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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Sant Jordi

La lista del dragón

19 junio, 2017 by JAP Vidal 12 comentarios

 

La historia que os explicaré comienza en el “Bar Colombia” de Sant Andreu, un veintidós de abril, con una voz rota como la de Tom Waits susurrando a mis espaldas.

– Hola, escritor.

Sobre mi hombro derecho sentí una presión aguda que se clavaba en mi carne a través de la ropa. Me costó un segundo darme cuenta de que se trataba de unas uñas muy afiladas.

– ¿Quién demonios…? – pregunté, confuso, al invisible dueño de aquellos dedos.
– Ulises, ¿verdad? Supongo que se trata de un seudónimo, ¿no?
– Sí, así es. Pero ¿quién es usted?
– ¿Yo? Alguien que te quiere ayudar.

Rodeó la mesa y aquella voz rajada por el Bourbon se convirtió en un joven bajo y escuálido, de cabeza rapada, aros en ambas orejas y barba incipiente. Aquel chico no llegaría a los veinte años pero su voz le triplicaba la edad.

– No te dejes engañar por las apariencias. Si mi rostro reflejase mi edad no tendría suficiente piel para tantas arrugas.
– ¿Quién eres?
– Es verdad, es la tercera vez que me lo preguntas, discúlpame. Mi nombre es…digamos que Fafnir. Los dragones también utilizamos seudónimo.

Sí, sé lo que estaréis pensando, en ese momento tendría que haberme levantado, pagar la cuenta en la barra y salir pitando del Colombia como alma que persigue el Diablo. Pero Albert acababa de servirme el café y todavía quemaba. No pensaba irme sin tomármelo, aunque para ello tuviera que escuchar las chorradas de un tarado. Sin embargo, si hubiese sabido lo que iba a ocurrir después, seguramente habría actuado de forma diferente.

– ¿Y las escamas? ¿Y las alas? – me mofé de él.
– Sería mejor que no te burlases de mí. Al menos hasta que no te haya contado la historia que quiero explicarte.
– Mira, perdona, no tengo mucho tiempo. Tengo que ir al “Sant Andreu Teatre”, que tengo una reunión.
– Sí, sé que vas a ofrecerles un texto para una obra.
– ¿Cómo…?

Me hizo un gesto con la palma de la mano para pedirme que callara. A continuación levantó el brazo con el dedo índice en alto. El subconsciente, o quizás el miedo, me hizo imaginarme aquella sucia y larga uña como una garra monstruosa. “¡Albert, por favor, otro carajillo de bourbon con hielo!”. La voz de aquel Tom Waits de aspecto juvenil retumbó en el local casi vacío. Volvió a bajar el brazo y me observó de nuevo, con una sonrisa en su rostro, dándome así permiso para terminar de formular mi pregunta.

– ¿Cómo sabes eso?
– También sé que endulzarán tus oídos con palabras de ánimo pero que al final rechazarán tu trabajo.
– No puede ser, ellos…
– Lo es, Ulises, lo es.

El camarero del “Colombia” trajo un tazón lleno de café y bourbon, y con mucho hielo. Muchísimo hielo, para ser exactos. Luego echó una mirada a mi taza aún llena y se volvió a su burladero detrás de la barra. Estoy seguro de que Albert ya conocía a su cliente, no es normal servir un café de esa manera. De hecho, el «Colombia» es un local perfecto para que el Diablo se tome allí un descanso de vez en cuando.

– En serio, ¿quién eres?
– Ya te lo he dicho. Soy Fafnir, el dragón.
– ¿Y qué haces aquí?
– Vengo a hacer un trato contigo.
– ¿Por qué?
– Porque será bueno para los dos.
– No entra en mis planes hacer tratos con dragones, tampoco con tarados que creen serlo.
– ¿Ni siquiera aunque te ayude a alcanzar tus sueños?
– ¿Qué sabes tú de mis sueños?
– Sé todo sobre tus sueños y tus pesadillas. Sé las cosas que no te dejan dormir, tus miedos, tus angustias, tus fobias. También conozco tus deseos, incluso los más oscuros y obscenos. Yo puedo hacer de ti el Ulises que sueñas.
– ¿Cómo?

