Química amb la millor nota a la història de la seva universitat. No obstant això, quan va acabar la carrera va iniciar un projecte empresarial, creant una petita fàbrica de llaminadures. A la seva ment havia traçat un pla a llarg termini que, amb temps i paciència, aniria prenent forma. 

John contempla a la seva filla disfressada de bruixeta, assaborint els caramels, un darrere l’altre sense descans. «Sammy, no mengis tants dolços que et farà mal la panxa». «És que estan molt bons, papà». «Deixa’n  algun per després de  sopar, si no la teva mare s’enfadarà amb mi per comprar-te’ls».

Fa poques setmanes li van diagnosticar un càncer terminal, segurament provocat per les radiacions de l’explosió. Aquest serà el seu últim Halloween i ha arribat el moment de la venjança. Durant anys va estar millorant una fórmula que havia començat a investigar sense èxit l’Esquadró 731 als anys trenta. Ell ho va aconseguir, va crear un verí completament indetectable, sense olor, sabor ni color. En va fabricar  tones i ho va emmagatzemar esperant el moment. Quan va saber la notícia de la seva malaltia, va ordenar a les seves fàbriques que afegissin el nou component als caramels que anaven a exportar-se a Estats Units. L’ancià cec es convertirà aquesta nit en el major dels monstres de Halloween. Ara ja pot descansar. Treu el seu Tantō de la beina i s’esbudella d’esquerra a dreta, després, amb un últim esforç, empeny la fulla fins a l’estèrnum. Amaretasu és l’única testimoni del seu sacrifici.

“Papà!” La veu de Sammy sona feble. John mira el rellotge, les dues de la matinada. S’aixeca i va a l’habitació de la seva filla. La pell de la petita crema literalment, la suor banya el seu cos. John intenta durant hores trucar a urgències però el telèfon comunica tot el temps. Quan es decideix a portar-la ell mateix a l’hospital ja és massa tarda. Sammy mor als braços del seu pare. Els seus ulls, com els de milers de nens americans aquesta nit de Halloween, s’han tancat per sempre.

Publicado en: Català, Relatos Etiquetado como: Català, Halloween, Terror

Kaiju, the monster

26 mayo, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

(This short story was translated by Juan Carlos Zevallos)

October 31, 2025; a place near Los Angeles. John runs beside her daughter on bike. The effort is worth it; He watches with pride as little Sammy pedals keeping her balance. It’s her first day with a real bike, without side wheels, and it looks like the four-year-old has gotten the jist of it very fast. «Faster, Daddy,» and John starts to have trouble keeping up. They go along a pedestrian street, with houses on the side with their little gardens in front. The sun presses although we are already in autumn. John passes over the fallen leaves of the trees, his daughter avoids them awkwardly and he struggles not to bump into the bicycle. Drops of sweat fall on his face «Damn autumn, cold yesterday and hot today, every day different from the one before», on a second thought, he starts feeling thankful for the sunny weather. It’s the perfect day and John is enjoying it with his daughter.

Thousands of miles away, on the other side of the Pacific, an old man removes his kimono and kneels in front of his altar to Amaterasu, the Sun Goddess. Akiro is, at 85, one of the richest men in Japan. There is no child in the world that hasn’t had a taste of his «Kaiju», candies with the shape of giant monsters like Godzilla. They are all the rage in America and tonight, Halloween, millions of kids will eat a ton of the fun candy all throughout the States. It is curious, to say the least, that Akiro could come up with the great idea of selling the originally shaped candies when he had only ever tasted candy once in his life when he was five.

«Darling, how about we make a little pause?» John cannot keep going. He misses how tiny she had been only five years ago and he marvels at how much she has grown. Meanwhile, he has put on 20 pounds and is now unable to run more than a couple of miles in one go. Sammy does not listen to him, she keeps going, and laughing, and pedaling, and laughing, faster and faster. «Don’t go so fast, you’re going to fall!» But the girl still does not stop. They approach the end of the street and John makes one last effort to reach his daughter.

