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JAP Vidal

Relatos fantásticos y de misterio de JAP Vidal

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Futbol

La maldición de Ramsés

20 noviembre, 2017 by JAP Vidal Deja un comentario

Vagaba por un laberinto de callejones oscuros, en una noche de luna escarlata. El silencio era tal que ni tan solo alcanzaba a escuchar el sonido de mis pasos sobre los charcos de aguas putrefactas que cubrían aquel suelo inmundo. Era consciente de que me encontraba en medio de una pesadilla que no podía controlar. No me importaba, ni siquiera me preocupaba sentir de vez en cuando el roce en mis piernas de alguna rata perdida. Solo deseaba encontrar el objetivo de toda aquella aventura delirante: la puerta dorada.
Di con aquella entrada mágica justo cuando más perdido me sentía. Por eso creo que ella me encontró a mi y no al revés. Era una puerta inmensa, el doble de alta que yo y diez veces más ancha. A la altura de mi cabeza había un inmenso picaporte en forma de cabeza de dragón que, más negro que el futuro de la Humanidad, resaltaba sobre aquella superficie áurea.  Agarré el picaporte con ambas manos, su tacto era frío como los dedos de la Muerte. Lo golpeé contra la puerta y seguí sin escuchar ningún sonido, a pesar de sentir una vibración tan potente que reverberó en todo mi cuerpo, desde las manos hasta el corazón.
La puerta comenzó a abrirse. Un torrente de gritos, risas y llantos inundaron de repente mis oídos, que a punto estuvieron de reventar. No alcancé a ver al sujeto que abría la puerta. Delante mío había un pasillo enmoquetado, hediondo e infinito; a los lados puertas y puertas cerradas que jamás acababan. Del interior de aquellas habitaciones surgían los sonidos que atormentaban mi mente.
Me detuve delante de una puerta. No sé por qué escogí aquella habitación, quizás el número me pareció exótico, 666. Seguramente me escogió ella.
Abrí la puerta sin avisar. Comprendía que lo que se encontrase allí dentro, llevaba siglos esperándome. Una señora de unos sesenta años, en bata gris y con rulos en la cabeza que, sentada en un sofá viejo, observaba la tele atentamente. Sus ojos color naranja helaron mi sangre. No pareció percibir mi presencia o eso pensaba yo. Esperé unos minutos sin atreverme a molestarle, hasta que, de pronto, cogió el mando de una mesita de madera que había a su izquierda y cambió de canal. Oí mi nombre saliendo de la caja tonta. Miré y allí estaba yo, vestido de forma elegante, sonriendo y charlando con unas bellezas que me devoraban con sus miradas.

– ¿Te gusta? – me preguntó la mujer con voz ronca y vieja. Ahora me miraba fijamente con sus ojos de fuego – ¿O quizás prefieres esto?

Volvió a cambiar de canal. De nuevo aparecía yo, sentado en un trono y, hasta donde llegaba la imagen del televisor, las gentes se arrodillaban ante mí.

– No sé. Quizás seas demasiado joven para ser emperador. Puede que te guste más esto.

Ahora en el televisor me veía en lo alto de un escenario, alzando un brazo hacia la multitud, mientras miles de gargantas coreaban mi nombre. Algo debió ver la mujer en mi rostro porque sonrió satisfecha, a sabiendas de que había acertado.

– ¿Qué quieres a cambio? – quise preguntar, aunque las palabras se ahogaron dentro de mi cabeza.
– Lo típico. Tu alma cuando mueras.
– ¿Cuándo?
– No te lo puedo decir. Eso es cosa de Aaron.
– ¿Quién es Aaron?
– El cobrador de la guadaña, hace muchos siglos le llamaban Ramsés el Maldito. Es quien segará tu alma cuando llegue el momento. Él decide cuando ha llegado el momento de pagar.

No lo dudé un instante. Sabía que debía aceptar el trato si alguna vez quería ser alguien poderoso. Sin saber de dónde ni cómo, en las manos de la mujer aparecieron un miserable bolígrafo y un folio de papel impreso con tinta roja. Me los dio alargando los brazos de una manera antinatural. Leí en aquel contrato las palabras que en sueños había dictado mi alma. La letra pequeña era completamente ininteligible, no perdí el tiempo preguntando pues estaba seguro de que no me gustaría saber lo que ponía. Me decepcionó lo del bolígrafo, ¿dónde había quedado la pluma empapada en sangre? Firmé… y me desperté.

