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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Coronavirus

El año de la rata – Perdidos

7 abril, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«El ser humano necesita sentir que la estabilidad rige sus vidas para no hundirse en la desesperación»

Athena y Bruno se habían convertido en nómadas. El verano anterior habían abandonado las comodidades de su París natal y se habían embarcado en una aventura que sabían cómo empezaría pero poco más. De Francia volaron hacia Estambul, allí iban a pasar el primer mes de su viaje, después ya no había ningún plan establecido. Poco a poco fueron haciendo un plan de viaje que primero les llevó a Nepal y seguidamente a la India. Hubiese sido la aventura perfecta de vivir en un mundo perfecto, sin alteraciones constantes que moldean e incluso pervierten nuestros propósitos originales.

Athena y Bruno, como la mayoría de franceses, o como la mayoría de los que vivimos en el mundo occidental, creían vivir en un mundo global que comparte problemas, inquietudes y aficiones, te encuentres en Francia, Turquía, Nepal o la India. Este mundo global puede darnos una falsa imagen de estabilidad, porque puedes comunicarte con el inglés allá donde vayas, o encontrar hoteles con los mismos lujos en cualquier ciudad, o haber probado cualquier comida exótica en un restaurante de tu ciudad antes de hacerlo en Katmandú o Estambul. Incluso puedes comer la misma hamburguesa en un McDonald’s de París o Mumbai.

Cuando damos un paseo por la playa, observando una plácida puesta de sol, el mar nos parece bello y acogedor. Sin embargo, la opinión sobre el mar no será la misma si nos encontramos en un barco en medio del océano en plena tempestad. Esa es la diferencia entre la India como la veían Athena y Bruno con ojos de turistas, a como comenzaron a verla con ojos de supervivientes cuando se declaró la pandemia en el país. Se encontraban en el estado indio de Goa, cuando en pocas horas pasaron de disfrutar de mil olores y sabores, a la obligación de confinarse en su alojamiento sin posibilidad de ir a comprar ni siquiera los alimentos básicos. El toque de queda decretado por el gobierno indio prohibía el comercio y la libre circulación de las personas. Estaban atrapados a miles de kilómetros de sus familias.
Aquí es donde aparecí yo. Poco a poco, en sus mentes fueron tomando forma ideas sobre un futuro de hambre, soledad e incluso hostilidad por parte de la población nativa. A pesar de que los pocos nativos con los que trataban se portaron bien con ellos, eran conscientes de que en medio del caos cualquier cosa podía suceder. La embajada francesa les avisó de la salida de un último vuelo desde la isla en la que ellos se alojaban, para evacuar a los franceses que allí se encontrasen. Después de un viaje de un par de horas, en medio de la noche, por caminos de cabras, se encontraron con que se quedarían en tierra, como muchos otros franceses que no cabían en el avión. Otra vez de vuelta, con más cansancio, más desánimo y más miedo.
Sin embargo, con el paso de los días, la pareja fue adaptándose a una rutina de supervivencia. Su casero y el dueño del restaurante al que antes de la pandemia iban a comer, les conseguían víveres y les animaban. Volvieron a comunicarse por las redes sociales con sus familias y amigos, que se preocupaban por su situación. Conseguían burlar el toque de queda, con un ratito cada día de paseo. Poco a poco, le cogían el ritmo a la situación. Por eso, un nuevo aviso de la embajada francesa informando de otra evacuación de compatriotas, les pilló con cierta apatía. No sabían qué les podía deparar el regreso a Francia. Ellos habían decidido ser nómadas. ¿Puede un nómada volver a casa?

Decidieron coger ese vuelo. Yo lo cogí con ellos. Porque el miedo siempre acompaña todas las decisiones humanas.

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El año de la rata – Amuletos

28 marzo, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«¿De verdad eres tan estúpido como para pensar que un amuleto te hace inmune a la fatalidad?»

Ramón era el rey del barrio desde que el gobierno decretara el estado de alerta en todo el territorio. Toda la población estaba obligada a no salir de casa salvo para necesidades básicas relacionadas con la alimentación, la sanidad y el trabajo. Pero había una excepción. Todo el mundo veía restringida su capacidad de desplazamiento salvo aquellos que sacasen los perros a hacer sus necesidades en la vía pública.

