Piel

– Perdóname, tienes razón. Sólo que …
– Sólo que tú pensabas que con el tiempo cambiaría de parecer, ¿verdad?
– Sí.
– Sabes que… Deberías saber que… ¡Tendrías que saberlo!
– ¡Sí, sí, lo sé! ¡Pero yo también tengo derecho a tener ilusiones! ¿O no? Durante años he sido paciente, esperando que llegara el momento en que me dijeras que estabas preparado.
– ¡No es justo! Te avisé antes de que habláramos tan siquiera de matrimonio, te pregunté si podrías vivir con ello. Sabías que nunca podríamos plantearnos tener hijos.
– Pensé que «nunca» sería unos años.
– ¡»Nunca» es nunca! ¿Lo entiendes? ¡Nunca!
– ¡No me grites así! ¡No me lo merezco!
Silencio.
– Perdona.
– ¿Te vas ya?
– Tengo que volver al trabajo.
– Es en lo único en lo que piensas.
– No es cierto. Sabes que no es cierto.
– Te quiero…
– Y yo a ti.
– ..pero no sé si podré soportarlo. Lo tienes que entender.
– Lo entiendo. Aún eres joven.
– ¿No lucharás por nuestro amor?
– Sí. Te quiero.
– ¿Por qué no quieres tener hijos?
– Tengo que marchar.
– ¿Es porque eres policía? ¿Tienes miedo de lo que te pueda pasar?
– No es eso.
– No sé que trabajo haces allí, no sé lo peligroso que es, nunca me lo dices. Pero sea lo que sea, no podemos vivir siempre con miedo al futuro.
– Es más complicado que eso.
– ¿Por qué más complicado?
– Ahora no puedo…
– ¿Por qué más complicado?
– … tengo que marchar.
– ¿Por qué?
Se fue sin mirar atrás, dejándola sola y hundida. Pero él no sintió pena. Le había dicho que él no quería tener hijos, que no podía. Ella le preguntó por qué, pero él no se lo quiso decir. La verdad era demasiado dolorosa, a menudo ni él mismo era capaz de soportarla. Alguna vez llegó a presionar el cañón de su arma reglamentaria contra su propia sien, pero en el último momento no se atrevió a poner fin a aquella locura por ella, porque no tenía ninguna culpa. El problema no era su esposa  sino su trabajo.
Llegó a las oficinas del departamento de policía, cruzó los largos pasillos y bajó dos plantas subterráneas para adentrarse en aquel bunker que era su casa. En la sala había tres ordenadores, dos compañeros más miraban en silencio las pantallas con gesto adusto, concentrados en lo que observaban. Él se sentó en su puesto, conectó su pc y entró en la aplicación que presentaba las imágenes con las que trabajaba. Se mostraban las fotos y videos, con los datos referentes a su envío: correos electrónicos, servidores, usuarios y redes sociales.
Cinco años llevaba mirando día tras día esas imágenes, intentando descubrir quién estaba detrás de cada una de ellas. Curas, profesores, informáticos, famosos, incluso mujeres, aquellas que se supone que deberían ser más sensibles a todo aquel material, ni siquiera ellas se libraban. Ningún grupo social se libraba de la enfermedad del mal. Cualquiera podía ser culpable de traficar con las imágenes de niños y niñas vejados. Y él los hubiera matado, sin pestañear. Esas bestias le habían convertido en lo que era, en una persona que no creía en el futuro, con la piel dura como el cemento, incapaz de sentir piedad por aquellos criminales que escondían su perversión bajo máscaras de seres amables, a menudo queridos y admirados por la comunidad.
Pero a ella nunca le había confesado su verdadero trabajo, hubiese tenido que hablar de todo ello, vomitar toda la mierda que se veía obligado a ver, que él mismo se obligaba a ver, con el objetivo de descubrir a esos malnacidos. No le quedaba más remedio que endurecer su piel para soportar tanto sufrimiento, para evitar volverse loco, y seguir desenmascarando a esas bestias aunque el precio fuese su propia vida.
JAP Vidal:
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