Esa misma semana, como por arte de magia, la fortuna comenzó a sonreírme. En menos de un mes conseguí ser famoso. Mi sueño se había cumplido. Sólo faltaba esperar que la pesadilla también se cumpliese. Vivía obsesionado pensando que el tal Aaron aparecería un día cualquiera de la nada y vaciaría un cargador entero en mi cabeza. Sin embargo nada sucedía, y el tal Aaron no aparecía, para mi alivio.
Pero un día descubrí algo que me heló la sangre. Leyendo un diario vi la foto de un jugador de fútbol. El titular de la noticia era el siguiente: «De nuevo se cumple la maldición de Ramsey». Seguí leyendo, «Esta semana, otra vez tras marcar un gol el jugador galés Aaron Ramsey, ha fallecido un famoso. En este caso se trata del actor…» . No necesitaba seguir leyendo. Ya sabía quién era Aaron. Desde entonces no me pierdo ninguno de los partidos que juega, apostando siempre a que no marcará gol. Si gano, gano dos veces. Si pierdo, no me importará tanto mientras pueda conservar el alma.

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Futbol, Maldición, Terror

El hombre eterno

12 junio, 2017 by JAP Vidal 2 comentarios

Principios de junio del año 2162

Sigo el curso del río a contracorriente, subiendo por la cordillera pirenaica en busca de aquel enclave secreto que ya consiguiera encontrar diez años antes. Prometí volver. La primera vez buscaba un sueño y solo encontré una pesadilla. Recuerdo, como si fuera hoy, el sufrimiento, la ilusión, el dolor y la esperanza…

 

…Agosto del año 2152

“Conocí un hombre que halló el secreto de la inmortalidad”. Eso me dijo mi padre en su lecho de muerte. Selló sus labios con una exhortación final: “Búscalo allá donde nace el río de plata, más allá de la cueva del Oso, tú ya sabes dónde, ¿verdad?”. Con esa pregunta exhaló su última bocanada de vida. No le contesté, no valía la pena, no me iba a oír y además, él sabía perfectamente que yo entendería las indicaciones.
Tardé una semana en ponerme en camino. Tuve que dejar atado el testamento del viejo, pedir un par de meses de excedencia y decirle a mi esposa que no me esperase para cenar durante una buena temporada. A nadie le dije donde iba. A nadie podía confiarle el secreto de mi padre. ¿Qué sería de la humanidad si de un día para otro se supiese que hay un tipo en los Pirineos que vive eternamente? Podría estallar la Cuarta Guerra Mundial. Con la tercera ya fue un milagro que no nos extinguiéramos. No, debía ir yo solo, pero en esos momentos no sabía que en vez de un don me iba a encontrar con una maldición.
No me atreví a viajar en el coche volador, el GPS delataría mi posición en todo momento a ojos indiscretos. No podía dejar pistas. Aparqué el vehículo en un valle y caminé durante días siguiendo las instrucciones de mi difunto padre, alcanzando el nacimiento del río de plata, después llegando hasta la cueva del Oso, ambos nombres inventados entre padre e hijo en las excursiones que marcaron mi infancia. Sin embargo, a partir de la cueva no supe a dónde ir, estaba confuso con lo de “más allá de la cueva del Oso”. Subí hasta la cima del monte, nada, bajé de nuevo y avancé por el bosque durante varios días hasta que me di cuenta de mi error. Debía introducirme en la cueva y buscar un pasadizo interno que me llevara al interior de la montaña. Encontré un punto de la cueva que daba paso a un estrecho pasadizo, casi imperceptible. El pasadizo se ensanchaba después de un kilómetro de arduo camino. El camino continuaba durante un par de días por el interior de la montaña hasta llegar a un pequeño claro que recogía la luz que se filtraba desde la cima del monte. Allí había una cabaña de madera. El lugar era fantástico, tenía agua proveniente de manantiales subterráneos, luz del sol y también fosforescente de los minerales de las rocas, una temperatura siempre estable y fresca, como en una bodega. Alguien había hecho un gran huerto donde había plantado una gran variedad de verduras y frutas.
Grité varias veces si había alguien allí y un anciano salió de la cabaña. Tenía millones de arrugas pero no parecía tener problemas de salud. No me dijo nada, me miró con curiosidad pero sin mostrar alegría, enojo o miedo. Simplemente curiosidad.