Fafnir, o como demonios se llamara, agarró entre sus largas uñas el tazón repleto de cubitos aún sólidos. En el momento que sus labios se posaron sobre la porcelana, del interior del recipiente escapó una nube de vapor. Posó de nuevo el tazón en la mesa y observé que los cubitos se habían derretido por completo.

– Si no fuera por el hielo, no podría probar el café, se volatizaría antes de llegar a mi lengua. Es una putada tener un cuerpo tan…fogoso. Me encanta el café, también el bourbon.

Cada vez estaba más seguro de que aquel no era un joven normal. Loco o dragón, no era normal.

– Mira, te contaré una historia.
– No tengo tiempo para historias. Tengo que…
– Sí, sí, tu guión, lo sé. No te preocupes, te van a tener media hora esperando. Tu interlocutor aún está en pijama dando vueltas por su casa. ¿Quieres escucharme?
– Adelante. Pero espero que seas breve.
– Supongo que habrás oído la historia de un caballero que venció a un dragón y salvó a una princesa de ser devorada, ¿no?
– Sí, claro. Es la leyenda de San Jorge.
– A ver, la historia no fue exactamente como te la contaron. Bueno, sí, pero con ciertos matices. El caballero era un hombre ambicioso que habría vendido su alma al Diablo para convertirse en rey. Afortunadamente para él, yo pasaba por allí. Sólo tuve que cruzar mi mirada con la suya un segundo para comprender lo que aquel hombre sería capaz de hacer por alcanzar su sueño. Me acerqué a él en una taberna donde vendían vino, cerveza y mujerzuelas, todo muy barato. Él era asiduo a ese antro. Le susurré al oído las palabras que él quería oír y aquella misma noche trazamos un plan para conquistar un reino cercano.
– ¿Me vas a decir que tú ayudaste a San Jorge a matar el dragón?
– No, aunque podría haberlo hecho pues solo yo puedo acabar con mi vida. Lo que te voy a contar es cómo ayudé a San Jorge a convertirse en rey.
– ¿Qué?
– No me interrumpas. El plan consistía en hacer desaparecer doncellas mientras se lanzaba el rumor de que se había visto un dragón volando cerca de la ciudad. Por supuesto, yo dejaba algunas pruebas, como restos quemados cerca de los lugares donde las doncellas habían desaparecido. Los soldados y las patrullas de voluntarios buscaban un animal fantástico, sin darse cuenta de que el culpable caminaba entre ellos, por las mismas sucias calles. Después de un par de meses y nueve chicas desaparecidas, le tocó el turno a la hija del rey. No me fue fácil llegar hasta ella pero con oro todo es posible en este mundo de avariciosos. Para hacerlo más dramático, provoqué un incendio que quemó gran parte de las dependencias del castillo real. Pude salir con la princesa al hombro gracias a mi instinto para descubrir vías de escape, y también a mi fuerza. Al día siguiente se presentó en la ciudad mi compañero con su armadura bien lustrosa sobre su corcel blanco. Le ofreció su ayuda al rey a cambio de la mano de la princesa y este, desesperado, aceptó el trato ¿Qué no haría un padre por su hija? Sin perder más tiempo, el tal Jorge, que por cierto, también era un seudónimo, partió a la búsqueda del dragón y la princesa. No le costó mucho encontrarnos porque, de hecho, él y yo habíamos estado ocultándonos allí todo el tiempo. De las chicas desaparecidas solo quedaban los huesos y las ropas medio calcinadas. Mi amigo no paraba de quejarse del olor a carne quemada. Siempre me ha fascinado la capacidad del ser humano para negar su naturaleza mezquina y evitar culpabilizarse de sus actos. A la princesa la teníamos escondida, completamente aislada, en otra parte de la cueva, con ojos, orejas y boca tapados, para que no se enterara de nada. Yo llevaba ya varios días recogiendo rosas, en un valle al otro lado de las montañas. Cuando llegó el compañero, esparcimos las flores por el supuesto lecho del dragón. No podía hacerlo antes porque la princesa podría haber sospechado algo al llegar a sus narices un aroma tan distinto a la carne asada. Mientras yo escapaba de la cueva, el supuesto caballero liberaba a la princesa, la subía a su blanco corcel y la devolvía con su padre. El resto ya es tal como cuenta la leyenda: el caballero fue aclamado al regresar con la princesa ilesa, los soldados encontraron en la cueva del dragón cientos de rosas y los muy imbéciles creyeron que era la sangre del monstruo; finalmente el caballero se casó con la princesa. Lo que no explica la leyenda es lo poco que duró vivo el rey tras la boda de su hija. Pero eso ya fue cosa de mi amigo.
– Es una historia muy interesante pero hay algo que no me has dicho.
– Supongo que te preguntas qué ganaba yo con todo aquello.
– Sí, y me imagino la respuesta.
– Te equivocas. Piensas que lo hice con un objetivo. No sabes nada de dragones.
– ¿Qué he de saber?
– Que lo tengo todo, lo único que echo de menos es la diversión. No tengo la capacidad de amar, ni sentido del humor, ni siquiera puedo empatizar. Lo que hace mi eternidad más soportable es jugar con los humanos.
– ¿Aunque para entronizar un rey tengas que matar inocentes?
– No sé si eres tonto o te lo haces. ¿Cómo crees que llegan los reyes al poder? ¿Piensas que a los poderosos les importan los inocentes? Sus manos están manchadas de sangre aunque no hayan matado con ellas. Aquel rey, por ejemplo, le propuso a mi amigo que negociara conmigo, me ofrecía cien jóvenes plebeyas a cambio de su hija.
– ¿Y las que tú mataste?
– ¡No eran más que ganado! – Fafnir torció la boca para mostrar con ese gesto su desprecio hacia ellas -. Al final, todos vosotros tenéis qué morir, es cuestión de tiempo ¿Qué importa antes o después?
– Pero tenían una vida por delante.
– ¿Una vida? ¿Te refieres a una vida de miseria, esclavitud y desesperación? Créeme, seguramente les hice un favor.
– ¿Cuántos? ¿Cuántas has matado en tu vida?