Cada día, Ramón llevaba a pasear a su mascota, Toby, cinco veces. La primera por la mañana, la segunda antes de comer, la tercera después de la siesta, la cuarta antes de cenar y la quinta y última antes de sentarse en el sofá a ver el programa nocturno con el que se quedaría dormido.
Antes de la crisis, Toby salía a hacer sus necesidades tres veces al día acompañando a su solitario dueño. Sin embargo, Ramón consideró que aquel decreto le concedía un privilegio que no podía desperdiciar, y de tres pasaron a cinco paseos, a pesar de que al pobre perro, cuando llegaba la tarde, ya no le quedaban heces que excretar ni orina con la que marcar las ruedas de las bicis. Algunos vecinos que se quedaron con la copla le comenzaron a mirar mal, unos pocos hasta le dejaron de saludar, y uno, Matías el del tercero, el más borde de su edificio, cada vez que lo veía desde su balcón – que era siempre, porque Matías vivía en el balcón desde que se puso como obligación vigilar que el vecindario cumpliera con el confinamiento – le gritaba «Ramón, coño, ¿otra vez sacas al chucho?». Ramón no le contestaba, simplemente ralentizaba el paso y caminaba con las piernas más abiertas, como el pistolero que, a punto de enfrentarse en un duelo a muerte, desafía con bravura y temeridad al destino.
Pero también hubo algún vecino que le ofreció dinero por poder pasear a Toby un par de veces al día. En un principio, Ramón se negó. Sin embargo, después de ver que con tanta visita al supermercado la cuenta se le estaba vaciando, cerró un acuerdo de diez euros al día, setenta a la semana, con el vecino del ático. El acuerdo comenzó bien, pero a la semana se torció. El vecino no se tomó muy bien los improperios que Matías el del tercero le lanzaba desde su balcón «¡Eh tú! ¿Qué haces paseando el perro de Ramón?» «¡Cabrón, así te pille el virus!». Entre ese detalle y que el vecino se hacía el despistado a la hora de pagar, el acuerdo duró ocho días. Fueron suficientes días como para que, de alguna manera que solo sabe la vida, el gafe de Matías se cebara con el vecino y este, a su vez, se lo contagiara a Ramón.

Aquella noche, entré en la casa de Ramón sin llamar a la puerta. Yo nunca llamo a la puerta. Él estaba en su sofá, viendo el programa nocturno con el que aquella noche no iba a dormirse. Tosía y sudaba mucho, también temblaba de frío y…  de miedo. Allí estaba yo, reinando en la casa de aquel que se había creído el rey del barrio. Hasta ese momento, Ramón había pensado que todo aquello era una especie de obra de teatro sin consecuencias vitales. Su inconsciencia le había llevado a creer que por tener un perro estaba por encima de todo, incluso de la enfermedad. No había utilizado ninguna medida de protección, ¿para qué las necesitaba si tenía un perro y podía pasear con él por todo el barrio sin temor a ninguna amenaza? Toby era su amuleto.

Ramón no tenía ni fuerzas para levantarse por el móvil, aún así haría un último esfuerzo por pedir una ambulancia. Tenía miedo. Miedo a saber qué sería de él. Miedo a saber qué pasaría con Toby si él no estaba. Miedo a morir solo. Yo, de nuevo, había ganado.

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El año de la rata – Fe

26 marzo, 2020 by JAP Vidal 2 comentarios

«La ventaja de ser creyente es que siempre puedes confiar en que otro resolverá tus problemas.»


Luz siempre tuvo fe. Era una persona creyente hasta la médula. Además, era buena, humilde y paciente. También era pobre, condición que suele venir de serie con las virtudes anteriores. Trabajaba limpiando las casas de otras familias al tiempo que el cuerpo comenzaba a avisarle de que no podría seguir con ese trabajo mucho más.

Cuando los achaques empezaron a ser demasiado molestos se produjo un acontecimiento con el que no contaba. Un respiro forzado por una plaga digna de tener su capítulo en la sagrada Biblia. Recibió una llamada de uno de sus clientes para decirle que prescindían de sus servicios laborales durante un tiempo, debido al confinamiento obligatorio. Cinco minutos después llamó otro cliente para explicarle lo mismo. Ese día, prácticamente todos sus clientes llamaron para cerrarle las puertas. Luz, entonces, hizo gala de su mayor virtud. Una sonrisa en su rostro mientras por su mente cruzaba un pensamiento : «Dios proveerá». Fue lo mismo que pensó cuando dejó su país natal y llegó a España con lo puesto. Entonces, no le fue mal, por lo qué no creyó que ahora fuera a ser diferente. Luz lo había pasado muy mal en su vida pero, aún así, nunca había perdido la sonrisa y siempre había tirado hacia delante. Porque la fe mueve montañas, y si algo le sobraba a Luz era fe. A mí, personalmente, la fe me irrita muchísimo. Soy incapaz de luchar contra un un sentimiento irracional con el que millones de personas han conseguido capear crisis terribles a lo largo de la historia. Sí, ya sé que a mí también se me considera a menudo un sentimiento irracional, quizás por eso, porque somos tan semejantes, no nos soportamos, nos repelemos.

