El antropófago del Gayxample

—  ¡Te has comido a mi novio!
— No es lo que parece, te lo puedo explicar.
— ¿Qué vas a explicarme? He visto cómo te lo tragabas.
— ¡Ha sido él quien ha querido que yo me lo comiera!
— ¿Pero qué dices? ¿Por qué iba a querer tal cosa?
— ¿Te tranquilizas y me dejas que te lo explique?
— Te doy un minuto, luego llamo a la policía.
— ¿Y qué le vas a decir? ¿Que un contenedor de basura se ha comido a tu novio? ¿Te das cuenta que te tomarán por loco?
— ¿Cómo es que puedes hablar?
— No lo sé. El otro día un tipo llegó corriendo y me tiró unas cuantas mierdas químicas. Me debieron sentar fatal porque desde entonces tengo la capacidad del raciocinio y la del habla.
— ¡Pero tienes vida!
— ¡Y tú también, qué raro! ¿No te das cuenta de que tú y yo estamos compuestos de materia orgánica y en nuestro interior se producen complejas reacciones químicas? 
— ¡Qué raro eres! Eres capaz de argumentar como un científico.
— No solo eso. Te puedo garantizar que soy un dios.
— ¿Un dios?
— Sí, el dios de los contenedores de la basura. Soy un ser superior sobre el resto de contenedores de este planeta.
— Hombre, visto así…
— Mira Ramón…
— ¿Cómo sabes mi nombre?
— Iván, tu novio, me lo ha dicho. Me ha pedido que te diga que desea que te unas con él en mi interior.
— ¿Me quieres comer? ¡Voy a llamar a la policía!
— ¡Detente! ¡No te voy a comer! Si tú no quieres. Yo solo te digo que Iván lo tuvo muy claro. Mi panza es inmensa, mucho más grande de lo que parece desde fuera. Allí tendréis todo lo que necesitéis. Comida, cobijo, intimidad… Y si un día lo queréis dejar, pues nada, me lo decís y tan amigos. Nadie os molestará, te lo aseguro. Vosotros no os merecéis las miradas de desprecio de esos homínidos que tienen más pelos en el culo que neuronas en el cerebro. ¿Para qué sufrir malos ratos cuando aquí podéis estar tranquilos todo el tiempo que queráis? Nadie os mirará mal, ni hablará a vuestras espaldas. Yo sé lo que es ser rechazado, en mi caso por mi olor y mi condición de recipiente de desechos.
— Odio sus cuchicheos.
— Dan asco.
— Y sus miradas impertinentes.
— Sí, son tan imbéciles que se te quedan mirando fijamente, como si fueran invisibles.
— Es una sociedad de mierda.
— Tú lo has dicho. Yo os puedo proporcionar un paréntesis de paz y vosotros llenarlo de amor.
— Nos podremos besar.
— Y coger la mano.
— Sí, sin que nadie nos insulte.
— Libres de las miradas de los necios.

— ¿Y podemos salir cuando queramos?
— Solo tenéis que pedírmelo y en un periquete estáis de vuelta.
— Pues allá voy.  Abre la boca.
— Cuidado no te hagas daño al caer dentro.
— ¡Iván! ¡Ya voy!
— ¡Ñam, ñam!

— ¡Al monstruo, al monstruo!
— ¿Qué pasa? ¿Qué he hecho?
— Te has comido a ese chico! ¡Voy a llamar a la policía!
— ¡Tiene una explicación! Dame solo un minuto y te lo explico. ¿Te he dicho ya que soy un dios?

JAP Vidal:
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