Mientras pensaba la respuesta, Fafnir miraba con aire distraído el fondo de su tazón humeante y ya vacío.

– ¿Y qué importa? Un sabio inglés dijo una vez que no existe lo bueno o lo malo, es el pensamiento humano el que lo hace parecer así. Yo no soy humano, para mi simplemente es un juego. En un mundo de lobos y corderos yo soy el lobo, pero también lo son aquellos con los que negocio, personajes importantes de tu sociedad que no se manchan las manos pero son tan asesinos como yo.

– ¿Y qué quieres de mi?
– Quiero proponerte un juego.

De nuevo quise levantarme de la silla y huir corriendo sin ni siquiera pararme a pagar mi consumición. Pero mis pies eran incapaces de moverse. La curiosidad me ataba a la silla, necesitaba escuchar su oferta. El chico de la voz rota sonrió.

– Dijo otro sabio castellano que la senda de la virtud es muy estrecha y el camino del vicio, ancho y espacioso.
– Seguro que conociste a ese sabio, y también al otro.
– Puedes apostar. Tú podrías ser como ellos, sólo tienes que decir SÍ.
– Y si acepto, ¿cuántos morirían?
– Mi número favorito es el nueve.
– ¿Nueve? – exclamé en voz baja.
– ¡Vamos, no es para tanto! A ver, imagino que no te costará recitar una lista de personas que no te importaría que desaparecieran. ¿Tengo razón?
– ¡Ni hablar! No pienso entrar en un juego tan macabro.

La sonrisa del chico se truncó, ahora me miraba con el desprecio que el lobo dedicaría a un cordero. Por un momento, un milisegundo, me dio la sensación de que sus ojos se llenaban de un amarillo reptiliano  y sus pupilas se volvían dos rendijas horizontales negras. Solo un milisegundo, pero bastó para erizar hasta el último pelo de mi nuca.