The old man remembers that day eighty years ago, he has it etched in his memory as a carving in stone. It was a Thursday and since it was August, he was enjoying his holidays. Back then, he and his grandfather would go to a park very close to his home in Nagasaki every morning. But that day his grandfather passed by his house very early to tell him that they would not go to the park. He had to go to city hall to do some paperwork and his grandson could not come. Seeing the face of his grandson, the man took a candy out of his pocket. «This is for you. I was saving it for your birthday, but I think you will need it more today. I do not like to see you sad». He gave it to him on condition that he eat it after lunch. The man did not want the mother to get angry with her child because of him. The boy promised to do so and put the candy in his pocket.

John realizes that he has not yet taught his daughter how to use the brakes. «Sammy, hit the brakes!» He would like to tell her to use the right brake and not to hit it too hard or she could lose her balance, but he doesn’t have time. Fortunately, the girl learns fast. She hits both brakes at the same time but not too hard, so she manages to stay upright long enough for her father to reach out to her and grab the bike and keep it from falling. They end up a mere two meters away from the road just as a car speeds right by them. «That was close!» thinks John. Sammy’s smile has been wiped from her face. «Calm down, it’s alright. And you did very well! You deserve a prize! What would you like? «

He never saw his grandfather again; he would never see anyone again. The catastrophe caught him at home while he was reading a story about a dog named Hachiko. The roof caved in and he only survived because it was a low building, however, he went blind. Her mother was not so lucky; she was still shopping when the bomb fell and she found death on her way home. His father had died serving the Emperor a couple of years before, he was one of the scientists working on Unit 731. On August 9th, Akiro was alone in this world with nothing to look forward in the future. In the middle of the chaos, his blindness went unnoticed for most people wandered aimlessly, just like him. He was lost for hours until, suddenly, someone took his hand and led him to a house. He was given a bowl of soup and a corner to sleep. He does not know how long he was with that stranger that never spoke to him. He only discovered that it was a woman because the day she took him to a hospital, she put something in his hands before leaving and told him: «This is yours.» It was his grandfather’s candy. «Whoever gave this to you would surely want you never to forget what happened. Do not ever forgive them. Eat it and swear that you will avenge him.» He put the candy in his mouth, it was the sweetest thing he had ever tasted, and yet, also the most bitter.

«A Kaiju, Daddy! Look at all the Kaijus!» It’s Halloween and Sammy wants the typical trick-or-treating candy. John cannot say no to his daughter. With the bicycle on one hand and the little girl’s hand on the other, they head down to the town’s candy shop where John buys a dozen of the terrifying giant monsters born out of the imagination of some insane genius.

He drinks a cup of sake. Through Akiro’s mind, the memories pass by haphazardly: the grandfather, the sweet, Hachiko, the blinding light, the thunder, the stones, the darkness, the hand, the voice, the flavor of the candy. He was placed in an orphanage where he would brood his revenge every second he had. With much effort and the help of his innate intelligence, he bypassed his blindness and kept on succeeding. His father would have been proud of him. He received his doctorate in Chemistry with the highest grade in the history of his university. However, when he finished his degree, he started a business venture: he founded a small candy factory. In his mind, he had drawn up a long-term plan, and with time and patience, it was taking shape.

John watches his daughter dressed as a witch savoring the candy one after another without a break. «Sammy, don’t eat so many or your tummy will hurt.» «But they’re too good, Dad.» «Leave some for after dinner, otherwise your mother will get angry at me for buying them.»

A few weeks ago he was diagnosed with terminal cancer, probably caused by the radiation from the explosion. This is going to be his last Halloween and it’s time for revenge. For years he had been improving a formula that Unit 731 had been working on in the thirties without much success. But finally he got it! He created a poison completely undetectable without smell, taste or color. He made tons of it and had it stored in the wait for the right moment. As soon as he learned the news of his illness, he ordered his factories to add the new component to the candies that were to be exported to the United States. The blind old man will become the biggest Halloween monster tonight. Now he can rest. He takes his Tantō out of its sheath and guts himself from left to right, then, with one last effort, he pushes the blade through the sternum. Amaterasu is the only witness of his fate.

«Daddy…” Sammy’s voice sounds weak. John looks at the clock, 2 a.m. He gets up and goes to his daughter’s room. The skin of the little child is literally burning, sweat covers her from head to toes. John tries for hours to call the emergency room but the phone does not connect. When he decides to take Sammy to the hospital himself, it’s too late. Sammy dies in her father’s arms. Her eyes, like those of thousands of American children this Halloween night, have been closed forever (will never see the light of another day).