El caso es que Luz se sentó a coser junto a la ventana, lo más lejos posible de la oscuridad que envolvía casi toda su casa al atardecer. Tarareando la canción de la bicicleta de Carlos Vives y Shakira, cosía una puntada tras otra. A su lado, yo esperaba mi oportunidad. En algún momento ella tendría que dudar, y su debilidad me abriría la puerta de su mente. Así que mientras ella cantaba, yo esperaba. Hasta que el celular repitió de pronto la misma tonadilla que ella estaba tarareando.

– Dígameeee – dijo en tono dulce.
– Hola Luz, soy Paquita.
– Hola Paquita ¡Qué alegría oírle! ¿Cómo está usted?
– Por ahora bien. ¿Y tú?
– Yo aquí, muy bien, en casita.
– Oye Luz, te tengo que decir una cosa.
– No se preocupe, sé lo que me va a decir. Son días muy malos para todos.
– Mi hija y yo vamos a hacer la limpieza de casa…
– Lo entiendo, Paquita.
– …Pero no te preocupes que te seguiremos pagando como si vinieras a trabajar.
– Paquita, no es necesario, no se preocupe.
– ¡Que sí! No hay más que hablar. Solo faltaría que por culpa de esta enfermedad te quedases sin tu paga. No me lo perdonaría. Así que no hay más que hablar.
– Muchas gracias, Paquita. Es usted un sol.
– Tú sí que eres un sol. Cuídate mucho Luz.
– Y usted también, Paquita, cuídese mucho. Muchas gracias.
– A ti, Luz, a ti.

Luz colgó la llamada. «Dios proveerá», pensó, y siguió tarareando aquella canción de la bicicleta. Yo me alejé de su lado a sabiendas de que en aquella casa no tenía nada que hacer.

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El año de la rata – Héroes

21 marzo, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«Crees que soy una heroína porque no temo a nada. Al contrario, lo soy porque tengo mucho miedo.»

En aquellos días del año de la rata, hubo muchos héroes anónimos. Cada tarde, la gente salía a los balcones a aplaudirles en reconocimiento a su trabajo. Para aquellos héroes sin nombre que, en vez de capa y antifaz, llevaban bata y máscara, los aplausos se transformaban en energía positiva que les ayudaba a continuar luchando, a soportar las derrotas y no desfallecer, a autoconvencerse de que por muchas batallas perdidas que hubiera, ganarían aquella guerra.

Uno de aquellos héroes era Isabel. Aquella mujer corría de un lado a otro sin parar, intentando ayudar en todo lo que pudiera. Las horas pasaban y el cansancio no parecía hacer mella en su físico. Turnos de doce horas sin apenas un descanso para sentarse tranquilamente a comer un bocadillo. Sin embargo, siempre había un pequeño hueco por donde alguien como yo puedo colarme y hacer mucho daño. Con Isabel no fue diferente, esperé pacientemente mi oportunidad y también llegó. Fue la tarde que un paciente le dio las gracias por su trabajo.

–  ¿Sabes? Yo cada tarde salgo al balcón a aplaudiros. – se entrecorta la voz porque le cuesta respirar – Sois unos héroes. Gracias, gracias.
– Gracias a usted. Ahora descanse.

El hombre, en la cincuentena, se puso a llorar como un niño.

– No merezco tu ayuda. – dijo.
– No diga tonterías.
– No. No me la merezco. Yo he sido uno de – pausa para respirar – uno de esos imbéciles despreocupados que pensaba – pausa para respirar – que no le iba a pasar nada y paseaba cada día – pausa para respirar – el perro, tres horas – pausa para respirar – delante de los vecinos, como si por llevar perro – pausa para respirar – fuese inmune.
– Descanse un poco. – contestó Isabel.

La doctora no pudo más. Fue al lavabo, se escondió tras una puerta y allí soltó a llorar desconsoladamente. Dejó salir toda la impotencia que sentía en forma de lágrimas. ¿Cómo iban a ganar si la gente seguía siendo tan estúpida? No se daban cuenta de que peligraban sus vidas, las de sus vecinos y las de aquellos que luchaban por salvarlas todas. En ese momento, ella sintió mi presencia. Le obligué a pensar en su hijo, en su marido, en sus padres. Isabel estuvo a punto de salir huyendo en dirección a su casa. A punto estuve de vencerle. Pero cuando salió corriendo de su escondite, desconcertada y hundida, vio a otra compañera sollozando delante del espejo del lavabo, y entonces se frenó. Se dio cuenta de que si todos hacían lo mismo que ella estaba a punto de hacer, el mundo se hundiría, y de nada serviría que ella se escondiera ahora en casa con su familia. No quedaba más remedio que seguir luchando, minuto a minuto, hora tras hora, un día tras otro. Hasta el final, fuese el que fuese. Y solo esperaba que en algún momento yo hiciera recapacitar a la población, pues no es más valiente el que desafía de manera inconsciente y estúpida a la muerte, sino el que conoce el miedo y aún así lo combate.