– No seas necio. Si no eres tú será otro el que se lleve la gloria. Solo cambiarán las víctimas. O las eliges tú o las elige otro. ¿Qué prefieres?
– ¿Y qué me darás?
– Lo que quieras.
– ¿Me lo juras?
– ¿Te fías de mi palabra?
– Ni siquiera estoy seguro de que seas lo que tú dices.
– ¡Ven aquí! – gritó.
Un cliente que se sentaba junto a la ventana en el fondo del bar y que leía tranquilamente un diario, se levantó de inmediato y se acercó a nosotros. Se detuvo delante de Fafnir, esperando.

– Vete del bar, pero antes paga a Albert tu cuenta y la nuestra. ¡Ah!, cuando salgas, camina de espaldas cien pasos y a continuación despertarás sin recordar nada de lo que te ha sucedido esta tarde.
– Sí, señor.

El hombre hizo exactamente lo que le dijo el dragón, por lo menos hasta que lo perdimos de vista. A través del cristal del bar lo vimos alejarse, caminando de espaldas por el medio de la rambla de Fabra i Puig. La gente no le hacía ni caso, los locos ya no llaman la atención.

– Podía ser un amigo tuyo – le dije.
– Lo hipnoticé nada más llegar al local, igual que a Albert, el camarero.
– ¿Y por qué no me hipnotizas a mí y consigues lo que quieres sin tener que discutir conmigo?
– Porque no sería divertido.

Me miraba fijamente con sus ojos humanos, verdes. De los ojos de reptil ya no quedaba ni rastro. Sin embargo, sabía que no lo había imaginado.

– ¿Qué es sagrado para un dragón? – pregunté.
– Su nombre. El verdadero. Tú dame nueve víctimas y el mundo será tuyo.
– Déjame pensarlo.
– Esta noche.
. ¿Dónde?
– No te preocupes. Esta noche quiero la lista.

Y la noche llegó. Cuando salí del bar me fui directo a casa. No podía, ni quería, ir al teatro a hablar del futuro, ¿para qué? Mi porvenir iba a ser oscuro hiciera lo que hiciera. Tenía que pensar a pesar de estar aterrorizado. No podía decidir la muerte de nueve personas, pero, si no lo hacía yo, lo haría otro desgraciado, quizás con peores intenciones. ¿Peores intenciones? ¡Dios mío! ¡Estaba decidiendo si matar a nueve personas y aún así pensaba que podía haber peores intenciones que las mías! ¡Cómo si yo fuera inocente! Pensé y pensé. Y al final tomé una decisión.

La madrugada ya estaba madura cuando sentí su presencia. Abrí los ojos y cuando estos se adaptaron a la oscuridad lo vi de pie, al lado de la puerta de mi habitación.

– ¿Y bien?
– Apunta.

Recité los nombres de indeseables compañeros de trabajo, de vecinos despreciables, incluso de algunos supuestos amigos de la familia que no daban más que problemas. También hubo hueco para recordar algún bastardo que me las hizo pasar putas en la escuela. La lista se llenó y aún se quedó corta. Es ponerse a escarbar en la suciedad y no poder parar. Casi estuve a punto de rogarle a Fafnir que me permitiera añadir algún nombre, casi. Me contuve al darme cuenta de lo que estaba haciendo, firmar sentencias de muerte.

– Júrame por tu verdadero nombre que cuando acabes me concederás lo que quiera.

El dragón juró y se marchó con mi lista negra. Salió por la ventana pero no me preocupé en observar si se iba volando o se volatilizaba en la noche, o vete a saber qué otro método utilizaría. Solo me quedaba esperar. Ya no regresé al «Colombia», de hecho, desde aquella fatídica tarde me recluía cada día en mi casa nada más salir del trabajo, a esperar. A través de la televisión y de internet pude ir tachando los nombres que yo mismo había escrito. Cada vez que leía o escuchaba la noticia de una nueva muerte me recordaba a mí mismo que el objetivo final bien lo merecía. Esperaba que el fin justificase los medios.

Unas cuantas noches después, Fafnir regresó a mi habitación. “Ya está”, dijo. Los ojos del chico dragón de la voz rota aún flameaban de excitación, adiviné que el último de los cadáveres aún estaría caliente.