– ¿Es usted el señor Cañete?
– ¿Quién lo pregunta?
– Soy el nieto de un amigo suyo. JAP Vidal, ¿lo recuerda?
– Creo que sí ¡Hace tanto tiempo!
– Mi padre me confesó antes de morir que usted guardaba el secreto de la vida eterna.

El hombre, ahora sí, cambió su gesto a algo parecido al miedo.

– Hijo, ese secreto es el fruto de una maldición.
– ¿Tan malo es vivir eternamente?
– Acompáñame.

Seguí al viejo dentro de la cabaña. La estancia era muy sencilla, pero acogedora. Solo había una foto, me sorprendió verla allí. El anciano siguió mi mirada y sonrió, aunque era una sonrisa amarga como el vinagre.

– Ese era el equipo de la temporada dos mil catorce, dos mil quince. Hace mucho de eso, pero aún recuerdo como jugaban.
– ¿Qué es?
– Fútbol.
– ¿Y los cascos, las rodilleras?
– No, este era fútbol de verdad, el que se juega solo con los pies, el europeo.
– ¡Es verdad! – dije con alegría al recordar – Era el que estaba de moda en la primera mitad del siglo pasado. ¿Qué equipo era ese?
– El Barça. El mejor Barça de la historia. Ganó nueve copas en tres años. En aquel equipo jugaban juntos los mejores delanteros del mundo.
– ¿Y qué pasó?
– ¿Qué pasó? Pues que los aniquilaron.
– ¿Cómo? – pregunté horrorizado
– Con el poder del dinero.
– ¿Y cómo es que el único cuadro que tiene usted aquí es ese? ¿No tenía familia?
– La tuve, pero mi gran amor era el Barça y por su culpa arrastro esta maldición.
– ¿Se refiere a la vida eterna?
– Sí.
– No lo entiendo.
– Fue el…

 

…3 de Junio del 2017

El árbitro pitó el final del partido y los jugadores del Madrid se abrazaron mientras sus contrincantes caían, hundidos, sobre el césped del terreno de juego. El Real Madrid acababa de ganar su duodécima copa de Europa. Yo estaba destrozado. Los mensajes no paraban de llegar a mi móvil, merengues que deseaban pasarme por la cara su gran éxito. Fue en ese momento, cuando cerré los puños con tal fuerza que hundí mis uñas en las palmas de mis manos, haciendo que de ellas manaran hilillos de sangre. Sin pensarlo, con todo el anhelo de mi alma hice un juramento que me ha marcado para siempre.

 

Agosto del 2152

– ¿Qué juró?
– ¿Qué juré? ¿Ni siquiera quieres jugar a adivinarlo?
– No, no lo sé. No tengo ni idea.
– Como se nota que no has vivido esa rivalidad.
– ¿Qué rivalidad?
– Barça-Madrid.
– Algo he oído.
– Era la gran guerra del siglo XXI. Una guerra sin cañones pero tan cruenta como si las bombas estallaran en medio de la población civil. Hasta que llegó la gran guerra atómica, claro.
– ¿Y qué juró?
– ¡Ah, sí! Pues…juré que no moriría hasta ver al Barça ganar más  copas de Europa que el Madrid.
– ¿Cómo?
– Que juré que no moriría hasta que el Barça superase al Madrid. Y aquí sigo, ya sin ninguna esperanza de conseguirlo. Durante años aguanté pero al final, tras la “Tercera Guerra Mundial”, la copa de Europa desapareció y me quedé atrapado en mi maldición.
– ¿Quiere decir que el secreto de su vida eterna es un juramento tan estúpido?
– ¿Estúpido? ¿A algo tan sagrado le llamas estúpido? ¡Vete de aquí, ignorante! ¡Y no vuelvas a menos que tengas algo importante que decirme!

El viejo me sacó casi a patadas de su cabaña y yo, indignado con él, dejé aquel lugar sin querer mirar hacia atrás. Me sentí estafado. Volví a mi casa y durante un tiempo retomé mi vida normal sin volver a pensar en el tema. Sin embargo, hace poco, a…

 

…Principios de junio del año 2162

– ¿Hola?