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El año de la rata

21 marzo, 2020 by JAP Vidal Deja un comentario

«Les avisé de la llegada del Diablo y todos se rieron de mí. Cuando mucho tiempo después salí de mi escondite, sus calaveras aún seguían sonriendo.»
El año de la rata es el correspondiente al primer signo del horóscopo chino. Se le supone un año positivo, perfecto para comenzar nuevos proyectos, para cambiar la vida de forma radical. Sin embargo, los cambios a menudo comportan sacrificios que pocas veces estamos dispuestos a afrontar. Puede que por tal razón, el año de la rata del dos mil veinte del calendario occidental será recordado en el futuro como mi año. ¿Qué quién soy yo, te preguntas? Seguramente pienses que soy la Muerte o Dios o, por el contrario, el mismo Diablo. No, soy algo peor, más temido, soy lo que se siente cuando se entra en un túnel oscuro. Pero por ahora, simplemente soy la voz narrativa que te guiará por algunas de las desgracias y de los milagros que aquel año acontecieron. Me gustaría comenzar a contarte esta historia, con tu permiso, por lo que parecería el desenlace, por la luz al final de aquel túnel.
Llegó el día en el que la pesadilla terminó. La gente pudo salir de sus casas y regresar a las empresas, a los colegios, a los comercios. Todos ansiaban volver a vivir. Yago no era una excepción. Su empresa le había despedido temporalmente cuando tuvo que cerrar porque el negocio no podía seguir funcionando en aquellas condiciones. Se pasó todo el confinamiento en su casa, saliendo solo a comprar mientras se permitió que las tiendas de alimentación estuvieran abiertas. Después, cuando llegó el apagón general y todo quedó cerrado a cal y canto, solo le quedó dar vueltas como un tigre enjaulado en los dos metros cuadrados del balcón que tenía. Por suerte esa etapa no duró mucho, no hubiesen podido sobrevivir, de hecho muchos no lo consiguieron, pero eso ya será otra historia que te contaré. El hecho es que por fin un día, el gobierno dio la noticia esperada durante mucho, mucho tiempo: al día siguiente se levantaría el toque de queda y la población podría salir de sus casas. Ese mismo día, Yago recibió una llamada de su antiguo jefe para confirmarle que le esperaba el lunes de la semana siguiente en la oficina. «Hay mucho trabajo a hacer, todo el mundo va a necesitar de nuestro servicio después de tanto tiempo de parón obligado. Yago, lo hemos pasado muy mal, todos, pero ahora se abre ante nosotros un mundo nuevo de oportunidades», dijo su jefe. Quizás fuera ese el día más feliz en la vida de Yago.
Llegó el lunes y Yago entró por la puerta de la oficina. Allí estaban todos sus viejos compañeros ¡Qué cambiados! Algunos habían aprovechado para cambiar su imagen de manera radical, rapándose al cero, dejándose melena, barba o unos bigotes dignos de un mosquetero del rey Luis XVI. La mayoría parecían estar en muy buena forma, habían aprovechado el parón para tonificar sus cuerpos o hacer dieta. Todo eran risas y lágrimas de alegría pero sobretodo abrazos. En aquellos momentos, los abrazos eran el símbolo de la victoria ante la enfermedad. Por fin la gente podía volver a tocarse, abrazarse, acariciarse o besarse. Había una obsesión por el contacto, por aquello que les había estado prohibido durante tanto tiempo.
Y entonces alguien preguntó ¿Y Alberto? Los abrazos, cesaron. Las risas también. Las lágrimas no. Alberto, Clara y David no estaban. El jefe les explicó que la semana anterior, al llamar a sus casas se enteró de que la enfermedad se los había llevado, como a otros muchos. En ese momento todos pudieron sentir mi presencia, de nuevo.
Como dije antes, todo cambio suele conllevar un sacrificio de algún tipo. El año de la rata comportó un sacrificio muy grande ¿Valió la pena? Dependerá del precio que tuviera que pagar cada uno y de lo que obtuviera a cambio.

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