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El rincón más oscuro

22 mayo, 2017 by JAP Vidal 1 comentario

 

– Te pondrás bien.

Ella no contestó, permaneció con los ojos cerrados mientras su marido, su compañero, la observaba con rostro turbado. “Te pondrás bien, amor mío”  insistió, con el imperioso deseo de creer en sus propias palabras. La estancia se mantiene  en penumbras, aunque siempre existe un rincón en toda habitación donde las sombras aún pueden ser más negras, cerniéndose amenazantes esperando la ocasión de cobrar vida.

Invisible, latente, la Segadora de vidas acecha desde aquel rincón opaco dispuesta a cobrarse el alma que ha venido a buscar. Las lágrimas vertidas por los ojos del hombre, el dolor marcado en el pálido semblante de la mujer, Ella no entiende de sentimientos; dolor,  amor, tristeza, nostalgia, todas ellas son palabras vacías para el ángel exterminador. Nadie sería capaz de apreciar como sus huesudas manos se alzan poco a poco, los brazos se estiran buscando la vida que envidia, que anhela devorar. Se acerca el momento.

La mujer no es consciente de esa presencia, ni siquiera se da cuenta de que ha sonado el timbre y que su marido ha ido a abrir la puerta.  Ahora las tinieblas custodian su sueño. Se oyen ruidos en el vestíbulo, algo sucede. El marido vuelve a entrar en la habitación, pero un cuchillo presiona su garganta. Detrás suyo un hombre con cara de rata le empuja hacia adentro, sujetándole de un brazo.

– ¿Quién es esta?  ¿Tu mujer?
– Está muy enferma, por favor no le hagas daño. Te daré todo lo que tenemos.
– Calla y vete sacando las joyas. Si intentas joderme la rajo.

El ladrón suelta al hombre y se acerca hasta la mujer que permanece con los ojos cerrados, ajena a lo que sucede a su alrededor, no siente nada cuando le arrancan el collar de un tirón, ni cuando le quitan el anillo de su dedo de forma violenta. El tipo rodea la cama para comprobar si ella tiene alguna pulsera en el otro brazo.

Sin aviso siente un fuerte dolor en su pecho, una mano invisible está apretando su corazón y lo exprime como si fuera un limón extrayéndole hasta su último aliento de vida. La muerte abre su puño liberando a su presa, que cae al suelo a plomo. Al oír el ruido, el marido que estaba buscando las joyas en el armario se vuelve, alcanzando a ver como una sombra regresa a las tinieblas de aquel rincón al que nunca llega la luz. La muerte vino a cobrarse una vida y su hambre ha sido  saciada… por ahora. 

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Kaiju, la bestia.

15 mayo, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

31 de octubre del 2025, en un lugar cerca de Los Angeles. John corre junto a la bici de su hija. El esfuerzo vale la pena, observa con orgullo como la pequeña Sammy pedalea manteniendo el equilibrio. Es su primer día con una bicicleta de verdad, sin ruedas laterales, y parece que la niña de cuatro años le ha cogido el truco muy rápido. “Más rápido, papá”, y John comienza a tener problemas para seguir el ritmo. Circulan por una calle peatonal, con casas en un lado y sus jardines en frente. El sol aprieta, aunque estamos ya en otoño. John corre por encima de las hojas caídas de los árboles, su hija las evita torpemente y él lucha por no tropezar con la bicicleta. El sudor cae por su cara “Maldito otoño, ayer frío y hoy calor, cada día diferente al anterior”, pero por otro lado agradece el día tan bonito que hace. Es el día perfecto y John está disfrutándolo junto a su hija. 

A miles de kilómetros de allí, al otro lado del océano Pacífico, un anciano se quita el kimono y se arrodilla en frente de su altar a la diosa del Sol, Amaterasu. Akiro, a sus 85 años es uno de los  hombres más ricos de Japón. No hay niño en oriente o en occidente que no haya probado alguna vez sus "Kaiju", caramelos que tienen la forma de monstruos gigantes como Godzilla. En Estados Unidos causan furor en Halloween, esta noche se consumirán millones de ellos en el gigante americano. Es curioso cuanto menos que de su mente surgiese la gran idea de comercializar caramelos tan originales cuando en toda su vida, Akiro, únicamente probó un caramelo, cuando tenía cinco años.