– Tu lista me ha proporcionado un gran placer.
– Permíteme que no me alegre de ello.
– ¡Vamos, si todos los que me apuntaste eran miserables que se lo merecían!
– Nadie merece ser asesinado.
– No eran más que carne. Solo he acelerado su putrefacción.
– Eran personas.
– ¿Y qué más da lo que fueran? Gracias a ellos, ahora podrás pedirme lo que desees.
– ¿Cualquier cosa?
– ¿Ya lo tienes pensado?
– Sí.
– Piénsalo bien, solo tienes un deseo.
– Lo decidí mientras te hacía la lista de las nueve víctimas.
– ¿Y bien?
– ¿Me concederás lo que te pida?
– Así es, lo juré por mi nombre. ¿Qué deseas?
– Quiero que te destruyas ahora mismo.

 

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Cervantes, Fantasía Oscura, Ficción, Leyenda, Relato, Sant Jordi, Shakespeare

Un Sant Jordi qualsevol – 2

25 abril, 2016 by Wambas Deja un comentario

Català Español  

Pam! No ho veig arribar. De sobte un globus taronja s’estampa contra la meva cara. Un segon després el globus retrocedeix i veig a un nen d’uns cinc anys que em mira i es riu. Jo estava tan tranquil, fent una ullada als llibres de la parada d’en Cau del Paff, fins que aquell globus m’ha encegat.
Sense temps ni tan sols per dubtar si es tracta d’un accident o no, la bèstia llança de nou el seu globus contra el meu rostre. Ho intercepto just abans que em torni al colpejar. És un globus de propaganda de C’s! Què coi fa C’s regalant els globus a Sant Jordi? Per què no regala llibres i roses com fa fins i tot la fruiteria del costat de casa? No se suposa que és el que s’ha de regalar avui?
«No facis això, maco». El nen no fa cas de la seva mare i torna a colpejar-me deliberadament amb el puto globus. Aquesta vegada ho esquivo mentre em defeco mentalment a sobre del marrec de la punyeta. La meva filla s’adona del que succeeix, «Això està molt malament, oi papà?» «Sí, filla, a aquest nen li hauria de treure el globus la seva mare abans que sigui massa tard». El xaval aconsegueix que em surti del mig i llavors decideix tocar-li els nassos a l’home calb que és davant meu. Comença a estampar-li el globus en la calba davant la meva mirada atònita. L’home no fa ni cas, deu tenir la calba insensibilitzada. L’estampa un cop. «No facis això, maco». Dos cops. El petit Neron riu. «No facis això, maco». Tres cops. El nen es peta de riure. Aleshores, un miracle.Plash! Sense cap motiu, el globus explota i ara el que es queda amb «cara de babau» és el nen. I el que es caragola de riure sense cap dissimulo sóc jo. El nen engega a plorar desconsoladament i la seva mare li abraça amb la intenció de calmar-ho. Una imatge molt tendra. Jo em segueixo partint mentre li dic a la meva filla «Potser, al cap i la fi, existeixi la justícia divina per fer el que havia d’haver fet una mare abans». Sí, ho sé, només és un nen. Potser sóc una mica cruel, oi?
¡Pum! No lo veo llegar. De repente un globo naranja se estampa contra mi nariz. Un segundo después el globo retrocede mostrándome la cara de un niño de unos cinco años que me mira y se ríe. Yo estaba tan tranquilo, echándole un ojo a los libros de la parada de «el cau del Paff», hasta que aquel globo me ha cegado.
Sin tiempo ni siquiera para dudar de si se trata de un accidente o no, la bestia lanza de nuevo su globo contra mi cara. Lo intercepto justo antes de que se me vuelva a incrustar en el rostro. ¡Es un globo de propaganda de C’s! ¿Qué narices hace C’s regalando globos en Sant Jordi? ¿Por qué no regala libros y rosas como hace incluso la frutería al lado de casa? ¿No se supone que es eso lo que se tiene que regalar hoy?
«No hagas eso, cariño». El niño no hace caso de su madre y vuelve a golpearme deliberadamente con el puñetero globo. Esta vez lo esquivo mientras me acuerdo de los antepasados del «jodío» enano. Mi hija se da cuenta de lo que ocurre, «Eso está muy mal, ¿verdad papá?» «Sí, hija, a este niño le tendría que quitar el globo su madre antes de que sea demasiado tarde». El chaval consigue que me quite de en medio y entonces decide tocarle las narices al hombre calvo que está delante mío. Empieza a estamparle el globo en la calva ante mi mirada atónita. El hombre no hace ni caso, debe de tener la calva insensible. Le estampa una vez. «No hagas eso, cariño«. Dos veces. El pequeño Nerón en potencia ríe. «No hagas eso, cariño«. Tres veces. El niño se destornilla de risa. ¡Entonces ocurre un milagro! ¡Plash! Sin ningún motivo, el globo explota y ahora el que se queda con «cara de tonto» es el niño. Y el que se desternilla de risa sin ninguno disimulo soy yo. El niño arranca a llorar desconsoladamente y su madre le abraza con la intención de calmarlo. Una imagen muy tierna. Yo me sigo partiendo mientras le digo a mi hija «Quizás, al fin y al cabo, exista la justicia divina para hacer lo que tenía que haber hecho una madre antes.» Sí, lo sé, sólo es un niño. Quizás soy un poco cruel, ¿verdad?