Espero un poco hasta que el viejo sale de la cabaña. Juraría que su rostro aún tiene más arrugas que la anterior vez que le vi. Parece imposible pero así es. Sin embargo, se mueve con la misma facilidad que entonces. Como hiciera aquella vez, me mira sin ninguna emoción. Pero en sus ojos observo que se acuerda de mí.

– ¿Por qué has vuelto?
– Tengo novedades del mundo exterior.
– Explícate, ya.
– Cuanta prisa para alguien que tiene todo el tiempo del mundo.
– Los viejos somos por naturaleza impacientes. Vamos, no me hagas perder tiempo.
– Alguien rebuscó en los archivos históricos deportivos y descubrió ciertas irregularidades en los torneos de Copa de Europa.
– ¡No me digas que…!
– Sí, le han quitado al Madrid tantas copas de Europa que ahora el Barça ya le supera en el palmarés.
– ¡Lo sabía, lo sabía! ¡Se ha hecho justicia!
– Ya puedes dormir tranquilo, viejo.
– Muchas gracias por avisarme. Me has dado una gran alegría. ¡Por fin se hizo justicia!

El anciano se estira en su catre con una gran sonrisa dibujada en su rostro, no tarda en dormirse. Un poco más tarde, el sueño tranquilo se convierte finalmente, con un siglo de retraso, en sueño eterno. Ya debe estar hablando con Caronte, espero que el barquero no sepa de fútbol y no le diga nada, al menos hasta que haya cruzado la laguna Estigia y ya no haya vuelta atrás. Os preguntaréis por qué lo he hecho. No, no hay problema, os lo puedo explicar. Primero, por humanidad, no podía dejar a ese hombre sufrir eternamente. Segundo, por la ciencia, necesitaba confirmar que una longevidad tan extraordinaria se debía a una obsesión enfermiza del sujeto. Y ¿qué cojones? ¿Acaso a vosotros no os parece injusto que un tipo pueda vivir el doble que vosotros solo porque ha hecho un juramento tan estúpido? ¡Es un insulto a la evolución humana!

Publicado en: Castellano, Relatos Etiquetado como: Castellano, Comedia, Fantasia, Futbol

Barça – Madrid : La batalla eterna

31 mayo, 2016 by Wambas Deja un comentario

28 de mayo, once de la noche. Cristiano Ronaldo lanza el penalty, por la izquierda de Oblak. Gol. Como dos años antes, Cristiano se vuelve a quitar la camiseta mientras corre hacia el córner gritando como un loco. No es para menos. Acaba de marcar el penalty que le da al Real Madrid una nueva copa de Europa, ni más ni menos que la Undécima. Él, personalmente, con ese penalty se coloca en una posición de privilegio para ganar un nuevo balón de Oro. Yo, como culé, recibo un duro varapalo, no tan fuerte como el golpe que reciben los colchoneros, pero suficiente como para pasar una mala noche.