“Cariño, ¿qué te parece si descansamos un poco?” John ya no puede más. Echa de menos la forma física que tenía hace tan solo cinco años. En ese tiempo él ha engordado diez kilos y ahora es incapaz de correr más de un par de kilómetros seguidos. Sammy no le escucha, sigue pedaleando y riendo, pedaleando y riendo, cada vez más rápido. “¡No corras tanto, te vas a caer!” pero la niña sigue sin frenar. Se acercan al final de la calle y John realiza un último esfuerzo por alcanzar a su hija.

El anciano rememora aquel día, hace ya ochenta años, pero que para él ha quedado marcado en la memoria como el fuego en la madera. Era jueves, y como era agosto él estaba de vacaciones. En aquellos días, todas las mañanas acudía con su abuelo a un parque muy cercano a su casa, en Nagasaki. Pero aquella mañana su abuelo se pasó pronto por su casa para decirle que esta vez no podían ir al parque. Él tenía que ir al ayuntamiento a buscar unos papeles y no podía llevarle. Al ver la cara de su nieto, el hombre sacó un caramelo de su bolsillo y se lo dio. “Toma. Te lo guardaba para tu aniversario, pero creo que hoy te hará más falta. No me gusta verte triste”. El abuelo le puso la condición de que se lo comiera después del almuerzo, no quería que la madre se enfadara con el niño por su culpa. El niño prometió hacerlo así y se guardó el caramelo en el bolsillo.

John se da cuenta de que aún no ha enseñado a su hija a usar los frenos. “¡Sammy, aprieta el freno!”. Le gustaría añadir que lo mejor es que utilice el freno derecho, y que no frene demasiado porque podría perder el equilibrio, pero no tiene tiempo. Por suerte la niña aprende rápido. Frena presionando los dos frenos a la vez, pero sin hacer demasiada fuerza, con lo que consigue mantener el equilibrio el tiempo justo para que su padre le de alcance y aguante la bicicleta. Se quedan a dos metros de la carretera, justo en ese momento les cruza un coche a toda velocidad. “¡Qué suerte hemos tenido!” piensa John. A Sammy se le ha borrado la sonrisa de la cara por culpa del susto. “Tranquila, no ha pasado nada. ¡Y además lo has hecho muy bien! ¡Te has ganado un premio! ¿Qué te apetece?”

Nunca más volvió a ver a su abuelo, nunca más volvió a ver a nadie. La catástrofe le alcanzó en casa mientras ojeaba un cuento sobre un perro llamado Hachiko. El edificio se derrumbó y él se salvó gracias a que era una edificación baja, aunque se quedó ciego. Su madre no tuvo tanta suerte, aún estaba comprando cuando la bomba cayó y la muerte la encontró de camino a casa. Su padre había muerto sirviendo al emperador un par de años antes, era uno de los científicos que trabajaba en el Escuadrón 731. Aquel nueve de agosto, Akiro se quedó solo en este mundo, sin poder mirar al futuro. En medio del caos su ceguera pasaba desapercibida, miles de personas vagaban sin rumbo, como él. Durante horas estuvo perdido, hasta que de pronto alguien le cogió la mano y le llevó a una casa. Le dio un cuenco de sopa y un rincón donde dormir a cubierto. No sabe cuanto tiempo estuvo con aquella extraña, ella nunca le hablaba. Él solo descubrió que era una mujer porque un día ella le guió hasta un hospital y antes de dejarle con las enfermeras le puso algo en sus manos. “Toma, esto es tuyo”. Era el caramelo de su abuelo. “Quien te dio esto seguro que querría que nunca olvidases lo que pasó. Nunca les perdones. Cómelo y jura que le vengarás”. Se metió el caramelo en la boca, era lo más dulce que jamás había probado, y también fue lo más amargo que jamás saboreó. 

“¡Un Kaiju, papá! ¡Muchos Kaijus!” Es la noche de Halloween y es lógico que Sammy quiera el típico caramelo del “Trick or treat”. John no se lo puede negar a su hija. Coge la bicicleta con una mano y la mano de la pequeña con la otra. Se dirigen a la tienda de caramelos del pueblo, donde John compra una docena de terroríficos monstruos gigantes nacidos de la imaginación de algún genio demente.