Publicado en: Descatalogada Etiquetado como: Castellano, Català, Comedia, Sant Andreu, Sant Jordi

Un Sant Jordi qualsevol

23 abril, 2016 by Wambas Deja un comentario

Català Español  

Vint-i-tres d’abril, Sant Jordi, una diada molt especial per a mi. Aquest any sabré el que se sent al signar la meva pròpia obra. Qui sap si fins i tot avui donaré el primer pas cap a l’eternitat. Sé que no serà fàcil, ja que gairebé ningú em coneix, però tots els escriptors comencen de zero i en algun moment els arriba la fama, almenys a alguns.
Ben d’hora surto al carrer i planto la meva taula de càmping al costat del portal de casa. Deixo una vintena de llibres damunt la taula i em disposo a esperar als potencials compradors assegut tranquil·lament a la meva cadira plegable. Fa un matí perfecte, i els ànims estan pels núvols. Segur que em faré un tip de signar exemplars. Llàstima no haver demanat més llibres a l’editorial, em sembla que he fet curt.
Però passen les hores i ningú s’acosta al meu estand improvisat. M’avorreixo com una ostra i tinc massa temps per lamentar que potser hauria d’haver triat una millor ubicació.
Per fortuna, la perseverança té la seva recompensa. A mitja tarda s’acosta fins al meu estand un home. S’atura a mig camí, però un parell de segons després continua caminant cap a mi. Jo agafo la meva estilogràfica disposat a signar el primer d’uns quants llibres. Tinc molt clar que en el moment que es trenqui el gel tot anirà sobre rodes.

– Vostè no és el veí del segon?

La pregunta me la fa una dona des de darrere meu. L’home que hi ha davant la taula s’atura i escolta amb atenció.

– Sí.
– No sabia que escrivia.
– Sí, sóc escriptor.
– I què escriu?
– Novel·les de terror.
– La meva filla també escriu i ella sí que ho fa bé. Avui està signant llibres a les Rambles. La seva editorial la cuida molt.
– Molt bé.
– Vostè no té editorial?
– No, jo m’autopublico.
– Ui, no es preocupi si una editorial li diu que no. Cal insistir.
– No, si jo no…
– Clar que la meva filla va enviar el seu llibre a una editorial i al cap de poc temps li van trucar. Li van oferir molts diners pel seu llibre.
– Jo no li he enviat el llibre a cap editorial.
– Doncs a què espera?
– És que jo no vull…
– No tingui por, segur que escriu prou bé. Però no es preocupi si la primera editorial li diu que no. La meva filla és una excepció, però per què ella és especial. Això li diuen a l’editorial.
– Vol comprar un llibre?
– Si vol li puc dir a la meva filla que parli amb la seva editorial. Segur que li pot ajudar.
– No, no cal, de debò.
– Sembla que està començant a ploure.