Los que no comprendéis esta forma apasionada de vivir el fútbol os preguntaréis, si es que aún estáis leyendo, por qué me afecta tanto la victoria del Madrid (también muchos pensaréis que soy otro imbécil más de estos que solo piensan en fútbol). Sin embargo, los culés y los merengues apasionados por su club me entenderán a la perfección. Tenemos el mismo sentimiento encontrado desde ambos extremos aunque algunos más visceral y otros más cerebral. 
Para comprender esta rivalidad hay que entender que la competición no termina cada mes de junio y empieza de nuevo de cero en septiembre, es un error pensar así. Se trata de una rivalidad que se perpetúa sobre ciclos triunfales, ciclos decepcionantes y a veces, como esta temporada, en la yuxtaposición entre la miel y la hiel. Hoy disfrutas, mañana sufres, pasado mañana vuelves a disfrutar, o a sufrir. La competición dura toda la vida, es una carrera sin final, donde el Madrid lleva una ventaja histórica, el Barça se acerca y de nuevo el Madrid recupera distancia.
Entender la competición como una lucha eterna es primordial para comprender la pasión que divide Barça y Madrid, esta batalla épica que ha llevado a estos dos clubs a ganar la mitad de las copas de Europa de este nuevo siglo. Es la gran guerra civil del siglo XXI, con la fortuna de que en esta guerra no se lucha con armas, si no con trofeos deportivos.
Así que cualquiera que sea capaz de empatizar con mi pasión, sea culé, merengue o de otro equipo, podrá adivinar el dolor que me cruzaba por la entrepierna a eso de la medianoche del pasado sábado, tras ver a Ramos levantando la Orejona.
Han pasado varios días y por fin he podido analizar los hechos con serenidad. Como comenté antes, las victorias y las derrotas, como el ciclo de la vida, van y vienen. Los que hoy lloran mañana reirán y viceversa; bueno, a excepción de los colchoneros, de los que comienzo a dudar que dispongan de sistema nervioso para soportar tanta desgracia. Fuera de estos seres excepcionales, los demás aficionados lloramos o reímos según el momento. Es imposible reír siempre. Pero lo importante es disfrutar más que los demás. Ese es el quid de la cuestión.
Durante veinte años reí poco, muy poco. Hasta el 91 el Barça no me daba demasiados motivos para la dicha. Como en la bolsa, ser del Barça era un valor a la baja que se salvaba de la bancarrota únicamente porque su gran rival era incapaz de culminar su gran momento con una nueva Copa de Europa, esta vez en color. Pasados los años puedo confesar que fue injusto que aquel equipo de la Quinta del Buitre no ganase nunca la Orejona. He de decir, que para mí, la Quinta del Buitre, los Buyo, Gordillo, Chendo, Hierro, Sanchís, Míchel, Martín Vázquez, Schuster, Butragueño y Hugo Sánchez, eran un equipazo, creo que la mejor versión del Madrid de los últimos cuarenta años (los que yo conozco).  
Pero como dije antes, su ciclo acabó, y llegó el del Barça, en 1991. Y a partir de ese momento, con más o menos éxito, el aficionado culé vio como cambiaba la historia. En los últimos veinticinco años el Barça casi dobla en número de títulos al Madrid, aunque a nivel internacional el Madrid haya aguantado el tirón culé. Ambos son los mejores equipos europeos con cinco copas de Europa cada uno, seguidos por el Milan con tres en este mismo periodo. Ambos llevan cuatro orejonas en este nuevo siglo, entre los dos se han llevado la mitad de las dieciséis jugadas.
Si el duelo entre el Barça y el Madrid ya era épico el siglo pasado, en este aún se ha potenciado mucho más no dejando lugar a las dudas: Barça y Madrid son los mejores equipos del siglo XXI a nivel mundial.
Pero a nivel local hay menos color que en las primeras seis copas de Europa del Madrid. Desde que Cruyff se hizo con las riendas del Barça, hace veintiocho años, el Barça ha ganado 14 ligas (9 el Madrid) y 7 copas (4 el Madrid). 
Pero no solo de títulos vive el culé, durante todos estos años hemos disfrutado de las mejores versiones de los mejores jugadores del mundo: el mejor Laudrup, el mejor Romario, el mejor Ronaldo, el mejor Rivaldo, el mejor Ronaldinho y el mejor Messi. Sin olvidar a la mayoría de los mejores jugadores de la historia de la selección española: Puyol, Piqué, Busquets, Iniesta y Xavi.
Todos ellos y unos cuantos más han hecho disfrutar a los culés en estos últimos treinta años como ningún otro club puede presumir. Las batallas épicas de los 90 contra el Atlético de Madrid, las exhibiciones históricas contra el Madrid (5-0 1994, 0-3 2005, 2-6 2009, 0-4 2010).

Pero lo mejor de todo es que estas hazañas no nos las tiene que contar nuestro abuelo; todos estos partidos, todas estas estrellas, todos estos títulos, los hemos disfrutado de primera mano, en el presente más cercano. Así que culé, si la duda te corroe, piensa en todo esto antes de lamentarte. Recuerda los grandes momentos que has vivido desde los noventa hasta ahora. 

Y a tí merengue, gracias por competir y no quedarte atrás. Gracias, digo, por hacer que nuestra guerra sea la más bonita de las guerras de este siglo, ojalá todas fueran así de inocentes.

Publicado en: Descatalogada Etiquetado como: Castellano, Futbol, Social

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