Toma el sake. Por la mente de Akiro se precipitan los recuerdos: el abuelo, el caramelo, Hachiko, la luz cegadora, el trueno, las piedras, la oscuridad, la mano, la voz, el sabor del caramelo. Le internaron en un orfanato donde cada segundo que estuvo recordaba su promesa. Con mucho esfuerzo y la ayuda de su inteligencia innata, salvó el obstáculo de la ceguera y fue logrando un éxito tras otro. Su padre habría estado orgulloso de él. Se doctoró en Química con la mejor nota en la historia de su universidad. Sin embargo, cuando terminó la carrera inició un proyecto empresarial, creando una pequeña fábrica de golosinas. En su mente había trazado un plan a largo plazo que, con tiempo y paciencia, iría tomando forma. 

John contempla a su hija disfrazada de brujita, saboreando los caramelos, uno tras otro sin descanso. "Sammy, no comas tantos dulces que te dolerá la barriga". "Es que están deliciosos, papá". "Deja alguno para después de cenar, si no tu madre se enfadará conmigo por comprártelos".

Hace pocas semanas le diagnosticaron un cáncer terminal, seguramente provocado por las radiaciones de la explosión. Este va a ser su último Halloween y ha llegado el momento de la venganza. Durante años estuvo mejorando una fórmula que había comenzado a investigar sin éxito el Escuadrón 731 en los años treinta. Él lo consiguió, creó un veneno completamente indetectable, sin olor, sabor ni color. Lo fabricó a toneladas y lo almacenó esperando el momento. En cuanto supo la noticia de su enfermedad, ordenó a sus fábricas que añadiesen el nuevo componente a los caramelos que iban a exportarse a Estados Unidos. El anciano ciego se convertirá esta noche en el mayor de los monstruos de Halloween. Ahora ya puede descansar. Saca su Tantō de la vaina y se destripa de izquierda a derecha, luego, con un último esfuerzo, empuja la hoja hasta el esternón. Amaretasu es la única testigo de su sacrificio.

“¡Papá!” La voz de Sammy suena débil. John mira el reloj, las dos de la mañana. Se levanta y va a la habitación de su hija. La piel de la pequeña quema literalmente, el sudor baña su cuerpo. John intenta durante horas llamar a urgencias pero el teléfono comunica todo el tiempo. Cuando se decide a llevarla él mismo al hospital ya es demasiado tarde. Sammy muere en los brazos de su padre. Sus ojos, como los de miles de niños americanos esta noche de Halloween, se han cerrado para siempre.  

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El vigilant de nit

16 abril, 2016 by Wambas Deja un comentario

«VAMPIRS ENTRE NOSALTRES?» El titular de l’article crida la meva atenció. Però, després d’una ullada ràpida, em sento decebut. Simplement es tracta d’una nova obra de teatre que s’estrenarà pròximament al Paral·lel.
– Què mires? – el meu company de feina és al meu darrere tafanejant el diari.
– Res, només hi ha anuncis.
– I què esperes d’un diari gratuït?
– Doncs que sigui un diari i expliqui notícies.
– No et queixis tant i treballa una mica! Jo me’n vaig cap a casa.
– Molt bé, ens veiem demà.
– Que vagi bé! Adéu.

I em quedo sol al garatge. La meva feina consisteix a vigilar els cotxes que entren i surten a la nit. Avui, dimarts, gairebé cap. És un treball molt avorrit, cosa que em va perfecta. M’agrada molt aquesta feina, em permet llegir, estudiar i altres coses que ara no vénen al cas, i ningú em toca els nassos per fer-ho. No, ningú em toca els nassos, però tampoc ningú m’ajudarà en cas que necessiti ajuda. Fins ara m’he ensortit prou bé, però mai se sap que ens portarà la nit.

El garatge s’omple del soroll d’uns neumàtics sobre el terra del garatge. Uns focus m’enlluernen. El vehicle s’atura al costat de la meva garita, el conductor obre la porta i surt del cotxe.

– Eh, noi, aparca-ho!