La dona marxa cap al portal, em sembla que no li ha agradat que no valorés l’ajuda i el poder de la seva filla escriptora. Bé, és el seu problema. Em giro cap al davant preparat per a signar el llibre a aquell home tan pacient. Però davant meu no hi ha ningú. Es veu que aquell home no era tan pacient. He perdut la primera venda del dia. Gràcies a la veïna. I com ella ha dit, ha començat a ploure. Fico els llibres sota la taula i aguanto com un valent sota la pluja cada cop més forta.

És gairebé mitjanit, fa poc que ha deixat de ploure. Tothom ha tornat a casa corrents per a no mullar-se. Ara el carrer està desert però jo continuo assegut, tot xop, amb els colzes sobre la mullada taula de càmping. Un home se m’acosta amb unes roses a la mà. És un home de l’est d’Europa.

– Hola amic. Encara treballant?
– Sí.
– Han anat bé les vendes?
– Encara em queden alguns llibres per vendre. Si vols un t’ho deixo a bon preu, que ja vull anar-me a casa a descansar.
– A mi m’ha anat força malament. Però si vols podem fer una cosa.
– En què has pensat?
– Et canvio un llibre per una rosa. Et sembla bé?
– És més car el meu llibre.
– Aleshores que tinguis molta sort, amic.
– Espera! Espera! D’acord, t’ho canvio.
– Que bé! Aquí tens una rosa.

Agafo la rosa per on ell em diu. Sento un raig de dolor a la palma de la mà. El tall està ple de punxes.

– Espero que no tinguis problemes per a signar-me el llibre.
– No, no et preocupis.

Em sembla que un ràpid somriure creua el seu rostre. Obro un dels llibres i començo a signar-ho. Una taca de sang embruta la plana.

– Ostres! Ho sento! T’ho canviaria però és que no puc.

Li dono el llibre. Ell ho agafa i ho obre per la primera plana. Admira la meva dedicatòria, o potser mira una altra cosa.

– No et preocupis, la taca de sang m’agrada.

L’home llepa la taca davant la meva sorpresa. Em mira i observo la sang tacant la seva llengua. També observo els seus ullals, són extraordinàriament llargs. Surto corrent, fent caure la cadira, la taula i els llibres. Però l’home, o el que sigui, és molt ràpid i m’agafa del cap. Amb les seves mans fortes em deixa a terra i m’immobilitza. Em xiuxiueja a cau d’orella.

– Tranquil, tranquil. Aquesta nit seràs etern.

Sense temps a pensar en el que està passant, els seus ullals es claven a la meva gola. Mentre perdo la consciència penso en el que aquell ser acaba de dir. Seré etern. El meu somni s’està complint, encara que no sigui com jo pensava.


Veintitrés de abril, Sant Jordi, una fiesta muy especial para mí. Este año sabré lo que se siente al firmar mi propia obra. Quién sabe si incluso hoy daré el primer paso hacia la eternidad. Sé que no será fácil, puesto que casi nadie me conoce, pero todos los escritores empiezan de cero y en algún momento les llega la fama, al menos a algunos.
Salgo a la calle bien temprano y planto mi mesa de camping junto al portal de casa. Dejo una veintena de libros encima la mesa y me dispongo a esperar a los potenciales compradores sentado tranquilamente en mi silla plegable. Hace una mañana perfecta, y los ánimos están por las nubes. Seguro que me hartaré de firmar ejemplares. Lástima no haber pedido más libros a la editorial, me parece que me he quedado corto.
Pero pasan las horas y nadie se acerca a mi stand improvisado. Me aburro como una ostra y tengo demasiado tiempo para lamentar que quizás tendría que haber elegido una mejor ubicación.
Por fortuna, la perseverancia tiene recompensa. A media tarde se acerca hasta mi stand un hombre. Se para a medio camino, pero un par de segundos después continúa andando hacia mí. Yo cojo mi estilográfica dispuesto a firmar el primero de unos cuántos libros. Tengo muy claro que en el momento que se rompa el hielo todo irá sobre ruedas.

– ¿Usted no es el vecino del segundo?

La pregunta me la hace una mujer a mis espaldas. El hombre que hay ante la mesa se para y escucha con atención.

– Sí.
– No sabía que escribía.
– Sí, soy escritor.
– ¿Y que escribe?
– Novelas de terror.
– Mi hija también escribe, pero en serio. Hoy está firmando libros en las Ramblas. Su editorial la cuida mucho.
– Muy bien.
– ¿Usted no tiene editorial?
– No, yo me autopublico.
– ¡Uy! No se preocupe si una editorial le dice que no. Hay que insistir.
– No, si yo no…
– Claro que mi hija envió su libro a una editorial y al poco tiempo le llamaron. Le ofrecieron mucho dinero por su libro.
– Yo no le he enviado el libro a ninguna editorial.
– ¿Pues a que espera?
– Es que yo no quiero…
– No tenga miedo, seguro que escribe bastante bien. Pero no se preocupe si la primera editorial le dice que no. Mi hija es una excepción, pero porque ella es especial. Eso le dicen en la editorial.
– ¿Quiere comprar un libro?
– Si quiere le puedo decir a mi hija que hable con su editorial. Seguro que le puede ayudar.
– No, no hace falta, de verdad.
– Parece que está empezando a llover.

La mujer marcha hacia el portal, me parece que no le ha gustado que no valorara la ayuda y el poder de su hija escritora. Bien, es su problema. Me vuelvo a girar hacia el hombre que ha esperado tan pacientemente, dispuesto a firmarle un ejemplar. Pero allí ya no hay nadie. Se ve que aquel hombre no era tan paciente. He perdido la primera venta del día. Gracias a la vecina. Y como ella ha dicho, ha empezado a llover. Meto los libros bajo la mesa y aguanto como un valiente bajo la lluvia, cada vez más fuerte.

Es casi media noche, hace poco que ha dejado de llover. Todo el mundo ha vuelto a casa corriendo para no mojarse. Ahora la calle está desierta pero yo continúo sentado, completamente empapado, con los codos sobre la mojada mesa de camping. Un hombre se me acerca con unas rosas en la mano. Es del este de Europa.

– Hola amigo. ¿Todavía trabajando?
– Sí.
– ¿Han ido bien las ventas?
– Aún me quedan algunos libros para vender. Si quieres uno te lo dejo a buen precio, que ya quiero irme a casa a descansar.
– A mí me ha ido bastante mal. Pero si quieres podemos hacer una cosa.
– ¿En que estabas pensando?
– Te cambio un libro por una rosa. ¿Te parece bien?
– Mi libro es más caro.
– Entonces que tengas mucha suerte, amigo.
– ¡Espera! ¡Espera! De acuerdo, te lo cambio.
– ¡Qué bien! Aquí tienes una rosa.

Cojo la rosa por donde él me dice. Siento una punzada de dolor en la palma de la mano. El tallo está lleno de espinas.

– Espero que no tengas problemas para firmarme el libro.
– No, no te preocupes.

Me da la sensación que una rápida sonrisa cruza su rostro. Abro uno de los libros y empiezo a firmarlo. Una mancha de sangre ensucia la hoja del libro.

– ¡Vaya! ¡Lo siento! Te lo cambiaría pero no puedo.

Le doy el libro. Él lo coge y lo abre por la primera hoja. Admira mi dedicatoria, o quizás mira otra cosa.

– No te preocupes, la sangre me gusta.

El hombre lame la mancha ante mi sorpresa. Me mira y observo la sangre manchando su lengua. También observo sus colmillos, son extraordinariamente largos. Salgo corriendo, haciendo caer la silla, la mesa y los libros. Pero el hombre, o lo que sea, es muy rápido y me coge de la cabeza. Con sus manos fuertes me deja en tierra y me inmoviliza. Me susurra al oído.

– Tranquilo, tranquilo. Esta noche serás eterno.

Sin tiempo a pensar en lo que está pasando, sus colmillos se clavan en mi garganta. Mientras pierdo la conciencia pienso en lo que aquel ser acaba de decir. Seré eterno. Mi sueño se está cumpliendo, aunque no sea cómo yo pensaba.

Publicado en: Descatalogada Etiquetado como: Castellano, Català, Comedia, Ficción, Sant Jordi

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