El paio em llença les claus del seu Audi A5 blanc i enfila el camí cap a la porta de sortida de vianants. De vegades et trobes amb imbècils com aquest, coses de l’ofici, no tot són flors i violes. Aparco el cotxe del senyoret i em poso a estudiar, que en un parell de dies tinc examen.

Passen un parell d’hores i se sent l’alarma d’un cotxe. Pels monitors veig que es tracta de l’Audi A5 que roman aparcat a la planta tres. No hi ha ningú al seu costat. De vegades, quan sona una alarma no faig cas, però avui decideixo anar a veure i així estirar les cames. Quan arribo no hi ha ningú i l’alarma ja ha deixat de sonar. Dono una ullada al voltant del cotxe però no hi veig res estrany. Mentre torno a la garita decideixo que ja n’hi ha prou d’estudiar i que puc gaudir una estoneta del darrer capítol de True Blood a la meva tablet. No han passat ni cinc minuts que la maleïda alarma torna a sonar. No vull anar, però els meus instints superdotats m’alerten d’una presència perillosa. Torno a comprovar l’Audi A5 de la planta tres i veig que algú ha deixat les portes obertes, però l’alarma ha tornat a emmudir. Algú m’està tocant el que no hi sona aquesta nit. Tanco les portes després de comprovar que el cotxe al seu interior sembla intacte. Ara em tocarà tornar a la garita a agafar les claus del cotxe i un altre cop refer el camí per a tancar-ho. Si enxampo al graciós… I on són les maleïdes claus? No hi són on les he deixat, al tauler de claus de la garita.

– Busques això?

Em giro i un paio vestit de negre es troba assegut al meu seient amb les cames damunt la taula. Cabells engominats i negres com la seva camisa, porta ulleres de sol i em recorda al paio aquell dels U2, el Bono. Un somriure de fill de puta es dibuixa al seu rostre mentre m’ensenya les claus de l’Audi. Els dits de la seva mà dreta té ungles llargues i esmolades. Ja no tinc cap dubte, aquesta serà la nit.

– Què hi vols? Saps que hi ha càmeres per tot arreu?
– Ja no.
– Aquí no hi ha diners.
– Ho sé.
– I què et portaràs? Un cotxe? Tot això per l’Audi?
– No m’emportaré un cotxe.

No cal que em digui el que vol. S’aixeca del meu seient lentament i se m’acosta sense treure’m els ulls de sobre. Amb la mà esquerra, la que no portava les claus de l’Audi, m’acarona la galta, passant les seves ungles damunt la meva pell. Un petit xic de dolor, sento la gota de sang baixar fins al meu coll.

– Has de vindre amb mi.

No goso resistir-me. Fa temps que m’ho esperava. Mentre caminem plegats cap a la sortida del garatge ell passa el seu braç per sobre de les meves espatlles.

– Ja saps on et porto?
– Ho imagino.
– I no et fa por?
– Sí.
– Ets un valent.

Segueixo caminant al seu costat fins que creuem la porta de sortida dels vianants. Sota les escales hi ha algú assegut, amb els ulls oberts, però sembla paralitzat.

– El coneixes?
– És el paio de l’Audi.
– Ja saps que has de fer.

M’acosto a ell. M’ho miro una estona fins que em decideixo a complir el meu destí. Ell m’observa però no fa cap moviment, potser està terroritzat, potser hipnotitzat. Només uns gemecs incomprensibles s’escapen per la seva boca. Els meus ullals es claven amb força a la seva jugular. Noto com la carn cedeix i la sang comença a córrer lliure. L’absorbeixo amb les ànsies de l’assedegat, fins a la darrera gota. Quan acabo, l’home ja no gemega, els seus ulls romanen oberts, però apagats, sense vida. El seu cor ja no batega.

– Ara fes desaparèixer a aquest imbècil, no deixis cap prova. Ells no poden saber que existim. Ja saps qui ets. No em donis les gràcies.

L’home de negre desapareix amb la mateixa discreció com va arribar.

Sí, ja sé qui sóc. Ja sé perquè m’agrada tant la nit i perquè no suporto la llum del dia, malgrat que tampoc és mortal per a mi. I tu, quan hagis de deixar el teu cotxe a un garatge públic de nit, vés amb compte. Perque quan te n’adonis de qui és el vigilant, potser serà massa tard.

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